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Andrés y Sara son dos jóvenes muy enamorados, juntos se lo pasan estupendamente. Pero Andrés tiene una personalidad un tanto peculiar: es muy inteligente y avispado, pero es muy despistado. Sara, su novia, lo quiere tal y como es, y normalmente se ríe mucho con sus afamados despistes, pero hay veces, cuando Andrés se pasan de marrón oscuro, que se enfada en serio. Andrés se empeñará en vivir una aventura impresionante con sus otros dos amigos íntimos, en medio de la naturaleza, con la que tendrán que lidiar con todas sus fuerzas si quieren sobrevivir. Pero una ayuda inestimable la van a obtener de alguien inesperado. Comedia romántica y de aventuras con unos personajes tiernos y con muchos toques de humor que nos muestra como el amor puede, muchas veces, ser mas fuerte que cualquier circunstancia adversa, por muy adversa que sea.
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Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Porque el amor es mas fuerte que la muerte, la pasión mas implacable que el abismo. Sus saetas son saetas de fuego, llamarada divina.
Cantares, 8,6.
CAPÍTULO 1.- ANDRÉS Y SARA
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CAPÍTULO 2.- EN LA GRANJA
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CAPÍTULO 3.- EL VIAJE
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CAPÍTULO 4.- UNA EXPERIENCIA DIFÍCIL DE OLVIDAR
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CAPÍTULO 5.- EL DESENLACE
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Aquella mañana, Andrés Orsay se levantó temprano. El sol empezaba a asomar por el horizonte y en su casa ya hacía mucho calor de buena mañana. Un calor pegajoso y desagradable, propio del inicio del verano.
Se levantó de un salto y se puso a desayunar con calma, pero sin dejar de observar el reloj de reojo, no quería que se le hiciera tarde.
Pero de repente, asustándole un poco, una voz cálida y amable lo sacó de sus pensamientos:
—Andrés, ¿que haces?, ¿a donde vas a estas horas? —le preguntó su madre, Amalia, acercándose a donde él estaba.
—¿Pues a donde voy a ir mamá?, a clase —le contestó Andrés.
—Pero hijo, si hoy es domingo, ¿a donde vas? —le contestó su madre.
—¿De verdad? —dijo Andrés— "jeje", me he vuelto a despistar.
Andrés tenía un serio problema en su vida: era muy despistado. Pero no era un poco despistado, no, su despiste llegaba a términos insospechados, y eso, lógicamente, repercutía de una manera muy importante en su vida y en la de los que le rodeaban.
La tarde anterior había estado en casa de un amigo observando con detenimiento a un jilguero que se había comprado su colega. Su amigo le había invitado a verlo y a oír como cantaba, y habían estado buena parte de la tarde en esas funciones.
Ya por la noche, en su casa, antes de acostarse, había estado repasando mentalmente todo lo que sabía sobre los jilgueros, y así, sin pensarlo, se había puesto los tres despertadores que usaba normalmente para ponerse en pié, y se había quedado dormido pensando en cómo eran los nidos de jilguero y sus huevos y que hacía el macho...
Su madre, tenía una paciencia casi infinita con él. Siempre estaba pendiente de lo que hacía su hijo, con resignación.
Aveces se enfadaba, cuando ya no podía mas, pero ya lo conocía bien y sabía que no lo iba a cambiar.
Desde pequeño le había sucedido lo mismo y podría contar mil anécdotas sobre su hijo. Hacía tiempo que se había dado cuenta que las cosas las hacía así, sin ninguna malicia, espontáneamente, y no lo podía evitar.
Era habitual encontrarse el secador del pelo en la nevera, junto a la fruta, o el cepillo de dientes encima de la mesa del comedor, con la pasta de dientes todavía intacta sobre él, una caja de zapatos en el microondas, o el queso con su quesera y todo en la ducha.
Por no citar todavía cosas mayores que dejaban a éstas en anécdota.
—Ala, Andrés, ¿por que no te vuelves a acostar, hijo? —le dijo su madre con resignación.
—Sí, voy a ver si me vuelvo a dormir, será lo mejor —contestó Andrés, con esa media sonrisa que ponía cuando quería disimular.
—Necesitas dormir más, hijo, últimamente creo que duermes poco y luego ya sabes lo que te pasa...
—Sí, que todavía hago "más de las mías" si no descanso bien, ¿no?.
—Bueno Andrés, tu lo has dicho.
Andrés era un muchacho joven y apuesto, rubio y con el pelo rizado, ojos claros y bastante alto. Tenía veintidós años y estudiaba lo que mas le gustaba en este mundo: la biología.
Su pasión eran los animales, y desde bien pequeño toda su atención había estado centrada en ellos.
Andrés soñaba de día y de noche con ellos, y también soñaba despierto que un día haría un descubrimiento prodigioso con alguno de los seres animados con los que se relacionaba y que más le cautivaban, y sería famoso.
Por fin sería reconocido entre sus amigos y colegas como una persona inteligente y avispada que había hecho un gran descubrimiento, propio de un gran hombre, y ya no sería reconocido por todos sólo por sus afamados despistes.
Desde hacía unos tres años salía con Sara Crespo, su novia, y eso probablemente era lo mejor que le había sucedido a Andrés en toda su vida.
Ella era veterinaria, aunque en realidad estudiaba también el último año de carrera, y claro, la mezcla era explosiva.
Entre los dos juntaban más de treinta animales en sus casas.
Sara era muy guapa, y muy inteligente, o por lo menos así la veía Andrés. No era muy alta, pero tenía un pelo rubio muy largo y unos ojos grandes y brillantes muy expresivos, aunque marrones, normales.
Eso sí, era un poco coqueta y le gustaba ir siempre bien arreglada, aunque sin extravagancias. Era una chica muy discreta, pero desde que conoció a Andrés, la verdad, se arreglaba un poco más. Como ella decía: "Andrés es tan guapo que hay que tenerlo bien atado".
Sara también era una enamorada del reino animal, aunque con matices. No estaba tan obsesionada como Andrés con los seres vivos, aunque también sentía un gran atractivo por todo lo relacionado con la naturaleza.
Andrés la quería con locura y ella le correspondía. Lo pasaban muy bien juntos y se reían mucho, sobretodo con los despistes de Andrés.
También Sara tenía con él una paciencia casi infinita. Aunque más de una vez, cuando el despiste de Andrés se pasaba de marrón oscuro, Sara se enfadaba en serio.
Salían frecuentemente al campo con Troy, el perro de Sara. Cuando tenían algún rato de esparcimiento disfrutaban mucho al aire libre, jugando con Troy y haciendo deporte.
A Troy se lo habían regalado los padres de Sara al comienzo del curso, al verla tan triste por tener que dejar todo lo que más quería: su familia y la granja familiar.
Tuvieron que buscar al principio del curso, una residencia donde aceptaran mascotas. Y aún así, con lo difícil que parecía, la encontraron, y pudieron instalarse Sara y Troy muy bien en ella.
Sara adoraba a Troy, y desde luego Troy, dadas las circunstancias, había sido una gran ayuda para ella.
A Andrés sus padres no le dejaban tener perro, aunque él había insistido hasta la saciedad para que le compraran uno. Pero tenían miedo que se lo dejara olvidado en cualquier sitio y el animalito sufriera un percance, era sobretodo por eso.
Lo que sí tenía Andrés era una tortuga, un hamster, que se llamaba “Fede”, un conejo, una pecera con unos cincuenta peces, y un terrario con lagartijas, ranas, iguanas y cosas así. Pájaros no tenía, porque no le gustaba nada verlos encerrados en una jaula, pero sí tenía varios nidos con sus polluelos y todo en su balcón.
Pero Troy, el perro de Sara, era como si fuera también de él. Andrés se había tenido que conformar con eso, por lo menos de momento.
El problema con sus animales era que Andrés, si no estaba pensando en lo que hacía, cosa bastante habitual en él, daba la comida de los peces a las lagartijas y viceversa, y el hamster, por ejemplo, ya había probado toda la comida imaginable, debía de tener un estómago a prueba de bomba, si no no se lo explicaba nadie..., su madre le decía: "no se como no se te mueren los pobres animales".
Estaba en el último año de carrera, como Sara, y a pesar de que había tenido que examinarse varias veces de alguna asignatura, mas que nada por haberse equivocado de fecha el día del examen y cosas así, todo lo sacaba con notas muy altas.
Su padre, Tomás Orsay, estaba muy orgulloso de su hijo, y siempre le defendía: "dejad en paz al chico, si no fuera por que es tan inteligente eso no le pasaría", aunque aveces también se enfadaba un poco, sobretodo cuando le hacía algún estropicio con el coche.
Su hermana pequeña, Victoria, de diez años, no tenía tanta paciencia. A menudo se irritaba con él, en especial cuando de repente se encontraba sus cosas mas personales en los sitios mas insospechados.
O cuando los bichos del “terrario” de su hermano, las lagartijas, la iguana, las culebras, las ranas y todos los insectos en general, se escapaban por toda la casa y lo invadían todo. A Victoria le daban mucho asco y empezaba a gritar como una loca corriendo de aquí para allá sin parar.
Pero en el fondo lo quería mucho y siempre quería hacer todo lo que hacía su hermano, desde bien pequeña. Pero dada la diferencia de edad, a veces eso suponía un serio problema y Victoria llegaba a hacer estropicios mayores aun que los que hacía su hermano, y los dos acababan seriamente castigados.
Victoria había sido, durante mucho tiempo, la niña mas buscada del barrio. Sus padres deseaban con intensidad tener una niña y lo habían intentado todo durante bastantes años sin éxito.
Pero un buen día, casi sin esperarlo ya, su madre se había quedado embarazada, por eso le habían puesto de nombre Victoria.
Era una niña muy viva y siempre estaba contenta, cantando y saltando por toda la casa, aunque su hermano pensaba que estaba demasiado malcriada.
Andrés tenía que salir siempre con mucho tiempo de casa par acudir a los sitios, pues un día bajaba a la calle sin zapatos y otro en zapatillas de ir por casa, o se olvidaba ponerse los calcetines, o se ponía la ropa del revés, sin hablar de las cremalleras y los botones, que nunca estaban en su correcto lugar. Y claro, tenía que volver sobre sus pasos y arreglar las cosas.
Normalmente llevaba barba, aunque la mayoría de las veces era porque se olvidaba afeitarse, no porque hubiera decidido llevarla.
Eso, a la postre, era menos malo que afeitarse varias veces seguidas, sobretodo para la piel de su cara. Por lo que optaba por no complicarse la vida y dejarla como estuviera.
Todo esto le sucedía sobretodo por las mañanas. Sería porque estaba aún medio dormido, o porque era entonces cuando su cerebro, todavía fresco, se dedicaba a hacer de las suyas, dando rienda suelta a sus pensamientos y olvidándose de las cosas mas vulgares.
Siempre tenía que estar apuntando en un papel los sitios donde había dejado su coche, o por donde debía volver a casa, si iba andando.
En la calle corría un gran peligro. Aunque él se esforzaba mucho y tenía muy claro que no podía cruzar la calle si no era por un paso de cebra o por un semáforo, en verde, claro.
Aún así, una vez le atropelló un coche. Fue culpa suya, por cruzar por el medio de la calle y sin mirar. El coche no frenó a tiempo y lo lanzó por el aire. Afortunadamente solo se hizo una herida en la oreja y otra pequeña en el brazo, fue un milagro que no le pasara nada peor. Desde entonces iba con más cuidado, y a pesar de eso, había tenido algún susto mas.
En los últimos tiempos la llegada del teléfono móvil con cámara había sido una gran ayuda para él. Ahora lo fotografiaba todo, era la mejor manera de aclararse.
Con el teléfono, la brújula y el "gps" que le había regalado su padre, Tomás, parecía que últimamente se perdía menos. No tenía que llamar tanto a sus padres o a su novia o a algún amigo cuando se hartaba de dar vueltas y vueltas, perdido por algún sitio.
Todo eso mientras que no perdiera el teléfono, que por desgracia era bastante frecuente. En la tienda de móviles ya le conocían bien. Cada dos por tres iba a que se lo repusieran por haberlo perdido, o mejor dicho, por no saber donde estaba.
Tenía un seguro de pérdida y de robo. Él solía decir que se lo habían robado, pues no sabía cierto nunca lo que de verdad había sucedido. Había decidido decir siempre que se lo habían sustraído, así había descubierto que se ahorraba papeleos.
Sólo tenía que ir a la comisaría de policía donde también lo conocían de sobra, a presentar la denuncia y luego con ella acudir a la tienda de móviles y así con el seguro que tenía se lo reemplazaban enseguida.
Pero una vez, aquello fue memorable, pues lo perdió subiendo a una montaña de tres mil quinientos metros. Estaban ya llegando a la cima, él y sus compañeros de escalada, cuando a Andrés no se le ocurrió otra cosa que intentar sacar el móvil de la mochila para hacer unas fotos.
Se paró y rebuscó en el bolsillo donde creía que lo había puesto, pero allí no había nada. Luego buscó en otro y otro más, pero el teléfono no aparecía, hasta que en el último de todos al meter la mano le pareció que lo tocaba muy en el fondo.
Lo sacó con los dos dedos de su mano, pero entre la fatiga que llevaba por la ascensión a la montaña, la posición totalmente inclinada de la pendiente y la poca presión que podía ejercer sobre el móvil con sólo dos dedos, en cuanto lo sacó fuera de la mochila el teléfono se le resbaló y se cayó.
Y lógicamente fue cayendo por la pendiente helada cada vez a mayor velocidad muy, muy lejos de él.
Todos los amigos fueron espectadores de la caída de su teléfono, pues se habían parado a ver qué es lo que se le había ocurrido hacer a Andrés en medio de una brutal pendiente, y asombrados, fueron testigos de que su portátil fue cayendo cada vez más rápido por la helada ladera hasta caer entre unas enormes rocas.
Andrés se quedó mirando impasible lo que había hecho, y todos sus amigos estupefactos no daban crédito a lo que veían.
Luego se encogió de hombros y dijo: “creo que esta vez no podré decir que me lo han robado, no colaría”
Sin darle mas importancia dio media vuelta y siguió su camino hacia la cima. Todos los demás se miraron entre sí con extrañeza y tampoco le dieron mas importancia, conocían de sobra a Andrés y más de una vez ya habían sido testigos de sus ocurrencias.
Claro que todo esto sucedió antes de conocer a Sara, a partir de entonces Andrés se centraba más en lo que hacía y se comportaba habitualmente con más normalidad.
A la comisaría también acudía a menudo a renovar el carnet de identidad, pues lo perdía con frecuencia y allí, por uno u otro motivo, ya lo recibían hasta con cariño:
—Hola Andrés —le decía su amigo Manuel, el policía— ¿a que vienes hoy?, ¿a renovar el carnet o por el móvil? —le decía su amigo con quien ya a través de los años habían hecho buenas migas. A veces se iban a tomar un café juntos y todo, y así el policía Manuel, que tenía varios perros, le preguntaba cosas sobre ellos y Andrés le instruía muy bien, dado su gran conocimiento de los animales. Se había establecido entre ellos una bonita amistad, bien fomentada en la ayuda mutua.
—Hola Manuel, no, hoy es que he perdido el teléfono, ¿sabes?, yo creo que me lo quitaron en el metro, pero vete tu a saber...—decía Andrés.
—Ah, vale —le decía Manuel— ahora hacemos la denuncia. El caso es que mi perro pequinés no me come bien últimamente, ¿tu no sabrás por que puede ser? —y Andrés le escuchaba y le decía su opinión al respecto y normalmente aclaraba bastante bien las cosas.
El carnet de conducir siempre lo llevaba en el coche, así no se lo dejaba por ahí perdido, el problema surgía cuando tenía que conducir otro vehículo, aunque eso por fortuna no era muy frecuente.
Además, su sentido de la orientación era nefasto, hasta el punto de que solía decir: "creo que es por allí, por lo tanto voy a ir en dirección contraria", y normalmente acertaba.
Andrés también soñaba que si hacía un gran descubrimiento y era reconocido en la universidad, de paso le daría en todas las narices a su acérrimo enemigo de siempre: el odiado Jorge Orts.
La rivalidad y la pugna entre los dos compañeros, aunque no amigos, se remontaba a la época del colegio. Por desgracia desde el primer año en que habían coincidido en la misma clase cuando no levantaban apenas un palmo del suelo, su enemistad había sido la norma.
Aunque Andrés era un ser muy pacífico, tenía que reconocer que Jorge Orts le sacaba de sus casillas. Sobretodo cuando se burlaba de él por sus renombrados despistes.
Todo se complicaba más si cabe por razón de sus apellidos. Jorge siempre iba detrás de Andrés (Orts detrás de Orsay), cosa que le permitía estar muy pendiente y no perderse ninguna de las tonterías que hacía Andrés y acto seguido burlarse de él todo lo que podía.
Aquellos años de colegio, Andrés los recordaba con amargura. Siempre tenía pegado a él al abominable Jorge para sacarle los colores.
Cuando Andrés se despistaba y se dejaba los deberes en casa, o cuando se equivocaba de aula y se iba a otra distinta de la suya, o cuando se perdía por el campo en cualquier escapada que hiciera su clase de excursión y les tocaba a los profesores buscarlo por todas partes durante horas, y tantas cosas mas, allí estaba Jorge para relatar a todos lo sucedido y reírse después a su costa.
Claro que para burlarse de Andrés no había que ser muy imaginativo, si no mas bien muy cruel, pues Jorge siempre estaba al quite para reírse a su costa, y eso Andrés se lo ponía muy, muy fácil.
En cuestión de estudios Andrés le superaba con creces, en eso sí, y era cuando repartían las notas o cuando daban los resultados de los exámenes en clase cuando Andrés lo miraba con superioridad y el único momento en que Jorge permanecía serio y callado.
Ahí era donde Andrés se vengaba un poco de él, aunque luego, cuando volvía a demostrar lo despistado que era, todo volvía a la rutina, y para eso no hacía fata mucho tiempo.
Por fin terminó el colegio para los dos enemigos y Andrés, durante un breve espacio de tiempo, pensó que por fin lo perdería de vista. Pero no tardó mucho en ver la cruda realidad: ¡Jorge estudiaría en la misma universidad que él!, y aunque no estaban en la misma facultad, pues Andrés estudiaría biología y Jorge estudiaría veterinaria, por desgracia estarían muy cerca y seguramente le continuaría chinchando todo lo que pudiera y mas, seguro.
El último día de clase, cuando ya habían terminado el colegio, de hecho, el malvado Jorge se le acercó despacio, como dándose importancia, como siempre hacía, y casi al oído le dijo: “tranquilo Andrés, no te preocupes, que vamos a seguir estando muy cerca y verás como lo pasamos de bien”. Luego se separó un poco de él y dijo casi gritando: “no me vas a perder de vista fácilmente” y comenzó a reírse a carcajadas como era su costumbre, y todo el mundo a su alrededor le siguió en su risa.
Andrés, como era lo habitual entonces, se puso todo rojo y luego palideció, pero no supo qué decir al respecto, y se fue a su casa cabizbajo, pensando que tenía que hacer algo al respecto y rápido. Él ya no podía aguantar ni un minuto más, no podía soportar seguir aguantando al tal Jorge por más tiempo.
El padre de Andrés era de origen francés y era el que en realidad había elegido su nombre: "André", aunque también era cierto que a su madre le gustó mucho desde que se lo propuso, le daba un toque original. Pero al final, resultó que todo el mundo le llamaba Andrés, era lógico, pues desde siempre habían vivido en España y las costumbres de cada lugar siempre acababan por imponerse.
También su padre se había llamado siempre "Thomas", pero a la larga el acento apareció y la hache desapareció, para terminar llamándose Tomás.
Andrés adoraba a sus padres, pero por otro lado le hubiera gustado mucho que su padre hubiera sido una persona importante, eso le hubiera ayudado a él mismo a ser más respetado.
Le hubiera gustado mucho que su padre no se hubiera conformado con ser simplemente un buen empleado de banca.
Posiblemente así a él también le tendrían más en consideración, sobretodo pensando en su enemigo Jorge. Pero a pesar de eso muchas veces también era capaz de reconocer todo lo que sus padres, con gran sacrificio, habían hecho por él.
Por otro lado el extremo despiste que Andrés había sufrido desde que tenía uso de razón, le había marcado en su vida y mucho, y eso había hecho, como era lógico, que las relaciones con el resto de la gente fueran habitualmente complicadas.
Sobretodo eso le había sucedido hasta que empezó la universidad. De hecho, últimamente, se sentía más aceptado y respetado en su manera de ser, por sus amigos y sobretodo por su novia, y en eso había influido y no poco otra circunstancia, pues parecía que Jorge, su enemigo, se había olvidado bastante de él, aunque, eso sí, otra cosa le preocupaba a Andrés y mucho: Jorge y Sara, por desgracia, compartían estudios de veterinaria.
Todavía tenía muy presente Andrés en su mente el tiempo en que Jorge, al saber que Sara había empezado a salir con él, le había faltado tiempo para intentar “ligársela” y Andrés no había tenido ninguna duda de que lo había hecho como siempre para fastidiarle.
Por fortuna Sara había acabado por darle calabazas, aunque había que reconocer que le había costado un poco decidirse por Andrés.
Desde ese momento parecía que Jorge se había desentendido por fin de él, y Andrés como no podía ser de otra manera se lo había tomado como un triunfo personal con su enemigo de siempre.
Aunque era evidente que había mejorado mucho su autoestima, toda esa manera de ser tan especial, habría de dejarle en su propio ser una marca profunda.
Sus abuelos paternos vivían en Francia, en el campo, y aunque ya eran mayores se conservaban bastante bien. Todos los veranos, como era tradición, la familia Orsay, al completo, se desplazaba a casa de los abuelos a pasar unas semanas.
Andrés disfrutaba mucho en casa de los abuelos, pues tenían algunos animales: pollos, gallinas, pajaritos, conejos y un perro y varios gatos.
Aunque el perro estaba ya muy mayor y casi ni se movía, de todas formas desde siempre había sido muy "bobalicón", ni se podía jugar con él ni nada, por lo que para Andrés el animalito resultaba bastante inútil para sus proyectos científicos y no le hacía mucho caso.
Desde bien pequeño en casa de los abuelos Andrés se había dedicado a observar a los animales que allí había y a experimentar con ellos, pues tenía todo un verano por delante: encerraba en las jaulas a los animales de varias razas juntos para ver que pasaba.
Incluso a los gatos y a las gallinas, y les ataba las patas o les embutía cosas raras para comer, para acto seguido comprobar sus respuestas, y claro, el resultado de sus experimentos a veces no era muy satisfactorio, por lo que acababa con serios castigos y reprimendas.
No lo hacía con mala intención, sólo quería experimentar, y cuando sucedía una desgracia "animalística", él mismo se lo pasaba muy mal e incluso lloraba por su gran pérdida.
Pero él no se amilanaba, se reponía y lo asumía como un pequeño fracaso científico, y seguía llevando en su cabeza la intención de lograr al final un gran descubrimiento novedoso para la humanidad.
Un verano, Andrés capturó un lirón. Desde siempre le habían encantado, era un animal precioso, con un pelo blanco y negro y unos ojitos negros también con unos aros negros alrededor de ellos, por eso se llamaba "lirón careto".
Eran muy graciosos y por allí abundaban bastante. Cuando Andrés se lo presentó a su familia metido en una jaula, todos se quedaron prendados de lo bonito y lo gracioso que era.
De todas formas, su abuelo, que conocía bien a esos animalitos tan simpáticos, le había dicho muy serio:
—Andrés está bien que hayas capturado a uno y que te gusten tanto los animales, pero vete con cuidado que son muy listos y si se meten en una casa puede ser desastroso el estropicio que pueden hacer, ¿eh?.
—No te preocupes abuelo, no lo dejaré escapar, lo tendré unos días, lo alimentaré y luego lo soltaré en la montaña —le respondió Andrés.
—Bueno, tu verás, pero andate con ojo —le contestó su abuelo.
Andrés cumplió su palabra, lo alimentó, lo cuidó y como solía hacer observó muy bien su comportamiento y tomó muchas notas durante todo ese día, pero al día siguiente, se levantó temprano y cuando fue a verlo al almacén de los abuelos espantado observó lo que había sucedido: el lirón, como buen roedor que era, había hecho un agujero en la base de la jaula que era de madera y se había escapado por allí.
En un principio Andrés intentó ocultar su desaparición y empezó a buscarlo por todos lados, pero el lirón no aparecía y lo que era peor, cuanto más revolvía todo buscándolo, más se daba cuenta del estropicio que había ocasionado.
Su abuelo tenía razón, el lirón era muy activo y se había dedicado a agujerear con sus afilados incisivos todo lo que había pillado.
Los sacos de harina, de azúcar y de arroz, y hasta el de las nueces estaban rotos por varios sitios y su contenido desparramado por todo el suelo del almacén.
Andrés trató de recogerlo lo mejor que pudo y de introducirlo de nuevo en sus recipientes, pero como era lógico con tanto agujero se volvía todo a salir de nuevo de los sacos.
Se paró un momento a pensar qué podía hacer, y de repente en ese instante su abuelo entró en el almacén.
—Pero Andrés, ¿que es lo que has hecho? —le dijo su abuelo espantado.
—Lo siento abuelo, pero el lirón se ha escapado —dijo Andrés que parecía un muñeco de nieve, totalmente blanco, lleno de harina de arriba abajo y con las manos llenas de arroz y de azúcar.
Al final lograron capturar al lirón y soltarlo en la montaña. Como era lógico intervinieron los padres y Andrés no se libró de un buen castigo aquel verano, pero lo tenía asumido, él pensaba que era el precio que tenía que pagar por ser tan aficionado a la vida animal y todo lo que ello comportaba.
Pero por contra, el verano de ese año que estaba a punto de llegar, casi seguro que Andrés no iría a casa de sus abuelos. Tenía otros planes para el mes de agosto para él y sus amigos, incluida su novia, que le apetecían mucho más y que eran sin duda mucho más atrevidos.
A la postre todo el mundo reconocía que Andrés era muy inteligente e imaginativo, puede que demasiado, y siempre estaba pensando en sus cosas. Tal vez por eso fuera tan despistado.
El curso tocaba a su fin y los exámenes habían terminado. Andrés había conseguido presentarse a todos puntualmente y aprobarlos, aunque para ello había tenido que recurrir a múltiple notas escritas por toda la casa, que le recordaban las fechas de los exámenes, y otras tantas alarmas en el teléfono, sin contar los avisos de sus padres.
Como era lógico, excepto en los periodos de exámenes, Andrés tenía prohibido poner papeles con avisos por la casa, pues en pocos días ésta se quedaba toda empapelada. Su madre ya los había retirado todos el día anterior.
Otro problema complicaba la vida de Andrés: era alérgico. Su enfermedad la tenía bastante bien controlada. No había tenido ninguna crisis fuerte de asma desde hacía un par de años.
Eso se lo debía en gran parte, como tantas otras cosas, a su madre, Amalia, que se preocupaba a diario de que Andrés se tomara la medicación preventiva. Era lo que, desde luego, le permitía vivir sin crisis.
Desde que de pequeño empezaran a manifestarse en él los primeros síntomas importantes de su enfermedad, Andrés había estado sometido a ésta, aunque por periodos intermitentes de su vida.
En la actualidad, apenas si tenía un leve taponamiento nasal y algo de picor de ojos, y estornudos de vez en cuando, pero sin más. Eso le permitía vivir tranquilo, por lo menos en cuanto a su enfermedad.
Eso sí, los medicamentos que utilizaba para la alergia se podían encontrar por todos los rincones de la casa, de su coche y en casa de Sara, y en la de muchos amigos.
Andrés se los dejaba olvidados por todas partes, aunque eso también era una ventaja: siempre los tenía a mano, allá a donde iba. Y una desventaja: la gran cantidad de dinero que se gastaba en medicamentos.
A Andrés le gustaba mucho tocar la guitarra y se le daba bastante bien. Junto con Sara, que tocaba el violín, y varios amigos mas, habían formado un grupo musical al que habían llamado: "Cum Laude".
De momento, solamente daban algunos conciertos benéficos y tocaban en algunas bodas y otros eventos, no tenían tiempo para más.
Les gustaba sobretodo interpretar música clásica y lo hacían muy bien.
Todos habían estudiado en el conservatorio superior, por lo que podían interpretar a la perfección todo tipo de música.
Los padres de Andrés habían decidido llevarlo al conservatorio para que estudiara música, desde muy temprana infancia.
Pues, siguiendo los consejos del pediatra, pensaban que sería una gran ayuda para él, dado su carácter tan complicado. Y en verdad que le había ayudado mucho, y el sacrificio que había resultado para ellos que estudiara una segunda carrera había merecido la pena.
Los ensayos del grupo solían funcionar a la perfección, siempre que a Andrés no se le hubieran olvidado las partituras en casa, o lo que era peor, el propio instrumento. Pero eso lo intentaba prever saliendo, como siempre, con mucho tiempo de casa.
Precisamente había sido en el conservatorio de música donde Andrés y Sara se habían conocido. Él siempre se fijó en ella, y ella, el día en que él le pidió ir a tomar algo, le dijo enseguida que sí.
Luego todo fue fácil, solo tuvieron que hablar de sus mascotas y de su afición preferida: los animales, y de la música, claro.
Desde entonces, y hacía ya de eso mas de tres años, no se habían vuelto a separar. Bueno, como mucho un par de semanas, durante las vacaciones de verano, cuando Andrés y su familia iban a pasar unas semanas a casa de los abuelos a la campiña francesa y Sara volvía a la granja con su familia.
Pero ya el último año que fueron, Andrés se enfadó un poco con sus padres y les dijo muy serio: "si queréis que vuelva con vosotros a ver a los abuelos, la próxima vez tiene que venir Sara con nosotros". Y nadie le dijo que no, a todos les pareció estupendo.
Esa misma tarde había quedado el grupo de música "Cum Laude" al completo en casa de Andrés para ensayar.
Aprovechando que sus padres y su hermana no iban a estar en casa, pues se habían marchado al apartamento de la playa a pasar algunos días de vacaciones, ensayarían sin que nadie les molestara.
Andrés y Sara acudirían también pronto allí, al apartamento de la playa, más tarde. Les gustaba mucho el mar y bucear por los fondos marinos, eso les entusiasmaba a los dos.
Bajo el agua se dedicaban a clasificar todo tipo de ser viviente que veían, y a hacerles fotos con la cámara submarina que Sara le había regalado a Andrés por su cumpleaños. Se lo pasaban divinamente.
Aunque Andrés tenía terminantemente prohibido ir sólo a bucear, ni siquiera ir a la playa sólo, desde que se perdió mar adentro, ahora había hecho un año, y casi se ahoga.
Lo rescató la Cruz Roja muy lejos de la costa, pues se despistó, y en lugar de salir del agua, cada vez se iba mas adentro, suerte que había vigilante y lo vio allá a lo lejos levantando la mano. Menos mal que Andrés sabía nadar muy bien, aún así, el susto fue mayúsculo cuando avisaron a sus padres que tenían a Andrés en la posta sanitaria re animándole.
Sara llegó a casa de Andrés casi a la hora de comer. Andrés ya tenía prácticamente preparadas unas buenas "pizzas" y la estaba esperando.
La recibió con un suave beso de bienvenida:
—Hola, amor, ¿como estas? —le dijo Andrés.
—Bien, cielo —le dijo Sara devolviéndole el beso— que bien huele, ¿que has preparado?.
—Pues unas "pizzas" de las que te gustan, con mucho queso —le contestó Andrés muy contento.
—Estupendo, me muero de hambre.
Sara, con disimulo, como sabía hacer muy bien, supervisó todo lo que había estado haciendo Andrés. Repasó los fuegos por si se los había dejado encendidos y todo lo que se le ocurrió.
Esta vez, en apariencia, estaba todo en orden. Sólo que las "cocacolas" no estaban en la nevera, las había puesto, sin pensar, en el armario de arriba. Sara, sin decirle nada, las colocó a enfriar y Andrés como solía hacer, despistó:
—Vaya, no se en que estaba pensando, "jeje" —dijo muy bajito Andrés— no se si les dará tiempo a enfriarse.
—No te preocupes, cielo, pondremos hielo y ya está —le tranquilizó Sara.
—Sí, no vamos a esperarnos a que se enfríen para comer ¿verdad?...
—Desde luego que no, además, los del grupo enseguida estarán aquí.
Comieron tranquilamente y a gusto y enseguida llegaron los amigos, cargados con sus respectivos instrumentos.
Primero llegaron Toño y Sofía, eran también pareja, aunque sólo llevaban un año saliendo, y tocaban el violín y el violonchelo respectivamente. Eran sus mejores amigos, también les gustaba mucho la naturaleza y la música y solían salir juntos a menudo por ahí.
Toño era el mejor amigo de Andrés, era casi tan alto como él, pero era mas corpulento, y habían estudiado juntos desde pequeños en el mismo colegio.
Por lógica, Toño estaba al tanto de la persecución que sufría Andrés por parte de Jorge, y siempre que podía le echaba una mano y le defendía, aunque muchas veces no se enteraba de lo que pasaba, ya que estaban en clases diferentes.
Su amigo Toño estudiaba también el último curso de la carrera, pero en su caso de ingeniería industrial. Se lo pasaban muy bien como buenos amigos que eran y sobretodo se divertían mucho con las peripecias de Andrés.
Toño era muy bromista y muy buen deportista, y la verdad, un poco bruto. A veces se pasaba con sus bromas, aunque Andrés tenía muy buen carácter y raramente se enfadaba, pese a que las bromas fueran pesadas, lógicamente desde siempre, por culpa de su enemigo Jorge, estaba acostumbrado a las bromas pesadas. Aunque por otro lado Toño siempre le respetaba como persona y en su manera de ser.
A Toño ahora le había dado por dejarse bigote y una barba muy espesa y larga, decía que era la moda, y parecía aveces un “papa noel” aunque sin barriga, eso sí.
Sofía también era la mejor amiga de Sara y también era guapa, aunque a Andrés le parecía que no tanto como Sara.
A Sofía no le gustaba mucho la barba que se había dejado Toño, pero aún así, le hacía gracia y se reía, y pensaba que se cansaría pronto y se la quitaría.
—Hola —dijo Toño nada mas abrirles la puerta— ¿quien falta?.
—Pues, el de siempre, Eugenio —contestó Andrés algo serio.
Eugenio era el quinto integrante del grupo. Se encargaba del teclado y de la percusión, sobretodo, pero podía tocar casi cualquier instrumento, puesto que era muy inteligente y muy diestro, aunque la puntualidad no era su principal virtud.
Era un poco raro y estaba sin compromiso amoroso, o eso parecía. Lo conocían también del conservatorio de música.
Era alto y desaliñado, con una importante nariz prominente que sujetaba unas pequeñas gafas que siempre estaban resbalando por ella.
Con ellos era bastante reservado. Sabían muy poco de su vida privada, sólo que su padre era un alto cargo del gobierno actual de la nación; tal vez por eso fuera tan reservado. Y él a su vez, les conseguía muchos de los conciertos que daban. Pero a pesar de todo, constituía un integrante del grupo casi imprescindible.
Por fin, tras una media hora de retraso, llegó Eugenio.
—Bueno, creo que se me ha hecho un poco tarde, el tráfico...—dijo Eugenio, a modo de excusa.
—Vale Eugenio, que vamos a empezar ya —le dijo Andrés molesto.
Todos estaban un poco hartos de Eugenio, pues no había día en que no se retrasara, como mínimo media hora, y nunca llegaba a justificar bien sus retrasos, además de lo raro que era.
Pero por otro lado, no podían negar que era un virtuoso de los instrumentos musicales y de momento no pensaban prescindir de él.
También era cierto que en cuanto comenzaban a ensayar y veían lo bien que tocaba Eugenio, se les pasaba todo el enfado con él.
Estaban muy contentos con el resultado de sus ensayos. El concierto para guitarra de Vivaldi sonaba perfecto. Disfrutaron mucho tocando en armonía, y tras unas horas de ensayo, se mostraron satisfechos.
El próximo concierto que tenían que dar, salvo unos pequeños retoques finales, estaba listo.
El primero en marcharse, como siempre, y precipitadamente, fue Eugenio. Siempre tenía prisa y rara vez decía adonde iba. Bueno, estaban acostumbrados. Quedaron para ultimar detalles, para la semana siguiente.
Los cuatro amigos todavía permanecieron descansando tranquilamente relajados y conversando.
Tenían previsto para el mes siguiente, que ya sería agosto, organizar un viaje a la montaña. Andrés estaba muy ilusionado y los demás también, aunque con mas reservas.
La última semana del mes, coincidiendo con que todos tenían vacaciones y no tenían ningún concierto, se irían a pasar unos días a un camping en la montaña.
Esta vez irían a las montañas del norte. Hacía mucho tiempo que no aparecían por allí, y aunque las conocían un poco, les habían comentado que la población de buitres había crecido exponencialmente, por lo que seguro que verían de cerca a mas de uno.
—Entonces, al final, nos vamos al norte, ¿no? —empezó hablando Andrés.
—Sí, si queréis..., estaría bien, será divertido. Por mí, bien —dijo Toño.
—Pero, Andrés, ¿no será muy arriesgado adentrarnos tanto en la montaña como tu quieres? —dijo Sofía.
—No, en esta época del año no hay peligro, todavía hace buen tiempo, además iremos bien preparados, de seo me encargo yo —dijo Andrés.
—A ver, Andrés, tienes que pensar bien antes a donde nos vas a llevar, no te dejes influir por tus ganas de ver los buitres en su hábitat natural, esos que dices que hay muchos por allí —dijo ahora Sara muy seria.
—Que no, que no hay peligro, y sí que es verdad que quiero llegar hasta donde están anidando esos buitres allí, pero lo tengo todo bien estudiado y planificado, no os preocupéis.
Aun Sara se le quedó mirando fijamente un tanto escéptica, y pensó para sí que, bueno, si Andrés lo tenía que tener todo previsto, podría pasar cualquier cosa, aunque no lo dijo.
Andrés no paraba de hablar todo el tiempo del tema, aunque últimamente ya menos, no quería pasarse. Como le decía a menudo Sara: "Andrés no seas pesado, deja ya el tema de los buitres". Pero el caso era que él estaba entusiasmado.
Además, era verdad que pensaba adentrarse mucho en la montaña, donde no llegaba casi nadie y así poder ver en directo muchos animales. Iban a ir bien preparados para ello.
Al final, medio los convenció para que fueran allí. Sin duda seguiría insistiendo y hablándoles de sus planes en las semanas que quedaban hasta el viaje y ya nadie dudaría de lo perfecto del plan.
Solo tenían una pena: no era posible llevarse a Troy con ellos. Aquello era parque natural y no se podían llevar perros, y menos con el plan estratégico que tenían pensado.
Andrés y Sara, al final de la tarde ya estaban deseando que los dejaran solos, para intimar. Hacía tiempo que no tenían la oportunidad de estar a solas.
Por fin los amigos se marcharon y se quedaron los dos. Cenaron frugalmente y bastante rápido, y sin darse cuenta casi, se encontraron besándose apasionadamente en el cuarto de Andrés.
No era la primera vez que Andrés y Sara pasaban la noche juntos, pero sí que hacia bastante tiempo desde la última vez, ya que siempre estaban ocupados en algo, y además, no se les había presentado la oportunidad.
