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Inmigrante ilegal en Ginebra, Gabriel vive obsesionado con escribir una novela que finalmente lo consolide como escritor. El encuentro con siniestros personajes y artistas en ciernes le servirá de inspiración para diversos relatos que plasma en su diario, a la vez que se hunde voluntariamente en las profundidades de una sociedad oscura y perfeccionista. Trampa para jóvenes escritores es un mapa de supervivencia y, a la vez, un thriller psicológico cuyo núcleo es la obra de Jorge Luis Borges, quien eligió aquella ciudad como su última morada. * Daniel Aparco (Lima, 1974) es escritor y fotógrafo por vocación. Vivió diez años en calidad de indocumentado en Ginebra, Suiza, donde en 2006 obtuvo el primer puesto en un concurso de fotografía, hecho que le permitió realizar numerosas exposiciones individuales. En el 2009, a su regreso al Perú, su antología de cuento juvenil Viajeros de diciembre ganó un concurso organizado por la Asociación Editorial Bruño y la Municipalidad de Lima. Durante la pandemia produjo La ciudad imposible, novela interactiva conformada por una serie de videos en blanco y negro registrados en la capital y publicados actualmente en YouTube. Trampa para jóvenes escritores (2012), su primera novela, acaba de ser reeditada por su frescura e insólita vigencia.
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Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Daniel Aparco (Lima, 1974) es escritor y fotógrafo por vocación. Vivió diez años en calidad de indocumentado en Ginebra, Suiza, donde en 2006 obtuvo el primer puesto en un concurso de fotografía, hecho que le permitió realizar numerosas exposiciones individuales. En el 2009, a su regreso al Perú, su antología de cuento juvenil Viajeros de diciembre ganó un concurso organizado por la Asociación Editorial Bruño y la Municipalidad de Lima. Durante la pandemia produjo La ciudad imposible, novela interactiva conformada por una serie de videos en blanco y negro registrados en la capital y publicados actualmente en YouTube. Trampa para jóvenes escritores (2012), su primera novela, acaba de ser reeditada por su frescura e insólita vigencia.
Trampa para jóvenes escritores
Primera edición electrónica: junio de 2022
© Daniel Aparco
© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2022
para su sello editorial Narrar
APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,
San Martín de Porres, Lima
http://paracaidas-se.com/
Composición: Juan Pablo Mejía
Arte de portada: Augusto Carrasco
Retrato del autor: Archivo personal
ISBN ePub: 978-612-48825-6-2
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.
Producido en Perú
Bajo el hechizo hibernal, en la cabaña de Jerome, en este escondite en el que un apéndice de la laguna aparenta estancada, numerosos troncos arrimados por la corriente, se cubrirán de nieve y hojas formando figuras o momias de hielo. Cadáveres del verano...
El Sistema actual es una conspiración universal contra toda forma de vida interior.
Aquella frase que salía del radio-despertador me sorprendió una mañana...
PRÓLOGO
He escuchado que el nuevo padrastro de Pat es un viejo coleccionista de arte, dueño de un hotel cerca del lago y de tres restaurantes, así que desde hace una semana les estoy dando vueltas a mis amigos, quienes son los que la conocen. Los llamo diariamente, al final de las tardes, para invitarlos a tomar un café o comer una pizza en alguno de esos locales que rodean la universidad. Hoy ha sido mi día de suerte: Bob les ha dicho a los miembros de un grupo de estudio que conoce a un novelista que puede ayudarlos con la investigación que preparan sobre uno de los tantos escritores símbolos de la ciudad. Ninguno de ellos sabe que Bob también es escritor y, como tal, exagera cuando dice que el literato que les presentará es un personaje que vive en los libros del desaparecido cuentista, incluso ha dormido en su casa y a veces se emborracha en su tumba.
Me arregla una cita con los estudiantes a las cinco de la tarde en punto, en la biblioteca de la universidad. Al subir la estrecha escalera de caracol me encuentro por fin con Pat. Imposible que ella mire a otro lugar o finja que habla por su teléfono móvil. Cara a cara me sonríe y afirma conocerme, que soy ese famoso escritor que le presentaron una noche en el Café Cuba. A pesar de todo no vengo preparado, así que me restan solo dos segundos para armar una ficción en mi cabeza y dispararle; hacerle un comentario superficial sobre mis falsas actividades a manera de saludo y transmitirle de manera subliminal que, si no encuentro de inmediato un trabajo lavando platos en algún restaurante, hayarán pronto mi cadáver en un sótano o en un bote. Entonces, busco con cuidado las palabras justas para entrar en su mente, no ahora sino más tarde: Hablarle en los sueños.
A punto de decirle algo de eso, me disculpo y le contesto el móvil a Alexandra; me comunica que no sabe lo que ha pasado pero que Fredo está muerto. Dice que se siente muy mal, entonces la visualizo por su manera de hablar y deduzco que no es grave, solo una pizca de tristeza y curiosidad por saber qué ocurrió con exactitud. Insiste con el teléfono de la hermana de Fredo. Yo le respondo que no tengo esa información, que se tranquilice y que tampoco sé qué decirle.
«El vuelo imposible del pájaro». Veo a Fredo atrapado dentro de ese manuscrito que me gustaría recuperar, pero como no siento nada ahora me despido de Ale por el teléfono y continúo con Pat que, sin explicación, se ha sentado a esperarme sobre las escaleras de la universidad...
«El imposible vuelo de pájaro». Necesito leer ese libro, al menos el primer capítulo para traer a mi amigo de regreso. Al llegar a mi cuarto, rebusco entre los cientos de hojas y cuadernos, y al fin lo encuentro. Faltan las primeras páginas, las principales. Me desespero, pero prosigo. Parece que las tengo, pero en realidad son mis antiguos escritos. Ya los había olvidado; suenan al estilo de narración de Fredo, a su voz, como si él hubiera sido siempre yo y en mí quedara el sentimiento de ser él.
Apenas siento algo por Fredo, pero ya veremos el fin de semana, cuando me embriague y no me encuentre contigo en el bar de siempre, porque ahí sí que te mato. Los chicos aún no van a creer que te has ido, dirán que es una más de tus locuras.
¿Recuerdas? ¿Qué era lo imposible?
Fredo, esta noche de crudo invierno me vuelves a despertar, hermano, como cuando te conocí. Fue la primera vez que le pronuncié esa frase a un ser humano: sí, escribo poesía. ¡Soy poeta!
Alfredo, loco, descansa en paz, en el profundo infierno o en el cielo de la cama de la habitación del hotel donde quedaste. Te fuiste como los grandes, viejo. No trabajabas, pero vivías desde hace dos años con tus libros y tu piano en un hotel en Suiza. ¡Como los grandes! Como Cesare Pavese o como el vocalista de INXS.
Adiós, hermano mío, te devuelvo ese «hola» del primer encuentro: ese extraño cuento que empezamos a escribir para vivirlo al revés.
Infinito vuelo de pájaro
Al principio, este iba a ser un Vuelo Imposible. Ahora es un Vuelo Infinito.
¿Qué es lo imposible?, me pregunto.
Ideas y sensaciones se adhieren al cuerpo de esa palabra, una expresión que parece definir al ser humano inherente a sus contradicciones.
He pensado en ese pequeño universo que tengo y me he dicho, dada la naturaleza fantasiosa-destructiva del hombre, lo imposible debe ser algo tan simple como pedir perdón o volver a enamorarse de la persona de la que ya un día nos hemos enamorado.
Despertarse un día diciendo: no siento nada, no recuerdo nada, no te conozco.
Enséñame otra vez a amar.
PRIMERA PARTE
1
Julie me ha despertado esta mañana de sábado a las ocho para preguntarme si deseo acompañarla a tomar café e ir a ver pinturas y antigüedades al mercado de pulgas de Planpalais. Lo que yo quiero es leer o seguir durmiendo, o las dos cosas juntas, y aunque sé bien que no hay nada en el mundo que me haga levantarme a esta hora, le digo que se prepare, sin mirarla a los ojos, por supuesto. Pobre Julie, no la conozco. Hace tres días que ha tocado mi puerta y se ha presentado como una estudiante de Bellas Artes que necesitaba con urgencia dónde vivir. Yo vivo en un viejo edificio de piedra sin calefacción, situado en pleno centro del barrio de artistas de Carouge.
Sin reflexionar, le dije que podía utilizar el sofá-cama de la cocina, que en realidad es un depósito de dieciocho metros cuadrados donde se ha acondicionado un fregadero, una mesita, una cocina con horno y una mininevera. Recuerdo su sorpresa al decirme que era un crimen que yo cocine en semejante espacio. Por supuesto, le di la razón, y le repetí que, si quería, se instalara allí por 350 francos suizos por mes, más la electricidad. Me parece que insistí en el problema del baño, ya que se encontraba dentro de mi cuarto, y que además no tenía puerta. «No me molesta que el baño no tenga puerta; será suficiente una cortina», me respondió.
Julie entra otra vez, se acerca a mi cama, me observa con detenimiento, no dice nada mientras simulo estar dormido y entonces da media vuelta y se va. La escucho bajar la escalera de madera y la imagino cruzando la calle en dirección al cartelito del horario del transporte. Luego siento la vibración del tranvía, en el que seguro ya estará sentada, y la veo en mi mente: cabello corto, pálida, cara redonda, labios gruesos, unos gigantescos lentes de secretaria anticuada bajo un horrible gorro gris de lana. Desnuda no sé cómo será. Siempre usa sacos de paño y faldones que combina con botas negras marca Doctor Martins. Una chica como las otras que no provoca mi curiosidad. En fin, ahora que se ha ido puedo dormir con tranquilidad, que para mí es escribir, divagar en soledad, despegar.
Al rato, Ale y su niña me hablan por teléfono para invitarme a almorzar, y eso me alegra, ya que casi nunca me llaman. Me encanta charlar con ella, preguntarle cosas sobre esta ciudad y escuchar sus locas teorías. Se ha reído a carcajadas cuando le he contado la historia de Julie, eso de que apareció de la nada buscando alojamiento.
Ale me ha repetido que a mí me gusta sufrir, que si estoy solo es porque cada vez que encuentro una chica siento la necesidad de enamorarme y que ese asunto no marcha así. «Nunca tienes que dar lo que no tienes, ahora tú necesitas un documento para vivir, métete eso en la cabeza, mientras no lo obtengas no puedes dar nada a cambio».
No la entiendo muy bien, no le he mencionado si es que Julie me agrada, así que no sé de dónde saca que me voy a enamorar inmediatamente de ella. Pero, bueno, es su opinión; lo que yo percibo es que siempre paso de las cosas que son imprescindibles para el resto.
A mí me gusta más leer que escribir, aunque lo primero que hago al despertar es encender esta vieja computadora, luego bebo un café y releo alguna novela hasta que me reviene la conciencia de que el paso del tiempo me angustia; se acaba. Así que vuelvo a la máquina a tipear sin parar, hasta darme cuenta de que ya son las cinco de la tarde y es la hora en que la gente sale del trabajo y yo salgo a mezclarme con ellos, eso me hace sentir una persona normal.
«La clave» son las ganas de escapar. Los mejores encuentros los he planeado justo antes de largarme.
2
Creo que aún no se me ha acabado la suerte. El barrio de Carouge es uno de los lugares más pintorescos de Ginebra. Sus viejos edificios son bajos, algunos muy angostos y, si somos curiosos, podremos descubrir entre ellos callejones secretos o pasajes que nos sumergen en parques privados. Nada más placentero que tropezarnos con alguna fontana o dos o tres casas consecutivas de colores encendidos que rompen con la tonalidad tenue del conjunto.
Los antiguos talleres de artesanos y artistas italianos se están convirtiendo de a pocos en tiendas de diseñadores, restaurantes de lujo o pequeñas galerías de arte. Pronto esta isla no será muy distinta a la otra Ginebra; ese infierno demasiado frío, lleno de autos impecables y ausente de aficionados a la vida cantando en las ventanas. Ninguna melodía saldrá ya de estos balcones ni gritos de niños felices o discusiones de jóvenes parejas que levantan la voz mientras se tiran los platos. Por eso estos sábados al mediodía, cuando aún retienen el sol, son los momentos en los que caminando por Carouge me siento más vivo que nunca.
En la Place du Marché se instala siempre un mercado, seguido por caravanas de pequeños productores de queso y de vino, y los trenes y tiendas repletas de gente lo hacen sentir a uno dentro de algún festival de verano.
Ahora acaba de bajar de un tren Fibi, la china, con sus gigantescos lentes Chanel y en brazos una caja que contiene un ordenador portable. Me dice que desde anoche no funciona la computadora de casa y, como tiene que redactar hoy mismo unas solicitudes, se ha hecho del primer artefacto que pudo encontrar. Como toda escritora criada en Europa del Norte, quiere caminar sola, se siente invadida por la conversación de un casi desconocido, pero yo insisto en que marcho por casualidad en dirección de su casa, al departamento de Bob. Entonces le suplico que caminemos juntos algunas calles. Mi interés no es mucho mayor que el de gastarle una broma para verla sonreír, no hay nada más ya que en mi mente solo puede existir Abi.
Atravesando la plaza, ella levanta la mano en dirección de unas vendedoras de frutas y verduras, dos chicas compañeras suyas de la universidad; una muy rubia y la otra de tez trigueña, ambas de pequeña estatura y de rostros armoniosos y bellos. La morocha podría ser latina o árabe, no sé. Luego, sobre la terraza improvisada del Bar du Cinema, aparecen los chicos como si los hubiera llamado con el pensamiento. Está Bob, Crousty, Guy, Jerome, Luca y Chimanski.
Al acercarme, comenzamos a reírnos como si todos pensáramos lo mismo al mismo tiempo. Fibi se ha acostado con todos los de la mesa menos conmigo. Y la verdad es que recién me pregunto si sería muy difícil que me deje entrar a su casa una de estas grises tardes. Sí, me gustaría tocar la puerta del inmaculado departamento donde ella vive sola y, mientras profundizo en la visión, imagino a Fibi en cuatro patas, pero por alguna razón tiene la cara de Abi (Abi es mi novia, creo) y comienzo a sentirme terriblemente mal, porque a esta hora ella ya estaría conmigo y ya habríamos hecho el amor. «Abi dormiría mientras yo estaría desquiciado por regresar a las calles de Carouge».
No sé. Ignoro desde hace cuánto tiempo que estos extraños sentimientos, cada vez más egoístas y anormales, viven en mí. Cada día mi vida se hace más y más pequeña y se resume a esta maligna trinidad: mi computadora para escribir, el cuerpo de Abi y los bares de noche con mis amigos escritores que me esperan para brindar por nuevos personajes imaginarios, nuevos mundos.
3
Sábado. Seis de la tarde. Me parece que acabo de despertar por segunda vez. Estuve soñando profundamente, hasta que Julie intentó levantarme a eso de las cuatro de la mañana. Ha entrado a mi cuarto y se ha sentado en mi cama para preguntarme si puedo abrir los ojos para mirarla.
—Imposible, Julie. Mira, soy la única persona que dejaría a una desconocida meterse a su cama en la madrugada, así que comienza con lo que quieras contarme. Si deseas, te puedo contemplar con los ojos cerrados —le digo somnoliento, balbuceando las frases, fuera de mí.
—¿Puedo entrar en tus sueños? Me gustaría entrar en tu sueño, en el de ahora —me dice leyendo lo que está escrito con lápiz en una hoja blanca que seguro ha caído de mi cama al suelo.
—No, Julie, ya estoy de regreso.
—¿De regreso?
—Sí, mira, fue un viajesazo, no puedo explicártelo, es como si me hubiera ido a otra galaxia en pijama y ahora estoy de regreso.
—¿Siempre sueñas así?
—Solo cuando me duermo drogado —le susurro, y la escucho reír. Seguro que no me cree.
—¿Cómo era tu sueño? —vuelve a preguntarme.
—Ahora no recuerdo. Escribo o dibujo en la oscuridad lo que me aborda, sobre un papel, pero a veces no se puede porque estoy demasiado inmerso. Pero evocar el viaje no es un problema. Continuamente lo recuerdo en la calle, días después, cuando veo un rostro que me es familiar. ¿Sabes qué es lo mejor de esta conversación?
—¿Que no la vas a recordar mañana?
—Elemental, mi querida Julie. Pasará algún tiempo para que la evoque como una ficción en alguna de mis novelas. Ahora cuéntame lo que quieras.
—Estás loco, ¿sabes? Pero, aun así, me gusta vivir aquí, en esta casa... contigo.
No tengo claro si Julie ha amanecido en mi cama. Tampoco estoy seguro de lo que quiero hacer esta noche. Desearía ir más tarde a una discoteca a buscar a una chica que no falta ningún sábado y siempre va sola y a quien parece ya le he hablado varias veces. Es una francesa que estudia medicina, casi linda, solitaria, muy sola.
No puedo evitar escribirle un mensaje a Abi. «¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Qué haces?». Ella me ha respondido de inmediato, como si tuviera el teléfono móvil en la mano, y me dice que tampoco sabe qué es lo que va a hacer y me pregunta si es que yo quiero verla, que le hago mucha falta. ¡Mentira! Bueno. ¡Je mon fous! Afuera no para de llover desde hace días y he puesto esa música de los años ochenta que a ninguno de mis amigos les gusta. ¡Je mon fous!
Buscando mi camisa favorita de H&M, se me ocurre de pronto por qué pienso tanto en algunos recuerdos. Me he dado cuenta de que las personas que encuentro evitan hablar de su pasado, pero a mí eso me ayuda a escribir. No importa, voy a hacer lo mismo que hacía antes, antes de conocer a Abi. No quiero llamar esta noche a un amigo y terminar haciendo lo que menos me gusta: esta noche voy a ser yo otra vez, el antiguo.
Empezaré en el restaurante del papá de Jerome situado cerca del lago. Como llueve, no debe tener mucho trabajo, así que tomaremos unas cervezas. Después comeré un shawarma en la calle de las prostitutas e iré a ese extraño lugar en la rue de la Servette, que es una pequeña sala subterránea donde europeos bailan salsa y que cierra antes de las dos. Tal vez pase al Seven, un antro donde los viernes hay música latina, o continuaré hasta el Lezard, un local universitario donde por lo general hay rock de los ochenta. Espero divertirme y conocer a alguien interesante que haga estallar algo inesperado. Prometo no emborracharme ni suicidarme demasiado en la mañana.
Desde mi ventana, veo a la chica del edificio del frente amarrase el cabello y ponerse un jersey cuello tortuga y un poncho de plástico para la lluvia. Ahora se despide de lejos de su novio, lo sé porque discute largo rato frente a la luz del televisor. Luego la acompaño con la mirada cuando baja las escaleras, abre el portón y camina bajo el agua que se desborda de las cornisas hasta la parada del tramway.
No me ha mirado, nunca me mira, ella jamás mira a nadie.
4
Mujeres ceñidas en enterizos plateados que delineaban sus cuerpos y un impecable mozo húngaro, con algo de frivolidad en los gestos de su cara, llenaban las copas. Una vieja canción de Blondie, remasterizada, retumbaba en la geometría de la sala que sugería un ambiente ritual, presto para inofensivas lujurias. Muebles estilo barroco y cortinas espesas, muy rojas, que seguro nadie miró. Pat, fingiendo de rubia tonta, maquillada hasta los dientes, brutalmente bella; aturdida por las batallas de cama o por los químicos que le atrofiaban las neuronas cada noche, o las dos cosas juntas.
Yo fui el único que pidió cerveza. Dawroski se acercó para decirme que pida champaña también. Le dije que mi hígado casi no funciona y que por ahora la cerveza me va bien pues me sube despacio. «¡Ok!, pero pide entonces una botella de cerveza más cara», me ordenó.
En el sofá, Pat y sus amigas se contaban aventuras, pero a la vez no se prestaban la mínima atención. Lo hacían para llenar el tiempo y el espacio, ese era su papel. Una velada tantas veces repetida, con algunos cambios de bocas habituales que ahora se comían a otras bocas, los ácidos, las chicas que en un rato subirán a la mesita de mármol para bailar como si fueran estrellas pop lesbianas. Pat lleva un vestido negro (el color no importa) demasiado corto, demasiado justo, dos cinturones compuestos por monedas del medio oriente y argollas en las muñecas que la hacen verse como un rayo dorado en cada movimiento.
En algún momento agarré la cámara fotográfica y disparé como un loco, buscando siempre el mejor ángulo de la cara de Dawroski y cuidando de no retratar a ninguno de sus socios. No necesitaban recordármelo. Más tarde, sin meditarlo, decidí beberme lo que quedaba de una botella de Johnny Walker y huir antes de que hiciera efecto, sin despedirme de nadie. Una pesadilla presagiada y extraña, vivida antes y después, cuando no estoy drogado:
«Soledades. Espejismos. No puedo sentir placer ni afecto si no sueño las experiencias que acumulo, si no las vivo dentro».
Afuera, la temperatura de la madrugada era glacial. Caminé lo más rápido que pude, mientras algo me repetía que esta noche alguien iba a terminar mal, muy mal, un raro presentimiento de la mierda final del vacío, un asco doloroso hacia el alba.
«Blondie. Esta noche todo hubiera podido ser beautiful».
Ningún rastro de cielo
Al bajar del bus, el joven escritor apuró los pasos y las imágenes de las estudiantes de la universidad se le hacían solas en su imaginario. Volvió el mismo camino de un bosque lleno de trampas para pájaros, los pasajes de tierra dura, las jaulas de madera y el bullicio de mercado de un país del tercer mundo cobraron vida y lo despertaron de pronto en la parada de Planpalais, justo frente a aquel horrible edificio cuadrado con números digitales en su fachada.
A veces se vuela así en las mañanas, camino al trabajo o a alguna cita. Entre tanto, ningún rastro de ave se desvanecía en el cielo plomizo color cemento. Él sonreía en su imaginación; hablaba con su abuelo sobre el tono triste del pelaje de alguna ave nueva en cautiverio, del verde y el dorado de los loros de la Amazonía, tan codiciados por los extranjeros.
El abuelo había cambiado algunas aves exóticas por libros de filosofía oriental y un tomo de tapa de cuero rojo muy gastado de Las mil y una noches, pero nunca le obligó a que los leyera. Solo le repetía constantemente que «mejor que cazar aves era verlas volar, estudiarlas, presentir el futuro para cuando este viejo se vaya en un vuelo final».
«Cuando no sepas dónde ir, no olvides cerrar los ojos y respirar en tu corazón los eucaliptos y el azul novedoso de las mañanas, deja entrar en tus pulmones el viento puro de las praderas, la ternura, la fe y la libertad».
«El vuelo final del pájaro» era una fábula sobre el fin de aquellos días, él no había podido entender la historia sino hasta esa mañana en que revivió aquel sentimiento del cual tanto le había hablado el abuelo.
La despedida, los últimos aleteos que escribirían una secuencia continua en los aires: un regreso al infinito. Fue entonces que tomó conciencia por única vez, en Planpalais, de que el tiempo... era incontrolable.
5
Julie ha pintado, sin avisarme, la cocina, las puertas y ventanas, todo en color blanco, tal como me agrada, como estaba antes de que Chimanski lo arruinara. Él fue quien consiguió el departamento y al principio vivía aquí, pero como hacía demasiado frío se mudó a la casa de un amigo suyo que casi nunca está. Para conservar el calor, Julie ha aislado con una cinta especial los bordes de las ventanas y ha traído un par de radiadores eléctricos para calentar este depósito que ha transformado en un hogar. También ha cambiado el trajinado sofá-cama por uno nuevo color rojo y ha comprado algunos estantes de Ikea.
Me gusta. Sobre todo, porque me olvido de ella hasta que tengo la necesidad de entrar a tomar café o cocinarme algo, y es cuando me quedo mirando la colección de sombreros que ha colgado en la pared, sus libros, sus discos, sus lentes, sus historietas, sus botas, sus abrigos, pensando en cómo verdaderamente se vería sin ningún disfraz. También me extraña que no tenga fotos (a las chicas soñadoras les encantan las fotos). Solo ha pegado detrás de su puerta unos bocetos del héroe de un cómic que lleva años dibujando. Un joven de cabello desordenado, gorra tipo marinero y abrigo azul con parches. Una especie de Corto Maltés andrógino que acaba de salir de la adolescencia.
Casi no hablamos y no quisiera cambiar eso. Ella llega a eso de las ocho de la noche, así que me salgo antes a caminar o a la casa de Bob, aunque hay ocasiones en las que olvido escaparme y es cuando me sorprende escribiendo. Por fortuna, nunca se acerca a mi escritorio. Entra al baño y yo subo el volumen del estéreo para ignorar lo que va a hacer. Después, me preparo un café en la cocina y regreso al cuarto a mirar los rostros de los pasajeros del tramway. Sale de la ducha envuelta en su toalla, cierra mi puerta y atraviesa el pasadizo hasta su cuarto. Siempre es así, nos comunicamos mediante signos, canciones que ella pone en las mañanas para despertarme, para decirme que se va, con historietas japonesas que deja a propósito sobre su cama o sobre la mesa donde me gusta desayunar; para inspirarme creo, o para decirme a veces no sé qué. «Esa es la única verdad, lo que no puedo recordar no cuenta».
Julie... Sin saberlo ha venido a curarme y a terminar de reparar esta casa a medio pintar en color blanco, ese color que me ayuda a bucear dentro de mí. Cuando llegué, en el cuarto donde duermo ahora, había una gran mesa con pinturas y pinceles secos, un colchón tirado frente a un televisor también sobre el suelo, ceniceros hechos de latas cortadas de cerveza y una cámara instalada sobre un trípode que apuntaba a la taza del inodoro del baño que aún no tenía paredes.
Era un experimento de Chimanski; un escrito animaba a sus invitadas a tomarse fotos mientras orinaban. Además, había pintado la cocina en rojo brillante (me dolía la cabeza cada vez que entraba) y los tubos del agua en color negro. Una tabla roja de ping-pong servía como mesa cuando había que cortar las pizzas o mezclar los licores. Anuncios abstractos de fiestas electrónicas en las paredes púrpuras y más ceniceros y botellas sobre las hornillas de la cocina. Un ambiente bizarre, un gusto bizarre por lo oscuro y la dejadez (no la decadencia, amo la decadencia), delirios de mañanas de resacas de inviernos y ese sabor a pozo que se inhalaba en la atmósfera del departamento y del angosto edificio; este castillo maldito de algún cuento.
Allí trabajaba Chimanski, lo presentaba como su taller, aunque allí nunca pudo filmar o pintar algo bueno, pero era la fábrica que necesitaba para concebir al gran literato en el que se convertiría muchos años después; una telaraña para artistas o estudiantes curiosas.
6
Ahora parece que todo tiene sentido. Me asusta. Acabo de enviar a mis amigos un mensaje comunicándoles que he ganado un concurso en mi país y que una editorial publicará mi novela Perdidos en diciembre. Por fin, les reitero, me dejarán hablar en mi verdadero idioma.
Después de olvidar mi diario por un tiempo, me han vuelto las ganas de expresarme acumuladas en alguna parte. ¡Tantas historias en la cabeza esta mañana! Podría seguir escribiendo el final de mi segunda novela, pero prefiero esperar la reacción a mi primer opus y, como tengo problemas con los desenlaces, escribiré entonces varios de ellos como si fueran engranajes de una maquinaria que pueden cambiarse según la necesidad.
Mi tercer proyecto es un par de libritos que a veces desarrollo al mismo tiempo: Cuando voy a trabajar el bus está lleno de lagartos es una novela corta y Syndrome du dimanche, una serie de relatos en apariencia inofensivos, pero cuyos personajes se interfieren fatalmente.
Vuelvo a la computadora a leer el correo que confirma mi premio, compongo algunas frases para completar, de a pocos, otra novela, pero otra vez, releo el mail. Emocionado, pronuncio en voz alta el nombre de la editorial, los títulos de mis libros para escuchar a qué suenan... Me acerco a la ventana, ya no a ver los autos sino a buscar desesperado en el edificio del frente a «la chica que nunca me mira».
Encierro en mis manos la tibia taza del café, pego el borde a mi nariz e imagino mi nombre en el libro y este en alguna librería; la novela, a punto de caer del regazo de una mujer embarazada, dormida, que escapa en un avión. Frases entrando en los ojos de Abi, parte de lo que éramos un día no revivirá más que con su voz. Pienso en la vida de un escritor profesional, esos a los que les llega un cheque cada seis meses y escriben de la mañana a la noche todos los días de la semana. Cada vez que comienzo a cuestionar la nebulosa que oscurece mi rutina es como si me arrancara de un pesado sueño: lúcido, miro este departamento, mi casa vacía. Solo esos enfermos pueden inventar personas en los libros. Habitar con ellos...
Ya van a dar las cinco y se me ocurre dar vueltas por la casa de Ale. No la puedo llamar. Vueltas por la escuela de la niña, por el supermercado, por el parquecito con juegos para infantes detrás del bloque de departamentos en donde residen.
Esta tarde, tomando café en su cocina de paredes amarillas, riendo y jugando con la pequeña mientras Ale prepara la cena, tal vez pueda olvidar mis obsesiones de narrador, entrar en mi cuarto en absoluta paz, como si volviera del trabajo, cansado, pensando en qué aspecto tendría ese ser especial e imaginario que supuestamente me debería esperar en casa.
7
Comenzó un jueves por la noche en el Café Cuba (esto siempre comienza). Frente a la barra instalada entre el primer piso y el mezzanine, me divertía como un cerdo en un charco. Rodeado por las camareras y las inglesas que, desesperadas por beber alcohol, gritaban sus pedidos, quedé absorto con el cuello de una chica a la que un colombiano intentaba enseñarle algunos pasos de salsa. Mirándola como un autómata, me vino un párrafo de El pozo, de Onetti, algo que escribió sobre las nucas de las mujeres: «Las nucas un poco hundidas, infantiles, con el vello que nunca se logra peinar».
No vi a Theo llegar. La forma de bailar de la chica de los brazos delgados y desnudos me llevó a una imagen y luego a otra y a otra. Theo es mi nuevo amigo alemán que a sus escasos veintitrés años ya ha vegetado en una decena de países y su apartamento en Ginebra es, curiosamente, el mismo en el que vivió Lenin. Dawroski irrumpió con altivez en compañía de dos chicas rusas y declaró, a manera de saludo, que le quedaban dos horas para festejar la publicación de mi novela. Theo los abordó en ruso y acaparó la conversación. A él lo conocí en una librería y a Dawroski me lo presentó Fredo, el pianista. La banda no tardaría en llegar: Chimanski, Bob, Luca y los otros. Se pidió vodka, el más caro. En la mezcla de idiomas algo entendí sobre la odisea en esos barcos que cruzan el mar Báltico y en los cuales al parecer son escenarios de todos los excesos.
Mi imaginación me llevó a puntos cardinales sin importancia; ya saben, la manera natural que tiene cada uno de evadirse, como cuando viajamos recostados en el cristal de un tren mirando el paisaje, concentrados en una ciudad futura, y aparece la silueta de una persona que nos hace pensar en alguna escena de la infancia y cuyo recuerdo (grato al inicio) nos hace volver la cara hacia dentro del tren para buscar la fisonomía de otro viajante que nos ayude a borrar la fantasía anterior.
«Lamentablemente ha nacido un escritor más», alcancé a escuchar apenas entre risas, voces a medio metro de mí, pero que yo las ideaba lejanas viniendo desde el horizonte como una tormenta de arena.
Entonces embistió Abi, aquella llave que abre una serie de sucesos que me hacen sentir un viejo cazador, escondido en la obscuridad para retener algo; escribiendo en tabernas, esperándola entre la niebla o el humo del cigarrillo. Pero ahora, en este segundo de iluminación, admito que lo que busco ya no está en su forma material ni en el recuerdo de su sonrisa estúpida, o en los torpes pasos de la actual bailarina borracha inalcanzable.
Esta es la primera definición (escribo este párrafo en el BlackBerry de Dawroski y lo envío a mi Hotmail para transcribirlo mañana) de estas emociones producidas por la soledad, de esta enfermedad que reaparece cuando no trabajo en un restaurante y me quedo más tiempo del debido en cama, leyendo, dibujando en el techo, mirando revistas de moda, escuchando canciones en francés, fotografiando trenes que pasan repletos de rostros impregnados de un invierno más sin esperanza...
Otro amigo y su siniestra novia aparecieron como fantasmas alegres. Unas burguesas subieron a unirse al brindis cuando Bob las llamó. Ellas fueron lo primero que observé al entrar, dos universitarias que ignoraban a la humanidad bebiendo Campari en la bodega, cruzadas de piernas sobre un sofá fucsia de tres cuerpos imitación Luis XV que parecía vomitado de la boca del gigantesco grafiti del Che Guevara pintado como fondo.
Salí del bar y regresé a pie a casa, de nuevo me llega ese sentimiento de culpa, de nuevo alguien me susurra al oído que algo andaba mal. Una mezcla de curiosidad y terror por dejar a un lado mis invenciones y plasmar la verdadera realidad. Ese miedo de querer separar lo que soy de lo que escribo.
El mapa de los cielos
Apoderándote de la estructura de los cielos. Antes de que los caminos se tornen sin regreso:
¡Ser pájaro, escúchame! Sé fuerte.
El olor a eucalipto se desvaneció, los reflectores que iluminaban la pista de aterrizaje del aeropuerto esperaban encendidos y el paisaje cuadrado se despejó lentamente.
Decenas o cientos de pasajeros a mi alrededor ya habían planeado con exactitud lo que harían... Bajar y bajar de un avión podría ser siempre un falso alivio.
8
26 de agosto de 1999
Hace una semana que he llegado a Ginebra. Aparte de mi hermano, no conozco a nadie, pero por fortuna he logrado conectar con dos chicas despeinadas y sucias que encontré sentadas con un perro en la fontana de una plaza.
Ubicado detrás de la estación principal de trenes de Ginebra, parte del barrio de Les Grottes es una fortaleza sin tiempo donde aún se mantienen conjuntos de bloques descuidados que pudieran ensamblarse en un circuito de senderos decadentes y lúgubres; una isla gris que se resiste a las tiendas exclusivas y edificaciones de lujo con su ambiente de posguerra. Un desfile de personajes adorna sus rúas y cantinas secretas cada noche, un ejército borracho que ha sobrevivido a algo inmensamente fatídico pero muy humano.
La rue de la Industrie es un pasaje estrecho donde se juntan un taller de reparación de bicicletas, una antigua casona con jardín utilizada como bar y galería de arte, un refugio para mujeres maltratadas y un enigmático restaurante llamado L’Evidence. En el final de la vía siempre encontramos estacionado un Rolls Royce clásico color cemento, de interiores en cuero cuarteados por el sol. Si miramos desde allí hacia la acera de enfrente, notaremos una tiendecita de ropa de segunda mano para niños, seguido por otro comercio de plantitas de marihuana bajo las fachadas deterioradas de unos cuantos edificios que son administrados, al igual que el taller de bicis y la casona, por los squatters u okupas, aquella tribu urbana en contra del sistema capitalista que justifica la apropiación de inmuebles vacíos como un gesto de protesta contra la especulación y la defensa del derecho a la vivienda.
Cuando tropecé con las jóvenes de la pileta, recordé un instante a las estudiantes de los colegios o universidades más exclusivos de Lima, claro que a esas chiquillas de clase alta jamás las verás sentarse en las veredas, o embriagarse y dormirse en algún parque. Gina tiene un exótico color de piel, ojos verdes, cabello castaño largo y ondulado; su amiga se hace llamar Pat, una rubia delgadísima de cabello corto, sonrisa loca y ojos adormitados. Ambas hablan español muy bien, no se ponen de acuerdo dónde lo aprendieron, usan jeans sucios y holgados, chompas que les quedan grandes amarradas a la cintura, polos desteñidos, gorros tejidos y huelen a marihuana. Me dicen que ninguna de las dos tiene un número de teléfono para ubicarlas, pero con un bolígrafo me dibujan en el brazo cómo llegar a una casa de okupas en donde el fin de semana habrá una fiesta. Luego, con amabilidad, un poco nerviosas, insisten en que ya no puedo acompañarlas así que nos separamos en la estación. Estoy obligado a estar fuera por el día, ya que no resisto el minúsculo cuarto que comparto con mi hermano, su esposa y su niña de tres años.
He vuelto a encontrar a mi hermano mayor después de una década, ahora convertido en el típico inmigrante del sur que piensa que ha encontrado el paraíso y que el próximo paso para apoderarse del mundo sería adquirir un Rolex y un Mercedes Benz serie S. Ha padecido un tiempo como peruano clandestino en varios pueblitos de la frontera, pero al casarse con una inmigrante italiana y tras pasar cinco años en Italia, ha obtenido el bendito pasaporte europeo. Ahora es un italiano; se mantiene bronceado, come demasiada pasta, bebe demasiado vino, usa cadenas de oro, Ray-Ban aviador con montura bañada en oro y conduce un Alfa Romeo deportivo con vidrios oscuros.
Desde que bajé del avión las sorpresas no se detienen. Después de haberme recogido del aeropuerto fuimos a festejar a una trattoria
