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Cuando Sofía Brenner se enamora de Luca Bonicelli durante un viaje a Cerdeña en el que acompaña a su marido, un multimillonario magnate británico, comienza a vivir una serie de coincidencias —sincronicidades— a las que se aferra para tomar un nuevo rumbo. De regreso a su rutina en Cheshire, viviendo de los recuerdos con la ayuda del "duende de la memoria", Sofía se debate entre las obligaciones morales y lo que le dictan sus sentimientos. El verdadero camino de Sofía la reclama, y las sincronicidades le recuerdan que no es tarde para andar en esa dirección. ¿Será finalmente el azar quien le presente la oportunidad de tomar una decisión definitiva? Los lectores han dicho... "¡Me ha encantado! Prácticamente me lo he devorado en un fin de semana porque no lo pude dejar hasta que lo terminé... La historia es muy romántica, y hay sentimientos de la protagonista con los que me sentí muy identificada. ¡Un libro muy recomendable, bien escrito y muy ameno!" "Preciosa historia de amor. Me ha encantado, tanto el estilo como el relato. La novela no te deja indiferente". ""Todos los caminos" es una novela fantástica donde el cruce de caminos te lleva por una serie de coincidencias que te hacen sentir cada vez más atraído por la lectura o para saber qué ocurre al final. Me ha encantado y espero leer la siguiente obra muy pronto". "¡¡¡Una novela maravillosa!!! Te deja enganchada desde el primer momento, no puedes parar de leerla hasta que te la terminas entera".
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Veröffentlichungsjahr: 2016
© Cristina Corsali
© TODOS LOS CAMINOS
ISBN papel: 978-84-686-8646-2
ISBN digital: 978-84-686-8657-8
Depósito legal: M-25280-2016
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
Quería mostrar mi agradecimiento a:
Beatriz Albo, Nuria González Elvira y Eduardo Núñez
Para Carl Jung, la sincronicidad (término acuñado por él en 1930, y que define como “coincidencia con significado para la persona que la vive”) era una ley universal cuyo fin no es otro que el de orientarnos hacia un crecimiento evolutivo de la conciencia. En otras palabras, una ayuda o “pista divina” para reorientar nuestras vidas y unirnos a nuestro “verdadero destino”.
Según Braud y Anderson, la sincronicidad es “una coincidencia significativa entre un estado interno, usualmente de necesidad, y un evento externo inexplicable que corresponde a/o responde la necesidad”.
Robert Hopcke describe los acontecimientos sincronísticos como “sucesos impredecibles que no están relacionados con una cadena lineal de causas y efectos; suponen un profunda experiencia emocional; tienen un fuerte significado simbólico y ocurren en momentos de profundas transiciones en nuestras vidas”.
Zancolli es claro y preciso: “Nada ocurre accidentalmente. Sólo cometemos los errores que tenemos que cometer para aprender. Hay un orden superior, una especie de agencia que se está ocupando de cada uno de nosotros y nos pone en el camino las cosas que necesitamos, para encontrar la dirección que tenemos que llevar. Ese orden superior conoce tus necesidades, tu destino….Estas “casualidades”, que por ley de probabilidades serían imposibles, son frecuentes cuando atravesamos crisis o transformaciones profundas, tales como un enamoramiento, una muerte…. “En los estados emocionales fuertes, el alma hace un salto cuántico, lo que permite un reencuentro con ese sendero prefijado. A partir de allí muchas personas cambian su perspectiva, sus valores, y modifican su rumbo”.
CAPÍTULO I el duende de la memoria
Una sensación, eso es lo que apenas quedaba, pero aún tan potente que era capaz de encoger mis intestinos cuando el duende que habitaba en mi memoria se trasladaba por el entresijo de mi cerebro para devolverme aquella ansiada imagen. En la encrucijada de caminos que recorría hasta que alcanzaba “el sentimiento”, el duende miraba de reojo los endurecidos y viejos resquicios de lo que un día hubo, de lo que un día fue: los primeros recuerdos de una niña, momificados y todavía perfectos, inmóviles y atrapados en las telas de araña de los años… y cuando el duende llegaba a la franja de lo más reciente, encontraba ese recuerdo, vivo, como una Magnolia Estrellada en una mañana soleada y fresquísima. Ahí estaba otra vez esa presencia, arraigada a mi mente como esa flor resistente que se había enraizado a la tierra hacía ya noventa y cinco millones de años. Aquella visión se aupaba en mi subconsciente, estirándose para que la tomara, pero entonces, yo miraba hacia afuera esperando encontrar el primer petirrojo del invierno, a ver si así, mi retina captaba otras imágenes para que mi cerebro interpretara otras sensaciones, aunque fueran frías y tristes y exentas de toda fuerza, como esas que no te sacuden las entrañas ni te cortan la respiración. Así era mejor, no quería sufrir más. Prefería vivir anestesiada, sin dolor, sin añoranza.
Ahora que pasaba de los cuarenta me había hecho hábil esquivando emociones que pudieran fatigar mi corazón, macerado en melancolía desde hacía mucho tiempo. Ahora, los únicos escalofríos que sentía eran los provocados por las ondas que generaba ese caprichoso espíritu de la memoria, que se pasaba horas detenido en la frontera de los recuerdos nuevos o recorriendo los túneles oscuros del pasado, por donde se escapaba a veces un bullicio, y de cuyos recovecos antiguos llegaban de vez en cuando olores, caras, miedos escondidos en ranuras que no terminaban de cerrarse, sin costuras ni cremalleras. Del recuerdo más reciente, del único, me quedaba la sensación de aquel roce, del sobresalto, de un deseo apresado en un pliegue por donde escapaba el tallo de esa imagen, haciéndole cosquillitas a la amígdala —esa parte del cerebro encargada de las emociones — para que yo experimentase sentimientos renovados de anhelo.
—¿Por qué lloras? —me había preguntado seis meses atrás Mía, mirando, extrañada, mis ojos secos y asustados.
—No estoy llorando —respondí sorprendida.
—Pero estás muy triste —puntualizó. Comprendí entonces que mi hija, de cinco años, sabía interpretar mi alma, que aquella mañana se me desparramaba por los ojos sin que nadie más pareciera darse cuenta.
Yo me imaginaba el alma como un firmamento poblado de estrellas y nebulosas que coloreaban el pequeño universo de mi mente. Mi alma se mezclaba con la memoria, abarcando también un espacio de mi cerebro, un cosmos de compuestos químicos, donde el pasado había quedado atrapado y donde gravitaban mis sentimientos, y donde el presente, hilvanado y provisional, era un mero puente al futuro. Pero en vez de calor y energía, irradiaba ansias y tristeza y Mía se dio cuenta, acurrucada en mi cama, disfrutando de la temperatura perfecta que el cuerpo de su padre y el mío habían generado a lo largo de la noche.
Desde entonces, mi hija pequeña se convirtió en el termómetro de mis emociones. Era una niña extremadamente sensible, aunque estoy segura de que los demás también se habían empezado a dar cuenta de mis incipientes ataques de nostalgia, pero preferían ignorarlos. Mi marido quizás los espantara como pájaros de mal agüero, no fuera a ser que si me prestaba mucha atención yo lo malinterpretara como una invitación a sincerarme. Hacía tiempo que él no quería saber nada de malas noticias. Había dicho no, a cualquier posibilidad que le pudiera aguar la fiesta. “La fiesta” era su vida, y ya por aquel entonces parecía temer que le quedaba poca, así que se aferraba a ella como un perro a un hueso, relamiendo cada pizca de su sabor.
Su presencia era para mí como un “otro yo”, como una sombra gigante que no me abandonaba, como una extensión de mi vida, pero mejor equipada para negociar este trayecto que nos había tocado vivir, o que nos habíamos empeñado en vivir, según como se mirara. Michael hacía llevadero este avanzar hacia adelante. Además, era como un posibilitador de sueños, como el genio de la lámpara.
Después de varios años de convivencia dejé de desear ir de vacaciones a mi isla sin él. Se había convertido a la fuerza en un apéndice de mi cuerpo, como mis dos hijas. Ellas eran como dos extremidades que realmente nunca salieron del todo de mis entrañas, sino que se me quedaron ahí, conectadas para siempre, haciendo y deshaciendo a su antojo y descontroladamente sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Parecía como si los cuatro estuviésemos destinados a vivir muy juntos, pegados. En el coche, Natalia había dicho una vez que éramos una familia cuadrada, dos adelante y dos detrás, cuatro ángulos unidos por unos lados invisibles, aunque a mí no me parecía que nuestro perímetro fuera tan perfecto. Éramos a veces un remolino caótico por donde llegaban a salir chispas, un sumidero por donde se ahogaron tantas cosas que nunca fueron dichas por culpa de tantas interrupciones infantiles.
En más de una ocasión busqué en algún libro de psiquiatría la fórmula para entender esas fuerzas centrípetas que me atraían hacia mi familia para luego, en ocasiones, lanzarme disparada sin querer saber, oír, ver a ninguno de ellos, saturada hasta el repudio, reclamando a gritos mi individualidad y mi espacio. Pero yo era un bumerang que siempre regresaba obedientemente y comprendía que yo tenía, al fin y al cabo, instinto maternal y un férreo sentido del deber.
El magnetismo que Michael ejercía sobre mí era lo suficientemente fuerte como para mantenerme junto a él en lo bueno, y en lo malo. Como la luna, manejaba mi rítmico ir y venir. Yo permanecía a su lado como un yoyo. Estábamos unidos por un hilo imaginario que nada ni nadie podría romper, pero que era igualmente flexible, y se giraba sobre sí mismo y a veces hasta se enredaba o se trababa con algo, o alguien.
Al día siguiente de nuestro regreso, hacía ahora medio año, amanecí sin apetito. Fue la primera de muchas mañanas que no pude desayunar y apenas probaba bocado durante el almuerzo o la cena. Por la noche nos sentábamos todos juntos alrededor de la gran mesa de caoba y tenía que hacer un esfuerzo para aparentar que estaba comiendo, pero mi estómago había quedado tapiado por los escombros que detonaba aquel recuerdo. No había entrada en aquella cavidad bloqueada que sufría estremecimientos y sacudidas cuando el duende se arrastraba por la memoria aún en carne viva y se entretenía en aquella imagen fresca, recientísima. Mi corazón, que durante años había acumulado gran cantidad de tristezas y que empezó a sanar cuando conocí a Michael, sufría ahora los temblores posteriores al terremoto que había provocado en mí aquel encuentro. Al cabo de una semana fue Mía quien me dijo: “mami, estás muy delgada” y yo sentí como en la cama, Michael, aparentando que dormía, había abierto un ojo para mirarme.
Los científicos ya habían descubierto que la pena se procesa en esa parte del cerebro responsable del dolor físico. Y yo sabía que era verdad, lo había podido comprobar, porque lo que experimentaba por aquellos días era un daño insoportable que me cegaba y ahogaba y evitaba que funcionara con normalidad, como si mi interior se hubiera transformado en una llaga gigante que dolía al palpitar, haciendo debilitar cada vena, cada arteria, cada órgano de mi cuerpo.
Me enfrasqué entonces en mi rutina, porque así, mientras padecía esta incapacidad fisiológica, no me hacía falta pensar ni planear lo que debía hacer ni quemar más energía de la necesaria. Todo lo llevaba a cabo automáticamente, sin meditar y sin contemplaciones. Ejecutaba, con la eficacia que mi maltrecha mente y mi cuerpo me permitían, los movimientos ensayados durante años —ducharme, vestirme, maquillarme, llevar a las niñas al colegio— y como hacía tiempo que no le sonreía a nadie durante la aburrida cotidianeidad del ámbito doméstico, no levanté sospechas inmediatamente. Incluso cuando escuchando música latina, a las pocas noches de haber regresado de aquel viaje, las lágrimas empezaron a quemarme los pómulos y la angustia dio fuelle al rojo de mis ojos, la escena se achacó a la morriña de mi tierra. Y es que, de vez en cuando, por culpa de la distancia, me asaltaba una especie de desazón que comenzaba por la planta de los pies y me subía como una Anaconda por la entrepierna hasta aplastarme el pecho, para luego rodearme la tráquea y apretar hasta que sentía que me atragantaba. A veces, y por culpa de determinadas canciones del pasado, la pena me asaltaba en forma de arcada lenta y debilitante. Yo ya me había acostumbrado a esos despliegues de añoranza violenta, suscitados por los recuerdos clasificados en el catálogo musical de ese espacio donde habitaba el duende. Pero esta vez era distinto. Esta vez, esas gotas saladas que salpicaban mi blusa o se me colaban nuevamente por la boca abierta en una mueca callada, después de zigzaguear por las arrugas de mi cara contorsionada, no fluían por la distancia que me separaba de mi patria.
Ahora, seis meses más tarde, todavía me estremecía si permitía que el duendecillo hurgara de nuevo con su impertinente curiosidad aquella situación surgida durante aquel viaje. Por eso prefería obligarme a entretenerme con otras cosas: con el jardín helado y triste a través de la ventana mientras degustaba un expreso, con la ensalada que había empezado a preparar… pero cuando parecía que ya estaba recompuesta de tanta sacudida y de tanta decepción contenida, siempre pasaba algo que despertaba al duende explorador. Hoy, había tomado uno de los tomatitos diminutos y de un rojo brillante intenso, lo había llevado hasta el grifo, lo había lavado, lo había secado con parsimonia, me lo había metido en la boca y lo había mordido, y entonces había comprendido que siempre me iba a perseguir este fantasma, que ya jamás podría conformarme con ser quien era, que por el resto de mis días, hasta que mis hijas crecieran y se hicieran mujeres, iba a tener que arrastrar esta aflicción, este vacío. Cerré los ojos y continué masticando el minúsculo tomate, que había explotado suavemente en mi boca y cuya pulpa estimulaba mis papilas gustativas con la inmensidad dulce de todo el sol acumulado en sus átomos, madurados en tierras fértiles y calientes, como aquellas en las que yo había nacido. Miré el recipiente de plástico, buscando el lugar de procedencia del fruto, pero yo ya lo sabía, ya me imaginaba de dónde venían porque en los meses pasados todo se había confabulado para recordarme ese lugar continuamente, entorpeciendo mi papel de ama de casa siempre atenta, cuidando que los uniformes de las niñas estuvieran impecables, ocupándome de que cada comida fuera, no solo nutritiva, sino al gusto de todos, apoyando a Michael en su trabajo y escuchando sus eternas peroratas si hacía falta.
Los sabores, como los aromas y la música, siempre me habían transportado a otros tiempos o a otros países y me acordé de cuando en una ocasión las amigas de mi hija mayor habían venido a almorzar a casa. Les había preparado unos pequeños chorizos a la plancha, y se los serví anunciando que aquellas salchichas teñidas de pimentón picante contenían todo el sabor de mi tierra, y les pedí que cerraran los ojos para así sentir que estaban en España. A Natalia le había dado vergüenza aquella ocurrencia mía.
Ahora yo estaba inundada por otro sabor, mi lengua me conectaba a otro lugar, mi cerebro se afanaba en procesar otra cultura, a la que yo me había enganchado sin remedio, colgada, como de un tranvía, a otra forma de hacer las cosas. Maldita sea, hasta en el verde y frío condado de Cheshire no estaba a salvo de la tan descarada omnipresencia de aquel país mediterráneo, que como un virus se había multiplicado y cuyos tentáculos penetraban todas las fibras de la sociedad británica. Los restaurantes más populares y concurridos, el cuero más fino de mi cinto hecho a mano, la botella de vino con la que ahogué mis penas la noche después de nuestra llegada de aquel viaje, hasta en mi bolso favorito descubrí que la hebilla había sido fabricada con acero de allí. Y por si fuera poco, el murmullo de la televisión siempre me traía noticias, cuando no de vacaciones irresistibles y de platos de cocina sencillos y sabrosos, de chanchullos políticos o del último modelo del deportivo más veloz. Bajé la vista con resignación para que mi mirada se encontrara con la inevitable procedencia de los tomates: variedad Piccolo, cultivado por Rosario Tomasi, ITALIA.
El duende le dio un pellizco al recuerdo, y entonces, aquellos ojos color verde aceituna me quemaron con un fogonazo, y ya no pude contener el llanto.
CAPÍTULO II
Después de dos lentos y monótonos meses, y ya sumaban ocho, decidí que era el momento de acabar con este luto imaginario, adoptado por una relación que se había roto antes de que existiera, antes incluso de que hubiera podido existir.
En la pantalla del ordenador, que como un marco apresaba su luminosa imagen, Luca Bonicelli me devolvía la mirada sin saberlo. Había decidido volver a “verle” por última vez para decir adiós, aunque tuviera que ser una despedida virtual e imaginaria y no fuera mutua. Confiaba en que si me decidía a olvidarle, terminarían también las coincidencias diarias, las que tentaban al duende a cualquier hora y en cualquier momento y no le daban tregua: sentarme en un café junto a un desconocido que me empezaba a hablar y que se llamaba como él; que una madre del colegio me ofreciera un bombón de chocolate y Prosecco y al comerlo me dijera: “te has transportado a otro lugar, ¿verdad? me alegro por ti…”; que abriera el periódico con desgana y por cualquier página y me topara con un artículo sobre Roma… y así cada día, cada semana, cada mes.
En la imagen de Google, Luca tenía la cabeza algo ladeada y me pareció que me contemplaba con un gesto de perdón. Lo observé detenidamente y lamenté que estuviera detrás de una pantalla plana, que no pudiera palpar el relieve del hoyuelo de su barbilla, su piel recién afeitada, oler su fragancia. Su rostro reflejaba signos contradictorios. Parecía una persona campechana, sin pretensiones, pero aguda a la vez, “muy cool”, como dirían mis hijas. No podía descifrar el enigma de su personalidad a través de sus ojos color aceituna, bordeados por una leve sombra oscura. Parecía como si los hubiese llevado pintados y ahora el color se estuviera desvaneciendo, eran como dos puertas abiertas, pero inaccesibles.
Le tenía frente a mí, sin saber realmente qué tipo de persona era, pues simplemente habíamos compartido una cena, y sólo se me ocurrió atribuirle la cualidad de un hechicero, un profesor de secretos que había logrado intoxicarme con algún sahumerio. ¿Quién era ese desconocido, que desde hacía tanto tiempo corroía mi memoria mientras mi pobre y esmerado duende desmenuzaba hilachos de un momento que fue muy corto y que yo hubiera querido prolongar infinitamente?
No me habría importado que la escena de aquella noche, durante el viaje que me había cambiado para siempre, se hubiera repetido una y otra vez en la vida real, como en un escenario permanente, sin público ni espectáculo, sólo para él y para mí, un rato que se expandiera como el universo siempre sorprendente, y quedar allí, atrapados en nuestra exclusiva galaxia, experimentando la felicidad, porque aquello era la felicidad, yo la había sentido, la había palpado, la felicidad que llega de golpe cuando no te lo esperas y te demuestra que lo que has vivido en otras ocasiones no es más que un sucedáneo de la verdadera emoción. Yo hubiera cambiado mi vida entera, mi pasado, mi presente y lo que estuviera por venir de mi futuro, por haber quedado anclada en aquella noche, por revivir el deseo incontrolado y explosivo de la química que encuentra siempre su camino entre los seres más dispares. Yo hubiera querido tocar, hundir suavemente las yemas de mis dedos en su brazo, tomar su mano y apretarla, sentir mis colmillos en su clavícula para ver si era de carne y hueso. Me hubiera gustado acercarme a su cuello y rozar con la punta de mi nariz su pelo negro y luego apartarme para mirarle a los ojos y negociar la intensidad de sus deseos y hacerle estremecer con un gesto sensual e inesperado. Pero… mi vida no me pertenecía y mi sentido del deber y las expectativas inculcadas en la infancia, me habían golpeado sin piedad, intentando deshacer las burbujas que habían surgido sin remedio y a borbotones desde el mismísimo centro de mi cuerpo.
—Luca, ¡qué ganas tenía de hablar mi idioma con un adulto! Michael no me dijo que hablabas español.
—Mi abuela era andaluza y yo pasaba mucho tiempo con ella. Aprendí sin darme cuenta, no me quedó otro remedio. ¿Cuándo estuviste en Canarias por última vez, Sofía?
—Hace mucho, mucho tiempo… ¿sabías que soy canaria?
—Me lo dijo Michael, habla mucho de ti, por lo menos las veces que nos hemos reunido… ¿no echas de menos a tu familia? ¿No estás en contacto con ellos?
—No, ya no, pero prefiero no hablar de eso…
¿Quién era este hombre que se asomaba desde mi ordenador para mirarme con esos ojos claros, esa boca que esbozaba una sonrisa a medias? Era una pose profesional, pero yo me lo tomé personalmente, como si esa imagen, tomada incluso antes de conocerme, hubiera sido ensayada para este momento, para asegurarme que lo sentía profundamente y que me pedía perdón. Yo lo interpreté así, y luego me di cuenta de que estaba enamorada de una idea, que yo no podía sentir nada realmente por un hombre prácticamente desconocido, por esa imagen que me devolvía la mirada, con esa corbata que yo jamás había visto antes, con esa piel que nunca había acariciado, con esa particular expresión que nunca conocí en vivo. Yo estaba obsesionada con un recuerdo que había recubierto mi corazón con una costra de alquitrán y sal desde donde surgían las lágrimas de los últimos tiempos y donde mi sensatez se debatía como una gaviota atrapada en una marea negra. Mi órgano vital, en vez de bombear sangre, emanaba una viscosidad pegajosa y oscura, y por eso yo vivía sin vivir desde hacía tanto tiempo, porque me había infectado de una dolencia de la que me creía inmune, la enfermedad del deseo imposible, de lo que se quiere, pero no se puede tener.
—… a las niñas les hablo en español, sí, pero suelen contestarme en inglés.
—Pero, ¿quieres que te contesten en tu idioma? Hay formas de …
—Sí, sí, lo consigo, es duro, pero lo logro al final.
Cuando llegamos de aquel viaje no sabía si iba a poder levantarme de la cama al día siguiente. Y no lo hubiera hecho, pero la idea de tener que dar explicaciones y de que se formara un escándalo actuaron como un resorte, además, mis hijas me necesitaban entera, no como un alma en pena que se arrastrara por la casa haciendo sus menesteres y dando órdenes a los demás. Hacía tiempo que me había ganado el título de la mejor anfitriona del condado de Cheshire. Nuestros invitados venían desde Cornwall, Londres, Edimburgo... para disfrutar de nuestra hospitalidad. Nadie quería perderse las grandes fiestas organizadas en la mansión de los Brenner. No podía permitirme dejar mal a Michael o darle motivos para preguntarse qué me estaba pasando.
Durante los primeros días viví y reviví el encuentro. El duende, incansable y eficiente, regresaba una y otra vez a aquel espacio de la memoria, reservado sólo para aquella noche en la que el significado de mi vida y lo que quería para mi futuro quedó revelado sin más.
—¿Y qué tal en Inglaterra? ¿estás adaptada?
