Tres fuegos - María Bohtlingk - E-Book

Tres fuegos E-Book

María Bohtlingk

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Beschreibung

El afortunado lector de estos relatos de María Bohtlingk podrá sentir, a medida que se adentra en ellos, que su protagonista, más allá de sus diversos nombres y máscaras, es siempre la misma: un ángel (dicen que los ángeles no tienen sexo, pero ésta es mujer sin duda, dicen que son celestes, pero ésta es también terrena) que atraviesa volando los cielos de la niñez para luego aprender a saltar, caminar y a veces arrastrarse con las alas plegadas a través del escabroso terreno del trabajo, la pareja, la maternidad, intentando recuperar el vértigo del vuelo perdido en las permanentes mudanzas de país o en los vapores del alcohol; y que elevándose y estrellándose una y otra vez, termina reencontrándolo en la ficción, ese escondite donde desde la más temprana infancia aprendemos a guardar todo lo que necesitamos preservar de la destrucción.

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Seitenzahl: 111

Veröffentlichungsjahr: 2024

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María Bohtlingk

Tres fuegos

Cuentos

Baltasara Editora

Bohtlingk, María

Tres fuegos / María Bohtlingk. - 1a ed . - Rosario : Baltasara Editora, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3905-84-1

1. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Diseño Tapa: GJC

Ilustración de tapa:Playa, Florencia Bohtlingk, acrílico y óleo sobre tela. 140 x 160. Foto: Gustavo Lowry.

© María Bohtlingk

© Baltasara Editora – Año 2020

2000 Rosario - Prov. de Santa Fe – República Argentina

Teléfono/Fax: +54 341 4210465

E-mail: [email protected]

www.baltasaraeditora.com

Libro de edición argentina. Impreso en Argentina.

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma y por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Esta obra resultó finalista en la

Convocatoria Editorial 2019 – Cuentos

del sello Baltasara Editora.

Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 4 de octubre de 2019.

A Stephane, Sasha y Alix

“Eran las cinco de la tarde en la sombra de las hamacas abandonadas,

hamacadas por el viento”

Silvina Ocampo

Tres fuegos

El fuego trepaba por las paredes como un dragón. Escupía cenizas hasta el cielo. Las explosiones, los ladridos, tapaban sus gritos. El humo no la dejaba ver. Tosía, ya no salían palabras de su boca. Estaba muda, como en una mala pesadilla. Le ardía la piel. Intentó abrirse camino con los ojos cerrados y los brazos estirados hacia adelante. Alguien la atrapó de la cintura, no pudo ver quién. Pateó hacia todos lados tratando de liberarse. Sintió que la alejaban a la fuerza, que le ponían una tela mojada sobre la cara. La dejaron acostada en el pasto al lado del aljibe. Escuchó a su padre gritar: agua no. Un estruendo. Quiso salvarlos. No pudo.

Esa mañana Elisa madrugó. Domingo Santo era el asado más grande del año. Se despertó con la primera luz que entró por el postigo y salió corriendo a la cocina.

—Eli, siempre con los pies descalzos, el piso todavía está frío. — Marina, la casera, se sacó su poncho de lana y lo puso sobre el camisón de su protegida. Elisa avanzó sin hacer caso hasta el horno de leña y abrió la tapa con el gancho de metal. Trató de agarrar las chispas que salieronvolando. —Dejá eso que te vas a quemar. Vení, mirá lo que te preparé.

Elisa buscó hojas secas entre la leña que guardaban bajo el horno y tiró algunas. Se quedó parada viendo como el fuego las achicharraba, las teñía de marrón, después naranja, hasta que se prendían fuego y desaparecían. Marina, sabiendo que sería un circo sin fin, la sentó, le cortó un pedazo de pan todavía caliente y le puso manteca.

—Acá tenés tu leche calentita. Ponele un poquito de miel que hace bien.

—Prefiero el Nesquik.

—Mirá que se está acabando y tu papá no va a Buenos Aires hasta el mes que viene.

Pensó en su hermano y se puso otra cucharada más.

Devoró su pan y se apuró a hacerse otro antes de que llegara su hermano más grande y se comiera todo.

—¿Empezamos?

Elisa, con la boca todavía llena, la ayudó a sacar las cosas de la mesa de madera gastada por el tiempo, mientras los primeros rayos naranjas del sol abrían su camino entre los robles que a la tarde daban sombra a la casa. Se acomodó el poncho para trabajar mejor. Metió la mano hasta el fondo de la bolsa de arpillera, se llenó bien el puño de harina y la tiró con fuerza sobre la mesa.

—Tenés que espolvorear más liviano,mirá, así. —Las manos ágiles de Marina entraban y salían de la bolsa, con movimientos tan ligeros y rápidos que apenas se veían. Una nevisca fue cubriendo la mesa con una capa fina y lisa. —Sino se pega a la masa y se pone dura.

Hizo un volcán de harina y adentro metió la manteca y los huevos. Amasaba y amasaba con sus brazos gorditos y ágiles. ¿Puedo? preguntó Elisa, mientras robaba masa para hacer animalitos. Marina siguió revoleando harina por la mesa. Elisa se sacudió el pelo y el poncho para sacarse la harina que caía sobre ella. Terminó de hacer el bollo con la yema de los dedos y lo metió en un recipiente de cerámica un poco cachado por el tiempo. Nada de meter los dedos, advirtió Marina, que para levantarse bien primero tiene que descansar. Elisa pellizcó lo último que pudo, antes de que lo tapara con un repasador y lo llevara a la despensa.

Aprovechando que su hermano todavía dormía, comió otro pedazo de pan y se fue hasta el living en puntas de pie porque el piso seguía frío. La frenaron unos susurros. La puerta estaba casi cerrada. Por el agujero de la cerradura vio a su madre, le pareció que lloraba. Su padre tenía los ojos tristes. Las pesadas cortinas que atajaban los chiflones del invierno y el solazo del verano santafecino seguían cerradas. El farol de querosén estaba prendido. La poca luz hacía que la piel de su madre pareciera todavía más transparente, como el papel manteca que usaba Marina. Su pelo dorado parecía más colorado. Mi irlandesa preferida solía llamarla su padre.

—…Harta— dijo la madre.

—Nuestra vida...

—Éramos jóvenes, ahora...

Le costaba descifrar lo que decían. Trató de pegar mejor la oreja contra la puerta.

—¿No ves que se aburre? Y Elisa solo habla con los animales.

El padre dio varias vueltas en redondo, se rascó la cabeza como buscando una solución. Elisa lo vio levantar pedazos del florero blanco y azul. Puso los restos en la mesa y se chupó el dedo.

—Podemos ir más seguido.

—No.

Se quedó escuchando lo que podía con la espalda doblada hacia adelante y las manos en las rodillas. Sus pies estaban helados, temblaba. Su padre acarició una foto que ella no veía, tal vez la de sus padres en su luna de miel en París.

—Me crie acá.

—No me vengas con pavadas. —Elisa quiso entrar a abrazar a su padre, sentado con la cabeza entre las manos. Su mamá lo hacía enojar por cualquier cosa. —Tu hermano puede ayudar.

—¿Ese bueno para nada?

—Las cosas van a terminar mal. Y deja de maltratar a su mujer.

—¿Dónde está Ale?

—Durmiendo.

—Anoche le pedí que madrugue.

Elisa pensó en despertar a su hermano. Dio unos pasos y volvió. Quería entender lo que estaba pasando. Su padre arrugó una pila de papeles y los tiró a la chimenea sobre las cenizas de la noche anterior. Hilos de fuego bailaron en el humo gris.

—Y me llevo a los chicos —sentenció su mamá.

Tres estornudos salieron de golpe de la garganta de Elisa. La mamá se secó las lágrimas. Su padre se paró delante de las ventanas y de un golpe seco abrió las cortinas. Elisa sintió que la luz del amanecer la enceguecía.

—¿Vamos a tomar el desayuno? —propuso su madre como si no hubiera pasado nada.

—Me esperan en la herrería —el padre acarició la cabeza de Elisa.

—Ya lo tomé —Elisa miró a su madre con bronca.

—¿Nadie quiere una taza de té?

Salió al jardín arropándose con el poncho de Marina. No le importó romper con los dedos de sus pies la escarcha sobre el pasto. Arrancó una rama larga y flaca del paraíso que a la tarde daba sombra a la galería. En esta época había perdidosus flores ciruela y sus pelotitas verdes pasaban al color oro. Latigaba al aire de un lado a otro gritando shiú. Sin querer rebanó la cabeza de los rosales que su madre podaba todas las tardes. Los pétalos salieron volando por arriba de su cabeza y fueron cayendo en cámara lenta como paracaidistas.

Sintió como los pétalos rosas, amarillos y blancos se arrugaban bajo sus pies. Llamó a Capitán, Doc y Negrito. Todas las noches los metía en su cama y su madre los sacaba cuando ella se dormía. Los llevó al comedor. Las achiras tupidas asomaban por la ventana, curiosas ante la escena matinal.

—Vení que te sirvo una taza de té —le dijo la madre—. ¿Querés una tostada? Los perros Elisa, están mojados, que no se sienten en la alfombra, ¡y que no suban a las sillas! Bajá de ahí Negrito. Que el tapizado se está poniendo viejo y hasta que tu papá me deje retapizarlas.

Su madre tenía, al lado del plato, una foto en blanco y negro de cuando tendría unos ocho años en la playa con sus padres y sus hermanos. Antes venían seguido. Este año en cambio no aparecieron para Navidad y para su cumpleaños le mandaron un vestido rosa y una muñeca. No tenía idea dónde estaba. Se lo podría regalar a su amiga Érica, la hija del puestero, que le gustaban esas cosas. Agarró las tostadas y se las repartió a sus perros.

—Los perros en la cocina no, Eli, cuántas veces te lo dije. ¡Mirá el lío que hacen! A ver, Antonio, ayudame un poco, llevalos afuera, así puedo freír la carne tranquila— Marina los empujó con la cuchara de madera como si fuera la batuta de un director de orquesta.

Antonio dejó el cuchillo enorme con el que cortaba la carne, se refregó las manos en el pantalón y se los llevó. Marina fue poniendo de a poco la carne en las dos sartenes con una mezcla de aceite y grasa. Revolvía con la cuchara de madera.

—Ya hacen ruidito, ¿puedo echarle yo la azúcar? —preguntó Elisa.

—Un poco menos, no tan de golpe. Ahora mezclá despacito.

—¿Qué es ese ingrediente secreto que le ponés al final?

—Ahhh… te lo voy a decir cuando seas más grande y las hagas sola.

—Mirá si cuando soy grande no me ves más.

—Pero qué cosas andas diciendo, mirá si me voy a ir, que acá nací y acá me entierran.

—No, si me voy yo.

—¿Qué decís? Si no te vas a ir nunca.

Antonio volvió a entrar a la cocina y retomó el cuchillo.

—Los escuché a mis papás.

Elisa agarró una cacerola vieja, la llenó de leche y salió a buscar a los gatos. Los rayos del sol ya estaban a la altura de las aspas del molino. Empezaba a hacer calor. Las palomas se quejaban. Entró al corral para buscar a Zorzal. Le puso el bozal. En el palenque lo acarició un buen rato, le peinó la cola y le pasó el cepillo por el lomo para sacarle la tierra pegada. Primero le puso la matra celeste, después la montura y lo cinchó con toda su fuerza.

—Esperame, me voy a cambiar y vuelvo —le dijo.

Los perros la siguieron hasta su cuarto. Buscó entre la ropa tirada en el piso las bombachas de campo azules heredadas de su hermano. Todavía estaban transpiradas del día anterior. Su madre repetía todas las noches que las dejara sobre la silla para que se secaran. Se puso la remera usada y las alpargatas de tela con suela de paja.

El hermano largó un quejido, algo como: déjame dormir tarada y llevate a esos asquerosos. Los animales aprovecharon para lamerle la cara. ¡Qué asco!, gritó.

—Papá te está buscando.

—Qué me importa.

—Dale, despertate, que tenés que ayudarlo.

—Ni loco.

—¡Dale! —lo sacudió— Papá se va a enojar.

—Dejáme en paz.

—Te odio. ¡Ves que es toda tu culpa!

Para vengarse, abrió las cortinas y le tiró una almohada en la cara. Salió del cuarto corriendo, con cosquillas en la panza, mezcla de valentía y miedo. Su madre le gritó: Los dientes. Se hizo la sorda.

Cómo todavía no la dejaban salir sola a caballo, y estaban todos ocupados con la fiesta, llevó su alazán a tiro hasta la tranquera haciéndose la distraída. Salió al galope, seguida por sus tres mosqueteros, el Basset, último, luchando por seguir el paso, abandonó la carrera al tercer potrero. De Elisa se veía una nube de polvo que se perdía en la llanura del trigo cosechado hace poco. Le gustaba ir al monte de eucaliptus que rodeaba un viejo tanque australiano. Solía ser la pileta de los abuelos cuando eran jóvenes. Buscaba huesos de animales que guardaba en el antiguo vestuario. Puso un cráneo chico (seguramente comadreja) en su bolsillo para dejar en la almohada de su hermano a la noche.

La madre la esperaba en la tranquera:

—¡Elisa! Cuantas veces tengo que decirte que no salgas sola.

—Iba al paso, no pasa nada. ¿Doc llegó bien?

—Lo trajo papá en la camioneta, lo encontró acostado en el camino con la lengua afuera. Apurate que estamos por comer.

Elisa llevó la montura al monturero y manguereó a Zorzal. Lo iba a soltar, pero decidió dejarlo atado al palenque cerca de la casa, para salir apenas comiera las empanadas. Los asados eran eternos, los grandes com