La guarida del leopardo - Juan Carlos Hervás Botella - E-Book

La guarida del leopardo E-Book

Juan Carlos Hervás Botella

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Beschreibung

Actualmente, hay una auténtica revolución, en lo que respecta a la mujer en la sociedad. Su papel, su valor, sus derechos, su igualdad con respecto al hombre... En este libro, que no deja de ser una novela, probablemente, una novela de las denominadas "Thriler romántico", se intenta descubrir el papel que tiene y ha tenido siempre la mujer en esta sociedad, haciendo hincapié en sus valores más elevados, como son, la defensa de los hijos por encima de todo, la sabiduría que emana de la mujer, para ver la realidad de las cosas, sin sobreelevarse en sus pensamientos, ni ver la realidad distorsionada. En este libro, y a través de cuatro historias que se exponen, casi todas reales, se puede ver todo esto. En los cuatro relatos el nexo de unión es este sencillo hecho: la mujer, por encima de todo, es defensora de lo que ama. Sobre todo en el último capítulo (cuerpo del libro), se mezcla su amor por la familia y los hijos con su pelea continua contra todos los que quieren destruir estos valores, sublimes para el ser humano.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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A mis amigos,a mis amigas,a mis enemigos y a mis enemigas, de quienes tanto aprendí.

Indice

INSIDIAS

1,- PLÁSTICO

2.- ARANDO EL CAMPO

3.- TRADICIONES O TRAICIONES

NO ME DES LAS BUENAS NOCHES

1.- LA LLAMADA

2.- EL TRABAJO

3.- EL VIAJE

4.- VAMPIRISMO

5.- LAURA

6.- LUCAS (TOURETTE

)

7.- LA LEOPARDA

8.- MI FAMILIA

9.- JORGE

10.- EL METEORITO DE BATBAYAR

11.- VOLVER A CREER

12.- LA FIESTA

13.- LA AGRESIÓN

14.- CHIAN Y CHEEN

15.- LA PANDEMIA

16.- EL CÁNCER

17.- MALDITA ENFERMEDAD

18.- LA RELACIÓN

19.- EL CONFINAMIENTO

20.- EL ATAQUE

21.- TE LO DIRÉ

22.- UNA IDEA BRILLANTE

23.- PARA SIEMPRE

24.- EL PLAN

Ilustración portada: Carmen Morenilla

INSIDIAS

1.- PLÁSTICO

El barco se dirigía, a buena velocidad, hacia aguas mas profundas. Pero Brandon, aquella mañana, tenía un mal presentimiento. Desde que habló con su mujer, antes de salir de casa, una profunda inquietud se había apoderado de él. Los tres amigos habían quedado de madrugada, como hacían a menudo, para practicar su deporte favorito: la pesca, que más que un deporte para ellos, se había convertido en una obsesión. Aquella afición, los mantenía vivos y había hecho crecer entre ellos, una fuerte amistad.

Por contra, sus parejas no lo veían de la misma forma. Para ellas aquella quimera de la pesca, era poco menos que un suplicio. Siempre tenían que depender de la odiada afición de sus maridos para hacer cualquier cosa.

Aunque la respuesta de los tres amigos a sus tres amigas siempre era la misma: “pues si no queréis quedaros solas, venid con nosotros en el barco”.

“Pero, es que nos aburre tanta pesca”, decían las tres casi al unísono.Y acababan por quedarse en tierra, pacientemente, esperando que ellos volvieran a puerto, cada tarde, una y otra vez.

Pero esa misma mañana, antes de que Brandon saliera a buscar a sus amigos, rumbo a su flamante barco, Linda le había dicho:

—No salgáis hoy de pesca, Brandon, por favor, tengo un mal presentimiento.

Brandon la miró a los ojos llorosos y descubrió un semblante desencajado, que irradiaba miedo y dolor, aunque no obstante, le dijo:

—¿Pero que dices, Linda, ahora utilizas esas tretas para retenerme a tu lado?.

—No, en serio, no salgáis hoy a la mar, he tenido un mal sueño.

—No te preocupes tonta, el mar está en calma, ¿que podemos temer?.

Y Brandon se despidió de su esposa intentando tranquilizarla, depositando un suave beso en sus labios.

Brandon, contó a sus amigos lo que le había dicho su mujer, y cómo, después, sin poderlo evitar, se había quedado preocupado, nunca la había visto así, ella no era de esa forma de ser, si no es que realmente tuviera motivos para ello. Y Philip añadió al oírlo:

—Mi mujer, Marcia, también me ha mostrado su incomodidad con nuestras frecuentes salidas a pescar. Igual deberíamos replantearnoslo y dedicarles a ellas más tiempo, supongo.

—¡Sois unos blandos! —dijo ahora Erastos─ mi chica, Isi, no parece muy molesta, o es que yo la se manejar mejor que vosotros─ y se rio a continuación.

—Eso debe de ser porque aún no estás casado, iluso, ya verás cuando te cace, cambiará todo y tendrás que acoplarte más a ella, si no quieres enfados y tener que pasar la mano por la pared un tiempo, ya lo verás —le dijo Brandon, y los tres amigos acabaron riéndose, aunque eso sí, un poco más pensativos que antes con el tema que los tenía preocupados.

Se hicieron a la mar en su flamante velero, al que los tres dedicaban buena parte de su tiempo y de su dinero.

Atravesaban, en ese momento, un mar lleno de plásticos, donde no se veía el fin de los odiados elementos derivados del petróleo. Los tres amigos, lo observaban desde su privilegiada posición y no podían dejar de poner una evidente cara de asco.

—¿Os habéis dado cuenta de cuanta mierda hay hoy en el agua? —dijo Brandon, el mas veterano, al timón de la embarcación.

—Sí, la verdad es que cada vez hay mas porquería de esta, es repugnante —dijo Erastos, el más joven.

—Me gustaría saber de donde ha salido todo esto, espero que no se estropee el motor o algo así, ¿Brando, no nos puedes sacar de aquí?.

—Eso estoy intentando Philip, ¿no lo ves?, pero es que esto está plagado.

—Debe de ser la corriente, supongo, que esta noche ha arrastrado todo esto hacia la costa —dijo Erastos.

A pesar de los esfuerzos de Brandon por sacar el barco de aquel mar de plásticos, lo cierto era que la tarea parecía harto difícil y eso que Brandon era un experto timonel. Lo llevaba en la sangre el ser marino, su padre, su abuelo y algún que otro pariente cercano más, ya se habían dedicado a ello, cuando aquello constituía para ellos, su oficio para subsistir.

Las caras de los tres amigos, cambiaron de la aprensión por lo que veían, al miedo patente. Brandon seguía esforzándose en conducir su barco hacía unas aguas libres de aquel apestoso material trasparente de mil colores, que variaba de aspecto según le diera la luz del día, y los demás, comenzaron a ponerse muy nerviosos.

—¡Brandon, ¿donde vas?, te estas metiendo en terreno peligroso, vas hacia las rocas, ¿no te acuerdas?!.

—¡Mierda!, sí, es verdad, intentando salir de aquí no me había dado cuenta.

—¿Ves esa que tenemos delante?, “joder”, maniobra ya.

Durante unos segundos todo el mundo a bordo contuvo la respiración, mientras miraban intermitentemente a su amigo que intentaba, con toda su pericia, cambiar el rumbo del barco, y a la roca, que envuelta en plásticos multicolores, parecía decirles: “venir hacia mi que hoy me he vestido de gala”.

—¡¿Pero que haces, tío?, vamos a estrellarnos!

—gritaban casi al unísono los dos compañeros, viendo que ya no había tiempo de reaccionar.

—¡Mierda!, el timón no responde, no gira, debe de estar lleno de mierdas de esas.

Todos se cubrieron la cara instintivamente con el brazo, en el momento en que el navío chocaba con enorme fuerza contra la maldita roca, en medio del mar.

Cayeron al suelo por el gran impacto y luego ya todo fue confusión.

En esa escasa fracción de tiempo, a Brandon le vino a la memoria la conferencia que escuchó, no hacía mucho tiempo, sobre la contaminación del mar y que tanto le impresionó:

“Todos conocemos, ya a estas alturas, que los humanos hemos contaminado el mar. Incluso sabemos que existe hasta una auténtica isla artificial, hecha exclusivamente con bolsas de plástico, abandonadas a su suerte. Pero en el fondo todos pensamos que ese mar de plástico, está muy lejos de nosotros y no nos afecta. Craso error.

Los peces son los primeros que se ven afectados por los plásticos, basta con que la odiada bolsita, se haya impregnado de cierto olor a mar, cosa nada improbable, para que cualquier pez la engulla creyendo que es una fácil y suculenta comida, y claro, a continuación, viene la muerte segura para él.

¿Pero como puede ser que un plástico que parece una cosa tan aséptica pueda saber a mar?. Muy sencillo, nos imaginamos unas cuantas algas marinas en la palma de nuestra mano, seguro que muchos lo hemos experimentado en mas de una ocasión. Las hemos olido, es el primer paso que siempre da el “homo sapiens” ante algo nuevo, oler las cosas.

Huelen a mar, por encima de todo.

Es fácil entonces comprender, cómo cualquier plástico, por inodoro, incoloro, e insípido que sea, tras un corto espacio de tiempo en nuestro océano, acabará oliendo a mar y no poco”.

Los tres tripulantes, tras el brutal impacto contra la roca, saltaron por los aires. El peor parado iba a ser el joven Erastos, pues al caer a la cubierta desde el aire, como si estuviera por un momento en ausencia de gravedad, se había golpeado con fuerza en la cabeza, con uno de los pasamanos del barco, e inmediatamente por la brecha abierta a nivel frontal, había comenzado a brotar la sangre .

De los otros amigos, el diagnóstico tras el choque, iba a ser mas benévolo. Excepto una pequeña conmoción en ambos casos, nada mas importante que relatar.

De hecho, en cuanto consiguieron recuperar la verticalidad, y dándose cuenta de que Erastos no se levantaba de la madera, acudieron enseguida ambos a socorrerle.

Casi al unísono, lo alzaron y trataron de taponar la herida de la frente con un pañuelo, presionando con fuerza, como había que hacer, pero la concentración en su amigo, pronto se disipó ante lo que comprobaron a continuación.

El barco, casi al instante, se escoró a proa y comenzó a hacer aguas a tal velocidad que en unos segundos, los pies se les estaban mojando, debido al gran agujero que se había ocasionado en la proa.

Ni siquiera tuvieron tiempo de emitir el consabido SOS por la radio, y cuando lo intentaron, la radio ya estaba anegada, y por lo tanto, inservible para la función que fue creada.

Brandon y Philip, con gran esfuerzo, consiguieron entre los dos sujetar a su amigo para que no se hundiera en el vasto océano, y ellos mismos, con no poco esfuerzo, lograron permanecer a flote, agarrados a uno de los grandes bidones de agua, que flotaban frente a ellos.

Con no poco espanto y pena, vieron hundirse a su amado barco junto a ellos y a consecuencia del vacío ocasionado por el hundimiento, a punto estuvieron ellos mismos de seguirle la pista hasta las profundidades. Suerte que, los dos pescadores, eran bastante fornidos y gracias también a que, aquel bendito recipiente para el agua dulce, se encontraba prácticamente vacío y era por tanto un estupendo flotador.

Estupefactos, helados de frío y haciendo un considerable esfuerzo para no hundirse, permanecían a flote, agarrándose a su bidón salvador y a las ganas de vivir de cada uno, para luchar contra no pocas adversidades.

Por fin, tras varias horas eternamente vividas como una pesadilla, Erastos, abrió los ojos, se asustó y comenzó a moverse con mucha energía, cosa que ocasionó que sus amigos, por un momento, perdieran su sujeción y el joven fuera a hundirse, todo su cuerpo por completo y hasta la cabeza, en las frías aguas.

Por un momento los dos compañeros pensaron que el fin del otro había llegado, pues ellos no alcanzaban ya a salvarlo, pero de repente, Erastos emergió de las profundidades, y ello se lo debía a que, a pesar de su juventud, era un gran nadador y en un momento, había recuperado la sensatez y había superado el pánico de la muerte.

Al llegar arriba, ya los otros dos le echaron una mano y le condujeron, un poco a tientas, hacia su salvadora botella de plástico. Y era curioso, por otro lado, que por una parte, el odiado plástico, les hubiera ocasionado el brutal accidente y por otro, fuera, también el plástico, su benefactor y salvador, materializado en un gran bidón de agua, con la doble misión de salvar vidas: una, al saciar la sed, y otra, al mantener los cuerpos a flote, sin hundirse en las profundas aguas saladas.

Gracias a que el día era espléndido y el sol en su cenit, calentaba sus cuerpos expuestos, el frío que sentían, en mas de la mitad de su cuerpo sumergido, era mas llevadero.

El problema vendría cuando el sol se ocultara y ellos, tuvieran que bregar con la mas absoluta oscuridad, y con las aguas en su máxima expresión de frialdad. Esperaban, casi rezando, que las fuerzas no les abandonaran, y esperaban, casi con mayor interés aun, poder ser socorridos lo antes posible, aunque, en su contra, jugaba un factor muy importante:

Cualquier barco o sus tripulantes, con dos dedos de frente, evitarían, a toda costa, adentrarse en esas aguas infestadas de plásticos. Eso jugaba en su contra y no era, desde luego, un factor despreciable.

A su alrededor, multitud de objetos provenientes de la equipación de su desaparecido barco, revoloteaban junto a ellos. Aunque, prácticamente ninguno, tenía la mas mínima utilidad para sus necesidades actuales.

Lo que si llamó la atención de Brandon, fue cuando observó que las pequeñas sardinas, que iban a servirles como cebo, para su ilusionante jornada de pesca, aparecieron a su lado, como una auténtica bandada de peces, pero inertes y boca arriba, dejando ver a la perfección, su blanco y plateado vientre, iluminado por el sol de la tarde.

Y a continuación, un ajetreo como de pequeñas olitas elevándose y descendiendo simultáneamente, se acercaba imperturbable hacia ellos.

—Philip, ¿estas pensando lo mismo que yo?

—preguntó con un hilo de voz, Brandon.

—Sí, parecen depredadores que se acercaran a comerse nuestro cebo —respondió Philip.

—Pero, bueno, ¿sabemos que aquí no hay tiburones, no? —contestó Brandon.

—No, tiburones no, pero tintoreras sí, espero que no se confundan de carnada...

Los dos supervivientes, con cara de susto, mas aún si cabe, seguían con detenimiento los movimientos de las tintoreras, que dando sucesivas pasadas, iban ingiriendo, con habilidad, las pequeñas sardinas, igual, igual, a como ellos tenían pensado hacerles, unas horas antes desde su embarcación, pero esta vez sin anzuelo que los retuviera desde sus fauces.

Casi se alegraban de que Erastos, de nuevo inconsciente, no lo viera, pues podría haberse asustado otra vez, y haberse soltado de su asidero. Era sorprendente cómo alguien, prácticamente inconsciente, era capaz de seguir agarrándose a su salvavidas, en forma de bidón, para seguir con vida. Eran cosas del instinto de supervivencia, no cabía duda.

Cada vez más, los temidos familiares de los tiburones, se acercaban más y más a ellos, pues las sardinas más distantes ya se habían acabado. Brandon trataba de alejarlas removiendo el agua con la mano y empujándolas, pero aquella maniobra era poco efectiva.

—¡Mierda! —exclamó Philip─ acaba de rozarme la pierna un maldito bicho de estos.

—¡Joder!, y a mi también —gritó ahora Brandon─ y me ha dolido, justo en el talón.

—No me gusta nada esto, se ve que las tintoreras están excitadas por la comida, pero no han tenido bastante las cabronas. Parece mentira que se puedan haber juntado tantos, luego los vas a pescar y no aparecen.

—Me duele un montón la pierna, Philip.

—Espera voy a meter la cabeza, a ver si veo algo.

Y justo cuando Philip iba a sumergirse lo suficiente como para ver la pierna de su amigo, un líquido rojo, que se iba mezclando con el agua, salió a la superficie.

—Mierda, Brandon, eso es sangre y debe de ser de tu pierna.

—Ya decía yo que me dolía, los malditos bichos me han mordido.

—Ahora, lo malo va a ser, que la propia sangre los va a atraer más —dijo Philip, asustado.

—Creo que sería buena idea, hacernos con algún palo o algo así para tratar de asustarlos —dijo Brandon.

—¡Mira!, allí está el palo del bichero, si lo pudiéramos alcanzar...

—Vamos a remar hacia él, lo malo es que no podemos arrastrar a Erastos, pesa mucho, voy a intentar despertarlo.

La situación, un tanto desesperada, había llevado a los supervivientes a luchar ya por su propia vida. Trataron de despertar a Erastos, muy obnubilado, y a la vez, acercarse hacia su palo salvador, pero la realidad era que los bichos seguían pasándoles y acercándoseles cada vez más y la sangre, que seguía manando de la pierna de Brandon, parecía excitarles sin tregua.

Al final, Erastos, abrió los ojos y miró a sus compañeros:

—¿Que está pasando? —dijo sin mucho énfasis.

—Despierta Erastos, no te vuelvas a dormir, tenemos que llegar hasta el bichero, haz un esfuerzo.

Pero todo era inútil, Erastos apenas se mantenía despierto pero no aportaba nada positivo, en un principio, al mover tanto las aguas, las tintoreras se habían alejado algo, pero ellos sabían que tal esfuerzo no lo podrían mantener mucho tiempo y lo cierto era que el ansiado palo, en forma de pértiga, más que acercarse, daba la impresión de estar cada vez mas lejos.

—Es inútil, nunca lo conseguiremos, esto puede ser el fin —dijo Philip.

—Sí, esto es agotador, no puedo más, cada vez me duele más la pierna —dijo Brandon, con la respiración acelerada.

Los dos amigos, temiendo ya lo peor, observaban de nuevo como los peces hambrientos se les acercaban cada vez más, dando pasadas junto a ellos atraídos, una vez más, por la sangre que enturbiaba las aguas, proveniente del desgarrado miembro de Brandon.

Cerraron los ojos y casi sin más energía resolutiva, esperaron en silencio el fatal desenlace, pero cuando Brandon miró bien, descubrió otro pez, bastante mas grande que las sardinas, que hizo su aparición en escena.

—Mira Philip, ¿ves lo mismo que yo? —dijo Brandon balbuceando.

—Sí, parece un pez moribundo.

Y efectivamente, como un ángel salvador, en forma de animal acuático, un gran pez, intentaba que la vida no se le escapara en medio del mar azul, oscurecido ya por el atardecer inminente.

—Mira, está medio muerto.

Y a continuación, una bandada de voraces peces depredadores, de inmediato, lo rodearon y fueron despedazándolo, a medida que se lo llevaban de su presencia, y en medio de la carnicería, los dos pudieron ver como de la gran boca del pez moribundo, un plástico de color amarillo, medio roto y medio digerido, iba saliendo de sus entrañas.

Sin duda, y una vez mas, el plástico había jugado con ellos una doble realidad: los había hundido y los había salvado, los había condenado y los había indultado. Su verdugo se había vuelto su salvador, al proporcionarles un sustituto a sus propias vidas.

Tan contentos estaban en esos momentos los dos amigos, que no se percataron de la pobre realidad de su otro compañero, el obnubilado Erastos. De forma, que cuando repararon en la situación de su amigo, este ya se había soltado de su asidero y ya se encontraba sumergido.

Philip, el mas sano de los tres, haciendo un verdadero esfuerzo, trató de asirlo por sus ropas, pero Erastos era ya un cuerpo pesado con inercia descendente y por poco no lo lleva a él también a las profundidades.

—Pobre Erastos —dijo Brandon, observando todavía el pequeño remolino formado por la inmersión —por lo menos ha muerto en el mar, que era lo que más le gustaba en este mundo, además de su novia, Isi, claro.

—Sí, eso me hace pensar que si salimos de esta, tendremos que decirle lo que ha pasado —dijo Philip.

—Bueno, la verdad es que lo que más me preocupa ahora, es como vamos a salir nosotros de esta, ¿sabes?. Me he acordado todo el tiempo de lo que me dijo mi mujer esta mañana, su empeño en que no saliéramos a la mar... Tenía toda la razón, su presentimiento estaba justificado. ¿No tienes frío Philip?─ Dijo acto seguido Brandon, que había comenzado a temblar.

—Sí, empiezo a tener mucho frío, amigo, puede que ahora sí que esto sea el final. Ojalá hubieras escuchado a tu mujer, maldita sea, pero ya no hay remedio. Si salimos de esta, creo que las cosas van a cambiar, seguro.

—No, si lo podemos evitar, no será este nuestro final —dijo Brandon un poco más animado─ se me ha ocurrido que podríamos cubrirnos con los plásticos estos, y así ver si podemos conservar algo de calor.

—Buena idea, vamos a intentarlo.

Los dos se cubrieron con los plásticos que deambulaban junto a ellos por todas partes y a modo de pequeñas capas, consiguieron que la mayoría se les quedaran pegados a su espalda.

—Pues algo parece que calienten, ¿no? —dijo Philip.

—Sí, algo parece que retengan el calor, no está mal, a ver si podemos aguantar así hasta el rescate, cada vez me siento mas débil.

—No desfallezcas, amigo, aguanta, ya verás como, al ver que hemos tardado tanto, alguien habrá salido a buscarnos.

—Seguro, nuestras mujeres, una vez más, habrán pensado con sensatez, seguro.

La situación, a medida que pasaba el tiempo, era mas desesperada, estaban realmente agotados y helados de frío. El astro sol ya hacía horas que había dejado de calentar y la gran bola de fuego, comenzaba a descender irrefrenable por el horizonte.

Un sonido como de zumbido, molesto, los devolvió a la realidad. Philip, que aún conservaba algo de fuerzas, levantó la cabeza y divisó, ya en la penumbra del atardecer, como había un pequeño objeto que los sobrevolaba y se detenía un momento sobre la vertical de sus cabezas.

—Mira Brandon, es un dron, eso quiere decir que nos han localizado, ánimo, haz un esfuerzo, venga.

—Sí, espero que no tarden, no puedo más.

—Lo que no se es como van a llegar hasta aquí, no creo que se metan en estas aguas con ningún barco.

Esperaron con paciencia asiéndose a la vida con las fuerzas que aún les quedaban. De vez en cuando, Philip, cogía a Brandon del brazo y lo levantaba un poco, lo suficiente como para que su amigo no se hundiera para siempre, y Brandon, sacando fuerzas de no sabía donde, reaccionaba un poco y se volvía a asir a su bendito bidón.

Al fin, casi al límite de sus fuerzas, observaron como de nuevo, unas olas, cada vez mas grandes, se acercaban hacia ellos y al principio se asustaron, para luego recobrar la plena esperanza, al ver como un bote salvavidas, empujado por dos remos imponentes, se les acercaba imparable.

De nuevo, pensaron, el maldito plástico que los había hecho casi perecer, ahora se había erigido en su salvador, en forma de pequeño artilugio plástico con motor y cámara, manejado a distancia. Era, la plena manifestación de la paradoja de la vida y de la contradicción permanente del ser humano. Su muerte y su salvación; pero al final, ¿quien había de prevalecer sobre quien?.

En poco tiempo, sin más obstáculos, se encontraban rumbo al puerto, donde un trío de amigas expectantes, les esperaban en primera fila, Aunque, por desgracia, sólo dos de ellas conseguirían, con el tiempo, volver a disfrutar de sus parejas en plenitud.

2.-ARANDO EL CAMPO

Manuel se despertó, como siempre, al oír al gallo cantar. Entreabrió un ojo y se dio cuenta de que empezaba a clarear el día. Su primer pensamiento fue el habitual; que se encontraba muy deprimido y cansado. La vida se había convertido para él, en un suplicio. Sólo trabajar, de sol a sol, y sin vislumbrar ningún futuro en el horizonte. Pensaba que había llegado al límite de sus fuerzas y que, en ese momento, era capaz de hacer cualquier tontería.

A su lado, Antonia, su mujer, todavía no se había despertado o no lo había despertado a él, como hacía muchos días, pero hoy, no había hecho falta.

Se levantó despacio, y se percató enseguida de que se encontraba muy cansado y con mucho sueño acumulado.

Deseó, como siempre, como cada vez que madrugaba, que su vida cambiara, por fin. En su mente, una sola idea, reinaba en esos momentos: que de una u otra forma, cambiara su suerte, y él se hiciera muy rico.

Estaba harto de trabajar tanto, intentando cada día sacarle a la tierra el sustento que necesitaba su familia para sobrevivir, para ir tirando, sin más pretensiones que el poder comer cada día.

En esos pensamientos andaba, cuando levantó la vista y un poco mas allá, observó a sus dos hijos de corta edad que dormían plácidamente, compartiendo su misma y única cama.

Y en ese momento, todas sus amarguras se dispersaron un poco y todos sus esfuerzos se centraron en que debía reanudar su trabajo, por el bien de ellos.

Manuel adoraba a sus hijos, y por ellos era capaz de todo, eran el motor que movía su vida.

Sí, también quería mucho a su mujer, Antonia, pero no era lo mismo, el amor por sus dos hijos lo superaba todo. Eso era lo que sentía en su corazón y no sabía si estaba bien o no, pero no lo podía evitar.

Se lavó la cara y poco mas, desayunó su tarugo de pan, con un poco de leche disuelta en agua y se dirigió, todavía renqueante, al cercano campo donde tenía pendiente su trabajo.

Luego, Antonia se le uniría, hacia el medio día, cuando dejara a los niños en la escuela del pueblo un día más y terminara las labores de la casa.

Manuel no podía más que maldecir su suerte, mientras comenzaba a arar su campo, la yerma tierra de su propiedad.

Su padre se la había dejado en herencia, era todo lo que le había dejado, una tierra seca y poco productiva, pero eso era mejor que nada. Por lo menos ellos comían cada día, aunque fuera poco, pero en su misma aldea, otros no tenían ni eso, poco menos que se morían de hambre, siempre existía un consuelo para el que quisiera acogerlo.

Lo que si le había dejado su padre, además de su campo, era un poco de cultura, eso sí. Por lo menos, sus padres se habían empeñado en que estudiara en la escuela del pueblo, y gracias a eso y a que había tenido un buen maestro, que se preocupaba mucho por enseñarle, Manuel, sabía leer y escribir, con bastante soltura.

Aunque aveces pensaba que le gustaría, tal vez, ser más ignorante de lo que era, así a lo mejor pensaba menos y sufría menos, también.

Pero lo que tenían claro Manuel y Antonia, era que a pesar de todo, iban a darles a sus hijos lo que le habían dado sus padres a ellos, cultura y algo de estudios, todos los que les pudieran dar. Por eso, no escatimaban esfuerzos, para que sus hijos tuvieran la mejor formación posible.

Otros padres, no insistían tanto en llevar a sus hijos a la escuela, fallaban muy a menudo, pensaban que no era importante y estos, sin duda, acabarían siendo unos analfabetos, seguro.

Manuel, sumido en sus pensamientos, llegó casi sin darse cuenta, hasta el extremo del campo, el lugar donde la valla de la propiedad de los Becerra, lindaba con su terreno.

Se disponía a dar la vuelta a su arado y reemprender el camino de vuelta, cuando algo le llamó la atención entre los matorrales que circundaban la tapia. Dejó el arado y mientras se secaba el sudor con la manga de su camisa, se aproximó al cercano matojo, que contenía como un paquete bien envuelto con papel de periódico y atado con una cuerda.

No pudo resistirse a la tentación de abrirlo, y cuando lo hizo, cual fue su sorpresa al comprobar que aquello era un buen fajo de billetes bien ordenados.

Al instante, casi como un acto reflejo, se lo introdujo bajo su camisa y miró a todos lados, como comprobando que nadie lo había visto, y efectivamente, por allí no se veía a nadie en muchos metros a la redonda. Luego, miró a la blanca tapia que separaba su campo de los adinerados moradores del otro lado, y tampoco vio a nadie.

Se aproximó deprisa a cobijarse bajo la sombra del gran ciprés que lindaba su campo, por el norte y se sentó apoyando su espalda sobre él, medio oculto, sobretodo, de la propiedad que tenía a sus espaldas.

En un momento, un sinfín de ideas le vinieron a la mente.

¿De quien sería aquel dinero?. No podía engañarse, seguramente sería de los Becerra; eran los únicos que podían tener tanto parné, sin duda.

Los Becerra, eran los mas acaudalados de su pueblo, con mucha diferencia. Aunque sus negocios eran más que sospechosamente ilegales, ellos siempre, decían que su fortuna se debía al negocio de los caballos, pero eso nadie se lo acababa de creer, y menos aún la policía, que seguro los andaban investigando por el tráfico de drogas, pero de momento, no habían sido capaces de demostrar nada.

Lo que estaba claro era que los Becerra, constituían un clan muy cerrado y muy peligroso, por lo que Manuel, al pensar en todo eso, había comenzado a sudar de lo lindo, y esta vez no era por el esfuerzo físico que realizara, ni nada por el estilo, si no de puro miedo.

Pero por otro lado, por la cantidad de dinero que había podido apreciar en un primer momento, que allí había, tenían para salir de pobres, definitivamente. Tal vez, aquello, fuera el golpe de suerte que había estado esperando toda su vida. Lo que estaba claro era que, él se lo había encontrado tirado por ahí, como si a nadie le importara aquel paquete, tal vez no lo echaran de menos, tenían tanto...

Aunque también pudiera ser que lo dejaran allí, de casualidad o por un descuido, era demasiado dinero para olvidarse, así como así de él, y entonces..., entonces todo se complicaba demasiado, volverían sin duda a buscarlo, antes o después, y las sospechas fácilmente podían recaer sobre él.

Ellos sabían que él todos los días de la semana, todos los meses del año, araba su campo y lo cuidaba para sacarse el sustento. No cabía otra idea mas que, que fuera él el que se hubiera encontrado el parné y entonces apañado estaba, hasta su vida y la de sus hijos correrían serio peligro.

En eso estaba cuando, sin percatarse de ello, una voz bien conocida, lo sacó de sus pensamientos. Frente a él, portando una cesta de mimbre en el brazo, tapada por un pañuelo de vivos colores, su esposa, Antonia, le estaba mirando.

—¿Pero, que es lo que haces Manuel?, ¿te encuentras bien? —le dijo su esposa, mirándole fijamente.

—Sí, ¿porque? —le respondió Manuel tratando de despistar.

—Hombre, porque es la primera vez en nuestras vidas que cuando llego con la comida, te encuentro sentado holgazaneando.

—No que va, es que estaba muy cansado y me paré a descansar.

—No se si creerte, Manuel, a ti te pasa algo...

Y Manuel, no tuvo mas remedio que contarle a su mujer lo que le había sucedido, pues la conocía y sabía que con lo lista que era, no tardaría en averiguarlo de todas formas.

Cuando Antonia oyó el relato de lo sucedido, sus ojos se abrieron como platos, y ella también comenzó a sudar profusamente y hasta a tartamudear de miedo.

—¡Manuel! , ahora mismo vas a dejar el dinero donde lo encontraste, por favor, si no quieres que nos maten a todos, ¡por Dios!, ¿tu estás loco o que?.

—Pero, Antonia, con ese dinero podríamos salir de pobres, ¿no te das cuenta?.

—Sí, de lo que me doy cuenta es de que nos vas a poner en serio peligro a todos, ¿pero tu no ves que nos pueden matar por ello?.

—Y si fingiéramos que no hemos sido nosotros los que lo hemos encontrado, ¿que?.

—¿Pero, como piensas hacer eso?. Tu estás loco de remate Manuel.

—No, verás, dejaremos pistas falsas para que crean que han sido otros los que encontraron el dinero. Ya verás, ¿llevas la botella de vino ahí?.

—Sí, como siempre, ¿porque?.

—Porque la vamos a dejar allí, junto a la valla, donde estaba el dinero, así creerán que han sido unos borrachos que andaban por aquí los que lo robaron.

—No se, me parece que sigue siendo muy arriesgado, seguro que no se lo van a creer tan fácilmente, lo mejor es que lo dejes donde estaba y hagamos como si no lo hubiéramos visto, es lo mejor.

Entonces, Manuel, viendo que su mujer no iba a ceder, sacó el paquete con los billetes y se lo enseñó, oculto tras el árbol.

—Mira Antonia, mira cuanto dinero hay.

Antonia abrió de par en par los ojos y la boca al ver tal cantidad de billetes, nunca en su vida había visto tanto dinero junto, ni siquiera cuando se vieron obligados a vender la mula y les pagaron por ello unos buenos dineros, y dijo:

—Desde luego, aquí hay una fortuna, pero sigo creyendo que es demasiado arriesgado, yo lo devolvería a su sitio.

—¡Pues no pienso hacerlo! —dijo Manuel muy alterado─ esta es la oportunidad que estábamos esperando y no pienso dejarla pasar.

Y acto seguido, cogió la botella de vino que traía su mujer y se dio un buen trago, luego se aproximó a la tapia y en el lugar donde encontró el paquete, vertió todo el vino que quedaba y dejó la botella vacía allí mismo.

Antonia, lo observaba con atención, pensando que su marido se había vuelto loco, pero no quiso que se notara su espanto y se acercó al arado y lo cogió, como si se dispusiera de nuevo a arar, para no levantar más sospechas, no fuera que ya los estuvieran observando, dado lo avanzado de la mañana, pues sobre esa hora, los habitantes del otro lado de la tapia, acostumbraban a deambular ya por allí.

Luego, en vista de que no era posible dar marcha atrás en las intenciones de su marido, decidió, que lo mejor sería continuar con la rutina de todos los días, para que nadie sospechara.

Como siempre, comieron detrás del árbol que les daba cobijo y sombra y luego, descansaron tumbados sobre la escasa hierba verde que los rodeaba.

—Manuel, por lo menos no hagas tonterías y sigamos comportándonos como todos los días, ¿vale?.

—Sí, no pensaba cambiar mi rutina, sería delatarnos.

Entonces, como era costumbre, tras dormir una escasa siesta, Manuel continuó con sus labores de labranza, mientras Antonia, haciendo su calceta, esperaba pacientemente a que se hiciera la hora de recoger a sus hijos del colegio.

Pero, de repente, las puertas de la casa de al lado se abrieron y uno de los hijos, el más mayor de los Becerra salió despacio por ella.

Se les quedó mirando fijamente, pero no dijo nada, se limitó a observar todo a su alrededor, como buscando en el ambiente algo que no fuera normal. Dió unos pasos alrededor de la finca, pero no se aproximó a la zona donde había estado su dinero.

Luego, tal como había salido, entró de nuevo en la finca y cerró la puerta tras él.

Antonia, en cuanto pudo, se acercó a Manuel y le dijo en voz baja:

—¿Ves?, éste ha salido a ver si habíamos encontrado el dinero, te lo dije, lo saben todo.

—Que no, Antonia, tranquilízate, eso no significa nada, a lo mejor, ni se han dado cuenta que les falta ese dinero.

—Hombre claro, ¿tu te crees que son tontos o que?, se habrán visto obligados a dejarlo ahí, por algún motivo, seguro.

—Bueno, pero no tienen porque sospechar de nosotros, seguiremos con nuestro plan.

—Dios mío, espero que esto no sea nuestra ruina —dijo Antonia con voz muy asustada.

Por fin, se hizo la hora de ponerse en camino para ir a recoger a los niños al colegio del pueblo, y los dos se dirigieron hacia allí, sin mirar atrás y rezando para que no se descubriera su engaño.

—Ya verás como se lo tragan —dijo Manuel, mientras iban de camino─ seguro que piensan que ha sido un borracho, por las pistas que dejé.

—Dios te oiga, eso espero —dijo Antonia que no paraba de sudar, y no era sólo por el esfuerzo de la caminata.

De vuelta a casa con los niños, Manuel, escondió el dinero en un sitio seguro y le dijo a Antonia:

—Voy un momento a la taberna, mujer, vuelvo enseguida.

—¿Tu a la taberna?, ¿desde cuando?. ¿O es que te piensas gastar ya todo el dinero?.

—No, que va, mujer, pero me apetece celebrarlo, tengo derecho, para una vez que tengo suerte en la vida —dijo Manuel, y sin mediar más palabra, salió por la puerta, dando un buen portazo.

Antonia se le quedó mirando con cara de preocupación, y deseando en su interior, con todas sus fuerzas, que el insensato de su marido no hiciera ninguna tontería más.

La noche fue larga para Antonia. Mientras los niños dormían plácidamente, ella velaba en silencio dando vueltas en su cama sin poderse dormir y esperando a su marido.

Por fin, la puerta de la casucha se abrió y él, aunque un poco inestable, apareció por ella. Inmediatamente un ruido como de cacareo hizo a Antonia levantarse de la cama y encender una vela.

Allí estaba Manuel, todo sonriente y apestando a vino, con dos gallinas bajo los brazos. Y nada mas ver a Antonia le dijo:

—Mira Antonia lo que he comprado —y levantó las dos gallinas al vuelo, una en cada mano, mostrándoselas a Antonia.

—¿Pero que haces?, vas a despertar a los niños.

¿De donde has sacado eso?.

—Las he comprado, mujer, ¿no lo ves?, ahora somos ricos...

—Tu no estás bien de la cabeza. No comprendes que has levantado sospechas al gastar tanto dinero, si alguien se va de la lengua y llega a oídos de los traficantes, estamos perdidos.

—No, que va, me he ido a otro pueblo mas lejos a comprarlas, he sido listo, allí creo que no me conocen, no hay peligro.

—Dios te oiga, espero que nadie sospeche ni te reconozca, si no, nos buscarán, ya lo verás.

En cuanto Manuel reposó la cabeza en la almohada, se durmió al instante, entre el cansancio acumulado y el vino de la taberna, el sueño se apoderó de él enseguida. No tanto de Antonia, que le costó bastante más conciliar el sueño. No paraba de darle vueltas a lo que había hecho su marido, y seguía bastante nerviosa.

Por fin, el silencio reinó en la casa y hasta las nuevas inquilinas del domicilio, las dos gallinas, recostadas en un rincón de la casa, se durmieron al fin.

Unos fuertes golpes en la puerta, despertaron a Antonia, que se levantó de un brinco, y tras ponerse un chal sobre los hombros, se dispuso, con el corazón acelerado, a abrir la puerta.

Las gallinas comenzaron a alborotar, como queriendo decir que querían salir a la calle.

El sol brillaba ya en el horizonte en aquella mañana de domingo y ya había suficiente luz como para ver por donde uno iba.

Manuel, no se había enterado, continuaba durmiendo la mona y los niños empezaban a agitarse en su compartido camastro.

De nuevo, otros golpes más fuertes, todavía si cabe, sonaron en toda la estancia, y esta vez, sí que todo el mundo se despertó, mientras Antonia se apresuraba a abrir.

Al otro lado de la puerta, con su habitual aire de superioridad, los dos hermanos Becerra mayores, los moradores de su vecina finca, aparecieron frente a ella, sujetando por las riendas a sendos caballos.

—¿Desean ustedes algo? —dijo Antonia con un hilo de voz, temblorosa.

—Sí, dile a tu marido que queremos hablar con él, que salga —dijo uno de ellos, el más mayor.

Manuel, al oírlo, comenzó a ponerse muy nervioso y a sudar profusamente, pero trató de controlarse y salió de la casa intentando mostrarse lo mas tranquilo que pudo, mientras Antonia, entraba y se situaba junto a sus hijos, abrazándolos e intentando instintivamente protegerlos.

Al cabo de un rato, Manuel entró de nuevo. Estaba mas blanco que la cera y le temblaban las manos, aunque trató de que no se le notara.

—¿Que ha pasado, que te han dicho? —dijo Antonia con voz débil.

—Nada, sólo me han preguntado si estos días había visto junto a la valla algo que me llamara la atención, algo fuera de lo normal.

—¿Y ya está, sólo eso?.

—Bueno, y que si sabía algo y no se lo decía que lo pagaría caro.

—Dios mío, tienes que darles el dinero, lo saben, seguro, ahora mismo vas allí y se lo das, y diles además que lo que falta se lo darás también, ponles la escusa que quieras, pero se lo das de inmediato.

—No, eso no significa que lo sepan, si no cometemos ningún error, no pasará nada, ya lo verás, yo creo que no sospechan de nosotros, en serio.

—Manuel, nos traerás la ruina, por favor, dáselo y olvídate de ese dinero, que además, es un dinero ilegal, quién sabe de donde lo han sacado...

—Por eso mismo, no van a ir a la policía a denunciarlo, ni nada por el estilo, ya lo verás, no pueden demostrar nada.

—Pero, esos no necesitan ir a la policía ni demostrar nada, ¿no lo ves?. Nos matarán y ya está.

—Pues, no pienso devolver nada, de momento mira que hermosas gallinas he comprado, hoy comeremos los cuatro como reyes, como hacía tiempo que no comíamos, ya lo verás. De momento, dejaremos el dinero escondido un tiempo, hasta que las cosas se calmen Una vez más Antonia se dio cuenta de la obcecación de su marido y de que no le iba a hacer cambiar de opinión, así que, sólo le quedaba la esperanza de que no se dieran cuenta y la cosa se olvidara con el tiempo, aunque en el fondo, eso no lo esperaba ni de lejos.

Al día siguiente, Antonia, se dirigía por el camino al campo, como todos los días, a llevarle la comida a su marido.

De repente unos jinetes a gran velocidad se le acercaron y le cortaron el paso.

Eran ahora tres de los hijos que vivían en su vecina finca y Antonia, en cuanto los vio, comenzó a temblar y se quedó paralizada.

—Mira a quien tenemos aquí —dijo uno, el mas mayor, mientras sujetaba su caballo y le impedía moverse de delante de la mujer.

—¿Que es lo que queréis?. Yo no se nada de nada, dejarme, que debo darle esto a mi marido.

—Sí, a tu marido, que es un ladrón, ¿verdad?. Se apropia de lo que no es suyo, pero no te preocupes, iremos contigo y así hablaremos todos juntos, ya verás que divertido, pero anda, ve tu delante, te seguiremos.

Al llegar donde el campo, Manuel, que los había visto de lejos, les salió al encuentro con el corazón acelerado.

—¿Que queréis? —les dijo nada más verles.

—Estamos teniendo mucha paciencia contigo, Manuel, pero se me está acabando —dijo el jinete.

—Ya os dije ayer que yo no se nada, y os lo repito.

Al final, los tres bajaron de los caballos y mientras uno los sujetaba, los otros dos, se le aproximaron. Con una rápida maniobra sujetaron a Manuel por los brazos y uno de ellos le puso una navaja en el cuello.

—Bueno, Manuel, me vas a decir enseguida donde está el dinero, y no me digas que no lo sabes, ayer compraste demasiadas cosas en el pueblo, demasiado caras para ti, nosotros lo sabemos todo.

—Está bien, está bien, os lo daré todo, vamos a mi casa.

Ataron a Manuel por las muñecas a uno de los caballos y todos se dirigieron a buen paso hacia el pueblo. Comenzaba a llover con insistencia y el cielo, por momentos, se puso muy oscuro. Todo parecía envuelto en tinieblas y los cinco se dirigían hacia la casa de los esposos, a buen ritmo.

En la mente de los dos, empezaba a surgir la idea de que tal vez no fuera suficiente con devolverles el dinero, normalmente, ante la afrenta, esa gente no se conformaba sólo con eso, con seguridad, sus vidas estaban en un grave peligro.

Entraron en la casa y de nuevo Manuel, maniatado, sintió en su cuello el frío acero de la navaja.