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¿Te imaginas estar viviendo una vida normal y placentera, y en cuestión de horas descubrir que todo lo que crees saber es una mentira? ¿Te imaginas que perteneces a una civilización perdida en el tiempo, y que tú y tus amigos sois los únicos que podéis detener el Apocalipsis? Pues precisamente eso es lo que les ocurrirá a Frank, Nico y Evelyn, tres adolescentes… ¿normales? Se verán obligados a embarcarse en un viaje que cambiará sus vidas, y deberán enfrentarse a un viejo conocido que ocultaba un oscuro secreto. Aventura, traición, falsas identidades, criaturas alucinantes, misterio, conflictos ancestrales, acción, intriga… de todo hay y todo puede pasar dentro de estas páginas, una odisea en la que cambiarán las reglas del juego. ¿A qué estás esperando? ¡Únete a la aventura!
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Seitenzahl: 439
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Enrique Míguez Mejías
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-1386-249-1
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A mi madre, el pilar de mi vida.
Capítulo 1:ME LLAMO FRANK
TODO fue muy rápido.
Empecé siendo una persona normal y acabé metido en el lío más gordo de la historia; fue un cúmulo de casualidades que me hizo convertirme en algo que ni me imaginé que pudiera existir. Acabaría embarcado en un viaje que cambiaría mi vida y mi modo de verla, y no lo haría solo. Mi vida nunca sería la misma después de todo lo que ocurrió, no creo que yo estuviese preparado para aquello. Pero estando capacitado o no, aquel era mi destino, y debía cumplir mi cometido por muy duro y extraño que este fuese.
Aquí comienza mi historia.
Mi nombre es Francisco López Ojeda, tengo doce años y vivo en Sevilla. Como todo buen relato protagonizado por un adolescente, el mío empieza, cómo no, en el instituto. El mío es el IES El Alcázar, que me coge un poco lejos de mi casa pero no me importa demasiado. Estábamos a punto de salir al recreo, así que todos los de la clase estábamos de los nervios. A la profesora le estaba costando mantenernos centrados, pero era bastante complicado. Estábamos corrigiendo el análisis de unas frases que fueron la tarea de ayer, y no había nada más aburrido que eso. Observé a mi alrededor: todo el mundo estaba mirando su reloj. Mi mejor amigo, Nico, dijo en voz demasiado alta:
—¿Cuánto queda? No tengo reloj.
A la profesora no le dio tiempo a reprenderle, porque el timbre sonó y todos salimos en tromba hacia el recreo, la única media hora que podíamos tomarnos con calma. Los grupos se juntaron rápidamente.
En mi instituto, igual que en todos, había grupos sociales ya formados desde hacía mucho. Esos grupos eran irrompibles, si entras en uno ya no puedes salir. La gente te cataloga y parece que tienes una etiqueta en vez de cara. Si quieres, luego me extiendo un poco hablando de ellos, pero hoy no es momento. Yo me junté con los míos, Nico y Julián.
Ellos dos eran mis mejores amigos desde toda la vida, pero Nico me caía mejor. Era bajito, motivo injusto de burla del resto de personas. Tenía el pelo castaño clarito, casi rubio, y algo desgreñado. Su edad era once años, uno menos que yo, y cumplía en febrero. No destacaba mucho en cosas deportivas, era más bien malo, pero aun así no me explico cómo lo suelen elegir tan rápido en los deportes. Nico tenía una personalidad bastante «interesante», por decirlo de alguna manera. En general, algo torpe y a veces mostraba un comportamiento impulsivo. Me gustaba que fuese capaz de ser responsable en ciertas ocasiones, pero era bastante cabezón. Algo miedoso y siempre motivado, esas también son características suyas. Nico era medio huérfano, igual que yo, pero él por parte de padre. Yo era de madre.
Julián era más fanfarrón. Solía mentir muy a menudo y le gustaba presumir delante de chicas, sobre todo. Cuando está delante de alguien que le gusta, su cerebro se centra en dejar mal a ojos de la chica a todo el mundo. Esas eran sus cualidades malas, por lo demás, era bastante inteligente y gracioso en ocasiones. Con su personalidad descrita, me centro ahora en decir cómo era físicamente. Era de altura media, más o menos como yo. Sus ojos eran igual de negros que su pelo, que siempre lo llevaba engominado. Tenía aparatos en toda la dentadura, aunque no le importaba demasiado, según él. Julián era mejor que yo en deportes, he de reconocer.
Frank, Nico y Julián, ese era nuestro grupo. Juntos desde primaria.
Los tres aprovechamos el recreo para sentarnos y estudiar un poco. En cuanto terminase la media hora, teníamos doble sesión de inglés con el maestro Manolo. Ese profesor era el demonio en persona: un viejo que debería haberse jubilado hace años y que aprovechaba las clases para rezar. No aprendíamos nada en la asignatura, toda la clase tenía clases particulares de inglés. Padres e hijos nos habíamos quejado al director, pero no podíamos hacer nada. El examen por el que estudiábamos lo hacíamos dos veces a la semana, y eran los nombres de los apóstoles en inglés.
—Frank, ¿con quién quieres hacer el trabajo del titán? —me preguntó Nico.
Al día siguiente el profesor Ignacio, de historia, nos mandaría hacer un trabajo en tríos sobre un titán de la mitología griega.
—Ya te lo hemos dicho, lo elige el profesor —le contestó Julián por mí.
Si quieres, lector, ahora que ya he hablado de Nico y Julián voy a hablar del resto de personas.
El grupo social de las chicas era el más numeroso. Cualquiera que haya pasado por cualquier tipo de escuela sabe cómo funcionan este tipo de grupos: todas forman una piña, un grupo siempre gobernado por alguien, la más popular. Este puesto está más que descrito en toda la historia moderna de la humanidad, ya sea en películas o en la vida real. Por eso, no voy a hablar mucho de ella y ni siquiera decir su nombre, porque lo considero innecesario. Así que continuemos en el ranking de popularidad.
Luego, después de ella, estaba Evelyn. Ella era inglesa, venía de Gales, pero la llevamos conociendo desde siempre y habla el español perfectamente. Su piel era blanca y pecosa, y tenía el pelo negro casi siempre recogido en una trenza. Se había ganado una gran reputación en el instituto porque venía todos los días con una nueva variación. Es decir: mechas, piercings, peinados, maquillajes raros… nunca se la veía igual dos días seguidos. Tal vez ella fuese una estratega y lo hiciese a posta para ser popular, o tal fuese solo que no se decidía con el look. Me decanto más por lo primero. A mí no me caía ni mal ni bien, era una persona más, pero lo que la hacía interesante era precisamente eso, que pese a ocupar un segundo puesto era alguien que lo llevaba bien y pese a que lo que debía es abrirle paso a la primera, ella se atrevía a contradecir la norma.
Destacable en la jerarquía escolar de ese grupo estaban también Raquel y Marta, tenían algo de poder sobre las que estaban por debajo de ellas, pero no eran las dominantes. Luego estaban Blanca, Elsa, Andrea y Verónica, pero ellas eran simples peones más.
Aquel era el grupo de las chicas, un grupo de “amigas” que funcionaba como cualquier gobierno mundial. Siguiéndolas en el ránking de popularidad está el de los deportistas; el típico grupo donde se encuentran los que se pasan toda su vida ganándote a todo lo que les retes. Todos eran niños, y el mejor de todos era Manuel, todo un polímata de los deportes; fútbol, pádel, baloncesto, balontiro, balonmano… nada se le resistía. Después estaban Pablo y Gonzalito, los dos eran unos impresionantes cracks también. Ellos tres me caían muy bien, hemos quedado varias veces. En ese grupo también estaba Maikel, que si soy sincero es bastante bruto, pero buena gente. En el grupo también había algunos miembros como Pedro y Sebas, que no estaban en el núcleo duro pero también los considero dentro de él.
Luego están los que no destacan. Las personas que he nombrado anteriormente destacan en clase por algún motivo: son populares, deportistas, son parte del séquito de las chicas… Los que voy a decir ahora son los típicos cuatro o cinco que no destacan apenas, algunos los llaman “lastres”. Entre ellos están Lucas Peña, fanático de superhéroes, Lucas Gómez, que es asmático, Leo, nuevo de este año, Álvaro, que solo piensa en comer, Ramiro, que apenas abre la boca y Juan, el olvidadizo.
A continuación estábamos Julián, Nico y yo, (el tridente) y después solo nos queda una persona. Voy a detenerme especialmente en él, porque es una persona sobre la que es digno hablar.
Se llama Luis, y es el niño más raro del colegio. Se pasa todo el día, y no exagero, con un libro entre las manos. El libro en cuestión parecía un volumen antiquísimo, enorme de tamaño y muy desgastado. No tiene ninguna palabra en su también desgastada portada marrón, y quien ha conseguido ver su contenido no ha conseguido descifrarlo. Nunca se desprende de su libro, es como si fuera parte de él. Nunca trae los deberes, supongo que pasa las tardes con la cabeza dentro de ya sabes qué. Es reacio a toda compañía humana, solo abre la boca cuando es estrictamente necesario y se pasa los recreos solo. Suspende todas las asignaturas y no parece importarle, es increíble. Es calmado y nunca se enfada, ni siquiera cuando le cantan “Creo que mi padre es un elfo” debido a sus picudas orejas. Es inquietante la pasividad que tiene cuando los profesores le gritan para que esté atento, a mí me intriga mucho.
Con Luis descrito, ya te he hablado de los veinticuatro miembros de mi aula, 1ºC (primero de la ESO, que quede claro). Esa era la clase que yo llevaba teniendo toda mi vida, llevábamos muchos años conociéndonos y estrechando lazos todos, y yo era amigo de casi todo el mundo.
El timbre sonó y comenzaron las malditas dos horas con el maestro Manolo.
Nos dio dos minutos para hacer el examen de apóstoles, yo por suerte no estaba entre los que el profesor suspendió por que le daba la gana. Solo suspendieron siete, entre los cuales dos se habían olvidado de dos nombres de apóstoles y el resto el profesor los suspendió sin motivo. Fueron otras dos duras horas las que siguieron a aquel momento, hasta que al final sonó el último cambio de clase y en el aula hubo una alegría generalizada. Después de ponernos unos deberes que no tenían ningún sentido, el maestro Manolo se fue. La siguiente clase era Lengua, impartida por nuestra tutora. Se llamaba Anne, y venía de Francia.
Era la mejor profesora que teníamos, nos hacía las clases mucho más llevaderas. Con ella hacíamos bromas y las clases eran de todo menos aburridas. La broma más popular que hacíamos era que ella se parecía a Chris Morris, un personaje horroroso de una serie de dibujos animados. Esta broma, sin embargo, tiene fundamento científico (si es que se considera fundamento científico que ambos… no, la verdad es que nos lo inventamos sin ningún motivo). En fin, que la última hora de clase fue genial como siempre y tras ellas todos volvimos a nuestros hogares.
Yo vivía en un tercero de la calle Arfe, bastante cercana a la Catedral, y para llegar hasta allí tenía que pagarme todos los días el billete de autobús. Había unas cuantas paradas entre en la que me subía y en la que me bajaba, pero yo aprovecho ese tiempo para hacer los deberes. Ese día pude adelantar Matemáticas solamente, hay días que lo completo todo. Media hora después de subirme bajé del autobús, y anduve lo que me quedaba hasta mi portal. Llamé por el portero, y mi padre me abrió. Subí por el ascensor y caminé recto hasta entrar en mi casa.
Mi piso no era gran cosa, pero para mí estaba bien. Allí vivíamos mi padre, mis abuelos y yo. Éramos cuatro, y teníamos cinco habitaciones. Lo primero que se ve al entrar es un recibidor bastante moderno pero decorado con mal gusto por mi padre, he de decir. Inmediatamente después está el salón, y éste tiene mucha de las cosas que se trajeron mis abuelos después de que fueran desahuciados. El aparador de la televisión, los sofás y muchos trastos que allí había eran de su casa. Se podría considerar como un salón amplio, pero yo creo que la sensación de amplitud solo era por las dos grandes ventanas que había en una pared, aunque mi abuela se afanaba en taparlas con cortinas. A partir del salón salía un pasillo en el que estaban las puertas de las otras habitaciones: la cocina, el baño, la habitación de mis abuelos y mi habitación. La cocina era bastante clásica, pero teníamos planes de reforma para el año que viene.
Si yo hubiera sabido en aquel momento donde estaría yo el año que viene, habría cortado en seco esos planes.
Después estaba el baño. Mi padre había ahorrado durante dos años para comprarse un váter inteligente, que la verdad es que era una maravilla, lo mejor de la casa. A veces todos hacíamos cola para usarlo, pero merece la pena. Al final del pasillo estaba la habitación donde dormían los abuelos (antes dormían allí mi madre y mi padre), que no tiene más que una cama, una cómoda y un armario.
Mi habitación tampoco es gran cosa; tiene lo básico de una habitación de un niño, unos cuantos pósteres y otras pocas fotos y también un ordenador, pero ahí se quedaba. Lo que más me gustaba era que había un precioso hueco en la ventana en el que podía esconder cosas sin que mi padre se diese cuenta.
¿Conoces ya bien mi casa? Perfecto, sigamos pues.
Dejé mi maleta a un lado y cerré la puerta detrás de mí. Fui a ver qué había preparado mi abuela para comer.
Mi abuela se llamaba Pilar, y era la persona más dulce y más amable que yo había conocido. Pese a sus setenta años, se mantenía como si fuese una chiquilla. No era bajita para lo que es común a su edad, y tenía un corto pelo gris. Ella siempre me había llevado al colegio cuando todavía tenía su casa: se levantaba a las seis, cogía el coche, venía a mi casa, me despertaba y me preparaba el desayuno y me llevaba al colegio, que estaba a varios kilómetros de mi casa. Eso fue hasta cuarto de primaria, cuando pasó lo que pasó y ella y mi abuelo vinieron a vivir con nosotros.
—¿Qué tenemos hoy, abuela? —le pregunté, sin recordar que quince minutos atrás me había mandado este mensaje: «guapo oi tiene almondiha pa come».
Mi abuela más o menos se adaptaba a la tecnología, aunque por ahora solo sabía usar WhatsApp, hacer llamadas y la cámara.
Tras darle un abrazo y dar buena cuenta de las albóndigas fui a mi habitación a terminar los deberes y así tener la tarde libre. Después, fui a inglés a las cinco y media, volví una hora más tarde y seguí con mis quehaceres diarios.
Ahora tengo que hablar de mi madre. Mi abuela Pilar y mi abuelo Antonio eran los padres de mi padre, los de mi madre murieron muy jóvenes, cortesía de Franco. Se llamaban Joaquina y Gerardo, y para mí eran unos héroes por atreverse a expresar sus pensamientos en aquella época. Mi madre se llamaba Laura, y de ella solo recuerdo una tibia escena haciéndome reír con pedorretas en la cuna. Ella murió cuando yo apenas tenía unos meses, accidente de tráfico. Yo era pequeño cuando todo pasó, así que me resulta más llevadera la pérdida, pero aun así sigo teniendo el corazón apenado. Le quedaba más de media vida por delante, tanto por vivir, verme crecer… me brotan las lágrimas al pensar en esto, así que si el lector me perdona voy a quedarme aquí, solo quiero añadir que mi padre me ha dicho que he heredado el color castaño de su pelo, sus ojos verdosos y su sonrisa, además de su personalidad fuerte.
Lector, ya te he dado una breve introducción sobre quién soy yo, mi entorno y cómo es mi vida. Ahora es hora de que conozcas los acontecimientos que me llevaron a lo que me llevaron.
Capítulo 2:ASÍ EMPEZÓ TODO
ERA 18 de noviembre de 2018, y mi despertador estaba sonando. Lo aporreé tan fuerte que acabó doliéndome la mano, pero aquello me mantendría más despierto. Me quité las sábanas de encima, me bajé de un salto de la cama y me puse los auriculares para empezar el día con ritmo. Con música las tareas se me hacían más llevaderas: era capaz de ducharme, lavarme los dientes, vestirme y hacer mi cama en menos de quince minutos. Aquel día no fue una excepción, así que terminé con todavía media hora para tomarme los cereales y ver un rato la tele. Después de eso, me arreglé un poco y salí con mi mochila a cuestas hacia el Instituto.
El trayecto se me hizo un poco largo, no sé por qué, pero llegué a las ocho menos cinco, como todos los días. Nico me esperaba en la puerta, como siempre. Él vive más cerca del insti que yo, así que siempre me esperaba en la puerta. Nos dio tiempo a charlar un rato hasta que sonó el timbre y el profesor llegó a clase.
El maestro Eduardo (que en realidad se llamaba Javier pero le llamábamos así por su increíble parecido a un famoso cómico) cerró la puerta tras de sí y comenzó la clase de Matemáticas. Edu no era mal maestro, pero hay cosas que no le gustan a nadie de sus clases. Por ejemplo, en música (que nos lo da él también)estuvimos viendo las tonás, y por lo visto un tipo eran las trilleras, cantes que hacían nuestros abuelos y bisabuelos al hacer la trilla. La trilla era una antigua labor del campo que separaba los granos de trigo de la paja montando en una especie de trineo tirado por burros. Pues bien, el maestro Eduardo se pasó tres clases enteras hablando de la trilla. Imagínate cómo se aguanta eso estando un martes a última hora.
Pues bien, después de dar el Mínimo Común Múltiplo hubo un cambio de clase. Entró la maestra Anne, y luego vino lo que todos esperábamos. Una hora después llegó el maestro Ignacio, el de historia. Todos estábamos nerviosos, hoy iba a formar los equipos para hacer el trabajo en grupo sobre el titán. El maestro siempre ponía un trabajo en grupo cada trimestre, y contaba un 50% de la nota total. Ponía a todo el mundo la misma nota, así que quejarse de que un miembro del grupo no trabaje no sirve para nada. Si soy sincero, estos trabajos eran un auténtico aburrimiento, porque el profesor quería que no lo buscáramos en Wikipedia, por lo tanto, pedía un vídeo en el que saliéramos haciendo el trabajo buscando la información en libros. Por lo visto, «tenemos que saber buscar la información en cualquier lugar». El resultado final debería ser un tríptico explicativo del titán griego en cuestión.
El profesor dejó su iPad sobre la mesa, lo abrió y entró en la aplicación donde lo tenía todo apuntado.
—Bueno, chicos, como os dije la semana pasada hoy vamos a comenzar el trabajo del titán de la mitología griega. Yo solo voy a hacer los grupos, luego tenéis que organizaros vosotros. Lo que pido ya lo sabéis y que sepáis que tenéis hasta la semana que viene de fecha límite. ¿Todo entendido? Vale, pues los primero son: Álvaro, Pablo y Verónica, y os toca Epimeteo.
—Jooo…—respondió educadamente la última de los tres.
—Sebastián, Marta y Maikel; Rea —dijo el profesor.
—Buffff…—dijo Sebas.
Entonces llegamos nosotros.
—Evelyn, Nico y Frank; tenéis a Océano.
—¿Y ese tío es importante? —preguntó Nico.
—Oh, sí. Es el predecesor de Poseidón —le contesté.
—¡Vamoosss…! —A Nico se le escapó y la clase se partió de risa—. Perdón.
—¡Silencio! —exclamó el profesor, pero a él también se le escaparon risas—. Vamos a seguir con los grupos: Luis, Peña y Juan; el poderoso Crono.
Lo demás ya no interesa. El maestro Ignacio siguió haciendo grupos de tres. Analicemos el mío: por un lado, el cinco lo tenemos asegurado, porque Nico y yo nos encargaremos de buscar información. Pero eso no basta, porque el maestro valora mucho la presentación, y ahí está la parte que puede hacer Evelyn; ella se encargaría de la presentación (con nuestra supervisión, claro). A la salida del instituto me paré a hablar un momento con Nico y Evelyn.
—Mañana quedamos en la biblioteca a las cinco de la tarde para buscar información, ¿vale? —pregunté.
—Vale —respondió Nico.
—Ok —contestó Evelyn.
—Será mañana, pues —entonces los tres nos fuimos a nuestras casas.
Así fue como empezó todo en realidad; con un trabajo que jamás llegaríamos a realizar.
Ya era 19 de noviembre por la tarde. Era hora de ir a la biblioteca. Llevaba el móvil preparado para grabar el vídeo y hojas de papel para apuntar datos y apuntes.
—Hasta luego, papá —le dije.
Mi padre era profesor de Historia en un instituto cercano. En cuanto a personalidad, era más alegre que otra cosa. A veces era divertido, otras lo intentaba con poco éxito. También era muy susceptible, sobre todo cuando está nervioso. Entonces es una bomba con patas, si dices algo te puede pegar una buena torta. No le gusta que estén cerca de él, le gusta tener su espacio. Si está haciendo algo como cocinar, uno no puede estar en la misma habitación que él, es peligroso hacerlo. Pasa mucho tiempo solo haciendo cosas con sus aparatos. Algo cierto sobre él es que parece estar en su propio mundo, a veces tu realidad y la de él pueden ser completamente diferentes. Me acusa a menudo de no decir la verdad, y a mí me entran ganas de estrangularlo. Pero bueno, qué se le va a hacer.
—¿Adónde vas? —me preguntó.
—A la biblioteca, ya te lo he dicho mil veces.
—Perdona, pero tú no me has dicho nada.—¿Ves lo que te digo?
Odio esta faceta de mi padre. Parece sordo, porque por lo visto nunca se entera de lo que le digo. Lo más triste es que eso refleja perfectamente a la sociedad moderna. Con todas las movilizaciones y protestas, advertencias y recomendaciones, gritos y reclamos, hay personas importantes como algunos políticos o empresariosque nunca se enteran de lo que pide la humanidad, haciendo lo que más les conviene. Estos «oídos sordos» se están cargando el planeta, y siguen sin enterarse. Qué vergüenza.
Volviendo a la conversación:
—Papá, te dije ayer que tenía que ir a la biblioteca con dos compañeros para hacer un trabajo sobre Océano —insistí.
—Es que eres mentiroso—me reprochó—, anda, vete.
—Adiós.—Cerré la puerta y me fui.
Llegué el último a la biblioteca, porque cuando aparecí por la puerta Nico y Evelyn me dijeron que me estaban esperando. Nico ya había sacado unos cuantos libros de mitología griega y Evelyn puso sobre la mesa doscientos botes de purpurina, cada uno de colores diferentes. También había traído cola para pegarla y tres láminas de gomaeva. En fin, Nico se puso a buscar información con Evelyn mientras yo grababa, treinta segundos después paré el vídeo y me puse a buscar información con ellos, pero miré un momento a la enorme estantería.
—¡Mirad! —dije, señalando la estantería.
—¡Shhhhhhh, estamos en una biblioteca! —me regañó una trabajadora.
Entonces me tuve que disculpar.
—Lo siento, señora.
—Bueno, ¿qué es lo que decías?—me dijo Nico.
—¿Veis ese libro tan grande que sobresale?
—Sí.
—¿No es el libro de Luis?
—Veamos.—Evelyn se levantó y fue a coger el libro.
Ya con el libro en las manos, ella volvió, y sin ninguna duda afirmó que era el libro de Luis.
—Pero no puede ser, porque Luis nunca se separa de él —pensó Nico.
—Debe de ser una copia o algo parecido —agregué.
—Venga, Evelyn, ábrelo y a ver qué pone —le incitó Nico.
Evelyn abrió el libro, y nos quedamos con la boca abierta; ¡estaba lleno de ideogramas y símbolos! No podía entenderse nada de nada, únicamente había dibujos de lo que parecían caracteres chinos y otras cosas.
—¡No me lo puedo creer! —gritó Evelyn—. ¡Es esa letra!
—¿Cómo, cómo, cómo, cómo? —se extrañó Nico.
—Verás, mi abuelo, desde que yo era pequeña, sabía una especie de idioma. Cuando tenía tiempo libre, traducía manuscritos escritos en esa lengua. Él decía que era un idioma antiguo que se perdió hace miles de años y que él era una de las pocas personas del mundo que sabía traducirlo. Bien, pues esos ideogramas están escritos en ese idioma. Puedo mandarle unas cuantas fotos de las páginas del libro para que las traduzca.
—Por mí bien, tengo curiosidad.
—Si Frank quiere… —dijo Nico.
—Muy bien, pero os recuerdo que estamos haciendo un trabajo sobre Océano —les recordé.
Seguimos trabajando y grabando hasta las 20:00, y por fin terminamos el trabajo. Al final nos quedó bastante bien, he de reconocerlo, pero no estoy contento del todo.
En cuanto al libro, tengo un montón de curiosidad sobre el tema que obsesiona a Luis. No me considero un entrometido, pero es que esto… Tenía un presentimiento sobre el tema, y no es nada bueno. Habrá que esperar al abuelo de Evelyn.
Capítulo 3:EL LIBRO
FUERON tres días de espera. El día 22 de noviembre, Evelyn nos llamó en el colegio a Nico y a mí. Traía una fotocopia en las manos y el libro que encontramos en la biblioteca. Entonces, Luis alzó la mirada. Al ver exactamente el mismo libro que tenía en sus manos, su cara se descompuso por primera vez y salió corriendo. Volviendo con lo del libro:
—Mi abuelo ha terminado de traducir el primer capítulo del libro. Me ha dicho que es una historia mitológica. Yo todavía no lo he leído, esperaba que lo leyéramos juntos.
Esa fue la introducción de Evelyn.
—¿Y a qué estás esperando? ¡Enséñanoslo! —se impacientó Nico.
—Espera, lo tenemos que leer cuando no haya nadie.
A Nico le salió una pequeña carcajada.
—¿Por qué? —preguntó.
—Para que no nos tomen por frikis —fue la explicación de Evelyn.
—Bah, eso no importa. Los que hayan visto a «La2ªReina del Insti» con nosotros ya se habrán reído mucho —reflexioné.
—Bueno, la cuestión es que ahora no lo vamos a leer.
—Pero…
—¡Riiiiiiinnngggg…! —El timbre de clase zanjó la discusión.
Pasaron todas las clases, los tres estábamos impacientes por ver qué es lo que ocultaban las gruesas páginas de aquel volumen. Ya era la hora de salida y estábamos los tres a punto de desenrollar la fotocopia.
—¿Listos? —preguntó Evelyn.
—¿Pero por qué le das tanto suspense? ¡Como si el mundo dependiera de ese papel! —se quejó Nico.
—Vale, vale, lo abro.—Evelyn desenrolló el papel y lo leímos en voz baja:
«CUENTA la leyenda, que hace miles de lustros, antes de los celtas, griegos o romanos, existió una antigua civilización llamada Daray. Era un pueblo avanzado a su época, a años luz de los egipcios. Como cada cultura, tenían su propia teoría sobre el inicio de los tiempos.
Hace tanto, tanto tiempo que no se ha determinado todavía, un espíritu solitario llamado Vairen (espíritu terrestre en daraico) decidió dedicar su existencia a la creación de un planeta que decidió llamar Hapsur. Dedicó milenios y milenios para crear un planeta con equilibrio entre los recursos y los pobladores, con infinidad de especies animales y vegetales y con un sitio para cada especie.
Transcurridos millones de años, Vairen se encontraba ya sin fuerzas para seguir desarrollando y controlando Hapsur. Decidió crear una especie especial, una que dominaría Hapsur para el resto de la Eternidad: el humano. Para crear al humano, la Madre Tierra se inspiró en un ser que creó hace no mucho, uno de la familia de los primates.
Vairen no estaba segura de que el ser humano fuera capaz de controlar Hapsur completamente, así que buscó y buscó, y al final encontró a los tres humanos más perfectos que había creado. A cada uno le nombró dueño de cada uno de los tres elementos presentes en Hapsur: el cielo, el agua y la tierra. Debían gobernar de un modo justo sus respectivos elementos. Para hacerlo, contaban con tres armas cada uno:
Para el gobernador oceánico, Vairen creó una lanza dorada con incrustaciones de las más preciosas piedras conocidas por la Humanidad. Esta arma controlaría el lecho marino, creando a placer grietas y maremotos, moldeando las zonas abisales a antojo de su poseedor. También obtuvo una armadura compuesta de la aleación de los más duros metales; una armadura tan poderosa como para controlar el agua en su totalidad, pudiendo alterar el curso de las corrientes marinas o generar tsunamis más altos que cualquier edificio jamás construido. Por último: un látigo. Pero no hay que dejarse llevar por la apariencia, porque es el arma más poderosa; con ella el que reine en el mundo marino tendrá el poder de controlar a todas las bestias acuáticas del planeta. Al juntarse todas las armas se crearía el Tridente de los Océanos.
Para la tierra, Vairen dio a su elegido un casco con el que podía controlar a su gusto la temperatura del núcleo de Hapsur, un verdadero peligro si se usa con malas intenciones. Otra era un mazo del que salía un tenebroso resplandor negro, dado que estaba forjado con metales obtenidos de lo más profundo del Infierno. Ese mazo podía modelar el suelo que todos pisamos, podía crear cráteres, más grandes que toda Asia o montañas el tripe de altas que el Aconcagua o el Kilimanjaro. Su última arma era un reluciente escudo de acero forjado; un escudo capaz de gobernar rocas para que se moviesen a su gusto y a animales y plantas para que hiciesen lo que quisieran. Las tres formarían la Guadaña de la Tierra.
Por último, el gobernador del cielo recibió un cuerno con el que podía controlar el clima de cualquier parte del aire. Su segunda arma, un arco y un carcaj lleno de flechas que nunca se acababan. Todo animal con alas que recibiera un flechazo de ese arco haría lo que el arquero ordenara. La última de todas las armas era una espada, una que era capaz de hacer caer meteoritos del cielo y detener el tiempo durante unos instantes. Con ellas harían el Bastón del Cielo.
Cada arma es completamente indestructible, y solo obedecerá al dueño de las tres de su elemento. Cada gobernador de elemento es inmortal, únicamente se le podría matar con un arma creada con la fusión de las tres pertenecientes al gobernador del elemento en cuestión. Como pone anteriormente, las armas solo obedecerán al dueño de las tres de su elemento, y ese dueño únicamente cambiará si se asesina al anterior».
—¿ESO es lo que vicia a Luis? ¿Solo eso? —se extrañó Nico.
—No, eso es solo el primer capítulo. Todavía queda mucho libro por traducir —aclaró Evelyn.
—Me parece una estupidez por la que tirar a la basura tu infancia —opinó Nico.
—A mí también, bueno, ya es hora de irse. Hasta luego, chicos.
—Adiós —nos despedimos Nico y yo a la vez.
—¡Chispas! —dijimos al unísono.
—Bueno, adiós otra vez.—Ahí sí que nos fuimos los tres.
Pasaron unos cuantos días, y lo más extraño era que Luis llevaba sin venir a clasecuatro días. Al volver a mi casa, me quedé con la boca abierta cuando puse las noticias. Entonces, la presentadora dijo:
—Desaparece en Sevilla un adolescente de doce años. El menor se llamaba Luis Arcedo Gómez y vivía solo en un orfanato de la ciudad hispalense. Quédense con su cara. Si alguien le encuentra, que llame al…
Entonces, mi teléfono empezó a sonar y me devolvió la sensibilidad en la mandíbula, así que lo cogí:
—¡¿Te has enterado?! —La voz de Nico salía del teléfono.
—¡Claro que sí!
—Y creo que sé por qué ha sido.
—Cuenta.
—Bien, no vino a clase desde el 23, por lo tanto posiblemente desapareció el 22 a la salida de clase. ¿Recuerdas lo que hicimos el 22 al salir?
—La verdad es que… ¡ah, sí! Leímos eso con Evelyn.
—Exacto. En ese momento salió corriendo, si no me falla la memoria. Bien, creo que detrás de esto hay algo muy oscuro relacionado completamente con el libro. Tendremos que esperar a que el abuelo de Evelyn traduzca la siguiente parte, pero me huele a chamusquina.
—Espera, tengo otra llamada.
—¡¿Te has enterado?! —preguntó Evelyn.
Capítulo 4:LA SEGUNDA PARTE
YA estábamos a sábado. Me acababa de levantar y mi padre me dijo:
—¡Frank, correo para ti!
Yo nunca había recibido correo, y pensaba que ya casi nadie utiliza cartas, pero lo que más me sorprendió fue el remitente: Evelyn. ¿Desde cuándo ella manda cartas? ¿Desde cuándo ella me habla tanto? ¿Desde cuándo sabe dónde vivo? ¿Desde cuándo…?
Al abrir la carta, leí:
CAPÍTULO II: EL ASESINO
«Todo tiene dos partes, un lado bueno y uno malo. Con el gobierno de Hapsur también. Por un lado están los elegidos por Vairen. Ellos son casi en su totalidad buenas personas, pero eso no es por su personalidad, sino por ella. Antes de coronarlos gobernadores y divinizarlos, la Madre Tierra realizó un ritual para extraer los males de cada uno de los tres. Claro que no se pueden sacar todos sus males, porque eso estaría en contra de las cualidades que designó a los humanos la propia Vairen. La cuestión es que extrajo la mayoría del mal de los tres hombres, quedando únicamente la centésima parte de él.
¿Pero qué pasócon el mal eliminado? El mal es como la energía, no se puede destruir. Toda la ira, la venganza y el odio acumulados en esos tres se fue a una persona únicamente. Esa persona recibió el nombre de “Norlak” (asesino en daraico). El único deseo del Norlak en el que dedicaría su vida es destruir a los tres gobernadores. El Norlak siempre tendrá descendencia, una descendencia que recobrará el trabajo de su sucesor. Si uno muere sin tenerla, el título de Norlak pasará a otra persona. La familia de Norlaks solo desaparecerá cuando perezcan los tres gobernadores.
Un Norlak no es una persona normal. Para lograr su sangriento objetivo, un asesino de esta clase cuenta con un poder. El suyo consiste en la capacidad de mover objetos con la mente. Bien, parece un poco extraño, pero se acentúa cuando un Norlak percibe la cercanía de una de las armas mágicas. Pero eso no es lo único con lo que cuenta un Norlak; también tienen una habilidad mucho más común: la perseverancia. Esos malvados cuentan con una perseverancia inhumana. No pueden dejar de perseguir su objetivo hasta conseguirlo. Esas dos cosas hacen del Norlak un formidable enemigo, pero lo peor es que lo tendrás para el resto de tu existencia».
Esa carta me hizo acrecentar mis temores, pero decidí no sacarlos a la luz hasta tener pruebas contundentes.
Capítulo 5:EL MAPA
ERAN las 17:00. A esa hora tenía pensado echarme una laaaaaarrrrga y plácida siesta, pero una videollamada tuvo que retrasar mis planes. La cogí y era Nico el que llamaba, pero también estaba con él la chavala inglesa que no paraba de mandarme cosas.
—¡Hola, Frankie!
—Por favor, no me llames así.
—Vale, pero mira lo que trae ella.—Evelyn tenía el libro en las manos abierto por una de las últimas páginas—.Es interesante.
—Mira—empezó Evelyn—, ¿puedes ver este dibujo?
—Perfectamente.
—Pues resulta que es un mapa —prosiguió Nico.
—Y si lo miras bien podrás ver unos puntos en distintos lugares —dijo Evelyn.
—¡Eh, hay uno en España!
—Efectivamente. Pues mi abuelo lo ha traducido y lo que pone es increíble.
—No te lo vas a creer, pero cada puntito corresponde a cada arma mágica.
—Sí, hombre.
—¡Que sí, que sí!
—Lo mejor es que resulta que uno de esas armas, en concreto la armadura mágica, ¡está en la Catedral de Sevilla!
—Pero eso es mentira, no puede existir.
—Pero no perdemos nada por ir en quince minutos a comprobarlo —afirmó Nico.
—¿Me puedes decir exactamente dónde estaría? Es que la catedral es gigantesca.
—Esa pregunta no se responde aquí, pero Nico tiene una teoría —dijo Evelyn.
—Y esa teoría es…
—Mi teoría es que como la armadura pertenecería al gobernador acuático, solo puede estar en un lugar relacionado con el agua. No estoy seguro de cuál puede ser.
—Entonces estoy de acuerdo, quedamos en la entrada principal de la catedral en quince minutos, pero todavía tengo una duda.
—Dispara.
—¿Por qué habrían repartido los gobernadores sus armas por el mundo?
—Pienso que es para regularse a ellos mismos. Dado que son tan poderosos, el poder podría subírseles a la cabeza, convirtiéndolos en malos líderes. Supongo que si existieran habrían escondido sus armas para solo usarlas en caso de emergencia—reflexionó Evelyn.
—Pues nos vemos en quince minutos.—Apagué el móvil, me despedí y me fui.
Ya estábamos los tres delante del majestuoso monumento del siglo XV, a punto de entrar, hasta que…
—¡El dinero! —exclamé.
—¿Qué? —dijo Nico—. Ah, vale, el dinero. Ya lo habíamos pensado. No pasa nada, hoy es día de puertas abiertas, es gratis.
—Buffff… menos mal.
Entramos en la catedral, y nos pusimos a buscar. Nos pateamos la estructura entera, la Giralda, el Patio de los Naranjos… no encontramos nada. Estábamos ya en la sala principal, cuando algo raro pasó:
—¡Ahhh! —gritó un visitante.
—¿Qué está pasando?
Los tres giramos nuestras cabezas, y no dimos crédito a lo que veíamos: ¡la tumba de Colón se estaba abriendo sola! La tapadera del ataúd que soportaban las cuatro estatuas de hierro se estaba desplazando de su posición. De pronto, una oscura figura cayó del cielo, o mejor dicho, del techo de la catedral. Estaba vestido completamente de negro y tenía la cabeza gacha y los brazos levantados en una extraña posición, como un zombi. Esa persona solo podía ser…
—Luis.—Él se giró y nos miró a la cara.
—Ah, vosotros.
—Sí, somos nosotros, ¿pero quién eres tú? ¿Dónde está ese chaval tímido y reservado? —preguntó Evelyn.
—¿Es que todavía no se ha dado nadie cuenta? —Entonces decidí que era hora de decirlo.
—Claro que sí, Luis, ¿o debería decir Norlak? —Él dejó un momento de mover la tapa del ataúd para aplaudir.
—Bien, por fin alguien se da cuenta. Ese día en el que os vi con el libro supe que tarde o temprano descubriríais mi secreto, así que me escapé y me refugié aquí, en la catedral.
—Eso significa que la armadura está en…
—…la tumba de Colón. Es el único sitio posible. Decidme, si no, qué otro lugar relacionado con el agua hay aquí. Además, fue gracias a esa armadura por lo que se descubrió América. ¿Por qué creéis que llegó en los tres días que le quedaban de plazo para llegar a Las Indias, si no fue por la armadura? Fue el gobernador oceánico el que se compadeció de él y le hizo llegar. Por eso guardó la armadura en su tumba. Pero ahora me pertenece.—Hizo un rápido gesto con la mano, y con un gran estruendo la tapa cayó al suelo. La armadura salió volando de la tumba para posarse en la mano del Norlak.
—Esa armadura te la llevarás por encima de mi cadáver —dije.
—Y del mío —dijo Nico.
—Y del mío también —se unió Evelyn.
—No hace falta pelear. ¿Por qué no dejáis un poco de hueco, chavales?
Me enfadé tanto, que no sé cómo, un garrote salió volando, atravesó la vidriera y paró exactamente en mi mano. Los turistas se fueron corriendo dejándonos solos a nosotros, y Evelyn, Nico y Luis se quedaron mirando mi nueva arma con la boca abierta, pero a mí me daba igual, solo quería arrebatarle la armadura. Nos lanzamos los tres al ataque con un grito de guerra. Evelyn era la más rápida. Se adelantó para pegarle una patada, pero él iba un paso por delante. Con un rápido movimiento de las manos, decenas de naranjas procedentes del Patio de los Naranjos impactaron contra nosotros. Ya harto de Luis, lancé el garrote.
No conseguí hacerle nada, lo paró en el aire y me lo devolvió, pero pude esquivarlo.
Nico, justo después de que le golpeara, saltó sobre Luis y le inmovilizó. El malvado hizo un gesto extraño con las cejas, como cuando uno está estreñido. Pensé que sería por su herida, pero de pronto, se giró y golpeó a Nico en la caja torácica.
Nico gritó y cayó, fulminado.
—¡Nico! ¡Aghhh, te voy a matar! —Y no fui yo quien gritó, sino Evelyn.
Ella saltó y estampó a Luis con una de las impresionantes columnas. Por desgracia, la armadura lo protegió. Evelyn le dio un fuerte puñetazo en la frente, pero no consiguió dejarle inconsciente. Entonces, gritó:
—¡Frank, la barra!
—¡Aquí la tienes! —La lancé y ella la cogió.
Entonces, el Norlak le pegó una patada en la espinilla a Evelyn, y ella cayó al suelo aullando de dolor. Por cierto, que el famoso Lagarto de la Catedral había recibido un impacto y estaba en el suelo, se había roto su cadena. Luis se despidió con un grito: «¡Hasta la vista, pringaos!», y salió elevándose encima de las naranjas atravesando la rota vidriera.
Capítulo 6:ANTES QUE NADA
HAYun montón de temas que tratar ahora mismo, pero antes que nada había que comprobar que Nico respiraba. Ella se encargó y comprobó que no había peligro, que respiraba perfectamente. Parecía que no tenía ninguna costilla rota pese a la brutalidad del golpe. Otro tema. Probablemente solo teníamos dos minutos para trasladar a Nico a un lugar seguro y escapar después, antes de que llegara la policía. Si nos pillaran estaríamos metidos en una buena. Había que pensar rápido, cosa que se nos daba bien a los dos.
—Podemos subirnos a un naranjo con él —decía ella.
—Lo mejor sería correr ahora hasta un rincón apartado de la catedral para intentar que se reponga, y después ya veremos —opinaba yo.
—Un momento. Se me acaba de ocurrir una pedazo de idea. Acércate —me dijo, y me acercó a su oreja para decirme su plan.
—Humm… sí, vale. Es arriesgado, pero funcionará —dije cuando ella terminó.
—¿Vamos, entonces?
—Pero… de verdad crees que… —empecé a decir.
—Sí, pero es que no hay tiempo. ¡Voy a llevar a Nico! Tú, lo que te he dicho.—Ella se fue con él en brazos mientras yo intentaba mover el Lagarto.
El plan consistía en que yo, con la misma habilidad que me dio el garrote, llevara el lagarto a un lugar cercano y escondido. Mientras, Evelyn llevaba a Nico detrás de una de esas tumbas de las que tantas hay en la catedral. Nos esconderíamos detrás de una especie de mesa de mármol que había dentro de una «habitación» detrás de una reja. El plan era que el sonido del lagarto hiciese parecer que estábamos en otro lugar, y los policías fueran. Mientras, nosotros escalaríamos la reja y saldríamos fuera con Nico.
Me esforcé todo lo que pude, tanto que creo que hasta me tiré un pedo, pero no se movió ni un centímetro. No me desesperé. Seguí intentándolo todo lo que pude. Al final, no tuve más posibilidades que intentar moverlo con las manos a la desesperada. Nada. En ese momento llegó Evelyn. Había escondido a Nico detrás de la tumba de un sacerdote bla bla bla…Fue entonces cuando se oyó el sonido que más temíamos, aunque todavía lejano.
Las sirenas de un coche patrulla sonaban, aún en la lejanía, pero se acercaban.
Entonces se produjo la magia. Con desesperación, mis manos volaron por el aire con rápidos movimientos (manos que seguían unidas a mis brazos) que hacían elevarse al lagarto y meterse dentro de distintos lugares hasta que encontré uno que me convenció.
Ambos, ella y yo, escalamos con dificultad una valla que protegía el lugar donde dejamos a Nico y nos escondimos.
En el descenso, los gritos de la policía se escuchaban cada vez más fuerte. Cuando ya habíamos aterrizado, nos escondimos detrás de una especie de mesa de mármol y nos preparamos para la llegada de la policía. Nosotros esperábamos que solo fueran diez, pero el destino nos tenía preparado otra cosa. La cara que se nos quedó cuando veinticinco hombres armados con porras y pistolas entraron por todos lados. Se repartieron por el lugar, cada uno por un sitio.
Decidí hacer ruido con el lagarto cuando había cinco apunto de encontrarnos. Me concentré mucho y pude moverlo suavemente, pero que hiciera suficiente ruido para que pensaran que estábamos huyendo. No salió como me esperaba. Me había imaginado que todos subirían en tromba a por nosotros, sin embargo, solamente siete corrieron hacia el lugar donde tenía escondido el cocodrilo.
—Estamos perdidos —le susurré a Evelyn.
Lo cierto era que nos tenían rodeados, sin ninguna salida posible. Todo había terminado sin aún haber empezado. Nuestra vida tendría un punto y final en ese mismo momento. Todo finalizó cuando uno nos vio y gritó:
—¡Manos en alto y salgan antes de que nos veamos obligados a tomar medidas serias! —Todos los policías nos miraron, algunos con pistolas y otros con porras, pero todos con la misma cara de sorpresa por encontrarse a dos chicos, en vez de a criminales experimentados.
—Tranquilo, está todo controlado.—Ese susurro de Evelyn no me pudo extrañar más.
Ella me guiñó el ojo, y enseguida supe lo que tenía que hacer. Salimos con las manos levantadas, pero con un rápido movimiento de muñeca hice que los policías se centraran en un temblor que venía de lejos. Unos segundos después, el lagarto salía disparado como una bala de la entrada a la Giralda, llevándose consigo a quince agentes. Este a su vez golpeó la reja que teníamos delante, lo que abrió la puerta y tuvimos la oportunidad de escapar. Corrimos como nunca antes habíamos corrido, pero a la mitad de distancia de la puerta se nos tiraron encima cuatro hombres. Ahí sí que lo habíamos perdido todo, a no ser por otra sorpresa que nos deparaba el día. Los policías salieron despedidos por los aires en una especie de onda expansiva, y estos a su vez golpearon a otros dos, y los cuatro que quedaban salieron corriendo a por los otros. Se oyeron débiles palabras desde el otro lado del monumento, que escuchando atentamente oí que decía lo siguiente:
—¿Dónde estoy? ¿Hola? ¿Puede ayudarme alguien? —El emisor de la voz no era otro que Nico, ya recuperado del impacto. Nos habíamos olvidado de él.
Evelyn y yo fuimos corriendo, lo sacamos de donde estaba y en quince segundos ya le había puesto al corriente de todo. Él lo entendió, parece ser. Ahora que no había policías, era hora de huir.
Capítulo 7:LA FUGA
AHORA, nuestra situación era un poco complicada. Lo primero era que habíamos participado en la destrucción de parte de una de las catedrales más importantes del mundo. También habíamos herido a otro menor, delito grave. Por último, el delito de homicidio por intentar hacer lesiones serias a Luis, ese sí que es grave. Por todo eso seguramente podríamos estar en régimen penitenciario toda la vida (no me he leído el Código Penal, ¿vale?). Por lo tanto, creo que antes de reflexionar, habrá que escaparse.
Eso le dije a Evelyn y a Nico, y les pregunté si alguno tenía algún plan. Fue Nico el que tuvo uno:
—El único sitio por el que no nos van a pillar es por la alcantarilla, así que habrá que recorrer un buen tramo para estar seguros de que no nos cogen, después, habrá que dormir en un rincón de algún callejón oscuro (aunque suena muy mal) y no encender los móviles pase lo que pase. Una vez amanecido, recorreremos otro tramo de alcantarilla, cambiaremos un poco nuestro aspecto y nos colaremos en algún vehículo de transporte público. Pondremos rumbo a Portugal y huiremos de la Justicia, como Puigdemont.
—A mí me parece bien—dije—, ¿y a ti, Evelyn?
—No puedo ver otra salida.
—Entonces, es hora de buscar una alcantarilla, ¡seguidme! —Nico salió corriendo hacia el exterior de la catedral y lo seguimos—. ¡Allí! —Señaló hacia adelante y pudimos ver una alcantarilla medio abierta, pero solo había un problema, mejor dicho un gran problema.
—¿¡Cómo vamos a meternos en la alcantarilla habiendo tanta gente!? —exclamé.
Bien, durante lo que llevamos de historia han pasado muchas cosas raras, como la desaparición de Luis o cómo llegó el garrote a mi mano, pero esta las supera a todas con diferencia. Ocurrió justo después de terminar la oración anterior, porque al pronunciar la palabra «gente», una oscura sombra apareció en el cielo. Al fijarme bien, vi que era un dirigible gigantesco. Al mirar a Nico, observé que mi amigo estaba en una posición con los brazos estirados y las palmas extendidas. No cabía duda de que era él el que había provocado la aparición del dirigible.
—¡Vamos, no podré aguantarlo más! ¡Corred a la alcantarilla y ya llegaré yo! —dijo.
Evelyn y yo nos metimos deprisa en la alcantarilla, mientras Nico hacía salir a personas del dirigible para llamar más la atención. Cuando vio que ya estábamos en la alcantarilla, juntó las manos y el dirigible se esfumó en el aire. Salió corriendo cuando la gente todavía estaba en shock, se metió con nosotros y cerró la tapa.
Cuando estábamos ya fuera de peligro, esbocé una pregunta:
—¿Pero cómo has…?
—¡Shhh! Eso déjalo para luego. Ahora, tenemos que centrarnos en nuestro rumbo.
Estábamos en una tubería muy grande, sucia y oscura. Olía a perro muerto y el oxígeno era bastante escaso.
—Vale—dijo Evelyn—, tenemos dos opciones: o ir hacia adelante, en dirección al Guadalquivir, o hacia atrás.
—Una pregunta, ¿la desembocadura de la alcantarilla no será en el río?
—No estoy seguro de ello, pero creo que sí —me contestó Nico.
—Entonces creo que deberíamos ir por el otro lado —fue mi conclusión.
—Por mí bien—aceptó Nico.
—Yo también acepto —dijo Evelyn.
Nos fuimos los tres por la dirección escogida, sin más problemas que una aparatosa caída de Nico a las aguas residuales.
—¡Puag! Voy a estar oliendo a porquería un mes entero.
—Al menos ahora mismo hueles a huevo podrido vomitado por una mofeta. Creo que voy a vomitaaaarrrr.—Los pronósticos de Evelyn se cumplieron cinco minutos más tarde.
—Buffff… ahora quiero que sea primavera para tener taponada la nariz —agregué.
Total, que nos dio la una de la madrugada, hora que considerábamos adecuada para salir a la calle y buscar un callejón para pasar desapercibidos.
—Vale, no soy el experto en moda de aquí, pero creo que para que nadie nos reconozca debemos alterar nuestro aspecto —dijo Nico.
—¡Llevo dos meses dejándome el pelo largo y no quiero cortármelo ahora! —protestó Evelyn.
—No hay pero que valga. Si no queremos que nos reconozcan, será mejor parecer diferentes —le contestó mi amigo, y yo asentí.
—Seré yo el primero en cambiar mi look—dije, y me arranqué una manga.
Me la puse en la frente y me pasé el pelo por debajo, y me cubría hasta la mitad de los ojos. Les pregunté que cómo estaba, y ellos me contestaron al unísono:
—Horrible.
—Perfecto, eso es lo que quería oír.
Después, Nico se mojó el pelo, se hizo un tupé y no se parecía en nada al niño que conocíamos. Evelyn era bastante terca y hubo que conversar mucho con ella para que se hiciera el más mínimo cambio. Al final, se hizo dos coletas que parecían las orejas de un gato y se puso flequillo. Estaba horrible, pero algo es algo. Estos ligeros cambios sumados a la oscuridad de la noche tal vez fueran suficientes para que nadie supiera quiénes éramos.
Era hora de salir a la calle, pero teníamos que hacerlo con mucha discreción. No creo que la gente esté acostumbrada a que salgan adolescentes de una alcantarilla por la noche.
—Nico, ¿puedes hacer eso que hiciste del dirigible?
—Creo que sí, pero solo unos segundos.
—Bien, pues cuando diga tres tienes que hacer algo impresionante para que nos dé tiempo a salir.
—Ok.
—¿Listos los tres?
—Sí.
—Evelyn, tú también tienes que hacer algo. Cuando diga tres tú tienes que abrir la tapa de la alcantarilla, ¿entendido?
—Entendido.
—Pues a la de tres; una dos y… ¡tres! —Evelyn abrió la tapadera y cuando la levantó, un torrente de luz cayó sobre nosotros.
Resulta que Nico había hecho aparecer una figura humana tan fuertemente iluminada por un foco que no se podía distinguir bien. Hubo una décima de segundo en la que, al correr, giré la cara por un momento y pude reconocer quién era esa figura humana. Brad Pitt. Sí, a Nico no se le había ocurrido mejor cosa que hacer aparecer a un actor de Hollywood con focos y una alfombra roja. Al menos sirvió, porque los que allí estaban y lo vieron se pusieron a sacar fotos como cualquier Paparazzi. Cuando pude ver la calle que teníamos a la derecha, me puse contento porque era un callejón pequeño con una perpendicular perfecta para pasar la noche. Me puse en primera posición en la improvisada carrera que estábamos haciendo y llegué, creo que no me vio nadie. Después, en un visto y no visto ya había llegado Evelyn. Mientras tanto, Brad se puso a correr y desapareció en la oscuridad. Se esfumó en el mismo momento en el que Nico llegó a donde estábamos.
—Supongo que ya habrán recogido la basura, porque el contenedor está vacío.
—Entonces no hay nada que temer, mañana hablaremos —dijo Evelyn mientras le salía una lágrima.
—¿Por qué lloras?
—Porque hoy hemos tirado nuestra vida a la basura. Todos nuestros sueños arruinados. No podremos ser nada…—Empezaron a brotarle más lágrimas.
—¡Buueeennooo, bueno! Intenta tranquilizarte y dormirte. Mañana tenemos mucho tiempo para reflexionar y pensar ideas —dije.
Ella se dispuso a hacerle caso e intentó acomodarse. Diez minutos más tarde estábamos fritos los tres. Habíamos vivido el día más complicados de nuestras vidas, creo que debíamos descansar.
Capítulo 8:REFLEXIONES
ERAN las siete de la mañana, y yo ya estaba despierto. Suponiendo que nos hubieran identificado, hoy empezaría nuestra búsqueda. Decidí que debía despertar a mis amigos y hablar sobre nuestra situación. Zarandeé a Nico, que enseguida se incorporó. Evelyn era un hueso un poco más duro de roer. La zarandeamos, le hablamos al oído e incluso le tiramos de los pelos.
—No se despierta —dijo Nico.
—Creo que sé cómo despertarla. ¡Ahí va, se me ha caído el móvil de Evelyn a la alcantarilla!
—¡Mi i-phone! —Mi plan funcionó a la perfección.
—Anda la dormilona —dijo Nico entre carcajadas.
—No tiene gracia.
—Bueno, ahora que estamos todos, es hora de discutir el plan de fuga —dije cuando ella se despertó del todo.
—Bien, a mí se me ha ocurrido que podemos colarnos en el metro de la estación Pablo de Olavide —propuso Nico.
—¿Pero cómo llegamos hasta allí? —preguntó Evelyn.
—Ehhh… ¿ups?
—Pues vaya un plan —dijo ella.
—Yo creo que será mejor esconderse en la casa de algún familiar y que este nos lleve a la estación —dije.
—Hum… me parece bien.
—Yo opino igual que Evelyn.
