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Dentro de la inquietud provocada por el mutismo se alzan momentos a la deriva captados por autores como Lautaro Vincon, que bucea en zonas abisales, se interna en el eco de lo indecible en pos de una frecuencia a punto de disiparse y, nutriéndose de todo lo que vaga fuera del plano fotográfico, revela las diapositivas del espacio entre las cosas. En los diez cuentos que componen Todo es mejor sin nosotros, sus criaturas están perdidas pero ignoran que correrse del camino trazado es otra manera de encontrar y de encontrarse; son padres y madres, hijos e hijas, parejas o seres solitarios refugiados en el extrañamiento, propensos a desgarrar el velo de la realidad igual que fantasmas narrando sus propias historias en un ciclo interminable: buscan trabajos, reciben peligrosas visitas durante la siesta, se inmiscuyen en fiestas al costado de la ruta, planean venganzas y enfrentan el Fin para hallar la alternativa a un mundo desprovisto de nuevas oportunidades.
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Seitenzahl: 125
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Lautaro Vincon
Todo es mejor sin nosotros
Cuentos
Baltasara Editora
Vincon, Lautaro
Todo es mejor sin nosotros / Lautaro Vincon 1ª ed. - Rosario - Baltasara Editora, 2024
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-3905-75-9
1. Cuentos contemporáneos. I. Título.
CDD A863
Diseño Tapa: GJC
Imagen de tapa: © Lautaro Vincon, Materia azul (2016)
© Lautaro Vincon
© Baltasara Editora – Año 2023
2000 Rosario- Prov. de Santa Fe – República Argentina
Teléfono/Fax: 54 341 4210465
E-mail: [email protected]
Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723
Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11723 y 25446.
Esta obra resultó ganadora en la
2da. Convocatoria Editorial 2022 – Narrativa (Cuentos)
del sello Baltasara Editora.
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 23 de mayo de 2023.
PRÓLOGO
Lautaro Vincon es un ejemplo de maestría narrativa. Esta es la única oración que me importa decir. Las circunstancias (mejor dicho, la cortesía de respetar las convenciones de un prólogo) me obligan a explicar por qué.
La gracia desnuda de un lenguaje en estado de inocencia dudosa no es virtud de las mayorías. La historia de las letras universales demuestra que, sin el amparo de la experiencia, una escritura que renuncia al Avemaría de la sintaxis perfecta para evocar una oralidad silvestre puede devenir en tinta muerta. Pocos autores se aventuran en el valle de sombras sin temor alguno, recogiendo la voz de lo(s) ausente(s) a pulso de tímpano afilado, retratando el idioma de esas presencias vacías que no por cotidianas son menos irreales que los sureños de Faulkner o los campesinos de Rulfo.
Este libro es una cantimplora de esperanza en el desierto de lo cobarde y lo mediocre. Si el porvenir nos depara obras como la que estás a punto de leer, la tradición literaria argentina tiene una continuidad garantizada.
Todo es mejor sin nosotros da voz a la carencia, a lo agotado, a todo lo hueco de las interioridades humanas que se inunda con el ruido de un silencio que habla. Construir una literatura cuya semilla es la naturaleza del vacío es un oficio arduo, incluso suicida, pero el resultado aquí es una conjugación vital de integridad artística y eficacia narrativa. Con adorable impunidad, las voces que dominan estas narraciones relucen su sonoridad en las cavernas de lo imperturbable. A riesgos de trabarnos en la parálisis de lo atónito, es sublime dejarse empujar por estos relatos, que tienen la fuerza de unas manos que nos llevan al rincón más oscuro de una casa grande. El autor evapora esa línea entre lo innombrable y lo familiar a tal punto que lo que nos queda es una lengua árida, seca, libre de treguas.
A veces es mejor no estar cuando las cosas ocurren, pero henos aquí. A punto de alzar las faldas de estas historias dormidas, temerosos de que las páginas despierten para mordernos o para atraernos hacia sí mismas y hacernos lamer el polvo al que todos volvemos al morir.
Julián Contreras
NOTA DEL AUTOR
Nada de lo que acontece en estas páginas es real,
salvo que nuestra noción mutable de la realidad
se ajuste a la inexorable comedia de lo indecidible
y, sin que podamos notarlo,
se haya integrado gradualmente
en las ficciones inestables
que nos sacuden y nos sostienen.
Este mundo es una colmena.
Uno ha de vigilar dónde pisa.
Y ha de estar preparado para lo que pueda encontrar.
JOHN CONNOLLY, Perfil asesino
Pintar un cuadro
Era un barrio tranquilo. Toqué el timbre; a los segundos, Rosa abrió la puerta. La imaginaba gorda. Me saludó con un beso de cada lado y me invitó a pasar. La casa estaba iluminada con lámparas amarillas, como si el sol nunca dejara de brillar. Se sirvió té y me ofreció uno. Sosteniendo las tazas, subimos al altillo.
Preguntó a qué me dedicaba, cómo me había enterado. Comenté que la plata no me alcanzaba y que revisaba los Clasificados con la intención de sacarle provecho al tiempo libre de los fines de semana. Tenía diarios llenos de páginas con avisos resaltados en fibrón amarillo. Me había interesado el que decía chica p/modelar en exterior. Lo recorté y lo guardé. Rosa necesitaba que me parara delante de la casa abandonada de enfrente, para reflejar esa escena en un lienzo. Tenía que quedarme quieta bajo la luz de la calle hasta que me llamara. Me contó de sus trabajos. Lugares en ruinas, deshabitados; iglesias, cementerios, fábricas, caserones. Siempre con una persona de pie en algún costado de la pintura.
Crucé la calle. Rosa saludaba desde la lucarna del altillo. Me paré donde me había indicado, de frente a ella y dándole la espalda a las ventanas de vidrios rotos, las paredes descascaradas, el pasto del jardín crecido, la oscuridad que se escapaba y se perdía en la noche. Levanté el pulgar y Rosa devolvió el gesto.
Del fondo de la casa venía una corriente de aire con olor a podrido. Hacía todo lo posible por aguantar las náuseas. Calculé que había transcurrido media hora cuando un perro pasó corriendo, frenó, pegó un par de ladridos y siguió su camino. Esperaba que Rosa lo espantara, sin embargo se quedó callada, compenetrada en lo que estaba haciendo. La veía mover la muñeca como si acariciara el lienzo con el pincel.
Al rato, levantó la cabeza e hizo señas. Supe que había terminado. Estiré los brazos. Sonó mi espalda. Atrás mío, igual que antes, la casa muda.
Rosa se alejó de la ventana y apareció abajo, con la puerta abierta. Contenta, agradecida, me dio un sobre con billetes. Dijo que había un poco más de lo acordado por el frío que había tenido que aguantar a la intemperie. Pregunté si podía ver el cuadro. Por supuesto, contestó.
La casa de enfrente pintada entre caballetes ocupados y vacíos. Los trazos de Rosa eran realistas. No se distinguían diferencias con lo visto excepto por un detalle: yo no estaba ahí. En mi lugar, un hombre alto y encorvado vestido con ropa vieja que lucía una sonrisa deformada. Miré a Rosa a los ojos, intentando comprender de qué se trataba el cuadro y qué había querido lograr con contratarme para después ser reemplazada por un desconocido. Se mantuvo en silencio mientras el olor a podrido, como aliento caliente, volvía a rozarme la nuca.
Siesta
Papá despertaba temprano. A las cuatro de la mañana. Si la alarma no sonaba, se levantaba igual. Más de una vez me planteé aguantar la noche entera para comprobar lo del reloj biológico y verlo abrir los ojos unos minutos antes de hora. Me habría quedado de no haber sido mamá tan rompepelotas. Eso es lo que no me gustaba, que quisiera controlarlo todo. Papá volvía a casa a las cinco de la tarde. No podía retrasarse y llegar a las cinco y cuarto. Se armaba un desastre. La excusa era que el mate se había enfriado y ella no pensaba tomarlo con agua helada. Papá pedía perdón. A mamá parecía no importarle. Lo único que quería era verlo rebajarse y suplicar para que compartieran un par de cebadas.
***
A mamá la quise sin importar qué. Pero cuando hacía su siesta y me dejaba en bombacha y corpiño, me venían las ganas de agarrarla dormida para meterle un cachetazo. Nada más. Un cachetazo. Listo. Que se despertara. Ya suficiente tenía con que escondiera el control remoto de la tele mientras cruzaba a lo de doña Sara a chusmear y me obligara a lavar los platos del almuerzo.
—Quiero que estén limpios, secos y guardados, ¿me oíste?
Yo decía que sí. ¿Para qué discutir? ¿Para comerme una trompada y que papá nunca se enterara? Hasta en eso era distinto. Él te pedía las cosas con un por favor y siempre devolvía un gracias. Papá jamás me puso una mano encima.
De una y media a tres y media, la siesta de mamá era sagrada. Cerraba el pasillo, se acovachaba la llave y me dejaba en el patio de adentro, casi desnuda, para asegurarse de que no me escapara a la calle a pelotear con los demás chicos de la cuadra. Siempre me gustó el quilombo, los gritos, las patadas, las corridas. Mis amigas me cargaban. Me decían que solo me faltaba el pito para ser varón. Yo me reía. Hablaban por envidia. Porque me juntaba con los chicos y ellas no.
Mamá me daba la soga.
—Aprovechá y bajá unos kilitos. Estás hecha un lechón.
Saltaba hasta llegar a cien. Sabía que se dormía rápido. En el ciento uno, paraba y me sentaba en el banco del patio pegado a la ventana de su habitación. Contenía la respiración para escuchar mejor, para saber si mamá estaba completamente dormida. En cuanto la oía roncar, me tiraba en el suelo, panza arriba, a mirar el cielo. Jugaba a encontrarle una forma a cada nube que pasaba.
***
Esa tarde estaba bastante entretenida. Un conejo, un payaso con tres globos, un cohete, un hongo, una flor, una araña. A pesar de no haber muchas nubes, las que pasaron tuvieron una forma definida. Algunas me costaron más al momento de reconocerlas. Ninguna desapareció sin su correspondiente etiqueta.
De reojo vi un movimiento en el fondo. Lo que denominábamos fondo era un espacio lleno de pasto dividido a la mitad por un caminito de baldosas mal colocadas que llevaba hasta el galpón al final del terreno. Sin árboles ni plantas, solo pasto que papá se encargaba de cortar cada tanto. Me asomé. Vi un tipo que tenía una pierna en el techo del galpón. Hacía fuerza para pasar la otra por la medianera. Venía de la fábrica abandonada que estaba detrás de nuestra casa. Apoyó los dos pies sobre el techo. Sentado en la medianera, se sacó el pelo que le caía en los ojos. Casi perdió el equilibrio. Ya lo imaginaba despatarrado en el piso. ¡Cuando mamá te encuentre!, pensé. Se sostuvo. Pareció tomar coraje. Saltó. Rodó. Se sacudió la ropa. Me vio al incorporarse. Empecé a caminar hacia él.
***
—¿Qué hacés acá?
—Shhh. No se te ocurra decir nada.
—No se me ocurre decir nada.
—Estás en bombacha y en corpiño. Andá, tapate.
—No puedo.
—¿Por qué?
—No tengo mi ropa. Se la lleva mamá. La guarda en su pieza mientras duerme.
—¿Por qué?
—No quiere que me escape a jugar con mis amigos.
—Mirá qué viva.
—¿Vos qué hacés acá?
—No digas nada.
—No digo nada.
—¿Me lo prometés?
—Te lo prometo.
—Me escapé de la cárcel.
—No te creo.
—No me creas. Es la verdad.
—¿Cómo te escapaste?
—Nos trasladaban y volcó el micro. Algunos se deben haber matado. Yo me escondí entre unos yuyos y empecé a correr.
—¿Y por qué te habían metido preso?
—Por matar a catorce chicos y chicas, entre cinco y quince años.
—¿Eh?
—No pongas esa cara. Es un chiste. Se me olvidó pagar algunos impuestos, digamos que varios, y bué. Adentro, marche preso. ¿Tenés algo para comer?
***
Me di cuenta de que mamá no podía ser perfecta por más que hiciera un esfuerzo en controlarlo todo. No llevaba un control sobre la comida que sobraba. Esa tarde, cuando se acostó, había tres milanesas en el plato. Cuando se levantó, quedaban dos.
Al tipo le di la milanesa con un tomate que saqué de la heladera. Me dijo que se escondía en la fábrica y que iba a ver si podía encontrar comida en otro lado también, para no joderme. Tendría unos años menos que papá y mamá. Había llegado esa misma mañana. Tanteaba el terreno y las casas vecinas. Así fue que robó unos jeans gastados y una remera de la soga donde alguien ponía a colgar las prendas recién lavadas.
—Para disimular, ¿viste? No puedo andar vestido de cárcel por cualquier lado.
Era amable. Se ofreció a traerme ropa colgada de alguna soga para taparme. Me negué. Si no paseaba su mirada alrededor nuestro, mantenía sus ojos en los míos.
***
Algunas tardes no lo veía. Parecía haber conseguido otro traficante de almuerzos y nos iba intercambiando. Nunca le pregunté. No quería saber quién era mi competencia.
En el colegio tenía que hacer un esfuerzo para evitar contarle a alguna de las chicas. No paraba de pensar en él. Llegaba a casa, comía, lavaba y guardaba los platos. Esperaba la hora de la siesta con entusiasmo. No me importaba si mamá usaba mi desnudez para controlarme. Ya no quería salir a la vereda. Adentro de mi casa había algo más entretenido.
***
—Contame, ¿qué hacían allá?
—Todos los días eran aburridos. Te tienen encerrado, te renuevan los libros cada tanto. Algunos los leí hasta tres veces. A la tarde te sacan al patio. Hombres mirándose con cara de perro rabioso. Decí que nos separaban por la gravedad del delito.
—¿Cómo?
—Según lo que hiciste, sos más o menos peligroso.
—¿Y vos con quién estabas?
—Con los tranquilos. Estafadores, carteristas. Encontré más de un abogado.
—Mamá dice que los abogados son unos truchos.
—Tu mamá está equivocada.
—¿Cómo sabés?
—Porque hay abogados que estudian para hacer justicia y representar a las personas que realmente lo necesitan. Otros encuentran los puntos ciegos de la ley y los usan a su favor para cagar a los demás y sacarles guita.
***
Federico, mi hermano, tenía diecinueve, siete años más que yo. A la noche llegaba de trabajar y lo esperábamos para cenar. Ni él ni papá sabían que mamá me dejaba sin ropa durante las tardes en el patio de casa. Fede contó que a un compañero suyo lo habían despedido y la empresa quería arreglar por menos plata.
—Que tenga cuidado con los abogados. Son unos chantas —dijo mamá.
—No todos.
Los tres me miraron.
—¿Cómo sabés? —me preguntó mamá.
Se repitió la escena de la tarde con el preso.
—Porque hay abogados que estudian para hacer justicia y representar a las personas que realmente lo necesitan. Otros encuentran los puntos ciegos de la ley y los usan a su favor para cagar a los demás y sacarles guita.
Mamá dejó su tenedor en el plato. Me dio una cachetada con el revés de la mano.
—No era para tanto —saltó papá.
—Que no diga esas barbaridades en mi mesa. —Me miró—: Y ahora andate a dormir.
Me levanté con lágrimas en los ojos. No supe si con barbaridades se refería a cagar o a llevarle la contraria.
***
—¿Y ese ojo? ¿Qué te pasó? ¿Te caíste?
—Ya se me está yendo. Me pegó mamá hace dos noches.
—¿Por qué?
—Por discutirle sobre los abogados.
—Me tendría que haber callado.
—No fue tu culpa. Aparte vos debés estar acostumbrado a ver gente golpeada. ¿En la cárcel no se peleaban?
—Ah, sí. Allá había de todo.
—¿Qué es de todo?
—Asesinos, violadores, tipos que fajaban a sus mujeres. Unos locos de remate.
***
A la noche, acostada, no pude dejar de pensar en los hombres que compartieron el tiempo en la cárcel con el preso. También, pensaba si, a esa hora, el preso tendría frío, si tenía hambre, si extrañaba a alguien. Si lloraba.
***
—Creo que uno de esos que estaba allá con vos le daría miedo a mamá.
—Le darían miedo a cualquiera, para serte sincero.
