Trashumancia - Gerardo Figueroa - E-Book

Trashumancia E-Book

Gerardo Figueroa

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Beschreibung

El libro cumple distintas funciones para cada quien. Unos están destinados a escribirlo y otros a descifrar sus páginas. Escritor y lector, no obstante, se necesitan (no existe el uno sin el otro). En Trashumancia no solo vemos a un narrador que busca la palabra perfecta o a un lector que indaga en la vida de los personajes. Aquí se nos muestra que las palabras, del modo más literal posible, tienen vida y eligen al autor para brotar de sus dedos o saltan como ovejas desde la realidad hacia el papel. El lenguaje es el gran protagonista. Gerardo Figueroa (Buenos Aires, 1957) ha destacado en el campo de la creación publicitaria en firmas como JWT, en Perú, y Ogilvy & Mather, en Ecuador. Fue consultor internacional para el Johns Hopkins Center for Communication Programs en Ecuador, Perú, Bolivia y Nicaragua. Su relato "El reencuentro" recibió en 1994 una mención honrosa en el Cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas. En 2006 ganó Creatividad Empresarial en la categoría de comunicación. Y en 2016, "El verbo en llamas" obtuvo la primera mención honrosa en el Primer Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, organizado por la Casa de la Literatura Peruana. Es autor del libro de cuentos Hallazgos y extravíos (Catavento, 2018). Trashumancia es su primera entrega de largo aliento.

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Seitenzahl: 75

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Gerardo Figueroa (Buenos Aires, 1957) ha destacado en el campo de la creación publicitaria en firmas como JWT, en Perú, y Ogilvy & Mather, en Ecuador. Fue consultor internacional para el Johns Hopkins Center for Communication Programs en Ecuador, Perú, Bolivia y Nicaragua. Su relato «El reencuentro» recibió en 1994 una mención honrosa en el Cuento de las Mil Palabras de la revista Caretas. En 2006 ganó Creatividad Empresarial en la categoría de comunicación. Y en 2016, «El verbo en llamas» obtuvo la primera mención honrosa en el Primer Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, organizado por la Casa de la Literatura Peruana. Es autor del libro de cuentos Hallazgos y extravíos (Catavento, 2018). Trashumancia es su primera entrega de largo aliento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Trashumancia

Primera edición electrónica: febrero de 2021

 

© Gerardo Figueroa

© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2021

para su sello Narrar

APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,

San Martín de Porres, Lima

http://paracaidas-se.com/

[email protected]

 

Composición: Juan Pablo Mejía

Fotografía de portada: Ovejas lachas, Navarra (detalle) de Rufino Lasaosa. Bajo licencia de Creative Commons.

Retrato del autor: Nadia Cruz Porras

 

ISBN ePub: 978-612-48358-2-7

 

Se prohibe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito de la editorial.

 

Producido en Perú

 

 

 

 

A Mylene,

por haber hecho posible

mis historias.

Todas mis historias.

 

 

 

 

Et tout d’un coup :

—maman !

Ce cri de joie célèbre l’aboutissement du plus gigantesque voyage intellectuel qui se puisse concevoir, une sorte de premier pas sur la lune, le passage de l’arbitraire graphique le plus total à la signification la plus chargée d’émotion ! Des petits ponts, des boucles, des ronds... et... maman ! C’est écrit là, devant ses yeux, mais c’est en lui que cela éclôt ! Ce n’est pas une combinaison de syllabes, ce n’est pas un mot, c’est n’est pas un concept, ce n’est pas une maman, c’est sa maman à lui, une transmutation magique, infiniment plus parlante que la plus fidèle des photographies, rien que de petits ronds, pourtant, des petits ponts... mais qui ont soudain — et à jamais ! — cessé d’être eux-mêmes, de n’être rien, pour devenir cette présence, cette voix, ce parfum, cette main, ce giron, cette infinité de détails, ce tout, si intimement absolu, et si absolument étranger à ce qui est tracé là, sur les rails de la page, entre les quatre murs de la classe...

 

Comme un roman, Daniel Pennac

 

 

 

 

Y de golpe:

—¡Mamá!

Este grito de felicidad celebra el logro del más gigantesco viaje intelectual que se pueda imaginar, que se pueda concebir, una especie de primer paso sobre la luna, ¡el paso del más absoluto y arbitrario grafismo al significado más cargado de emoción! Pequeños puentes, bucles, redondeles... y... ¡mamá! Está allí escrito, frente a sus ojos, ¡pero es en él donde eclosiona! No es una combinación de sílabas, no es una palabra, no es un concepto, no es una mamá, es su mamá, la suya. Una transmutación mágica, mucho más elocuente que la más fiel de las fotografías; solo redondeles, pequeños puentes que súbitamente —¡y para siempre!— dejan de ser ellos mismos, de no ser nada, para convertirse en esa presencia, esa voz, ese perfume, esa mano, ese pecho, esa infinidad de detalles, ese todo tan infinitamente absoluto, y tan absolutamente distinto a lo que está es-crito sobre las líneas de la página entre los cuatro muros de la clase...

 

Como una novela, Daniel Pennac

 

Trashumancia

 

 

Diálogo primero

 

Hay textos que exigen, de quienes acometen o escuchan su lectura, una particular disposición a ir más allá de las palabras. Son historias que nos exigen estar dispuestos a atravesar su significado y darles el lugar que muy pocas veces ellas nos reclaman, el de seres vivos que nos obligan a abandonar por completo la racionalidad de la tinta sobre el papel.

Por lo general —este es uno de esos temas que nunca se tocan y menos asunto en el que nos detengamos a pensar—, las palabras nos llegan a la punta de la lengua o al extremo de los dedos sin mayor trámite o esfuerzo. Pareciera que nadie está para discutir lo que se considera natural, un don de la especie, un regalo divino o, por último, una destreza que —unos más, otros menos— desarrollamos con el aprendizaje del lenguaje, la escritura y otras habilidades. Como las notas de una improvisación musical, las palabras aparecen, fluyen y terminan en el lugar preciso para que podamos decir o escribir lo que deseamos. Brotan. Simplemente salen, se instalan y listo. Díganme que no.

Se me cruzó esta mañana, a la hora del café. Inesperadamente, como lo hacen los niños cuando uno falla el gol y otro corre desesperado tras la pelota; como cuando la tentación, esos labios discretamente mordidos en un extremo de la boca, esa mirada sostenida por un segundo más de lo reglamentario y esa sonrisa imperceptible para todos los demás, rebasan por completo nuestra línea de flotación convirtiéndose en una incontenible amenaza de zozobra. Perrerías. No venía en cursivas como acabo de escribirla, y estaba al final de la frase de un cuento de Levrero en el que el personaje principal logra, en ese párrafo, escapar de las perrerías de un feto que lo atormenta con sus bajezas.

De inmediato supe que tendría que hacer algo con ella. Nos habíamos encontrado antes en otros escenarios —dos o tres veces quizá—, pero con mucha más frecuencia me había dado de narices con perradas, esto gracias a la habilidad que tienen algunas palabras de cambiar su apariencia como lo hacemos nosotros con la ropa o el peinado para lucir de otra manera sin dejar de ser los mismos. Sin embargo, nunca hasta hoy me había invadido la necesidad de darle uso. (Y ahora que lo pienso, me pregunto si no habrá sido ella la que se mostró ante mí con el perverso deseo de utilizarme. Si me pasa con los libros, que compro y acumulo hasta que cada uno de ellos decide cuándo debo leerlo, por qué no con las palabras. Puede que ellas se muestren, se instalen en mí, y un día me empujen a escribirlas).

La palabra «perrerías» no está registrada en el diccionario —sentencia la pantalla del ordenador apenas la ingreso en el buscador de la RAE—. La entrada que se muestra a continuación podría estar relacionada —agrega—:

 

perrería

1. f. Muchedumbre de perros.

2. f. Conjunto o agregado de personas malvadas.

3. f. Expresión o demostración de enojo, enfado o ira.

4. f. Acción mala o inesperada contra alguien.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados.

 

Transcritos sus significados con el debido crédito, me toca encontrar qué hacer con perrerías para sacármela de encima, para conjurar la maldición de su poder, para escapar yo también de las perradas del feto de Levrero. La anoto entonces entre los pendientes, y mientras me levanto y preparo el café, ella decide que será entre los urgentes y dispone todo para que cuando regrese al ordenador sea de perrerías de quien me ocupe primero.

Sé de historias de traición, auténticas perrerías de culebrón. Perradas bíblicas que despertaron la ira divina, y otras menos santas que escaparon al castigo del hombre, que siempre tiene una perrada lista para tapar sus perrerías. Crueles trastadas de niños a otros niños, dolorosas como ninguna, pues son el despertar al universo de la maldad, y desalmadas perradas de abuelitas que pisotean la ilusión de sus nietos cuando no terminan para siempre con sus sueños. Perrerías sociales, como «el pueblo unido jamás será vencido», célebre perrada que corea la masa cada vez que le pasan la aplanadora por encima. Perrerías de negocios, arquitectónicas y culinarias: en la venta de una casa o en la compra de un auto; en ese adefesio de concreto en medio del paisaje o en la vereda del frente, y en la fragante porción de osobuco servida en delicada porcelana francesa sobre manteles de lino que no es más que otra pieza del juego de la comidita. Perrerías deportivas, clínicas y académicas, cuando te anulan un gol, cuando te inflan el diagnóstico para sacarte un poco más de guita o cuando te bajas un título desde internet. Urbanas, aéreas y públicas cuando no privadas, terrestres y bucólicas. Grandes, pequeñas, descomunales y microscópicas, pero perradas todas que, de aquí para allá, siembran sus caminos de víctimas y avanzan como la sombra del vivo, el pícaro, el gamberro que las hizo y al que siempre espera uno más piola para darle su merecida perrada porque sus madres los paren, pero ellos se juntan.