Todo está bien - JUAN CARLOS HERVÁS BOTELLA - E-Book

Todo está bien E-Book

Juan Carlos Hervás Botella

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Beschreibung

Se ha convertido en algo bastante habitual, el escuchar, cada vez más, que la gente dice: todo está bien, no pasa nada. Y si eso solo fuera una respuesta aislada a un problema de difícil solución, realmente estaría bien, pero me temo que el que esa frase se convierta en lo habitual, es un grave problema para esta sociedad, pues, por desgracia, pone de manifiesto que cada vez somos más incapaces de enfrentarnos a los problemas, e intentar solucionarlos, de frente, sin tapujos, como valientes. Si dejamos todo pasar, y, ya se arreglará, estamos cometiendo un grave error. Al final nos estamos convirtiendo en una sociedad incapaz de solucionar sus propios problemas, solo los apartamos a un lado, como si se fueran a solucionar solos. Esta novela, a modo de segunda parte de: El ultimo pediatra, trata de todo esto. Aunque se aconseja, por parte del autor, que se haya leído primero la anterior, El ultimo pediatra, bien es verdad que no es imprescindible hacerlo, aunque, en verdad, es su continuación. En este thriller romántico, ¿será el amor el que triunfe por fin?, tal vez eso sí que sea una excepción, y si es así, entonces sí que podremos decir con todo sentido: todo está bien.

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Seitenzahl: 278

Veröffentlichungsjahr: 2024

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A modo de prólogo

Se ha convertido en algo bastante habitual, el escuchar, cada vez más, que la gente dice: “todo está bien, no pasa nada”.

Y si eso solo fuera una respuesta aislada a un problema de difícil solución, realmente estaría bien, pero me temo que el que esa frase se convierta en lo habitual, es un grave problema para esta sociedad, pues, por desgracia, pone de manifiesto que cada vez somos más incapaces de enfrentarnos a los problemas, e intentar solucionarlos, de frente, sin tapujos, como valientes.

Si dejamos todo pasar, y, ya se arreglará, estamos cometiendo un grave error. Al final nos estamos convirtiendo en una sociedad incapaz de solucionar sus propios problemas, solo los apartamos a un lado, como si se fueran a solucionar solos.

Esta novela, a modo de segunda parte de: “El ultimo pediatra”, trata de todo esto. Aunque se aconseja, por parte del autor, que se haya leído primero la anterior, El ultimo pediatra, bien es verdad que no es imprescindible hacerlo, aunque, en verdad, es su continuación.

En este thriller romántico, ¿será el amor el que triunfe por fin?, tal vez eso sí que sea una excepción, y si es así, entonces sí que podremos decir con todo sentido: “todo está bien”.

Indice

1 .- KHALED Y GHADA

2.- NABILA

3.- EL TERREMOTO

4.- EL SECUESTRO

5.- LA CIUDAD DE LAS HOGUERAS

6.- LA CÁRCEL

7.- LA COMPLICADA SITUACIÓN

8.- LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

9.- UN GOLPE DE SUERTE

10.- RETOMAR LAS RIENDAS

11.- MALDITA POR SIEMPRE

12.- LA FAMILIA

13.- PROSERPINA

14.- ROMA

15.- LA MÁS TEMIDO

16.- HORA DE TOMAR DECISIONES

17.- DECEPCIÓN

18.- SECUESTRO, DE NUEVO

19.- EL REENCUENTRO

20.- EL VIAJE

21.- LA HUIDA

22.- RECLUSIÓN

23.- MI HOSPITAL

24.- INTOLERABLE

25.- EL FIN

26.- EN FAMILIA

1.- KHALED Y GHADA

Eran las seis de la mañana cuando, de repente, todo se puso a temblar. Khaled Assad cayó al suelo envuelto en polvo y escombros y un ruido ensordecedor se unió al desastre.

El trabajo en el Hospital General de Turquís, se había multiplicado por mil. Los pacientes no paraban de llegar uno tras otro, y yo, junto a mi hermana Ghada, trabajábamos sin descanso mucho antes de que en Turkís se hubiera declarado oficialmente la epidemia de cólera.

No habíamos tenido bastante con una guerra que duraba ya varios años y la destrucción que de ella se derivaba, y luego una pandemia, importante para nuestro pueblo, como había sido la del Coronavirus, que se había llevado por delante a una cantidad incontable de personas, sobretodo ancianos y enfermos y encima, ahora, teníamos que bregar con algo muy agobiante para nosotros y para todo el mundo, como era otra epidemia, esta vez de cólera, y no porque produjera más muertes que la anterior, si no por la cantidad de personas enfermas que ocasionaba.

Le hacíamos frente como podíamos, echándole muchas horas, con mucha imaginación y con muy pocos recursos.

Yo había optado por quedarme a dormir en el hospital, o mejor, a intentar dormir algún rato entre paciente y paciente. Mi casa hacía varias semanas que la había perdido de vista.

Tras la desgraciada muerte de mi amigo y compañero Amin, hacía ya tres años, por culpa de una maldita bomba, ahora era mi propia hermana Ghada Assad, la que me ayudaba en la consulta diaria de pediatría, junto a otros compañeros muy eficientes también. Entre ellos mi nueva enfermera Nayla, una profesional bastante cualificada, pero a la vez, un tanto sorprendente, pues igual era amable conmigo y con los enfermos, que era áspera y no demasiado eficiente, dependía del día con el que te la encontrases, pero en fin, no se podía exigir mucho más, con la escasez de profesionales que había, bastante suerte teníamos con tener a alguien medianamente eficiente que nos ayudara.

Cuánto tenía en el recuerdo a mi amigo Amin, y en mi corazón, también. El último pediatra que se atrevió a quedarse en nuestro hospital trabajando, cuando las tropas gubernamentales anunciaron que lo iban a bombardear, pues pensaban que escondía a “milicianos terroristas”, como decían ellos, y qué lejos estaba eso de la verdad.

Fue, sin lugar a dudas, una maniobra propagandística, de coacción a sus enemigos, de falsa muestra de prepotencia, y el precio que pagamos por ello, fue altísimo.

Todos huyeron de allí nada más conocerse la advertencia, y por eso, no les reprochamos nunca nada. Era muy comprensible.

Coincidió, que hasta yo mismo, me encontraba ausente de la ciudad en esos días, por otros motivos, pero Amín permaneció en su puesto, pues se negó a abandonar a sus pequeños enfermos, los mas graves, los que no era posible evacuar, y al final, una bomba segó su vida, junto a una enfermera y al bebé al que estaba atendiendo. Yo perdí a mi mejor amigo y Ghada perdió al amor de su vida. Y aunque “Los cascos blancos” no tardaron ni diez minutos en intentar rescatarlos de entre los escombros, ya fue tarde.

Por otro lado, Ghada, era cierto, que todavía no había terminado sus estudios de medicina, aunque le faltaba poco, pero no teníamos en ese momento más remedio que echar mano de todo lo que teníamos, para intentar controlar la epidemia de cólera que nos estaba devastando.

—Buenos días, Khaled.

—Buenos días Ghada, ah, y también has venido hoy con tu amiga Nabila.

—Hola Nabila, ¿como estas? —le pregunté sonriente.

—Muy bien, ¿y tu, Khaled? —me dijo Nabila, y tengo que reconocer que me puse algo nervioso y unas, como hormiguitas, me recorrieron el estómago.

Tal vez, a pesar mío, Nabila me cautivaba. Desde que me la presentó Ghada, hacía unos años, como compañera suya de facultad, tengo que reconocer que, desde el primer momento, habíamos contactado muy bien.

Es verdad que era más joven que yo, como unos diez años, pero su bonita cara, su sonrisa, su gracia y su simpatía, me habían conquistado desde el primer día.

Pero, siguiendo mis principios, mi relación con las mujeres, en general, tengo que confesar, que continuaba siendo muy cauta.

Tal vez fuera porque todavía tenía bastante reciente mi frustrante relación con Mía, casi seguro.

Aquello había sido demasiado duro. Todavía me acordaba de ella prácticamente a diario, y en cuanto me descuidaba, la imaginación se me iba a alguno de los buenos momentos que habíamos pasado juntos, entregándonos completamente el uno al otro. Su preciosa cara, sus ojos color azul cielo, su pelo rubio de color oro y su sonrisa cautivadora, me venían a la mente más de lo que hubiera deseado.

Estuve perdidamente enamorado de ella, y tal vez, todavía lo estaba, no lo sabía.

Aquella guapa pediatra, que en un congreso se entregó a mi de una manera inesperada, sin reparos y que luego tanto daño me hizo al traicionarme, a mi y a mi país, sin escrúpulos, dejó en mi un recuerdo amargo, pero con tintes muy dulces.

No se si era peor el que yo confiara en ella, revelándole hasta el último detalle de nuestro plan, con la extraordinaria exposición de pinturas de mi amigo Nasir, para captar la atención internacional, con el objetivo de parar la guerra en mi país, o su intento de boicotear dicha acción. El caso era que ella, junto a su compatriota y colega Marcus, a quien ahora creía muerto, habían intentado matarnos a nosotros, y lo hubieran conseguido de no se por la actuación de mi hermana Ghada y del bueno de Paul, nuestro querido amigo y agente secreto de la Interpol, profesional donde los hubiera.

Marcus y Mía, trabajaban juntos en el hospital de Viena y su organización criminal, no tenía escrúpulos para enriquecerse a costa de lo que fuera. Esa vez eligieron la venta de armas a ambos bandos en litigio en mi país, para sus codiciosos fines.

Yo había intentado olvidarla por todos los medios, hasta decidí no leer las cartas que me enviaba desde la cárcel, por cierto, una cada semana, por lo menos, cuando estuvo cautiva en Estados Unidos, y nunca le di respuesta a ninguna; pero ella seguía insistiendo.

Aunque cuando fue trasladada a la prisión de Turquís, es verdad que me llegaban muchas menos cartas que antes, seguramente, no porque me mandara menos, si no porque eran interceptadas, la mayoría, en la propia cárcel.

Pensar que esa preciosa criatura, tan inteligente, fuera tan malvada, es algo que todavía me costaba asimilar.

Pero lo cierto era, que ahora, estaba encarcelada por alta traición y solo Dios sabe para cuantos años todavía.

Yo sabía que estaba en la principal cárcel de la ciudad, en la más grande, y yo sabía también, de buena fuente, que aunque no le habían concedido la extradición a su país natal, Austria, tampoco estaba tan mal en la cárcel.

El gobierno se había encargado, tal vez por mediación de Austria, o tal vez de EEUU, donde en un principio fue encarcelada, porque allí la detuvieron, que estuviera bien atendida, sin sufrir ninguna agresión.

Y aunque estaba prácticamente incomunicada, era lo mejor para ella, para poder preservar su integridad física y psicológica.

Era bien sabido que las cárceles, en este país, en general, eran horribles. Disturbios, peleas, muertes, torturas y hacinamiento, eran los patrones habituales.

Por lo menos, yo sabía, a ciencia cierta, que eso a ella no le estaba sucediendo, y tal vez algún día le concedieran la extradición, a pesar de que no hubiera acuerdo entre los dos países, pero la política, tantas veces, se saltaba las reglas... Por lo menos eso me tranquilizaba.

Pienso que sería lo mejor para los dos, que ella se marchara a su país, aunque ingresara en una cárcel de allí, fuera el tiempo que fuera, y yo no tuviera más contacto con ella, nunca más.

Me preguntaba a menudo, si la seguía amando. Lo que si estaba claro era que a pesar de cómo se había comportado conmigo y con mis amigos, en general, aun me importaba y no poco.

Pensaba, cómo era curioso, que yo lo sabía casi todo de ella en esos momentos y ella, estoy seguro, sabía casi todo de mi vida actual.

Yo lo que deseaba, por otro lado, como siempre lo había deseado, era dedicarme a mis pequeños enfermos y que me dejaran en paz de otras cosas.

Eso lo había intentado años atrás y no lo había conseguido en absoluto, cuando me vi envuelto de lleno en la guerra y tuve que lidiar como uno más, con la más fea.

Primero, mi amigo Amin y mi enfermera Hala resultaron ser de la resistencia, y yo ni me había enterado, hasta que el tiroteo en mi propio hospital, cuando fueron a detenerlos, me hizo darme cuenta de todo.

Y hasta Mía, resultó ser una espía con sus propios intereses en la guerra; inconcebible.

Ahora, cuando habían pasado tres años de todo aquello, lo que deseaba con todas mis fuerzas, era que me dejaran trabajar en lo mío, sin meterme en más líos, sólo atender a mis pequeños pacientes y hacer todo lo que pudiera por ellos, sin distracciones. Eso era lo que más deseaba.

—Khaled, ¿sabes que día es hoy, no?— me dijo Ghada, de sopetón.

—Sí, lo se, hermana, hoy hace tres años que murieron nuestros padres.

—Eso es, hermano y en estos días que se van a suceder, recordaremos también a tu enfermera Hala, que entregó su vida por ti. ¿Te acuerdas?.

—Sí, me acuerdo, ¿como olvidarla?. La recordaré siempre a mi lado, hasta el último momento —Khaled paró en un momento su actividad, como queriendo homenajear a sus amigos muertos, para enseguida reanudar su tarea.

—Y Amín, el último. ¿Te das cuenta de que Amin siempre fue el último en todo, en dejar el hospital y en morir, en todo?. Será para que lo recordemos mejor —dijo Ghada con lágrimas en los ojos.

—Si Ghada, para que lo recordemos siempre como el último compañero, que llegó a ser el primero, el más importante.

—Estoy pensando que podríamos ir esta tarde a Borsa, a nuestra querida aldea, donde están enterrados nuestros padres, a llevarles flores, una vez más.

—Vale, nos iremos un poco antes y pasaremos por allí —le contesté, ya un poco inquieto con tanta charla; sentía que el trabajo nos esperaba ya hacía rato, por lo que les dije:

—Bueno, venga chicas, a ver si nos ponemos a trabajar, que cada vez hay más enfermos esperando, y bueno, muchas gracias por haber venido, claro, vuestra ayuda siempre es estimable.

—Esto nos viene muy bien para practicar, ya lo sabes Khaled, éste último curso que nos queda, es lo que tenemos que hacer. En cuestión de teoría, creo que ya lo sabemos casi todo, ahora falta ponerlo en práctica, ya sabes —me dijo Nabila con su preciosa sonrisa y yo, encantado, se la devolví.

—¿Pero de verdad piensan irse antes, hoy? —dijo de sopetón mi enfermera Nayla— ¿con la cantidad de trabajo que hay?, no lo entiendo.

—No tienes que entender nada, Nayla; tu solo debes trabajar y callar y hacer lo que los médicos te digamos y sobretodo tu director —dije francamente molesto, con acritud, pero con autoridad.

Nayla, era evidente que tenía uno de esos “días malos”, pero ya no dijo nada más, solo se limitó a mirarme con cara de pocos amigos y continuó con su trabajo, refunfuñando.

Yo moví la cabeza en señal de que Nayla no tenía remedio y continué a lo mio. Era evidente que yo no estaba muy contento con Nayla, pero no tenía otro remedio que continuar trabajando con ella.

Por lo menos, de momento, allí continuaría; si su eficacia hubiera sido incuestionable, probablemente, le permitiría más impertinencias, pero había días que se me atravesaba, a mi y a todo el mundo y lo que no le iba a consentir, por el bien de todos, era ninguna actitud de desobediencia y de soberbia, para con el equipo.

2.- NABILA

En cuanto pudimos, salimos del hospital y dejamos a Nayla trabajando, no muy conformada, y a los que les tocaba el servicio de urgencias, y nos dirigimos, en el coche de Ghada, hacia la aldea de Borsa. Yo hacía ya varios años que había prescindido de mi coche.

Tuve, hace un par de años, un grave accidente al intentar esquivar unos escombros que habían caído sobre la calzada, la noche anterior, y al intentar sortearlos, perdí el control de mi coche y me fui a estrellar contra la única pared que quedaba en pie en toda la calle. El coche quedó destrozado y por suerte, o porque mi coche era de esos buenos, llenos de airbags y tal, a mi no me pasó nada, ni un rasguño.

Ante la dificultad de arreglarlo en condiciones y también, la de comprar otro automóvil con garantías de que fuera más o menos decente, opté por no tenerlo, tampoco me hacía falta para ir al hospital todas las mañanas, y si tenía que ocuparme de algún asunto oficial, de vez en cuando, me ponían un coche oficial, valga la redundancia.

Así que, le compré un coche pequeño, que de esos si que había en la posguerra, a Ghada y ella tan feliz, y yo también.

Nabila quiso venir con nosotros y los dos nos mostramos de acuerdo. Últimamente, Nabila se había convertido casi en una más de la familia.

Era muy buena amiga de Ghada, casi que su mejor amiga, y yo, me sentía muy a gusto teniéndola cerca.

Nabila era de una familia más bien humilde, como la mía y la de Ghada, claro, aunque ahora, al morir mis padres, era yo el que se había hecho cargo de la formación de Ghada, y estaba encantado de que mi hermana se hubiera decidido a estudiar también medicina.

Como me pasara a mi, Nabila estudiaba gracias al gran esfuerzo que hacía toda su familia en general, para que pudiera estudiar en la universidad. Ella había sido la elegida para los estudios superiores, por su talento y su capacidad de sacrificio, desde pequeña, como se solía hacer en casi todas las familias de Turkís, que no solían ser, en absoluto, adineradas.

Aunque su familia no residía en Turkís, si no a bastantes kilómetros de nuestra ciudad, la habían enviado allí, pues la fama de esa universidad y del hospital, donde yo trabajaba y daba clases, era altamente reconocida.

Habían alquilado un piso Ghada y ella, cerca del hospital y desde el primer día en que se conocieron, habían conectado muy bien.

Y yo, aunque desde el primer momento, debo reconocer, me fijé en ella, la veía demasiado joven para mi; pero al pasar los años, Nabila se había convertido en una joven muy atractiva y madura y yo ya no tenía tantos reparos en acercarme a ella.

La historia de Nabila, me recordaba mucho a la mía propia, y esperaba que a ella, no le pasara factura la responsabilidad tan grande que había tenido yo, en ser un gran médico para agradecer a mi familia todo lo que habían hecho por mi. Pero esa responsabilidad, por un lado, me hacía intentar cada día ser mejor médico, pero a la postre, eso se cobraba factura, y yo entraba en estrés y desasosiego, cuando tanta responsabilidad no me permitía fallar en lo más mínimo, o cuando todo no funcionaba como un reloj Suizo y yo me sentía el responsable.

Pero parecía que, por fortuna, ese no era el caso de Nabila; se ve que la juventud, ahora, se tomaba las cosas de otra manera, casi que mejor, pensaba yo y en el fondo me sentía aliviado por ella.

La historia de Ghada, ya había sido otra cosa. Nuestros padres, asesinados por los mercenarios durante la guerra y ella violada por el más cruel de todos, Stefan, el asesino, y luego, su embarazo y posterior aborto, habían sido como era lógico para ella, un drama difícil de superar.

Aun en la actualidad, Ghada, debía reconocer que todo lo que pasó, le dejó una huella imborrable, pero por otra parte, con algo muy bueno, el haber conocido entonces a Amín, mi mejor amigo, un hombre bueno y honrado donde los hubiera, aunque un poco bruto, había que reconocerlo, que la encontró, la cuidó, y la amó como nadie.

Ese recuerdo de él, todos los días presente en su vida, la reconfortaba mucho y le hacía seguir viviendo y entregarse a los demás con todo su ser, como lo había hecho su querido Amín.

Pero en el viaje, se notaba que la tristeza al recordar a nuestros padres, era difícil de disimular. Había bastante silencio en el coche, cosa rara, pues las dos amigas eran muy dicharacheras siempre y no paraban de hablar, y por cierto, con eso, yo estaba encantado.

Las tumbas de nuestros padres estaban como siempre; muy juntas, muy limpias y con flores. Los aldeanos de Borsa, sus vecinos, se encargaban de eso, sin descuidos. Habían sido testigos, aunque a cierta distancia, de la matanza y no lo habían olvidado.

Tampoco Ghada había olvidado cómo sus padres habían sido asesinados por protegernos a ella y a mi mismo, aunque yo no estuviera presente en aquel odiado momento, y no decir ni una palabra de donde estaba mi paradero y donde estaba oculta Ghada.

Aunque, al final, fue descubierta, violada, apaleada y dada por muerta, cuando era todavía prácticamente una niña adolescente.

Rezamos, lloramos los dos un rato y les dejamos más flores. Luego, con pena, pero a la vez orgullosos de nuestros padres, dejamos aquel lugar que tantos recuerdos nos traía de nuestra infancia en aquella granja, hoy abandonada.

—Tal vez algún día vuelva aquí y me instale, cuando me jubile —dije, ya de camino.

—Bueno, aún te falta, ¿no?, Khaled —dijo Nabila que sabía muy bien la edad que yo tenía.

—¿Caramba, Khaled, ya estás pensando en jubilarte? —dijo Ghada, y todos acabamos riéndonos de nuevo.

Cerca ya de Turkís, Nabila propuso algo interesante.

— ¿Que os parece si vamos a tomar algo por ahí y de paso, cenamos?.

—Yo te lo agradezco, Nabila, pero me voy a dormir, estoy muerta.

—¿Y tu Khaled, te animas? —me dijo Nabila, como siempre sonriente.

—Bueno, ya puestos, pues aprovecharé un poco la noche, hace tanto tiempo que no me tomo una cerveza por ahí, que ya ni me acuerdo.

Así que Ghada se fue con su flamante utilitario a su apartamento y Nabila y yo buscamos un pub o algún sitio para tomar algo, cerca de donde nos dejó.

La verdad era que los dos sospechamos que Ghada nos quiso dejar solos adrede, pero nadie dijo nada al respecto.

Tras algunas calles visitadas, donde los pubs habían cerrado ya, nos sentimos desilusionados, aunque a mi, se me encendió entonces una luz y me acordé de algo.

—¿Te apetecería venir a mi casa?, acabo de recordar que tengo un par de buenas cervezas en la nevera, que me regalaron hace un tiempo.

—Ah, estupendo. ¿Estarán fresquitas? —preguntó Nabiala.

—Sí, si la nevera sigue funcionando, sí, —dije sonriendo y Nabila se rió con ganas.

Las cervezas estaban frías, pero de comer había poca cosa, aunque no nos importó.

Al cabo de un rato de hablar de chorradas en el sofá, Nabila me miró fijamente y se puso seria. Yo no aparté la vista de sus carnosos labios rojos y nos besamos con pasión.

Luego, exploré su precioso cuerpo y ella estremecida me lo agradeció, para a continuación, sin complejos, tomar ella la iniciativa.

Yo, hacía tanto tiempo que no estaba con ninguna mujer, que mi continencia fue nula. Nabila se rio al verlo, pues no llegamos a compartir casi nada juntos, pero no le importó.

Esperamos un rato y abrazados y ya desnudos, nos dormimos, para despertar al poco rato y reiniciar lo fracasado hacía unas horas, con más ímpetu si cabe y compartir, los dos, un solo placer al unísono, fantástico, esplendoroso y gratificante.

Hicimos el amor durante toda la noche, como dos fieras en celo que no se pueden separar y lo repiten sin poder negarse una vez tras otra, y ya, rendidos al amanecer, caer dormidos sin remedio.

Nabila, me repetía una y otra vez: “te amo”, aveces como un susurro, mientras se encendía su placer y otras, gritando a plena voz, sin ocultar nada.

Yo estaba encantado y compartía sus deseos, pero como era más propio de mí, guardaba silencio, aunque debo reconocer que en algún momento llegué a asustarme, no por lo fuerte que gemía, si no por si yo no llegaba a la altura de sus sentimientos.

Nabila se despertó primero y al mirar la hora en el reloj de la mesilla de noche, se levantó de un salto y comenzó a vestirse.

Yo la miré de reojo y disfruté mucho al contemplarla; su figura a la luz del día, era aun más preciosa que a media luz.

Era una hermosa y joven mujer, de las que enamoran a cualquiera. Si a eso, sumas su inteligencia, su gracia y su simpatía, pensé que ya no tenía dudas y que empezaba a enamorarme de aquella dulce criatura.

Pensé que si la dejaba escapar, sería un estúpido, como lo había sido otras muchas veces con las mujeres que habían pasado por mi vida y las había dejado ir.

Y no me refería precisamente a Mía. Eso era un tema aparte y prefería no darle vueltas.

—¿Que vas a hacer, cielo, te quedas en la cama, o que? —me dijo sonriendo con su dulce voz.

—No, claro, me levanto enseguida.

—Yo me voy corriendo, no me da tiempo ni a desayunar, tengo clase y luego prácticas en el hospital, te veo luego, ¿vale, cielo?.

—Sí, claro —le dije automáticamente, sin poder apartar mi vista de su preciosa cara recién levantada, con toda la naturalidad que emanaba, como me gustaban a mi las caras, reales y sinceras. Luego, me quedé pensando y cambié de opinión.

—Espera, que me voy contigo.

—Vale, pero date prisa, ya llego tarde...

—Me visto en un periquete y voy, ya me ducharé en el hospital —le dije mientras noté que se ponía algo nerviosa, pero a la vez, se alegraba de que nos fuéramos juntos.

Bajamos corriendo las escaleras hacia la calle, pero nada más salir yo del portal, algo contundente me golpeó en la cabeza y perdí la conciencia, sin ni siquiera ver quién me había atacado.

Tras un árbol, oculto, alguien más permanecía espiando lo que sucedía.

Desperté en el mismo hospital donde a diario trabajaba con mis enfermos. La cabeza me dolía horrores y me sentía mareado.

Tenía ganas de vomitar, y vomité, inclinándome hacia un lado y dejando salir algo de líquido y el verde y amargo bilis que contenía mi estómago.

Una mano amiga me ayudó a incorporarme y al mirarle a los ojos me di cuenta de quién era.

Mi amigo y compañero Hakim, vestido de casco blanco, estaba conmigo, y un poco más allá, mi hermana Ghada, con cara de preocupación, me observaba, y mi enfermera Nayla a su lado, me miraba también con cara de pena.

—¿Que me ha pasado? —pregunté en voz baja, con todo la fuerza que mis pulmones me permitían ejecutar y con mucho susto, al ver que medio hospital estaba allí pendiente de mi.

—¿No recuerdas nada? —me preguntó Hakim.

—No, solo que salimos a la calle Nabila y yo y algo me golpeó con fuerza en la cabeza. ¿Y Nabila, donde está?, ¿está bien? —pregunté angustiado.

—Mira, Khaled, yo me dirigía hacia una casa, de la que habíamos recibido un aviso de posible derrumbe, cuando te encontré en el suelo, sangrando por la cabeza e inconsciente, pero allí no había nadie más, te lo juro, amigo, estabas tu solo tendido en la acera.

—No puede ser, salimos los dos a la vez. Eso sólo puede significar una cosa, que se la han llevado —dije con lágrimas en los ojos.

—Tranquilo, Khaled —me dijo mi hermana— necesitas descansar, te hemos hecho un TAC y no hay lesiones cerebrales, pero tienes una bonita brecha en la cabeza. Te hemos tenido que dar siete puntos.

—¡Pero tengo que ir a buscar a Nabila! —dije intentando incorporarme, pero una mano sobre mi, de nuevo, me contuvo.

—No puedes —dijo Hakim— debes reposar por lo menos 48 horas, ya lo sabes, amigo.

—Si lo se, pero es que tal vez Nabila esté en grave peligro, ¿sabes?.

—Ya se está ocupando la policía —dijo ahora Ghada; en cuanto te trajeron, dimos aviso y nos dijeron que dado lo que había pasado y siendo tu el que se había visto implicado, de inmediato iban a poner todos los medios de que disponían para seguir las pistas.

—Sí, parece que en unas horas el inspector vendrá a interrogarte —dijo ahora Hakim.

Todo dependía de como estuvieras hoy —dijo de nuevo Hakim tras una pausa—. Y perdonarme, me voy a ese aviso pendiente, no quisiera que se produjeran más desgracias hoy.

—Claro Hakim, ve tranquilo y muchas gracias —dijo Ghada.

—Sí, gracias amigo y cuídate mucho —le dije, mientras le veía alejarse tras la puerta.

—Sí, yo también voy a continuar con mi trabajo —dijo también Nayla, —y recupérate pronto Khaled— dijo con una sonrisa.

—Vaya, hoy parece que Nayla está de buenas —dijo Ghada como pensando en voz alta, y luego cambió su voz a un tono más alto:

—Has tenido suerte de que Hakim pasara por allí, ¿lo sabes no?.

—Sí, es verdad —contesté.

—Te podrías haber desangrado allí mismo, en la calle, eres consciente, ¿no?.

—Sí, lo se, esta gente son como ángeles custodios, siempre aparecen cuando se les necesita. ¿Pero quién puede tener intereses en hacer daño o secuestrar a una chica como Nabila?, no lo entiendo.

—Pues está muy claro, Khaled, es por ti; por alguna razón quieren hacerte daño o conseguir algo con esto, tu eres famoso e importante. No lo puedes negar, por mucho que te pese.

—Yo me pregunto, cómo sabían donde estábamos, que estábamos juntos y a qué hora suelo salir yo de casa para ir al hospital —dijo Khaled preocupado.

—No se, Khaled, pero es extraño, sí, habrá que pensar en un posible espía, sí —dijo Ghada pensativa— quizás alguien próximo a ti, seguro, alguien que trabaje aquí y esté al corriente de tus pasos.

—Quizás Nayla —dije casi sin pensar.

—No, no puede ser, cuando te atacaron en la calle, ella estaba aquí ya, trabajando.

En unos días, me dieron el alta y por fin, me pude dedicar a lo que más amaba en esta vida, a atender a mis queridos pacientes. Ni siquiera volví a mi casa, empecé ese mismo día con mi trabajo.

Pero algo me seguía preocupando y mucho y me atenazaba el estómago en cuanto lo pensaba; de Nabila, no había la más mínima pista.

Solo la concentración en mi trabajo, permitía que mi angustia se me pasara a ratos, y Ghada estaba igual que yo.

A menudo, mientras descansábamos un rato del trabajo o comíamos, reanudábamos la conversación, siempre centrada en dónde podía estar Nabila, si estaría bien y por que coño se la habían llevado, cosa que ya no dudábamos, pues la policía nos había dicho que desde esa mañana no había el más mínimo rastro de ella.

No lo entendíamos, y menos entendíamos aun a la policía, aunque sus medios eran más bien escasos, tampoco encontraban ninguna pista, pero por más que insistíamos, no ponían más medios para su búsqueda.

Por fin, agotado y triste, me dirigí a mi casa, para ver si cambiando un poco de aires, se me iban algo de la cabeza mis pensamientos en Nabila.

Al dar la vuelta a la esquina de mi calle, ya enfrente de mi portal, alguien me volvió a golpear, esta vez en la pierna y me hizo caer de bruces.

Me giré y un hombre musculoso, que desde mi posición en el suelo, parecía un gigante y a quien no conocía, estaba ante mi, parado con las piernas abiertas y los brazos en jarras.

—Esto es de parte de mi Mía, para que no la olvides, imbécil —me dijo con una voz tan potente que aún me asustó más, aunque también pensé que, con un poco de suerte, alguien que anduviera mas o menos cerca, lo podría oír también y me pudiera auxiliar.

¿Mía?, pensé, ¿mi Mía?. ¿Quien coño era ese sujeto que se apropiaba de mi ex novia?, parecía un poco retrasado mental, pero zurraba como un poseso. ¿Pero era posible que los tentáculos de Mía hubieran llegado hasta allí?.

Luego, el gigante me soltó una patada en la cara que me hizo saltar un diente y sangrar por el labio a borbotones. Apenas pude gritar pidiendo auxilio, mi intento quedó eclipsado por la agresión.

Quedé obnubilado, hasta que noté como algo me levantaba del suelo por la solapa de la chaqueta y me zurraba otro golpe con el puño en la otra parte de la cara.

De inmediato empecé a sangrar por la nariz y el dolor se convirtió ya en algo insoportable.

—¡Toma, esto de parte de mi dueña!, te lo manda desde la cárcel, que está ella —volvió a decir mi agresor y de nuevo me levantó del suelo y en el aire me dijo:

—Hasta que sueltes a mi dueña de la cárcel, tu Nabila, seguirá también. Luego me soltó y caí a plomo sobre el asfalto.

Quise preguntarle donde estaba Nabila, pero no podía ni pronunciar palabra. Me quedé un buen rato en el suelo, medio muerto, y luego con un esfuerzo sobrehumano, deformado por los golpes y sin poder hablar, me dirigí como pude, medio arrastrándome, hasta la puerta de mi hospital.

La poca gente con la que me crucé me huía espantada.

Nadie fue capaz de socorrerme, con el aspecto que presentaba, debí parecer un delincuente sorprendido en plena “faena” y al que le hubieran dado una buena zurra. No me hubieran podido creer si les contaba lo que me había pasado, aunque yo era incapaz de explicarme siquiera.

Por fin, haciendo un esfuerzo sobrehumano, para no perder la conciencia, llegué a las puertas del hospital.

Me atendieron los compañeros de inmediato y enseguida llegó Ghada desde su casa, y el comisario que se estaba encargando de la investigación de lo ocurrido hacía unos días, pero tuvieron que esperar mientras fui sometido a otro TAC y curado de mis heridas, y la suerte, dijeron, era que los puntos de la cabeza habían aguantado, casi todos, si no, de nuevo hubiera corrido el riesgo de desangrarme allí mismo.

En cuanto Ghada me vio y vio mi lastimoso estado, comenzó a llorar sin remedio.

—Pero, inspector, ¿esto qué es?, tienen que detener enseguida al energúmeno que le ha hecho esto a mi hermano —dijo Ghada llorando y muy enfadada.

—Lo se doctora, pero no podemos hacer más de momento, todos los policías de la ciudad están tras él, se lo aseguro. Creemos que Khaled está siendo espiado de cerca y esperamos encontrar quien es; solo puedo decirles eso de momento.

En cuanto pude, le conté al comisario todo lo que le oí decir a mi agresor, mejor dicho, escribí en una pizarra todo lo que recordaba sobre mi agresor.

Presentaba una fractura de mandíbula, lo que me iba a impedir hablar durante algún tiempo, y tener que alimentarme por una pajita, una broma..., aunque por otro lado y por suerte, el TAC había sido de nuevo, normal.

Al día siguiente, Hakim, el casco blanco, se acercó a ver a su amigo y aparte de recordarme lo dura que tenía la cabeza, me prometió también ponerse enseguida a intentar hallar alguna pista del monstruo que me había hecho eso, o al menos, encontrar al espía que le soplaba dónde me encontraba en cada momento.

La policía pensaba que seguramente todo estuviera relacionado y Nabila fuera parte del plan que tenían contra mi, para coaccionarme y ya estaba bien claro que Mía estaba detrás de todo.

Pero veían difícil involucrar a Mía; aparte de la dificultad de poder interrogarla, dado su aislamiento, si lo lograran, ella seguramente lo negaría todo, aunque desde luego lo iban a intentar.

Hakim, también se pondría de inmediato a interrogar a todos sus hombres, los cascos blancos, por si alguien había visto u oído algo sospechoso, fuera lo que fuese, aunque les pareciera que no tenía ninguna importancia, y el encargo fue claro: ante la más mínima pista que tuvieran, debían decírselo a la policía o a él mismo, de inmediato.