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El transcurrir de lo cotidiano es el propio desierto. El desierto es la vida. Ese territorio de la desolación que atenta contra la sanidad de la mente, encuentra una mutación, un vuelo, un cambio de viento. Y las circunstancias se convierten en un jardín lleno de aves, un amor que aparece, un giro del destino que recuerda: nada es enteramente bueno, nada enteramente malo, la vida es así, desoladora por momentos, la pasión hecha vuelo profundo. Soltamos a los lectores este desierto, este aviario, este universo lleno de dunas y de parques donde converge la vida. Que sean ellos mismos quienes concluyan qué aves habrán de hundirnos en el hades, cuales nos mostrarán sus cielos, qué desiertos parpadean en los ojos de sus personajes, qué jardines habrán de florecer. - EDUARDO BECHARA NAVRATILOVA FEBRERO, 2022, MONTERÍA, CÓRDOBA, COLOMBIA
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Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© 2022, Editorial Escarabajo S.A.S.
Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501
Bogotá, Colombia.
www.escarabajoeditorial.com
© 2022, Edwin Leonel Ulloa Reyes
Director de la colección: Eduardo Bechara Navratilova
Edición: Julián Beltrán
Diseño de portada: Manuela Córdoba
Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez
Diseño de la colección: Escarabajo Editorial SAS & Abisinia Editorial
Logo de la colección El humor de la melancolía: Manuela Giraldo Zuluaga & Tatiana Bedoya
ISBN:978-958-53558-4-2
Queda hecho el depósito de ley.
Primera edición en Colombia Editorial Escarabajo S.A.S.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor o la editorial.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Este libro está dedicado a mi madre y mis hermanos en gratitud a todo su apoyo y su cariño.
Prólogo
POSIBLE AVIARIO, POSIBLE DESIERTO
Dice el personaje de Todos los desiertos, cuento que le da título al libro: “Me sentía más o menos bien, pero lo cierto es que todos los días una tristeza rara se me lanzaba encima y sentía que mi vida era un desierto”. Resumen bastante preciso de la atmósfera general del libro.
Una extraña sensación desoladora convive con una suerte de resurrección que saca a los personajes del abismo, les da vida, ocasiona un renacer donde ellos mismos vuelven a crecer sus alas.
El transcurrir de lo cotidiano es el propio desierto. El desierto es la vida. Ese territorio de la desolación que atenta contra la sanidad de la mente, encuentra una mutación, un vuelo, un cambio de viento. Y las circunstancias se convierten en un jardín lleno de aves, un amor que aparece, un giro del destino que recuerda: nada es enteramente bueno, nada enteramente malo, la vida es así, desoladora por momentos, la pasión hecha vuelo profundo.
Si bien los pájaros simbolizan la muerte, la soledad, la aridez de las circunstancias, también connotan la sorpresa, la lucidez, el esplendor de vivir.
Dentro del delirio de algunos de los personajes, sus vuelos fantásticos y fantaseos, las aves devienen humanidad. Aves y humanos se hieren entre ellos, se ayudan, se juntan, siembran las raíces de lo que está por venir.
“Todos tenemos un desierto adentro (…) y todos los desiertos son frágiles. Algunos ven la extensión del desierto y lo llenan de basura, otros simplemente lo aceptan y viven de sus flores diminutas, y están los que se ofuscan con sus espejismos, los que no son capaces de soportarlo. Realmente, hasta el vacío necesita un equilibrio”, indica el mismo personaje para dar significado a esa construcción del vivir que resulta llena de incertidumbres.
Los factores internos o externos atentan contra el fluir de una existencia más tranquila, más equilibrada, más ocupada de un sosiego que también la hace aburrida. Da la sensación que necesitamos caer al fondo de un pozo para ser rescatados, para poder escalar sus paredes y entender el valor de la existencia, la satisfacción de vivir, la extraña magia o el fino milagro de estar vivos.
Como una montaña rusa que sube para luego bajar, o más bien baja para luego subir, una moneda de dos caras, el ying y el yang, dualidad que siempre nos recuerda que nada es enteramente bueno, nada es enteramente malo, Edwin Leonel Ulloa Reyes nos plantea con Todos los desiertos —segundo lugar de este I Premio de libro de cuentos R. H. Moreno Durán Sub-35 Colombia—, que la vida es corriente desbordada y corriente tranquila.
Narrado con un lenguaje coloquial, por momentos juvenil, aunque siempre cargado de una profundidad que abre y muestra las grietas de la tierra, este libro nos sumerge y nos eleva con el misterio de sus pájaros muertos y el esplendor de sus aves en vuelo.
La derrota y la reivindicación, o la reivindicación y la derrota, siempre irán de la mano. Ha de ser por ello que el personaje de Todos los desiertos nos recuerda: “Cada uno de nosotros configuramos nuestro desierto como podemos. Y me parece que en el sueño aquél joven enterraba pájaros muertos en el suyo”.
Con el primer cuento, Cementerio de pájaros, y con el último, Todos los desiertos, se cierra circularmente este universo lleno de olores, plagado de acontecimientos y reflexiones, donde los personajes se cuestionan la vida, el vivir y el morir dentro de un mundo que nos acerca a la tristeza y el éxtasis; este último se muestra como el trofeo de los resistentes. Si eres capaz de aguantar los peores momentos, tendrás la posibilidad de vivir todo lo bueno que la vida te regale por el hecho de ser un sobreviviente.
Soltamos a los lectores este desierto, este aviario, este universo lleno de dunas y de parques donde converge la vida. Que sean ellos mismos quienes concluyan qué aves habrán de hundirnos en el hades, cuales nos mostrarán sus cielos, qué desiertos parpadean en los ojos de sus personajes, qué jardines habrán de florecer.
EDUARDO BECHARA NAVRATILOVA
Febrero, 2022, Montería, Córdoba, Colombia
La mente es la sombra de la luz que busca.
La mente es un revoltijo.
(…) La mente es la suma de las identidades que asume.
(…) La mente es un espejismo con agua real.
(…) La mente es la luz de la sombra que busca.
(…) La mente es un desfiladero cerrado.
JIN DODGE
Tal vez
Llevamos alas a la espalda
Y no sabemos
RÓMULO BUSTOS AGUIRRE
Cementerio de pájaros
Dos días atrás, al llegar del trabajo, notó el olor. Era un tufo leve y podía venir de los mataderos que había a las afueras de la ciudad, de algunas empresas de pollo, del mismo basurero o simplemente, de un tratamiento inadecuado de las aguas residuales. ¿Qué más puede oler así?, se preguntó y fue a sentarse en una silla de la sala para volver una vez más a la inercia. Poco después, con los ojos clavados en un resumen de la Champions League, pensó en otras opciones. Estaba la posibilidad de que fuera un ratón muerto, una salamanqueja gigante descomponiéndose en algún lugar, o quizás otra cosa. Pero no hizo nada.
Pasó ese día. Pasó otro. Siguió su vida de siempre sin alteraciones.
A lo mucho especuló que el olor era pasajero porque se dio cuenta que parecía desaparecer durante intervalos muy largos y que, cuando regresaba, daba la sensación de venir de afuera y no del interior de la casa. Ahora, sin embargo, pensó que el olor era insoportable.
Cuando abrió la puerta fue como si alguien le hubiera dado un golpe inesperado en su mejilla izquierda, pues su rostro retrocedió un poco y se movió en la dirección contraria. Se quejó. El golpe fue suficiente como para querer empezar una búsqueda exhaustiva de dónde salía ese mal olor, pero nada… Volvió a negarse ante la idea de buscar por todo el apartamento —dos habitaciones pequeñas, una sala, un baño y una cocina— esta vez no por pereza, sino porque era viernes y tenía poco tiempo. Además, en media hora saldría a verse con Sara, una muchacha de veintitrés años que había conocido una semana atrás y ya se había colado en su soledad y su cabeza sin que él se diera cuenta.
Ese día Sara vestía un chaleco bluyín, medías veladas negras y unas botas altas de color vino tinto. Le dijo que estaba hermosa. También se dio cuenta que parecía más reservada. Después de tomarse unas cuantas cervezas, fueron a comer pizza y de ahí para Cuadra picha. Pero el caso es que ese día no pasó lo que él esperaba. Al regresar a su apartamento, un poco antes de las dos, se sentía frustrado. Quizás por eso no le importó el olor, que de nuevo percibió en la sala y fue directamente hacia su cuarto. Quería dormir, darle a su vida la forma de algo impasible, tranquilo, y olvidarse de la promesa de Sara —enseñarle algunos pasos de cumbia en una próxima cita— porque sus palabras, al menos por lo que concernía a ese momento, solo podían ser mentira, la forma más fácil que ella encontró para expresarle lo torpe, lo idiota que estuvo o, en el peor de los casos, la lástima que él le inspiró. Pero no entró al cuarto. Se detuvo ante la puerta mientras trataba de pensar hasta que movió la cabeza de forma afirmativa y sonrió. Se dijo que aún podía tomarse un trago del vodka que guardaba en la nevera y dio vuelta atrás.
Era una botella nueva de Smirnoff de 750, la abrió y se tomó un trago largo que quemó sus labios, lengua y garganta. Un trago que lo hizo toser y produjo diminutas flores de fuego en sus tripas, una pirotecnia efímera que lo obligó a tomar agua y escupir al lavaplatos. Enseguida se tomó dos tragos más, aunque esta vez no quiso agua y caminó nuevamente hacia su cuarto sintiendo una energía de más que le hizo dar una patada a la puerta, poner una lista de canciones en VLC media player y tumbarse en la cama a cantar hasta quedarse dormido.
Despertó más tarde que de costumbre, por lo que le fue imposible buscar de dónde provenía el mal olor y, a duras penas, pudo darse lo que su madre llamaba un baño de gato. Tampoco alcanzó a preparar algo para su desayuno y, encima, llegó tarde a trabajar, aunque no importaba porque era sábado. Su descanso de fin de semana empezaba a mediodía y el tiempo pasó volando.
Apenas salió de la empresa tomó un bus Igsabelar que lo dejó cerca de la plaza de mercado, dos cuadras arriba de su apartamento. Ese día, quizás por antojos, a lo mejor por ansiedad, él mismo se prepararía unas costillitas de cerdo en salsa BBQ y pulpa de tamarindo, una torta de papa y queso parmesano, una ensalada simple de tomate, cebolla, pepino y aceite de oliva, todo, acompañado de una granizada de yerbabuena. Comería solo porque Sara le dijo que no cuando llamó para invitarla. Su intención era sorprenderla con sus dotes para la cocina, ya que no pudo bailando, pero como ella pareció molestarse por llamarla tan pronto, no insistió. En todo caso, antes de cocinar, o simplemente para poder hacerlo, debía eliminar ese mal olor.
Su nariz se contrajo en una, dos, tres… siete ocasiones. Lo hizo en un intento de determinar con exactitud de dónde provenía el olor y fue imposible. El tufillo ahora estaba en todo el apartamento. Eso parecía porque lo sentía en cualquier lugar mientras se movía como un animal enjaulado que busca un punto de fuga. Durante más de quince minutos buscó y perdió la cuenta de las veces que estuvo a punto de vomitar, hasta que se dio cuenta de dónde provenía el olor. Lo supo gracias a tres moscas enormes que se espabilaron cuando se puso a mirar por una de las ventanas de la sala.
El olor no era de un ratón o de una salamanqueja, ni de los mataderos o basureros, ni de las aguas residuales o las empresas de pollo. Era de un pájaro. Un azulejo común que, por lo visto, llevaba muchos días muerto, pues tenía pequeños agujeros y algunos gusanos que cabeceaban en la luz. Aunque no podía creerlo, enseguida reaccionó, fue por la escoba y el recogedor pensando que sería bueno cerrar las ventanas cada que saliera para evitar semejantes sorpresas. Quizás el pájaro no sabía volar bien todavía y por eso terminó allí, en el rincón más allá del televisor, más allá de una silla vieja, más allá de una de las cortinas —un regalo de su madre— que llegaban al piso ocultando al animal. Lo raro era que no hubiera percibido al pájaro el mismo día que entró al apartamento, a no ser que él estuviera en el trabajo o el pájaro muriera inmediatamente; también hubo un detalle del que solo se dio cuenta cuando el azulejo ya estaba sobre el polvo acumulado del recogedor: en una de sus patas tenía un pequeño papel con la letra “E” inscrita por ambos lados. No sabía qué significaba. Hizo un esfuerzo para no darle mucha importancia ni ponerse paranoico. Sin embargo, solo lo logró durante unos minutos, pues, cuando fue a dejar al pájaro en el basurero del conjunto residencial, otros azulejos que aparecieron de la nada intentaron atacarlo en varias ocasiones. Ese mismo día hubo ataques de pájaros a otras personas en puntos distintos de la ciudad y de los municipios cercanos, pero, como él odiaba mirar noticias, no se enteró.
Su extrañeza volvió la semana siguiente, cuando otra vez percibió el mismo olor y después de buscar encontró, debajo de su cama, una golondrina casi que en el mismo estado del azulejo. La observó un rato sin saber qué pensar y recordó montones de ellas que salpicaban el aire de algunas mañanas de su infancia, luego, fue a la cocina por la escoba y el recogedor. Apenas la sacó de donde estaba, revisó sus patas. En la izquierda tenía un papelito con una letra “M” grabada. Entonces, su extrañeza se convirtió en miedo y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Cuando se calmó, decidió echar la golondrina en una bolsa, no para tirarla a la basura igual que al azulejo, sino para enterrarla. Ya estaban pasadas las diez de la noche, así que sería fácil hacerlo sin llamar la atención.
Se le ocurrió que el parque de atrás del conjunto residencial era un lugar apropiado. Gran parte de este era de tierra amarilla, hacer un hueco no sería problema. Cuando llegó, no vio a nadie en el lugar donde planeó cavar la tumba, nadie en las dos canchas de cemento, ni siquiera un celador que hiciera la ronda en su bicicleta, un vecino fumándose un cigarrillo, o uno de los tantos ñeros que por lo general consumían alguna droga y jugaban a pelear con cuchillos tan grandes como un brazo suyo. El barrio dormía. La gente de por ahí e incluso la de casi toda la ciudad, tal vez, estaría hipnotizada frente a sus televisores, de modo que todo salió bien, descontando los momentos en que tuvo la certeza de que alguien lo miraba y no estaba tan solo.
La golondrina quedó enterrada cerca de los columpios que ahora poco usaban los niños debido a lo deteriorados que estaban. Se alejó del parque, caminó hasta una tienda que estaba a punto de cerrar y compró tres cigarrillos Marlboro. Después de un rato volvió a su apartamento y empezó un aseo con el que esperaba no dejar el más mínimo rastro de olor a carne, huesos y aire podrido; esto no solo por el simple hecho de sentirse bien consigo mismo, sino porque al otro día tendría su tercer encuentro con Sara, esta vez, en su propia casa. Esa misma noche mientras hablaban por teléfono, poco antes de encontrar la golondrina, le hizo la invitación. Esto es lo mejor que sé hacer, se dijo. Por fin cocinaría para ella. ¿Qué prepararía? No estaba decidido aún. Tenía que pensarlo muy bien, contemplar varias posibilidades, preparar algo que de algún modo se acercara a cierta perfección, si eso era posible. ¿Una lasaña mixta, unas hamburguesas, unas pastas Alfredo? Tengo todo el día de mañana para decidir. Lo que sí estaba claro era que después de comer, se tomarían algunas cervezas y pasaría lo que tuviera que pasar. De ningún modo podía permitir que ese olor dañara sus planes. Esa misma noche de la cita, antes de dormir se sintió feliz porque en esta ocasión todo le salió como quiso.
Aun así, la semana siguiente se sintió absurdo y no sabía si soñaba. Otra vez percibió el mismo olor al llegar de su trabajo por la noche y después de buscar encontró una mirla muerta, esta vez, sobre una de las gavetas de la cocina. No entiendo una mierda, se dijo. Suspiró profundamente porque, al igual que los pájaros anteriores, traía un papelito en una de sus patas. Se hundió en un silencio largo mientras pensaba en su vida como en algo cargado de fatalidad y un peso incomprensible, aunque también pensó que quizás exageraba. ¿Se trata de un mensaje? Lo extraño no solo eran las letras de los papelitos, sino la forma desconocida en la que los pájaros entraban a la casa. No estaba dejando ninguna ventana abierta y había tapado con cartones todos los huecos que daban al exterior. Aparte de eso, no veía una mirla desde hacía muchos años.
Esperó que dieran las diez de la noche y luego fue a enterrarla al parque, muy cerca de donde había quedado la golondrina. Mientras cavaba volvió a sentir que había ojos mirándolo, que no estaba tan solo. Por un momento, incluso creyó ver a alguien que se escondía a unos quince metros, detrás de uno de los árboles de mango que durante el día le daba sombra a la primera cancha. ¿Quién será?, se preguntó nervioso y clavó una mirada obsesiva en ese punto, pero no vio a nadie. Se dijo que tenía que dejar la paranoia, pero los papelitos se quedaron en su cabeza, ya le era muy difícil no pensar en las letras. Tras asegurarse de que la mirla estuviera completamente enterrada, se levantó y caminó hasta la tienda mientras limpiaba sus manos en los costados de la camisa. Luego, regresó a limpiar cualquier vestigio del olor sin entender nada. Tal vez por eso, antes de quedarse dormido esa noche, pensó en la idea de ir a visitar algún brujo. Sabía dónde encontrar uno o, más bien, podía averiguarlo por algunas personas. Pero, desistió de la idea cuando se le ocurrió que a lo mejor alguien le hacía una broma y, después de todo, no tenía fe en los brujos ni en nada parecido. También especuló en la posibilidad de que todo tuviera algo que ver con Sara, pues los pájaros muertos empezaron a aparecer después de conocerla. ¿Sara?, no, desechó la idea de golpe. Ella, según lo que podía intuir a partir de lo poco que la conocía, odiaba cualquier especie de superstición y, en consecuencia, cualquier brujería.
El cuarto pájaro que encontró era un colibrí con la letra “L” envuelta en la pata derecha. Su plumaje multicolor aún brillaba en el rincón opuesto al rincón donde encontró el azulejo. Lo llevó al cementerio de pájaros. Fue casi igual al primer y segundo entierro: la sensación de ojos que lo escrutan, la sensación de alguien que tropieza y se esconde, el pánico que cada vez se le hacía más difícil controlar. Como iban las cosas, pensó que lo único claro de la situación era que un nuevo pájaro aparecería cada semana y, además, que debía estar pendiente, porque ahora Sara era su novia, o algo así. La cuestión era que, como sucede frecuentemente al principio de muchas relaciones, no se despegaban. Aunque ella vivía en una habitación cerca de la universidad, donde estudiaba Economía, empezó a visitarlo cada noche cuando él volvía de su trabajo y, casi siempre, se quedaba a dormir. Por eso pensaba que la aparición de los pájaros podía dañar la felicidad de encontrar sus nalgas y su espalda a pocos centímetros de su piel.
En una de esas mañanas, Sara se levantó para ir al baño. Cuando regresó a la habitación, lo despertó y le hizo notar el olor que flotaba por todo el apartamento.
¿Cuál olor?, preguntó él, que se había levantado bruscamente de la cama, aunque se calmó enseguida. Debe ser la basura; se me olvidó sacar la basura anoche, dijo. ¿La basura huele así?, preguntó ella. Yo creo, llevo varios días sin sacarla, respondió. Pero no estaba seguro si le había creído o no. Sara no dijo nada más al respecto y volvió a la cama. Se sintió tranquilo después de pensar que solo él sabía el motivo del olor y que, Sara, quien parecía tener un sueño de piedra, iba a dormirse otra vez. Entonces, más que preocuparse, aprovechó esto para ponerse sus tenis sin medias y decir que iba a sacar la basura. De paso puedo comprar unas empanadas para el desayuno, agregó. Y tuvo suerte de encontrar el nuevo pájaro muy rápido. Era un cardenal petirrojo que llevaba consigo un nuevo papel en una de sus patas, estaba debajo de la estufa y, aterrado, lo guardó en una pequeña bolsa negra.
Salió de su apartamento rumbo al parque. A esa hora del domingo, antes de las siete, solo se veían mujeres y hombres mayores que hacían ejercicio en las dos canchas, así como algunas personas que ya salían a hacer mercado y uno que otro borracho. Apenas, se dijo. Hizo un hueco pequeño como las veces anteriores, próximo a las otras tumbas, dejó el pájaro en el fondo del orificio, pero no lo cubrió de una vez; en lugar de eso, se quedó observando con preocupación el papel en la patita derecha. Se puso a pensar en qué pasaría cuando llegara un nuevo pájaro, en qué seguiría, y, en esas, un niño y una niña, los dos de unos seis o siete años, lo interrumpieron. No supo bien en qué momento se habían acercado, cuando reaccionó y levantó su cabeza vio que observaban con tristeza el entierro: una mosca volaba en torno y muchas hormigas trepaban por los ojos y el pico. Emilio espantó la mosca y los niños preguntaron qué le había pasado al pájaro, a lo que les respondió que no sabía. Se sintió un poco mal por mentir, sin embargo, dijo que lo había encontrado cerca de su casa y que ahora se disponía a darle una sepultura digna porque de niño —esto sí era verdad— siempre creyó que así debía hacerse con cualquier animal muerto. El pequeño asintió con la cabeza. La niña, por el contrario, se fue al otro lado del parque, más allá del resbaladero, cortó con sus propias manos algunas flores amarillas y volvió al cementerio de pájaros. Eran florecillas delicadas que, con tristeza, arrojó sobre el petirrojo. Ya está, le pareció escuchar a Emilio cuando se dio cuenta que los dos niños tapaban la tumba y hablaban en voz baja, como si rezaran. ¿Están rezando? No estaba seguro porque parecía que hablaban en una lengua para él desconocida y se negó a preguntar. Simplemente, se despidió de ellos después de darles las gracias. Luego empezó a caminar hacia la plaza de mercado pensando que en ese lugar a veces se le espantaban las angustias.
El sábado en la noche volvió el mismo olor al que pensó que se acostumbraría si la situación continuaba con su segundo nombre. Emanaba de uno de esos cucaracheros que, de niño, sin muchos resultados, le metieron en la boca para que soltara la lengua y aprendiera a hablar. Estaba debajo del pequeño lavadero. Tenía el mismo aspecto de los otros y la letra “O” en una de sus patas. ¡EMILIO!, todos y cada uno de los papelitos tomaron forma en su cabeza alterada. E-M-I-L-I-O
