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En Catalina Bello hay una necesidad de experimentación que hace que sus creaciones no puedan ser clasificadas de modo sistemático. En este grupo de cuentos titulado Tormenta y palomar hay una fuga hacia lo fantástico, junto con un gusto por el caudal de la palabra y la experimentación estructural. Sus temáticas transitan por lo grotesco, lo misterioso, lo onírico, la intriga y, con frecuencia, por la crítica social; todas ellas enmarcadas dentro de una reflexión existencial llena de ironía que confiere a su obra identidad estilística.
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Seitenzahl: 101
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Catalina Bello
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
Ilustradora: Gema Ortega Martinez.
Fotógrafo: Francisco Dominguez Rodriguez.
ISBN: 978-84-1181-874-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A Paloma Gascón por su aliento en las conversaciones dionisíacas.
A Pilar Vega y su equipo, presentes siempre en la lejanía.
A Félix Páramo, el escriba pragmático.
A Jesús Cañete por los ecos de una conversación aún por terminar.
A Miguel Cordero del Campo por las primeras oportunidades.
A Antonio Gamoneda por su afecto y por creer en mí.
A Juan Manuel Romeral por prestarme sus ojos lectores.
A Clara Zallas, Julia Varella y David Vicente por abrir en mí los primeros surcos.
Prólogo
El escritor no tiene por qué ser un pensador que se aviene a hacer ficciones como quien, apurado por los rigores de decir por escrito sus afanes intelectuales o simplemente vitales, se busca un camino imaginativo que le parece más asequible o vistoso. Pero si el escritor, el auténtico, es también persona reflexiva y atenta, esos bagajes y hábitos del mirar y pensar vendrán muy bien a sumar, contantes y sonantes, en el capital literario. Pero todo eso llegará a la escritura indirectamente: a lo primero que debe atenerse el escritor, en cuanto escritor, es a irse derecho a hacer literatura, porque a la escritura literaria hay que venirse vividos, reflexionados y leídos; nada de esto se improvisa ante los folios o las pantallas.
Catalina Bello no improvisa nada y trae consigo el buen juicio de ir a por la literatura en primer lugar; esa es mi sensación de lectura. Una lectura que viene de lejos, desde que conocí sus escritos a raíz de su paso por las aulas del Máster Universitario en Escritura Creativa de la Universidad Complutense de Madrid. Ha habido tiempo para leer sus textos, conocer sus convicciones de escritora, conversar de temas y modos y maneras, de ahí que pueda atestiguar, no solo por sus textos, que es una escritora consciente de fondos y formas, con cosas que decir y procederes novedosos y personales —esto es una redundancia porque la persona, cuando se revela de verdad, aparece siempre como una novedad en el mundo—. Una escritora inventiva, consciente y artesana, diligente y cuidadosa.
Y buena lectora, de las que no hacen alardes de títulos leídos como si se tratase de títulos de propiedad, acciones bursátiles o caudales pecuniarios; de las que digieren con aprovechamiento los alimentos y asimilan los nutrientes. En este mundo tan personal de Catalina, se adivinan lecturas bien hechas, de las que dejan poso en fondos y formas. Nada de plagios, sino más bien lo que decía T. S. Eliot: los buenos artistas roban de otros e integran el botín en un conjunto nuevo y valioso. Así, desde esas lecturas que se adivinan en el fondo de estos relatos aquí reunidos, comparecen varios géneros: lo fantástico, lo grotesco, lo misterioso, lo humorístico, lo onírico, la intriga, la crítica social…, y como una marca constante, se percibe un hondón existencial, de asuntos serios, a veces de desenlace triste. Y aparecen cumbres, y viajes, y cárceles, y clínicas…, y Asturias, y mujeres con determinación, para bien y para mal. Y narradores en primera persona y en tercera, protagonistas o testigos, en presentes y pasados, que no hacen concesiones a la facilidad en su contar y que hay que seguir por sus itinerarios narrativos tan idiosincráticos.
Qué versatilidad y soltura notable la de Catalina en el manejo de estilos —el correspondiente a cada relato—, de la ironía y la hipérbole, del fraseo resuelto que hace avanzar el texto y la lectura, de un amplio caudal léxico —de lo que antaño se llamaba propiedad lingüística—. Con esta publicación, se abre un surco por el que brinca una corriente narrativa tan novedosa y viva. Se augura que seguirá fluyendo.
José Manuel Mora Fandos
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«El arte de narrar es el arte de la duplicación; es el arte de presentir lo inesperado; de saber esperar lo que viene, nítido, invisible, como la silueta de una mariposa contra la tela vacía».
«Sorpresas, epifanías, visiones. En la experiencia siempre renovada de esa revelación que es la forma, la literatura tiene, como siempre, mucho que enseñarnos sobre la vida».
Ricardo Piglia
La vie en rose de Fina
Mi vecina Fina es una mujer muy moderna. Estuvo muchos años viviendo en Francia y, cuando regresó, lo primero que hizo fue llenar las albardillas de su casa de macetas y echarse un novio bastante más joven que ella.
Una vez la oí decir que en las Halles de París las boutiques tenían más nivel que aquí. Aunque a mí lo de las Halles siempre me ha sonado un poco raro, creo que lo que decía era verdad: «¡Menuda ropa rebuena, amén de cara, que ha llevado siempre!».
Como tenía la cara tan lisina y los macizos de siemprevivas tan abundantes, una vez le pregunté si en el París de la Francia usaban algún cosmético para los excesos al gesticular y que qué abono le mandaban para regar las plantas. Me dijo: «Yo todo lo más que hago es echarme unas perlas de agua fría en las pechugas por la mañana, después de la ducha». ¿Que si servían para algo? Ella no podía decirlo con certeza por culpa del vaho caliente en el espejo y porque de lo que dijeran los hombres no se fiaba mucho. También me comentó: «Yo en los tiestos solo echo los restos de las peladuras que me sobran de andar por casa, alguna fruta que se me espocha y los perejiles pasados del San Pancracio».
Después de aquel primer novio, hubo otros… Ella siempre se lamentaba de que no lograba que sus hijos llegaran a conocerlos. Una vez me comentó: «Si no los ha podido tratar ni bien ni mal y no vienen ni por Navidad…». Nunca lo dijo, pero creo que lo que sus hijos no veían bien era que fuera una mujer moderna.
Era tan estilosa y coqueta (tuvo que haber sido requeteguapa y quien tuvo, retuvo, dice el refrán) que siempre traía detrás una recua de pretendientes. Mientras ella se mantenía fresca y lozana como una manzana con una salud a prueba de bombas, merengues, canutillos, nicanores y todo tipo de San Froilanes, ellos (fueran pretendientes o novios) terminaban pasándole todos a mejor vida. A veces, recién terminada la partida de cartas, tenían que subírselos al hospital y no volvían; otras, al levantarse de la siesta, se los encontraba al lado con el rigor mortis ya en camino… El caso es que todos aquellos señores a Fina se le terminaban yendo en continuos desembarcos definitivos, sin previo aviso y al poco de iniciar relaciones. Como era una mujer de éxito y práctica, de eso no cabía duda, algunos malencarados o quizá despechados, empezaron a llamarla la Matahombres y el apodo terminó por correr por todo el barrio.
Hace unos meses, la encontré paseando con su Gastoncito, un gran sabueso azul de Gascuña, y su pequeña Chloé, muy cruzada de razas a la que llevaba en brazos seguramente para evitar pisarle algún lazo. Gastoncito, siempre con sus andares de lo más pintureros, aquel día iba tan rápido que casi las llevaba a rastras: hubo que tirarle del arnés con fuerza para poder pararlo y ponernos a charlar. Pudorosa, me confesó que aquel era el día de su noventa y pico cumpleaños. Aunque no aclaró el pico, me quedé perpleja: «¡más de noventa?». Quizá por ser tan señalado el día o por aquella sinceridad contenida que siempre tenía, el caso es que se aventuró a hablarme del último de sus churris: «¡Se acabó —me dijo— estoy harta!». Por lo visto, la había plantado a medio baile de una famosísima canción titulada La vie en rose, de una tal Edith Piaf. «¡Encima de que acababa de darle un lavado de pies, con poda incluida de uñas y retoque de cutículas!»; estaba indignada. «Un hombre de parcas costumbres —pensé para mí—. ¡Según tiene Fina siempre de pulcros los tendederos y la terraza! Es una pena que se le haya esfumado después de tanto trabajo», aunque en ese momento todavía no sabía que había sido por culpa de un infarto. Le había aplicado el antídoto contra tufillos danzarines y arañazos (y puede que también pisotones) para nada. Me solidaricé contra aquel abandono con su misma indignación.
Ahora pienso que quizá hubiera tenido que hacer algo más. Hace unas semanas que Fina ha desaparecido: nadie ha vuelto a verla por el barrio. «¿Habrá sido por elección propia?», andan diciendo por el vecindario. «Estoy segura de que sí —les digo—. Dejó todo limpio y colocado: la bata doblada encima del tocador, los pocillos de las mascotas, repletos; la puerta de la terraza, una miaja abierta para que pudieran salir a orinar y la llave de la entrada, sin echar».
Como Gastón y Chloé seguían con sus costumbres habituales y no ladraban, tardamos mucho en darnos cuenta de que algo pasaba. Su vecina de al lado, una gallega con poco desparpajo y mucha retranca, algo se olió: avisó a los bomberos primero (yo creo que por error) y luego a los hijos. Estos aparecieron todos de golpe; parecían un regimiento, de tantos que eran. El señor Arturo, el portero del edificio, se puso su librea de gala y les fue abriendo la puerta de uno en uno. Los miraba de reojo primero, como intentando recordar o sacar algún parecido, y luego, en el descansillo, les acababa echando el alto. Le contestaban, con el ceño fruncido, que la Francia estaba muy lejos. Y debía de ser verdad, porque a muchos no les habíamos visto el pelo nunca.
Pero no creo que fuera por eso por lo que acabaron pegándose voces. La gallega nos vino diciendo una noche, después de sacar la basura, que había visto por la mirilla como al vestíbulo de Fina le estaban desaparecido las figuritas de porcelana. A la mañana siguiente, le faltaban todos los cuadros de punto de cruz y los pañitos de cadeneta de ganchillo que tenía encima del recibidor. El mueble del recibidor, por lo visto, también se evaporó. Nos asustamos: «¡La casa de Fina se estaba quedando vacía?». Alguien vio a Gastón paseando por otro barrio con otro arnés: aunque seguía siendo él el que llegaba primero, sus andares pintureros se le habían ido; y fue Liberto, el carnicero rumano que vive de alquiler en la segunda planta del bloque oeste, el que vio a la pequeña Chloé hace unos días en la perrera municipal; aunque no tenemos certeza, pues, cuando le preguntamos a qué había ido él a la perrera, nos dijo que igual no la había visto.
Aunque los hijos de Fina dijeran que las voces que se habían pegado eran por culpa de aquella caja de pino que le habían traído, tan grande que no entraba en el ascensor, no nos lo creímos. Y eso que, todo hay que decirlo, al sacarla, lo hicieron de punta, muy cuidadosos, con muy poco escoramiento y tan rápido que les dio tiempo a ir a misa con ella y todo. No sé lo que tendría la caja dentro, pero debía de ser bueno: se notaba por el lazo. Era de un raso de mucha calidad y, según me dijeron, ponía: «De tus hijos, que te quieren». No me acerqué a la parroquia aquella mañana, pero recuerdo haber oído campanadas. Repicaban con tanta fuerza que aún las oigo en la calle, en el portal, por la casa y hasta por dentro de los oídos… A veces, vuelven a sonar con la misma fuerza que entonces y me sacan del sueño. Me levanto y miro la ventana a ver si veo a Fina. Sus cortinas plissé parecen tan vaporosas y ondulantes como siempre. En ocasiones, toman la forma de su cuerpo, pero ella no se asoma.
Viernes Santo
Hay lugares que son una reserva de insospechados horrores, instituciones que, si conociéramos en profundidad, despertarían en nosotros imponentes revelaciones sobre nuestra propia naturaleza. Si hubiéramos formado parte de algún colectivo de los trabajadores de la institución cerrada en la que trabajaba Ataúlfa Cienfuentes, es posible que hubiéramos hecho lo mismo que hizo ella: derramar sobre sus zapatos, ropa y cabeza los restos de la botella de whisky
