Tres días de enero - Noelia Hontoria - E-Book

Tres días de enero E-Book

Noelia Hontoria

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Beschreibung

Podría contarte con todo lujo de detalles en qué momento, en qué lugar, qué persona me cambió la vida. Si cierro los ojos, todavía puedo sentir la gélida brisa de aquel enero de 2021, cuando Madrid se congeló. Filomena, lo llamaron los expertos; la suerte de mi vida, lo bauticé yo. Porque mientras mi Barrio de las Letras se ocultaba bajo un manto blanco, me enamoré. No nos importó la distancia, ni que el reloj avanzara en nuestra contra. Fuimos tan egoístas que quisimos tenerlo todo, quizá por eso también lo perdimos. Me llamo Alicia y quiero que conozcas mi historia…

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Seitenzahl: 302

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Epílogo

Título original: Tres días de enero

©️ 2023 Noelia Hontoria

____________________

Diseño de cu­b­ier­ta y fo­to­mon­ta­je: Eva Olaya

Traducción: Xavier Beltran

___________________

1.ª edición: enero 2023

____________________

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mundo:

© 2023: Edi­c­io­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 planta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

____________________

Nin­gu­na parte de esta pu­bli­ca­ción, in­cl­ui­do el diseño de la cu­b­ier­ta, puede ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en manera alguna ni por ningún medio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óptico, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta de la editorial.

Para Carla, Natalia y Óscar, mis tres razones para volver siempre a casa.

1

«Si quieres que te cambie la vida, prueba a enamorarte».

Alicia

Madrid, abril de 2056

Eva es una de esas personas que no aparecen por casualidad en tu vida. Cuando un ángel como ella te toca, ilumina tus días solo con una sonrisa. Todos conocemos a una persona así. Esa es, sí, esa en quien estás pensando ahora mismo. Tal vez la tienes cerca, tal vez la disfrutas a diario. O quizá no. Quizá hace ya algún tiempo que vuestros caminos se separaron pero, de algún modo, su magia sigue a tu lado. Y sabes que siempre lo estará. Sea como sea, esas personas consiguen que tu vida sea un poquito mejor. «Personas talismán», las llamo yo.

El hecho de que Eva sea así de especial la ayuda en el ejercicio de su profesión. Es médica, y su cariño supone un reconfortante abrazo en los momentos en los que sus pacientes más lo necesitan. Además, es mi vecina, la chica que lleva dos años viviendo a unos metros de mi techo y con la que he establecido una especie de acuerdo tácito por el que nos cuidamos mutuamente sin meternos demasiado en la vida de la otra. Podemos pasar semanas sin vernos; y otras, coincidir a diario con cualquier excusa. La siento cerca. Y no me refiero a la distancia que separa su puerta de la mía.

Eva me recuerda bastante a mí, quizá por eso congeniamos tan bien desde el primer momento. No me malinterpretes, yo no soy una vieja senil de esas que se pasan el día molestando a sus vecinos o reclamando atención. Nada más lejos de la realidad. Tengo bastante marcha, como diría Eva o como dirían los nietos que nunca tuve. Si no hago más ruido es porque mis rodillas, las pobres, a veces ya no responden como me gustaría. Cosas de la edad, supongo.

Siempre he sido así, pero tengo que reconocer que también tuve suerte. Nací en un momento en el que la mujer ya podía gritar cuál es el lugar que merece en el mundo. Contar su verdad y ser escuchada. Soñar. Y decidir, sobre todo decidir el camino que desea seguir en la vida, más allá de las imposiciones sociales que tuvieron que soportar las generaciones anteriores.

Nací en plena movida madrileña. Corría el año 1983, el mismo en el que Loquillo sorprendió con El ritmo del garaje y las escuelas de diseño y moda irrumpieron en la capital. Fue precisamente Madrid la ciudad que algunas décadas más tarde se convertiría en mi hogar. Y es que, a pesar de que fueron las aguas que bañan la costa de San Sebastián las que me vieron nacer, encontré mi hogar definitivo muy lejos de allí. Es curiosa la vida: siempre nos conduce de vuelta al lugar al que pertenecemos. Y yo me siento más gata que norteña, más de bravas que de pintxos, más de Leiva que de La Oreja de Van Gogh. No se lo cuentes a mis paisanos, aunque a estas alturas, tal vez, a nadie le importe ya. A fin de cuentas, me he pasado más de la mitad de la vida en el centro de la península. Probablemente en Donostia no quede nadie que me recuerde. Ya no soy esa joven siempre risueña, de pelo castaño y complexión delgada. Mi expresión sigue siendo feliz, pero los años también han pasado por mí. Ahora acumulo más canas de las que me gustaría y mi cuerpo es más redondeado.

Pero no me distraigas, que me haces pensar que desvarío. Como te decía, Eva es un ángel, no solo porque es mi vecina y me trata como si fuera su abuela, sino porque, además, es médica en el Hospital San Carlos. Y de las buenas. Lo sé porque fue ella quien me atendió cuando tuve mi última crisis. Compréndelo, soy fuerte, pero no inmortal. Tampoco pretendo serlo. Sé bien que, en cualquier momento, el más absurdo de los achaques me mandará al otro barrio. No me da miedo. A mi generación, a los que a nuestros felices treinta y tantos nos sorprendió una pandemia, ya no nos asusta cualquier cosa. Aprendimos a sobrevivir, a adaptarnos, que son los enemigos invisibles contra quienes libramos las batallas más difíciles, y que son, precisamente, las que más nos enseñan. Si queremos aprender, claro está.

Pienso en todo esto mientras arrastro los pies en dirección a la puerta principal de mi casa, donde hace apenas unos segundos han sonado dos golpes tímidos pero firmes. Reconozco su forma de llamar. Es una mezcla entre no querer molestar y buscar compañía. Ayer también vino y sé por qué ha vuelto. Es una chiquilla muy curiosa, como yo. Sonrío pensando en que seguro que se ha pasado la noche en vela dándole vueltas a esa historia de la que apenas le he dado un par de pinceladas, pero con la que le brillaban los ojos. No sé por qué le sorprendió tanto saber que su vecina, anciana y solitaria, también compartió un instante de su vida con alguien. ¿Quién no ha vivido una noche por la que merece la pena toda una vida?

Ayer, cuando bajó para recoger un paquete que un mensajero había dejado por la mañana en mi piso a su nombre, comencé a contarle una historia de cuando tenía más o menos su edad y vivía en la misma casa desde la que veo pasar los días. «El Barrio de las Letras nos ha unido», le dije, y en el fondo sé que a las dos nos hace ilusión pensar que llevamos algo así como vidas paralelas. Mismo escenario, distinta época.

Somos totalmente diferentes, pero tenemos mucho en común. Nuestro espejo muestra un doble reflejo: ella ve en mí en lo que se convertirá algún día, mientras que yo observo en ella lo que fui, en un tiempo que ahora no parece tan lejano.

—¡Ya voy! —Trato de alzar mi voz para que mi querida vecina no se vaya antes de que me dé tiempo a llegar a la puerta.

Abro sin mirar, algo que sé que no debería hacer, y encuentro frente a mí a Eva con el rostro serio y el ceño fruncido. Lleva un moño despeinado que la hace más alta y más guapa.

—Alicia, te he dicho mil veces que preguntes antes de abrir. ¿Y si hubiese sido alguien con malas intenciones? Es un barrio tranquilo, pero no te puedes fiar de nadie. Ahí fuera hay mucho mal.

Sonrío. Entre nosotras no hay que guardar las formas. Le pedí hace tiempo que no me hablara de usted y yo, a cambio, puedo escupirle a la cara las verdades que los amigos de su edad no se atreven a decirle. Las dos ganamos.

—Tengo las rodillas gastadas, pero el oído funciona perfectamente. Sé reconocer el ruido que hacen tus nudillos en mi puerta.

Se le escapa una mueca que no me pasa desapercibida.

—Y no me pongas esa cara, que un día te va a dar un aire y te vas a quedar tonta. —La regaño al ver que vuelve a poner los ojos en blanco, un gesto que me pone más nerviosa que el té negro que me trajo de su último viaje a la campiña inglesa.

Levanta las manos en señal de rendición y la invito a pasar, a la vez que le ofrezco una bebida caliente. Sé que está pensando que ya estamos en primavera, pero da por perdida la batalla y simplemente niega con la cabeza. Creo que los ancianos tenemos cierta debilidad por calentar el estómago de quienes queremos, y, aunque yo no me identifique con este grupo de edad, soy muy consciente de que, de vez en cuando, tengo algún ramalazo.

—Te propongo algo mejor. ¿Te apetecen unos churros? Bajamos a la plaza y te invito a una ración.

La miro tratando de imitar un gesto de desconfianza, aunque sé bien cuál será su respuesta.

—¿De verdad quieres pasar la tarde con un vejestorio como yo?

—Vamos, Alicia, sabes de sobra que siempre eres un buen plan. Tú no eres como la del primero. —Se lleva la mano a la sien, y hace un gesto con el dedo índice trazando círculos a la vez que silba. Se refiere a la señora Lola, una octogenaria que no es precisamente amable con los vecinos.

—¡No me compares con esa vieja! Vale, pero solo si me dejas que invite yo esta vez.

—Sabes que no.

Muevo la cabeza en señal de desaprobación, pero sé que es una batalla perdida. Apunto mentalmente preparar un plato de cuchara y subirle un par de táperes. Es otro de nuestros pactos tácitos: ella me invita a merendar de vez en cuando y yo, a cambio, le subo comida cuando me salen demasiados platos. Suele ser a propósito, pero es mi pequeño secreto. A Eva no le gusta cocinar y tampoco se le da bien, todo hay que decirlo.

Llegamos a la plaza de Matute en apenas siete minutos. Habrían sido tres si Eva hubiese ido caminando sola, pero conmigo todo va más despacio. No parece que mi lento caminar le moleste y yo tampoco trato de disculparme por ello. Nos sentamos en una terraza y pedimos una ración de churros para mí y una de porras para ella. Hasta en eso nos complementamos. Para beber, chocolate caliente. Sonrío y me cruzo la rebeca, a pesar de que la tarde de primavera deja caer sobre la plaza unos rayos de sol muy agradables. Ella, en cambio, se sube las mangas de la camiseta y entorna los ojos, como si quisiera que su rostro absorbiera toda la vitamina D posible.

—Bueno, ¿has pensado en lo que te conté ayer? —Rompo el hielo, a sabiendas de que es precisamente de lo que ella quiere hablar.

—Me encantaría conocer tu historia.

—¿Qué tal si, por una vez, hablamos de ti?

—¿De mí? —pregunta sorprendida. Parece que la he pillado desprevenida—. No tengo nada interesante en mi vida.

—Tal vez hasta ahora no; pero, ¿y si miras hacia lo que está por llegar? ¿Qué ves en tu futuro?

Me identifico tanto con esta chica que sé lo fácil que puede ser perder la esperanza y creer a pies juntillas que la vida no es ni la mitad de emocionante de lo que realmente es.

—Alicia, que tengo treinta y seis años, y si se hiciera una película de mi vida, no quedaría ni un espectador despierto. Ni siquiera aguantarían el tráiler. ¿Qué me va a cambiar la vida ya? ¿Otro ascenso? ¿Un nuevo destino? No sé, ¿irme a África a colaborar con una ONG? —Suelta una sonora carcajada y yo dejo durante unos segundos que disfrute de su ignorancia.

—Ay, querida. —Sonrío con calma, saboreando unas palabras que sé que van a impactar directamente en su corazón—. El amor es lo único que puede cambiarte la vida.

2

«A estas alturas de la vida estás para reír, para cantar, para sentir y para bailar.Estás para enamorarte y para descubrir un nuevo amigo. Estás para volver a empezar, para gritar al mundo tu verdad. A estas alturas de la vida estás para todo eso y mucho más».

Madrid, abril de 2056

Eva entorna los ojos y me mira a medio camino entre la curiosidad y la desaprobación. Su expresión es casi risueña y sé que piensa que soy demasiado inocente para mi edad, pero mide sus palabras y trata de no ofenderme en cuanto se da cuenta de que todavía no conoce mi historia.

—¿El amor? Si a estas alturas de mi vida no me he enamorado ya, ten por seguro que eso no es para mí. Se me ha pasado la época de las tonterías.

Siento un fuego subiendo por mi estómago, que se aloja entre mis costillas. Me dan ganas de darle un capirotazo para que espabile. Maldito ser humano, siempre pensando que la vida se termina al cumplir los treinta. No sé en qué momento nos metieron esa absurdez en la cabeza.

—¿Tonterías? ¿Épocas? ¿Pero qué solemne gilipuertez estás diciendo, Eva? La vida no funciona así.

—Ay, Alicia, no me digas que me vas a contar la historia del príncipe azul que viene a salvarte la vida.

—Nadie tiene que salvarte la vida. Pero sí puede hacer que la vivas con otra intensidad. Eso es todo —respondo, casi ofendida.

Se detiene unos segundos a pensar en lo que acabo de decirle y, cuando creo que me va a dar la razón, vuelve a ponerse a la defensiva.

—Ya no tengo veinte años. A estas alturas de la vida ya no…

La interrumpo antes de que me salga una úlcera, y dejo que las palabras se queden flotando en sus labios.

—A estas alturas ya no nada. A estas alturas puedes enamorarte, cambiar de trabajo, irte a otro país o colgarte boca abajo de un puente si eso es lo que deseas. Ahora, y, escúchame bien, también dentro de treinta años. O cuando tengas mi edad. No sé por qué los jóvenes os empecináis en poneros fecha de caducidad para todo, como si fuerais un yogur o un limón podrido en el fondo de la nevera.

Me detengo a tomar aire, pero antes de que pueda darme la réplica, continúo mi alegato ahora que he cogido carrerilla:

—¿Eres un limón podrido, Eva? ¿Es eso?

—No, claro que no.

—Entonces no te vuelvas a decir a ti misma que se te ha hecho tarde para algo. Y ahora coge un churro, que se nos enfría la merienda.

Eva coge uno de los que el camarero ha dejado hace apenas unos segundos sobre la mesa y nos quedamos unos minutos en silencio, mientras ella hace aspavientos al quemarse con el chocolate caliente y yo doy buena cuenta de él, más acostumbrada a las bebidas que caen como un río de lava por la garganta. Otra diferencia generacional, supongo.

Cuando está a punto de comerse el penúltimo churro, se detiene. Me mira, curiosa, con esos ojos grandes que tanta vida tienen, incluso más de la que ella misma es capaz de reconocer, y me pregunta:

—¿Me vas a contar ya quién te robó el corazón?

Consulto mi reloj de pulsera, pero se ha quedado sin batería. Anoche olvidé cargarlo. No importa. Aunque es una historia que sé que voy a tardar mucho en contarle, tengo el resto de la vida para hacerlo.

—Tenía más o menos tu edad cuando, en mitad de la peor nevada del siglo XXI, apareció una persona que me hizo entender que los abrazos que más calientan son aquellos en los que te quedarías a vivir para siempre.

3

«Y yo que siempre fui de sur, hoy me muero por tu norte».

Madrid, enero de 2021

El mundo entero recibió el 2021 con esperanza, pero también con miedo. La peor pandemia que recordaba nuestra generación todavía nos acechaba, después de muchos meses de batalla. Las Navidades se celebraron entre restricciones, inseguridades y temores. A aquel año le tocó un papel difícil: había demasiadas ilusiones puestas en él, a pesar de que el escenario en el que le tocaba salir a bailar era peor de lo que habíamos imaginado.

El calendario marcaba el octavo día de enero cuando regresaba a Madrid después de haber pasado unos días en San Sebastián con mi familia. Tenía treinta y siete años, y ya llevaba bastante tiempo viviendo en la capital. Siempre quise ver mundo, y mi ciudad natal se me quedó pequeña. Nada me ataba. Al borde de la treintena, mis amigos tenían su vida encarrilada: matrimonios, hijos… E incluso algunos habían emigrado.

Sentía que por fin empezaba a coger las riendas de mi vida. A finales de 2020, en plena pandemia y con la insensatez propia de los valientes, cumplí mi sueño de emprender mi propio negocio: una tienda de artículos de viaje. No había hecho más que arrancar, y el panorama económico no podía ser más desolador, pero si algo me estaba enseñando la pandemia era que no había que dejar para mañana lo que podrías haber hecho anteayer.

También me consideraba afortunada en el amor: no me había enamorado de nadie que me hubiese roto el corazón a los dos días. Y eso era de agradecer. En una ciudad llena de gatos que arañan, yo había conseguido mantenerme a salvo de sus uñas. A cambio, seguía soltera, algo que tampoco me importaba lo más mínimo. Siempre he sido muy independiente y jamás he esperado la llegada de un hombre para que mi vida fuese plena. Era feliz en mi soledad escogida.

Como decía, aquel ocho de enero regresaba a Madrid sin saber que en tan solo unas horas iba a vivir un acontecimiento histórico. Y que mi vida también estaba a punto de dar un giro de los que consiguen que todo se ponga del revés.

En el vagón del tren se dibujaba un panorama que ya no resultaba extraño: todos escondidos tras las mascarillas. La quietud predominaba en el ambiente. No había niños, y los adultos parecíamos cansados. Y no se debía al ajetreo de las fiestas; la sombra de un 2020 apocalíptico todavía nos perseguía.

Di un par de cabezadas y después, me entretuve con el móvil. Redes sociales, repaso a la galería de las fotos que había hecho durante las Navidades y algunas noticias de actualidad fueron mi bálsamo para esas horas de tedioso trayecto circulando por alguna parte de la España vaciada.

En realidad, no le estaba prestando especial interés a nada hasta que llegué a una noticia que me llamó poderosamente la atención. Ya había oído algo los días anteriores, en la tele del salón de casa de mis padres, pero no le había hecho demasiado caso, enfocada como estaba en la bandeja de turrones. Aquel artículo, a pesar de parecerme demasiado sensacionalista, logró despertarme de la modorra:

«Madrid a la espera de la gran nevada del siglo», rezaba un titular del diario El País.

Levanté una ceja, escéptica, y busqué otros medios que se hubieran hecho eco de la noticia para contrastar la información.

«Nieva en Madrid: la Comunidad pide moverse lo indispensable ante un temporal que podría hacer historia», explicaban en RTVE.

El resto de titulares eran bastante similares.

«Histórica».

«Gran nevada».

«Jamás vista».

Resoplé. Los medios de comunicación ya no sabían qué hacer para llamar la atención.

Estaba convencida de que todo se quedaría en cuatro copitos de nieve que ni siquiera llegarían a cuajar. Pero lo cierto era que, cuanto más nos acercábamos a Madrid, más blanco se volvía el paisaje. Hice fotos y las subí a mis redes sociales. Hacía tanto que no veía nevar que no podía dejar pasar esa oportunidad, aunque el manto que dejaba la nieve fuera casi transparente.

Me bajé en la estación de Atocha y comprobé que ya había comenzado a nevar, aunque poquito, de una forma contenida y discreta.

Justo en el momento en que salí a la calle recibí una llamada de Fernando, mi mejor amigo.

—Hola, Fer —respondí mientras me colocaba la capucha del abrigo—. Acabo de llegar a Madrid. —Eché a andar, en apenas diez minutos llegaría a mi casa, ubicada en la calle Moratín.

—Alicia, ¿has visto lo de la nevada? ¡Va a ser espectacular!

Puse los ojos en blanco. Otro pobre incauto que se había creído los titulares alarmistas.

—No me puedo creer que sigas cayendo en esas trampas —dije con cierto aire de superioridad. A mí no me la colaban.

—Que sí, que esta vez es cierto. Lo han dicho los meteorólogos. Va a caer una monumental. Ya ha empezado, ¿acaso no lo ves?

Miré al cielo. Era cierto que nevaba un poco. Bajé la vista y comprobé que el toldo del quiosco de la esquina del Paseo del Prado empezaba a cubrirse de blanco. Aun así, no quise dar mi brazo a torcer.

—Son cuatro copitos de nada, Fer. Parará en un rato, ya lo verás. ¿Vienes al centro? —pregunté, tratando de cambiar de tema. Me apetecía verlo, pero estaba demasiado cansada como para ir a Moratalaz, donde él compartía piso con dos estudiantes universitarias.

—Estoy en Toledo, engullendo a dos carrillos los últimos polvorones de casa de mi yaya. Mi padre me iba a acercar a Madrid, pero hasta mañana por la mañana no puede. Y ya sabes que no quiero coger transporte público por el COVID. ¡Espero que consigamos llegar! ¿Sabes que están empezando a cortar carreteras?

—No puedes dejar de exagerar. ¡Me rindo!

Crucé por el paso de peatones y comencé a subir por el Paseo del Prado hacia casa. Esa ruta era un poquito más larga, pero me resultaba mucho menos cansada que subir la cuesta de la calle Atocha o callejear por el barrio.

—Podemos vernos mañana para comer, ¿te apetece?

—¡Mucho!

—¿Voy a tu casa? ¿O seguirá estando allí ese chico inglés?

—Es alemán. Y sí, puedes venir. De hecho, debería de haberse marchado ya. Su alquiler terminaba a las diez de la mañana.

Había aprovechado para alquilar la habitación libre de mi piso mientras yo pasaba fuera las Navidades. Solía hacerlo cada año. Metía todos los objetos de valor en mi habitación y la cerraba con llave para evitar posibles robos. Aunque pedía un documento de identidad al formalizar la reserva, prefería cubrirme en salud. En la puerta principal había instalado una cerradura inteligente, de modo que no tenía que preocuparme de quedar con nadie para darle las llaves y mucho menos de que alguien hiciera una copia y me diera un susto cuando estuviese sola.

Era una forma fácil de conseguir dinero extra. Un piso en el centro de Madrid en período de vacaciones era una golosina. Me pagaban una auténtica barbaridad por unos cuantos días y ni siquiera tenía que verle la cara al inquilino en cuestión. El único requisito que ponía era que llegaran después de haberme ido yo y que se marcharan antes de mi regreso. A esas horas, el alemán, de quien ni siquiera era capaz de recordar su nombre, ya se habría marchado y yo tendría un buen extra de dinero en mi cuenta del banco, para afrontar mejor la cuesta de enero hasta que mi tienda empezara a dar beneficios.

Fer pareció alegrarse de que volviera a disponer de mi piso libremente y enseguida propuso un plan.

—Estupendo. Entonces, mañana hablamos y comemos en tu casa, ¿te parece? —Hizo una breve pausa, en la que casi pude oír cómo salivaba—. ¿Pedimos unas hamburguesas a Pantin Grill?

Acepté, no podía ser de otro modo. Eran unas de sus favoritas de Madrid y quedaban a un tiro de piedra de casa, por lo que llegarían calentitas a pesar de estar a varios grados bajo cero en la calle.

—Claro, con mucha mayonesa de pepinillos.

—Eres la mejor. ¡Hasta mañana!

Sonreí y me despedí de él mandándole un beso, justo cuando mis pies giraron en la plaza de la Platería Martínez, un punto de fuga entre dos calles. A la derecha, la siempre bulliciosa calle Huertas; a la izquierda, la quietísima Moratín, que se había convertido en mi hogar. La cara y la cruz. Tan opuestas y tan cercanas a la vez.

Un minuto después estaba entrando en mi portal. Subí a pie hasta el segundo piso, y al llegar a la puerta de mi casa, esta se abrió sola al detectar mi teléfono móvil.

Solo podía pensar en dejar la maleta tirada en el salón, darme una ducha y pasarme el resto del día en pijama, cuando los ojos miel más bonitos que había visto nunca me saludaron desde el sofá.

4

«Cuidado con las cicatrices. Algunas se curan, pero todas dejan huella».

Madrid, enero de 2021

Nunca antes en mi vida había estado tan al borde del infarto. Él también lo notó, o al menos eso pude juzgar tras ver cómo saltaba como un resorte desde el sofá.

—Lo siento. ¿Te he asustado? —Se apremió a disculparse, consciente del susto de muerte que me había dado. Me tendió la mano a modo de saludo, pero no le devolví el gesto de cortesía. No estaba para fiestas—. Soy Adrien. Me has alquilado la vivienda estas Navidades.

En diez segundos fue capaz de darme toda la información que necesitaba para que los latidos de mi corazón se restablecieran a un ritmo humanamente soportable, cosa que le agradecí en mi interior. Menuda capacidad de síntesis.

Pero eso no fue suficiente para que viera con buenos ojos su presencia en MI sofá, MI salón, MI piso. Creía haber sido bastante clara en cuanto a la condición de que debía abandonar la casa antes de las diez de la mañana, para asegurarme de que ni siquiera nos cruzaríamos. Podía sonar extraño, incluso un poco sociópata, pero eran mis condiciones. Y debía respetarlas. Dios mío, ¿y si se había convertido en un okupa?

Pareció que me leía la mente, porque me respondió a lo que estaba pensando. Un incómodo silencio se adueñó del salón, mientras yo trataba de poner en orden mis ideas y él mantenía una actitud defensiva. Estaba en guardia, como si de un momento a otro alguien fuese a propinarle una patada para echarle al rellano y cerrarle la puerta en las narices. Esa no iba a ser yo, desde luego.

—No es mi intención molestarla. Sé que debería haberme marchado ya, pero han cancelado mi vuelo por la nieve —respondió, señalando hacia la ventana. En el alféizar comenzaba a formarse una discreta capa de color blanco.

—Podrías haberme avisado.

Fui algo seca en mi respuesta, pero no podía negar que una llamada podría habernos ahorrado este incómodo momento.

—Lo he hecho, en vano. Su número estaba fuera de cobertura.

Señaló mi teléfono móvil, que llevaba en la mano, y cuando miré en la lista de mensajes vi hasta cuatro llamadas perdidas del número que tenía guardado como «Alquiler Navidad 2020-2021». Ni un nombre ni un mínimo rastro personal. Los huéspedes para mí solo eran una fuente de ingresos. En cuanto se marchaban, limpiaba la casa a conciencia y eliminaba cualquier registro en mi móvil, como si nunca hubieran pasado por allí.

—Tutéame, por favor. —Fue lo único inteligente que logré decir al darme cuenta de que quien había cometido el error era yo.

Fallo mío, desde luego, aun así, su presencia me seguía incomodando. De una forma diferente a la que hubiese esperado.

Adrien no me incomodaba del modo en que me molestaban las visitas no deseadas, ni mucho menos. Adrien me incomodaba porque su aroma se había adueñado de toda la casa. Su figura se movía como si un reguero de polvo de hadas se quedase suspendido en el aire cada vez que se desplazaba apenas un milímetro. Su sonrisa lo inundaba todo.

Tenía que pararlo. Quería pararlo.

¿Qué era esa brujería? Deseé con todas mis fuerzas que ese hombre saliera de mi casa y de mi vida inmediatamente. Pero no podía echarlo a patadas con el frío que hacía en la calle.

—Lo siento, de nuevo. —Su mirada parecía sincera.

Pensé en que, al menos, aunque fuera un okupa, era un okupa educado.

—No puedo salir de Madrid a causa de la nieve —repitió, proporcionándome algunos segundos de tregua para que empezara a asimilarlo—. Puedo buscar un hotel, pero había pensado que, ya que estoy aquí, mis cosas también están aquí, y no conozco bien la ciudad, tal vez podría quedarme unos días más, hasta que el temporal amaine.

Se percató de mi mirada desconfiada y trató de cambiar mi predisposición con quien todo lo puede, don Dinero:

—Te pagaré el doble por cada noche extra. Por favor.

Pero yo no funcionaba así. A mí no me movía el dinero.

Abandoné la maleta y, casi ignorándolo, fui hasta la cocina para servirme un vaso de agua. Al abrir el grifo, noté un crujido. Las cañerías estaban comenzando a helarse. Nunca había visto nada así. La vida me estaba gastando una broma muy pesada. Él permaneció en silencio a mis espaldas.

—Está bien. Quédate. No es necesario que me pagues más.

—Gracias, de verdad, muchas gracias. No seré una molestia, lo prometo. Me encerraré en la habitación y no saldré más que para ir al baño. —Hablaba atropellado y yo ni siquiera era capaz de asimilar más de tres palabras seguidas. Pero sonaba sincero y eso me hizo bajar la guardia.

Proferí un suspiro que sonó más como un gruñido. Él continuó con su batería de propuestas para hacer menos violenta la situación.

—Dime a qué hora te duchas y yo no ocuparé el baño. También puedo cocinar para ti estos días. No se me da mal.

—Está bien, tranquilo. Seguro que esta tarde pierde fuerza el temporal y mañana podrás irte. Aquí nunca cuaja de verdad. Estamos en Madrid, no en Moscú.

—Ojalá así sea. Lo último que quiero es molestar.

Hice un gesto con la mano para restarle importancia al asunto. Él lo interpretó como que era el momento de dejar de tentar a la suerte y se fue a su habitación para que yo pudiera recuperar la intimidad que me acababan de robar.

Lo último que recuerdo de ese momento fue el fugaz instante en el que su espalda, grande y fuerte, se esfumó al cerrar la puerta de la que se había convertido en su trinchera particular.

Yo me quedé en la cocina, con las manos apoyadas en la encimera, y el recuerdo de esos ojos melosos grabado en la retina.

Me temblaban las piernas. Me temblaba el estómago. Nunca había sentido nada así.

Lo único que sabía, la única verdad a la que podía agarrarme en ese momento, era que, desde el primer instante en que había visto a Adrien, supe que mi primera cicatriz llevaría su nombre.

5

«Que tire la primera piedra quien diga que no es verdad, que no quiere regresar a un momento, a un amor, a una noche de vino y calor, a un paraíso que se le escapó».

Madrid, abril de 2056

Eva no puede apartar los ojos de mí y yo no puedo dejar de narrar mi historia, nuestra historia, esa que tantas veces he repasado en la cabeza. Adrien llegó a mi vida y lo inundó todo. Fue un abrazo cálido en plena tormenta. Fue esa estrella fugaz que, si pestañeamos, ni siquiera la vemos. Fue todo lo que nunca supe que quería; sin embargo, una vez descubierto, ya jamás volví a desear nada tanto como a él.

—Entonces, ¿estás viuda? —pregunta Eva, curiosa y algo atropellada, impaciente por saber más, buscando el punto intermedio entre conocer más y no importunarme. Un equilibrio a veces muy complicado—. Discúlpame, pero siempre he dado por hecho que habías sido soltera toda tu vida. No sé por qué tuve ese prejuicio.

—No tan rápido, señorita —respondo, divertida—. No quieras descubrir el final antes de conocer la historia.

Ella me mira con el rostro sereno, pero emocionado.

—Déjame que lo adivine. —Saca la lengua para concentrarse mejor en su vaticinio—. Os enamorasteis como locos en aquella nevada, os casasteis, aunque los niños nunca llegaron por tu carácter independiente, no querías atarte demasiado a nada que no fuera tu negocio y tu matrimonio. El pobre murió demasiado pronto, tal vez justo antes de que yo me mudase aquí. Por eso fuiste tan amable conmigo desde el primer momento, porque necesitabas esa compañía que tal vez te faltaba. O quizá yo te recordaba a esa hija que nunca tuviste. ¿Me equivoco?

Por su expresión, sé que quiere que le dé la razón. Ella es así. Cabezota, algo tozuda. Como yo. Por eso quiero mantener el misterio un poco más, jugar mi propia partida. Pero, en el fondo, sé que no es por eso. Ha escupido sus cavilaciones con tanta crudeza que algo ha impactado contra mi coraza.

—Las cosas no siempre son tan sencillas, Eva. O al menos no siempre tienen que ser sota, caballo y rey. Blanco o negro. Izquierda o derecha. ¿Todavía no te lo ha enseñado la vida?

—Ya te lo he dicho antes. —Mantiene una sonrisa amable, buscando suavizar el efecto de su comentario anterior. Baja la mirada y, si no fuese porque sé que ella nunca miente, creería que no me está diciendo la verdad—. La vida no me ha puesto en demasiados aprietos.

Aquello me despierta una mezcla entre alivio y miedo. Me alegra de corazón saber que la vida la ha tratado bien hasta ahora. Ojalá todo el mundo pudiera decir lo mismo. Pero también sé, por mi propia experiencia, que ir en pañales no es ninguna ventaja llegados a cierto punto; al contrario, cualquier pequeña sacudida a estas alturas la dejaría tan desconcertada que le costaría más que a cualquier otro reponerse.

Me esfuerzo en desviar la conversación hacia un tema que ella odia y a mí no me interesa: las próximas elecciones autonómicas. Quiero reservar el resto de la historia y prefiero poner sobre la mesa un aburrido debate político entre vecinas que no entienden de escaños, presupuestos o disensos más que lo que la televisión quiere mostrar. Pero era eso o vaciarme por completo de mi historia con Adrien, algo para lo que todavía no estoy preparada.

Treinta minutos después, tras reposar en la terraza sendas tazas de chocolate y los siempre grasientos churros y porras, que por mucho que nos quejemos las dos sabemos que en el fondo nos gustan así, pagamos la cuenta y nos disponemos a completar la última fase de nuestra ceremonial tarde de merienda y paseo.

El Barrio de las Letras deja filtrar entre sus calles los rayos de un sol que todavía no calienta, pero sí alumbra. Tras la algarabía de la Semana Santa, la paz ha regresado a este barrio que, pese a estar en el centro de la capital, rezuma identidad propia y paz. Mucha paz. Un barrio en el que sus residentes todavía se paran a disfrutar de las pequeñas cosas, como el olor de las flores recién cortadas de la floristería El Ángel del Jardín, el buen gusto de la artesanía de La Real Fábrica o los sabores mediterráneos de Pastamascalzone, donde el acento italiano de sus dependientes baila con el recuerdo de su vecino más notorio: Miguel de Cervantes. Todos estos establecimientos han logrado sobrevivir varias décadas en pie, estoicos ante el paso del tiempo y otorgándole al barrio una identidad propia. Quien se pierde entre sus calles, nunca más desea salir de aquí.

El tono mantecoso del sol de abril hace que el paseo con Eva sea más agradable que nunca. Dos generaciones unidas por el gusto por sentirse vivas y disfrutar de las pequeñas cosas que se ocultan en cada esquina, solo perceptibles por aquellos que siguen creyendo en la magia.

No necesitamos preguntarnos adónde queremos ir. Son mis pasos, más experimentados, los que avanzan por las calles del barrio, movidos por el recuerdo de alguno de los grandes literatos de otra época ya muy lejana: Lope de Vega, Quevedo, Góngora… Fueron nuestros vecinos, aunque en un plano temporal distinto. Sus huellas también quedaron en estas calles que hoy hemos tomado prestadas nosotras.

Descendemos unos metros por la calle de las Huertas para girar en la esquina de la calle del León, una de mis preferidas. Saludo con la mano al tendero —todavía me gusta usar esta palabra—, que me sonríe desde detrás de la cristalera de Brown Bear Bakery, cuya esencia ha sabido rescatar el sabor y el aroma de una época en la que las letras le dieron nombre al barrio.