Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Recuerdas el sabor de los dulces de tu infancia? ¿Te acuerdas del aroma del perfume de tu abuela? ¿O la melodía de la primera canción que grabaste de la radio? Tras el repentino fallecimiento de su abuela, la joven Mallén recibe como herencia las llaves de Maison Coursan. Al abrir la puerta, un cúmulo de emociones en forma de recuerdos la lleva de nuevo a los veranos de su infancia en un lugar en el que nada es lo que parece. Recuerdos de toda una vida, la suya y la de los habitantes de aquella mansión a los que no llegó a conocer, pero que siempre estuvieron presentes. Una historia de conexiones personales que van más allá de la vida, una aventura personal construida a base de evocaciones, vivencias y vínculos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 277
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Cristina Castillo
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1068-062-3
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
A mi padre, por inspirarme tanto
.
Gortozit an noz evit lavarout eo bet kaer an deiz.
Esperen hasta la noche para decir que el día ha sido hermoso.
1
No pude evitar un estremecimiento al acercarme. Un escalofrío de esos que nacen desde el interior en forma de sensación de indefensión ante la incertidumbre. Una sacudida que te incapacita para moverte, para seguir caminando hasta tu objetivo.
Hacía demasiado tiempo que no visitaba aquella casa. Y ahora los motivos eran bien distintos a los de la última vez. La sensación de añoranza era tan grande que dolía. Y en esta ocasión, mi melancolía iba unida a los sentimientos de culpa por no haber estado más cerca los últimos meses. Sin embargo, ya era tarde para arrepentimientos.
Acababa de entrar el mes de mayo y los días se presentaban nublados, con alguna llovizna durante la mañana, pero con una sensación térmica suave. Aun así, había decidido enfundarme en una fina gabardina gris, quizá para sentirme más protegida.
A veces las prendas de abrigo no solo sirven para evitar las inclemencias del tiempo. Y aquella mañana, al abrir el armario, casi sin pensarlo, cogí la prenda que me iba a proteger también de la tristeza.
Tenía claro que mi agitación no se debía a las condiciones climatológicas. Se publicaban artículos que explicaban como personas que recientemente habían perdido a un ser querido solían sentir su presencia con relativa frecuencia. Sobre todo, si, como yo, sentían que no habían dicho a la persona fallecida todo lo que sentían. Bien sabía que todo aquello era totalmente cierto.
Aún no había entrado en la casa y ya podía percibir aquel sutil aroma a jazmín que siempre envolvía a la abuela.
Ajusté bien el cinturón de la gabardina, subí las solapas, contuve la respiración y, situándome frente a la casa, saqué las llaves del bolso.
Siempre llevo bolsos grandes para poder cargar con las múltiples cosas que necesito y me suele costar encontrar las llaves, pero en ese momento, sin mirar en el interior, fui capaz de atraparlas a la primera. Pensé que lo más probable fuera que la culpa la tuviese ese llavero.
Era un llavero con cuatro llaves, dos antiguas y dos más modernas. Las antiguas las reconocí al instante; eran la que abría la entrada a la casa y la de la puerta que nos conducía al jardín. Las otras dos, aunque también simulaban ser antiguas, no lo eran tanto y no sabía qué puertas abrirían.
Junto a ellas, había un pedacito de madera de olivo con una frase escrita en blanco que decía: «TA VIE EST Á TOI».
Leerlo me hizo sonreír. Era algo que siempre decía la abuela. «Tu abuela es una mujer un poco rara», decían mis amigas cuando hablaba de ella. Yo respondía encogiendo los hombros con una sonrisa. Y ellas no sabían lo apropiado de su comentario. La abuela era tan diferente, tan especial.
No pude evitar fijarme en el rosal enredadera que cubría buena parte de la fachada y llegaba a las ventanas superiores. Estaba muy frondoso y sus hojas rojizas se mezclaban con las verdes en un mosaico de colores. Ya apuntaban las pequeñas rosas blancas que tanto le gustaban. Aún no desprendían aroma, pero pronto lo harían y convertirían el quicio de la puerta en un vergel aromático.
El portón de madera estaba recién pintado y lucía más blanco que nunca. La cantidad de veces que había golpeado aquella puerta con los nudillos… ¡Cómo recuerdo mis movimientos de impaciencia mientras esperaba a que la abuela viniera canturreando por el pasillo!
El pomo y la aldaba de hierro en forma de flor de lis tenían un brillo especial. O, al menos, yo no las recordaba tan relucientes. Es curioso como nos habituamos tan rápidamente a los objetos que nos rodean y dejamos de fijarnos en ellos. Sin embargo, cuando volvemos a verlos un tiempo después, encontramos cientos de características que desconocíamos o simplemente habíamos olvidado que estuvieran allí.
Lo que recordaba con claridad eran los azulejos que había a los lados de la puerta. Eran unos azulejos que siempre identifiqué con la piel de las serpientes.
Aquellas vetas marrones y beiges representaban en mi cabeza las escamas de los reptiles, y su tacto frío, que siempre rozaba antes de llamar a la puerta, no hacía más que corroborar que se trataba de una representación de aquellos animales.
La abuela siempre me decía, con una amplia sonrisa, que tenía una imaginación desbordante y, guiñándome un ojo, me contaba que a ella también le parecían el cuerpo frío y escamado de una serpiente.
Desde la última vez que estuve allí, había una novedad: la abuela había colocado una pequeña jardinera blanca sobre los azulejos, a la izquierda de la puerta en la que había plantado una pequeña enredadera, que, aunque estaba algo descuidada, al acercarme descubrí que se trataba de jazmín.
Esto volvió a hacerme estremecer. ¿Por qué habría plantado la abuela jazmín en la entrada a la casa? Siempre le habían gustado las rosas blancas de pitiminí y ya formaban suficiente enredadera para cubrir la mayor parte de la fachada. No entendía muy bien qué sentido tenía aquella alborotada planta de jazmín.
En ese momento, la suave brisa hizo que mi cabello se alborotara y unos mechones se acercaran a mi rostro. Con el pretexto de apartarlos, hice lo mismo con la lágrima que caía por mi mejilla derecha.
Antes de entrar acaricié levemente la reluciente placa dorada que había cerca del timbre, una placa que, desde que aprendí las letras, acostumbraba a leer cada vez que me acercaba a la puerta.
«Maison Coursan», decía. Y, al igual que ocurría con la aldaba y el pomo, había sido lustrada recientemente.
Subí con determinación los tres escalones de piedra gris algo desgastados que me separaban de la entrada y, con un nudo en el estómago, introduje la llave en la cerradura, sujeté el pomo como siempre hacía la abuela y abrí la puerta.
Ella siempre decía que para que una puerta antigua abra bien durante toda su existencia hay que tratarla con delicadeza y atraerla un poco hacia ti, así como levantándola ligeramente. «La puerta también necesita mimos», me explicaba con esa voz dulce que no podía dejar de recordar en ese y muchos otros momentos de mi vida. Esa voz que me acompañaba, aunque no estuviese cerca.
Hasta que no fui adolescente ella no me hizo una copia de las llaves y entonces pude comprobar por mí misma cuánta razón tenía.
2
La abuela Muriel no había vivido en aquel edificio desde siempre. Lo comenzó a habitar varios años antes de mi nacimiento.
Una casa llena de misterio que, desde que tuve uso de razón, siempre habitó en soledad. O, al menos, eso parecía al principio.
El abuelo y ella llevaban muchos años separados, pero tenían una relación excelente. Habían decidido separarse de mutuo acuerdo cuando mamá tenía 9 años y, como siempre solía ocurrir, las decisiones se tomaban a tres. Y así fue, sin dramas y sin discusiones, como mamá se quedó a vivir con el abuelo.
Muriel tenía un puesto de enfermera en la unidad de daño cerebral de uno de los hospitales más importantes de Montpellier. Trabajaba en turno de mañana y por las tardes hacía visitas domiciliarias a algunos de los pacientes que ya tenían el alta hospitalaria, pero continuaban precisando cuidados sanitarios.
Un par de días a la semana dejaba libre la tarde para poder pasarla con Elise, mi madre. Ese tiempo lo dedicaban a pasear, ir de compras, contarse mil y un secretos y cenar juntas. En algunas ocasiones comían los tres en alguno de los restaurantes favoritos de Elise.
A pesar de no vivir juntos, Muriel y Fabrice eran, sobre todo, amigos; y, si bien su relación de pareja había terminado, conservarían para siempre su amistad.
El día que decidieron poner punto final a la relación lo hicieron entre risas, sabiendo que, a pesar de tener una hija maravillosa en común y de haber vivido juntos momentos especiales, nunca había sido un amor romántico y apasionado de esos de los que se habla en las películas.
Se conocían desde niños y, desde que recordaban, siempre habían estado ahí cerca el uno del otro. Vivían en el mismo barrio y, aunque sus padres se conocían, no había una relación muy cercana entre ellos. Pero eso no les importó.
Según iban creciendo, el nexo lo hacía con ellos y un día, casi sin darse cuenta, se encontraron buscando una casa para convivir.
Como siempre decía Muriel, «hay que dejar que la vida fluya en la dirección correcta», y en ese momento esa era la dirección que necesitaban tomar.
Muriel acababa de terminar sus estudios de enfermería y Fabrice estaba a punto de empezar a trabajar en un estudio de paisajismo muy prestigioso de la región. Estaban tan ilusionados en compartir sus proyectos que al final se convirtió en uno solo.
Seguían queriéndose como cuando eran niños, un amor fraterno que en algún momento se convirtió en pasión y después volvió a ser fraterno, sin dramas ni lamentos. Simplemente, ocurrió.
En medio de aquella relación de amor y amistad nació Elise. Así, sin proponérselo. Un día Muriel anunció su embarazo y ambos lo recibieron con naturalidad. Sin especial efusividad ni tampoco con reproches.
Fabrice seguía trabajando en el estudio y la mayor parte del tiempo podía permanecer en casa, salvo cuando tenía que entregar algún proyecto o supervisar las obras. Era esa la principal razón que había provocado la decisión de que Elise se quedase a vivir en la casa familiar con Fabrice.
Eso y que a la niña le encantaba el barrio. Lleno de bullicio, de tiendas, restaurantes, y muy cerca de la parada de tranvía, que acercaba a cualquier parte de la ciudad.
Muriel, por su parte, alquiló un pequeño estudio cerca del hospital y a un par de paradas en tranvía de ellos. Se veían con tanta frecuencia que parecía que seguían siendo la misma familia unida de antaño.
Para ellos poco había cambiado y a las amigas de Elise siempre le pareció una familia un tanto curiosa. No en vano la mayoría de las chicas cuyos padres se habían separado contaban como mantenían discusiones frecuentes o existía un constante malestar entre ellos.
Sin embargo, en el momento en que conocían a Muriel se daban cuenta de que era lógico que así fuera, porque irradiaba una naturalidad en cada gesto, en cada mirada, en cada palabra, que nadie podría imaginarse algo diferente a una familia como la nuestra.
Una vez al año viajaban a la Bretaña, de donde procedía Fabrice, y, a pesar de la separación, lo hacían juntos como si nada hubiera sucedido. De hecho, no comentaron nada a la familia bretona, porque tampoco lo hubieran entendido. Los padres de Fabrice, tras pasar prácticamente toda su vida laboral en Montpellier, decidieron al jubilarse regresar a su pueblo, Dinan.
Loan, la única hermana de Fabrice, que solo tenía 16 años cuando sus padres se jubilaron, vivía también en Dinan con sus tres hijos pequeños.
A Elise le encantaba volver cada año, allí tenía muchos amigos, además de los primos, y para Fabrice y Muriel era tan natural aquel viaje que jamás se plantearon cambiar de planes por haber puesto punto final a su relación de pareja.
Muriel no entendía muy bien la personalidad bretona; el abuelo era bretón de nacimiento, pero llevaba desde que era niño en Montpellier, por lo que no había adquirido aquella forma de ver la vida tan peculiar de los celtas.
Elise era inmensamente feliz cada verano haciendo amigos y disfrutando de las playas. Además, ver a Fabrice tan encantado de poder visitar sus raíces hacía que Muriel se contagiara de aquella felicidad de padre e hija.
3
Henri Coursan tenía 47 años y procedía de Quebec. Llevaba viviendo en Montpellier apenas 2 años. A pesar de que parte de su familia era originaria de Narbonne, hasta que viajó a Francia por trabajo nunca había visitado Europa.
Sus abuelos eran narbonenses, pero emigraron a Canadá al poco tiempo de casarse y allí nació la madre de Henri. Aunque ella se consideraba canadiense, visitaba todos los veranos la ciudad natal de sus padres y se enamoró de ella. Sin embargo, cuando ellos murieron, coincidió también con el nacimiento de Henri y dejó de ir.
Henri era ingeniero aeronáutico; desde muy pequeño le habían fascinado los aviones. Todo el mundo pensaba que su ilusión era ser piloto, pero él tenía otras aspiraciones más allá de tener en sus manos el avión. Quería intervenir en su construcción. Lo que le fascinaba era ver que un monstruo como aquel pudiera mantenerse en el aire sin caerse.
Le entusiasmaba recibir libros de aeronaves cada cumpleaños y maquetas en Navidad. Ser hijo único le ayudaba a pasar mucho tiempo en la soledad de su habitación, con la única compañía de sus aviones.
Cuando comentó a sus padres su idea de ser ingeniero, el orgullo que sintieron fue inmenso y le animaron a ello desde el principio.
El padre de Henri siempre había trabajado en la industria maderera y, aunque ya intuía por su falta de interés que su hijo no iba a dedicarse a lo mismo, no imaginaba que algún día fuese a hacer realidad aquella fascinación por los aviones. Sin embargo, se equivocó.
Henri cursó su sueño con unas calificaciones excelentes y, una vez terminados los estudios, comenzó trabajando a través de una beca en una de las empresas de ingeniería aeroespacial más importantes de Quebec. La beca se convirtió en contrato, y el puesto inicial, en otro de más envergadura. En esos años fue muy feliz, aunque necesitaba más. Le obsesionaba la idea de salir de Canadá y seguir aprendiendo.
Unos años después recibió una oferta de Airbus que le hizo trasladarse a Toulouse, donde permaneció 4 años. En Toulouse estaban los talleres de montaje final de los principales aviones competidores de Boing. Era una oferta muy tentadora que no pudo rechazar.
Dejar a sus padres en Canadá no era algo que le agradase; el ser hijo único y vivir muy cerca de ellos hizo que sopesase la idea durante mucho tiempo.
Además, su madre tenía últimamente algunos problemas de salud y estaba preocupado por ella, pero su padre le tranquilizó, animándole a aceptar el puesto; era una oportunidad única y sabía la ilusión que le hacía el trabajo. Aun así, él volvía siempre que podía a visitarles.
En Quebec había dejado también a Lorraine, la que él pensaba sería la mujer de su vida, pero ella no tenía tan claro dejar su ciudad natal para vivir en Europa y decidió por ambos que sería mejor separar ahí sus vidas. Aquello destrozó su corazón, pero no le quedó más remedio que respetar su decisión.
Henri no había vuelto a tener ninguna relación sería. En el fondo seguía enamorado de Lorraine y cualquier mujer que se acercaba a su vida tenía la desdicha de ser comparada con ella.
Llevaban juntos más de seis años cuando él salió de Canadá y, aunque ella seguía permaneciendo en la casa que compartía con su hermana, pasaban la mayor parte de la semana en casa de Henri.
No tenía intención de incrementar la convivencia y mucho menos de formalizar la relación con un contrato, como ella denominaba al matrimonio. A Lorraine le apasionaba su libertad y, aunque quería a Henri, estaba mucho más enamorada de su soltería.
Y así, tras 4 años en Toulouse, el ingeniero recibió la oferta para trabajar en el aeropuerto de Montpellier y dudó más que nunca si debía aceptarla. Montpellier no estaba tan lejos de Toulouse como lo había estado Quebec, y sin embargo, algo en su fuero interno le decía que no era buena idea.
Además, se había acostumbrado a la vida en Toulouse. A la velocidad con la que sus habitantes recorrían la ciudad. A los paseos por la plaza del capitolio y el café cuando llegaba el buen tiempo en una de las terrazas situadas en el perímetro de la plaza.
Al poco tiempo de llegar a la ciudad se acercó a la torre Donjon, también denominada Donjon del Capitolio, una torre de inspiración flamenca que antiguamente formaba parte del Capitolio y, pese a que fue construida en 1525 como archivo local, fue restaurada en el siglo XIX conservándose en perfecto estado. Le llamó la atención el cimborrio de pizarra y el adarve almenado del edificio.
Desde 1948 era utilizada como oficina de turismo. Solicitó un plano con el objetivo de conocer bien el lugar donde iba a pasar los próximos años.
Su primera visita, como no podía ser de otra manera, fue al Capitolio. Era la sede conjunta del ayuntamiento y del teatro de la ciudad.
Delante de la entrada se encontraba la gran cruz occitana o cruz del Languedoc, que era una cruz de doce puntas distintivo de la ciudad y de la región.
Si el patio de Enrique IV le pareció majestuoso, con los blasones y la placa conmemorativa del lugar en el que el Duque de Montmorency, gobernador de Languedoc, fue ejecutado en el siglo XVII, cuando hizo su entrada en la sala de los ilustres quedó impresionado. Era el lugar donde se continuaban celebrando recepciones y las bodas civiles de los tolosanos. Espectaculares lienzos cubriendo las paredes y el techo abovedado de la sala le recibieron al entrar.
Tras pasar un par de salas más, llegó a la última, la del consejo municipal, donde aún se reunían los 69 miembros del mismo.
Algunas tardes, antes de volver a casa se pasaba por el museo de Saint-Raymond y se sentaba en aquel jardín a degustar una cerveza acomodado en una de esas sillas de hierro de color verde hoja, y allí, junto a las palmeras, pasaba el tiempo dedicándose a contemplar la majestuosidad de la Basílica de San Sernín. Sonreía al ver a los múltiples visitantes que acudían a ella impresionados.
Toulouse era una ciudad que le encantó desde que llegó. Además de los monumentos, estaba el inicio del canal de Midi y su confluencia con el canal de la Brionne.
Algunos viernes, al atardecer, se encaminaba a la escalinata de Saint Pierre para contemplar la cúpula del Hospital de la Grave. Otras veces se acercaba al puente Nuevo para ver desde allí el puente de Saint Pierre, por donde en el siglo XIX paseaban carruajes tirados por caballos. El puente cruzaba el río Garona desde la plaza de San Pedro hasta el Hospital de la Grave, construido en el siglo XII para enviar a los enfermos de la epidemia de peste que asoló la ciudad.
Sería muy difícil para él dejar una ciudad de la que se había enamorado.
4
Nada más entrar, ese aroma a jazmín y madera me envolvió. No pude evitar que mis lágrimas se desbordaran. Aquella pequeña lágrima en la entrada se convirtió en un río de emociones al cruzar el recibidor.
Eran tantos los recuerdos que surgieron al entrar. Era tanta la incertidumbre ante aquella responsabilidad que me había otorgado la abuela.
La intensa luminosidad que entraba por el tragaluz de la escalera a pesar de aquellas nubes que se iban aglomerando en el cielo hizo que esbozara una leve sonrisa que diluyó mis lágrimas. Siempre identificaba la luz con la abuela; era una mujer con tanta energía, tan llena de vida. Y ahora allí estaba yo, sola, con las llaves de su casa y sin ella cerca.
Llevaba más de tres meses cerrada y, sin embargo, me parecía escuchar a la abuela canturrear, el sonido de los pájaros revoloteando y ese aroma a té con especias recién hecho que tanto le gustaba tomarse en el jardín.
Los mosaicos del suelo, que tanto juego habían dado cuando era niña, hoy me parecían más bellos que nunca. Y siempre la flor de lis. En el suelo, en las puertas acristaladas y en la aldaba.
Me llamaba tanto la atención que un día pregunté a la abuela por qué había tantas flores de lis en la casa y ella me explicó que era un símbolo de la realeza francesa, que se utilizaba para reflejar el poder, el honor y la lealtad, pero que para ella tenía un significado más espiritual: la pureza del cuerpo y la mente. Por eso había conservado la simbología que ya existía en la casa y la había complementado con una decoración relacionada con la naturaleza.
Además, sobre la puerta de acceso al salón principal de la planta baja había un grabado en la pared de la imponente cruz cátara y sus cuatro brazos: bondad, pureza, sabiduría y amor.
La abuela me explicó que era imprescindible que los cuatro estuvieran en armonía para tener una vida plena.
Fueron tantas las enseñanzas que recibí de ella en aquella casa cargada de símbolos que saber que ahora era mía me hizo volver a emocionarme.
Conociendo que a mi madre aquella casa nunca terminó de gustarle, era evidente que algún día sería de mi propiedad. Pero no esperaba que fuera tan pronto.
Me sequé las lágrimas con la mano y continué caminando. Necesitaba volver a llenarme de ella, de nosotras. Es lo que tiene la añoranza que te hace volver a cada situación a cada momento, a cada latido.
La primera estancia era el comedor. La abuela no había cambiado nada de él desde mi última visita. Las alacenas de madera blanca con cristales seguían repletas de tazas y platos de diferentes motivos.
Siempre me había fascinado la cantidad de combinaciones que podían hacerse con ellos y lo bien que quedaba la mesa ornamentada para comer.
Tenía al menos 5 juegos de té. Mi favorito era uno con unas pequeñas florecitas en tonos verdes y rosas. No pude evitar acercarme y coger una de las tazas entre mis manos. Los recuerdos se agolparon en mi mente.
―Mallén, deja las tazas, las estoy escuchando tintinear.
―Solo las estaba mirando, Mamiemur.
―Luego si quieres eliges tú las que vamos a utilizar para tomar el té en el jardín.
―¡Síiiii! Gracias, gracias.
Ella sabía lo que tenía que decir en cada momento para hacer sentir bien a cualquier persona que se le acercara. Así era Muriel, mi abuela.
En mi familia, como en muchas otras, teníamos la costumbre de llamar a nuestras abuelas utilizando el «mamie» al principio y la primera sílaba de su nombre. Así, desde que tuve uso de razón, la abuela Muriel siempre fue para mí Mamiemur.
5
Aun así, y dada la insistencia de su jefe, decidió aceptar. Era cierto que las condiciones eran inmejorables y que Montpellier era también una ciudad muy dinámica. Además, sabía que necesitaba un cambio para olvidar de una vez por todas a Lorraine. En Toulouse no había conocido a nadie que mereciera olvidarla. Quizá fuese la oportunidad perfecta.
Cuando se lo comunicó a sus padres, su madre estaba encantada. Había pasado su infancia en Narbonne y acudía a Montpellier con relativa frecuencia de adolescente.
Le recomendó lugares para visitar y le recordó la ilusión que le hacía que fuese a Narbonne a conocer sus raíces.
Estaba a poco más de una hora de camino de Montpellier y sabía que su hijo no se negaría a conocer su procedencia.
Los primeros meses en la ciudad se centró sobre todo en el trabajo. Estaba encantado con las funciones encomendadas y no tenía apenas tiempo para nada más.
Seguía posponiendo esa visita a Narbonne hasta que una noche llamó su padre y le dijo que habían estado visitando al neurólogo y que había diagnosticado un deterioro cognitivo. El abuelo Thibaut había padecido demencia, y también la mayor parte de sus tíos maternos, por lo que era algo que intuían que podía ocurrir.
Para su hijo fue una noticia devastadora, tan lejos de ellos y sin poder hacer nada por acompañar a su padre en esos momentos tan difíciles.
Fue entonces cuando, entre lágrimas, decidió visitar Narbonne para ayudarla a no olvidar. Quizá viviendo cada lugar, respirando cada aroma, saboreando cada alimento, sintiendo cada rincón; quizá así podría hacer sentir a su madre que aún estaba allí.
―¿Quiere también un plano del departamento de Aude o de la región?
―Pues no estoy seguro. En principio solo pensaba visitar Narbonne. Así que con el plano de la ciudad creo que será suficiente.
―Como quiera, pero no sé si sabe que Aude es el denominado País Cátaro y tiene muchos lugares interesantes para visitar. Y con una gran historia detrás. Supongo que conocerá Carcasonne, ¿no?
Henri no tenía muchas ganas de visitar nada más allá de la ciudad en la que su madre pasó su infancia. Sin embargo, para no contradecir más a aquella amable mujer, aceptó con una sonrisa amarga todos los planos y mapas que ella le ofreció.
Salió cargado de papeles y cabizbajo de la oficina de turismo y se dirigió al Puente de los Comerciantes; aquella mujer le había contado que unía el barrio de Bourg con el centro de la ciudad y que en sus orígenes contaba con 7 arcos que acogían el paso de la Vía Domitia, la primera calzada romana construida en lo que sus antiguos habitantes llamaron la Galia.
Pasear por la orilla del canal de la Robine disfrutando del viaje, recreándose en cada uno de sus puentes repletos de flores de mil colores, le pareció delicioso y comprendió enseguida por qué a su madre le fascinaba aquella ciudad. Los numerosos barcos de recreo se agolpaban en las orillas. De vez en cuando, alguna pequeña embarcación dejaba su rastro en el canal mientras se perdía bajo los puentes.
Se acercó a ver la plaza del ayuntamiento, con el imponente palacio de los arzobispos presidiéndola y en el centro de esta los restos de la vía Domitia recién descubiertos tras unas obras de remodelación en la plaza.
Deambuló por el interior de la catedral, el claustro y los jardines del arzobispado asombrado por tanta belleza. Quería introducirse de pleno en la ciudad; llenarse de aromas, sonidos; paladear cada rincón para hablarle a su madre de todo aquello.
Se sentía tan culpable por no estar cerca de ellos en ese momento que necesitaba hacer algo que ayudase a su madre, pero también a él. Se dio cuenta de que a través de los lugares en los que alguien pasa su infancia puede conocerse mejor su personalidad.
Su madre tenía ese ángel que impregnaba la ciudad, esa magia que se podía sentir en cada rincón. Siempre sonriendo, desenfadada, pero elegante y alegre. Atenta, generosa y afectuosa con todo el mundo. Así sintió a Narbonne.
Continuó paseando y decidió detenerse a comer. Se animó a entrar en un coqueto restaurante en Les Halles. En el plano que la afable mujer de la oficina de turismo le ofreció presumía de ser uno de los mercados más bellos de Francia. Además de los puestos de pescado, carne y fruta, había unos pequeños bares y restaurantes que desprendían una alegría que él necesitaba con urgencia en ese instante.
Le llamó la atención que, pese a que existían mesas, mucha gente prefería degustar el menú en la barra del bar, subidos en unos altísimos taburetes de acero y escay.
Degustó unas ostras típicas de la zona, y la textura y el aroma le llevaron a su país natal, donde las comía habitualmente. Como segundo plato se decantó por una tabla de embutidos y quesos.
Era lo que más le gustaba de Francia, esos quesos cremosos con un toque amargo. La suavidad de la textura al meterlos en la boca mezclada con el ligero picor que provocaban al saborearlos le entusiasmaban. Preguntó al camarero el nombre de aquel queso que nunca antes había probado y este le explico que era Comte, un queso curado elaborado con leche cruda de vaca originario del departamento del Jura o también del alto Saona.
―Es uno de los quesos preferidos de los franceses, me extraña que no lo conozca.
Desconocía por qué no había comido ese tipo de queso en Toulouse, pero sabía que repetiría, porque le pareció exquisito.
Lo acompañó con un par de copas de vino de Carcasonne, una de blanco para las ostras, con un aroma afrutado y un sabor ácido que impregnaba las papilas gustativas, y una copa de vino tinto para el queso y los embutidos con un olor a flores que le supo a ciruelas.
Saboreó cada manjar con delicadeza, centrándose en las texturas, los aromas y la calma que le proporcionaban una ciudad tan bella como aquella.
Al salir del mercado, ya no pudo contener las lágrimas, y así, envuelto en la melancolía, tomó una decisión que sabía que cambiaría su vida.
6
―Mamiemur, ¿sales conmigo al jardín? Porfa, porfa.
―Ve saliendo, mon trésor, mientras voy preparando una jarra de agua con limón bien fría.
―He visto un pajarito de colores…
―Voy, voy, no seas impaciente.
Los veranos en casa de la abuela Muriel eran tan divertidos. A mamá le costaba mucho dejarme allí, pero sabía cuánto disfrutaba.
Nunca le gustó aquella casa; no le traía buenos recuerdos, era lo que me decía.
Y era por eso por lo que pasar allí los veranos las tres juntas no era algo que le apeteciese, por mucho que yo siempre se lo pidiera.
No quería contarme por qué; siempre cambiaba de tema, y yo, con mis 6 años de entonces, tampoco acerté a seguir insistiendo.
Hasta que cumplí 16 años, mis recuerdos del verano siempre eran en aquella casa, pero solas la abuela y yo. Mamá me dejaba en la puerta, ni siquiera entraba. Le entregaba a Mamiemur la bolsa de viaje con mis cosas y me daba un inmenso abrazo con los ojos llenos de lágrimas. Unas lágrimas que entonces nunca entendía, pero que ella procuraba limpiarse rápidamente con uno de esos fulares que siempre llevaba al cuello.
―Cuida mucho de ella, por favor. Voy a echarla tanto de menos que no sé cómo voy a poder soportarlo. Pero es tan feliz aquí, contigo, en esta casa que no puedo negarme a dejarla.
―Algún verano podrías quedarte con nosotras. La niña siempre me pregunta. Creo que no tiene ya mucho sentido seguir…
―Lo siento mucho, no insistas. A finales de julio volveré a por ella. Recuérdale que la llamaré todos los días. Te quiero muchísimo.
Tras abrazarla con fuerza, con un nudo en la garganta y sin mirar atrás bajó los tres escalones que la llevaban a la calle. Aún podía escuchar los gritos de alegría de su pequeña correteando por los pasillos.
Los dos primeros veranos no se despegó del teléfono, no pudo salir de la región. Esperaba que la echara tanto de menos que creía que la pediría volver a buscarme, pero nunca ocurrió. Así que el tercer verano decidió aprovechar para irse de vacaciones.
Cada verano buscaba un nuevo destino: España, Italia, Alemania, Grecia… A la vuelta me contaba cada uno de sus viajes con detalle, me enseñaba fotografías, todo con el objetivo de que al año siguiente despertase en mí el deseo de acompañarla. Pero nunca fue así hasta mi adolescencia.
La casa de la abuela, sus enseñanzas, su dulce compañía, de la que solo disfrutaba en verano, me hacían tener un único deseo: que el tiempo juntas transcurriera muy lento.
7
―Mamá, ¿cómo estás? He estado en Narbonne.
―Hola, cariño. ¿Te has puesto un jersey? Hoy hace un día muy desapacible.
―Aquí no hace frío, mamá. Estamos en junio y tenemos un clima magnífico en Francia.
―¿Estás en Francia? ¿Te he contado alguna vez que pasé allí mi infancia?
―Sí, mamá. Eso te estaba contando. He visitado Narbonne y me ha parecido una ciudad maravillosa. Sus calles, los canales…
―¿De verdad te he contado lo de mi infancia en Francia?
―Mamá, me encanta el lugar donde pasaste tu infancia. He estado comiendo en Les Halles. ¿Te acuerdas de que me dijiste que ibas a comprar allí con tus padres los sábados y luego os sentabais a comer en uno de sus restaurantes? Pues ayer comí en uno de ellos y tenías razón, es una experiencia única. Y pasear por el canal, y…
―¿Dónde dices que estás, cariño? ―interrumpió su madre.
Su padre le quitó el teléfono de las manos con el fin de hablar con Henri. Pero él ya tenía los ojos empañados.
―Hijo, no te preocupes. Hoy ha tenido un día difícil. Hemos estado en el hospital haciéndole pruebas y se ha desorientado un poco. Pero no está así todos los días, créeme. Ayer me comentaba lo contenta que estaba de que fueras a visitar la ciudad. Me habló de cada rincón, cada callejuela y de una casa preciosa que había en la calle Jean Pierre Dominique. Una casa de fachada gris con los balcones forjados en blanco y unas flores de color lila cubriendo sus barandillas. Me dio toda clase de detalles.
―Iré a ver esa casa, papá, y cuando os llamé le hablaré de ella. ¿Estás seguro de que no necesitas que vuelva a casa? Puedo pedir unos días y viajar a ver cómo estáis.
―Mira, en el momento en que tenga los resultados de las pruebas lo vemos. Cuando puedas ve a ver esa casa de la que habla tu madre, eso te dejará más tranquilo, estoy seguro. Te queremos mucho, hijo.
Henri colgó el teléfono afligido; aquella conversación le había dejado sin saber qué más decir.
Mientras, pensó en volver el viernes a Narbonne a ver si encontraba aquella misteriosa casa de la que hablaba su madre. Desconocía si aún seguía en pie o estaría tan cambiada que no podría reconocerla, pero estaba decidido a averiguarlo.
En menos de cinco minutos de conversación su madre había repetido las mismas preguntas varias veces y no era algo a lo que uno pudiera acostumbrarse. No estaba seguro de si su padre decía la verdad o solamente estaba evitando preocuparle.
Era tan honda la tristeza que le invadía por no poder estar allí cerca de ellos que sentía un dolor físico en el centro del pecho, un dolor que le desgarraba. Era cierto que su madre llevaba tiempo con algún pequeño lapsus de memoria, pero nunca la había percibido tan desorientada. Sin embargo, prometió a su padre esperar y eso haría.
8
La abuela nunca me dejó dormir sola los veranos que pasamos juntas. Decía que los sonidos nocturnos producían menos miedo cuando
