Toro - RICARDO GONZÁLEZ PADIERNA - E-Book
4,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Novela histórica en la que se narran los hechos que dieron lugar a la puesta en marcha de una expedición que, bajo mandato papal y real, recrea el formidable estado de la marinas castellana y portuguesa en las fechas del descubrimiento de América.
Aparecen en ella los más ilustres personajes del momento, como la reina Isabel, el papa Sixto IV, el arzobispo de Toledo, entre otros, así como una serie de personajes de ficción como Bernardo, Pedro, el Páter, Karos, que dan vida a los integrantes de una gran aventura que empezó con los juramentos en la ciudad de “TORO”.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2014

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ricardo González y Padierna

El presente file puede ser utilizado exclusivamente

para finalidades de carácter personal

Todos sus contenidos están protegidos por la

Ley del derecho de autor

Primera edición eBook: diciembre 2014

Edizioni Pragmata

www.edizionipragmata.it

Índice

Introducción

1.  Cortes Generales

2.  1492 años del nacimiento de Nuestro Salvador

3.  A la mar

4.  Expedición científica

5.  África

6.  Nianí

7.  Gloria

8.  Ciudad de Oro

9.  Gran Lago de la Guarda

10.  Ruta de Indias

11.  Toro

Introducción

santa María Madre Virgen del Carmen, en tu presencia digo que:

Siendo Reina de Castilla Isabel, que nació en Jueves Santo, en el convento de San Agustín en Madrigal de las Altas Torres, el día veintidós del mes de abril del año de gracia de Nuestro Señor de mil cuatrocientos cincuenta y uno, de la Casa de los Trastámara, que son cuatro aes, que tomó su nombre de su señora madre doña Isabel de Portugal, hija de Catalina de Lancaster, que fue proclamada princesa de Asturias desde la Concordia de los Toros de Guisando de 1468, al ser hija legítima de Rey, hermana de Rey y mujer de Rey, que lo es Fernando de Aragón, hijo de Juan II de Aragón, casados con bula papal traída a este Reino por don Rodrigo, el de Borja, de Zaragoza, emitida por Su Serenísima Santidad Pío II, firmadas las capitulaciones matrimoniales en Cervera de Pisuerga el día quinto del mes de marzo del año sesenta y nueve.  Y si alguien tuviera alguna duda que se sepa que Su Santidad, Sixto IV, emite nueva bula a favor de este matrimonio, conocida como la bula de Simancas.

Es Isabel infanta de Castilla, princesa de Asturias, nuestra señora es Reina y lo es también de Aragón y lo es también de Sicilia, es por la misma gracia la Reina Nazarí de Granada, firmante del Decreto de la Alhambra, que nos hace a todos católicos y españoles, redactado por su confesor que es el reverendísimo señor don Tomás de Torquemada, de Valladolid, a saber, Inquisidor General desde el ochenta y dos, martillo de herejes, luz de los concilios.

Son los Reyes Católicos de Castilla y de Aragón, que lo son. Y también de Sicilia.  Son príncipes de Gerona y de las Asturias, como quedó firmado y ratificado en la llamada concordia, celebrada en los Toros de Guisando.

Capítulo I

Cortes Generales

Isabel es Reina de Castilla, es Reina consorte de Aragón, Reina de León, Reina de Galicia y de Córdoba.  Es Reina de Murcia y de Mallorca, Reina de Toledo y de Jaén, Reina de Sevilla y de los Algarves, de Algeciras y de Gibraltar, Reina de Granada y de las Islas de Canaria, las que Cayo Segundo Plinio llamó Afortunadas, Condesa de Barcelona, Duquesa de Atenas y Neopatria, Señor de Vizcaya y de Molina.

Pues bien, siendo Reina Isabel, se convocan Cortes Generales en Toledo, el sexto día del mes de marzo de mil cuatrocientos y ochenta, donde se lleva a cabo la reforma de las mercedes otorgadas para satisfacer los favores prestados a sus antecesores, en las ya muy conocidas Declaratorias, que despiertan palabras muy duras en los bancos de la nobleza castellana, muy altanera.  También en Toledo se regula y se dota de mayor entidad jurídica al Real y Supremo Consejo de Castilla.

La tarde del día ocho, segundo día de cortes, parecía que todo lo conseguido por su augusto esposo en la Batalla de Toro se iba a dar al traste.  Fue justo después de las duras palabras en contra de las reformas, pronunciadas por los representantes de la casa de los señores de Molina, cuando un criado de Su Excelencia Reverendísima el señor Arzobispo de la Archidiócesis Primada de Toledo, don Alonso Carrillo de Acuña, manda una nota que hace salir a la Reina.

En una capilla lateral del Cristo de la Vega de la ciudad del Tajo, el señor Arzobispo Primado espera arrodillado con una carta en sus manos.  Es don Alonso un importante clérigo castellano.  Nació en Carrascosa del Campo y ha crecido en una familia de muy importantes hombres de la Mesta Castellana y de otras empresas avanzadas. La suya es toda una carrera de éxitos y prebendas, aderezada por su muy hábil inteligencia, constante esfuerzo y por su facilidad para agradar a sus colaboradores y allegados.  Su opinión se acomoda siempre a las circunstancias, lo que él llamaba designios. Decía que poco puede hacer un sencillo y humilde siervo del Señor.  Es hombre de rectos procederes y pausados ideales, que casi nunca comparte, de gentil figura y gustoso de carruajes a la antigua. Amigo de sus amigos y sin opositores de su talla, había conocido a todos los hombres más ilustres del reino y había sido formado en las más prestigiosos escuelas de artes y letras.  En sus constantes viajes estivales a Burgos, disfrutaba mejorando, junto con los maestros de la gran fábrica que allí se encuentra, las calidades y propiedades del papel de fibras.  Le apasiona.  Le gusta hurgar en los trapos, sábanas y camisas de algodón, comprobar los tintes, hablar con los arrieros para preguntarles dónde están las primeras imprentas, los destinos de entrega de tan preciada mercancía.  Ahora tenía él un papel, pera esta vez no era de la fábrica de Burgos, es carta de Roma.

Tras más de doscientos años, al fin, la sede vaticana ha vuelto a ser ocupada por un franciscano menor, don Francesco della Rovere, nombrado Sumo Pontífice e iniciando su pontificado en el Annus Domini de mil cuatrocientos setenta y uno, como Sixto IV.  Lucha contra los hechos consumados y las prácticas romanas habituales.  Asume cada nuevo día como un nuevo empezar, que él dice “renovatio”.  Para ello, ha mandado llamar a muchos artistas a la capilla que ya llaman La Sixtina.  También se ocupa de enriquecer y agrandar la Biblioteca Vaticana y al parecer, es en este afán, en el que presenta esta carta Solicitud a los Reinos de Aragón y de Castilla, a través de Su Serenísima el Arzobispo Primado.

San Malaquías de Armach en sus profecías no da en absoluto por sentado que el fin de la cristiandad esté próximo, como ha sido interpretado durante mucho tiempo por una larga serie de obispos de Roma.  Sepa toda la cristiandad, sepan todas las criaturas, sepan, que los tiempos van a cambiar, las cosas van a empezar de nuevo, todo vuelve a renacer. Los campos darán fértiles cosechas, las mujeres darán fértiles vidas y se avecinan para el conjunto de la humanidad grandes acontecimientos.  Cuando uno cree en la vida que lo ha visto todo, es porque no se imagina, ni en lo más recóndito de su mente, todo lo que va a ver y todo será por obra y gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Pantocrátor, el que todo lo puede, desde el Alfa hasta la Omega, desde principio a fin.  La edad de las tinieblas, de las pestes y del anticristo, queda atrás.  Es Jesús todopoderoso, Pantocrátor, que ha ayudado a vencer y a construir un nuevo período para la humanidad, un Renacimiento, que empieza también aquí, en Toledo, donde el trigo verde de primavera anuncia las buenas cosechas, gracias y parabienes para todos los presentes, sin importar raza, condición o edad y todo ocurre en la meseta de Castilla, plataforma elevada de la cristiandad, desde donde los buenos aires y las buenas aguas, anuncian buenas nuevas para todos los seres del mundo.  Este mensaje se repite en los púlpitos durante todos estos años.

Es por ello por lo que también ha sido Su Santidad Sixto IV el que ha autorizado la creación del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición Española, fundado hace ya dos años por los Reyes Católicos, siendo ésta la primera institución creada de forma común para todos los territorios peninsulares y extra peninsulares de todas las tierras llamadas España.  Por fin se ha establecido con ese carácter, desde que a finales del siglo XII, su ya difunta santidad Lucio III, emitiera la bula Ad Abolendam, con la que se creaban estos santos tribunales por toda Europa, para combatir la herejía. 

Mientras don Alonso sigue rezando meditando sobre todos estos particulares ante la estatua del Arcángel San Gabriel, siente como la Reina se arrodilla a su lado y le besa el anillo.  En ese instante gira su cabeza hacia ella y le muestra la carta de Roma, que sostiene en una de sus manos.

—Isabel.

—Dígame Excelencia.

—Carta de Su Santidad.  Don Tomás de Torquemada me la ha hecho llegar y he aprovechado que están las Cortes reunidas en generales para entregársela en este mismo momento, en el que Yo, Alonso Carrillo de Acuña, Arzobispo de Toledo desde el 1446, hijo de Lope y de Teresa, natural de Carrascosa del Campo, bajo voto de obediencia leo y doy curso, ordenando que se cumpla desde este día, octavo del mes de marzo del año de gracia de nuestro señor Jesucristo de mil cuatrocientos y ochenta y dice así, dice Secreto, dice Sus Católicas Majestades, dice Sede Primada de Toledo, dice nobles Castellanos y Aragoneses, dice Yo, Sixto, a la mayor gloria de Nuestro Señor y de toda la Christiandad, sucesor de Pedro, recibida carta en esta Santa Sede del Excelentísimo señor Mulá ben Asif ben Balás y Ordóñez, fechada en Belén de Judea en 1476, hace tres años, que ha llegado sorteando las dificultades que desde casi treinta años imponen los turcos, cuyo contenido es muy secreto y se encuentra en el Archivo Vaticano.

Tras muchas cavilosas y extensas reuniones entre las más altas jerarquías romanas se ha decidido otorgar a los Reyes Católicos de España y Rey de Portugal único privilegio para explotación del singular descubrimiento del que ya se informará una vez cumplidas las siguientes requisiciones:

Primera: Requerimos a los dos monarcas para que construyan flota que ha de ser superior a veintidós bajeles de altura y requerimos que, al ser las marinas de Castilla y de Portugal las mejores y las más capaces de las de todos los Reinos de la Cristiandad sean naves apropiadas para la navegación Atlántica y que esta flota, sea Armada.

Segunda: formar fuerza humana suficiente para embarcar y fundar asentamiento no permanente en Tierras Lejanas, del que ya se dará una posible ubicación y mantenerlo y defenderlo, y construir misión, y dotarlo de concejo durante no más de veinticinco años, para lo que se usarán las Leyes de Establecimiento y Repoblación actualmente en vigor en el Reino de Castilla.  La fuerza constará de un tercio de soldados, un tercio de jinetes y un tercio de oficios, que serán legión, que jurarán y cobrarán de los dineros que a éste efecto reúna la archidiócesis de Toledo de la manera que estime más conveniente para este particular, bien por diezmo, bien por almojarifazgo o por donación intervivos, dineros de los que se emitirán títulos y se contratará a través de las tablas de Barcelona, hay quinto para el Reino.

Todo esto ordeno y mando, autorizo y expido en sede papal de Roma, a veinte días del mes de febrero del Anno Domini de mil cuatrocientos y ochenta del calendario Juliano. Con copia para Su Majestad don Alfonso V Rey de Portugal.  Yo, Sixto IV Papa.  Firmado y Rubricado.  Bula de oro.  Curso secreto.  Obedézcase.  Sello lacrado de dos llaves.  Escudo Vaticano. No Registrada. Chancillería del Vaticano.

—Isabel

—Sí, excelencia.

—Ha dicho don Tomás que primero la conquista de Granada, luego esto.

Vísperas del jueves, día tercero del mes de julio de 1480, Iglesia Catedralicia de la Archidiócesis de Toledo, Coro de las Escuelas Pías.

La dulce claridad de las voces angelicales de los niños cantan las maravillas de Dios Nuestro Señor en armoniosa melodía polifónica, muy distinta de los cánticos habituales, lo que levanta gran admiración de todos los asistentes, elevando desde los corazones hasta lo más alto de las bóvedas y hasta el cielo mismo, los mejores sentimientos de felicidad.

La paz, la tranquilidad y la música inundan toda la catedral.  En la tribuna situada frente al órgano lateral izquierdo, Sus Augustas Majestades doña Isabel y don Fernando presiden la Santa Misa de clausura de las Cortes Generales.  A su término, poco a poco, todos empiezan a salir, una vez escuchada la bendición del Arzobispo Primado, el señor Carrillo.  Una de las puertas es especialmente admirada, la Puerta de la Alegría, acabada recientemente por dos grandes artistas, los hermanos Guas y Juan Alemán, para conmemorar la Asunción de Nuestra Señora.  Saliendo por el pórtico castellano uno de los nobles tropieza y casi se cae, pero es inmediatamente sujetado por otro.

Costó bastantes meses que se firmaran las actas generales.  Parte de los extremeños no querían participar en el envío de una flota contra la amenaza turca, decían que para ellos, esos eran asuntos de los catalanes, que por qué tenían que intervenir ellos y restar esfuerzos para hacer frente a una más cercana y posible amenaza portuguesa.  Pero los portugueses hace ya tiempo que han desestimado que hubiera causa justa contra Castilla, y se han dedicado a preparar y confeccionar naves, mapas e instrumentos de navegación oceánica, pues ya habían terminado la reconquista, al igual que Aragón que, centrándose más en el Mediterráneo, ahora ve su potencial cuestionado por los Turcos Otomanos.

Han pasado ya algunos años y no hemos asistido al fin del cristianismo, sino que aún quedan muchas glorias para toda la cristiandad.  Es cierto que tanto el comercio como las comunicaciones con el Extremo Oriente se han visto drásticamente afectados y que es casi imposible conseguir especias para los alimentos e incluso láudano para las heridas de los soldados, pero no es el fin de la Cristiandad.  Todo esto debe servir de lección a los demás países europeos y de acicate para buscar nuevas rutas hacia Oriente.  No es solo un problema que ataña a los catalanes, sino también a los castellanos, y por supuesto, a los extremeños.  Es el momento en el que, después de la unión de todos estos reinos, pongan todos los mayores esfuerzos.  Por eso se decide acabar con las prebendas concedidas por los reyes anteriores en las Declaratorias, se decide mandar una flota contra los otomanos, con un almirante catalán y se decide también el empezar en serio a mejorar y aumentar la flota cantábrica castellana.  Para ejercer las labores de gobierno se va a dotar de una mayor entidad jurídica, institucional y potestativa, al Consejo de Castilla, que será presidido por un eclesiástico y estará compuesto por tres nobles y nueve letrados.

Asimismo se acuerda dotar de mayores medios a la Santa Hermandad, recientemente instituida hace cuatro años en las Cortes de Madrigal, donde los Reyes Católicos mandaron a convocar Cortes Generales, para dar orden en aquellos robos y guerras que en el Reino se hacían y para hacer jurar a la princesa doña Isabel, princesa heredera de los Reinos de Castilla y León, como afirma el cronista real don Hernando del Pulgar.  Esta milicia, siempre en pie de guerra, estará dispuesta para acudir allí donde Sus Majestades les manden.  Está comandada por expertos capitanes que imponen una rigurosa disciplina a sus miembros, que se agrupan en cuadrillas.  Luchan contra todo tipo de malhechores y secuestradores, ponen coto a los excesos de los alcaldes de los concejos y evitan la justicia popular, que casi siempre resulta muy inconveniente.  El desempeño y la grandísima labor de este cuerpo policial ha conseguido, en muy poco tiempo, lograr la paz y tranquilidad en todo el Reino, reforzando la autoridad real.  Han puesto fin a las bandas organizadas de nobles venidos a menos que, sobre todo en las zonas extremeñas recientemente pobladas, viven del secuestro y de la extorsión, encerrando en sus castillos y fortalezas a hijosdalgo para pedir rescate.

Las cosechas se empiezan a recoger con regularidad en las comarcas y merindades de Castilla y en las ciudades, como Burgos, se ha acabado con las bandas organizadas que hacían imposibles las expediciones comerciales.  Es tanto el éxito de la Santa Hermandad en cuatro años, que en estas cortes reunidas en Toledo se decide regular de nuevo sus huestes, a saber:  un jinete por cada cien vecinos y un soldado por cada ciento cincuenta vecinos, siendo todo costeado por los respectivos pueblos de donde sean los cuadrilleros.  También se regulan y ordenan muchas otras disposiciones, en cuanto a los judíos que no se conviertan al catolicismo y que quieran seguir gozando de exención fiscal en los impuestos eclesiásticos, deberán participar en esta fuerza u otras similares, al menos durante un año, y se costearán, como vienen haciendo los que pueden, sus propios caballos y armas, que se pueden quedar después de licenciarse, siendo muchas de sus espadas, yelmos y escudos, auténticas obras de arte y siendo su fiereza y valentía de las más probadas en el combate.

En otro orden de cosas, se aprueba la elaboración y promulgación de una recopilación de las Leyes de Castilla, la más importante desde el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio.  Este descomunal trabajo se encarga a don Alonso Díaz de Montalvo, residente en Huete, y se publicará y se harán copias mediante el novedoso invento de la industria de la imprenta, obligando a todos los concejos municipales a adquirir una, y se les da el título de Ordenanzas Reales de Castilla, para unificar el tratamiento de todos los delitos, faltas y sanciones, así como asuntos de familia, de mayorazgos, del comercio, de los gremios, de la nobleza.  Se regulan las tres fuentes del derecho, el derecho público, los procedimientos judiciales, la separación de lecho y techo, los actos y los contratos, las sucesiones, los tormentos y traiciones, las fianzas y los empeños, los engaños y las estafas, los delitos contra la honra, la sodomía, la hechicería, el juego, la herejía, la blasfemia, el suicidio, la imputabilidad del loco, las prisiones y sus alcaides, el destierro, los azotes, heridas públicas o incluso la exposición desnudo y untado de miel a las molestias de las moscas.

Don Alonso, de Huete, llegará a publicar ocho cuadernos conocidos como el Libro de Montalvo en los que se recopilan 1.063 leyes en 115 títulos:  El primero versa sobre el Derecho Eclesiástico, el segundo sobre los Oficios Reales y de la Corte.  En el tercero se recopila todo el derecho de los procedimientos judiciales y de instrucción. El cuarto es de gentes y clases, el quinto de los matrimonios, las sucesiones, las ventas y las donaciones, tanto inter vivos como mortis causa.  El sexto y séptimo de las rentas públicas de los Reyes y del Tesoro y el octavo, sobre derecho penal y procesal.  Ha sido distribuido por todas las ciudades, villas y pueblos, para determinar por el libro todas las causas de justicia y así cortar definitivamente los pleitos.

Capítulo II

1492 años del nacimiento de Nuestro Salvador

El suave murmullo de las hojas bien verdes de los álamos agracia el oído al chocar unas con otras, produciendo ese sonido tan característico, que le hace sentir a uno en pleno campo, en plena naturaleza, relajando los ánimos y tranquilizando el alma.

La brisa vespertina que mece las ramas de los árboles en la época estival, se adentra por la desembocadura del Tajo hasta los enormes y verdísimos bosques atlánticos de las inmediaciones de Cascais y Sintra.  La hermosa ciudad situada en el estuario, Lisboa, goza de increíble prosperidad.  Habiendo sido expulsados los musulmanes de Portugal hace más de doscientos años y habiendo apenas sufrido durante ésta época los azotes de las pestes, hambrunas y otras calamidades que han asolado toda Europa y parte de la mitad oriental de la península Ibérica, el desarrollo de Portugal y en especial de Lisboa es muy notable y se deja ver.  Los avances en los gremios, en las ciencias, la incorporación al reino de las islas atlánticas de Azores, Madeira y Cabo Verde, son buena muestra de ello.  La frontera de Portugal se extiende cada vez más, allende los mares.

La estancia en los alrededores de Lisboa en esta época de verano, como en Sintra o Cascais, resulta agradable.  Los fuertes calores castellanos, el implacable sol andalusí o las tórridas noches mediterráneas no se dan en estos parajes.

Durante las noches de julio las temperaturas son altas, pero la brisa que viene del mar las suaviza e inspira la oración y la meditación, así como la contemplación de estas costas y de estos paisajes, en donde se aúnan la extraordinaria belleza natural y la riqueza agrícola con todo lo fluvial y marinero, dando un inigualable conjunto luso-ibérico.

Todos los bastimentos y provisiones para la expedición se van acumulando en las dependencias portuarias, que siempre están inmersas en un fuerte trajín, pues el tráfico marítimo con las islas es elevado, en ambos sentidos.  Las joyas son, como siempre, los bizcochos y los tocinos castellanos, viandas favoritas de todos los hombres de mar.

Castilla, que está en pleno florecimiento social, cultural y económico, aporta todo su esfuerzo en hombres, víveres y materiales para este viaje.  El trigo de la meseta castellana tiene ya bien probada su robustez por los muchos años de cosechas sostenidas.  Este trigo ha dado importantes recursos económicos y una extraordinaria vitalidad a todas las gentes de Castilla.  Ya desde tiempos de los romanos estas tierras han sido granero del Imperio.  Los romanos incluso utilizaban el trigo como moneda, lo mismo que el oro.  Durante todos los días de la existencia de Roma, todos y cada uno de los soldados de las legiones debía recibir cada día de campaña, como parte de su paga, dos libras de granos de trigo, que luego ellos o sus esclavos se encargaban de moler, para elaborar harina.  Si llegado el día de la paga no cobraban, bueno, ya cobrarían, pero si faltaba un día el trigo, o sea, el pan, había más que palabras.

El rendimiento por fanega del trigo candeal castellano es escaso, al ser de secano, de ahí su soberbia calidad, que lo hace único en toda Europa.  Un buen año se obtendría una cosecha con lo sembrado, más una quinta por fanega, por lo que las técnicas de cultivo y recolección son muy cuidadas y se trasmiten de padres a hijos.  Una quinta como la del Rey.

El trigo todo lo mueve, hombres, caballos, bestias, ejércitos enteros.  El pan da gran vitalidad sostenida durante todas las horas de la mañana o de la tarde, pues su energía se acumula con otros alimentos.  Cualquier trabajo o cualquier oficio requiere trigo, por lo que es el pan el complemento alimenticio imprescindible en la sociedad cristiana, además de ser consagrado en la liturgia, como el Cuerpo de Nuestro Señor.

En las expediciones navales largas, el pan se ponía duro y se echaba a perder, pero los castellanos, ávidos de conservar su mayor tesoro terrenal, su trigo, hace ya tiempo que han dado con las recetas del bizcocho, que no es otra que el cocer dos veces, de ahí su nombre, haciéndolo cada vez más apto para el consumo duradero como sustituto del pan para los hombres de mar, pues aguanta.  Y junto con los panes de bizcochos castellanos, los tocinos.  ¡Qué decir de los tocinos!, que aguantan, que dan energía y son muy sabrosos porque están bien curados en los aires serranos.  Se pueden cocer o freír como torreznos.  Se cuelgan las ristras de tocinos en las bodegas de los navíos, junto con jamones, chorizos y morcillas. También piernas secas de ternera de León, para cecina, junto con escabeches y conejos.  No hay que olvidarse de la pesca, que con artes muy nobles se incorpora también a los fuegos de la cocina naval, donde en las cubiertas, los cocineros se aplican bien para alimentar a todas las clases de oficiales, marinería y tropa embarcados.

El tema de las mujeres es mucho más delicado y no hay un parecer claro al respecto. El hecho es que se embarcan mujeres en muy pocas ocasiones y muchas menos en navíos de guerra.  Hay versiones contradictorias, como en el caso de alguna capitana o de alguna patrona.  Otros dicen que ellas están contentas al desembarazarse de sus esposos o hijos durante algún tiempo, o viceversa.  Si no se embarcan mujeres es fundamentalmente para que no se pierdan.  Aunque las barrigas sí suelen estar bien llenas a bordo y los ánimos templados, en estos modernos navíos a vela y sin galeotes, las canciones, las músicas y el vino casi nunca faltan.  Por las noches no hay sitios adecuados para ellas, pues salvo en el camarote del capitán y algún otro, no hay camas.  La mayor parte de las gentes duermen tirados por las cubiertas y castillos, en jergones, o directamente sobre el suelo.  Entre tanto hombre, las virtudes de una mujer correrían serio peligro.

Los únicos que tienen sitio garantizado, aparte de los pilotos y de los capitanes, son los animales:  caballos, gallinas, cabras, palomas y muchos otros, los cuáles cuesta mucho embarcar y tranquilizar.  Las dos o tres cabras embarcadas para dar leche, que controla el boticario, andan a sus anchas y aunque todavía no se sabe de ninguna que haya sido capaz de subir por el aparejo de cuerda hasta las cofas de los palos mayores, por mucho que lo intentan, tampoco hay noticias de que ninguna se haya caído al subirse al bauprés, el palo de proa que va horizontal a la nave, donde pasan muchas horas, mirando a los delfines y balando: “bee”, “bee” y más “bee” y no se caen, por mucho que se mueva el barco, que se mueve.

Los atardeceres en las pequeñas alturas que rodean Colares, un pequeño pueblecito cerca de Sintra, contemplando el poniente Portugués, invitan a las almas a perseguir el sol en su lento y calmado desaparecer más allá de la línea del horizonte, invitan a tomar una nave y convertirse en argonauta, al modo del mítico héroe griego Jasón, echándose a la mar en compañía de valientes, para llegar a la isla de Lemnos, donde las bellas mujeres esperan con los brazos abiertos.  El cálido sol atlántico hace la estancia en estos parajes muy agradable.

En este espléndido promontorio sobre la desembocadura del Tajo, uno podía estar indefinidamente, pensando en aventuras y disfrutando de la suave brisa y de la excelente cocina portuguesa, que en sus hornos de barro asa y cuece con tanta dedicación, que hace que cada comida o cena se convierta en un gran banquete y luego, en una excelente fiesta. Carnes, pescados, arroces y verduras, lentamente cocinados en estos hornos de barro, que día y noche son calentados con buenos fuegos de leña, vuelven interminable la tradicional hospitalidad recibida de nuestros parientes portugueses, que agasajan y agasajan, de una forma que parece no tener fin y que, desde luego, nadie de los presentes quiere que tenga fin, pero las instrucciones recibidas de Isabel están bien claras, hay que zarpar antes que Colón.

La armada está compuesta por diecisiete naves, un espectáculo de velas henchidas por los aires, con un volumen y fortaleza que les hace parecer gigantes, que van de caza a por el viento y lo recogen como si fuera el pescado en una red.  Mientras la corriente las mueve, los marineros subidos al aparejo las prueban y esa pequeña brisa se transforma en espectacular fuerza motriz.  Una vez abierta la caja de Pandora, esta energía propia de la naturaleza les llevará hasta el fin del mundo y más allá.

Todos los mástiles se mantienen ocultos a los ojos de otras potencias europeas y musulmanas, escondidos lejos del mar abierto, adentro del estuario del Tajo, en la orilla sur, cerca de Casas de Alcochete.  La armada está integrada por siete buenas carabelas, tres de ellas de los astilleros de la ría de Bilbao:  la Furia, la Chica y la Ariete, y cuatro de otros astilleros Cántabros:  la Cazadora, la Rival, la Descubierta y la Coronela.  Nueve magníficas carracas del astillero de Cádiz, con bellísimos acabados, tres de ellas pueden desplazar más de 500 toneles, la Teresita, la Santa Rita y la Concepción y quedan otras seis carracas más, que desplazan algo menos, de trescientos a cuatrocientos toneles:  la Madre de Dios, la Virgen del Rocío, la Virgen de la Vega, la María Magdalena, la Nuestra Señora del Rosario, Nuestra Señora de la Asunción y por último, el Nuestra Señora de Atocha, que es una carraca enorme, navío le dicen casi todos, construido y armado en el puerto de Pasajes, desplazando más de 750 toneles, mayor que la carraca construida para el Papa, todo un verdadero prodigio naval.  Cuando lo botaron, al caer al agua por primera vez y aguantar, hubo una semana entera de fiesta grande en Pasajes y se soltaron toros y hubo encierros durante todos los días con corridas a pie y a caballo y se trajo sidra de Beasain.  ¡Qué bien maniobraba!

Ante sorpresa de todos, por el río Tajo baja un barco rápido, un bergantín, el África, con el capitán general al mando, don Bernardo de Quirós, a bordo.  Don Bernardo es de origen portugués, pero lleva muchos años guerreando para la Corona de Castilla, ya que la señora madre de la Reina Isabel, así lo había dispuesto.  De su físico fino de gentilhombre, destaca su altura y de su carácter, su fuerza de voluntad:  es pertinaz.  Hombre de buenos recursos, inteligentísimo y audaz, aunque incapaz de hablar el castellano con claridad, pues conserva un fuerte acento portugués, sus habilidades tanto en la mar como en tierra están de sobra probadas.  Su elección como Capitán General de la Expedición no ha sido tan discutida como lo suelen ser este tipo de decisiones y más cuando, como en este caso especial, son a instancia papal.  Descartada la otra baza que representaba la persona de don Gonzalo Fernández de Córdoba, el cordobés de Montilla, héroe de Tajara, caballero de la muy leal y militar Orden de Santiago, porque el Rey Fernando le quiere al servicio de la Corona de Nápoles, la elección se mostró muy clara hacia don Bernardo.  Después de la conquista de Granada, este dos de enero, hecho que ha conmovido a toda la cristiandad y que ha sido recibido en toda Europa como compensación por la caída de Constantinopla, ocurrida hace cuarenta años, don Bernardo se había quedado ayudando a don Tomás de Torquemada, el primer Inquisidor General, a preparar las directrices encargadas por Isabel para la correcta convivencia entre dos mundos: el mahometano y el cristiano.

Como ya viene siendo habitual en Isabel, ocurrió tras la Batalla de Toro y ahora tras la conquista de Granada, exige tanto o más a los vencedores que a los vencidos.  Exige respeto de capitulaciones, respeto de haciendas y sobre todo, respeto a las personas.  Todo ello lo hace en el firme convencimiento que la Fe Católica Romana es la única correcta y verdadera interpretación de las sagradas escrituras y que tanto judíos como musulmanes, mediante la convivencia directa y cotidiana con los pueblos cristianos, al ver de esta forma las sanas costumbres, se convertirán.  Ella está convencida de que si se les deja en paz, sin discriminaciones y mucho menos, sin tratos vejatorios, si se respetan sus creencias y sus procederes, puesto que al fin y al cabo los judíos son los padres en la Fe y los musulmanes son como los hijos, llegarán las conversiones por sí solas.  Ellos mismos pedirán bautismo, como viene ocurriendo cada vez más.  Son las obras las que deben convencerles.  El caso de los judíos es así, muchos han sido ya bautizados, pero hay muchos más que, sin estarlo, han contribuido, sin tener necesidad de ello, al sostenimiento de bastantes obras eclesiales, como los hospitales y orfanatos, e incluso al sostenimiento de las clausuras.  En la corte conviven sabios judíos y musulmanes que preparan ya sus comidas utilizando chorizos, morcillas y tocinos ibéricos, prueban nuestro vino, otro instrumento de conversión, que hace aflorar el alma de los hombres y conocen las escrituras.

Isabel y Fernando, pero sobre todo Isabel, que es la que lleva estos asuntos en el matrimonio real, exige gran pulcritud en los comportamientos, siendo ella misma ejemplo.  Es fomentando las virtudes clásicas como se forjan las personas.  Abrazando la verdadera Fe y siguiendo las virtudes clásicas, griegas y romanas, cristianizadas por San Agustín es como aparece un carácter personal que es la virtud personificada y sobre estas personas se puede edificar un reino, un reino que puede llegar a tener tantas ciudades como estrellas hay en el cielo y tantas alegrías como la de contemplar la Ciudad de Dios.  Se trata de ser modelos, a imagen e imitación de Jesucristo y de su Santa Madre, tanto en la mesa como en el juego, tanto en la paz como en la guerra, renunciando a los intereses particulares y buscando el bien común.  En definitiva, el ser caballero, como los de la muy militar y leal Orden de Santiago, que desde sus orígenes en el Reino de León, no han hecho más que crecer y crecer, orden que aporta a esta expedición hombres y técnicas aprendidas durante casi doscientos años en la defensa y guarda de los peregrinos que, siglo tras siglo y cada vez con mayor frecuencia, vienen desde toda Europa para recorrer el camino de Santiago.  Es el propio Vice Maestre el que departe y da cuidadas instrucciones, día tras día, a las huestes cristianas que van a ir en la expedición.

El grueso central de las tropas que van a embarcar lo componen los castellanos en Servicio de la Corona.  A tal efecto, los juramentos se hicieron en la sacristía de la colegiata de Santa María la Mayor, al pie del cuadro de la mosca, en la muy noble, muy leal y bien amurallada ciudad de Toro.  También embarca un fuerte contingente aragonés, otro de la Orden de Santiago, arriba citado y se complementan las dotaciones de combate para la Armada con las Santas Compañías de la Santa Hermandad de los Reinos de Castilla y León.

Capítulo III

A la mar

La noche del noveno día del mes julio, dos días después de San Fermín, en el año de Gracia de Nuestro Señor Jesucristo de mil cuatrocientos noventa y dos, con los fuegos apagados, en estricto silencio, con bula papal, el permiso regio y la bendición canónica reglamentaria, zarpa de Lisboa, capital del Reino de Portugal, singular Armada compuesta por los mejores navíos en número de diecisiete y un bergantín, junto con una legión de los mejores hombres de los reinos ibéricos.  Los pilotos portugueses, muy hábiles en las costas gracias a su pericia y a sus precisos instrumentos y mapas, sacan a la flota del estuario en perfecto orden, en total silencio, en noche cerrada de luna.  El secreto está garantizado.

Al día siguiente, después del rezo del Angelus y del canto de la Salve y antes de tomar las mediciones que aprovechan la clara verticalidad del sol a mediodía para voltear los relojes de arena, calibrar los instrumentos de navegación, cambiar guardias y certificar posiciones, apenas se divisa la costa portuguesa.

A bordo de la carabela La Coronela, insignia de la expedición, el capitán general don Bernardo de Quirós, manda izar banderín de órdenes, con el escudo de las islas de Azores, destino de la flota.  Una tremenda algarada de vítores y vivas recorre todas las naves, a medida que avanza la voz y todos ven el banderín:  Azores.

Escudo de las Azores con dos toros

Las Azores constituyen un desafío para la navegación, ya que la mezcla de vientos barlovento y sotavento con las corrientes, hace que los pilotos tengan que extremar sus habilidades para poder arribar a tierra.  Los portugueses bien lo saben, y los castellanos y aragoneses pronto se van a dar cuenta.  Lo más normal es que un piloto que sea muy poco experimentado en estas islas, vea su nao quedarse atrapada durante más de veinte días, en un vaivén de vientos y corrientes, apenas sin moverse, hasta que cambie la luna, a un par de leguas marinas de las costas de las islas de Barlovento del archipiélago de las Azores, eso si consigue mantenerse a flote.  Si el piloto no es muy hábil, acabará encallando contra las rocas, perdiendo vidas, instrumentos y mapas. 

Poner rumbo a las Azores significa que no se va al centro de Europa, que la causa no es Francia ni Inglaterra, poner rumbo a las Azores significa Canarias, significa África, tal vez India o el Oriente, tierras de riqueza y aventura, significa olvidarse de los turcos y del Mediterráneo o al menos, rodearlos, pues amenazan Nápoles y Sicilia, las ciudades de Génova y Venecia, los Estados Vaticanos y las ciudades norteafricanas.  Es la debacle de la caída de Constantinopla y el final del Imperio Romano de Oriente.

Por otro lado está la locura del genovés, de don Cristóbal de Colón.  Después de varias generaciones de paz, de prosperidad y de riqueza familiar generada por el comercio con el extremo Oriente, al que la amenaza turca ha puesto fin, abandonó a sus familiares y junto con su padre o su tío, se vino a Portugal, el reino cristiano más occidental.  Casado con la hija de uno de los mejores navegantes al servicio del Rey de Portugal y después de una larga estancia en la isla de Madeira, ha convencido a los Reyes de Castilla y Aragón para la empresa, basándose en la observación unos vientos predominantes del Occidente.  Colón concluyó que estos vientos vendrían de alguna isla o tierra de las que en el mundo hay, ya que si solo hubiera mar en aquellas latitudes, no podría venir ningún viento de ese Occidente.

También se dice que hubo un capitán de un barco que partió de la costa española, que se vio arrastrado por una serie de tormentas y vientos orientales hasta unas tierras desconocidas y que pudo volver gracias a unos vientos favorables, después de ver morir a toda su tripulación de hambre o por alguna enfermedad.  Antes de que el capitán muriera por las penurias sufridas durante el viaje narró todas sus peripecias a Cristóbal Colón e incluso le anotó en una carta de marear y el grado y el paralelo de esa tierra desconocida.  Dice Colón, contemplando el poniente en Madeira, que va a navegar hacia el mar del oeste de Canarias, eso dice.

Es tanta la cantidad de moneda que algunos de sus hombres se han gastado en prendas y ropajes que ahora, al volver otra vez los reglamentos en cuanto a la suntuosidad en el vestir para todo el reino, prefieren embarcarse y partir, antes que quedarse y t [...]