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En el camino por el que discurre nuestra vida, asoman evocaciones dulces y amargas, tristes y felices, pero todas ellas forman parte de nuestro particular itinerario, resultando imposible abandonarlas a su suerte en cualquier cuneta del camino ya recorrido... o todavía por recorrer.
En esa vibrante tarea andan enredados los poemas recopilados en este poemario que, como su propio título declara abiertamente, son el retrato descarnado de la personal travesía sentimental de su autor.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
A mis hijos Sara y Alejandro,
luces que alumbran mi travesía sentimental.
El poeta José Molina vuelve por sus fueros y nos ofrece de nuevo una invitación para que lo acompañemos, como copilotos en el asiento vecino, y que con él podamos asistir, codo con codo, a otro viaje emocional y emocionante, como ya hiciera con su anterior Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido (Libros Indie, 2022).
En calidad de espectadores de excepción podremos contemplar los pliegues de su alma y los recovecos de su corazón a la luz de su vibrante palabra poética, en torno a un bien construido ramillete de poemas que tiene algo de la belleza solemne del florilegio de antaño. Molina vive la poesía con toda su alma y es, por tanto, natural que rehúya modas circunstanciales y que apele a los recursos lingüísticos que informan la tradición literaria en la que se ha educado, desde Juan Ramón a Lorca, desde Rosalía a Salinas. No esperemos de él artificios innecesarios ni ornamentos vacuos, ni por supuesto acrobacias circenses de última hora. Su yo lírico se desenvuelve con soltura en composiciones llenas de ritmo y musicalidad, en metáforas —tan ausentes, ¡ay!, de la poesía actual de las nuevas generaciones—, en las figuras retóricas de rigor… En fin, con todos aquellos elementos inherentes al arsenal lírico de los grandes poetas.
Y es que el propio Molina reconoce que no podría escribir de otro modo; que no puede empobrecerse para estar à la page; que aquella legendaria edición de Aguilar de las Obras completas de Federico García Lorca, con pastas de piel y hojas de papel biblia —que atesoraban sus abuelos en la casa familiar de su Granada natal—, no le ha dejado de perseguir y de obsesionar durante toda su intensa «travesía sentimental». ¡Qué se le va a hacer! Hay amores que matan… ¡o que salvan!
Y eso que moverse dentro de los cánones tiene sus complicaciones: hay que habérselas con los grandes maestros cara a cara, y no perder nunca la voz propia. Si Molina no está dispuesto a renunciar a ella para seguir los dictados de la moda, como decíamos antes, tampoco va a asumir de buen talante lo segundo y, de tal modo, abandonar sus hallazgos íntimos y sus códigos particulares para adoptar dócilmente los imperativos docentes de sus mentores espirituales, por muy venerables que sean estos. Y ahí, a mi juicio, es donde radica el valor intrínseco de su apuesta poética: tan suya en su emancipación de los otros y a la vez tan deudora de los grandes, al extremo de que alcanza cotas de clasicismo moderno, en su equilibrio formal, del que distan mucho sus contemporáneos, que en ocasiones están a por uvas…
Por otro lado —y así se ve en su obra narrativa también—, su trabazón sintáctica está jalonada por imágenes vívidas, como si el autor necesitara visualizar cada uno de los rasgos de sus personajes y sus situaciones, cada una de sus cuitas y sus azares hasta en el más mínimo de sus detalles. No en vano, su producción literaria se nutre asimismo de claves cinematográficas, con su multiplicidad de puntos de vista, sus certeros «movimientos de cámara» y su precisa fotogenia de celuloide.
El título de esta nueva entrega, singladura —si le damos el matiz marítimo que a veces comporta el sustantivo—, de la obra de Molina no puede ser más elocuente: Travesía sentimental. Una obra que nos evoca el género de la road movie en un itinerario que supone alguna clase de riesgo y que suele relacionarse con la aventura. Como sabemos, el que inicia una travesía —desde Perceval a Thelma y Louise— se expone a situaciones imprevistas, marcadas por las condiciones climáticas, por los ocasionales e impertinentes compañeros de viaje y por el desconocimiento del terreno, y, como el epíteto nos revela abiertamente, el «terreno» de los sentimientos no puede ser más abrupto y proceloso. Sabemos también que incluso en el lenguaje de la calle (en un sentido simbólico) se dice que la propia vida es una travesía, ya que consiste en un camino oneroso lleno de obstáculos hacia diversas metas, a veces de tipo profesional, amoroso y, en última instancia, siempre existencial, obviamente. Los inspirados versos de Molina van a certificar este aserto con meridiana claridad: poemas de impecable factura que pueden ser llamados de «línea clara», si nos apropiamos alegremente de la gráfica nomenclatura de la historieta franco-belga.
Y si hablamos de música, otra de las grandes pasiones del poeta, no podemos dejar de recordar aquí (por alusiones) el título de la bonita canción Sentimental Journey que la candorosa Doris Day grabara por primera vez en 1944 con Les Brown, autor del tema, y la Band of Renown. El hit, convertido en un estándar, ha tenido versiones de intérpretes como el gran Frank Sinatra, la genial Ella Fitzgerald, The Platters, con su extrema elegancia, la cantante italiana Mina, el ex Beatle Ringo Starr, la malograda Amy Winehouse y hasta el flamante Nobel de Literatura Mr. Bob Dylan. La referencia sería meramente anecdótica, si no fuera porque el estro de José Molina, transido por la nostalgia o el exilio afectivo, siempre bebe de las raíces de lo popular, de lo singular a lo universal, y en el latir de sus versos se pueden rastrear reminiscencias de la melancólica letra de la canción americana. Por otra parte, dado que el lanzamiento de la misma coincide con el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, por lo que se acabaría convirtiendo en el tema no oficial del regreso a casa para muchos veteranos, podríamos aventurar un pertinente paralelismo con este nuevo poemario de Molina, que no deja de ser otro himno también de la vuelta al hogar familiar de la infancia, Arcadia feliz, evanescente territorio de los sueños en los fantasmas personales de un curtido veterano (después de tantos años de ausencia, metralla y fuego); un canto lleno de lirismo y fuerza expresiva, pleno de añoranzas y recuerdos, de amores y desamores «en las noches de noche oscura».
Podemos con propiedad ver en él, a su vez, la segunda parte o secuela (incluso remake, ya puestos, para seguir abundando en la cinefilia) de la anterior entrega, Reverso y anverso. Poemas de largo recorrido.
Como la célebre canción de Doris Day (por cierto, a la sazón explosiva heroína hitchcockiana), el libro del poeta José Molina, en sus acordes precisos de arrebatada desesperanza y/o lo contrario, no puede evitar el aroma evocador de otros tiempos, quizá más heroicos, pero, eso sí, nunca peores.
Gonna take a sentimental journey
Gonna set my heart at ease
Gonna make a sentimental journey
To renew old memories
Eugenio Rivera
Miembro de la Asociación de Críticos y Escritores de Madrid
Desde la cima más alta
de la más alta cima
atisbo mi vida allá a lo lejos,
oculta entre una maleza
densa y brumosa
que apenas se transparenta,
con temor a dejarse ver,
no vaya a ser que alguien crea
que es un fantasma
desarmado de existencia.
A duras penas la veo acercarse
izada en un barco a la deriva
sin velas ni timonel,
capeando tormentas
de amores ardiendo,
tempestades a cielo abierto
que azotan vientos desaforados
de levante o de poniente,
marejadas en aguas salvajes
que no cesan ni amainan.
Al raso de una noche cerrada,
intento ver cómo surca el tiempo,
paso a paso, segundo a segundo,
arrastrando sus pies de barro
que se hunden en el fango,
desandando lo andado,
desviviendo lo vivido,
desamando lo amado,
como si nada fuese lo que es,
ni nada sea lo que fue.
Desde la infinita distancia
entre mi corazón y mi mente,
entre mis olvidos y mis recuerdos,
veo cómo camina con zozobra
por alfombras de rosas rojas
que escupen espinas negras,
dejando un reguero de sangre
allá por donde transita,
heridas que no cicatrizan
con el paso del tiempo.
Sintiendo como la siento
a un suspiro de estar a mi lado,
intento restañar esas heridas
como si mi vida volviera a ser mía
con paños de amor calientes
que calman angustias desangeladas,
con caricias de manos heladas
que alivian destemplanzas,
desconsuelos en llamas
que amenazan con no extinguirse.
Con la razón aún ausente
y toda la vida por delante,
los sueños se apilan a trompicones
sobre algodones de azúcar
y las esperanzas se entrelazan
sin límites que las detengan.
Todo fluye siguiendo la corriente
desde un manantial transparente
salpicando agua a borbotones
para que la vida florezca
a cada paso que da
entre zarzamoras y girasoles.
A lomos de un soplo de viento
vuela a tumba abierta
llevando en sus delicadas alas
su infinita impaciencia,
su tímida inocencia
y sus ilusiones intactas.
Feliz y venturosa infancia,
la que revolotea sin descanso
en columpios de nubes
y se iza en globos de colores
hasta rozar con los dedos
el celeste zaguán del cielo.
En el exilio en el que habito
no hay enigmas que desentrañar
ni rastros de los pensamientos
a los que antes fiaba mi vida
y ahora me abandonan a mi suerte.
Sin que nadie me lo advirtiese,
he sido desterrado a mi pesar
a un limbo en el que nada existe,
ni siquiera yo mismo,
desposeído de identidad y alma.
En ese destierro en tierra de nadie
a veces necesito llorar,
pero se han secado las lágrimas
que regaban mis mejillas
diciéndome que seguía vivo.
Se ha marchitado el llanto
que derramaban mis ojos
dejando a su lánguido paso
estrías áridas y profundas
en las que nada echa raíces.
Ahora que no tengo lágrimas
deberé sollozar por dentro,
aguardando a que alguien sepa
