Triage - Patricio Alvarado - E-Book

Triage E-Book

Patricio Alvarado

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Beschreibung

Triage es un método de atención de pacientes de gravedad en momentos de catástrofe. Este libro breve y enigmático trata sobre la fragilidad. La fragilidad de los vínculos sociales, la fragilidad de los cuerpos, la fragilidad de un sistema dispuesto sobre bases inestables. Breve, pero intensa, y de una notable madurez. Triage es de ese tipo de relatos que, pese a narrar una cantidad no reducida de acontecimientos, no ofrece, sin embargo, ningún indicio de lo que podríamos denominar una progresión narrativa.

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Seitenzahl: 61

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Triage

Patricio Alvarado, 2015

Alquimia Ediciones

Edición digital por NLIBROS SpA, 2016

TDNV-224227

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“El comando Hernán Trizano ha decidido reagruparse y entrar en funciones. Para eso se cuenta con dinamita que utilizará con detonadores número ocho y mecha lenta, los cuales no dudamos ubicar en los cinturones de los señores para hacerlos volar de una vez y con ello daremos término al problema o conflicto mapuche”.

Diario Las noticias de Victoria miércoles 29 de julio de 2009

EL DÍA ESTÁ SOLEADO, las noches aún son cortas. Te he llamado desde un teléfono público pero suena ocupado. No, no suena apagado. La voz robótica de la operadora se expande como un eco. Viajé toda la noche. El aire de la mañana es fresco, la humedad del pavimento se evapora a cada minuto. Marco nuevamente pero sigue ocupado.

Las construcciones parecen diminutas torres de juguete hechas con palos de fósforo. Crecen como hongos –hongos ahora secos– dispersos en torno a las avenidas.

EL ASFALTO ESTÁ PARTIDO. La vereda serpentea siguiendo los accidentes. Camino mientras las micros se pierden tras los semáforos o doblan. Bicicletas, niños perdidos, vendedores ambulantes suben y bajan. Vendedores de flores se esconden tras sus rosas marchitas y cada vez que se detienen frente a la ventanilla de un auto le extienden la mano a algún chofer para transar esquelas. El flujo de la Autopista Central se entrega al vaivén de las cuatro de la tarde, se recoge como un oleaje lleno de autos, micros y camiones que rompen contra el roquerío de la Norte-Sur. Motores aserruchan la acera. Otoño. Calor.

NADIE ABRIÓ LA PUERTA. Esperé afuera quince minutos, media hora, una hora y media. Compré un celular desechable en el negocio de la esquina para que podamos hablar. Al parecer algún familiar regresó a mediodía y olvidó la llave puesta en la cerradura. Entré y dejé mis cosas en una pieza desocupada. Entre tanto te llamé, pero sonaba ocupado.

Ahora camino hacia la oficina donde debo presentarme para comenzar a trabajar.

LUEGO DE TRES HORAS, doy al fin con el edificio donde están las oficinas de la empresa. Sus puertas de vidrio severamente cerradas logran aislar el aire de la intemperie, pero el interior también sofoca. Solo uno de los tres ascensores funciona. Ocupo las escaleras de servicio, tercer piso. Equivocado, es al cuarto, me dice alguien tras una puerta entreabierta, apurado. Regreso por el pasillo hacia las escaleras y retomo el camino.

EL ENCARGADO DE FINANZAS REEMPLAZABA al de recursos humanos. Hacía los dos trabajos aleatoriamente. Me pasó su tarjeta y dijo que debía presentarme el miércoles a primera hora de la mañana en una dirección que anotó al reverso. Trato de memorizarla en el mapa imaginario que he inventado de la ciudad.

AL FIN HABLO CONTIGO ANDREA. Me dices que aún estás en el trabajo. Caminé hasta tu oficina, quizás tengo la dirección equivocada. No estoy perdido, te digo, pero cuando fui la recepcionista me dijo que esa empresa no tenía ninguna sucursal ahí. Llegaré a la casa a las diez, espero que hablemos si estás despierta.

Cuelgo.

ES TARDE. Vuelvo a casa. Uso la misma llave que estaba puesta y que ahora guardo. La pieza ya no está vacía. La ropa de cama está desarmada junto a mis cosas. Trato de conectarme con el computador, pero me apago lentamente sobre el cubrecama. Se derrite la luz de la pantalla y es absorbida por el suelo. El cielorraso comienza a gotear y cada gota taladra el piso percutiendo al ritmo de mi pulso. El techo se abre, en el cielo avanzan las nubes. Una masa gris que levita y se mueve lentamente desde el horizonte. Entonces podría llover. La tierra podría sacudirse y abrir un hoyo sobre su rostro. Se podría devorar calles, negocios, edificios, poblaciones, templos, gimnasios, comisarías y basureros; el ruido de los parques, cables y laberintos. Pero se cierra de golpe y me despierto con tu voz, ¿cómo era nuestra madre?

La voz mecánica se repite: nuestro cliente tiene su teléfono móvil apagado.

“Anoche, tras retirarse del Club Social de Victoria, el agricultor René Urban fue increpado por el presidente del Club de Pesca y Caza de la citada comuna, reconocido también como integrante del comando Trizano, por no tratar con dureza a los mapuches. Tras esto sacó un arma de fuego 9 mm y lo golpeó con la empuñadura y lo amenazó de muerte”.

Radio Universalmiércoles 5 de septiembre de 2012

VIERNES DIECIOCHO DE ENERO DE DOS MIL TRECE. Seis de la mañana con quince minutos. Un contenedor municipal de basura en la esquina de la calle Francisco Poblete con Hermanos Pinzón, de la población Lanín de Temuco, aún humeaba con la tapa de plástico entreabierta. Pasaron tres horas para que un vecino descubriera el cuerpo medio carbonizado de Víctor Rivas, mientras caminaba hacia el paradero de la micro de la línea Seis Variante que baja por Cristóbal Colón. La noche anterior, Víctor estuvo en las escaleras de la calle Fernando de Aragón, algunos metros más arriba –dada la naturaleza de la población construida entre cerros– bebiendo junto a sus primos, los hermanos Juan y Pedro Aguayo, que vivían a cinco cuadras de ahí. Víctor cumplía diecinueve años y para celebrar, Pedro, el hermano menor de los Aguayo, se alejó del grupo para comprar cigarros y una caja de vino antes de que la botillería cerrara y así evitar ir siete cuadras y una escalera de más para llegar al siguiente local. Mientras caminaba se cruzó con Jeferson García, Estefanía Sarabia, su novia, y Jordan Callunao, su medio hermano por parte de madre. Al igual que su primo Víctor y su hermano Juan, de los tres solo conocía a Jeferson.

Más tarde, Estefanía abrió una caja de vino que empezaron a beber bajo la débil luz que caía sobre la misma escalera en que Víctor y su primo, metros más arriba, estaban sentados.