Tormenta de verano (epub) - Toni Gasa Serrado - E-Book

Tormenta de verano (epub) E-Book

Toni Gasa Serrado

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Beschreibung

Cuando Carlo regresa a Barcelona tras la muerte de su madre, no pensaba encontrarse tan rápidamente con su pasado. Victoria y Miguel han acudido al tanatorio a consolarlo. Él, su mejor amigo desde la infancia. Ella, su amor de juventud. Victoria y Miguel ahora están casados. Tras ese reencuentro, el matrimonio invita a Carlo a pasar el verano con ellos en el Empordà, una propuesta que este acepta. La relación entre Victoria y Miguel no pasa por su mejor momento, así que, para ambos, la llegada de Carlo supone un estímulo a su rutina aunque tendrá consecuencias que en ese momento ninguno de los tres son capaces de prever.

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Seitenzahl: 303

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Sinopsis

Cuando Carlo regresa a Barcelona tras la muerte de su madre, no pensaba encontrarse tan rápidamente con su pasado. Victoria y Miguel han acudido al tanatorio a consolarlo. Él, su mejor amigo desde la infancia. Ella, su amor de juventud. Victoria y Miguel ahora están casados.

Tras ese reencuentro, el matrimonio invita a Carlo a pasar el verano con ellos en el Empordà, una propuesta que este acepta.

La relación entre Victoria y Miguel no pasa por su mejor momento, así que, para ambos, la llegada de Carlo supone un estímulo a su rutina aunque tendrá consecuencias que en ese momento ninguno de los tres son capaces de prever.

Biografía

Toni Gasa (Lleida, 1979) es licenciado en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona, máster en Marketing Digital y doctorando en Arquitectura, Diseño, Moda y Sociedad en la Universidad Politécnica de Madrid. Después de algunas colaboraciones en medios de comunicación, ha desarrollado su carrera profesional como director de comunicación en el sector de la moda y el lujo.

Ha vivido en Barcelona y desde hace ocho años reside en Madrid.

Tormenta de verano es su primera novela.

Portada

TORMENTA DE VERANO

TONI GASA

Créditos

Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte

Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

espai

es una colección de libros digitales de Editorial Milenio

© del texto: Toni Gasa Serrado, 2019

© de la ilustración de la portada: Eduardo Navarro., 2019

© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2020

© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023

C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida

[email protected]

www.edmilenio.com

Primera edición impresa: noviembre de 2020

Primera edición digital: abril de 2023

DL: L 314-2023

ISBN: 978-84-9743-996-1

Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L

www.bobala.cat

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Dedicatoria

Para Héctor,

por tantos veranos que quedan por llegar.

Cita

«Así me vuelve a mí desde el pasado,

como un grito inconexo,

la imagen de tus ojos. Expresión

de mi propio deseo».

Jaime Gil de Biedma, Peeping Tom

I

—Pensaba que ya no vendrías —dijo Miguel mientras veía a Carlo reflejado en el espejo. Terminó de secarse las manos y se abrazó a su amigo—. Lo siento mucho. ¿Ya la has visto?

—No, todavía no.

—Te acompaño antes de que la bajen, el funeral no tardará en empezar. Victoria está llegando.

Carlo salió del baño al cabo de unos minutos con la cara empapada y sacudiéndose las manos mojadas.

—Vamos —dijo Miguel pasándole el brazo por la espalda.

El sol de finales de julio entraba a raudales por la inmensa cristalera de la fachada del edificio de líneas modernas y minimalistas, lo que creaba un efecto galáctico en el largo pasillo que recorrían a paso lento. A un lado se sucedían una serie de puertas de madera clara, algunas cerradas, otras entreabiertas y, al otro, dos estructuras lineales de color gris a modo de sofá que proyectaban todavía más el pasillo hasta el infinito. Un conjunto de cuerpos sentados, de pie y en movimiento, emitían un susurro denso que ascendía por la desproporcionada altura interior del edificio, y rebotaba sobre sus cabezas aplastándolos como una mole de cemento. Carlo dejó de andar porque Miguel lo retuvo delante de una puerta abierta de par en par idéntica a las que habían acompañado su trayecto desde los servicios. No leyó el letrero con el nombre de su madre. Entraron y, nada más verle, una señora se le abalanzó para darle un abrazo seguido de dos besos. Carlo buscó con la mirada a Miguel, pero sus ojos se cruzaron con otros que reconoció al instante. Se enfrentó a una decena de personas que querían besarlo, abrazarlo y estrecharle la mano. No reconocía esas presencias que se le acercaban con cara de circunstancia, salvo a ella. Victoria esperó su turno para abrazarlo y besarlo. Le susurró al oído que lo sentía mucho y, cuando quiso darse cuenta, Manoli, la señora que lo recibió a besos y prima de su madre con la que estaba muy unida, ya se lo había llevado hacia el fondo de la sala. Detrás de una pared de cristal vio a su madre por última vez. Notó que algo le oprimía el pecho. Apretó los dientes mientras se le tensaba el cuerpo y una corriente fría le subía desde los pies hasta la cabeza y le volvía a bajar, provocándole un temblor incontrolable. Victoria se acercó hasta el cristal y apoyó su mano en la espalda de Carlo. Se quedaron así unos minutos, pocos, muchos, no era capaz de percibir el tiempo real, como si se hubiera adentrado en una dimensión desconocida, mientras Manoli, que en todo momento llevó la iniciativa, no dejaba de repetir unas frases que Carlo parecía no entender. Al otro lado de la pecera yacía su madre, menguada, dentro de una caja de madera noble y reluciente, el pelo corto, casi blanco —la última vez que la vio había dejado de teñirse—, que daba todo el protagonismo a una cara sin expresión pero que conservaba su belleza de rasgos serenos. La camisa blanca de seda con la que la habían amortajado se confundía con el forro del féretro, creando un efecto deslumbrante que enfriaba más todavía su contemplación. A los pies, apoyadas en las peanas que sujetaban la caja, había tres coronas de flores. Una de ellas llevaba una banda donde leyó: «De tu querido hijo».

En un susurro respetuoso pero firme, un chico joven vestido con un traje negro de mala calidad y una talla más grande de la que necesitaría, les pidió por favor que fueran bajando hacia la sala multiconfesional. Obedecieron y, al salir por la puerta, Victoria se quedó al lado de Miguel, que había esperado fuera todo el tiempo con Eulalia, su madre, y otras señoras igual de bien vestidas. Carlo fue rodeado por un grupo de personas que enseguida formaron una comitiva que se puso a marchar por el pasillo como si fueran atraídos por los halos de luz que atravesaban el corredor.

A ambos lados de la pared de hormigón que hacía las funciones de altar, dos cristaleras de suelo a techo dejaban entrar los rayos del sol dibujando sombras abstractas sobre el suelo gris. El frío helador del aire acondicionado los fue recibiendo. Carlo se ubicó en la primera fila de bancos acompañado de la prima de su madre, del marido de esta y de una de sus hijas. De pie recibieron al ataúd, que entró por uno de los laterales sobre un carrito con ruedas empujado por el chico del traje grande y por un compañero que podría ser su clon. Quedó expuesto en un lateral del altar, acompañado de las coronas de flores. Miguel y Victoria se sentaron en uno de los últimos bancos ocupados, que no llegaban a la mitad de la sala, y siguieron las palabras mecánicas del cura sin dejar de observar a Carlo, al que solo veían de espaldas. Apenas pasados veinte minutos, y dos piezas de música clásica anodinas tocadas en directo por un piano electrónico y un violín, el cura dio por finalizada la ceremonia y los asistentes fueron invitados a salir por una de las cristaleras que daba directamente al jardín del tanatorio mientras casi al mismo tiempo se abría la puerta principal de la capilla y entraban los asistentes al siguiente servicio.

Carlo recibió el pésame de todos los presentes. Reconoció algunas caras, sobre todo de las que habían sido compañeras de trabajo de su madre. Eulalia, otra de las caras conocidas, se despidió cariñosa, como siempre había sido con Carlo, y también besó a Miguel y a Victoria antes de marcharse. Los dos esperaron a que la mayoría de asistentes se hubiera ido para acercarse a Carlo. El sol de la primera ola de calor del verano caía con aplomo sobre sus cabezas, por lo que buscaron un saliente del edificio para resguardarse de su contundencia. Antes de que sus amigos pudieran decirle nada, Carlo se adelantó y les pidió que se fueran a casa, que prefería que no se quedasen al entierro. Miguel le dio un abrazo más largo que el que le había dado en los baños y no pudo evitar que unas lágrimas se asomaran a sus ojos sin llegar a derramarse. Victoria, con los ojos todavía llorosos escondidos detrás de unas gafas de sol de grandes dimensiones, le dio su tarjeta de visita donde constaba el nombre de la revista donde trabajaba y su número de teléfono móvil después de abrazarle y darle un beso largo en la mejilla. Carlo prometió que les llamaría al día siguiente.

En el coche, que llevaba varias horas aparcado a la intemperie, el calor era todavía más insoportable. Miguel, tomando la carretera para volver a la ciudad, bajó todas las ventillas y conectó el aire acondicionado a la máxima potencia. Barcelona se extendía a sus pies desdibujada por una fina bruma de calor y polución que la cubría por completo, desde la misma montaña de Collserola hasta el mar. Cuando dejaron las curvas, Victoria subió las ventanillas. Miguel conectó la radio para rellenar el silencio que les acompañaba, apenas se habían cruzado cuatro frases desde que se habían encontrado en el tanatorio. Una locutora de voz impostada preguntaba a un experto acerca de consejos para cuidar de las plantas durante los meses de vacaciones. Victoria la apagó cuando el coche pisó las calles del primer barrio que quedaba a los pies de la ladera del Tibidabo y le pidió a Miguel que la acercara hasta la redacción de la revista porque tenía una comida de trabajo. Cuando hubieron llegado, se despidieron con un beso fugaz y Miguel deshizo el camino hasta su oficina, en el otro extremo de la ciudad, a pocas manzanas de su casa.

En unos días, los barrios más alejados del centro quedarían desiertos, pero ese mediodía, a pesar de estar a finales de julio, el tráfico todavía era intenso. No tenía prisa por llegar al estudio, conducía despacio, mecánico, absorto en recuerdos de infancia que ya quedaban muy lejos. Carlo siempre estuvo en su vida, no recordaba cuándo ni cómo llegó. ¿Compartieron pupitre el primer día de colegio? ¿O empezaron a entenderse jugando al fútbol durante el recreo? No sabría decir cuál fue la primera vez que lo vio pero sí recordaba bien la última. Y le dolía rememorarla. Un dolor que se llenó de tristeza después de la visita al tanatorio. Sabía por su madre que Asun, la madre de Carlo, había tenido un cáncer de pecho pero pensaba que se había recuperado. Le sorprendió la noticia, y no pudo evitar pensar en la suya, que tenía casi la misma edad. Estaba bien de salud, pero la sola idea de tener que enfrentarse a su muerte, o a la de su padre, algo en lo que ya empezaba a pensar con cierta frecuencia, le producía tal desasosiego que lo borraba enseguida de su mente. El WhatsApp en que Eulalia le daba la noticia del fallecimiento de la madre del que había sido su amigo inseparable, lo dejó muy triste. A pesar de los años que hacía que no se hablaban, no pudo evitar cierta inquietud por un reencuentro muchas veces imaginado. Quería estar preparado pero nadie le pudo confirmar si Carlo asistiría o no al funeral. Seguía siendo imprevisible. Su cuatro por cuatro subía por una calle del Eixample mientras reproducía el encuentro con su amigo en el baño del tanatorio. Lo reconoció antes siquiera de verlo con claridad. Estaba con la mirada distraída mientras se lavaba las manos pero notó una presencia que llenó enseguida la aséptica estancia que olía a desinfectante. Y habían pasado trece años. Empezaba a notar cómo los nervios que le habían acompañado desde ese momento se iban aflojando y un calor en forma de hormigueo le recorría de forma simultánea el estómago, las piernas y los pies. Acababa de aparcar en el garaje del edificio donde tenía el estudio de arquitectura pero no se decidía a salir del coche. Estaba atrapado en un verano de trece años atrás casi tan caluroso como aquel.

En realidad, Victoria no tenía ninguna cita de trabajo, pero en esas circunstancias prefería estar a solas para digerir las emociones de la mañana. Subió hasta la planta veinte de un moderno edificio de oficinas donde estaba la redacción de la revista de moda en la que ejercía como subdirectora. A esas horas ya casi no quedaba nadie, ni en la redacción ni en el edificio. En verano trabajaban hasta las tres de la tarde y la mitad del equipo ya estaba de vacaciones. Sacó una Coca-Cola Light de la máquina de refrescos, su única comida para ese día, se sentó en su mesa, pegada a la cristalera desde la que veía el mar en la línea del horizonte, y encendió el ordenador con la firme voluntad de trabajar un rato. Se sentía incapaz de enfrentarse a todo lo que se le había removido por dentro desde que sus ojos se cruzaron con los de Carlo en la sala del velatorio. Escribió su contraseña en el ordenador y apareció la imagen que tenía como salvapantallas: una foto en blanco y negro, firmada por Peter Lindbergh, en la que aparecían retratadas algunas de las supermodelos de los años noventa, como Naomi Campbell, Linda Evangelista o Cindy Crawford, entre otras. Esa foto, que siendo una adolescente recortó del suplemento dominical de un periódico que compraban en casa de sus abuelos, le acompañó durante muchos años y fue el origen de su interés por la moda y por las revistas. Siempre que le aparecía en el ordenador —hacía varios años que la usaba como fondo de pantalla—, le echaba un vistazo rápido con el que era capaz de reconocer de inmediato las miradas poderosas de esas cinco mujeres, a varias de las cuales había tenido la oportunidad de conocer y entrevistar. Esa tarde, no le produjo ningún efecto. Le quedaban un par de temas por revisar antes de tomarse vacaciones la semana siguiente, pero sucumbió a su estado de agitación y fue incapaz de recordar la ruta del servidor donde estaban guardados los dos reportajes que tenía que cerrar. Daba pequeños sorbos al refresco mientras proyectaba su mirada perdida a través de la ventana. El cielo se había encapotado de repente. Unas nubes densas que parecían humo subían desde el mar cubriendo toda la ciudad. Hacía trece años que no sabía nada de él. En todo ese tiempo solo le había llegado alguna noticia con cuentagotas por parte de Eulalia, que coincidía con Asun de vez en cuando. Durante todos los años de ausencia, había temporadas en que conseguía no acordarse de Carlo, pero siempre había un olor, un sabor, una palabra o un recuerdo que ponían fin al olvido y lo hacían presente. Pasaron un par de horas sin que fuera capaz de tocar una tecla del ordenador. Antes de apagarlo, consultó los horarios de las actividades dirigidas del gimnasio. En media hora empezaba una clase de pilates, seguro que Miguel llegaría tarde y, esa semana, la niña seguía de vacaciones en casa de los abuelos, así que estaba totalmente libre.

Más cansada pero con el ánimo igual de revuelto, llegó a casa. Frida, su inseparable perrita, la recibió como si llevara años sin verla, una ceremonia que se repetía cada día, volviera de donde volviera: de un viaje, de un día de trabajo o de comprar el pan. Comprobó que Miguel todavía no estaba. Se puso cómoda, se sirvió una Coca-Cola Light con mucho hielo, conectó el aire acondicionado y se sentó en la zona de trabajo que tenía ubicada en una esquina del salón. Se trataba de un escritorio danés de los años cuarenta y la reedición de una silla de autor que habían comprado en un anticuario del Empordà cuando se casaron. Encendió una vela que en pocos minutos llenó toda la estancia de frescor y de un intenso olor a higuera. No estaba segura de si la encontraría donde pensaba que estaba guardada así que empezó a buscarla. Primero abrió el último cajón de los tres que había en el lado izquierdo y miró en un portafolio de piel negra que estaba en el fondo de todo cubierto de carpetas y libretas de distintos colores y tamaños. Allí no estaba. Lo volvió a ordenar todo y repitió la operación pero con los cajones de la derecha. Abrió un viejo cuaderno grande que durante una temporada había usado como diario y en la solapa del interior de la tapa encontró la carta. La cogió y recordó que el sobre no tenía destinatario, solo remitente, en el que constaba su nombre y la dirección del periódico donde trabajaba en aquella época. Hizo ademán de sacar las hojas del sobre cuando oyó en la cerradura unas llaves que anunciaban la llegada de Miguel acompañada de los ladridos de Frida. Lo recogió todo otra vez y extendió varios papeles por encima del escritorio como si estuviera revisando unos documentos, bolígrafo en mano. Vio aparecer a Miguel por la puerta del salón.

—No me quito a Carlo de la cabeza. ¿No te ha dado ningún número de móvil, verdad? Bueno, voy a ver si lo localizo en casa —dijo Miguel empezando a marcar el número que todavía recordaba de memoria.

—Yo tampoco me lo quito de la cabeza —repitió Victoria.

Se levantó del escritorio y vio por el ventanal del salón el destello de un relámpago seguido por el crujir de un trueno. Se refugió en la cocina para ver si Katia, la asistenta, ya tenía la cena preparada, aunque ella no tenía nada de apetito.

Carlo entró en el que había sido su portal de toda la vida cargando una bolsa de fin de semana de piel envejecida. El portero titular estaba de vacaciones y el chico que lo sustituía no lo había reconocido, así que le preguntó a qué piso iba. El ascensor se detuvo en el segundo y Carlo se paró por unos momentos delante de la puerta de su casa sin atreverse a abrirla. Finalmente sacó la copia de las llaves que le había dado Manoli, porque había olvidado las suyas en Berlín. Dejó el equipaje en el recibidor y lo primero que hizo fue abrir las ventanas. La casa llevaba varios días cerrada y el calor y la humedad se habían concentrado haciendo el ambiente irrespirable, aunque todo estaba perfectamente ordenado y recogido. Encima de la mesita de centro de metacrilato, entre las figuritas de plata y porcelana que la poblaban, había un ejemplar de La Vanguardia. Era de hacía cuatro días y estaba doblado por la mitad dejando a la vista el crucigrama a medio resolver, con el bolígrafo sujeto a los pliegues del papel por la pestaña de su capuchón azul. Al lado del sillón, tapizado con una tela de flores grandes en colores rosados donde solía sentarse su madre, sobre una mesita de mármol en la que reposaba una lámpara, había un vaso de agua medio vacío, varias cajas de medicamentos y el último premio Planeta. Se sentó en el sillón y observó la estancia.

Aquella casa donde había crecido pero hacia la que tampoco guardaba un especial sentimiento de pertenencia seguía intacta a pesar de los años. Respiraba un aire clásico sin pretensiones. Así era su madre. Supo adaptarse con naturalidad al entorno burgués al que accedió cuando se casó con su padre y aprender sus códigos con naturalidad. Pero poca gente de su entorno conocía el esfuerzo que tuvo que hacer durante muchos años para mantener, con un marido que la dejó al poco de nacer Carlo, lo que había ido consiguiendo gracias a su trabajo como azafata de vuelo, ya que el dinero de la abuela italiana, la Nonna, como la conocía Carlo, no alcanzaba para todo. Ni su dignidad le permitía pedir más. Cogió el vaso de agua, bordeó la mesa del comedor y lo dejó en el fregadero de la cocina. Recogió su bolsa de viaje y la llevó a su habitación de adolescente.

Mantenía los mismos muebles que le regaló su abuelacuando cumplió catorce años. Enmarcada por una estructura de estanterías de madera de color claro que ocupaba toda una pared, había una cama nido en la que alguna vez había dormido Miguel y algún primo del pueblo de su madre que había venido a visitarles. Un escritorio con una cajonera a juego con el resto de muebles en la pared izquierda y un futón rojo de piel sintética donde pasaba muchas horas de adolescente a los pies de la cama completaban el mobiliario. Volvía a haber cortinas en la ventana que daba al patio interior, dos tiras de algodón grueso de rayas azules y blancas, y seguía allí la colección completa de las aventuras de Tintín, varios libros de David el Gnomo, de Mortadelo y Filemón y de los Pitufos, además de un montón de blocs de dibujo de varios tamaños, con las hojas amarillentas por el paso del tiempo. De los pósteres de El grito de Munch y de Jim Morrison de The Doors no quedaba ni rastro. Hacía años que su madre los había sustituido por un dibujo al carboncillo de un estudio de anatomía de una mano firmado por Carlo en el primer curso de Bellas Artes, y por dos pinturas abstractas, regalo de dos navidades seguidas, que apenas reconocía como suyas de tanto que había cambiado su estilo de pintura en los últimos años. Se quitó la ropa y se tumbó en la cama. Le venían a la mente imágenes en forma de retazos de todo lo que había pasado desde que había aterrizado en Barcelona a primera hora de la mañana. El ataúd en aquella sala desnuda, el entierro, el bochorno pegajoso y las lágrimas de la prima Manoli, el encuentro con Miguel, el olor de Victoria. Se entretuvo rememorando ese perfume que tanto había echado de menos y que volvió a sentir cuando le dio dos besos, pero la imagen de su madre metida en el féretro medio abierto dominaba su pensamiento una y otra vez. Ya no la volvería a ver nunca más. Ni nunca más oiría su voz. Esas certezas le retorcían el estómago de dolor. Se giró en posición fetal hacia el lado de la pared y así estuvo un buen rato, mientras en su cabeza se alternaban imágenes de su madre recogiéndolo a la salida del colegio o paseando por Berlín las pocas veces que ella fue a visitarlo, con el olor de Victoria, con los ojos de Victoria. Con Victoria. Sonó el teléfono pero no se levantó a responder. Volvió a sonar una segunda vez y, a la tercera, lo cogió desde el salón. Era Miguel que quería saber cómo estaba. Carlo le respondió que bien, que estuvieran tranquilos y le prometió que se verían al día siguiente para comer. Carlo anotó la dirección del restaurante en una esquina del periódico y colgó. El salón estaba casi a oscuras y ya había dejado de llover. Pasaban de las diez de la noche.

Sintió hambre, no sabía las horas que llevaba sin comer. Husmeó en la cocina. Tomó un par de rebanadas de pan de molde integral con queso y un yogur con extra de calcio que encontró en la nevera. Se dio una ducha y se metió otra vez en la cama desnudo. Quería dormir pero no lo lograba. Su cabeza seguía con la misma actividad que durante la tarde. De vez en cuando hacía el esfuerzo de poner la mente en blanco pero se agolpaban de nuevo los recuerdos y un carrusel de imágenes inconexas. Entre su madre, Miguel y Victoria, apareció una cara que había reconocido en el funeral. Era Carmen, una compañera de trabajo de su madre. Y él tenía once años. Estaba como hoy, desnudo encima de las sábanas de una cama sin deshacer. No le gustaba dormir con pijama y se lo quitaba siempre que podía. Había cogido del tendedero unas bragas de Carmen que, al separarse de su marido, se había instalado en su casa durante un par de meses. Las sacó del cajón donde las había escondido y empezó a olerlas. De repente, Carmen era Victoria, y el recuerdo de aquella ropa interior mezclado con el calor de aquella noche de julio, el cansancio y el dolor lo sumieron en un estado de excitación. Dejó que su imaginación siguiera proyectando imágenes inconexas de cuerpos desnudos, caras conocidas en cuerpos desconocidos, el olor de Victoria, el roce de unas manos, Carmen con el uniforme azul marino ceñido de azafata y la falda justo por debajo de la rodilla, las bragas de Carmen que ahora olían a Victoria... Secó la eyaculación con la camiseta que había tirado a los pies de la cama. Se dio la vuelta y se durmió.

II

Miguel se levantó cansado de dar vueltas en la cama, apenas había dormido tres horas. Estuvo tenso desde el mismo instante en que entró en el tanatorio y su madre le informó de que Carlo estaba a punto de llegar. No dejaba de imaginarse cómo sería volver a ver a Carlo, qué le diría, cómo se comportaría su amigo después de tantos años de silencio. Hizo verdaderos esfuerzos por aparentar normalidad a pesar de las circunstancias del reencuentro, pero hacía mucho tiempo que una situación no le provocaba tanta incomodidad. Durante un tiempo echó mucho de menos a Carlo. Intentó conseguir su teléfono o su dirección a través de Asun en varias ocasiones, pero esta tenía prohibido compartir ningún dato de su paradero con nadie, y menos con Miguel o Victoria. Asun intentó mediar en lo que intuyó que era un conflicto entre su hijo y su amigo pero Carlo se mantuvo fiel a su tajante intransigencia sin dejar ni un pequeño resquicio por el que poder suavizarla. La madre de su amigo sufría por Miguel, desde pequeños habían sido inseparables, casi como hermanos, por eso cuando se encontraba con Eulalia en las clases de gimnasia siempre le mandaba saludos para Miguel de parte de Carlo, aunque todos sabían que era mentira. A medida que pasaba el tiempo, la figura de Carlo fue diluyéndose. Poco a poco los esfuerzos por conseguir una vía de diálogo que permitiese aclarar las cosas se fueron espaciando en el tiempo hasta que Miguel dejó de intentarlo. Ya había terminado arquitectura, ya era un Vilalta preparado para seguir la saga, y todo su empeño estaba puesto en honrar ese apellido.

Su reto era estar a la altura de su abuelo, el que inició la estirpe de arquitectos, pero sobre todo a la de su padre, el alma mater del estudio y uno de los arquitectos más importantes de su generación. Para Miguel, su padre era un referente, y a la vez un modelo muy difícil de alcanzar. No aceptaba no ser capaz de conseguirlo. Esa inseguridad le atormentaba con frecuencia, no encajaba las críticas de los demás. Que dudasen de su valía era uno de sus peores miedos, una debilidad a la que se sobreponía con impertinentes dosis de superioridad. Tampoco asumía su limitado talento ni que parte de su encanto se debiera más a encajar en el canon de belleza oficial que a una personalidad arrebatadora. Suplía esas carencias con cierta prepotencia pero también con grandes dosis de dedicación. Y con la aprobación de su padre, una figura tan admirada como envidiada, gracias a la cual conseguía mantener a raya sus miedos. Dejaba sobrada constancia de que pasaba muchas horas en el estudio, era el primero en llegar y el último en marcharse, y muchos días volvía por la noche después de cenar, incluso los fines de semana hacía verdaderos malabarismos con el tiempo para poder cumplir con la vida social que tanto le reclamaba y dedicar también unas horas al trabajo. Los primeros años de esfuerzo y aprendizaje dieron pronto sus frutos. A principios de la década del 2000, en Barcelona crecía la construcción de forma desmesurada y el perfil de la ciudad volvía a redibujarse después de la gran oleada de transformación urbanística que trajeron los Juegos Olímpicos de 1992. Su padre fue uno de los grandes artífices de aquel cambio de la ciudad, cuando se construyeron edificios emblemáticos, se crearon nuevos barrios y se mejoraron los antiguos. Barcelona se convirtió en una ciudad moderna, se situó en el mapa mundial. Y Miguel ya tenía cómo medirse con su padre. El trabajo en el estudio iba creciendo y el dinero iba entrando con la misma rapidez que los proyectos: en Barcelona, en Valencia, en Mallorca, en Dubái, en Qatar... hasta el estallido de la burbuja inmobiliaria. Miguel se sintió responsable de no haber sido capaz de lidiar con la crisis, que en varias ocasiones hizo peligrar la continuidad del estudio, el gran legado de su padre. Desde entonces, sus días se habían convertido en un extenuante esfuerzo para aparentar que todo iba bien; sus noches discurrían por un profundo túnel oscuro donde los pensamientos y la sensación de fracaso lo abocaban a un insomnio que ni con pastillas conseguía apaciguar. Y ese estado de fragilidad emocional nocturna se vio fuertemente alterado por la aparición de Carlo. Todavía no eran las siete de la mañana y el calor presagiaba un día sofocante. Se puso la ropa de deporte y salió a correr por la carretera de les Aigües antes de que el bochorno lo convirtiera en una práctica temeraria.

Victoria salió de la cama cuando Miguel ya estaba duchado y vestido a punto de marcharse de casa. Se dieron los buenos días y ella se encerró en el baño junto con Frida, que la seguía a todas partes. Una vez arreglada, antes de sentarse a la mesa donde la asistenta ya había dispuesto su desayuno: un zumo detox verde, una tostadita de pan de centeno con aceite y un café orgánico con leche de soja ecológica, pasó por su escritorio a por la carta que el día anterior había localizado. Esta vez dejó de lado las redes sociales y se concentró en aquel sobre y en las dos hojas que contenía. Reconoció su letra de trazo redondeado y con los puntos de las íes como pequeños globos, aunque últimamente la había empeorado bastante, apenas escribía ya a mano. Empezó a leerla y se vio trece años atrás, sentada en el escritorio de la habitación de casa de su tía abuela donde pasó los cuatro años de universidad. Aquella calurosa noche, con la ventana abierta y la tranquilidad de un agosto sin vecinos, había sentido la necesidad de poner palabras al sufrimiento que en las últimas semanas se había hecho insoportable. Llevaba años sin releer la carta que ahora sujetaba entre las manos, pero al final de la primera hoja se dio cuenta de que todavía se la sabía de memoria. Se tomó el café meditativa, ordenó de nuevo los papeles y salió de casa. En seis horas volvería a ver a Carlo.

Carlo se despertó sin saber por unos instantes dónde estaba. A través de la penumbra de la primera luz del día, fue reconociendo su habitación. Se levantó de la cama y al pasar por el salón, la calma cotidiana que respiraba la casa le provocó un escalofrío. Volvió a la semioscuridad de su guarida y allí dejó pasar las horas en un estado de duermevela del que no quería salir. Hacía esfuerzos para no soñar pero la mezcla de imágenes del día anterior volvía una y otra vez, a ratos los sueños parecían reales, a ratos deseaba que la realidad fuera un sueño. Se despertó empapado de sudor, con la boca seca y la cabeza a punto de estallar. Después de una ducha bien fría, salió a la calle. Desayunó en el único bar del barrio que todavía no había cerrado por vacaciones. Estaba casi vacío, solo había una pareja de rasgos indígenas vestidos con sendos uniformes de servicio en una de las mesas del fondo y una señora con el carro de la compra tomándose un cortado en la barra, a su lado. En el televisor, con el volumen muy alto, tres señoras muy morenas, muy maquilladas y vestidas de colores chillones comentaban la ruptura de una cantante que no conocía. Estuvo un rato contemplando esa conversación salpicada de imágenes de la cantante en cuestión andando por la calle con gafas de sol perseguida por dos micrófonos mientras decidía qué hacer. Había quedado para comer con Miguel y Victoria pero todavía quedaban unas horas hasta las tres. Deambuló por el barrio de su infancia. Pasó por tiendas y restaurantes —todos con la persiana bajada— que apenas reconocía, salvo la confitería de la esquina, que seguía intacta, con los mismos escaparates de grandes cristaleras y molduras de madera centenarias. Y la misma tristeza en su recuerdo.

* * *

Aquel día cumplía ocho años. La noche anterior se había empeñado en llevar al colegio un reloj de cadena que le regalósu abuelo paterno,al que solo había visto una vez, pero su madre no le dejó advirtiéndole de que podría perderlo. Insistió una y otra vez, hasta que Asun tuvo que prometerle que, a cambio, le dejaría elegir la tarta que quisierapara merendar con Miguel y con Juan, su hermano. Le despertaron los besos de su madre, que le cantó el cumpleaños feliz mientras subía la persiana de su cuarto. Se aseó, se tomó el Cola Cao y,de camino al colegio, hicieronuna parada en la confitería donde algunos domingos compraban el roscón de nata que se comían de postre. Su madre le pidió que escogiera la tarta que más le gustara, que a la vuelta la compraría y la dejaría en casa.Le dijo, además,que su padre le había enviado un regalo y le prometió que lo recogería en la oficina de Correos más tarde, aprovechando los recados que tenía que hacer en su día libre.

Pasó la jornada entre clases de matemáticas y lengua con la extraña sensación de ser el protagonista del día cuando toda la clase le cantó el cumpleaños feliz y él repartió caramelos a todos sus compañeros. Salió corriendo al patio buscando la cara de su madre pero solo vio a Encarna, la chica que a veces lo cuidaba cuando su madre tenía que trabajar. Le explicó que habían llamado amamá parasustituira una compañera y que esa noche tendría que dormiren París, que lo sentía mucho y que le mandaba muchos besos,que se podía comer la tarta que había elegido por la mañana y que ya celebrarían el cumpleaños el sábado. Carlo llegó a su casa y, mientras Encarna preparaba unas velas para el pastel,se fue directo a su cuarto. Encima de la cama había un paquete grandeenvueltoen un papel brillante azul marino. Rompió el papel, tiró fuerte del precinto que cerraba la caja de cartón y salió otra cajacon fotos de aviones y palabrasescritas en italiano. La abrió y apareció la maqueta de un Boeing 737. Pero un ala estaba rota. Encarna le llamó varias veces para cantarle el cumpleaños feliz y que soplara la vela en forma de número ocho, pero no le hizo ni caso. Carlo no salió de su habitación en toda la tarde ni dejó entrar a la chica. Tampoco sacó de la cartera los cuadernos con los deberes de matemáticas que lehabíanpuesto para el día siguiente.Estuvo dibujando sin parar, de forma casi compulsiva, hasta que Encarna le pidió, a través de la puerta, que se acostara.

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