Tres imperios - Alfonso de Sas Prada - E-Book

Tres imperios E-Book

Alfonso de Sas Prada

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Beschreibung

Estamos en julio de 1895, y el levantamiento independentista de los mambises ha puesto en pie de guerra a la colonia española. Adriana Castro, la joven de Camariñas, se encuentra en Cuba en busca de su padre biológico para entender por qué los primeros treinta años de su vida han sido un engaño. Por su parte, Fred, superviviente del naufragio del buque de la Royal Navy HMS Serpent, acaecido en la Costa da Morte gallega en 1890, ignorante de que Adriana ha dado a luz a su hijo, se desposa con Annabella Walrond e inicia un nuevo capítulo de su prometedora carrera naval. Esa relación entre los dos protagonistas principales se desarrolla en un momento histórico decisivo, la última década del siglo XIX, en plena expansión del imperio victoriano, que verá además perecer al imperio español y asistirá al alumbramiento del imperio norteamericano. En las páginas del libro se entrecruzan numerosos personajes históricos y de ficción, y las peripecias vitales de los protagonistas tendrán como consecuencia el despertar de la conciencia de sus verdaderas esencias. ¿Quiénes son en realidad Adriana y Fred?

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Seitenzahl: 902

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Edición eBook: enero, 2025

Tres imperios

© Alfonso de Sas Prada

© Éride ediciones, 2024

Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid

ISBN: 978-84-10051-99-7

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

eBook producido por Vintalis

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Todos los derechos reservados

Tres imperios

2ª Parte deEl Cementerio de los Ingleses

Alfonso de Sas Prada

Es natural de Ourense, y ha sido definido como un trotamundos, porque se ha pasado gran parte de su vida viviendo y viajando por el extranjero, consecuencia inevitable de su trabajo como desarrollador de proyectos internacionales.

Escritor vocacional desde muy temprana edad, abogado de formación, especialista en energía e infraestructuras, aficionado a la música, el cine y los deportes, políglota y ex concursante de televisión, los motores de su vida han sido la curiosidad y el ansia de aprender. Tres imperios es su segunda novela, y tiene en preparación tres libros más.

A mis hijos,

Astrid, Alienor, Alejandro y Santiago

INTRODUCCIÓN. El cementerio de los ingleses

En la noche del 10 de noviembre de 1890, el buque de guerra inglés HMS Serpent encalló en los bajos de Punta Boi, en la ensenada del Trece, en la Costa da Morte gallega, escenario de muchos naufragios que han escrito la leyenda negra de esa zona mítica.

En el siniestro fallecen 172 de los 175 tripulantes, y uno de los tres supervivientes, Frederick Gould, es rescatado y cuidado por la familia Castro, de Xaviña, municipio de Camariñas. Adriana, la hija mayor, pasa al lado de su cama una semana de duermevela, hasta que el herido se recupera lo suficiente como para ser repatriado a Inglaterra. En el momento de la separación forzosa ella le entrega una humilde cadena con su cruz, y él corresponde dándole una brújula heredada de su padre, y le dice «no olvides», a lo que ella responde, «yo, nunca».

La tragedia moviliza a los lugareños, que rescatan 142 cuerpos y los entierran en lo que se conocerá desde entonces como «Cementerio de los Ingleses». La Royal Navy, por su parte, conmovida por la generosidad de los locales, organiza unos meses después un homenaje, que tendrá lugar en el propio camposanto y en Camariñas, con la presencia de Gould y los otros dos supervivientes. En el evento Adriana canta «la canción del cementerio» y se reencuentra con el inglés, pero los anhelos que la repentina separación les suscitó culminan con un encuentro apasionado que tendrá consecuencias unos meses después.

Como Gould debe partir hacia su nuevo destino en Gibraltar, Adriana y él se separan en la madrugada, y las palabras de ella resuenan como un adiós definitivo: «Que la vida te trate bien, inglés».

Pero la vida sigue para todos ellos. Adriana da a luz de forma consecutiva a un niño, Juan Francisco, y a una novela, El hijo de la tormenta, mientras Fred continúa su ascensión en las filas de la Royal Navy, como si la ordalía de su milagrosa supervivencia trajese aparejada la admiración, el respeto y el cariño de los que le conocen.

A los tres años regresa a Plymouth, y entra en contacto, a través de su hermana Susie, con los cerrados círculos de la alta sociedad devoniana, y en uno de los actos en los que participa, como violinista invitado, conoce a Annabella Walrond, una joven aristócrata que queda de inmediato impactada por el marino y por la canción del cementerio de Adriana, que él interpreta y que impresiona a todos los presentes.

Gould es destinado al departamento de telegrafía inalámbrica de la Royal Navy, de reciente creación, y compagina los difíciles primeros meses en su nuevo puesto con la música y con la ensoñación de dos rostros femeninos que se entrecruzan: mientras que el de Annabella se le aparece cada vez más nítido, el de Adriana se va difuminando, y él se ve en la necesidad de tocar su cruz, que todavía lleva al cuello, para recordar que una vez la amó.

La gallega, por su parte, acepta en paz su nueva vida de madre y autora novel, pero sus talentos como escritora y cantante aficionada encuentran ojos y oídos dispuestos a ayudarla a salir de su «rincón de vientos y tormentas», y se anima a mudarse a La Coruña con su hijo.

Sus principales protectores y mentores son Juan Latorre, editor de su novela y del diario La Voz de Galicia, Thomas Guyatt, cónsul de Su Majestad Británica en La Coruña, y Emilia Pardo Bazán, insigne escritora y aristócrata coruñesa.

Con el apoyo de todos ellos la joven acomete una tranquila transición de «nena de Camariñas» a señorita «de» La Coruña, como le dice con retranca su padre, Enrique. Este, viudo y aficionado al aguardiente de yerbas, acaba viviendo solo, con nefastas consecuencias para su salud.

Adriana y Gould continúan con sus vidas, con sus respectivos afanes y conflictos, hasta que una peregrina idea de Guyatt acaba convirtiéndose en un evento majestuoso: un concierto en homenaje a las víctimas de los naufragios británicos en la Costa da Morte, auspiciado por la reina Victoria y sus hijos, a celebrarse en el Royal Albert Hall de Londres, y en el que participarán los dos protagonistas, ella como cantante y él tocando el violín.

Enrique, que ha encontrado el instrumento que Gould perdió en el naufragio, gravemente enfermo en su cama del hospital, le impone dos promesas a su hija antes de que ella viaje a Londres: que le entregue el violín a su dueño, y que no permita que el niño muera sin conocer a su padre.

Ella, que ha mantenido en secreto la paternidad del inglés, aunque la ha descrito en la novela, se reencuentra con él para el concierto, pero ya ambos han emprendido nuevos rumbos y tan solo se ven «como dos buenos amigos». El evento es un triunfo apoteósico, pero a la mañana siguiente Adriana se despierta con un telegrama de su hermano que la avisa de que su padre está a las puertas de la muerte y reemprende un apresurado regreso a La Coruña.

Enrique, in artículo mortis, le hace una confesión descabellada, que la deja en estado de gran turbación, pero que la llevará a tomar una decisión que cambiará su vida: viajar a Cuba, en plena insurrección de los mambises, en la misma fecha en la que Fred se dispone a desposar a Annabella.

Libro I. Adriana

«Los caminos del Señor son infinitos»

(Don Manuel Carrera Fábregas, párroco de Santa María de Xaviña, adaptado de varias citas de la Biblia)

Peralejo, Oriente cubano

13 de julio de 1895

Los dos hombres, sudorosos del camino y fatigados por la cabalgada a lomo de mulas que los había llevado de Bayamo a Veguita en menos de dos horas, solicitaron ver con urgencia al militar al mando de la tropa y fueron llevados a presencia del viejo general. Este, que en diciembre cumpliría sesenta y cuatro años, de los cuales había pasado más de cuarenta en el ejército, los recibió con una mirada escéptica y los pies sumergidos en una palangana. En la tienda lo acompañaban dos edecanes y otro general, mucho más joven, ya acostumbrados a que los descansos del guerrero empezaran por sacarse las botas y refrescarse los pies. «Un soldado de infantería vive y muere sobre sus pies, y más vale que los cuide como debe ser», era su forma de justificar el hábito, por mucho que él caminase nada más que lo justo, lastrado por su edad y su evidente sobrepeso.

—General, lamentamos ser portadores de malas noticias, pero hemos visto un gran contingente rebelde hacia los altos de Peralejo, a unas dos leguas de aquí.

—¿Pueden precisar un poco más? —El joven general se había dirigido a la mesa de campaña sobre la que había unos mapas desplegados.

—Sí señor. Justo antes de la bifurcación que lleva a Bayamo.

—Más o menos… ¿aquí?

Los hombres se adelantaron y se fijaron en el dedo del militar, que apuntaba a un punto específico del mapa.

—Más bien aquí, general, entre la sabana esta y el riachuelo, medio emboscados entre estos árboles.

—¿Están seguros?

—Sí, señor.

—Es sorprendente que no les hayan detenido, ¿no les parece? —intervino el viejo general, que se empezó a secar los pies mientras un edecán le alistaba los calcetines y las botas, impecablemente lustradas.

—Mírenos, excelencia. ¿Dos humildes comerciantes encima de unas mulas? Tuvimos suerte y la protección de la Virgen de Regla.

—Bien, señores. Sigan su camino, y cuando lleguen a Manzanillo más vale que le vayan a rezar a la virgen esa, porque de milagro se han librado del pelotón de fusilamiento que Maceo les reserva a los espías.

* * *

Avisados por la oportuna intervención de los dos hombres, el general Arsenio Martínez Campos y el otro general, Fidel de Santocildes, revisaron sobre la marcha el plan de batalla. Dado que la posición de los insurrectos anticipaba una emboscada, descartaron avanzar en formación compacta, y decidieron abrirse en pinza para enfrentar a los mambises con superioridad táctica y contrarrestar así la inferioridad posicional a la que les obligaba el terreno, en subida continua de Veguitas a Peralejo. No sabían cuántos enemigos los esperaban, pero era de suponer que serían menos que los mil quinientos hombres del contingente español.

Martínez Campos avanzaría al frente de una columna de quinientos efectivos, y Santocildes cargaría desde el norte con los mil restantes, confiados en que su mayor potencia de fuego y su armamento más moderno harían del combate un asunto de poca monta, una escaramuza más de las muchas que se estaban prodigando en el oriente de Cuba, donde los insurrectos parecían más interesados en quemar sembrados que en matar españoles.

Pero el general era un viejo zorro, y los viejos zorros pueden ser derrotados por edad, pero no por astucia. Ya le había tocado pelear en la guerra de los 10 años, entre 1868 y 1878, y su habilidad militar y política acabó logrando que los mambises firmaran la paz de Zanjón, que puso fin a dicha guerra. Esa experiencia le valía ahora para no subestimar la combatividad de las tropas cubanas, y por eso mandó llamar al «moreno» Calderón, un viejo santiaguino, ex esclavo, que ya había sido ojeador del general en aquella campaña, y en cuyo criterio y conocimiento del terreno confiaba ciegamente. Le encomendó hacer una descubierta avanzada hacia el alto en el que se iniciaba la sabana de Peralejo, que tendrían que cruzar en el camino a Bayamo, y reportar de inmediato sobre lo que vieran sus ojos.

Calderón regresó dos horas después e informó de que seguir por el camino sería un suicidio, y recomendó que el contingente se desviase hacia la derecha, donde el terreno estaba más arbolado y tendrían mejor protección frente a los fusiles del enemigo. El general estuvo en parte de acuerdo, pero ordenó a Santocildes desviarse del camino en la aldea de Barrancas, hacia el norte, y avanzar bordeando la sabana en dirección al bosquecillo donde los comerciantes habían situado las tropas de Maceo. Él, por su parte, conduciría su columna hacia el sureste, de forma que en el camino quedase tan solo una compañía de señuelo, sobre la que deberían caer los primeros disparos de los cubanos. Era una apuesta arriesgada, pero si el enemigo aguardaba donde se le suponía, esa era la mejor estrategia.

* * *

A las once dela mañana, cuando el ardiente sol de Cuba se acercaba a su cénit y no había ni una nube para atenuarlo, las balas silbaron sobre la compañía de señuelo y los primeros españoles empezaron a caer. Los demás se dispersaron a ambos lados del camino y se acuclillaron tras cada seto, piedra y tocón de árbol que encontraron a mano. En la quietud del campo el restallar de disparos se oía a kilómetros, y Martínez Campos supo que había llegado el momento de cargar. Lo mismo entendió Santocildes, y ambos, cada uno desde su posición, ordenaron a sus respectivas caballerías avanzar hacia el enclave de los rebeldes.

La maniobra trastocó el plan inicial de Maceo, pero se recuperó con prontitud y ordenó a su caballería, un batallón de ochocientos hombres intrépidos, que se preparasen para enfrentar a los jinetes españoles machete en mano.

La infantería de Santocildes, que había esperado el momento de atacar agazapada en el lindero de la sabana, se adelantó hacia el flanco derecho de los cubanos, y, sin esperar a tener blancos fiables, descargó una lluvia de balas sobre el bosque en el que se refugiaba el enemigo. Mientras la granizada de fuego levantaba astillas en los árboles, la infantería de Martínez Campos hizo lo propio desde el flanco izquierdo.

Maceo, que se protegió lo mejor que pudo en una vieja edificación semiderruida en medio del bosquecillo, hizo retroceder cien metros a sus hombres, confiando en que los mosquetones españoles gastaran sus balas en la descarga ciega. Una vez que esta cesó, el comandante cubano, llamado por sus hombres «el Titán de Bronce», ordenó a sus tropas atacar en descubierta, un batallón en cada flanco, para aprovechar la pausa de carga de las tropas españolas. La acometida fue valiente, pero Martínez Campos ordenó rodilla en tierra, y sus fusileros aguardaron a los jinetes mambises con el percutor listo. La descarga fue mortífera y los hombres de Maceo cayeron por docenas. Viendo fallido el intento, los cubanos dieron la orden de retirada hacia el bosque y aguardaron una mejor ocasión.

El general Santocildes no tuvo tanta suerte. A la vanguardia de su caballería, sable en mano, una bala le perforó el tórax y le hizo caer del caballo rodando sobre la yerba reseca. Rápidamente sus ayudantes y varios soldados se precipitaron para asistirle, pero el militar se irguió y volvió a levantar su sable ordenando que la carga no se detuviera. Le acercaron el caballo y, resistiéndose a los insistentes intentos de sus hombres de que buscase refugio para atender sus heridas, el bravo soldado, que había sido promovido al generalato apenas unos meses antes, ignorante de la sangre que le manaba del pecho, retomó la carga con el impulso de la desesperación, pero sin las debidas precauciones. Nítidamente visible en el páramo de la sabana, y negándose a galopar parapetado tras otros jinetes, una segunda bala le reventó el cráneo y lo propulsó de la silla hacia atrás, muerto al instante.

La columna se frenó en seco, sobrecogida por la visión trágica de su general caído. Unos metros más adelante, su ayudante, el teniente Sotomayor, exhaló también su último estertor en brazos de un soldado, musitando: «Le he fallado».

* * *

La batalla siguió su curso a lo largo de la tarde. A cada nueva oleada de los mambises las tropas españolas seguían descerrajando sus fusiles, viendo como la marea de insurrectos parecía no tener fin, y Martínez Campos empezó a temer que la cifra de ochocientos hombres había sido criminalmente errada.

La acción había empezado a las diez de la mañana, y eran las siete de la noche y el enemigo aún seguía acometiendo con iguales bríos, hasta que al llegar al río Mabay parecieron convencerse de lo inútiles que resultaban sus esfuerzos, y viendo que se les venía la noche encima y que nada habían logrado, desistieron dejando libre el paso por el camino de Bayamo.

El general, que había visto que las municiones se le iban acabando a la tropa, mandó al jefe de guerrilla Lolo Benítez con diez de sus guerrilleros a Bayamo para que le mandasen refuerzos.

Una vez a la orilla del río, y viéndose tranquilo, dio orden a la fuerza para que por secciones y en el mayor orden fueran entrando en el río a beber, que bien lo necesitaban, pues desde el amanecer no habían podido hacerlo.

Los que de lejos oían las descargas dicen que eran tantas y tan repetidas, que desde un principio apenas pasó un intervalo de cinco minutos sin dejar de oírlas, tan iguales y uniformes, que más bien parecían disparos de artillería.

Una vez saciada la sed de todos, siguieron camino de Bayamo, en donde entraron a las nueve de la noche.

Esta era una parte de la crónica que sobre la batalla publicó el diario madrileño La Iberia el 8 de agosto siguiente, antes de destacar con encendidos elogios la persona de Martínez Campos y su gran éxito militar, y en la que también se incluía un breve relato sobre el heroísmo del general Santocildes en su última carga. En España la batalla se celebró como una gran victoria, pero nadie en la madre patria alcanzó a leer la nota que le llegó al New York Times desde el cuartel general de los insurrectos en Tampa, en la que se proclamaba otra cosa muy diferente:

Así comenzó el combate con la iniciativa a favor de las tropas hispanas. Pero Maceo maniobró con la infantería, esta última mandada por el General Quintín Banderas, y paralizó el avance de los ibéricos, mientras ordenó a la caballería ejecutar las legendarias cargas al machete en la Sabana de Peralejo.

La tropa insurrecta tuvo más de cien bajas y las hispanas alrededor de mil, entre muertos y heridos, incluyendo entre los primeros al General Fidel Alonso de Santocildes.

Los hijos del General Martínez Campos, quienes eran oficiales, a riesgo de sus vidas y las de sus soldados para salvar al padre de morir o caer prisionero, lo acostaron en la tierra sobre una manta con la cual lo arrastraron hasta ponerlo a salvo de las cargas al machete y los ataques de la infantería criolla.

En la ciudad de Bayamo permaneció varios días cercado por Maceo y solo salió de la zona cuando recibió un fuerte refuerzo. La Batalla de Peralejo fue una derrota militar y política, y a su vez demostró que en la contienda organizada por el Apóstol de la independencia las tácticas divisionistas y conciliatorias para repetir un nuevo Pacto de Zanjón eran imposibles.

* * *

Esta diferente apreciación entre lo que se creía, o se quería creer, en la metrópoli, y lo que los insurrectos proclamaban en los seguros reductos del territorio norteamericano en los que operaban, marcó el tono de los primeros tiempos del conflicto. Había suficientes antecedentes históricos de que la isla estaba en el punto de mira de los yankis y de que los cubanos querían su independencia, pero nadie en Madrid, ya fuesen los conservadores de Cánovas del Castillo o los liberales de Práxedes Mateo Sagasta, se atrevía a pensar que algún día Cuba pudiera dejar de ser parte del imperio español.

La batalla de Peralejo fue la primera gran escaramuza de la «guerra de Cuba», incluso antes de ser bautizada con ese nombre. Este era el estado de cosas en la isla, el mismo que tanto Emilia Pardo Bazán como Juan Fernández Latorre habían tratado de explicar a Adriana Castro, para disuadirla, antes de que se subiera al vapor Euskaro el 20 de julio, siete días exactos después del sangriento incidente.

La mujer de Camariñas no habría cambiado sus planes fueran cuales fueran los argumentos de la razón, porque la decisión de viajar a Cuba no había sido tomada con el cerebro, sino con el corazón, y aunque Adriana no había leído los Pensamientos de Blaise Pascal, su corazón tenía razones que la razón ignoraba, y esas razones eran demasiado apremiantes como para ignorarlas.

1. La Habana, agosto de 1895

Calor, humedad, mal olor, suciedad, abigarramiento de personas, objetos y sensaciones. Gentes de piel blanca, negra y marrón en diversas tonalidades. Muchedumbre. Agobio. Malestar.

Esta no era la ciudad con la que Adriana había soñado durante gran parte de su vida, limpia, aséptica, incolora, inodora e insípida, idealizada por la confluencia de sus anhelos y las imágenes grabadas en las páginas de las revistas La Ilustración Española y Americana o el Blanco y Negro, que leía de pascuas a ramos cuando algún ejemplar caía en sus manos. El nuevo mundo en el que Adriana Castro estaba desembarcando, a las tres de la tarde del jueves 1 de agosto de 1895, no tenía nada que ver con aquello, y la sensación que la abrumó fue la de haber cometido el mayor error de su vida.

Durante los trece días que había durado la travesía, Adriana tuvo tiempo de sobra para darle todas las vueltas posibles a su decisión. Aunque motivada por un impulso inmediato, por una reacción visceral a la revelación de su padre, la había ratificado tras muchos pensamientos y conversaciones con todos aquellos que la querían bien y se preocupaban por su bienestar, y no había dudado ni un momento de que era la decisión correcta. Ahora, mientras bajaba por la pasarela del Euskaro, el vapor de línea que la había traído desde La Coruña, las ropas empapadas del pegajoso sudor del trópico, sus piernas flaquearon y ya no se sintió segura de nada.

Por suerte para ella, su ángel de la guarda, Juan Fernández Latorre, el fundador, editor y director de La Voz de Galicia, propietario asimismo de Latorre y Martínez Editores, la casa que había publicado la primera novela de Adriana, El hijo de la tormenta, se había asegurado de que estuviera esperándola en el muelle una persona de su máxima confianza, Ernesto López Vilas, distribuidor de la editorial en Cuba. Este, un hombre en los tempranos cincuenta, de aspecto afable y erudito, vestido con el típico terno colonial en tonos blancos y cremas y un sombrero jipijapa protegiéndolo del sol de agosto, la reconoció en seguida por la somera descripción que le hizo Latorre: «No tiene pérdida. Es la más alta, la más guapa y la más elegante de todas las mujeres que desembarquen del Euskaro. Y además viaja sola».

Esto último era el dato relevante, antes que sus atributos físicos. A falta de más información, y no teniendo Vilas otras pistas que las contenidas en el telegrama de Latorre, le llamó mucho la atención que una mujer tan llamativa viajara sola a la isla caribeña en medio de una sangrienta insurrección independentista contra la metrópoli. Para él era la autora de El hijo de la tormenta, uno más de los títulos que distribuía, pero nada se le había dicho de si su viaje tenía algo que ver con la novela o no. Sus motivos eran suyos propios y ya se los contaría, o no; todo lo que él tenía que hacer era esperarla a pie de muelle y llevarla a su alojamiento, el Hotel Inglaterra, y a partir de ahí ya se vería.

Por eso mismo, tampoco él se podía esperar que ella, más alta, más guapa y más elegante de lo que su cauta imaginación había anticipado, le sonriera como si hubiera visto a su mejor amigo, a su marido o a su padre en vez de a un perfecto desconocido, y a partir de ese momento quedó cautivado por una mujer que no era del todo consciente de que tenía la facultad de provocar en los demás ese mismo efecto, y por lo tanto no tenía forma de saber que eso, y no sus otros talentos de escritora y cantante, iban a ser su mejor salvoconducto para adentrarse en la intrincada realidad de la isla.

* * *

La Coruña, 30 de septiembre de 1864.

Querido Enrique, neniño:

Tenías razón, y la culpa es mía por no hacerte caso. Matías es un sinvergüenza, tal como me has venido diciendo desde hace tiempo, y se ha comportado como tal. Ahora mismo va camino de Cuba, y yo, en vez de estar con él en el barco, viajando hacia una vida mejor, me he quedado apeada en la pensión de mala muerte en la que hemos pasado la última noche juntos, y mi vergüenza no tiene fondo.

Pero no voy a pasarme llorando el resto de mi vida por los errores que he cometido, porque las lágrimas hay que guardarlas para momentos más importantes, o más felices, y hay algo que Matías me ha dicho que es cierto, y que quiero que sepas: «Enrique es un buen hombre, y lo que tú necesitas es un buen hombre, y no un aventurero». Además, me ha dejado el billete del barco, y en la naviera me han dicho que lo podré usar en el próximo, que sale en quince días.

Sé que ahora no estarás de ánimo para perdonarme, y lo entiendo. Por eso mismo voy a esperar esos quince días tu respuesta. Si no llega, que sepas que el 15 de octubre me subiré al barco y me iré a Cuba, sola si hace falta. Regresaré a Camariñas contigo, o no regresaré.

Un gran beso desde el arrepentimiento y la pena.

Meli

* * *

Una de aquellas tardes de travesía, en la que el mar estaba en calma y el sol abrasaba la cubierta, Adriana se encerró en su camarote y decidió empezar a leer los documentos que llevaba consigo, y que serían los que le permitirían defender sus derechos ante su padre de sangre, Matías Dorrego, si es que llegaba a encontrarlo. Era un buen momento para tratar de entender la confusa historia, y esta carta, quizás la más importante de todas, le empezó a dar la pista.

Recordaba la otra, la que el notario de Camariñas le había entregado tras el fallecimiento de Enrique Castro, su padre «de la vida», como decía él, y en especial el párrafo siguiente: «No estoy seguro de que lo que empezó por achares vaya a terminar bien».

Achares era otra forma de designar a los celos, y Adriana, entrenada en hilar el tejido de una trama novelesca, pudo leer entre líneas una historia de triángulo amoroso a la manera humilde, descarnada y primitiva de Camariñas, entre jóvenes con escasa educación y barniz moral de dudosa calidad. En la lejana Costa da Morte, que según un obispo del siglo VI, Braulio de Zaragoza, era un «lugar habitado por gente analfabeta donde no se siente nada salvo los vientos de tormenta», los achares nunca solían terminar bien, porque el control de las pasiones no estaba alimentado por la conciencia suavizadora de las inhibiciones sociales. Había convivido treinta años con Enrique, y sabía que su madre, Amelia, a duras penas lo había podido domar durante el matrimonio. Adriana intuyó que las locuras que Enrique habría podido cometer, si Matías volvía por Camariñas, habrían sido merecedoras de la crónica de sucesos, y una mujer encinta lo último que querría para su hija era un padre ilegítimo pudriéndose en la cárcel.

La sorpresa inicial que le causó a Adriana la revelación había dado paso a la cólera, y esta al sentimiento de liberación que había experimentado al decidir que iba a cumplir la promesa que le había hecho a Enrique, de viajar a Cuba a buscar a su padre de sangre y hacerle pagar por ello. Ahora, templada por varios días de navegación, un insistente mareo, y la contemplación ilimitada del horizonte, Adriana empezaba a verle el costado literario a la trama, y se dio cuenta de que, si bien era una historia interesante, era su propia historia y recién estaba comenzando.

* * *

—¡Señorita Castro, qué gusto conocerla!

—Señor López Vilas, no sabe usted la felicidad que me da verle. La Habana es… diferente a como me la había imaginado.

—Uy, dele usted quince o veinte días y verá cómo aprende a quererla, como nos ha pasado a todos. Y, por cierto, le resultará más fácil llamarme Ernesto.

—Quince o veinte días no es mucho. Ojalá tenga usted razón… Ernesto. Y yo soy Adriana para todo el mundo.

Hechas las presentaciones, el delegado de Latorre le pidió que lo acompañara a su carruaje, aparcado a unos cien metros de la puerta de la terminal, y dio órdenes a un porteador de que recuperase los bultos de la señorita y los llevara de inmediato al Hotel Inglaterra.

—¿Está usted seguro de que lo hará?

—Le va la vida en ello, Adriana. Si no, no cobra.

—De nuevo le digo, ojalá tenga usted razón.

Lo que Adriana no abandonaba ni de día ni de noche era su gran bolso de viaje; en él guardaba sus objetos más valiosos, incluyendo la documentación probatoria de su filiación, y pensó que si perdía la ropa no era tan grave, ya que con certeza le sería mucho más útil cambiar su pesado guardarropa gallego por prendas frescas de lino y algodón confeccionadas en los vivaces tonos claros de la isla, que rechazaban el sol y eran más livianas al porte.

Ernesto era discreto y la observaba con el rabillo del ojo, dejándola que hiciera su inmersión en la ciudad desde la baranda del carruaje, que se deslizaba por las calles abarrotadas tratando de no atropellar a nadie.

—Madre de Dios, pues sí que hay gente en La Habana.

—Estos días más que nunca, Adriana. No paran de llegar soldados, y eso moviliza a las masas. Normalmente es más tranquila.

—Ya que lo menciona, Ernesto, ¿estamos seguros en la ciudad? Quiero decir, la insurrección… ¿está lejos?

—Ya juzgará usted misma. Todo lo que yo le diga es mi punto de vista, pero ya observará usted que si no fuera por el trajín de soldados nadie diría que estamos en guerra.

—Sí, pero… lo que sea, ¿está lejos?

—La guerra, si la hay, aunque yo quizás no la llamaría guerra, es en el Oriente, en las provincias de Camagüey y Santiago de Cuba. Se dice que es por ahí que entraron los líderes insurrectos, Martí, Maceo y Gómez, aunque Martí ya está muerto.

Adriana escuchaba al hombre con atención, pero sintiendo que tenía mucho que aprender, si quería escribir con propiedad de aquello que había motivado su entusiasmo inicial ante el viaje: «Me gustaría escribir sobre esa verdad, Juan, no la oficial, sino la otra, la palpitante e interesante de lo que está pasando allí». Si de verdad quería que esa asignación fuera algo más que un capricho pasajero y frívolo, invocado al hilo del momento, tendría que aprender todo lo necesario sobre la Cuba de 1895, y, sobre todo, cómo iba a afectar ese presente al futuro de la isla y al suyo propio.

* * *

El Hotel Inglaterra era un establecimiento prestigioso, el segundo o tercero que se abrió en La Habana, y databa de 1874, según le explicó Ernesto. Era un elegante edificio de tres plantas, con una fachada neoclásica estucada en blanco y nueve balcones por planta, cuyas barandas de hierro fundido, pintadas también de blanco, le daban una grácil apariencia. No era tan lujoso como el Bailey’s de Londres, pero era sin duda mejor que el Hotel Suizo, de Santiago de Compostela, los únicos que Adriana conocía, y al primer golpe de vista le gustó.

Era de lamentar que no dispusiera de electricidad, porque ese era un lujo que en la Cuba de finales de siglo solo se utilizaba para el alumbrado público, y aun así en unas pocas ciudades nada más. La Habana seguía dependiendo de las lámparas de gas en los edificios, y a ese respecto Adriana no notó mucha diferencia con La Coruña o incluso con Camariñas; sin embargo, al entrar en el hotel el golpe de calor fue insoportable y Adriana sintió un ligero vahído. Acostumbrada a la brisa permanente a bordo del barco, encontrarse de pronto en el interior de un edificio sin que apenas corriese una brizna de aire hizo que se sintiera a punto del ahogo.

—¡Miss Adriana!

Una voz familiar resonó a su espalda, pronunciando su nombre en un perfecto inglés. Ella se volvió y vio la incisiva sonrisa de Robert Watt, un hombre al que había conocido en el barco, y trató de que no se le notase la incomodidad que sentía.

—Míster Watt, el mundo es muy pequeño.

—Realmente no, Adriana, en La Habana solo hay cuatro hoteles y yo soy inglés.

Los dos se rieron de la obviedad mientras Ernesto esperaba en silencio a que la recién llegada completase la hoja de registro del hotel.

—Ernesto, le presento al señor Watt, Robert, un inglés de Liverpool que se dedica al azúcar. —Lo dijo en español, pero Robert lo entendió y asintió—.El señor López Vilas, Ernesto, es el delegado de la editorial para la que trabajo.

Los dos hombres estrecharon sus manos con cortesía, y ninguno de ellos dijo nada mientras Adriana firmaba la hoja de inscripción.

—¿Va a estar mucho tiempo en el hotel? —reiteró Watt.

—El suficiente, espero.

—Excelente. ¿Aceptará cenar conmigo uno de estos días?

—No veo qué mal podría hacerme eso, Robert.

Volvieron a reírse. Ernesto no dejó de observar la evidente familiaridad que había entre ellos, y con impecable lógica lo atribuyó a la travesía en el Euskaro: cualquiera que hubiera cruzado el Atlántico en un barco de pasajeros sabía que las amistades que se hacen a bordo son para siempre, o resultan en algo más, sobre todo si se comprenden en el mismo idioma.

* * *

Embarcarse en julio resultó ser una buena idea, aun cuando Adriana no había pensado en ello cuando adquirió su billete. Los días eran muy largos y navegar hacia el oeste convertía los atardeceres en inacabables puestas de sol; además, la temporada de huracanes y ciclones no solía empezar hasta agosto o septiembre, y tampoco eran de esperar las temibles borrascas del invierno, esas que habían hundido al Serpent, al Trinacria y a tantos otros barcos en las costas de Galicia.

Los dos o tres primeros días Adriana tuvo que cuidarse de un mareo permanente y no le quedaron muchas ganas de pasearse por el barco, lo que por otra parte no era una ocupación demasiado atrayente. El Euskaro era un vapor mediano, de unos cien metros de eslora, más carguero que transatlántico, aunque admitía pasajeros en clase única, una austera segunda que nada tenía que ver con los lujosos camarotes de los grandes barcos de línea.

Pero ella había hecho un cálculo, muy temporal y en extremo voluntarioso: «Cuanto antes viaje a Cuba, antes podré resolver los asuntos que me llevan allí, y antes podré regresar a mi vida en La Coruña. Con suerte, a lo mejor no necesito que Andrés se haga cargo de Juanito».

Latorre no la creyó, o no pensó que fuera posible, pero tampoco la quiso disuadir. Su decisión estaba sólidamente sustentada desde el corazón, y, para una mujer en la que el corazón era inseparable del cerebro, desligar la razón del sentimiento que nutría a esa misma razón era una tarea imposible. Por eso, cualquier consideración sobre la comodidad del viaje Adriana no la tuvo en cuenta, y lo lamentó nada más asomarse a su espartano camarote.

Al cuarto día, aprovechando la agradable temperatura y un estado general mejorado, se atrevió a salir a cubierta y observar el barco con ojos de pasajera. El Euskaro era un buque de acero cuyo casco estaba pintado de negro con una ancha banda amarilla festoneándolo a la altura de la cubierta; parecía sólido y adecuado para la travesía, y comprobó que otros pasajeros estaban disfrutando del momento, igual que ella, sintiendo en la cara la brisa del mar y la tibieza de la mañana. Un rato después se le acercó uno de los oficiales del barco y la saludó ceremonioso:

—Señorita Castro, el capitán Uribe espera que se encuentre mejor, y se pregunta si le hará el honor de acompañarlo a su mesa esta noche, en unión de otros distinguidos pasajeros.

—Dígale al capitán que agradezco su invitación, y con mucho gusto asistiré, aunque dudo que mi compañía vaya a ser muy animada.

Adriana ya había vivido a bordo del Híspalis el ceremonial de la cena del capitán, en la travesía de La Coruña a Londres, y no esperaba tampoco un gran acontecimiento.

Se vistió para la ocasión, acudió al salón comedor de dimensiones modestas donde se habían habilitado dos mesas que acomodaban unos diez comensales cada una. En una de ellas presidía el capitán, y en la otra el primer oficial. Hubiera sido embarazoso organizarlo de otra forma, por cuanto todos los pasajeros eran de la misma clase, y a medida que se sucedían las cenas los invitados se iban turnando y alternando en una mesa y otra, lo que facilitaba que al final del viaje todos se conocieran entre sí.

El capitán Uribe era un hombre corpulento, de unos cincuenta años, barba cerrada y la voz recia del español del norte. Les dio una calurosa bienvenida y procedió a introducir a sus invitados, aunque Adriana no prestó demasiada atención a los nombres. Sí percibió que, del otro lado de la mesa y a su frente, unos penetrantes ojos grises se clavaron en ella sin el menor recato. Ese hecho, y el no menos sorprendente de que ella no apartó la mirada, le facilitó escuchar y retener el del hombre: Robert Watt, de Liverpool.

Pero Watt no sería el único en fijarse en ella; una vez terminadas las presentaciones, otro caballero situado a su derecha no perdió tiempo antes de dirigirle la palabra:

—Señorita Castro, usted no sabe quién soy, pero yo la recuerdo a usted perfectamente.

Adriana le sonrió con educación, tratando de acomodar en su memoria alguna cara o nombre que la permitiera salir del paso.

—Señor…

—García Mariño, Rafael.

—Mucho gusto, señor, y mil disculpas. La fisonomía no es mi fuerte, por desgracia.

—Es lógico, señorita. Cuando una es la que canta, y otro quien escucha, el que escucha es más fácil que recuerde a la cantante que viceversa, sobre todo si es alguien tan notable como usted.

Adriana encontró encantadora la explicación y no pudo evitar una carcajada educada y franca que hizo que el resto de la mesa prestase atención. García Mariño, envalentonado por la risa de Adriana, se creyó en la obligación de presentarla a los demás:

—La señorita Adriana Castro es una reputada cantante de La Coruña y escritora de éxito. Mi esposa Clara y yo tuvimos ocasión de escucharla en un recital que dio en el Sporting Club hace unos meses, y nos encantó su interpretación.

Mientras los demás comensales manifestaban la grata sorpresa que les produjo tal introducción, que daba pie a conversaciones ajenas evitando incidir en las propias, Adriana sintió una oleada de enojo subirle por el cuerpo, pero recordó la sabia frase de su mentora, Emilia Pardo Bazán: «La fama es como el vino, si te bebes una botella de golpe olvidarás hasta quién eres, pero copa a copa es muy divertido». Volvió a sonreír sin decir una palabra, mientras esperaba a que le bajase el acaloramiento, y pensó que, una vez más, era el momento de beberse una sola copa y divertirse con su indeseado protagonismo.

* * *

Ernesto invitó a Adriana a cenar en su domicilio con él y su esposa, pero ella lo agradeció con toda la sinceridad de que fue capaz, y con la misma la rechazó:

—Ernesto, es usted muy gentil, y sin duda estaré muy honrada de visitarles a usted y su esposa en otra ocasión, pero hoy preferiría tratar mis… no sé cómo decirlo sin que suene grosero… mis desarreglos estomacales en la privacidad de mi habitación —cerró la frase con una desmañada sonrisa que Ernesto captó al instante.

—Comprendo… La comida de a bordo, ¿no es cierto?

—La comida, el vaivén, las continuas libaciones en la mesa del capitán…

Adriana no pudo evitar una carcajada fina como las que ella emitía en presencia de Emilia, cuyas risotadas legendarias reclamaban todo el protagonismo.

—Eso me recuerda que tengo que hacerle algunas recomendaciones de índole práctica, si me permite un momento antes de retirarse a su habitación.

Se sentaron en uno de los sillones del vestíbulo, un lugar cercano a unos grandes ventiladores mecánicos accionados por un joven mulato.

—Le escucho. Hay muchas cosas que no sé sobre Cuba.

—Poco a poco, Adriana. No se tomó Zamora en una hora. —El hombre sonrió, comprensivo—. La alimentación lo primero. Es propio de los recién llegados sufrir algunas… descomposturas. Eso se debe al diferente tipo de comida. Le recomiendo que evite las verduras crudas, sobre todo las ensaladas, así como el agua que no esté hervida o embotellada. No sé si usted es muy exquisita en sus gustos, pero si no lo es le será más fácil adaptarse.

—Soy de aldea, Ernesto —se rio de sus propias palabras—. Comemos de casi todo.

—Mejor. ¿Le gusta el picante?

—¿Picante? ¿Como el pimentón?

—Un poco más.

—Espero poder con ello.

—Le recomiendo que pruebe y vea. No tiene que quedar bien con nadie, solo con su intestino. Uy, perdón por la palabra.

—Jajaja. No se preocupe por eso, es una parte del cuerpo como cualquier otra.

—Es cierto... Lo otro es…

—¿Es?

—Perdone mi atrevimiento; he visto la familiaridad con la que trataba usted a ese… inglés.

—¿Le ha parecido… impropia?

—Uy, ¡no! Inesperada, más bien. Pero tengo que prevenirla, los moscones van a acudir a usted como a la miel.

—Empiezo a darme cuenta, Ernesto. Ya me lo anticipó una buena amiga.

—Esta ciudad colonial es bastante menos cosmopolita de lo que nos creemos los que vivimos en ella. Va usted a causar…

—¿Sensación?

—Alguna que otra conmoción, pero imagino que está usted acostumbrada a que la miren.

—¡Ojalá! A eso no se acostumbra uno nunca.

—Bien, Adriana. Esto es suficiente para el día de hoy. Descanse, mañana nos vemos. Este hotel tiene un buen servicio de comidas, es limpio y cómodo; va a estar usted muy a gusto.

No había salido el hombre del hotel cuando llegó a la recepción el porteador del muelle con los bultos de Adriana. Esta verificó que estaba todo y se disponía a darle una propina, cuando Ernesto se adelantó, le pagó y despachó al joven de vuelta al puerto. Se despidieron y ella subió a su habitación ya sin tener que disimular el cansancio y la sensación de ahogo. Durante la conversación no había dejado de abanicarse, y se preguntó cómo iba a poder dormir. Volvió a pensar en Watt, y al hilo de él todos sus afectos fueron desfilando en su cabeza, se preguntó qué estaría haciendo su hijo, y Emilia, y Andrés… y Gould, y Galloway…

Se acostó cuando su cuerpo le recordó que tenía los horarios trastocados, poco después de que el sol se hubiera despeñado tras el horizonte más o menos a las seis y media de la tarde. Acostumbrada a los inacabables crepúsculos de La Coruña, donde el astro nunca se ponía en verano antes de las diez de la noche, y a navegar hacia poniente, el que oscureciera de golpe la descolocó más que el calor, el olor, el ruido, el abigarramiento de la población y los chaparrones tormentosos que no dejaron de caer desde las tres de la tarde.

2. Aclimatación

Fue un fin de semana para olvidar. La primera noche la pasó enroscada en las sábanas, tratando de dormir, mojando su cuerpo para paliar la pegajosa temperatura de la habitación, despertándose a cada rato por cualquier ruido y abrumada por la sensación de fastidio y el remordimiento de haber dejado a su hijo por una incierta aventura que nadie le había exigido ni alentado.

Amaneció muy temprano, cuando a las seis y media en punto la luz del sol se reflejó en el espejo de la habitación y le recordó que las largas, perezosas alboradas de Galicia eran cosa del pasado. Y con la luz del sol empezó el bullicio, lo que le hizo darse cuenta de que no iba a poder seguir durmiendo. Como tampoco tenía hambre, ni idea de lo que quería hacer, se asomó al balcón del segundo piso y a sus pies vio a la ciudad despertar, con los carros y carruajes que empezaban a circular por el gran paseo del Prado, la principal arteria de La Habana. Aunque era la hora más fresca del día y la brisa que soplaba del cercano malecón le traía aromas marinos, no se sintió bien y regresó a la cama.

Tumbada, destapada y dejando que el aire entrara por la ventana y aventase las miasmas de la noche, Adriana volvió su recuerdo a la travesía y a Robert Watt.

Tras la presentación que el buen señor García Mariño había hecho de ella, Adriana se sintió observada por el hombre de los ojos grises que se sentaba a su frente, y aunque este no habló mucho, el capitán Uribe lo presentó como un caballero de Liverpool que se dedicaba al comercio del azúcar por cuenta de una empresa inglesa. Sin embargo, al levantarse los comensales de la mesa, el hombre no perdió tiempo y se acercó a ella para evitar que sus nuevas amistades coruñesas la acaparasen, y la abordó en un español aceptable:

—¿Es usted cantante y escritora?

—Veo que ha estado usted atento, señor…

—Watt, Robert Watt.

—También soy madre, e hija.—Aunque supuso que podrían seguir conversando en su idioma, Adriana vio una magnífica oportunidad para seguir practicando el de él—. ¿A usted le molestaría si hablamos en inglés?

—¿Habla usted inglés? Eso sí que es una grata novedad. Los españoles… disculpe si la ofendo… no son muy buenos con el inglés. —Watt puntuó la frase con una carcajada aliviadora que trató de suavizar la impertinencia.

—¿De verdad quiere usted que comparemos acentos? Porque tengo algún amigo que ha vivido más de treinta años en España y… en fin… ¡Válgame Dios!—Esto último lo dijo en español, incapaz de encontrarle una traducción expresiva, pero Watt captó la idea de inmediato y se rio complacido.

El resto de la velada lo pasaron asomados a la barandilla de cubierta, haciendo la exploración biográfica pertinente, y Adriana dudó en numerosas ocasiones si revelarle sus conexiones con Inglaterra, porque si bien no era algo de lo que tuviera que avergonzarse, al contrario, un innato sentido del pudor y la discreción la contuvo: «No tienes por qué revelar nada si no te pregunta; nunca se sabe». Como era lógico lo primero que le preguntó Watt era porqué había aprendido a hablar inglés, y ella dudó, porque si la auténtica razón era bastante poderosa, abriría la puerta a más preguntas que no tenía ganas de responder. Sin querer mentir, se le ocurrió una respuesta a medio camino: «Tuve que viajar a Londres por necesidades de mi trabajo literario y musical».

Watt entendió que era suficiente para la primera noche y no quiso indagar más. Transmitía la impresión de un hombre seguro de sí mismo, viajado y desinhibido, no parecía mucho mayor que ella, pero había algo en la contención de Adriana que creaba una barrera invisible y sutil, suficiente para un primer encuentro, y él razonó que les quedaban varios días por delante y ya tendría otras ocasiones de profundizar en su conocimiento. La escoltó hasta el camarote y antes de despedirse le hizo una última pregunta:

—¿La espera alguien en La Habana?

—¡Espero que sí! Si no me voy a sentir muy desamparada. Que descanse usted bien… Robert.

* * *

El buffet del desayuno tenía un aspecto estupendo, Adriana contempló maravillada las bandejas llenas de viandas exóticas que nunca había visto antes, sobre todo las frutas, y se sirvió un gran plato con porciones de varias de ellas. Le llamó la atención una en especial: de color amarillo y con forma de estrella de cinco puntas; le preguntó al camarero cómo se llamaba, y este le respondió«carambola», lo que le pareció un nombre curioso e inesperado. El hombre la informó de los nombres de otras frutas que tenían un aspecto apetitoso, y Adriana fue añadiendo al plato trozos de cada una de ellas: guayaba, mango, papaya…

Se sirvió una gran taza de café con leche y unos bollos suizos, después se sentó en una mesa en la terraza que daba al paseo del Prado tratando de que el sol matutino no le diera de lleno. Aunque Adriana nunca se había quemado al sol, eficazmente protegida por su piel morena, percibió de inmediato que en el trópico picaba de una forma especial, muy diferente al del apocado sol atlántico de la costa gallega, y se dijo que, si ese era el sol cubano, la sombra se iba a convertir en su mejor amiga.

Aprovechó el tranquilo desayuno para reflexionar sobre sus planes, una vez que ya estaba en Cuba y que podía anticipar con cierta aproximación el tipo de vida que iba a llevar allí. En menos de veinticuatro horas ya tenía a su disposición a un hombre de confianza que la podía introducir en los vericuetos de la colectividad española, y la estaba invitando a cenar un posible interesado en su persona, un inglés conocedor de la isla y que además la podía ayudar en sus progresos con el idioma; no era un mal comienzo después de todo.

Sintió la indisposición nada más volver a la habitación. Una punzada en el estómago y una súbita urgencia de ir al cuarto de baño fueron los primeros síntomas, sin asomo de duda supo que el problema estaba en las frutas. Ernesto la previno contra las verduras, pero si la fruta había sido lavada con la misma agua, igual daba un producto que el otro; el daño ya estaba hecho y el día iba a ser muy largo.

El hombre de Latorre llegó al hotel a las 11, se sorprendió al no verla en el recibidor. Tampoco había ningún mensaje para él en la recepción y le pidió al conserje que enviara a un botones a la habitación para cerciorarse de que la señorita Castro había salido. Tras unos minutos de espera el joven no tuvo respuesta, ya que Adriana en ese mismo momento no estaba en condiciones de hablar.

Así pasaría las siguientes dos horas, hasta que el drenaje de su cuerpo y la transpiración inmisericorde le provocaron una sed aguda, pero no se atrevió a beber de la jarra de la mesilla de noche, ni tampoco bajar al comedor a solicitar otra bebida, porque no estaba segura de llegar hasta allí. En lo que podía recordar, nunca antes, ni durante el parto de Juanito, se había sentido tan miserable en su propio cuerpo, ya que un parto es una hora corta, o eso dicen, pero lo que ahora sentía ni duraba una hora ni tenía trazas de ser corta.

Ernesto no sabía qué hacer. No había constancia de que Adriana hubiera salido del hotel, ni tampoco de su presencia en él. No estaba en ninguna parte, pero el camarero recordó a la alta y amable señorita que había solicitado información sobre las frutas del buffet, y ratificó que se había dado una buena sentada de carambolas, mangos y papayas. Como veterano de la isla que era, Ernesto se sintió culpable de no haberla avisado de que donde dijo verduras debería haber dicho también frutas, y no necesitó mucho tiempo para darse cuenta del problema.

Al ser una emergencia, el conserje en persona subió a la habitación con una llave maestra, seguido de Ernesto. Abrió una rendija en la puerta y gritó:

—Señorita Castro, ¿está usted ahí? Soy el conserje.

Una voz apagada emergió de una esquina de la habitación, donde se encontraba el cuarto de baño:

—Estoy bien, ¡váyase!

—Adriana, soy Ernesto. ¿Necesita usted algo?

—¡No! ¡Estar sola!

Ernesto comprendió que su presencia sobraba y salieron de la habitación al instante.

—Si la señorita llegase a bajar a recepción, díganle que volveré a las cuatro a ver cómo sigue. Pobre chica.

Adriana estaba uniendo el insulto a la injuria, ya que al malestar que sentía con su fisiología en total desarreglo sumaba la bronca que le estaba provocando su indefensión frente a un enemigo insidioso e invisible, pero que no tenía nada personal contra ella, y al no poder volcar su enojo contra «alguien» lo volvió contra sí misma, y eso la hizo sentirse mucho peor.

Por fin, vaciada por dentro y por fuera, agotada por el esfuerzo, Adriana logró salir del cuarto de baño y tumbarse en la cama. Allí sintió como un cansancio infinito la vencía y se abandonó a un sueño intempestivo y bronco.

* * *

La ordalía tardó en ceder. Se sintió mejor el domingo por la mañana, después de haber pasado el viernes y el sábado con el sistema digestivo en completo desorden, el sueño trastocado y la conciencia acusándola de todos los errores posibles.

Ernesto López Vilas, sintiéndose mal a su vez por haberle dado información incompleta, volvió varias veces al hotel para verificar su estado, y para decirle que, en esos casos, lo mejor era una dieta a base de arroz y pollo hervidos, porque si no ingería algo que pudiese tragar, un cuerpo «esbelto» como el suyo corría el riesgo de quedarse en esquelético.

Adriana le hizo caso y le aseguró que no estaba enojada, que ella debió haber sido un poco más cauta, sobre todo tras haber llegado afectada por el viaje, y que seguro que todo iba a ir a mejor tras un largo fin de semana de aclimatación. Si el domingo su cuerpo se hubiera recuperado, al menos lo suficiente, el lunes podían empezar a ocuparse de los asuntos que la habían traído a Cuba.

El sábado también le llegó un recado de Robert Watt invitándola a cenar esa misma noche. Ella respondió con educación, mencionando tan solo que «se encontraba indispuesta». El mensaje que le llegó de vuelta fue que él viajaría el domingo a la provincia de Matanzas, donde se ubicaban los ingenios azucareros con los que comerciaba, y que estaría de regreso para el viernes; su invitación seguiría en pie y le deseaba una pronta recuperación.

Entre unas cosas y otras, Adriana seguía recordando a su precioso niño, pero sus otros afectos habían ido pasando a un segundo plano, agobiada como estaba por la inmediatez de sus molestias. Con tal motivo le pidió al conserje que llevase a la oficina de correos y telégrafos sendos mensajes para su hermano y para Emilia, que se leían más o menos igual:

«Llegué sin novedad, pero me han sentado mal unas verduras y he estado descompuesta el fin de semana. El lunes espero empezar mis gestiones. Mil besos para mi precioso hijo y un abrazo cariñoso de tu amiga/hermana».

No se sentía inclinada a dar más explicaciones o descripciones y pensó que ya tendría tiempo para eso. Lo que sí hizo, cuando el domingo se sintió mejor y se animó a bajar a almorzar al comedor, fue empezar a tomar notas en un cuaderno con su nombre que Juan Latorre le había regalado antes de zarpar en el Euskaro. No tenía un plan premeditado, pero sí le pareció auspicioso el título que le daría a los escritos: Aurora en Cuba. Eso enmascaraba su nombre con el de la protagonista de su novela, y le servía a sí misma para decirse que, tal como le había sugerido a Latorre«…quién sabe si de esa experiencia no podría salir la semilla para escribir la segunda parte de El hijo de la tormenta».

* * *

Todos los males de la colonia habían caído de golpe sobre ella y fue como un pasaje iniciático: descomposición alimentaria, calor asfixiante, humedad, cambios bruscos de la luz a la oscuridad, malos olores, sueño cambiado, ruido insoportable, acentos gangosos e ininteligibles, lluvias torrenciales y remordimiento por el abandono de su gente y de su mundo. Dentro de lo malo que fue el fin de semana y de lo aplastada que se sintió en el pico de la crisis, el lunes amaneció con la convicción de que ya no podía estar peor, y de que prefería haberlo sufrido todo en un solo envite que indisponerse en pequeñas dosis durante un período más largo de tiempo.

Por eso mismo, Ernesto la encontró esa mañana risueña y determinada, y lo primero que le dijo al verlo fue como una declaración de principios:

—Tengo mucho que hacer. ¿Por dónde empiezo?

Tal como ella se había planteado el viaje, los objetivos primarios eran de dos tipos: el primero era el de buscar, y encontrar, a su tío Andrés y a su padre de sangre, Matías Dorrego; y el segundo, era escribir sobre la «verdad palpitante e interesante» de lo que estaba sucediendo en la isla. Esto último lo podía hacer sola, aunque para ello necesitaría enterarse un poco más de la realidad, y eso le tomaría días, pero para lo primero tendría que pedir ayuda, y así se lo dijo a Ernesto:

—Si quisiera localizar a un emigrante gallego, ¿a quién acudiría usted?

—A Ricardo Garrote, sin duda. Es el secretario y contador del Centro Gallego, es quien controla la recaudación de las cuotas; las busca hasta debajo de las piedras, si hace falta.

—¿Usted le conoce? ¿O tendría que utilizar la carta de recomendación que me dio Juan Latorre para el presidente?

—Los conozco a los dos, Adriana. Depende de usted.

—Tarde o temprano tendré que hacer uso de la carta. ¿Qué le parece si empezamos por el presidente, y en un aparte sondeamos al contador?

—El peor esfuerzo es el que no se hace, decía el padre Allende, un jesuita que estuvo aquí muchos años. Pero prepárese a utilizar sus talentos, Adriana.

—¿Qué quiere decir?

—He dicho sus talentos, no sus encantos, aunque es muy probable que los hombres con los que va a usted a tratar no sabrán distinguir entre unos y otros.

Adriana le miró con intrigada curiosidad, como esperando una impertinencia que le parecía impropia de un hombre tan educado.

—¿Se refiere a que soy autora publicada?

—Eso, por una parte. También es una notable cantante, según me ha dicho Latorre. En el Centro Gallego hay muchas actividades culturales, todas las semanas. ¿Quiere entrar usted por la puerta grande?

* * *

Desde aquel día en Londres en que le llegó el telegrama de Andrés informándola de la gravedad del estado de su padre, a Adriana le daba un vuelco el corazón cada vez que recibía uno de esos mensajes. «¿Por qué solo utilizamos estas cosas cuando hay que dar malas noticias?». Era un pensamiento que, sin venir a cuento, se le había instalado en el cerebro, y, aunque injusto, ella no tenía muchos otros precedentes para convencerla de lo contrario.

Por eso la sobresaltó el que le entregaron la tarde del lunes 5 de agosto, remitido por Emilia Pardo Bazán. «Solo puede tratarse de mi hijo», pensó, y pensó en lo peor.

«Querida Adriana; todo está bien; Juanito adorable, pero es un niño y los niños tienen enfermedades infantiles, nada que mi médico no pueda solucionar. Por ese lado no te preocupes. Te escribo porque sé que has estado fatal, pobre, así es el trópico, y espero que te hayas recuperado del todo. Y también para decirte que hay alguien a quien debes conocer. Se llama Pedro Murias Rodríguez, es gallego y tabaquero.

Pregúntale a Ernesto. Enséñale este telegrama cuando lo conozcas. Cuídate, hija, de los bichos en general y del clima en particular. Cariño y besos. Emilia».

Suspiró aliviada al releer el mensaje y se sintió mal por su niño, aunque tan poco podía hacer por él desde la distancia como habrían podido hacer por ella cuando pasó su fin de semana iniciático encerrada en su habitación. Si quería sobrellevar su estancia en Cuba sin que se convirtiera en un lamento permanente por lo que había dejado atrás, tenía que aprender a convivir con las distancias, la física y la afectiva.

Tan pronto se vio con Ernesto le mostró el telegrama y el hombre le dijo que era una buena forma de empezar, quizás mejor que a través del presidente del Centro Gallego.

—Don Pedro es uno de los fundadores y benefactores del Centro. Mejor con él que con nadie.

—Si doña Emilia lo dice…

—Vaya, la condesa conoce mi nombre. —Ernesto se quedó pensativo un momento…—. Me pregunto por qué no publica con nosotros.

—Uy, solo Juan y ella sabrán el porqué, ¿no cree?

—Somos una editorial regional y ella es una autora universal. Será por eso.

—Será por eso. ¿Me presenta a don Pedro?

* * *

La Meridiana era una fábrica de cigarros puros ubicada en la esquina de las calles Zulueta y Apodaca, a menos de un kilómetro del hotel Inglaterra. Era una distancia ideal para caminar por la mañana, cuando La Habana relucía con el sol y las nubes de tormenta todavía no se habían formado, y el jueves Adriana se sentía pletórica y llena de ilusión en su nueva vida. Hacía apenas una semana que había llegado, y, tras los sufrimientos iniciales, todos sus componentes vitales se habían asentado y parecían estar entrando en sincronía. Tanto, que se le empezaba a difuminar el recuerdo de sus seres queridos y tenía que consultar una foto de su niño para ver su cara, ya que su presencia la sentía de forma permanente en sí misma. Pero una cosa es sentir a alguien como propio, y otra muy distinta es que esa presencia interfiera con lo que uno tiene que hacer en cada momento. En ese momento, a las 11 de la mañana del jueves, lo que Adriana tenía que hacer era visitar a don Pedro Murias en su fábrica de La Meridiana.

Ernesto estaba demostrando ser un excelente correveidile, además de un apoyo considerado y servicial, hasta el punto de que su gran disponibilidad había impulsado a Adriana a inquirir sobre su vida, siendo consciente de su desfachatez:

—Ernesto, ¿usted de qué vive, exactamente?

La carcajada que el hombre soltó ante tan cristalina cuestión resonó en la quietud del restaurante del hotel Telégrafo, adonde habían ido a almorzar.

—Si la pregunta es si la distribución de los libros de Latorre y Martínez me permite disponer de tiempo para atenderla, la respuesta es que sí. Si la pregunta es si esa misma distribución me permite llevar una vida acomodada, la respuesta, por necesidad, tendrá que ser gallega.

—¿Y es?

—Puede.

Ahora fue Adriana la que se rio, aliviada por la elegancia de Ernesto al esquivar tan desconsiderada pregunta, y se dijo que empezaba a quedarle claro porqué Juan Latorre le había encomendado la tarea de ser su lazarillo en la isla.

Por fin llegaron a La Meridiana y un penetrante aroma a tabaco crudo los envolvió. El edificio, una casona de dos plantas encalada en color albero y con soportales corridos dando a ambas calles, mostraba en su frontispicio la leyenda siguiente: «LA MERIDIANA, FÁBRICA DE TABACOS DE PEDRO MURIAS».

Un portero tomó recado de los nombres, y a los pocos minutos les hizo subir a las oficinas, sitas en el segundo piso. Desde el corredor que daba acceso a los despachos, Adriana pudo ver un gran patio de trabajo dispuesto como el aula de un colegio, donde unas cien personas, hombres y mujeres, blancos, negros y mulatos, jóvenes y menos jóvenes, sentados en pupitres contiguos, se afanaban en enrollar a mano los afamados puros habanos.

Don Pedro Murias, apreciando el interés que vio en los ojos de Adriana, y una vez hechas las presentaciones formales, le dijo algo que ella no esperaba:

—¿Quiere ver cómo se elaboran los habanos?

Por un instante Adriana se preguntó cómo podían coexistir la insurrección en curso y la pacífica actividad que se estaba llevando a cabo en la fábrica de don Pedro, pero entendió que algo siempre iba a aprender, y que no dudaría en escribir sobre ello, como parte de la realidad de la isla, una realidad en la que convivían lo que de verdad estaba pasando en La Habana con lo que todo el mundo sabía que estaba pasando lejos de La Habana.

Bajaron a la recepción, y de allí, atravesando una puerta batiente de lona, entraron en el taller; varios de los trabajadores levantaron la vista de sus faenas para admirar a la mujer, más alta que los demás y tan morena como para no desentonar allí dentro.

—Este es el área donde se seleccionan las hojas, que vienen de nuestras fincas en Matanzas, Pinar del Río y Mantua. Se separan por calidades, por aroma, suavidad y consistencia, y también por el color. El tabaco tiene tantos matices de color como la propia piel de los cubanos, desde el africano oscuro hasta el ochavón, que son los más frecuentes, pero también tenemos los clarísimos, aunque estos son cada vez menos relevantes.