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Silvia cree que ha renunciado a sus sueños juveniles y quiere dejar su empleo en una consultora. Isidro ve cómo su vida se desbarata cuando en la agencia de viajes en la que trabaja se declara un expediente de regulación de empleo. Los personajes de Trabajar cansa viven perplejos ante una realidad que les supera. En su segunda novela, que toma el título del conocido poema de Cesare Pavese, Morales indaga en los dos pilares que, según Freud, definen nuestra felicidad: el amor y el trabajo. "Una vez más, Javier Morales nos ofrece un lúcido retrato de unas parejas contemporáneas asediadas por la precariedad sentimental y laboral: hombres y mujeres que tienen que vérselas con muchas otras quiebras y ataduras más allá de la asfixia de la crisis económica: el desgaste del paso del tiempo, un distanciamiento interpersonal que se agiganta, la percepción de la derrota y el abatimiento en el rostro propio y ajeno, la sensación de vivir de sueños irrealizables, la imposibilidad a ciertas edades de tomar decisiones valientes, la dificultad de mantener los ideales en un mundo hostil y bastante navajero, habitado y manejado por empresarios sin escrúpulos, traiciones del sistema laboral (expedientes de regulación, reducciones salariales…). En este tapiz de adversidad, preocupación social y "enamoramientos amansados por los años", donde aún se fantasea con otra vida posible o con recuperar la que una vez fue hermosa, escribe Morales con palabras precisas, imágenes certeras y diálogos naturales, con pie firme en la tierra y en el mundo que nos ha tocado vivir." Ernesto Calabuig
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Javier Morales
Baile del Sol
A Nicolás
De repente gritó
que, si la luz del sol arrancaba blasfemias
o si el mundo sufría, no era por el destino:
la culpa era del hombre. Si, por lo menos, pudiésemos irnos,
pasar hambre en libertad, decirle que no
a una vida que utiliza el amor y la piedad,
la familia, el trocito de tierra, para atarnos las manos.
Cesare Pavese, Trabajar cansa
Uno puede vivir espléndidamente en este mundo si sabe cómo amar y cómo trabajar.
Lev Tolstói
La novela no puede dejar de detectar el complicado juego de tensiones de su época. Se cuelan dentro de ella, y también la iluminan desde el exterior, la cercan.
Rafael Chirbes
Antes de que acabe el año habrá muerto. Pero ahora está en la playa. Los cuatro están en la playa, agazapados en las hamacas, al amparo del cortaviento. Han renunciado a las sombrillas después de que el aire demente las hiciese volar como cometas en varias ocasiones. Es imposible caminar o dar un paseo. La arena les ciega los ojos y se clava en las piernas y en el cuerpo, como si les atacaran miles de avispas furiosas. El cielo se derrite en el mar, de un azul plateado. Unos surfistas aprovechan las corrientes para auparse a las olas y deslizarse en la tabla, flotan en la espuma hasta que pierden el equilibrio y la marea los arrastra a la playa.
El niño y la niña tratan de construir un castillo de arena, pero la tarea es inútil, incluso detrás del cortavientos. Cabreado, el niño abandona el refugio y se dirige a la orilla. El hombre le grita que regrese, pero las palabras se pierden. El viento le roba al niño la gorra y le embolsa la camiseta y los pantalones, deforma su cuerpo menudo. El niño, de unos ocho o nueve años, tiene el pelo corto y castaño oscuro, la piel bronceada. El hombre se levanta con esfuerzo. Es delgado y tiene un tipo fibroso. La barba, recortada con pulcritud, aún es castaña salvo en la perilla, donde asoman las primeras canas. Los ojos de búho se refugian en unas gafas de sol de un modelo anticuado. Sujeta el sombrero con una mano y con la otra se tapa la cara mientras camina hacia la orilla. El adulto y el pequeño ensayan gestos. Discuten. Al cabo de unos segundos regresan a la base. La niña les ha observado desde la barrera. Es rubia, igual que la mujer envuelta en un pareo que yace en la hamaca. La mujer oculta los ojos en unas Ray-Ban, lucha por leer una revista de moda, pero apenas puede pasar las páginas, se revuelven y vibran como el aleteo de un pájaro atrapado.
A pesar del viento, hay cierta placidez en la escena. Se podría pensar que los cuatro forman una familia. Tal vez una familia feliz de clase media que prefiere pasar las vacaciones de agosto en el Algarve, en una playa tranquila y aislada, ajena al Mediterráneo alicatado y al turismo masivo. Aquí encuentran el mismo sol, el mismo cielo azul, con un viento que disuade a las hordas de turistas y que es el reclamo para los domadores de olas. Están en Sagres, en el cabo de San Vicente, en el fin del mundo. Quizás buscan un lugar donde olvidarse de las asperezas de la vida cotidiana, puede que de sus propios miedos y demonios. El hombre ronda los cuarenta años y a la mujer le faltan pocos para llegar a esa edad. La niña es algo más pequeña que el niño.
Las dos hamacas tienen una separación ambigua. El espacio entre ambas podría indicar que el hombre y la mujer están juntos, que son marido y mujer, pero también lo contrario. El niño y la niña juegan entre ellos, como hermanos o como amigos. Los adultos no se comunican. El hombre solo habla con el niño y la mujer con la niña. ¿División de papeles según el sexo? En sí mismo, este dato tampoco sería decisivo para concluir que no son una pareja, pero la realidad es que ni siquiera se conocen. Daniel ha llegado en coche esta mañana desde Madrid. Le encanta el mar, pero el viento furibundo ha envilecido la tarde. Incluso su hijo Leo le suplica que regresen al hotel para bañarse en la piscina. Si a pesar de todo prolonga su estancia en la playa es porque la mujer no le ha pasado inadvertida. La mira con disimulo. Le resulta atractiva. La nariz aguileña, el pelo en una media melena, la boca voluptuosa sobre un mentón suave y un aire risueño. El pareo y la toalla que se ha colocado en el regazo le impiden ver el resto del cuerpo. La imaginación anticipa unos pechos serenos y firmes. Las gafas de sol ocultan unos ojos que supone de color miel. La mujer habla en inglés a su hija y la niña se comunica en español con Leo.
Cuando la mujer se levanta de la hamaca y comienza a recoger, Daniel se inquieta, debería decirle algo. Quizás no vuelvan a encontrarse. Le quedan unos minutos, la última oportunidad para doblegar al destino.
–Too windy to be here –es lo único que se le ocurre.
Nunca se le ha dado bien abordar a los desconocidos y menos a las mujeres. Sus gestos le parecen torpes y las palabras inadecuadas. Sin embargo, una vez dado el primer paso se siente más cómodo y seguro de sí mismo.
–Ni que lo digas. Nosotras regresamos al hotel –la mujer aguanta el sombrero con una mano y con la otra mete la revista y las cremas de sol en un gran bolso de mimbre.
–¿Eres española?
–Sí –ríe–. El padre de la niña es inglés. Vivimos en Madrid.
–Nosotros también –responde Daniel, entusiasmado, como si este dato incrementase las posibilidades de pedirle una cita.
Lidia, la mujer, no le ha oído. A unos metros de la hamaca, intenta convencer a Irene, su hija, de que deben regresar. La niña se resiste. El hombre las observa desde la hamaca. La mujer es más baja de lo que pensaba. La niña llora. La mujer tira de la mano de su hija y se marchan, sin decir adiós. Daniel observa a Lidia y a Irene, se alejan mientras el viento y la arena difuminan sus figuras, envueltas en una gasa, hasta que desaparecen.
El hotel es un edificio de los años sesenta, blanco y alargado, en forma de ele. De apenas dos plantas, se yergue solitario en el extremo de un cabo, casi al borde de un acantilado. Oscurece. La luz se pierde en el horizonte, pero desde la terraza de la habitación aún se ve la fortaleza de Sagres, parece que flotase en el mar, como un barco encallado. El silbido del viento se mezcla con el batir de las olas. Daniel extiende las toallas húmedas en la mesa de la terraza. Coloca las zapatillas encima para que el viento no las voltee, pero las toallas se inflaman en cuanto Daniel se da la vuelta y poco después se precipitan al suelo sin remedio. Daniel se da por vencido y regresa al cuarto.
La habitación es amplia, con una cama de dos metros y otra supletoria para Leo. De las mesitas de noche crecen dos lámparas con forma de seta. Enfrente de la cama, dos sillones y un escritorio antiguo de imitación. El armario empotrado los separa del baño, lo único que les disgusta del cuarto. Es grande, cómodo y está limpio, pero apesta a desagüe y en cuanto se olvidan de cerrar la puerta emanan unos efluvios asfixiantes. Daniel se ha quejado en recepción.
–Es por culpa del viento, remueve las cañerías –le explica en un perfecto castellano un chico joven, de unos veintitantos años.
–¿Y no podríamos cambiar de habitación?
–Lamento decirle que en todas ocurre lo mismo, aseguraría que en todo Sagres.
La respuesta no le convence, tampoco a Silvia, pero solo van a estar una semana y no desean arruinar su estancia. Para evitar que el olor se filtre en la habitación, Daniel y Silvia intentan que la puerta del baño esté siempre cerrada. Leo desbarata sus planes.
Silvia les espera abajo, en el salón. Leo se demora en la ducha y su padre le apremia, le recuerda que no debe malgastar el agua, pero el niño es inmune a la reprimenda. Leo se pasea desnudo por la habitación, salta encima de la cama, lanza unos cuantos aullidos y regresa al baño mientras el vapor tóxico inunda el cuarto. Con cara de asco, Daniel se precipita al balcón y desliza la puerta con vehemencia. Silvia le ha dejado la ropa al niño en una silla, unas bermudas azules de caña estrecha y una blusa blanca. Leo se viste en varias secuencias. Primero se coloca el calzoncillo, regresa a la cama a ejercitar unos saltos, su padre le riñe y consigue que se ponga la camisa. Una amenaza más y el niño termina de vestirse. Daniel aún debe coger la chaqueta y le pide que le espere, pero Leo abre la puerta y huye en busca de su madre. Recorre el pasillo, la interminable ele del hotel, y desaparece. Poco después es Daniel quien camina por la moqueta verde, con unos pantalones de lino y una camisa azul claro de manga larga, la chaqueta al hombro ensartada en la mano derecha. Un ventanal recorre uno de los lados del salón y lo separa de la piscina del hotel, vacía a estas horas. La luz de las farolas marca el pequeño oleaje color argenta. El viento doblega las palmeras.
Silvia está sentada en un sofá beis de cuero, lee una revista inglesa de decoración. El vestido negro, del mismo color que el pelo, resalta su tez blanquecina, casi nacarada. Alérgica al sol, odia la playa y ha preferido quedarse a cubierto en la piscina del hotel, bajo una sombrilla. Tiene la misma edad que Daniel. Salvo las tímidas patas de gallo que asoman en las sienes, la cara es aún tersa. La mirada es triste y melancólica, siempre lo fue. Cuando se conocieron, en la universidad, a Daniel le gustaba ese aire de derrota y abatimiento. Ahora no. Necesita rodearse de gente vital y alegre, personas que desprendan energía y le infundan ánimo, a ser posible, mujeres. Daniel besa a Silvia en los labios y ella le sonríe con timidez, como si después de tanto tiempo juntos aún le avergonzara que la besen en público.
–¿Y Leo?
–Imagínatelo –dice Silvia, y señala un cuarto contiguo.
–¿Viendo la tele?
Daniel se acerca al cuarto y lo ve sentado, junto a otros niños, frente a una pantalla, absorto con los dibujos animados. Leo ni siquiera se da cuenta de la presencia de su padre. Daniel pide una cerveza en la barra y recorre el salón. Curiosea. Ocupa un sofá próximo al de su mujer y toma uno de los periódicos que languidecen en las mesas de centro. Los recortes en Portugal monopolizan la portada del periódico y Daniel pasa las páginas rápidamente hasta la sección de cultura. Hastiado de la crisis, necesita aislarse unos días de las malas noticias, mantener la mente en blanco. Y eso que Daniel no se puede quejar. Se siente un privilegiado. Profesor de Filosofía del Derecho en la universidad, conserva unas buenas condiciones laborales a pesar de los recortes. La merma de su nómina la compensa el salario de su mujer. Abogada laboralista en una prestigiosa consultora, con la crisis tiene más tarea y más ingresos que nunca. Se ha especializado en la gestión de expedientes de regulación de empleo.
–¿Cenamos? Tengo hambre.
A Daniel le sorprende la mano de Silvia en su pelo, hace tiempo que no se acarician.
–Voy a buscar a Leo –se ofrece Daniel.
