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¿Te has parado a pensar qué hubiese sido de ti, si tal día de tu pasado hubieses tomado una decisión determinada? ¿Dónde, cómo o con quién estarías hoy? Seguro que en más de una ocasión has fantaseado cómo sería tu vida actual, si en el pasado hubieras optado por un camino distinto del que elegiste. ¿Y si pudieras saberlo? ¿Cambiaría algo? ¿El destino está escrito o somos marionetas de nuestras decisiones? Te invito a que descubras la historia de Nico y de cómo la influencia de sus decisiones y las tuyas cambiarán —o no— su forma de ver la vida para siempre. Un libro indispensable para todo aquel que se cuestiona su pasado, su presente y su futuro.
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Seitenzahl: 116
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Juan Luis García Talleda
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Javier Letamendia
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-756-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Agradecimientos
A cada persona que ha decidido dar una oportunidad a este libro, y en parte, hacerme partícipe de su tiempo.
Gracias.
A María por tener tanta paciencia conmigo, leer cada capítulo antes de pasar al siguiente, y ser mi autocorrector.
Gracias.
A mi familia por apoyarme en este proyecto personal, que rondaba mi cabeza desde hace años.
Gracias.
A mi perrito Batman por acompañarme incansable todas las horas que pasaba escribiendo frente al ordenador.
Gracias.
Prólogo
Querido lector:
No es mi intención que usted le dé mil vueltas a la cabeza al finalizar esta novela, ya que trata sobre uno de los dilemas más profundos de la mente del ser humano: los «¿Y si...?».
¿Y si hubiera seguido en aquel instituto? ¿Me hubiese ido mejor dejar los estudios y haberme ocupado del negocio familiar? ¿Y si hubiese estudiado la carrera que realmente me apasionaba? ¿Y si hubiera decidido mudarme a Argentina por aquella oferta de trabajo que descarté casi al momento? ¿Y de haberme casado con aquella novia del instituto, de la cual no he vuelto a saber nada desde entonces? ¿Y si jamás hubiera tenido hijos y hubiera dedicado más tiempo para mí y mi pareja? ¿Sería egoísta?
¿Te suena esto que te estoy contando? Nuestra mente, en ocasiones, se divierte torturándonos con posibles vidas alternativas en relación a decisiones pasadas.
No sólo son decisiones importantes las que deciden nuestro futuro, sino que se presentan ante nosotros tantas tomas de decisiones a diario, que ni siquiera somos realmente conscientes de cuánto puede cambiarnos la vida nuestra posición hacia cada una de ellas.
En esta novela, nuestro personaje, Nico, tendrá una serie de encontronazos consigo mismo, que, por fin, responderán a sus grandes «¿Y si...?» vitales. Pero lo verdaderamente importante es:
¿Cuál será su próxima decisión? Y... ¿Será realmente determinante?
«El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero hoy es un regalo. Por eso lo llaman presente».
Eleanor Roosevelt.
Capítulo I El DESPERTAR
«Pi pi pi pi, pi pi pi pi, pi pi pi pi».
Otra vez el dichoso despertador, recordándome que es hora de ir a ese trabajo que tanto detesto... Alargo mi mano y pospongo la alarma cinco minutos más, cinco minutos de autoconvencimiento y lucha conmigo mismo para sacar un resquicio de fuerza de voluntad y levantarme de la cama. «¿Por qué no habré estudiado más?», me pregunto mientras me siento en el borde de la cama. Tras un par de minutos mirando a la nada y un largo suspiro, decido iniciar mi día.
Abro la persiana, y está lloviendo, igual que ayer... La lluvia me deprime mucho, es como si el cielo llorase sobre la tierra, el día está gris y triste.
«Empezamos bien la mañana...».
Me pongo en modo robot, tengo toda la rutina matutina programada en mi cerebro al minuto, cinco minutos para una ducha rápida, meto el café en el microondas y en esos noventa segundos tengo que vestirme, me queda atarme un zapato y, ¡clinc!, el café está listo, me lo tomo a sorbos mientras dedico otros cinco minutos a leer las noticias en el móvil, lavo el vaso, hago la cama y listo: la misma rutina de veinte minutos, desde hace quince años, superada.
Hoy he tenido suerte, y tengo el coche a escasos dos minutos del portal, me mojaré poco. Uso mi cazadora a modo de paraguas, y en una breve carrera que deja en evidencia mi actual estado físico, me siento en el coche, dejando caer en el asiento del copiloto todos mis bártulos.
Mi propio coche me resulta un símil de mi vida: es frío, está descuidado, le cuesta arrancar, y ya tiene unos cuantos achaques propios de la edad. Y que conste que no soy muy mayor, en apenas una semana cumpliré cuarenta y dos años, pero me siento atrapado en un cuerpo de unos veinte años más mayor.
Introduzco la llave, agarro con fuerza el volante y rezo por que arranque a la primera... Y así es, aún nos queda mecha a este viejo automóvil y a mí.
De camino al trabajo, que está a unos quince minutos de mi casa, observo todos los días prácticamente lo mismo, como si reviviera la misma película una y otra vez: el panadero abriendo su local, la misma furgoneta de reparto repartiendo en la misma calle, el camión de la basura prácticamente en el mismo lugar cada mañana, y el mismo semáforo que pillo en rojo cada santo día... Me da rabia pararme, pero a su vez me da la oportunidad de fijarme en las pocas personas que hay en una parada de autobús cercana: están ahí cada mañana, haga frío, calor, llueva o nieve. Parecen estatuas iluminadas por sus propias pantallas del móvil, son todas iguales. Todas salvo una excepción: una chica morena, risueña, que siempre está escuchando música con sus auriculares y sonriendo. Sus ojos brillan de una manera especial... No hay un solo día que no la haya visto contenta. La verdad es que es mi oasis de felicidad mañanero, y ella, ni lo sabe.
Mientras observo a esos desconocidos suelo preguntarme qué decisiones habrán tomado en su vida para estar en ese lugar, a estas horas: «¿En qué trabajarán? ¿Tendrán familia? ¿Ganarán un buen sueldo?». La luz verde del semáforo ilumina mi cara y me hace salir de ese estado de curiosidad, arranco y me dirijo hacia mi trabajo.
5:55 am. Puntual como un reloj, dejo el coche en el mismo sitio de todos los días: Plaza número trece. Agarro mis bártulos y me dirijo a fichar.
Ahí, en la entrada, está Juan, el recepcionista. Creo que lleva en la recepción desde que se fundó la empresa. Tendrá como unos setenta años, y siempre dice que a él lo tienen que echar, que él no se jubila, que el trabajo es salud... Siempre te saluda con una sonrisa y alguna frase ingeniosa, sobre algún tema de actualidad o el tiempo, así que ahí vamos, a ver qué toca hoy.
—Buenos días, señor Nicolás, vaya tiempo más malo estamos teniendo, y yo que iba a salir a correr... —me dice mientras mete mis datos en el ordenador.
—Buenos días, Juan, no se arriesgue usted, que ya tenemos una edad —le respondo lo más amablemente posible.
Me dirijo hacia mi mesa de trabajo, preguntándome cómo habrá sido la vida de Juan, cuántas cosas habrá vivido y, sobre todo, por qué es tan feliz haciendo todos los días lo mismo una y otra vez. «¿Por qué no quiere dejar de trabajar y disfrutar de su jubilación?». Y casi sin quererlo, me encuentro enfrente de mi ordenador, en una mesa de apenas un metro de largo, una taza con una frase motivadora que pone: «Persigue tus sueños», que uso de portalápices, y una silla que ha vivido tiempos mejores.
Me esperan unas diez o doce horas de trabajo. Me dedico a la administración y gestión de empresas, pero en esta empresa lo único que hago desde hace años es revisar informes, contestar a los correos de los clientes y alguna que otra llamada comercial.
Me siento, enciendo el ordenador, me sirvo el segundo café del día, estiro mis brazos fuertemente hacia delante, con mis dedos entrelazados hasta que me crujen...
Esa es la señal.
Comienza el día.
«No hagas de tu vida una rutina, recuerda que,
hasta tu canción favorita, te puede aburrir de tanto escucharla».
Capítulo II EL ACCIDENTE
Hora de salir.
Ya son las siete de la tarde y llevo ya casi trece horas en la oficina, hoy ha sido un día duro, pero no precisamente por la carga del trabajo sino más bien por el aburrimiento.
Llevo todo el día revisando informes, contestando correos y respondiendo llamadas a los clientes, de las cuales lo único que escucho al otro lado del teléfono es a mi propia mente diciéndome: «¿Por qué no seguiste estudiando después de realizar la Formación Profesional?».
Seguramente, a estas alturas de mi vida, tendría a alguien como yo haciendo la mayoría de mi trabajo, no tendría horario de entrada y me iría de la oficina a cualquier hora excusándome por cortesía con un: «Tengo una reunión con un cliente».
—¿Sigue usted ahí? —escucho al otro lado del teléfono.
—Claro, señor, no se preocupe. Yo se lo gestiono y le devuelvo la llamada —le respondo sin saber muy bien a qué.
Apago el ordenador y encajo mi silla debajo de la mesa, a sabiendas de que mañana seguirá ahí, esperándome, como un condenado a la pena capital espera a su silla eléctrica.
Me dirijo al parking y me despido de Juan, el recepcionista, que increíblemente sigue igual de enérgico y sonriente como a primera hora de la mañana.
—Hasta mañana Nico, se va usted a hacer rico con tantas horas extras —me dice irónicamente.
—Ojalá —le respondo mientras reniego con la cabeza.
«¿Qué secreto tendrá este hombre para estar siempre así?», me pregunto mientras busco las llaves de mi coche en los bolsillos del chaquetón.
Arranco y pongo rumbo a casa. Ya es noviembre, y a estas horas, el día ya está muy oscuro... La verdad es que se me quitan las ganas de ir a ningún lado después de trabajar. En ocasiones me pregunto por qué no seré más animado, o no saldré más a socializar con mis compañeros o amigos, seguro que me pierdo un montón de momentos e historias.
Esta tarde, el camino de regreso está siendo más complicado de lo habitual. Lleva dos días lloviendo y, entre el agua y la oscuridad, el tráfico es menos fluido, pero no me importa, voy sin prisa y pensando en cómo hubiera sido mi vida de no estar en este trabajo. ¿A qué me hubiera dedicado?
Quizás, de haber aceptado ese trabajo que me ofrecieron hace unos años en Argentina, estaría ahora mismo con mis compañeros, tomando mate, cenando esos tan famosos asados argentinos y hablando sin parar de cualquier chismorreo.
O quién sabe, de haber estudiado otra profesión, puede que llevara en la calle desde las dos de la tarde, y dedicando el tiempo libre a las cosas que me apasionan, y que ahora las tengo casi olvidadas en su totalidad..., como hacer senderismo. Me encantaba perderme en el monte y pasar horas y horas observando los pequeños «milagros» de la naturaleza: un brote que nace de un árbol caído, una pequeña seta que crece debajo de una sombría hoja, cómo se comunican los pájaros entre ellos, en ocasiones me imaginaba qué cosas se estarían contando...
Y hablando de naturaleza..., siempre quise tener una casa rural, pequeñita pero acogedora, que estuviera rodeada de árboles en mitad de un bosque, y en la cual poder ofrecer a los huéspedes un cachito de ese «milagro», pero ¿qué voy a tener yo?, si ni siquiera tengo la energía de irme a tomar algo con mis amigos a la salida del trabajo.
Miro el reloj del coche: las 19:42h. 42..., ese maldito número, no hay día que no me acuerde de él.
Aún recuerdo aquel lugar donde realicé las prácticas: una pequeña oficina de asesoría fiscal con apenas seis empleados. Todos los años jugaban a la lotería de Navidad, y me acuerdo exactamente de ese momento como si fuera ayer.
—Nico, ¿quieres comprar un boleto y juegas con nuestro número?, mira que si nos toca te veo a ti solo viniendo a trabajar —me dijo Inma, la secretaria, entre risas.
—No, gracias, no creo en la suerte, la probabilidad de que te toque es más pequeña de que te caiga un tiesto en la cabeza mientras vas caminando —le respondí.
Ese año, el número premiado con el gordo de la lotería de Navidad fue el 42042. Sí, justamente el número que jugaron en la oficina, y el destino me pasó por delante de las narices para que oliera el aroma del fracaso vital.
Nunca me he repuesto del todo de aquello. A veces fantaseo con qué hubiera sido de mí de haber comprado el boleto: ¿Habría dejado de trabajar? ¿Lo habría invertido en algún negocio propio? ¿Habría hecho buen uso de él? ¿O lo hubiera malgastado en caprichos absurdos?
Lo único que sé es que nunca lo sabré.
«¡Piii, piiiiiiiiiii!».
La bocina del coche de detrás me despierta del trance imaginario en el que me encontraba, acelero casi por inercia y entre el vaivén de los limpiaparabrisas y las gotas de lluvia que se resbalan por el cristal, veo a la mujer de la parada del autobús, mi oasis de felicidad matutino, la veo como siempre, con sus cascos, su música, feliz y sonriente, levanta su mirada y me mira fijamente, su infinita sonrisa se vuelve un gesto de horror, mientras coloca sus manos en la cabeza y exclama un grito de temor.
Una luz me deslumbra la zona derecha de la cara, y al girar la mirada hacia ella, veo unos faros muy altos, como los de un camión, casi en el interior de mi vehículo. Seguidamente escucho su bocina y el sonido de las ruedas derrapando contra el suelo húmedo. En ese preciso momento el tiempo comienza a avanzar a cámara lenta.
Veo cómo la puerta del copiloto se deforma hacia dentro, haciendo volar los trocitos de ventana hacia mí. Unos cuantos CD salen volando de la guantera, formando una coreografía de baile casi perfecta delante de mis ojos. «Verano 2010, mix», leo en uno de ellos.
Noto cómo mi cabeza y mi cuerpo comienzan a ser arrastrados con una gran fuerza, también noto una presión muy fuerte en mi pecho. Automáticamente, encojo mis piernas hacia mi cuerpo, suelto mis manos del volante, y protejo mi cara y mi torso lo mejor que puedo... Estoy preparado para el impacto.
Se apagó la luz.
«Nada es accidental en el universo, excepto el propio universo entero, que es accidente puro, divinidad pura».
Joyce Carol Oates.
Capítulo III LA HABITACIÓN
Sólo escucho el silencio, sólo veo claridad.
Una claridad tan resplandeciente que, hasta la misma luz del sol, tendría envidia.
