Trampas de amor - Betty Meijer - E-Book
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Trampas de amor E-Book

Betty Meijer

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Beschreibung

Caroline no era guapa ni brillante y nunca se imaginó que un hombre tan inteligente y culto como el profesor Radinck Thoe van Erckelens deseara casarse con ella. Se había enamorado perdidamente de él, así que cuando Radinck le propuso un matrimonio de conveniencia, no dudó en aceptar, aun sabiendo que no la quería. Estaba decidida a hacer que Radinck la amara, pero sabía que se arriesgaba a conseguir únicamente una vida de soledad y desdicha.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1981 Betty Neels

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Trampas de amor ( r ), n.º 2238 - enero 2019

Título original: Caroline’s Waterloo

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados

 

I.S.B.N.:978-84-1307-547-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Queridas lectoras,

 

Hace ya algo más de veinticinco años Harlequin comenzó la aventura de publicar novela romántica en español. Desde entonces hemos puesto todo nuestro esfuerzo e ilusión en ofrecerles historias de amor emocionantes, amenas y que nos toquen en lo más profundo de nuestros corazones. Pero al cumplir nuestras bodas de plata con las lectoras, y animados por sus comentarios y peticiones, nos hicimos las siguientes preguntas: ¿cómo sería volver a leer las primeras novelas que publicamos? ¿Tendríamos el valor de ceder a la nostalgia y volver a editar aquellas historias? Pues lo cierto es que lo hemos tenido, y durante este año vamos a publicar cada mes en Jazmín, nuestra serie más veterana, una de aquellas historias que la hicieron tan popular. Estamos seguros de que disfrutarán con estas novelas y que se emocionarán con su lectura.

 

Los editores

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL ANGOSTO camino empedrado serpenteaba por las extensas praderas pantanosas, pasaba frente a pequeñas arboledas y, de vez en cuando, atravesaba un matorral más o menos extenso. Bastante alejadas, podían verse las granjas, todas ellas casas grandes y sólidas, cada una con un granero en la parte posterior, cuyos ladrillos rojos brillaban bajo los últimos rayos del sol de octubre. Exceptuando las vacas y algunos caballos, había poco que distrajese la atención de las cuatro jóvenes que pedaleaban en sus bicicletas. Habían recorrido una considerable distancia aquel día y ahora empezaban a aflojar un poco la marcha. El equipo de camping que llevaba cada una de ellas hacía pesado el avance y, además, se habían extraviado.

Les había resultado muy fácil salir por la mañana de Alkmaar, cruzar el Afsluitdijk e internarse en Friesland, pedaleando hacia el camping que habían elegido; pero ahora, sin ninguna población a la vista y con el crepúsculo extendiéndose ya por el cielo de Friesland, empezaban a sentirse inquietas.

Por fin se detuvieron, para consultar el mapa y ver en qué punto habían cometido el error.

–Este camino no conduce a ninguna parte –gruñó la que parecía cabecilla indiscutible del grupo, una muchacha alta y muy bonita–. ¿Qué hacemos? Volver significa recorrer otro buen número de kilómetros inútilmente.

Todas las cabezas se inclinaron hacia el mapa de nuevo. Eran una rubia, dos de cabellos oscuros y otra de un indefinible tono castaño, nada espectacular. La joven del pelo castaño dijo:

–Este camino debe de ir hacia alguna parte. No creo que lo hicieran sólo por divertirse, y ya hace bastante tiempo que lo tomamos. Supongo que estamos más cerca del final que del principio –tenía una bonita voz, muy suave, tal vez como compensación de un rostro poco atractivo.

–Tienes razón, Caro. Sigamos antes de que oscurezca –la que había dicho esto era una de las jóvenes de cabello oscuro. Recorrió con la mirada el solitario panorama–. Es desolador, ¿verdad?

–Friesland y Groningen no tienen mucha población –dijo Caro–, porque son zonas agrícolas en su mayor parte.

Las otras tres le dirigieron una mirada tolerante. Caro era menuda, callada y tímida, pero constituía un verdadero manantial de información respecto a muchas cosas; tal vez porque leía mucho, pensaban sus compañeras, con un poco de lástima. A diferencia de las otras enfermeras del Hospital Oliver, recibía muy pocas veces invitaciones de los jóvenes doctores para salir con ellos. Vivía sola, en un cuarto alquilado, cerca del hospital. Tenía innumerables amigos, porque siempre estaba dispuesta a hacer un favor… como ahora. La enfermera que debía ir en un principio, había sufrido un ataque de apendicitis, y como cuatro era mejor número que tres para ir de camping en bicicleta, Caro se había dejado convencer para ocupar su puesto. Ella no tenía especial interés en aquella excursión; había planeado pasar sus dos semanas de vacaciones modernizando un poco su habitación y visitando exposiciones. Casi no sabía nada de arte, pero había descubierto que las galerías de arte eran lugares muy agradables y tranquilos. Además, había siempre gente en ellas, lo que le daba la sensación de estar acompañada, aunque nadie le dirigiese la palabra. No era que le preocupase estar sola; estaba acostumbrada a ello. Había quedado huérfana siendo muy niña; luego, la tía con la que vivía se casó cuando Caro estaba todavía en la escuela y el marido no aceptó a la joven de buen grado; no tuvo ningún escrúpulo en hacerle saber que debía buscar una casa donde vivir, porque la de su tía era muy pequeña para los tres. Caro terminó por marcharse y hacía ya más de dos años que no había visto a su tía.

–Bueno, sigamos adelante –sugirió la rubia Stacey, volviendo a montar en su bicicleta. Clare y Miriam la siguieron, con Caro a la retaguardia.

El sol no tardó en ponerse por completo, aumentando con ello la desolación del paisaje. Pero cuando empezaron a verse las luces encendidas de algunas granjas, aunque lejanas, las muchachas cobraron nuevos ánimos.

El camino se internaba en una arboleda y, cuando llegaron a ella, Stacey, que seguía a la cabeza del grupo, gritó llena de excitación:

–¡Eh, mirad allí, a la izquierda! Esas luces deben de ser de una casa –frenó en seco para poder ver mejor y Clare y Miriam se le fueron encima, seguidas un momento después por Caro, que no pudo detenerse a tiempo. Chocó en la barrera formada por sus compañeras, sintió dolor en la pierna derecha y después nada más, porque al caer se golpeó la cabeza contra el mojón de piedra que había a un lado del camino.

Recobró el conocimiento sintiendo un intenso martilleo en las sienes y con la molestia de la pierna convertida en insoportable dolor. Notó que la llevaban en alto, de forma muy torpe por cierto, con alguien sosteniéndole las piernas. Su cabeza descansaba sobre algo que parecía una chaqueta de alpaca, pero los hombres ya no usaban esa clase de prenda, pensó. La desconcertó aún más oír una voz de hombre con el acento de los barrios bajos de Londres, advirtiendo a alguien que fuera con cuidado. Caro habría querido decir que le dolía mucho la pierna, pero le resultaba muy difícil hablar. Abrió los ojos, pero no pudo ver mucho: un pequeño trozo de cielo entre árboles muy altos y unas luces que brillaban al fondo. Se dio por vencida y perdió de nuevo el conocimiento, de modo que no se dio cuenta de que el pequeño grupo había llegado a una casa; que Stacey, dócil ante la voz con acento inglés de barriada, había abierto la puerta y la sujetaba mientras los demás la conducían al interior. Tampoco advirtió entonces la magnificencia del vestíbulo ni sus numerosas puertas, por una de las cuales apareció un hombre corpulento con algunos papeles en la mano y una torva expresión en el atractivo rostro. Sin embargo, la voz imperiosa de aquel individuo hizo que la muchacha recobrase el sentido. Preguntaba, con disgusto evidente, por qué le obligaban a soportar aquel escándalo en su propia casa.

Le pareció a Caro que alguien debía explicar la situación, pero su cabeza estaba todavía llena de confusión, aunque sabía muy bien lo que quería decir; sólo era cuestión de hacer salir las palabras de la boca. Lo intentó, pero fue interrumpida de inmediato por la voz autoritaria, que ahora sonaba muy cerca de ella.

–Esta muchacha está conmocionada y esa pierna necesita atención. Noakes, llévala al consultorio. No tendré más remedio que ocuparme de ella.

Sólo por un momento, el confuso cerebro de la joven se aclaró.

–No necesita ser tan brusco –pudo decir–. Deme aguja e hilo y lo haré yo misma.

Oyó estallar la risa del hombre antes de volver a caer en la inconsciencia.

Despertó y volvió a quedarse dormida varias veces durante la noche y, cada vez que abría los ojos, podía ver, como a través de una nube, que había un hombre sentado junto a su cama. No parecía reparar en ella, sin embargo; escribía, leía y volvía a escribir. Algo en su aspecto austero la convenció de que era el dueño de la voz imperiosa.

–No estoy conmocionada –dijo Caro, y se sorprendió de que su voz fuese tan vacilante.

Él se puso de pie, le dio algo a beber y dijo con un tono que no admitía negativas:

–¡Duérmase!

Cuando volvió a despertar, aunque la habitación continuaba a media luz, comprendió que era de día, porque la lámpara que había junto a la cama estaba apagada. El hombre no se encontraba allí ya. Stacey ocupaba su lugar y leía un libro.

–¡Hola! –dijo Caro con voz mucho más firme. Aún le dolía mucho la cabeza y también la pierna, pero ya no se sentía flotando en una pesadilla.

Stacey se levantó para acercarse a la cama.

–Caro, ¿te sientes mejor? ¡Nos diste un susto terrible!

Caro miró en torno, tratando de no mover mucho la cabeza a causa del dolor. Era una magnífica habitación; cortinajes de seda cubrían las ventanas y los muebles de palo de rosa brillaban, muy bien pulidos. Se encontraba en una cama con dosel. Las colgaduras y la colcha eran también de seda. El hermoso lecho se veía afeado por el arco de protección que había sido colocado bajo su pierna herida.

–¿Qué ha pasado? –preguntó–. Había aquí un hombre muy enfadado, ¿no?

–¡Oh, Caro, si vieras…! Estamos en una casa fantástica y él es un tipo tan sensacional…

–¿Qué sucedió? –preguntó Caro cerrando los ojos.

–Todas nos caímos y tú te hiciste un corte en una pierna con el pedal de la bici de Clare. Es una herida bastante fea. Luego te golpeaste la cabeza en un mojón del camino y perdiste el conocimiento.

–¿Y vosotras… estáis bien?

–Perfectamente. Ni un rasguño siquiera… ¡Oh, sentimos tanto lo que te ha pasado a ti! Ahora tengo que avisar al profesor Thoe van Erckelens de que estás despierta.

–Qué nombre tan extraño –murmuró Caro, que seguía con los ojos cerrados.

Poco después, alguien le agarró una mano para tomarle el pulso. Abrió los ojos. Stacey se había ido. El hombre, supuso que era el profesor, estaba allí, de pie junto a su cama.

–¿Cómo se llama usted, jovencita?

–Caroline Tripp –observó que su boca severa se curvaba un poco en las comisuras. Posiblemente, el nombre le sonaba tan raro como el suyo a ella–. Me siento mejor, gracias. Fue muy amable por su parte haber estado velándome esta noche.

Él había sacado un oftalmoscopio de alguna parte y, mientras lo armaba, dijo:

–Soy médico, señorita Tripp, y un médico siempre tiene algunas obligaciones hacia sus pacientes.

Ella no pudo contestar nada, especialmente porque aún estaba muy aturdida. Él examinó sus ojos con cuidado y después habló con alguien a quien la joven no podía ver.

–Quisiera ver la pierna. Por favor…

Fue Stacey quien retiró la colcha y después quitó el arco de protección, antes de desenrollar la venda que cubría la pierna de Caro.

–¿Usted me la cosió? –preguntó Caro, estirando el cuello para verla. Una mano firme la contuvo.

–Sería una imprudencia mover la cabeza demasiado –le dijo el hombre–. Sí, limpié y cosí la herida. Es un corte profundo y tendrá que mantener inmóvil la pierna durante algunos días.

–¡Oh, no puedo hacer eso! –dijo Caro, sin poder controlar aún del todo sus confusos pensamientos–. He de reincorporarme al servicio dentro de cuatro días.

–Imposible. Permanecerá aquí hasta que yo considere que se halla usted en condiciones de volver.

–Debe de haber un hospital…

–Como enfermera que es, sabrá que es imprescindible el descanso, tanto para su pierna como para su cerebro.

Se estaba sintiendo muy extraña otra vez, como si flotara entre nubes. Escuchaba las voces de los demás, pero sus ojos cansados no podían enfocar las figuras con claridad.

–¿Por… por qué habla usted como si… me odiara? –murmuró, sintiendo deseos de llorar–. Usted debe de ser un mi… mi… Misógino.

Cerró los ojos con fuerza para no llorar. Él estaba cuidando su herida con gran eficacia, pero le dolía horriblemente. Iba a decírselo, pero volvió a quedarse dormida.

 

 

La tarde estaba ya avanzada cuando despertó. La lámpara se hallaba encendida y, el profesor, sentado junto a ella, escribiendo.

–¿No tiene usted otros pacientes? –preguntó Caro.

–Sí –la miró con indiferencia–. ¿Quiere beber algo?

La joven había visto la bandeja con un vaso y una jarra sobre la mesita y repuso:

–Sí, pero puedo servirme yo. Me encuentro bien.

Sin hacerle caso, él se levantó, le pasó un brazo por detrás de los hombros para incorporarla y le acercó el vaso a los labios. Cuando terminó de beber, la volvió a bajar suavemente y dijo:

–Sus amigas vendrán a verla. Puede charlar con ellas diez minutos.

Salió de la habitación y enseguida llegaron las chicas, que, procurando no hacer ruido, se colocaron en fila a los pies de la cama.

–El profesor dice que ya estás mejor –explicó Miriam–. ¿Sabes? Nos vamos mañana.

–Pero… ¡pero no podéis dejarme aquí! Ese hombre me detesta… ¿Por qué no puedo ir a un hospital, si he de quedarme? ¿Cómo os vais a marchar vosotras?

–Noakes, ese criado, mayordomo o lo que sea, que estaba en la puerta cuando nos caímos, nos llevará en coche hasta el barco. Las bicicletas nos las enviarán más tarde.

–Es muy amable –dijo Clare–. Me refiero al profesor. Un poco seco, pero ha sido un anfitrión perfecto. Creo que las mujeres no le somos simpáticas; pero, por otra parte, es bastante viejo ya… Debe de andar cerca de los cuarenta y siempre está leyendo o escribiendo. Noakes dice que es un hombre muy importante en su profesión –echándose a reír, prosiguió–: Casi no puedo creer que sea holandés, con lo bien que habla nuestro idioma. ¿Y no es gracioso que Noakes sea de Paddington? Aunque lleva aquí muchos años. Está casado con la cocinera. Hay también un ama de llaves, muy alta y con pinta de sargento, pero no es mala en realidad.

–Y tres doncellas, además del jardinero –intervino Miriam–. Debe de ser un hombre riquísimo.

–Vas a encontrarte muy bien –dijo Stacey en tono tranquilizador–, y estarás en condiciones de volver antes de que te des cuenta. ¿Quieres que hagamos algo por ti?

–¿Podríais decirle a la señora Hodge que le siga dando de comer a Waterloo hasta que yo regrese? Hay dinero en mi bolso. Coged algo y se lo dais para que pueda seguir comprando la comida.

–Muy bien. Iremos a tu casa y nos aseguraremos de que Waterloo esté bien. ¿No le tienes que pagar a la señora Hodge algo de alquiler?

–No, pago por adelantado cada mes. ¿Hay suficiente dinero en mi bolso para que yo pueda regresar en barco?

Stacey lo contó.

–Sí, sólo tienes que comprar el pasaje del barco. Supongo que Noakes te llevará hasta allí. Bueno, adiós por ahora, Caro. No nos gusta dejarte aquí, pero no hay nada que podamos hacer.

–Estaré bien –Caro logró sonreír–. Os avisaré cuando vaya a marcharme.

Todas le estrecharon la mano de forma casi solemne.

–Nos vamos mañana muy temprano y el profesor dice que no debemos molestarte a esa hora.

Caroline se quedó inmóvil una vez que sus amigas salieron, demasiado cansada para sentirse triste por la despedida. Cuando el profesor entró más tarde y le dio un sedante, no protestó, sino que lo tomó y se quedó dormida casi al instante.

 

 

Ya no despertó hasta bien avanzada la mañana del día siguiente. Al abrir los ojos, vio que la esposa de Noakes, Marta, estaba de pie junto a la cama con una bandeja. Le habían llevado té nuevamente, tostadas con mantequilla y un huevo revuelto, que Marta le dio a comer en la boca, como si fuera un bebé. La mujer hablaba un poco de inglés y de lo que explicó, Caro dedujo que sus amigas se habían ido.

Cuando Marta se marchó, Caro se quedó pensando en todo lo sucedido. Sentía la cabeza mucho más despejada y había vuelto casi a ser ella misma. Aunque quizá no del todo; de otra manera, nunca habría concebido la idea de levantarse, vestirse y salir de la casa. No podía permanecer donde no la querían…

Cuanto más pensaba en su plan, más le gustaba. La fiebre le hacía pensar que era sensato y factible, aunque no era ninguna de las dos cosas. Empezó por incorporarse con mucho cuidado. Las sienes le punzaban más que nunca, pero trató de pasarlo por alto y se concentró en mover su pierna enferma. Le dolía mucho más de lo que esperaba, pero perseveró hasta lograr sentarse en el borde de la cama. Cuando quiso estirar la pierna herida, el dolor le produjo una oleada de náuseas.

–¡Oh, Dios mío! –exclamó, desesperada.

–¿Quiere que lo haga yo? –el profesor había entrado suavemente en la habitación y se acercaba a la joven.

–Voy a vomitar –gimió Caro, y lo hizo sobre los zapatos de él, que momentos antes brillaban de limpios.

De no encontrarse tan mal, se habría sentido profundamente avergonzada. En aquellas circunstancias, se echó a llorar como una niña.

Sin decir nada, el profesor la levantó y la acostó de nuevo en la cama. La tapó con las mantas y arregló el arco para que protegiera de nuevo su pierna herida, antes de llevar del baño contiguo una esponja y una toalla, con las que le limpió la cara.

Ella le miró compungida y murmuró:

–Sus zapatos… lo siento mucho. Debí haberme ido con las demás.

–¿Para qué se estaba levantando de la cama? –no parecía enojado, sino interesado únicamente.

–Bueno, pensé que lograría vestirme. Y tengo suficiente dinero, creo… Pensaba volver a mi país.

Él se dirigió hacia la chimenea que había frente a la cama y oprimió un timbre que había en la pared. Cuando Noakes acudió, le pidió que le llevara un par de zapatos limpios y una bandeja con té para dos. No tardó en regresar Noakes con lo pedido. Le acompañaba una doncella que limpió el suelo. Cuando se quedaron de nuevo a solas, el profesor dijo con voz tranquila, sentándose junto a la cama:

–¿Qué tal si charlamos un poco mientras tomamos el té?

Sirvió una taza para Caro y otra para sí mismo.

–Vamos a entendernos usted y yo, jovencita.

Caroline le observó por encima del borde de la taza. Hablaba como un profesor, pero no tenía aspecto de serlo, tan alto y fuerte. Ella se había imaginado siempre a los profesores como pequeños caballeros encorvados, de cabeza calva y bigotes descuidados. En cambio, Thoe van Erckelens tenía abundante cabello castaño, con algunas canas, muy corto, y no necesitaba esconder sus facciones agradables tras un bigote.

–¿Podría prestarme toda su atención? –preguntó el profesor–. ¿Está lo bastante recuperada como para escucharme?

Le dolían la cabeza y la pierna, mas era una molestia soportable. Afirmó con la cabeza.

–¿No podría usted resignarse a permanecer aquí otros diez días, tal vez quince, señorita Tripp? Puedo asegurarle que no está usted en condiciones de hacer mucho por el momento. Le quitaré los puntos dentro de cuatro días y entonces podrá caminar un poco, ayudándose con un bastón. A partir de mañana, siempre y cuando disminuya el dolor de cabeza, podrá permanecer sentada algunos ratos. Considérese en libertad de pedir lo que desee; mi casa está a su disposición. Hay una biblioteca de la que Noakes puede traerle una selección de libros, aunque yo le aconsejo que no se esfuerce en leer todavía. Pero no hay razón para que no salga y se siente un poco en el jardín, bien abrigada. No debe tomar alcohol, ni fumar, y absténgase de ver la televisión, ya que eso agravaría su dolor de cabeza. Debo pedirle que me perdone por no poderla acompañar mucho tiempo. Soy un hombre ocupado; tengo mi trabajo y mis propios intereses. La trataré, desde luego, como a cualquiera de mis pacientes, y cuando considere que está en condiciones de viajar, me encargaré de que vuelva sin problemas a su casa.

Caro escuchaba con asombro aquel preciso discurso. No había conocido a nadie que hablara así. Era como si estuviera leyendo el prospecto de una medicina. Le encantó la parte que se refería a dejar de beber y fumar; no hacía ninguna de las dos cosas, pero se preguntó si parecería estar acostumbrada a ello. Una cosa resultaba muy clara: el profesor le ofrecía hospitalidad, pero ella habría de tener mucho cuidado de no alterar en absoluto su vida ordenada y austera.

–Haré exactamente lo que usted dice –contestó la joven–, y procuraré no cruzarme en su camino. No se dará siquiera cuenta de que estoy aquí. Y gracias por ser tan bondadoso. Siento… siento de veras lo que ha pasado hace unos momentos.

–La náusea es de esperarse en un caso de conmoción. Me asombra que usted, siendo enfermera, no lo haya pensado. Pero debemos ser tolerantes, debido al golpe que recibió en la cabeza.

Ella le miró con aire de desamparo. Tras aquella forma cortante de hablar había un ser humano, aunque por alguna oculta razón, el profesor se obstinase en ocultarlo. Cuando él se hubo marchado, Caro se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, repentinamente somnolienta. Pero antes de cerrar los ojos, decidió que descubriría lo que había sucedido para convertirle en un hombre así. Debía hacer amistar con Noakes…

 

 

El profesor curó su pierna a la mañana siguiente y, después de que Marta la envolviera en una bata muy grande para su talla, él volvió y, en brazos, la llevó a una silla junto a la ventana abierta, ya que el tiempo era cálido y la vista desde la ventana, deliciosa. Los jardines y la casa eran muy amplios y estaban llenos de los colores de otoño. El solo hecho de recostarse allí, con Marta cubriéndola con una manta y colocando con precaución su pierna enferma, era una delicia para ella. Había tenido cuidado de hablar únicamente lo imprescindible con el profesor mientras efectuaba la cura. Él hizo uno o dos comentarios de rutina sobre el tiempo y acerca de cómo se sentía, y Caro había contestado con amable brevedad. Mas ahora el profesor se había marchado y la joven, extrañamente, se sintió muy sola. Bebió la leche tibia que Marta le había dejado y contempló el panorama. En aquellos momentos oyó que un automóvil salía de la casa y logró verlo brevemente, mientras pasaba a toda velocidad por el sendero: era un Aston Martin. El profesor debía de tener algún amigo al que le gustaba la velocidad. Caro pensó que sería divertido conocer a alguien que condujera un Aston Martin, y aún más ir de pasajera en un coche semejante.

Iba a realizar ambos deseos. El profesor llegó como de costumbre a la mañana siguiente, después del desayuno, para curar su pierna. Pero en lugar de marcharse inmediatamente, como solía hacerlo, habló con Juffrouw Kropp, el ama de llaves, que le había acompañado, y después se dirigió a Caro:

–Voy a llevarla al hospital de Leeuwarden esta mañana. Quiero que le saquen una radiografía de la cabeza. Estoy seguro de que no hubo daño alguno como consecuencia de la conmoción, pero prefiero que confirmen mi opinión.

–¿Vestida así? –preguntó Caro, señalando su bata.

–¿Por qué no? Juffrouw Kropp la ayudará –y se marchó antes de que ella pudiera contestarle.

El severo rostro de Juffrouw Kropp se iluminó con una sonrisa al cerrarse la puerta. Llevó peine y cepillo, algunos adminículos de maquillaje y extrajo una cinta de uno de sus bolsillos. Cepilló el cabello de Caro, pese a las protestas de la joven, lo trenzó con todo cuidado y lo ató con la cinta de seda. Después sostuvo un espejo de mano frente a Caro mientras ésta se maquillaba un poco. Después cruzó lo más posible la bata y la aseguró con el cinturón alrededor de la breve cintura de la muchacha. Como un actor bien entrenado, el profesor llamó a la puerta. Parecía que alguien le hubiese dicho que era el momento de hacer su entrada en escena. Cogió a Caro en brazos y la llevó escaleras abajo. Noakes se encontraba en el vestíbulo y, al verles, abrió la puerta de inmediato. El profesor, cargado con la joven, salió murmurando unas palabras, y Noakes se adelantó corriendo para abrir la portezuela del Aston Martin.

Caro se encontró acomodada en el asiento posterior y, mientras Noakes la cubría con una manta ligera, el profesor tomó asiento ante el volante.

–¡No me diga que éste es su automóvil! –exclamó la joven, demasiado sorprendida para ser diplomática.

–¿Hay alguna razón para que no lo sea? –preguntó él con frialdad, volviendo la cabeza.

–Por… por supuesto que no. Disculpe. Es que… no parece usted el tipo de hombre a quien le gusta conducir velozmente. Un profesor…

–Y además no muy joven –añadió él con brusquedad–. No me interesan sus opiniones, señorita Tripp. ¿Puedo sugerirle que cierre los ojos y se tranquilice? El recorrido nos llevará quince minutos.

Caroline hizo lo que él le ordenaba, pensando que hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo impresionantes que eran sus ojos, de un brillante azul pizarra. Cuando consideró que había pasado un tiempo razonable, abrió los ojos de nuevo. No iba a perderse ni un segundo del recorrido; sería algo digno de contar a sus amigas cuando volviera a casa. Mas apenas pudo ver nada porque iban a una velocidad increíble. El profesor conducía con extraordinaria habilidad y no levantó el pie del acelerador hasta que empezaron a verse edificios a ambos lados de la carretera. Finalmente, tras describir una curva, el automóvil se detuvo con suavidad.

El profesor salió sin decir nada. Un momento después, se abrió la portezuela y Caro sintió que la levantaban y la colocaban en una silla de ruedas. Entonces vio que el profesor hablaba con un joven de chaqueta blanca. Luego, sin dirigirle a ella una simple mirada, se fue hacia el hospital, dejándola con el hombre de blanco y un mozo.