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Cuando los editores LizThemerson y Lewis Burns favorecieron la publicación de «Demasiado tarde», nunca imaginaron que una cartografía de ausencias, gusanos de seda, reescrituras y malentendidos acabaría convirtiéndose en uno de los escasos acontecimientos literarios capaces de convocar, no sin razón, la atención de la comunidad internacional. Desde un futuro sin literatura, en el que los aviones no despegan y el tacto sintético de una bolsa de plástico de colores satinados es motivo de añoranza y fetichismo, una voz quebrada nos interpela: ¿cuánto coraje hace falta para atreverse a dejar de ser? Mario Aznar ofrece en Too late un ejercicio de ficción crítica que nace de una larga conversación inédita mantenida con Enrique Vila-Matas durante el verano de 2018. El único compromiso autoimpuesto fue respetar al pie de la letra las respuestas del escritor, que figuran íntegramente en el texto según él mismo las elaboró.
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Seitenzahl: 194
Veröffentlichungsjahr: 2024
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TOO LATE
MARIO AZNAR
Primera edición: junio, 2022
Primera reimpresión: abrirl, 2023
© del texto: Mario Aznar, 2022
© de los textos «Doctor Finnegans y Monsieur Hire» y «Turín no invita a la lógica»: Enrique Vila-Matas, 2009, 2011
© de la presente edición: Editorial Humbert Humbert, S. L., 2022
Ilustración de cubierta: Miryam Pato
Publicado por La Navaja Suiza Editores
Editorial Humbert Humbert, S. L.
Camino Viejo del Cura, 144, 1.º B, 28055 – MADRID
http://www.lanavajasuizaeditores.com
ISBN: 978-84-102340-0-0
Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de la obra.
Nota I. Despedida
«Demasiado tarde»
Torino Porta Nuova
Too late
Correspondencias
El final-final
El aforismo de Zürau
Vivir en infinitivo
Atreverse a dejar de ser
La primera industria láctea de la Argentina
La náusea de relatar
Textos en carne viva
Newcastle espera
Un defecto de fábrica
La mentira de Behan
El negativo
Nota II. El lector
Siempre a tiempo, por Enrique Vila-Matas 191
Doctor Finnegans y Monsieur Hire
Turín no invita a la lógica
Agradecimientos y nota final
Créditos
Para Amelia
¡Qué manía, ser ingenioso con la gentecuando en el fondo quieres abrazarla!Jules RENARD, Diario 1887-1910
Nápoles, septiembre de 2068
Hay pocas sensaciones tan intensas como darle una patada a una mierda pensando que está seca.
19 de septiembre, san Gennaro. La sangre del santo no se licua y todo empieza. La sangre seca y sólida como una pequeña piedra. Algunos fieles lloran atemorizados. Hay quienes sonríen ante lo anecdótico del episodio y quienes fruncen el ceño y blasfeman decepcionados. Cuando esa muchedumbre bebe y come o se dispone a beber y a comer en un día de fiesta, yo permanezco inmóvil. No estoy triste ni decepcionado. Permanezco inmóvil bajo un sol impropio y siento la sangre seca del mártir palpitando aprisionada bajo mi piel.
Todavía hay quienes creen que sin el prodigio de la licuefacción no habrá fortuna este año. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, el fatídico terremoto de Irpinia o el colapso energético del corredor mediterráneo parecen confirmar esta creencia. 1939, 1980, 2026: algunas fechas aciagas. Es muy probable que en esos años ocurrieran también acontecimientos provechosos, pero desde que el seísmo se cobró casi tres mil vidas, cuarenta kilómetros al este de Nápoles, y la caída de la conexión Algeciras-Zahony ocasionó pérdidas ingentes en la economía del país, cada 19 de septiembre la sangre del santo se ha licuado –por qué no decirlo– religiosamente, a excepción de algunos años sin importancia en los que no ocurrieron grandes desastres.
No me afecta demasiado este hecho y lo que en el fondo sí me impresiona es que el episodio siga celebrándose sin pausa después de tanto y de todo, pero también es cierto que la mejor forma de evitar la embestida de una ola es sumergirse en ella, ser la ola. Por eso he decidido ser, de algún modo, la sangre seca del santo.
Hace tiempo que a mi alrededor se amontonan los sobres de sopa de cebolla, los periódicos extintos y las cajas de cartón con recortes de todo tipo. Desde que anunciaron la supresión definitiva del dinero en efectivo, cada tanto vuelvo la vista hacia un viejo costurero que conservo repleto de billetes que nunca llegué a convertir. Observo esos billetes de distintos países, ahora sin valor alguno, y pienso que recorrer con la vista cada monumento impreso en ellos es lo único que queda de mi pasado viajero, cuando soñaba con el aeropuerto de Basilea-Mulhouse-Friburgo y sus tres puertas mágicas hacia Suiza, Francia y Alemania.
Luego las causas ecologistas acabaron con el tráfico aéreo no esencial, y las restricciones se endurecieron tanto en favor del turismo local que en veinte años apenas he vuelto a salir de la ciudad, y no digamos de Italia. De todas formas, esas restricciones parecieron secundar una decisión que ya era mía, pues soy incapaz de recordar cuál fue el último vuelo que tomé antes de que se hicieran efectivas. Esos pedazos de papel coloreado con cifras y dibujos son el pasado que se pudre poco a poco en una caja junto a la ilusión, ya incumplida para siempre, de retirarme a vivir mis últimos días al pueblo donde creció Sophia Loren. Sus caderas, que ya eran historia cuando yo era joven, están ahora en el mismo baúl que guarda el peso de una moneda.
Si la vida fuera una de esas películas americanas demodé, no descarto que hubiera una garrafa de plástico con leche rancia en la nevera, pero en su lugar hay un bote de pepinillos agridulces y la sombra irreconocible de una cuña de queso. Cuando era apenas un adolescente acompañé a mi tía abuela en su lecho de muerte. La mayor parte de su vida había sido ciega y sus últimos días los pasó postrada en la cama, sin ningún dolor, pero apagándose. Le encantaban las poesías de Vicente Medina –el autor de Aires murcianos– que yo pasaba horas leyéndole en voz baja, como aquella que dice: «Cuando mi honra me llegue,/quiero morirme en mi tierra…/¡verla al cerrarse mis ojos/y tener mi hoyico en ella!». El cuarto en el que agonizaba era oscuro: apenas un ventanuco a pie de calle por el que se colaban los últimos rayos de sol rebotados desde una marquesina de autobús olvidada sobre la acera. Hacía mucho que el autobús no pasaba, pero mi tía aún daba la hora oyendo el rugido del motor al acercarse. El último día de su vida, al verla mirando al techo sin ver, le pedí que compartiera conmigo la primera imagen que se le pasara por la cabeza: los gusanos de seda, me dijo, tan blancos y tan suaves.
En la ciudad donde nací es tradición criar gusanos de seda desde la infancia para aprender el ciclo vital y la metamorfosis de las mariposas. Son animales inofensivos y para congraciarse con ellos tan solo hay que alimentarlos con hojas de morera y observar. En estos seres pensó mi tía el último día de su vida. En su blancura y en su suavidad. Ya en su momento me pareció una imagen entrañable, aunque también enigmática, pues no desconocía el interés que mi tía profesaba por la reencarnación, representada de forma evidente y hasta grosera por la oruga pálida que en cuestión de días reviviría transformada en una vigorosa polilla –incapaz, eso sí, de alzar el vuelo.
La fe en la reencarnación siempre me ha parecido una de las manifestaciones más violentas de la esperanza. Es creer en las segundas oportunidades a pesar de todo. Yo no puedo creer en la reencarnación, aunque la encuentre deseable. Por eso me irrita saber que entre mis últimas inquietudes y añoranzas no se halla un símbolo redondo y transparente como el de la oruga y la crisálida, sino que pienso –diría que de forma obsesiva– en bolsas de plástico.
Sin ser la vida una película americana, la leche rancia podría habitar mi nevera, pero tendría que hacerlo en una botella de cristal, pues hace tiempo que el plástico se prohibió por completo y quienes rondan la treintena nunca lo han conocido. ¿Por qué razón cierro los ojos y extraño el tacto sintético e impermeable de una bolsa de plástico, los colores satinados y el sonido crujiente al apretarla en un puño? No hay superficie en la Tierra en la que puedan imprimirse los azules, los rojos, los verdes, con la opacidad y el pulso con que los acoge una bolsa de plástico. La verdad es que nunca pensé que fuera a vivir tanto tiempo. El futuro siempre llega, decía mi abuelo cuando me veía rascar con impaciencia el yeso de las paredes, cansado de no hacer nada y los juguetes abandonados en el suelo, demasiados e insuficientes. Ahora sé que el futuro siempre llega, que hay un mañana, aunque ese mañana no cuente con nosotros.
Cerca de mi casa se encuentra la iglesia de san Severo al Pendino, hoy desacralizada, que guarda en una de sus criptas la imagen imborrable del pudritorium. En forma de letrinas con apoyabrazos, ligeramente ergonómicas, estos «escurridores» servían como nichos de piedra para acoger los cuerpos en descomposición de los religiosos fallecidos que, allí sentados, como en un retrete, evacuaban sus últimos fluidos como recordatorio para los vivos del carácter efímero y transitorio de la vida terrenal. No olvidaré el tono nostálgico de la guía turística que por primera vez me acompañó en mi descenso al pudritorium, como si escondiera el anhelo de que esos artefactos volvieran a popularizarse en los baños públicos de centros comerciales y bloques de oficinas. ¿Creían esos sacerdotes en la reencarnación? ¿Soñaban esos cuerpos con gusanos de seda? ¿O hubieran añorado, como yo, la inmortalidad del plástico?
En cierta ocasión un anciano me dijo que los críticos habían anunciado el retorno a Mallarmé, pero que pronto salieron de su error. En ese momento, como Molloy, el personaje de Beckett, tuve de golpe la impresión de decir siempre demasiado o demasiado poco, de decir siempre demasiado creyendo decir demasiado poco o demasiado poco creyendo decir demasiado. «No hay música más grande ni más sublime que el silencio, pero somos muy débiles para entenderla y sentirla», escribió Unamuno en su diario, para después preguntarse en un ejercicio de doloroso mea culpa que todos, de alguna forma, podemos compartir: «¿Por qué he sido siempre tan frío para la música, y tan charlatán, viniera o no al caso?». Y es que en el fondo todos somos demasiado fríos para la música, y somos unos charlatanes, y nuestro mundo es el del fango de la opinión y el comentario.
Por eso hace tantos años que no opino. Por eso, al menos en parte, no puedo creer en la reencarnación.
Cuando tengo un rato libre suelo visitar agencias inmobiliarias. Concierto citas para ver algunos apartamentos y así paso la tarde. Antes de las restricciones aéreas era capaz incluso de plantarme un jueves en Ámsterdam o en Budapest y pasar toda una semana visitando casas vacías. Mudarse es como mudar la piel. Es un tipo particular de reencarnación, pienso tratando de reconciliarme con los anhelos de mi tía. Me interesan los espacios de la casa como zonas de representación que cambian con el paso del tiempo y el correr de las épocas. También me interesa cómo se articula el espacio semipúblico y semiprivado en la configuración de nuevos planos y nuevas plantas del hogar, desde las casas humildes con salón-comedor hasta las más pudientes con salón, comedor, despacho y otras tantas estancias de diversa funcionalidad.
En una ocasión escuché en una entrevista a Richard Kuklinski, el famoso psicópata que hizo una fortuna trabajando como sicario para la mafia de Nueva Jersey y de Nueva York durante más de tres décadas. Hablaba con serenidad de su carencia casi total de sentimientos. Decía en aquella entrevista, inconmovible, que a lo largo de toda su vida solo había sentido afecto hacia sus tres hijos, y que encerrar a algunas de sus víctimas en una cueva remota y dejarlas sin comida ni agua hasta que las ratas se las comiesen vivas, grabándolo todo con una super-8, le producía una extraña sensación de incomodidad, de irritación. Una sensación desagradable –pero una sensación, al fin y al cabo– que persiguió en un par de ocasiones con rigor científico, solo –y dijo solo en su sentido de exclusividad, no de escasez o pobreza– por curiosidad hacia su propia y gélida persona.
Yo no soy tan complejo ni interesante como Kuklinski o un sacerdote del siglo xvii, a quien nunca sabremos si también movía la curiosidad mientras registraba con el aliento contenido la descomposición de sus hermanos en un brillante códice miniado. A mí me basta visitar casas vacías, antiguos hogares, para sentir un estímulo cautivador y querer abrazarme a la vida. Las casas vacías y disponibles, dispuestas a todo con tal de empezar de nuevo, son la vida. De las viviendas que uno puede encontrar en alquiler o a la venta, tres son las que me interesan especialmente, y todas tienen en común la necesidad violenta de su ofrecimiento: la casa de una persona anciana recién fallecida de la que los hijos se quieren deshacer sin tocar nada; la casa de una pareja o matrimonio abruptamente disuelto; la casa sin herederos que pone a la venta un banco. Estas tres tipologías comparten la brusquedad de un momento congelado en el espacio y en el tiempo. Todas ellas, con sus reproducciones de pinturas célebres, su vajilla de porcelana y su ropa de cama, son yacimientos arqueológicos fosilizados. Visitarlas es leer un libro y habitarlas, aunque sea mentalmente, es renacer.
No siempre visito inmobiliarias, he probado también llamando a particulares, pero sobra decir que no es lo mismo: el propietario de la casa me recibe más o menos caluroso e intenta venderme un espacio ya cargado de emociones. El agente inmobiliario, en cambio, con su traje barato y su frío catálogo de apartamentos vacíos, con su silencio encerado como el mármol y su distancia virgiliana a mis espaldas –mientras recorro el salón, los pasillos, la galería, asintiendo satisfecho, aunque invariablemente indeciso– me aporta el nivel exacto de ausencia que necesito para hacer mías las voces que están ahí, pero que no se oyen.
El agente sintetiza en tres palabras de bienvenida todo el potencial del espacio, y luego me permite vagar por la casa acariciando los muebles, abriendo los cajones, asomándome por las ventanas, sentándome en cada colchón de cada cama de cada dormitorio de cada casa vacía. No puedo ni imaginar lo que significa que un grupo de ratas te mordisqueen hasta que te desangres o pierdas el conocimiento, tampoco soy capaz de intuir el cosquilleo que Kuklinski podía sentir viendo y rebobinando aquellas cintas repugnantes. No es que quiera saberlo, no me interesa en absoluto, yo prefiero el mundo desierto y lleno de posibilidades que me ofrece el catálogo de una inmobiliaria.
Acudo a este tipo de agencias porque no puedo llamar a la puerta de cualquier persona y pedirle que me enseñe su casa. Pero cuando el catálogo en la ciudad se estrecha, y más aún desde que no puedo volar al extranjero, navego en Internet y buceo por portales inmobiliarios donde esas personas que nunca me abrirían la puerta de su hogar ponen a mi disposición fotografías, planos y proyecciones holográficas de su intimidad. Ahí se aprecia especialmente cómo la degradación es casi siempre unidireccional. Es raro encontrar un lugar derruido –que antes no hubiera sido un hogar maravilloso– convertido ahora en una casa de ensueño, pero sí es común reconocer casas que alguna vez fueron espectaculares, con chimeneas de mármol y suelos de madera en espiga o de baldosa hidráulica, y que ahora presentan las paredes ahumadas y desgastadas, los suelos con parches de baldosas de cuarto de baño, las instalaciones eléctricas a la vista, las humedades en el techo que alguna vez fue alto y que alguien bajó con escayola no se sabe por qué extraña moda arquitectónica. Quizá para no sentirse pequeño o para reducir el mundo a imagen y semejanza de sus ambiciones.
En ese universo, cada vez más limitado, me moví durante varios años jugando a ser un Gaston Bachelard desorientado.
Yo acababa de llegar a Nápoles y desde un camastro temporal en un albergue tan práctico como infecto contacté con todas las agencias que pude. Así conocí a Salvatore, dispuesto a mostrarme el piso de mis sueños: un trechito por San Biaggio dei Librai, atravesamos Via Duomo y entramos en el barrio de Forcella, reino de las balas perdidas. Giramos en un callejón y en otro y en alguno más, entramos a un piso en ruinas, miradas furtivas, ruidos furtivos, esta es una ubicación única, nuclear, a un tiro de piedra de la estación central y de todos los atractivos turísticos, zona tranquila, ideal para una persona soltera, joven, no tan joven, usted, tú, Voi, vos. Observo que los endebles tabiques que separan las estancias del apartamento son impostados y no llegan al techo, como en los cambiadores de una tienda de ropa. Asiento mil y una veces y escapo en cuanto puedo, tramando mi futura preferencia por las rutas inmobiliarias de carácter ocioso.
Ya en la calle, a salvo de los mundos posibles de Salvatore en los que ese piso era el nido de mis sueños, me senté en un banco, que es por definición un mueble, algo móvil, y me invadió una extraña sensación de tristeza al ver los tornillos que lo fijaban al suelo. Ese banco se volvió de pronto una metáfora de lo que acabaría siendo mi existencia. Recuerdo que me levanté lo más rápido que pude y me fui, me fui andando, seguí moviéndome, sentí que seguía moviéndome y me fui, no sé hacia dónde. «El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo», escribió Monterroso sentado en una silla plegable o en un sillón con ruedas.
El piso en Forcella lo perdí de vista, pero a Salvatore no, pues después de que Amelia llegara a mi vida él fue quien nos hizo llegar al pequeño apartamento desde el que escribo esta nota. A pocas calles del Duomo y de ese banco inmóvil al que ogni tanto peregrino –y desde el que, sentado esta mañana, he sabido que la sangre de san Gennaro no se licuará este año– se alza un quinto piso sin ascensor que en su momento nos enamoró por la diminuta terraza de uso particular que debe uno atravesar para entrar en la casa. Por lo demás, es un cuchitril de salón, cocina y dormitorio, que juntos decoramos de forma parca pero eficiente forrando las puertas con recortes de periódico y pintando las paredes de colores.
Cuando la conocí, Amelia giraba por España con un pequeño circo ambulante. Siendo una niña había emigrado desde Montevideo con su familia, y desde entonces se había dedicado con pasión y gracia singular a lanzar cuchillos sobre la cabeza de su padre. Recuerdo que la vi por primera vez a las afueras de Bilbao, donde me encontraba para participar en un insulso congreso nacional sobre melancolía y artes. Diré que era de noche y que ese fue el día en el que empezó todo –qué raro se me hace escribir «el día en el que empezó todo», pero yo no tengo la culpa de que todo empiece siempre en algún punto exacto, más allá de quién escriba el punto–. Ella salía de una carpa montada en un solar entre altos bloques de edificios con el tejado ligeramente inclinado a dos aguas, como silos habitados. El espectáculo circense no era lo que me había atraído a la ciudad, pero al pasar casualmente junto a la carpa la vi salir con gesto nervioso y acalorado, palpándose con brusquedad el pecho en busca de un cigarrillo que pareció ofrecerme al tropezarse conmigo. Enseguida supe que el cigarrillo no era para mí.
Por aquel entonces yo todavía fumaba, así que cuando me pidió fuego prendí el cigarro y le pregunté si el sofoco y las prisas eran cosa del vicio. Me contó entonces a qué se dedicaba y que esa misma noche, durante el número que acababa de realizar, había cometido el primer error de su vida. Una daga se había desviado mínimamente de su recorrido, realizando un corte superficial en la mejilla de su padre. Sin conocerla de nada le dije –lo había oído decir tantas veces– que no era culpa suya, que su padre estaría bien y que no se lo tendría en cuenta. Me miró incrédula. Por supuesto que era su culpa, pero el corte no importaba. Era el error, el desvío, lo que la atormentaba.
Cuando volvimos a vernos algunos años después en Madrid yo ya había dejado de fumar, pero llevaba siempre un encendedor en el bolsillo. Aunque estaba instalado en Nápoles, había vuelto unos días a la capital para participar en un seminario sobre poéticas de la transgresión. De camino al hotel en el que me alojaba bajé del autobús y entré en un bar en el que me sirvieron un café malo y caro. En Madrid, por lo general, el café es malo y el pan, congelado.
No había nadie más. Detrás de la barra el camarero hojeaba un periódico de hacía varias semanas en busca de una noticia concreta. Intentaba corroborar algo. Un asunto relacionado con una apuesta y un cliente, algo que quería contarme, pero que no permití que me contara diciéndole que me dejase un poco en paz, que necesitaba silencio. Se encerró de nuevo entre las páginas del periódico y fue entonces cuando se abrió la puerta y Amelia entró con el frío. Andaba como si no pisase el suelo. Ese suelo repleto de servilletas arrugadas con las marcas aceitosas de cientos de dedos. Andaba sin mirar a ningún lado. Pidió algo que no escuché y el camarero le sirvió algo que no vi. Eso no importa. Mi cabeza se disparó y antes de que me reconociera empecé a imaginar que Amelia se había perdido siendo niña en una gran ciudad que era Madrid o que, en realidad, nunca fue Madrid. Se perdió sin dinero, sin amigos, y solo llevaba consigo una antigua victrola a cuerda, una Paillard suiza de 1940 que hacía sonar en la calle a cambio de alguna moneda. La manivela hacía sonar dos grabaciones: un viejo foxtrot sueco y un disco de canciones indias. Intenté tararear ese foxtrot desconocido y entonces ella me vio, nos saludamos y me dijo que el cuchillo desviado de su curso en Bilbao había apuntado en la dirección que debía seguir, y que esa dirección la había llevado hasta allí, donde habíamos vuelto a encontrarnos.
«No seas idiota. Deberías dejar las drogas y formar una familia». Las palabras de Jack Brooke resonaron como si él también estuviera allí mismo y entonces supe que el error se había convertido en una puerta. Pocos días después la invité a venir conmigo a Nápoles.
Aunque nunca dejó de lanzar cuchillos –ese fue el precio que tuve que pagar–, Amelia dejó el circo, dejó a su familia y juntos fundamos un nuevo espectáculo de variedades y prodigios cotidianos. Fueron sin duda los mejores años de mi vida, hasta que alguien –ese alguien que nunca da la cara– decidió escribir el punto. Como Alex Honnold en aquel famoso documental sobre escalada sin cuerda, el mundo sabía que la vida ambulante y el espíritu nómada no se pueden contener. Desde que Amelia se fue –«Todo artista es un amante desgraciado. Y los amantes desgraciados quieren contar su historia», dejó escrito sobre la cafetera–, siento que el apartamento ha ido poco a poco sufriendo una suerte de regresión que lo ha devuelto a su estado inicial. Como una mariposa que forzara la entrada a la crisálida para salir de nuevo convertida en gusano.
Salvatore nos hizo ver desde el principio que se trataba de una casa con posibilidades, pero nuestra imaginación debía proyectarlas por encima de la basura y de los numerosos enseres que el último propietario había dejado al marcharse.
Se trataba –esto lo supimos después– de un sacerdote y químico español que había dejado su trabajo como profesor en la Universidad de Salamanca para dedicarse en exclusiva a la vida religiosa. Después de un tránsito largo y errante había ido a parar allí, al sur de Italia, donde poco antes de que una hija suya bastarda pusiera en alquiler el piso –sin tocar nada e incluso sin haberlo visto antes– se suicidó atándose al cuello una vieja y pesada máquina de escribir que no sé con qué intrincada técnica había logrado dejar caer por detrás de un enorme armario de caoba.
El armario sigue en su sitio y la basura senil de aquel hombre, que no sin esfuerzo retiramos Amelia y yo, ha sido progresivamente sustituida por la mía propia. Además de billetes inútiles y alguna baratija de plástico que sin querer idolatro, en lo que antes fue el salón atesoro pilas enteras de revistas y periódicos –libros, ninguno, pues me deshice de ellos a tiempo–, como esos ejemplares del día en que murió Franco que compré en un anticuario de la calle Santa Ana en Madrid y que traje conmigo hasta Nápoles hace ahora no sé cuántos años.
El periódico Ya
