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Es una historia de amor a través de cada uno de los personajes: Alfonso, Daniela, Blanca, Pablo y Claudia. La novela empieza con el relato de Alfonso, ya que el azar lo convierte en el desencadenante del conflicto. Es el nexo de unión entre todos, aunque es ajeno a lo que les ocurre a los demás. La trama transcurre en dos tiempos y el único personaje que cuenta la historia desde el presente es Claudia, la protagonista, en torno a la cual giran los malentendidos, la traición de Pablo a su mujer, el amor entre Claudia y Pablo, la relación de Claudia con Daniela, su sobrina; con su hermana Blanca, con su amigo Alfonso. Alfonso está paseando por Madrid de camino a casa de sus padres para revelarles que es homosexual cuando se convierte en testigo de un accidente de coche que sufre Claudia. Así es cómo la conoce. Esa noche nieva en la ciudad. «Nunca nieva en Madrid». Casualmente, la autora Laura Riñón, reemprendió la reescritura de esta novela en enero del 2021, el año de la mayor nevada que se recuerda en la ciudad de Madrid. Hay una maleta que sirve de justificación y pretexto de las acciones llevadas a cabo por los personajes y que contiene el contenido de la novela que escribirá la sobrina de Claudia, Daniela, y que lleva por título el mismo que el de la que ahora presentamos 'Todo lo que fuimos'.
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Seitenzahl: 370
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Laura Riñón Sirera
Tercera edición, noviembre de 2021
Segunda edición, octubre de 2021
Primera edición, septiembre de 2021
© Todo lo que fuimos, 2021
Del texto © Laura Riñón Sirera
De la imagen de cubierta ©Joaquín Sansano
Primera edición © 2021, Tres Hermanas
De la corrección ortotipográfica y de estilo: Paulo G. Conde
www.treshermanaslibros.com // [email protected]
ISBN: 978-84-123378-9-1
eISBN: 978-84-192430-3-4
Depósito legal: M-22983-2021
Impreso en España
A los amores de una noche que no se olvidan.
Al argentino que conocí en Buenos Aires,hace ya unas cuantas vidas.
«Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.»
El amor en los tiempos del cólera
Gabriel García Márquez
Esta historia me la contaron hace mucho tiempo en un aeropuerto. Las salas de espera son lugares curiosos en los que la vida se pasea a su antojo y en los que la paciencia se reconcilia con su opuesto. Observar es un arte, como lo es escuchar. Cabe tanta sabiduría en cualquiera de estos verbos que, si uno sabe conjugarse con los dos al tiempo, puede toparse con historias inolvidables en medio ese ir y venir de personas y de anécdotas. Y por esta razón, a veces me invade la duda y no recuerdo si esta historia me la contaron o la inventó mi imaginación. Sea como fuere, esto es lo de menos, porque a mí me ocurre lo mismo que le sucede a los personajes que ahora les presento y al echar la vista atrás no sé si pasó lo que cuento o si lo cuento como lo recuerdo. La memoria es traicionera con los nostálgicos. Uno confía en la nitidez de su pasado y llega la memoria con su magia y lo elimina todo de un plumazo. Y nos confunde y nos convence de que la vida pasó como ella nos la cuenta, y no como nosotros la recordamos.
Cuando termine de escribir este libro empezaré a prepararme la respuesta que un escritor siempre tiene que tener bien pensada. Nadie pregunta a qué huele una novela ni qué te hace sentir al leerla, sino que la pregunta más recurrente es ¿de qué va la historia? Una pregunta tan simple que aún me sorprendo cuando me pilla desprevenida. Esta novela, creo que diré, va de la vida. De todo lo que rescatamos de la memoria y lo que esta decide llevarse consigo. Pero también es una historia que habla del amor, que es el destino definitivo de cualquier narración. Uno ama consciente o inconscientemente, pero siempre terminamos amando la vida, nuestra profesión, un lugar o a la familia, amamos porque mientras lo hacemos nos sentimos vivos. Y es también una historia que idealiza el amor imposible y abandonado. Y que habla del perdón y de la aceptación. Quizá deba trabajarme un poco más esta respuesta porque uno va a leerlo como un trabalenguas, y no está el lector para desentrañar los párrafos que el escritor parece haber dejado a medias, por muy hermosos que estos sean. Esta es la historia, diré para concluir, de cinco personas predestinadas a encontrarse por los caprichos del destino y de cómo sus recuerdos, que podrían ser los nuestros, jamás escapan de ellos.
Quizá me haya ocurrido lo que me pasó aquel día en la sala de espera del aeropuerto, y al sentarme a observar la vida he descubierto que el amor ha huido cobarde de las miradas y que ya nadie se atreve como sucedía hace tiempo. Las novelas de amor fueron defenestradas y castigadas, los grandes autores de la literatura universal ahora tendrían varios trabajos para sobrevivir en medio de sus amores inmortalizados en papel. El amor está cautivo en un letargo alargado más de la cuenta y ya pocos creen en la incondicionalidad de su generosidad. Por todo esto, quizás, me haya atrevido a rescatar esta historia que, sucediera o no como la cuento, así es como la recuerdo. Si otro la escribiera en mi lugar, posiblemente este sería otro cuento, pero es a mí a quien esta historia eligió y el resultado aquí se lo presento. Alfonso, Daniela, Pablo, Blanca y Claudia son los nombres propios de los personajes que les acompañarán durante un tiempo, no juzguen sus decisiones ni critiquen más de la cuenta, es muy fácil hablar de otras vidas cuando uno no está en ellas. Ustedes, posiblemente, hubieran hecho las cosas de otra manera, pero las cosas sucedieron como sucedieron y de nada sirven los «si hubiera».
Al fin y al cabo, ya sabemos que las razones del amor son las menos coherentes de todas. Y que es en esa incoherencia donde se concentra la única verdad de nuestra existencia.
ALFONSO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
DANIELA
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
PABLO
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
BLANCA
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
CLAUDIA
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
FERMINA
Alguien dijo una vez que en el último suspiro que precede a la muerte se exhalan los recuerdos que habitan en nuestra memoria. Muchos fantasean con esa idea y seleccionan las imágenes que los acompañarán en su despedida, como si esa decisión dependiera de ellos. La memoria es tan caprichosa que desentierra a su antojo los días que creímos haber olvidado. Aunque esta no deja de ser una ilusión imposible de confirmar porque hasta la fecha nadie regresó de la eternidad para convertirla en verdad.
Sus padres brindando en el jardín, la silueta de su hermana escondida detrás de la puerta, la primera sonrisa de su sobrina recién nacida, la puesta de sol frente al mar, el paseo en velero, su mirada, París… Él.
—Hola, hola… ¿Puedes escucharme? Aprieta mi mano si puedes escucharme… ¿Hola? Estoy aquí, no te preocupes, la ambulancia está en camino… ¿Hola? ¿Me escuchas?
—Sí, —contestaba dentro de su cabeza—, te escucho, ¿qué ha pasado?… No veo nada, estoy apretando tu mano con fuerza, pero no puedo sentir la tuya. No puedo hablar, ¡maldita sea!, ¿por qué no puedo hablar? Tengo frío, tengo mucho frío. No me dejes, por favor, ayúdame, no me dejes… Te escucho, sí, puedo escucharte…
El día en el que se despidieron, la montaña de libros pendientes sobre la mesilla de noche, el concierto en la playa, la fiesta sorpresa en su cumpleaños.
—Estoy muy cansada, quiero dormir. ¿Oyes la sirena? Viene la ambulancia, ya están cerca. ¿Son ellos? No me dejes, por favor, no te vayas, quédate conmigo. Dile que le quiero, ¿se lo dirás? Necesito que se lo digas, por favor, lo sabe, pero necesito que se lo digas.
Su cuerpo flotando en el aire después de saltar al mar desde lo alto del acantilado.
La ambulancia paró en seco junto a ellos.
—Señor, tiene que apartarse, por favor, señor. ¿Viajaba con ella? ¿Es usted familiar? —preguntó uno de los paramédicos sin apartar la vista de ella—, ¿señorita? ¿puede escucharme? Señorita, ya está a salvo, vamos a sacarla de aquí, collarín…, ¿pulsaciones? —Le asestó dos palmadas en la mejilla y alzó la mirada hacia su compañero—: Uno, dos y ¡tres!
—¡Lista! –exclamaron al unísono.
—¿Cómo se llama? ¿Sabe cómo se llama?
—Yo, yo… —clavó la mirada en sus manos manchadas de sangre—, no sé qué ha sucedido, yo venía caminando… el coche salió de la nada…
—De acuerdo, necesitamos que nos acompañe, ¿cómo se llama, señor? —El más joven de los sanitarios le puso una manta térmica sobre los hombros.
—¡Vámonos! —gritó el otro saltando al asiento del conductor.
—Alfonso, me llamo Alfonso…
—De acuerdo, Alfonso, venga con nosotros —dos coches de policía frenaron en seco junto a ellos—, tenga, lleve esto con usted —añadió dándole la maleta que había salido despedida del vehículo siniestrado. Alfonso se dejó empujar hacia el interior de la ambulancia—. ¡Estamos! —gritó hacia su compañero sin soltar el gotero que sostenía en una de sus manos. Un acelerón hizo que Alfonso golpeara el techo con la cabeza y se abrazó a la maleta de la desconocida.
Abandonaron el lugar del accidente a toda velocidad y desde el otro lado de la ventanilla pudo observar el amasijo de hierros rodeado por los bomberos y los policías. ¡La perdemos, la perdemos! Los gritos del enfermero se mezclaban con el ruido de las sirenas. Las puertas de urgencias se abrieron antes de que la ambulancia hubiera frenado y un grupo de sanitarios apareció por la puerta. Rodearon la camilla y la empujaron hacia el interior a toda velocidad. Alfonso se apartó de su camino y los siguió con la mirada hasta que desaparecieron. Sus piernas empezaron a temblar, se apoyó en la ambulancia para no caer al suelo y contuvo la arcada que le sobrevino de repente.
—¿Quiere acompañarme? —preguntó un joven ataviado con un uniforme verde—. Su amiga se pondrá bien, no se preocupe —añadió.
—En realidad, yo…
—Deje que le ayude con esto, ¿se iban de viaje? ¿Cómo es su nombre? —preguntó sosteniendo su mirada—. Venga por aquí, vamos a lavar esas manos y a tomar un café…
Pasaron junto a una sala en la que los paramédicos de la ambulancia charlaban con dos enfermeras. Alfonso se asomó a la puerta y se disculpó antes de interrumpir:
—Gracias —añadió alargando su mano hacia ellos—, muchas gracias por lo que han hecho esta noche…
El más mayor de los dos se acercó a él y le puso la mano sobre el hombro, no hay por qué darlas, señor, dijo con voz ronca, su amiga se pondrá bien.
—No son amigos —aclaró el más joven, y sonrió a Alfonso—, pero algo me dice que lo serán a partir de hoy.
—Sí, claro —respondió—, seguro que sí. Gracias. Gracias por todo…
—El baño está justo aquí. —Alfonso se giró hacia la voz del celador.
—Sí, claro —respondió mirándose las manos—, necesito lavarme un poco.
—Alfonso, ¿verdad? —preguntó abriendo la puerta para cederle el paso.
—Sí, así es, Alfonso Martínez de la Cueva —contestó dejando la mano a mitad de camino—, disculpe, debería lavarme un poco…
—No es la primera vez que veo la sangre, no se preocupe –Juan dejó escapar una risotada—, Alfonso Martínez de la Cueva… parece un poco largo, le llamaré Alfonso, si le parece bien. Mi nombre es Juan y estoy aquí para ayudarle en lo que necesite. De momento, iré a por un par de cafés mientras usted se limpia las manos.
—De acuerdo, muchas gracias. Es usted muy amable. Gracias, Juan.
Las enfermeras bromeaban con Juan al otro lado de la puerta, es tu noche de suerte, Juanito, suspiraron y él se llevó la mano al corazón, puso los ojos en blanco y su suspiro se quedó flotando en el silencio. En el cuarto de baño, Alfonso embadurnaba sus manos con jabón, las frotaba con excesiva fuerza y perseguía los restos de sangre que escapaban en un remolino por el sumidero del lavabo. Sus movimientos eran cada vez más violentos y enérgicos, tanto que terminó golpeando la maleta con el codo y el estruendo hizo que Juan apareciera como una exhalación.
—¿Alfonso? ¿Va todo bien? —preguntó asomando la cabeza por la puerta.
Se quedaron inmóviles y pasearon la mirada por los objetos que salieron despedidos desde el interior de la maleta. Juan se agachó y empezó a recogerlo sin prestar excesiva atención a los detalles que no pasaron desapercibidos para Alfonso. Una concha de mar, una postal de París, una vieja libreta, un paquete de cartas atadas con un cordel azul… Juan lo metió todo en la maleta, se agachó para asegurarse de que no se había quedado ningún objeto perdido en el suelo y se arrastró hacia una esquina:
—¡Espera! Aquí queda algo. —Alargó la mano y le entregó a Alfonso el sobre que había volado hasta el rincón. Entregar a Pablo Martínez, 1 de noviembre de 1994, leyeron en silencio el dorso del sobre. Alfonso la guardó con el resto de las pertenencias, gracias, dijo casi en un susurro y agarró la maleta por el asa. Juan caminó detrás de él, cogió un vaso de plástico que había dejado sobre el mostrador. Ya sabes dónde estoy, dijo después de ofrecerle el café.
Pablo Martínez, se repetía Alfonso como un mantra. Pronto llegará la policía, escuchó decir a uno de los celadores. Qué podía decirles él. Salía caminando del Parque del Retiro en el momento en el que un coche apareció de la nada y se empotró contra una farola. Todo fue muy rápido. Todavía podía escuchar el estruendo dentro de su cabeza. Vio el cuerpo de una mujer salir despedido por la luna del vehículo. No la había visto antes. No sabía nada de ella, ni siquiera conocía su nombre. Pero no quiso dejarla sola.
Días atrás, Alfonso y Luis tuvieron una discusión monumental, la gran pelea, por culpa del ultimátum que este le había dado. Habían pasado meses desde la última vez que Alfonso le prometió que hablaría con su padre, pero siempre encontraba una excusa o una justificación a su miedo que Luis había dejado de defender. Esta vez era la definitiva. Si no le contaba la verdad, Luis rompería con la relación, no le correspondía luchar en una batalla de la que él mismo salió victorioso tiempo atrás.
Los últimos cinco días, Alfonso los había pasado dándole vueltas a la conversación que tenía que haber mantenido con su padre aquella noche, pero de entre todos los posibles desenlaces que había imaginado, le tocó el más imprevisible. Se había preparado su discurso al detalle para enfrentarse a Federico Martínez de la Cueva, el gran don Federico, uno de los jueces más respetados y un hombre tan admirado en las esferas públicas como estricto en su vida privada. Federico, a quien Alfonso nunca llamó papá porque era más apropiado llamarle padre, dos sílabas que marcaron la distancia en una relación más protocolaria que familiar. Ahora, cuando estaba a punto de alcanzar la treintena, había dejado de sentirse cómodo jugando a ser un adolescente sin más compromiso que el de satisfacer a su padre. Pero conocer a Luis le cambió para siempre y lo que comenzó siendo un divertimento y una relación intermitente terminó cambiando el rumbo de su destino.
Habían pasado tres años desde que decidieron formalizar su relación, aunque solo compartieran su intimidad con su círculo de amigos más cercano. Alfonso se negaba en redondo a acudir con Luis a cualquier acto público y cada vez que hablaban de vivir juntos sufría un ataque de pánico. ¿Y si a madre le da por venir a visitarme?… Desde un principio, Luis aceptó la clandestinidad de su relación hasta que pasados los dos años la situación comenzó a parecerle un juego absurdo e infantil. O estamos juntos en esto o yo me largo, había advertido unos días atrás antes de salir por la puerta. Alfonso no había sabido de él en toda la semana. Ni siquiera un mensaje o una llamada para tranquilizarlo. Llevaba días lidiando con la desesperanza y con la rabia, se daba la razón a sí mismo y se la quitaba a los pocos minutos, lo único que tenía claro era que quería pasar el resto de su vida junto a Luis, sin importar las consecuencias que esta decisión pudiera provocar en su familia.
¿Maricón?, la voz de su padre resonaba en su imaginación como un estruendo, ¿eres maricón? Y después de insultarlo Federico estallaría en una carcajada, la misma que había recibido como respuesta cada vez que había verbalizado cualquier ilusión nueva, la misma carcajada sarcástica y soberbia que provocaba en Alfonso una reacción inmediata por culpa de la cual se sentía el ser más insignificante y miserable del universo.
Como cada domingo, su madre había telefoneado al volver a casa de la iglesia. Tampoco entendía el sacrificio que le suponía a su hijo ir a misa con sus padres. La gente pregunta por ti y ya no sé qué inventarme, se lamentaba. Alfonso se disculpó y mencionó un caso muy importante en el que estaba trabajando, pero accedió a cenar con ellos esa noche. Tras colgar el teléfono el corazón le dio un vuelco porque estaba convencido de que aquella sería la noche en la que firmaría su libertad. Echó de menos a Luis. Quiso llamar a sus amigos para preguntar por él e incluso dudó en ir a dar vueltas por la ciudad hasta dar con él, pero de nada serviría, no hasta que no apareciera delante de él con una sola frase: Lo he hecho. Con los ojos inyectados por la emoción, se cambió de ropa y salió a reordenar las ideas durante su carrera matutina. Reprodujo los posibles diálogos futuros dentro de su cabeza. Apenas pudo comer. Descorchó una botella de vino, encendió la chimenea y se bebió dos copas mientras daba vueltas por el salón. Telefoneó a Diana. A mí me ha tocado ir a misa esta mañana con ellos, refunfuñó su hermana, además, esta noche tengo planes. Y, tras soltar una exagerada risotada, le deseó suerte.
El frío había dado la bienvenida al año nuevo y semanas después aún no había remitido. La temperatura se desplomó en los termómetros y a diario se alertaba acerca de posibles nevadas, pero los copos de nieve se convertían en agua antes de rozar las copas de los árboles o las azoteas de los edificios más altos de Madrid. Los niños caminaban hacia el colegio con la esperanza puesta en el cielo y la bufanda cortando su respiración y los más mayores rememoraban la nevada de años atrás y se convencían de que la nieve no cuajaría como lo hizo en aquel invierno de su niñez.
Antes de salir de casa, Alfonso le devolvió una sonrisa a la fotografía de Luis que había junto a la entrada, echó de menos su abrazo y las palabras que él sabía escoger para cada momento. Tecleó un mensaje en su teléfono y lo envió sin esperanza de tener una respuesta, se caló el gorro de lana hasta las orejas y salió a la calle. Escudriñó el cielo encapotado con la mirada y se alejó dejando un rastro de vaho tras de sí. Dio un ligero rodeo para entrar en el Parque del Retiro, quiso pasar por la misma puerta en la que se habían conocido tres años atrás. Un capricho del destino o un encuentro fortuito, según quién de los dos contara la historia. Su teléfono empezó a vibrar en el bolsillo del pantalón y al sacarlo vio un diminuto sobre parpadeando en la pantalla: «Estoy orgulloso de ti. Te espero en casa.» Alfonso leyó el mensaje varias veces. Sonrió, el entusiasmo humedeció sus ojos, apretó los puños dentro de los bolsillos del abrigo y sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos. Una sonrisa se dibujó en su cara y, con paso firme, continuó su camino. Estaba concentrado en la ligereza de sus zapatillas al desplazarse sobre la acera helada y en la incertidumbre que empañaba sus pensamientos, cuando un fuerte ruido le sobresaltó y vio aparecer por la avenida un coche azul a gran velocidad. Se quedó inmóvil, siguió su zigzagueo con la mirada hasta que golpeó una de las farolas, la luz empezó a parpadear en lo alto, el vehículo se elevó del suelo y una figura salió despedida del interior y aterrizó sobre una sábana de cristales. El coche volcado patinó unos metros antes de terminar hecho un amasijo de hierros empotrado en los contenedores que lo frenaron en seco. El eco del estruendo se mantuvo unos segundos flotando en el aire cristalizado.
Silencio.
Un coche frenó en seco junto al vehículo siniestrado, ¡llamen a una ambulancia, llamen a una ambulancia!, gritó el conductor mientras salía a toda velocidad. Alfonso no había reaccionado hasta ese momento, sintió una fuerte sacudida al escuchar los gritos y corrió hacia el cuerpo inerte de la mujer.
—¡Madre mía, madre mía! ¿Está muerta? ¿Crees que está muerta? —El conductor miraba a Alfonso y este negaba con la cabeza sin apartar la mirada del rostro ensangrentado de la víctima—. ¿Qué ha pasado? Ha salido de la nada…
—Sí, la he visto, la he visto… Ha sido todo muy rápido, creo que ha patinado en la curva, no lo sé, la carretera está helada… —Se giró hacia el conductor—: ¡Llame a una ambulancia!
—Tengo el teléfono en el coche —exclamó antes de ponerse de pie y salir corriendo.
—Madre mía, pobre chica… ¿Está muerta? —Una voz rota llegaba desde la ventana del primer piso del edificio más cercano. Alfonso ni siquiera se giró hacia ella. Cogió la mano de la mujer tendida en el suelo y apartó un mechón ensangrentado de su rostro.
—Hola, ¿puedes oírme? Si me escuchas aprieta mi mano, tranquila, todo va a salir bien. No me marcharé de aquí. Aguanta un poco, por dios, aguanta un poco. —Buscó auxilio con la mirada y se concentró en las caras de un grupo de personas arremolinadas a unos metros de distancia.
Los sollozos de la señora apostada en la ventana del primer piso eran cada vez más exagerados y se mezclaban con el murmullo de los que curioseaban desde el otro lado de la calle. Alfonso apretaba la mano de la desconocida sin dejar de murmurar palabras de ánimo, ¡llame a la puta ambulancia!, gritó al conductor del coche que en ese momento colgaba el teléfono.
—Llegará en un minuto —respondió con un hilo de voz.
—Llega en un minuto, ¿lo has oído? —Acercó su rostro al de ella—: No te dejaré sola, no te preocupes, pero tienes que aguantar, aguanta, por favor, aguanta… ¡Ya están aquí! ¿Oyes la sirena? —Atrapó la mano inerte entre las suyas y la sacudió con ligereza, el corazón le dio un vuelco; estaba sonriendo, tenía los ojos cerrados y su cuerpo no daba señales de vida y, sin embargo, una sonrisa se había dibujado en sus labios. El ruido de las sirenas silenció por fin el murmullo.
—Señor, tiene que apartarse. —La voz del enfermero lo levantó de un salto.
Aunque desorientado, no se apartó de ella, se esforzó para no perder detalle y, antes de que pudiera pararse a analizar lo ocurrido, estaba sentado en la sala de espera de un hospital con la ropa ensangrentada y la maleta de una moribunda a sus pies.
Con la mirada perdida en el dibujo que decoraba la pared, sus pensamientos saltaban por la secuencia de fotogramas que llenaban su cabeza. La escena se reprodujo a cámara lenta en su memoria, rescató detalles que le habían pasado desapercibidos y rebobinó una y otra vez hasta el momento en el que recibió el mensaje de Luis. Dio un respingo y confirmó la hora en su reloj de pulsera. Echó un vistazo a la pantalla de su teléfono móvil, 15 llamadas perdidas, y un sobre que le pareció que parpadeaba más rápido de lo normal. Ignoró los mensajes y marcó el número de teléfono de la casa de sus padres:
—Mamá, soy yo.
—¡Alfonso!, hijo, si al final no ibas a venir…
—Lo siento, mamá, ha pasado algo…, estoy en el hospital, de camino a casa ha habido un accidente y…
—¿Es él? ¡Dame el teléfono! —La voz de su padre interrumpió su explicación—. Pero ¿a ti te parece normal esto? ¿Quién te ha enseñado estos modales?
—Está en el hospital, Federico, ha pasado algo.
—¿En el hospital? ¿Qué has hecho? ¿Por qué estás ahí? Al menos podías haber avisado, ¿no te parece?
Alfonso apretó las mandíbulas antes de contestar:
—Lo sé, padre, lo siento. Iba hacia vuestra casa y ha habido un accidente…
—¿Un accidente? ¡Claro! Esa maldita moto tuya, solo a ti se te ocurre circular con esa moto con la helada que está cayendo, hijo, desde luego, es que nunca aprenderás.
—¡Padre! ¿Me dejas hablar? —interrumpió enfurecido—. No, no iba en la moto, ni tampoco me ha pasado nada, yo estoy bien. Gracias por preguntar. Iba hacia vuestra casa paseando y ha habido un accidente, había una mujer inconsciente y me he quedado con ella hasta que ha llegado la ambulancia, y ahora estoy aquí. Tengo su maleta, me quedaré aquí hasta saber algo más.
—¿Una mujer? ¿Quién es? ¿La conoces?
—¿Cómo que una mujer? ¿De quién habla? Ay, ¡Virgen Santa! —Visualizó a su madre santiguándose.
—No, no la conozco —soltó un suspiro inaudible—, pero no he querido dejarla sola, al menos hasta que llegue algún familiar.
—Bueno, hijo, ¡tú sabrás! Ahora irán a tomarte declaración, prepárate, la noche va a ser larga… ¡Maritina!, ¿quieres hacer el favor de callarte, por favor? —Carraspeó con fuerza—. Haz lo que creas conveniente, nosotros ya hemos terminado de cenar.
—Muy bien, padre. Buenas noches.
Colgó la llamada y desconectó el teléfono. Sintió lástima por su madre, ahora le tocaría a ella cargar con el enfado de su padre, ¿cómo se atreve a colgarme el teléfono?, exclamaría enfurecido y su madre sollozaría y se sentaría en un rincón del sofá con el rosario entre las manos. Estando allí, lejos de la casa de sus padres, y envuelto en el silencio de la noche en la sala de espera de un hospital, Alfonso sintió un alivio incluso mayor del que había planeado sentir antes de salir de su casa.
—Una noche complicada, ¿eh? —Juan se quedó junto a la puerta hasta que terminó de hablar. Alfonso agachó la cabeza y forzó una sonrisa.
—No es una de mis mejores noches, la verdad.
—Así que es cierto lo que decían los chicos… ¿No sabes quién es ella? —Se sentó dejando libres dos asientos entre ellos.
—No, no la conozco —respondió sin levantar la mirada—. Su coche se cruzó en mi camino y no he podido dejarla allí, me ha sonreído, ¿sabes? —miró a Juan con los ojos húmedos—, sé que me ha sonreído. Me quedaré hasta que llegue alguien de su familia, no puedo dejarla aquí… ¿Sabes cómo se llama?
Juan negó con la cabeza y con la sonrisa congelada en su rostro. Alargó la mano hacia la de Alfonso y le dio unas palmadas.
—En cuanto sepa algo, te informo. Quédate el tiempo que quieras —se levantó como si el cuerpo le pesara—, seguro que a ella le gustaría saber que te has quedado.
Alfonso rompió a llorar.
—Lo siento, yo, yo… Lo siento —dijo limpiándose las lágrimas.
—No sientas nada, has aguantado mucha tensión, ahora estarás mejor. Ya lo verás. —Se giró al llegar a la puerta y añadió—: Eres un buen hombre, Alfonso Martínez de la Cueva.
Al escuchar su nombre completo pensó en su padre. Y la pena se esfumó de su ánimo. Los imaginó a los dos, sentados en la penumbra del salón de una casa en la que se sentía un extraño a pesar de haber vivido tantos años en ella. Se preguntó cómo sería la familia de la desconocida. Y pensó en Luis y en lo mucho que le gustaría hablar con él, pero tenía la boca seca y la garganta vacía de palabras. Era extraño, pensó, que en medio de la ausencia y de la desesperanza, la soledad fuera el único consuelo.
Tres enfermeras cuchicheaban y bromeaban entre risas en el momento en el que los dos policías se acercaron hasta el mostrador de la recepción. Vaya, vaya, el agente Maldonado ha vuelto, bromeó una de ellas dirigiéndose al agente al que posiblemente doblara la edad. Sus músculos se tensaron debajo del uniforme, disimuló su sonrojo y sacó pecho junto a su compañero. Preguntaron por los pasajeros del vehículo siniestrado.
—La pasajera. Es una mujer. Viajaba sola —aclaró Juan incorporándose en una butaca roída al otro lado de la cristalera—. Pero hay un señor, bueno, un joven encantador… Está en la sala de espera —señaló con el dedo la puerta del pasillo—, iba paseando por la calle cuando se produjo el accidente, creo que lo vio todo, y se quedó junto a la víctima hasta que la trajeron aquí. —Levantó los hombros y las cejas al tiempo y agregó—: Parece ser que todavía queda buena gente por ahí.
—Parece ser que así es. —Repitió el compañero del agente Maldonado.
—Permítanme —exclamó Juan interponiéndose en su camino—, iré a avisarle, han sido demasiadas emociones en una noche. Denme un momento, por favor.
—Sí, por supuesto —contestaron al unísono.
Juan aceleró el paso y avisó a Alfonso acerca de la presencia de los agentes, este no puso ningún reparo a hablar con ellos, pero antes de ponerse en pie el celador señaló la maleta.
—¿Y si quieren llevársela? —preguntó.
—Sí, es cierto. Como se la lleven a ella le costará mucho recuperarla. —Alfonso miró en derredor.
—¡Listo! —Juan empujó la maleta con el pie hasta la esquina y la colocó entre la papelera y un expositor de publicidad.
Juan levantó el dedo pulgar y le hizo un guiño antes de asomarse, pueden pasar, exclamó. Maldonado entró en la sala de espera seguido por su compañero y tras hacer las presentaciones pertinentes hizo un gesto que hizo que todos se sentaran. Soy abogado, aclaró Alfonso antes de escuchar la primera pregunta. Los agentes intercambiaron una mirada de sorpresa.
—De acuerdo —dijo Maldonado—, solo necesitamos hacerle unas preguntas. Ya estamos al tanto de la situación y sabemos que no conocía usted a la conductora del vehículo, pero estamos encontrando ciertas dificultades para averiguar su identidad.
—¿Dificultades? ¿Qué tipo de dificultades?
—Bueno, verá —contestó—, como abogado entenderá que no digamos nada, aunque dada su generosa implicación no creo que haya inconveniente en aclarar que la propietaria del vehículo no es la misma mujer que está luchando por su vida en ese quirófano.
—¿Qué quiere decir?
—Veamos —sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo y lo abrió por la última página—, María Dolores Alegría Fernández, es el nombre de la propietaria que, según hemos podido saber, es azafata de vuelo y a esta hora se encuentra en Bogotá, ya hemos hablado con la compañía aérea para contrastar esta información con ellos.
—Quiere decir que la mujer que conducía…
—No podemos aventurarnos a decir nada —interrumpió—, todavía no hemos podido averiguar mucho más ni hemos creído conveniente alertar a la señorita Alegría, ya que podría tratarse de un familiar.
—Ya, comprendo —Alfonso empezó a balancearse en el respaldo de plástico—, siento no poder serles de más ayuda. Ella estaba…, no ha dicho nada, ni siquiera ha abierto los ojos. Yo solo la he cogido de la mano y he intentado mantenerla despierta hasta que ha llegado la ambulancia.
—Lo comprendemos, señor, y es muy honorable por su parte que esté pasando por esto —¿honorable?, se preguntó Alfonso, ¿qué hay de honorable en esto?—. Bien, le agradecemos su tiempo, es libre de quedarse aquí el tiempo que desee, pero posiblemente le necesitaremos para que declare como testigo. ¿Puede facilitarnos algún número de teléfono en el que podamos localizarle?
Alfonso sacó una tarjeta de visita de su cartera. El agente Maldonado la miró como si quisiera memorizarla, asintió y le tendió la mano, gracias de nuevo, señor Martínez de la Cueva. Estrecharon la mano y se miraron un instante.
—Gracias a ustedes —respondió Alfonso—. Si se enteran de algo, por favor…
—Se lo haremos saber, no se preocupe.
—Muchas gracias.
—A usted. Buenas noches.
Se escuchó un murmullo al final del pasillo antes de que las dudas volvieran a flotar en el silencio de la madrugada. La mirada de Alfonso se quedó suspendida en el vacío que acababan de dejar los agentes. Su presencia en el hospital le pareció absurda e innecesaria ahora que la desconocida ni siquiera tenía un nombre o una identidad que justificaran su existencia. Alfonso tuvo el impulso de echar a correr y de abandonar la maleta y su incertidumbre en la sala de espera. Él ya tenía suficientes problemas a los que enfrentarse, entre los que figuraba un padre al que planeaba haberle confesado su homosexualidad esa misma noche para comenzar una nueva vida con Luis, sin máscaras ni mentiras. Estaba malgastando la oportunidad que su novio le había regalado por culpa de una desconocida a la que quizá no volviera a ver nunca más. ¿Qué intento demostrar? Se levantó como un resorte y con idéntica rapidez volvió a sentarse.
— Le he prometido que me quedaría a su lado —se dijo para convencerse—. Se lo he prometido.
—¿Blanca?
—Sí…, ¿quién es?
— Soy yo, Lola, perdona que llame tan tarde.
—¿Lola? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —Se incorporó en la cama y palpó la pared en la oscuridad hasta dar con el interruptor de la luz—. ¿Dónde estás? Me sale un número rarísimo en la pantalla…
—Estoy en Bogotá. Siento llamar tan tarde, pero llevo toda la tarde intentando hablar con Claudia y no la localizo, ¿la has visto?
—¿A Claudia? —El cuerpo de Blanca se puso en alerta—. Sí, bueno, la vi anoche, pasamos la noche juntas, pero esta mañana me dijo que iba a ir a verte… ¿No se quedaba en tu casa unos días?
—Sí, sí, ese era el plan —Lola sonaba nerviosa al otro lado del auricular—, ha llegado esta mañana antes de que me fuera. Me ha dicho que se quedaría en mi casa un par de días, hasta que yo volviera, pero no sé…, la he notado un poco rara. A lo mejor sigue durmiendo la mona, ya me ha contado que estuvisteis de cháchara hasta las seis de la mañana.
—Sí, ni en los viejos tiempos, hija. Vaya nochecita me ha dado, ¿te ha contado algo? —preguntó intrigada.
—¿Qué es lo que tiene que contarme?
—No, nada, era por si te hubiera dicho algo…
—No, solo que no le apetecía ir a dormir a casa, que iría a recoger una maleta antes de venir, pero no me ha dicho nada más…
—¿Una maleta?
—Ay, yo qué sé —la voz de Lola empezaba a relajarse—, cuando tu hermana se pone en modo jeroglífico… Si hablas con ella me mandas un mensaje, por favor. Así me quedo más tranquila. Seguramente esté dando vueltas con mi coche, ya sabes que cuando a tu hermana le da por hacer cosas raras…
—¿Con tu coche? ¿Y el suyo?
—Está en el taller, creo… por eso me pidió el mío.
—Ah, no me dijo nada ayer —Blanca saltó de la cama y empezó a desvestirse—, bueno, voy a intentar localizarla y si no, me acerco a tu casa…
—Tampoco es necesario, mujer, seguro que da señales de vida después de la resaca…
—No me importa, ¿qué hora es? La una menos cuarto, tampoco es tan tarde. Voy a avisar a Mateo, debe de haberse quedado dormido en el sofá otra vez. —Se calzó las botas y bajó las escaleras a toda prisa—. Te llamo en cuanto sepa algo. Gracias por llamar, Lola.
—Como veas, llama cuando sea. Dejo el teléfono encendido.
—Oye, era el quinto derecha, ¿verdad?
—Sí, portal veintidós, quinto derecha.
—Ok, te llamo.
—Un beso, Blanca.
—Otro.
Mateo se despertó sobresaltado y enfocó la mirada sobre su reloj.
—Es la una de la mañana, ¿dónde vas a estas horas?
—Shhh… Sigue durmiendo, no pasa nada… Acaba de llamarme Lola, está en Bogotá, lleva todo el día intentando hablar con Claudia, pero no la localiza. —Blanca hablaba mientras rebuscaba entre los abrigos del armario de la entrada.
—¿Cómo? Pero ¿qué ha pasado? —Mateo se frotó los ojos con las manos.
—Nada, no ha pasado nada, pero Lola me ha dicho que Claudia y ella habían quedado en hablar esta noche y al final no la ha localizado. Seguramente no será nada, ya sabes cómo es mi hermana, pero así me quedo más tranquila. —Sacudió la mano en el aire—. En seguida estoy de vuelta, no me esperes despierto.
—¿En serio vas a ir a buscarla? Es la una de la mañana, Blanca, cariño —Mateo caminó detrás de ella—, Claudia estará durmiendo…
—Sí, seguramente… Pero tengo un pálpito.
—¿Un pálpito? —Hizo un chasquido con la lengua y levantó las palmas hacia el techo—: Cariño, lo que has tenido es una llamada a la una de la mañana de la loca de su amiga que, conociéndola, imagino que habrá sido una llamada de todo menos tranquilizadora. Lo más probable es que tu hermana haya salido con alguien y… ¿está saliendo con alguien?
—No, Mateo, Claudia no sale con nadie. —Fulminó a su marido con la mirada.
—De acuerdo, ¿dónde vas a ir a buscarla? ¿Quieres que te acompañe?
—¿Y qué hacemos con los niños? ¿Los metemos en el asiento trasero? —Se acercó hasta él y le dio un fugaz beso en los labios—. Te llamo en seguida. Te lo prometo.
—Seguro que está saliendo con alguien —musitó Mateo tras el portazo de Blanca.
Blanca aparcó a unos metros de distancia del portal de Lola, en la zona de carga y descarga. Se tropezó dos veces con sus propios pies y dejó el dedo pegado en el botón plateado junto al único cinco del panel. Sacudió la mano en el aire, dio dos pasos atrás y paseó la mirada por las ventanas del edificio. Todas las luces estaban apagadas. Pegó de nuevo la yema del dedo al botón de llamada y presionó hasta casi hacerlo desaparecer. ¿Necesita ayuda?, preguntó alguien a su espalda. Una pareja acababa de pararse detrás de ella y la observaba con curiosidad. Blanca se miró a sí misma de arriba abajo antes de apartarse de la puerta, dijo el nombre de Lola y mencionó a su hermana. Los jóvenes intercambiaron la mirada, es la azafata, aclaró el más alto antes de sacar unas llaves del bolsillo. Sí, corroboró Blanca, es la azafata, agradeció que le cedieran el paso y pidió disculpas antes de que se cerrara la puerta del ascensor. ¡Gracias!, gritó mientras empezaba a ascender.
Pegó la oreja a la puerta de la casa de Lola. Silencio. Llamó al timbre insistentemente, vamos, Claudia, vamosssss. Pasados unos segundos empezó a aporrear la puerta.
—No hay nadie —susurró una voz a su espalda, al volverse vio a una mujer diminuta parapetada detrás de la puerta vecina.
—Lo siento mucho, señora, siento haberla despertado —musitó Blanca con las manos pegadas a modo de súplica—. Soy amiga de Lola y mi hermana se quedaba hoy en su casa, llevamos un rato intentando localizarla, pero no la encontramos…
—¡Pst!, ya sabía yo que había pasado algo… La policía no aparece porque sí en una noche tranquila…
La mujer diminuta cruzó los brazos para cerrar su bata y salió al descansillo. Tenía los párpados hinchados y las sombras bajo sus ojos formaban dos medias lunas perfectas que le llegaban hasta las mejillas. Blanca aspiró el familiar aroma a suavizante de ropa que llegaba desde el interior y dio un paso hacia ella.
—¿Ha venido la policía? ¿Esta noche? —Blanca levantó la voz y la mujer diminuta retrocedió—. ¿Ha hablado con ellos? ¿Qué le han dicho?
—No me han dicho mucho, la verdad… Llegaron preguntando por Lola, es la azafata que vive aquí, ¿sabe usted? —agachó la cabeza y agitó su cabello despeinado—, sí, claro que lo sabe, si usted es su amiga… Ya le digo yo siempre a Lola que los aviones son peligrosos, pero ella es tan valiente, y tan buena chica, ¿verdad? Mire que es buena chica, no sé cómo no se ha casado todavía…
—Señora, señora —Blanca titubeó antes de suavizar su tono de voz—, Lola está bien, tranquila, he hablado con ella hace un rato y está bien… La que me preocupa es mi hermana Claudia, ¿la conoce? Viene mucho a visitar a Lola, es su mejor amiga, es alta y tiene el pelo largo y castaño, y también es simpática…
—Ah, sí, sí que me suena… Es la chica de los ojos redondos y de los abrigos bonitos, ¿verdad? Su hermana siempre lleva abrigos muy bonitos.
—Sí, esa es. —Blanca brincó dentro de su cuerpo.
—No, no la he visto, lo siento —se quedó pensativa antes de continuar—, lo cierto es que hace días que no la veo…
—¿Y qué le ha dicho la policía? ¿Lo recuerda?
La señora diminuta echó la cabeza hacia atrás y le dedicó una mirada de desconfianza antes de responder.
—Por supuesto que me acuerdo, ¿por qué no iba a acordarme? —Negó con la cabeza—. Pero no sé qué es lo que querían, solo preguntaron por Lola. No me dijeron mucho más —metió la mano en el bolsillo descosido de su bata y sacó un trozo de papel arrugado—, uno de los agentes, bastante guapo, por cierto, ha sido muy amable y antes de marcharse me ha dejado anotado su número de teléfono para que llamara si sucedía algo extraño… —Escudriñó a Blanca antes de ofrecerle el papel y añadió—: Ahora que lo pienso, esto de que usted esté aquí de madrugada es algo extraño, ¿deberíamos llamarle?
—Por supuesto —respondió Blanca.
Cogió el papel en un movimiento rápido y, con los dedos temblorosos, marcó en su teléfono móvil el número escrito en el papel arrugado. Clavó la mirada en el cabello despeinado de la mujer diminuta que giraba su cabeza hacia lo alto de la escalera, la puerta vecina, los dedos largos de la desconocida o el silencio de su propia casa. Claudia, dónde estás, Claudia, murmuraba Blanca mientras esperaba respuesta.
—¿Hola?, sí, hola, buenas noches, no sé con quién hablo… Mi nombre es Blanca Lorca, soy amiga de Lola…, de María Dolores Alegría, he venido a su casa a buscar a mi hermana, se supone que hoy dormía aquí, pero me han dicho que la policía ha venido hace un rato… —Caminaba de un lado a otro hasta que la voz al otro lado la interrumpió—. Sí, claro, disculpe… Es que estoy muy nerviosa… Sí, estoy aquí, en la puerta de su casa, ¿ahora?, muy bien, de acuerdo…, de acuerdo…, ¿me puede explicar qué es lo que ha pasado…?, claro, lo entiendo, sí, aquí espero… Sí, bajo ahora mismo… Muy bien.
Blanca colgó la llamada y lanzó el teléfono al fondo de su bolso, se giró hacia la puerta del ascensor y entró en él de un salto. ¡Tengo que irme!, exclamó mientras la puerta se cerraba, gracias por todo. La sonrisa se diluyó en el rostro de la mujer diminuta y un atisbo de decepción ensombreció su mirada. Por si necesita cualquier cosa, escuchó Blanca antes de empezar a descender. Dónde estás, Claudia, dónde estás… Preguntaba nerviosa a su reflejo del espejo. Corrió hacia el portal y frenó en seco sobre el bordillo. Podía escuchar los latidos de su corazón en la tranquilidad de la noche solitaria y, durante la eternidad de un minuto, se concentró en la rigidez de sus músculos. Las luces silenciosas de un coche de policía doblaron la esquina al final de la calle y el vehículo frenó en medio de la densidad de una neblina azulada. La puerta se abrió frente a ella y un agente se apeó a cámara lenta:
—Buenas noches, señora, ¿es usted Blanca Lorca?
Blanca asintió con la cabeza y arrastró el peso de sus piernas hasta el coche.
—Entremos o acabaremos los dos congelados —dijo el agente, y protegió con su mano la cabeza de Blanca para evitar que se la golpeara al entrar en la parte trasera.
—Buenas noches, señora —saludó el compañero antes de que el vehículo se pusiera en marcha.
Maldonado se presentó y comenzó a hablar. Su voz sonaba pausada en medio de los pensamientos atolondrados que circulaban por la cabeza de Blanca. El coche azul, el Parque del Retiro, Bogotá, el desconocido de la sala de espera… Las palabras, desordenadas y confusas, flotaban en el interior del vehículo y se deshacían antes de llegar al asiento en el que Blanca seguía muda. Cuando escuches un pitido en tu oído derecho es porque estoy pensando en ti, aunque rejuvenecida por los recuerdos, la voz de Claudia sonaba cercana, ¿y si es el izquierdo?, habría contestado ella. Si es el izquierdo es porque algo malo he hecho. Las calles se estrechaban a su paso y los semáforos cambiaban de color para controlar una circulación inexistente. La incredulidad de Blanca se esfumó de su mirada cuando vio una figura inerte catapultada bajo un montón de cartones en la marquesina de una parada de autobús. Sacudió la pena de su cuerpo y se concentró en los recuerdos que ella y su hermana habían dejado abandonados en esas mismas calles años atrás. El agente de policía se giraba hacia ella cada vez que terminaba una frase, pero Blanca ni siquiera gesticulaba. Se mantuvo todo el trayecto con los párpados abiertos y la concentración puesta en el asfalto húmedo y en las luces que brillaban en una madrugada carente de anécdotas para el resto del mundo.
