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Año 1822. Los cimientos en los que se sustenta el poder absoluto en España se tambalean. Una insurrección sin precedentes en la Europa de la Restauración ha puesto en jaque la capacidad de reacción de los absolutistas. Ha llegado la hora de actuar. El sueño liberal, hecho realidad en enero de 1820 por Rafael del Riego, tiene que ser enterrado con las armas. La guerra entre realistas y liberales estalla en distintas partes de la geografía española. En el epicentro de uno de los escenarios bélicos, entre Cataluña, Valencia y Aragón, se hallan nuestros protagonistas. El noble Álvaro de Monfort está decidido a desalojar a los liberales del poder intrigando entre bambalinas. En su cometido recibirá el respaldo de intrépidos personajes, como Otto Langellotti, y colaborará con las partidas realistas de la zona, lideradas por cabecillas como José Rambla y Román Chambó. También sufre reveses, pues la llegada de un nuevo criado a su residencia de Valencia, Manuel, traerá consigo toda una serie de infortunios en su entorno más cercano. Trienio es una novela coral en la que los acontecimientos se agolpan según se va desarrollando la guerra del llamado Trienio Liberal o Constitucional. En ella se entretejen distintas miradas, de liberales y absolutistas, hilvanadas sobre un mundo en descomposición que se resistirá a desaparecer de la mano del movimiento realista, antesala del carlismo. Se inicia un largo camino de desencuentros, revoluciones, pronunciamientos y guerras fratricidas que auparán a un siglo XX dividido y enfrentado, deudor de lo que se desencadenó en esos tres intensos y decisivos años.
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Seitenzahl: 502
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Primera edición: mayo de 2023
Copyright © 2023 Nuria Sauch Cruz
© de esta edición: 2023, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-19301-54-3
BIC: FVD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
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Índice
Listado de personajes
Prólogo
1
2
3
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5
6
7
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9
10
11
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16
Agradecimientos
Contenido especial
A mis padres.
A Dani y a David, la luz de mis ojos.
Personajes ficticios
Álvaro de Monfort Rius: Declarado absolutista, de noble cuna. Natural de Valencia y afincado, temporalmente, en Ulldecona (Tarragona). Vinculado directamente con el movimiento realista.
Familia de Álvaro de Monfort: Carlos de Monfort (padre), Inés Rius (madre), Isabel Barreda (esposa), Bernardo Rius (abuelo materno), Aurora de Monfort (tía), Andrés Hernández (tío político, esposo de Aurora), Gaspar Barreda (suegro).
Personal de servicio de Álvaro de Monfort en Valencia: Alberto (sirviente principal), Vicenta (cocinera), Bautista (cochero), Carmen, Pilar, Jesús (sirvientes).
Personal de servicio de Álvaro de Monfort en Ulldecona (Tarragona): Piedad (sirvienta), Esteban (sirviente, esposo de Piedad).
Manuel Brusca Fibla: Joven sirviente de Álvaro de Monfort. Natural de Ulldecona (Tarragona).
Familia de Manuel Brusca: DomingoBrusca (padre), María Fibla (madre), José Brusca (hermano mayor), Luisa Brusca (hermana mayor), Francisco Brusca (hermano menor).
Leandro Mejías: Administrador de Álvaro de Monfort.
Salvador Roig: Escribano, natural de Ulldecona (Tarragona). Oficial de la Milicia Local liberal.
Familia de Salvador Roig: Francisca Riba (esposa), Emilia (hija mayor), Enrique (hijo pequeño).
Rosa Bosch: Partera.
Ernesto García: Comisario de la policía de Valencia.
Felipe Puig: Suboficial realista.
Otto Langellotti: Propietario de una taberna en Valencia. De origen italiano y ascendencia española.
Luis Vidal, el Tuerto: Socio de Otto Langellotti.
Gregorio Parra: Capitán de la nave Estrella.
Eduardo Torres: Pasajero de la nave Estrella.
María Pascual: Esposa de Eduardo.
Personajes reales
Absolutistas
José Rambla: Guerrillero y oficial realista, natural de Portell de Morella (Castellón) y retirado en Cherta (Tarragona).
Rosa Pascual: Esposa de José.
Manuel Rambla, Rambleta: Guerrillero, sobrino de José Rambla.
Román Chambó Vives: Guerrillero y oficial realista, natural de Ulldecona (Tarragona), segundo de Rambla en 1822. Brigadier del ejército realista y gobernador de Tortosa (Tarragona) en 1823.
José Chambó Vives: Sacerdote, hermano de Román.
Antonio Campsy Mur: Secretario de Román Chambó.
Narciso Solera: Ayudante de Román Chambó.
Pedro García Navarro: Jefe del Estado Mayor de Román Chambó en 1823.
Rafael Sempere: Guerrillero y oficial retirado, natural de Elche (Alicante). Jefe de división realista en 1823.
Domingo Forcadell: Guerrillero y oficial realista, natural de Ulldecona (Tarragona).
Pedro Figuera: Subteniente a las órdenes de Domingo Forcadell.
Francisco Marzá: Guerrillero y excapuchino, natural de Benicarló (Castellón).
Manuel Llisterri: Guerrillero, natural de Tortosa (Tarragona).
Guillermo Cherta: Guerrillero, natural de Alcalá de Chivert (Castellón). Jefe de partida en 1822.
Tomás Miralles: Guerrillero, natural de Benasal (Castellón). Jefe de partida en 1822.
José Miralles,el Serrador: Guerrillero, natural de Villafranca del Cid (Castellón). Teniente de Lanceros en 1823.
Manuel Miralles: Guerrillero, hermano de José Miralles.
Francisco Febrer: Guerrillero, natural de Cálig (Castellón). Jefe de partida en 1822.
Vicente Perciba: Guerrillero y capellán de Lanceros en 1823.
Joaquín Gazulla: Guerrillero, natural de Morella (Castellón).
Francisco Sans,el Alegre: Guerrillero de las comarcas catalanas del Ebro.
José Antonio Montagut: Guerrillero y oficial realista, natural de Mora de Ebro (Tarragona). Miembro de la Junta realista de Mora de Ebro.
Jorge Bessières: Guerrillero y oficial realista.
Joaquín Capapé, el Royo: Guerrillero y oficial realista, natural de Alcañiz (Teruel).
Lucas Doménech: Guerrillero, natural de Ulldecona (Tarragona). Teniente coronel en 1823.
Antonio Marañón,el Trapense: Guerrillero y monje cisterciense. Dirige la toma de La Seo de Urgell (Lérida).
Francisco Zaragoza: Capitán de lanceros.
Joaquín Ferrer: Suboficial realista de Tortosa (Tarragona).
Timoteo Vidal: Oficial en la toma de Tortosa.
Pradilla: Teniente de Ingenieros.
Pedro León: Oficial de la Compañía de Granaderos.
Feliciano Pérez: Oficial realista y gobernador de Morella (Castellón) en 1823.
Mr. dela Fontaine: Oficial realista.
Francisco Javierde Elío: General. Preso en la ciudadela de Valencia, se le acusa de organizar una sublevación el 30 de mayo de 1822.
José Serranode Aparici: Vinculado al aparato realista local de Ulldecona (Tarragona).
Domingo Raga: Alcalde de Ulldecona (Tarragona) a principios de 1822, vinculado al aparato realista local.
Tomás Vicente Querol: Alcalde de Ulldecona (Tarragona) en 1823, vinculado al aparato realista local.
Alejandro Peris: Vinculado al aparato realista local de Ulldecona (Tarragona).
Dámaso Montrós: Escribano de Ulldecona (Tarragona), vinculado al aparato realista local.
José Espada: Miembro del aparato realista local de Ulldecona (Tarragona).
Curade San Juan: Clérigo. Miembro del aparato realista local de Morella (Castellón).
Zurita: Miembro del aparato realista local de Morella (Castellón).
Jaime Poll: Notario de Mora de Ebro (Tarragona). Miembro de la Junta realista de Mora de Ebro (Tarragona).
Cristóbal Pegueroles: Padre franciscano, guardián del convento de San Antonio de Padua de Mora de Ebro (Tarragona).
Víctor Damián Sáez y Sánchez Mayor: Canónigo de Toledo. Secretario de Estado interino de la Regencia absolutista en 1823.
Juande Cavia y González: Canónigo, obispo de Burgo de Osma (Soria) y ministro de la Regencia absolutista.
Francisco Ramónde Eguía: Militar huido a Francia, desde donde conspira para restablecer el absolutismo. Presidente de la Junta Suprema Provisional de Gobierno en 1823.
Bernardo Mozode Rosales, marquésde Mataflorida: Político huido a Francia, forma parte, junto con Francisco Ramón de Eguía, del núcleo conspirativo. Miembro de la Regencia de Urgell.
Liberales
Antonio Ayguals O’Sullivan: Rico comerciante, nacido en Reus (Tarragona) y afincado en Vinaroz (Castellón), donde ejerce como alcalde en 1822.
Familia de Antonio Ayguals O’Sullivan: María Joaquina de Izco (esposa) Irene, María Lázara, Elodio José, Rogelio, Wenceslao (hijos).
Juan Bautista Poy: Escribano (notario) de Ulldecona (Tarragona), oficial de la Milicia Nacional Local.
Francisco Salomó: Alcalde de Vinaroz (Castellón) en 1823.
Augusto Chiveli: Oficial de la Milicia Local de Vinaroz (Castellón).
Domingo Vidal: Oficial de la Milicia Nacional Local de Ulldecona (Tarragona).
Juan Millán: Gobernador de Tortosa (Tarragona).
Manuel Crozat: Arcipreste de Morella (Castellón).
José Durán: Juez de Primera Instancia del Partido de Peñíscola (Castellón).
Vicente Vallterra: Gobernador de Peñíscola.
Diegode Medrano: Jefe político y militar de Castellón.
Francisco Serrano: Comandante general de la provincia de Castellón.
Manuel Fernándezy Cabrafigal: Comandante de armas de Morella (Castellón).
Diego Clarke: Gobernador militar interino de Valencia.
Antonio Caruana: Oficial al mando de los Provinciales de Lorca y los Cazadores de Montaña.
Ramón Meló: Fraile liberal de Benicarló (Castellón).
Mariano Miguel Polo: Oficial, natural de Benicarló (Castellón).
Juan Daura: Gobernador militar y político de Morella en 1823, destituido por los realistas de Chambó.
Rafaeldel Riego: Teniente coronel. En 1820 lidera un pronunciamiento con el que se inaugura el Trienio Constitucional.
JoaquínRomualdo, Chapalangarra: Militar, jefe de división.
Manuelde Velascoy Coello: Comandante general de Aragón.
Evaristo Fernándezde San Miguel: Secretario del Despacho de Estado.
Francisco Espoz y Mina: Capitán general de Navarra y Cataluña.
José Manso Solá: General a las órdenes de Espoz y Mina
Luis Antoniode Borbón, duque de Angulema: Primo de Fernando VII. Encabeza el ejército absolutista de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Oficiales y suboficiales pasados al absolutismo y espías
Villamaure: Cabo de la Guardia de Orense.
Manuel González: Oficial de la Guardia de Orense.
Antonio María de Castro: Oficial del Cuerpo de Orense.
Jaime Ferrer: Administrador de Aduanas de Peñíscola (Castellón).
José Verdú: Militar retirado, agregado al Estado Mayor.
Carlos Ulman: Gobernador —liberal— de Peñíscola (Castellón) en 1822 y brigadier realista en 1823.
Vicenta Calzada: Esposa de Carlos Ulman.
Otros
Vicente Mas,el tramuseret de Beniardà: Asaltador de caminos.
Maximilien Robespierre: Líder revolucionario. Presidente de la Convención Nacional francesa (1794).
Napoleón Bonaparte: Militar. Emperador de Francia.
Jacques-Mariele Père: Ingeniero. Director de puentes y caminos en Egipto.
Manuel Godoy: Primer ministro de Carlos IV.
Carlos III: Rey de España durante la segunda mitad del siglo xviii.
Carlos IV: Rey de España entre 1788 y 1808. Hijo de Carlos III y padre de Fernando VII.
Fernando VII: Rey de España durante el Trienio Liberal. Monarca de liberales y de absolutistas.
Eran tiempos convulsos. El inicio de siglo había comportado la entrada de fuertes vientos desestabilizadores. La invasión de Napoleón Bonaparte a principios de 1808 aceleró la crisis del Antiguo Régimen.
Cuando España se levantó en armas contra el francés, las ideas liberales y absolutistas convivieron en un tiempo en que lo importante no era su discrepancia ideológica, no eran sus luchas internas, sino sacar cuanto antes del territorio al invasor. No fue una misión fácil. Se necesitaron seis años para poder desalojarlo.
Desde entonces ya nada sería igual. A pesar de que con Fernando VII se reinstauró un Gobierno absoluto en 1814, demasiadas cosas habían cambiado. Los liberales no estaban dispuestos a que la obra constitucional de las Cortes de Cádiz se quedara en agua de borrajas. Establecidos en el exilio, o desde dentro del país, empezaron a conspirar para establecer un nuevo régimen constitucional.
La chispa que inició el cambio se produjo el 1 de enero de 1820. El jefe de la expedición militar destinada a erradicar los ánimos independentistas de algunas colonias americanas, Rafael del Riego, dio un giro inesperado al destino. Detuvo el embarque de las tropas y proclamó en Cabezas de San Juan la Constitución de Cádiz, que dio pie a la instauración de un Gobierno liberal. Había empezado el denominado Trienio Liberal, y, con él, la primera de una serie de guerras fratricidas que teñirían de sangre todo el siglo xix en España.
Una de las zonas donde arraigó la guerra que enfrentaría a liberales y absolutistas —estos últimos, los llamados realistas— se estableció entre el sur catalán, el norte valenciano y el sudeste aragonés. En el epicentro del conflicto vivían nuestros protagonistas.
La familia Brusca
1
Habían transcurrido dos años desde que el pronunciamiento de Riego modificara por completo la situación política española. Esto no parecía afectarle mucho a Francisco, que dormía plácidamente.
—Despierta, holgazán, que ya empieza a clarear el día y debes acompañarme a trabajar en las tierras de don Álvaro. Hoy hay más trabajo que nunca. Si no te levantas, lo haré yo a palos.
Francisco se incorporó de un brinco. Se vistió rápidamente por encima de la ropa, a modo de las capas de una cebolla, y empezó a devorar con avidez lo poco que quedaba en la mesa.
—Sí, padre, ya voy.
Dejó el bocado a medio terminar sobre la mesa, se abrigó como pudo y siguió a su padre y a José, su hermano mayor. Antes de marcharse le dedicó una sonrisa a su madre.
Los ojos de María Fibla se dirigieron hacia él, pero en su mirada había un abismo que ella misma se había encargado de convertir en insondable, aunque una mueca lo más parecida a una sonrisa afloró a sus labios. Enseguida notó un respingo en su interior. Su vientre abultado mostraba un avanzado estado de gestación. El ser que llevaba en sus entrañas se movía mucho, era como si reclamara su atención, pero ella solamente podía limitarse a respirar acompasadamente para inhalar el poco aire que su diafragma le permitía>. De todos sus embarazos este era, sin duda, el más pesado. Su cuerpo no era joven, se fatigaba demasiado y prácticamente no podía realizar ninguna de las tareas domésticas. De hecho, desde que se quedó embarazada, quien se había ocupado de la casa era Luisa, la única hija de los Brusca.
A pesar de que había dado a luz a siete hijos, solamente superaron el primer año de vida cuatro de las criaturas. Dos murieron a las pocas horas, otros a las pocas semanas y la pequeña Aurelia, la única luz de los ojos de María, murió de unas fiebres a los seis meses. Con ella murió una parte de la madre, que levantó un muro de indiferencia con el resto, especialmente con el que tuvo inmediatamente después de Aurelia, Manuel, el hijo mediano. Otra parte de María había muerto el día que la casaron con Domingo Brusca.
Su marido le repugnaba. Todo en él le producía asco. Cada vez que la tocaba se ponía a temblar por la aversión que le provocaba su mero contacto. Con el tiempo aprendió a ser como una estatua de sal, intentando poner la mente en blanco para evadirse de aquella situación. El infierno al que era sometida fue desde el principio canalizado por su cuerpo, que se liberaba externalizando su asco con eccemas, herpes y otros males ulcerantes de la piel. A su marido eso no le importaba, y ni siquiera podía imaginar que él los provocaba. Se vaciaba en ella y acto seguido dormía a pierna suelta.
Muchas veces había intentado María escapar de aquella situación, y, aunque su vida no le importaba, era incapaz de huir o simplemente desaparecer. A su edad, pensaba, poco podía esperar de la vida. Tenía un esposo que le asqueaba y unos hijos a los que era incapaz de dar amor.
Estaba a punto de salir de cuentas, y un mal presentimiento nubló su mente. Ese embarazo estaba siendo un infierno, ese niño la estaba matando.
2
Las tierras de Álvaro de Monfort se extendían por todo el término de Ulldecona. Hacía años que Domingo Brusca trabajaba en ellas como jornalero, del mismo modo que había hecho su padre con las tierras del padre de Álvaro y el padre de este con su padre.
El grupo de hombres, mujeres y niños se bajó de los carros. Habían llegado a su destino. Todavía faltaban unos minutos para que saliera el sol. La escarcha matutina cubría los campos, que esperaban ser sembrados por la cuadrilla. Todos sabían qué debían hacer. Se repartieron en pequeños grupos y empezaron el trabajo.
Francisco y José trabajaban a buen ritmo. El hermano mayor ayudaba en todo momento a aligerar, en la medida de sus posibilidades, la labor del pequeño.
En los breves descansos de trabajo de sol a sol, solían charlar animadamente. Francisco confiaba en su hermano José, siempre atento al bienestar del menor.
—José, madre ha dicho que Manuel se irá a trabajar a Valencia. ¿Por qué? ¿No está bien aquí? Yo no quiero que se vaya.
—Sí, ya está decidido. Padre habló ya con don Álvaro.
—Pero si aquí ya trabajaba para él, en esa casa tan grande que tiene…
—Piensa que es una oportunidad para nuestro hermano. Deberías alegrarte por él.
—Me alegro, pero estoy triste por su marcha.
—Vendrá a visitarnos, ya verás.
3
El primer encuentro entre Manuel y Álvaro de Monfort se produjo varios años atrás cuando este último visitó sus tierras de incógnito. Ya lo había hecho en otras ocasiones y otros lugares, y le resultaba divertido a la vez que excitante, aunque eso le había costado el trabajo y casi el pellejo a más de un jornalero. Se dirigió a la partida en la que estaban trabajando Domingo Brusca y sus hijos. La figura de ese hombre que merodeaba por los alrededores no causó curiosidad alguna ni a José ni a su padre. No preguntaban, se limitaban a trabajar. En cambio, Manuel, que a regañadientes los tuvo que acompañar de refuerzo, y que entonces tenía nueve años, sí que se fijó, y muy bien, en ese extraño, ataviado con ropas burdas, atreviéndose a dirigirle la palabra.
—Usted no es de por aquí, ¿verdad?
—No; vengo a ver si me dan trabajo.
Los ojos del niño se pusieron a escudriñar a ese recién llegado. Centró su atención en las manos del forastero, que, aunque sucias, mostraban unas uñas bien arregladas. Si bien su aspecto era desaliñado, parecía como si lo llevara así deliberadamente. El cabello que sobresalía por debajo del sombrero estaba revuelto, pero no grasiento; la piel, sucia, pero de aspecto fresco, sin los surcos profundos que el sol causa en los rostros curtidos por el trabajo de sol a sol o por la mala vida y que Manuel estaba acostumbrado a ver entre los hombres de cierta edad.
—Y dime: ¿quién es el encargado?
—Mire —le dijo sin tapujos—; no voy a responderle, porque no me creo que busque trabajo. Es más, si fuera un trotamundos, se asearía en arroyos, dormiría en pajares y se alimentaría como un animal. Pero sus ropas, si bien viejas y raídas, no huelen como les suelen oler a los pordioseros, y sus manos no son como las de mi padre, llenas de callos y costras.
Una sonora carcajada dio a conocer la blanca y bien delineada dentadura de Álvaro.
—Eres listo, ¿eh? Observador y despierto, cualidades muy importantes en la vida si se quiere progresar. Ciertamente, hubiera tenido que descuidar mucho más mi apariencia para poder ser más convincente, pero eso no se arregla enseguida. Un pobre puede estar a la altura de un rico con un baño y comida en abundancia, pero un rico carece de la resignación que se plasma en el rostro y ademanes de un pobre. Y dime —continuó Álvaro—: ¿has visto alguna vez al propietario de estas tierras?
—Lo he visto de lejos, pero ahora que lo veo de más cerca me da menos miedo.
La agudeza mental del pequeño, su desparpajo y la seguridad con que estructuraba su discurso le recordaron al carácter de su amada esposa, a quien había perdido años atrás. Una mujer valiente, culta y también tozuda, capaz de dejarlo sin argumentos.
Reparó mejor en Manuel. El brillo que emanaba de sus ojos despiertos y vivaces se le antojó como el de Isabel. En ese momento el corazón se le aceleró. No sabía si tantas asociaciones eran reales o producto de un estado especialmente receptivo, pues, en ocasiones, le dolía en el alma no ser capaz de dibujar en su pensamiento las facciones de Isabel. En ese momento el rostro de su amada, perfectamente delineado en su recuerdo, lo invadió todo.
Respiró hondo, mientras su ser se henchía de felicidad. Con un leve movimiento de cabeza, dejó pasar esa imagen.
La saborearía más tarde, con calma.
—Así que sabías quién era yo y has estado jugando conmigo… Vaya, vaya… El gato, cazado por el ratón. Buena lección de humildad la que me acabas de dar, muchacho. ¿Y cuál es tu nombre?
—Me llamo Manuel, señor. Manuel Brusca.
—Mucho gusto en conocerte, Manuel.
4
Francisco estaba jugando en la calle cuando su hermana Luisa lo llamó.
—¡Francisco, ve a buscar a la partera, que ya viene el niño! —Luisa estaba pálida como la cera—. Ve después a llamar a padre, date prisa.
Francisco corrió lo más rápido que pudo. Recorrió varias callejuelas hasta llegar a la que vivía Rosa Bosch, la vieja matrona. Era una de las más estrechas de toda la población y una de las más húmedas también, una humedad que se colaba por las rendijas de las casas y hacía crujir los huesos.
—Señora Rosa, señora Rosa —la llamó varias veces mientras subía por las escaleras de la casa, pues la entrada principal, como en las otras viviendas del pueblo, se mantenía abierta durante el día.
—¿Quién es? —preguntó la mujer al oír una voz infantil.
—Señora Rosa, soy Francisco, el hijo de Domingo Brusca. Es que el niño ya viene. Rápido, rápido, debe acompañarme.
—Ya veo que a tu madre se le ha adelantado esta vez. Pero no te preocupes tanto. Si la memoria no me falla, el último le salió casi solo. —Una sonora carcajada dejó al descubierto su boca desdentada. Como pudo bajó las escaleras ante la premura del niño. Ya en la calle su cojera era evidente—. ¡No corras tanto! ¿No ves que no estoy para estos trotes? ¡Si me estiras tanto de la falda, me voy a caer! ¡Si me caigo, igual me rompo la crisma, y si me rompo la crisma, no podré atender a tu madre!
La lentitud de la mujer y el frío intenso de mediados de febrero contribuyeron a que el camino de vuelta se le hiciera interminable a Francisco. Al llegar a la casa no pudo aguantar más y subió las escaleras tan rápido como pudo.
—Luisa, traigo a la señora Rosa.
—Niño, espera. Primero debes darme un buen trago de mistela. Ese es el trato: me das mi medicina y luego ayudo a tu madre. Ya conozco el sitio; adelántate y prepárame un vaso.
Francisco no tuvo que preparar lo que la partera llamaba su «medicina». Luisa, que había vivido el trajín del parto en ocasiones anteriores, lo había dispuesto sobre la mesa de la cocina. La mujer llenó el recipiente hasta el borde y bebió de un trago. No debió de quedar satisfecha, pues lo llenó de nuevo para acabar de coger fuerzas. Un fuego interno recorría sus tripas. Estaba preparada. Así siempre era más fácil. Si todo salía como esperaba, en un santiamén despacharía lo que había ido a hacer.
—Venga, quita de ahí. ¿No tienes nada mejor que hacer? Vamos, que esto no es cosa de niños. Vete a jugar un rato.
—Huy, por poco lo olvido. Voy a buscar a padre.
Cuando Rosa entró en la estancia vio a María totalmente lívida por el dolor. Luisa clavó, esperanzada, sus enormes ojos en ella.
—Vamos a ver cómo está el pequeño diablillo. Ya verás cómo acabamos enseguida, María.
Apartó las sábanas, palpó el abultado vientre, le separó las piernas e introdujo en el dilatado útero primero dos dedos, luego tres y finalmente la mano. Su expresión cambió—. Este maldito te va a hacer rabiar mucho. Si no espabilas pronto y me ayudas, te dolerá el doble. Por lo visto, no nos quiere enseñar la cara. No sé si traerá una flor en el culo, pero que el culo será lo primero que veamos de eso estoy segura.
5
Francisco se abrigó debidamente. La parte importante, la de traer a la vieja partera, ya la había realizado. Ahora tocaba encontrar a su padre. Era domingo y las labores de trabajo a jornal que ocupaban a buena parte del vecindario se paralizaban en el día del Señor. Distinguió una figura que le resultaba familiar al final de la calle. Apretó el paso. Era su hermano Manuel. Parecía ensimismado en sus pensamientos y llevaba el pelo algo revuelto. Su espigada figura se encorvaba hacia delante, y ladeaba la cabeza. A pesar de estar ya a escasos pasos de distancia, Manuel no había reparado en Francisco, que lo miraba risueño.
—Manuel. Madre va a tener el bebé. ¿Has visto a padre?
—Debe de estar en la taberna —respondió de forma mecánica.
—¿Me acompañas?
—Tengo prisa. Debo hacer algunos recados todavía. No puedo perder el tiempo. —Con delicados movimientos esquivó a su hermano sin ni siquiera mirarlo.
El pequeño no supo cómo reaccionar. Sólo se le ocurrió asentir. Le dolió la indiferencia de su hermano. Pero al cabo de unos segundos Manuel se giró.
—Compréndelo, ahora no puedo. —Una sonrisa seductora afloró en sus labios. Francisco le devolvió la sonrisa y empezó a silbar, ralentizando un poco el paso mientras se tapaba mejor con las prendas de abrigo.
Al llegar a su destino tuvo que ir sorteando mesas y hombres de pie hasta donde estaba su padre. El ambiente estaba enrarecido por los intensos efluvios corporales, que se mezclaban con el olor a vino rancio que despedían los alientos.
—¿Qué quieres, niño? —Francisco se distanció.
—Madre está de parto.
—¿Qué dices? Acércate más, que con tanta gente no te oigo bien.
—Que madre está de parto y Luisa me ha dicho que le llamara. Estaba muy alterada porque madre se queja mucho.
—Acabáramos —rio el padre—. Raro sería que una mujer que está a punto de parir no se quejara; entonces no sería una mujer, sería una mula. —Su carcajada inundó la sala, pese al griterío general.
—Yo ya le he avisado. He visto a madre, y tiene muy mala cara.
Sin esperar respuesta, Francisco se dispuso a salir de allí.
—Espérame, Francisco. —Era José, su hermano mayor—. Te acompaño a casa.
6
Los gritos de dolor eran audibles desde la entrada. Los dos hermanos subieron a la cocina. Sin mediar palabra, esperaron largo rato hasta que Rosa saliera. Tenía los brazos manchados por una viscosidad cuyo color concentraba el rojo de la sangre y restos de la placenta mezclados con la grasa animal que se había aplicado previamente para sacar al bebé desde esa complicada posición. Le temblaban las manos y estaba enrojecida por el esfuerzo. Al ver las caras de asombro de Francisco y José, volvió a su estilo fanfarrón.
—Muchachos, tenéis un nuevo hermanito. Vuestra madre está muy débil. El esfuerzo ha sido considerable y ha perdido mucha sangre. Vigiladla, y, si mañana veis que no ha mejorado, avisad al médico a primera hora. Venga, dadme de beber, que tengo la boca seca —dijo la mujer, mojándose los labios con la lengua—. Tú, pequeño, calienta agua, que me tengo que quitar esto del cuerpo. Si no es con agua bien caliente, no sale. —Cogió el vaso y lo apuró de un trago—. Más —exigió mientras se restregaba unas gotitas que le resbalaban por la pronunciada barbilla—, que estoy seca todavía.
Mientras Francisco cargaba agua del pozo, entró su padre. Había bebido más de la cuenta.
—Padre, el niño ha nacido ya.
—Apártate. Me estorbas —sólo se le ocurrió decir mientras subía la escalera con evidente dificultad.
Llegó hasta la cocina, se sentó junto a la partera y se sirvió un vaso de licor. Poco después apareció Manuel.
Era el momento de entrar y conocer al bebé. Luisa se afanaba en cambiar el paño que recogía el sudor frío de la frente de su madre, cuyo rostro reflejaba un cansancio extremo, apenas coloreado por las ojeras que lo surcaban. Su cuerpo era presa de intensos escalofríos. Cerca de sus senos, vacíos de leche, se distinguía una pequeña cabecita.
—El pequeñín aguantará sin comer, pero no creo que María pueda alimentarlo, al menos de momento. Lo mejor será llevarlo a casa de tu vecina, Teresa. Hará como dos meses que ha tenido a su bebé y tiene leche en abundancia. Luisa, ¿no recuerdas que amamantó al niño de los Fabregat hará unos dos años porque a la madre le salía la leche aguada?
La joven estaba demasiado nerviosa como para recordarlo, pero miró a la partera y movió rápidamente la cabeza en un gesto de afirmación. Rosa Bosch posó su mano en el hombro de Luisa.
—Tranquila, chica, te acompaño. Y tú, María, descansa. Pronto lo tendrás entre tus brazos.
María Fibla ya no volvería a ver a su hijo recién nacido. Al cabo de dos días murió.
Tiempo de cambios
1
La humilde casa de la familia Brusca no había dejado de recibir visitas desde última hora de la mañana. Un grupo de mujeres velaban a María Fibla. Los hombres, de pie y también sentados, ocupaban el resto de los espacios e inundaban la estancia del humo de cigarros puros.
Varios vecinos de diferente condición social se habían concentrado en casa de Domingo Brusca para presentarle sus condolencias. La presencia de Álvaro de Monfort atrajo a la cúpula política del sector absolutista, sector nacido dos años atrás.
Con la implantación del régimen constitucional la conspiración absolutista inició sus primeros pasos desde el mismo Palacio Real, pues el monarca, Fernando VII, jugó a dos bandas: aceptó la Constitución en marzo de 1820 —y finalmente la juró en julio ante las Cortes— y acataba órdenes liberales mientras conspiraba, en la sombra, por abolirla. Curioso papel el de un rey, paladín de dos cosmovisiones distintas.
El argumento de que este estaba «secuestrado» por los liberales se fue difundiendo, y durante los dos primeros años, en diferentes puntos del reino, del norte, centro y sur, se produjeron conatos de rebelión absolutista y se formaron partidas realistas de escaso alcance y continuidad. No obstante, la semilla de la discordia estaba plantada desde un principio, crecía y se manifestaba internamente. Las divisiones políticas en el seno de los municipios representaban microcosmos de lo que sucedía de forma general, y en el pueblo de Ulldecona la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Se había generado una encendida conversación en torno a los acontecimientos producidos recientemente en el pueblo, pues el sector de los liberales, con el notario Juan Bautista Poy a la cabeza, había iniciado los trámites para impugnar las elecciones municipales.
Álvaro de Monfort dio una larga bocanada a su cigarro puro mientras fijaba la mirada en su interlocutor, Domingo Raga, el alcalde del pueblo.
—Poy; su inseparable esbirro, Salvador Roig, y el grupo de milicianos que los secundan osaron presentarse en mi casa. Empezaron a gritarme, para que me asomara al balcón, y a insultarme. Me dijeron que tenía que bajarme los pantalones ahora que el liberalismo había triunfado, que la cosa no quedaría así y que nuestro grupo no mandaría porque somos una chusma. Después, todo se alteró. Muchos de los nuestros fueron avisados y se personaron frente a mi casa. Algunos acabaron magullados.Pepet y Luis Rovira se llevaron la peor parte. Al primero casi se le saltó un ojo por el golpe que le propinaron, y el otro va lleno de cardenales. Como no se andan con chiquitas, al desgraciado de Rovira lo apalearon hasta que varios de los nuestros se dieron cuenta y salieron en su defensa antes de que lo mataran. El ambiente está muy caldeado, y se pide revancha.
—Algunos individuos son un peligro. —El semblante de Álvaro era serio—. Con actitudes así sólo conseguirán que la gente se tome la justicia por su mano. Este no es el mejor camino.
Raga asintió, aunque en su interior no estaba nada convencido. Era del proceder del ojo por ojo.
—Se le han de parar los pies a Salvador Roig o acabará con todo lo establecido. Ese notarucho de tres al cuarto se cree muy poderoso, pero no sabe hasta qué punto se la está jugando con su actitud. —Estuvo un momento en silencio y continuó—. Y pensar que su padre es una figura pública muy respetada, un hombre cabal, honrado y querido por todos… ¿De dónde habrá sacado semejante hijo?
Álvaro iba a decir algo cuando alguien le dio una palmada en el hombro. Se giró y una sonrisa afloró en su rostro.
—Mi buen amigo José. Cuánto tiempo sin vernos. Ya me informaron de que estabas en Tortosa.
El hombre, más alto y corpulento, le devolvió la sonrisa.
—Sí; fui a visitar unos días a unos parientes de mi mujer.
José Serrano de Aparici era uno de los notarios de la población, establecido allí por matrimonio a finales del siglo xviii. Se conocían desde hacía años y mantenían una sincera amistad.
—Y dime, José, tú que has estado en Tortosa: ¿qué noticias son esas de que una cuadrilla de ladrones se dedicó a limpiar las arcas de la aduana? —le preguntó el alcalde.
—Pues es tal y como dices. Sin que nadie se diera cuenta robaron cuanto encontraron a su alcance. Sospechan si estos no sólo son simples ladronzuelos, sino también que si detrás del robo se esconde un grupo de realistas. Pero, que yo sepa, no se ha creado ninguna banda allí.
Un corro cada vez más amplio se formó al lado de Aparici.
—Estoy convencido de que, si se produjera un levantamiento en contra de este régimen de tres al cuarto, se acabaría con él rápido. Además, el destacamento establecido de forma permanente en la ciudad probablemente se pondría de nuestra parte si nos lo propusiéramos. Ten en cuenta además que el alcalde y buena parte del consistorio tortosino no comulgan con las ideas liberales.
—Puede que tengas razón, José, pero, si nos levantamos en armas, no deberemos dejar nada al azar. Las consecuencias pueden ser imprevisibles si no se establece un buen plan de ataque. Fíjate en las partidas que se levantaron el año pasado, como la que lideró Chambó, y que no tuvieron continuidad.
—Tenemos una oportunidad. Debemos aprovecharla —respondió el notario—. Todo es cuestión de probar, dentro de un plan consensuado, como tú bien dices, hasta dónde llega la lealtad a un régimen si se tienen las de perder. La experiencia es la madre de todo conocimiento, y sé que cuando las cosas vienen mal dadas el miedo se apodera de los cobardes, que no dudan en pasarse al otro bando a la menor ocasión.
—Eso es cierto, y, si no, mirad a Luis García: ese cagón alardea ahora de defender la Constitución —se atrevió a decir uno de los hombres que flanqueaba a Aparici por la izquierda.
—Hemos de ser cautos —insistía Álvaro—. Sabemos que desde el mismo inicio de la insurrección liberal se ha extendido un deseo cada vez más vivo por sepultar esa barbaridad entre los nuestros y devolver el orden establecido anterior a 1820 como garante de un buen sistema. Pero para ello, repito, nos hemos de organizar bien. La hora se acerca. Debemos estar listos.
—Disponemos de hombres prestos a luchar en contra de los liberales —aseguró el alcalde—. Si se prepara un levantamiento, no dudéis de la fidelidad de varias cuadrillas, algunas de ellas integradas en su mayoría por hombres curtidos en la lucha, pues la guerra contra el enemigo bonapartista los organizó para ello. Al resto se les puede aleccionar rápidamente, ya que arden en deseos de combatir. Esto ya lo comprobamos el septiembre pasado, cuando Chambó congregó a un buen número para la causa. Lástima, como bien has dicho, que no tuviera repercusión en el territorio. Pero ahora la situación empieza a ser insostenible con todos los cambios que esos bastardos osan llevar a cabo. Además, se la tenemos jurada a los malnacidos que nos amenazaron el otro día. Se burlan delante de nuestras narices y nos dicen que estamos acabados, pues, según dicen, se avecinan grandes cambios.
—Es primordial que mantengamos la calma, amigo. Ni se imaginan lo que les espera en breve. Pero no nos precipitemos. Me gustaría que me tuvierais informado de lo que vaya aconteciendo, ya que mañana parto hacia Valencia. —En ese momento vio pasar a Manuel—. Acércate, muchacho. —El joven se hizo un espacio en el corro que se había formado, atraído con un ligero movimiento de Álvaro—. Manuel se viene conmigo. Me es muy útil, y no puedo prescindir de sus servicios.
Sin un ápice de vergüenza, Manuel se irguió y agradeció con tono firme sus palabras, así como las condolencias del resto de los presentes por la muerte de su madre.
2
El carruaje avanzaba a buen ritmo. Manuel estaba absorto en sus pensamientos y no atendía a lo que le preguntaba Álvaro. En otras circunstancias hubiera reaccionado al instante, dejando sólo el tiempo justo para el ensimismamiento, pero esta vez no le apetecía entablar conversación. Estaba a gusto recreándose en su mundo interior, y pretendía estar así un buen rato.
Haber dejado atrás a su familia no le preocupaba. Lo único que empezaba ya a echar de menos era la biblioteca de la casa de Álvaro, descubierta al entrar a su servicio tiempo atrás. Los mejores momentos de su vida habían transcurrido entre las hileras de libros, algunos de los cuales había devorado con avidez y de forma furtiva. El no volver a tocarlos en un tiempo le producía desasosiego.
Un escalofrío hizo que se tapara más con la manta que cubría sus piernas. Cerró los ojos. No haber podido descansar bien la noche anterior le empezaba a pasar factura. No importaba. Podía dormir. El viaje era largo.
Álvaro observaba a su acompañante, iluminado por los tenues rayos de sol que se filtraban por las ventanas del carruaje. Reparó en lo mucho que había crecido en poco tiempo, en sus manos largas y de dedos finos, en el rostro adolescente y en aquella piel brillante que anunciaba alguna que otra pústula, propia de la edad.
Le vino al recuerdo la imagen de aquel niño que había conocido recién acabada la guerra contra Napoleón. Con el tiempo ese niño de ojos vivaces que tanto le recordaban a Isabel y que lo ayudaban a mantener frescos en su memoria los rasgos de esta, se fue revelando paulatinamente como alguien escrupulosamente educado, comunicativo a la par que discreto, exquisitamente respetuoso y dotado de una inteligencia fuera de lo común.
3
A Álvaro le venció el sueño. Al despertar era Manuel quien lo miraba, directamente, sin tapujos. El tono desinhibido y hasta fanfarrón de su mirada desapareció al instante cuando giró levemente el rostro.
—¿He dormido mucho? —Álvaro bostezó de forma discreta.
—No. Sólo un rato.
—Debía de estar cansado. Una cabezadita siempre hace más liviano el trayecto. Ya queda menos para llegar a nuestro destino.
—¿Cómo es Valencia, don Álvaro?
—Mmm, interesante pregunta. —Carraspeó y tragó un poco de saliva—. Es una ciudad acogedora, a la par que bulliciosa. Ya lo comprobarás. Los estratos sociales se configuran según las calles y la disposición de la ciudad. Aunque el centro es como un cogollo que aglutina a todo tipo de gentes, pobres y ricos. —Se había despejado del todo—. ¿Sabes? —continuó, con tono grave—. En una ciudad la pobreza se hace mucho más palpable, más evidente que en un pueblo. Si no tienes a nadie, puede ser muy cruel. Las relaciones casi familiares que se establecen entre vecinos de una misma calle en un medio rural cobran una dimensión mucho más impersonal en una ciudad.
»Puede que lo más cercano a las relaciones vecinales y de solidaridad aquí sean los diferentes gremios que existen, aunque parece que su extinción está muy próxima. Una lástima; los tiempos están cambiando, y hay cosas que no me gustan nada. Los nuevos ricos alardean de sus fortunas, aunque en el fondo lo que quieren es tener títulos. Intentan acceder a ciertos núcleos sociales y creen que el dinero lo compra todo, pero eso no es así, o no debería serlo. —Monfort reaccionó a sus propias palabras con un movimiento de cabeza—. Vaya, te estoy aburriendo. Hay algunos temas que hacen que hable más de lo necesario —Le dio una palmada en el hombro mientras el muchacho dibujaba en sus labios una incipiente sonrisa.
4
El carruaje cruzó la ciudad hasta llegar frente a un enorme edificio, de estilo gótico en su origen, remodelado a mediados del siglo xviii. Manuel contempló la imponente fachada de ladrillo visto y las enormes pilastras de orden compuesto que se extendían por ella, así como los balcones en el primer piso adintelados con antepechos de hierro y en su parte superior decorados con frontones partidos. En el segundo piso también había balcones más pequeños dispuestos por toda la fachada.
En la calle apenas se había hecho una idea de lo grande que era aquel edificio situado en pleno centro de la ciudad. Al traspasar la puerta principal un espacioso patio central presidía la entrada. Este disponía de grandes arcos carpaneles. Una escalera de piedra daba acceso al piso principal.
Al momento de acceder al patio unos sirvientes hicieron acto de presencia, y cogieron los enseres de ambos. Al poco apareció un hombre de porte regio, alto y ancho de espaldas. A Manuel le era difícil ponerle una edad. Por algunas canas que teñían de blanco su sien y se mezclaban con otros cabellos todavía oscuros parecía mayor, pero su cutis, bien cuidado, era el de un hombre todavía joven.
—Don Álvaro. —El tipo hablaba con voz grave y firme—. La cocinera le ha preparado un ligero tentempié por si tiene hambre después del viaje. Se lo puedo subir a su alcoba.
—Gracias, Alberto, pero cenaré en el salón ocre. Luego me daré un baño. Estoy tan hambriento que, si me bañara ahora, me comería hasta el jabón —apostilló en un intento por cortar el frío del ambiente que reinaba—. A Manuel le podéis preparar algo de comida, pues seguro que tiene tanta hambre como yo. ¿Verdad, muchacho? —Manuel se limitó a asentir.
Mientras el señor se dirigía a sus aposentos, Alberto acompañó a los suyos a Manuel, quien seguía a aquel tan rápido como podía, pues el sirviente había impuesto un vivo paso.
—Aquí dormirás. Compartirás cuarto con otro de los sirvientes.
Cerró la puerta y lo dejó solo.
Manuel depositó sus pertenencias en la cama y empezó a deshacer los pocos enseres que traía. Miró sus ropas, viejas y remendadas. En ese momento se juró que no volvería a llevar ropas de pobre, ni permitiría que nadie lo mirara por encima del hombro como había hecho el criado principal. Él, Manuel Brusca, iba a ser alguien muy importante, se dijo entre dientes. Nada ni nadie iban a impedírselo.
Cuando terminó de colocar sus cosas bajó por la escalera de servicio hasta el entresuelo y avanzó por el pasillo. La puerta de la cocina estaba abierta. Distinguió una figura de mujer que se afanaba en preparar unos platos, y, antes que pudiera asustarla con su presencia, carraspeó.
—Buenas noches. Usted debe de ser la cocinera. Soy Manuel.
Quería decirle que Álvaro le había hablado muy bien de sus guisos, postres e invenciones culinarias, pero decidió no decir nada. No quería que pensara que el señor le tenía la suficiente confianza como para decirle eso y no quería pecar de presuntuoso.
Vicenta, la cocinera, lo obsequió con una franca sonrisa.
—Ahora os estaba preparando algo de comer a ti y al señor. Carmen, trae unas perdices escabechadas y retira del fuego las verduras salteadas con manteca.
—Voy —dijo una joven con voz firme.
El muchacho reparó en su presencia, y, aunque no la distinguió bien, sí pudo apreciar que su silueta era esbelta y que llevaba el pelo trenzado. Siguió con la mirada su figura, que se aproximaba despacio. Ambos se sonrieron tímidamente.
En la mesa una mujer de mediana edad bebía algo caliente. Dejó la taza humeante y se dirigió a Manuel, que se había sentado a su lado:
—Me llamo Pilar. Como el resto del personal, hago un poco de todo, menos cocinar y lavar. Con la muerte de la esposa del señor este redujo el servicio. Gracias que tenemos a Carmen, que puede con todo.
La muchacha de la trenza se acercó. De sus labios brotó un tímido «Hola».
Antes de que pudiera reaccionar, apareció Alberto acompañado de otro criado. Era el compañero de cuarto de Manuel, Jesús. El sirviente principal hizo las presentaciones y, con cara inexpresiva, preguntó si estaba lista la cena del señor.
5
Amanecía. Manuel abrió los ojos. En el camastro de su izquierda dormía Jesús. Dio media vuelta y concentró la vista en algún punto fijo de la pared. Al poco rato golpearon con los nudillos la puerta. Era Alberto, que llamaba al personal, como cada mañana.
—Es hora de levantaros. —Su voz sonaba seca y cortante al otro lado de la puerta.
—Buenos días. —Jesús se quitaba el blusón con movimientos mecánicos—. Vístete rápido. Debemos bajar a la cocina. Desayunaremos y se nos darán instrucciones de las tareas del día.
—Buenos días. Gracias. ¿Estás a gusto aquí? —se le ocurrió preguntar.
—Sí. El señor me trata muy bien, y no tengo queja del resto del personal.
—El señor Alberto es exigente, ¿no?
—Bueno, su trabajo requiere que todo esté perfecto y que funcione correctamente. —Jesús tenía a Alberto en gran estima. Lo admiraba y era su referente. La pregunta de Manuel y el tono en que le se le antojó haberla recibido no le gustaron demasiado.
—Claro, por supuesto. Se le ve una persona muy responsable y profesional. Te conozco poco, pero te pareces a él. —Su tono era, esta vez, cálido.
Jesús lo miró, halagado por aquellas palabras.
—Acaba de arreglar la cama. Te espero.
Al llegar a la cocina parte del servicio estaba sentado a la mesa. Estaban a punto de desayunar cuando llegó el cochero. Alberto lo miró con cara de pocos amigos y lo invitó a sentarse, después de que aquel excusara su retraso, y, acto seguido, se encargó de presentar al nuevo empleado al resto del personal. Manuel pudo reparar bien en la muchacha que había visto en penumbras la noche anterior. Era realmente bonita, pensó. Llevaba el pelo castaño recogido de nuevo en una larga y gruesa trenza que caía por su espalda. Una cofia gris verdosa enmarcaba su rostro e iluminaba todavía más sus pupilas azules.
Manuel empezó a comer. El desayuno era mucho más copioso y apetecible que el que tomaba en casa. Cualquier cosa era más apetecible que lo que siempre le había dado su madre. Siguió comiendo con fruición todo aquello que estaba a su alcance, mientras Alberto lo observaba de forma discreta.
—Está todo delicioso. Es usted una gran cocinera —le dijo Manuel a Vicenta.
La mujer notó cómo el rubor subía por sus mejillas. El sonrojo derivó en una tenue risita.
—Todo ayuda. Este pan se me conserva fresco aun con el paso de los días, y los productos que uso son siempre de primera calidad —dijo mientras hacía espacio en la mesa para colocar más alimentos—. Da gusto ver el apetito con que te lo comes.
—Lo que da gusto es comer algo tan rico.
Manuel le dedicó una sonrisa luminosa, de esas que hacían que la persona que lo contemplaba cayera rendida a sus pies, pues era tal el grado de pureza y felicidad encarnado en su expresión, franca y sincera que hacía que aquella persona sintiera que podía confiar en él. Pero nadie sabía cuál era su estado de ánimo real, o al menos nadie que no pudiera ver más allá del falso y vacío brillo de sus ojos.
Alberto decidió entrar en acción y repasar, como hacía cada día aprovechando el desayuno, las tareas que debía llevar a cabo el personal. Cuando le preguntó a la cocinera qué plato tenía pensado preparar para el almuerzo del señor y esta le comentó que había pensado guisar aves rellenas en un lecho de salsa agridulce, no le pareció buena idea. Le sugirió algo menos contundente, menos especiado y más ligero, donde predominaran las verduras frescas, y pescado mejor que carne.
—Pero, si cocino eso, ¿qué le voy a preparar para la cena? Si además ha venido demacrado y ojeroso… —replicó la cocinera.
—Por eso mismo, Vicenta: su mal aspecto denota los excesos de los últimos días. Debería usted saberlo. Para cenar, nada mejor que un buen caldo reconstituyente y algo de fruta.
—Está bien. Como siempre, tiene usted razón.
El criado principal controlaba aquella casa. Se encargaba de organizarlo todo y lo disponía en función de su aguda capacidad de observación. Sabía cómo actuar en cada preciso momento. Conocía qué era aquello que su señor necesitaba. Eran ya algunos los años a su servicio. Debía adelantarse a cualquier situación antes de que llegara a producirse. Así, pensaba, evitaba el caos, y desde que estaba al servicio de los Monfort así había sido. No en vano provenía de una familia de criados, pues su padre y su abuelo habían desempeñado con suma eficacia aquel oficio y ambos llegaron a alcanzar el respeto de aquellos a cuyo servicio estaban. Pero parecía que con Alberto terminaba la tradición, ya que se mantenía soltero y sin ningún interés por encontrar esposa ni tener descendencia. Vivía por y para su trabajo.
El tintineo de la campana de la alcoba principal puso en alerta a Alberto. En unos minutos llegó con el desayuno a la habitación del señor.
—Hoy no vendré a comer. Encárgate de decírselo a la cocinera—le indicó Álvaro mientras apuraba el primer café.
—Está bien, señor. ¿Llamo al cochero para que se prepare?
—No, no será necesario. No requeriré los servicios de Bautista, gracias. Ah, y dile a Manuel que me espere en la biblioteca.
6
Parecía que el tiempo se había detenido. Manuel se quedó perplejo ante la maravilla que contemplaban sus ojos. Su único referente era la biblioteca que Álvaro tenía en Ulldecona, y era un buen referente, pues albergaba un surtido variado de obras: obras clásicas de la literatura, de cronistas e historiadores, obras religiosas o tratados de todo tipo, como un interesante estudio sobre anatomía que el muchacho disfrutó especialmente. Pero la galería de libros que había allí la superaba con creces. Le produjo un inmenso placer poder visualizar, tocar, abrir y hasta poder leer alguno de los párrafos de aquellos libros. Le debía al párroco poder disfrutar de aquello, ya que fue este quien le enseñó a leer y a escribir.
Su dicha duró escasos minutos, importunada por la llegada de Álvaro. Al verlo se sorprendió. Habría dado todo lo que tenía por que hubiera llegado unos minutos más tarde, pero tuvo que conformarse. Se limitó a sonreír amigablemente.
—Supongo que Alberto ya te habrá empezado a indicar el funcionamiento de la casa. Por el momento tendrás un período de adaptación, y, poco a poco, asumirás mayores responsabilidades. Ahora debo marcharme. Ya hablaremos cuando regrese.
—Gracias, don Álvaro.
Estaba solo de nuevo. Paseó tímidamente por la estancia, como de puntillas, para no romper la magia del momento. Deslizaba sus dedos por los tomos alojados, de forma perfecta, en las estanterías. Esta vez se resistía a sacar alguno de ellos de allí, pues no quería frustrarse de nuevo. Pero los minutos pasaban y continuaba estando solo. Decidió que era hora de actuar. Tomó uno de los libros al azar, pero en el momento en que iba a aspirar el aroma de aquella obra, virgen para él, Alberto abrió la puerta.
Rápidamente el joven dejó el ejemplar en su sitio.
—Nadie que no esté debidamente autorizado debe tocar los libros de esta biblioteca.
—Sí, señor. —Manuel tenía la cabeza cacha.
—Antes te he encomendado ciertas tareas. Espero que las cumplas con la celeridad que se exige de ti.
Con un breve gesto lo invitó a salir de la estancia. El muchacho pasó por delante. Mantenía la mirada en el suelo y la mandíbula fuertemente apretada, como expresión oculta de la rabia que crecía en su interior.
7
Álvaro estaba agotado y hambriento. La jornada había sido larga, y necesitaba descansar. Se dirigió al salón Luis XV, también llamado «el salón ocre» por el tono general de las telas. Era muy espacioso, pero al mismo tiempo acogedor, y estaba calentado por una gran chimenea. Se sentó en uno de los delicados sofás de tonos claros.
Cuando llegó Alberto no pudo dejar de posar su mirada en uno de los retratos colgados en la pared del fondo. Era un retrato de mujer, de cuerpo entero y de grandes dimensiones. Ante la visión de aquel cuadro el rostro siempre hermético del criado dejaba aflorar gestos de admiración.
La mujer del cuadro, de estilo rococó, exudaba una belleza delicada y juvenil. De mirada risueña y profunda, llevaba un vestido de tafetán de seda, exquisitamente ligero pese a la profusión de encajes, que se mostraban sutilmente dispuestos sobre aquel tejido vaporoso y apretado sobre el corpiño. La grácil figura se apoyaba ligeramente sobre una columna robusta enmarcada en un exquisito jardín.
—Nunca nos cansamos de contemplarla, ¿verdad? Es como si este retrato de mi madre ejerciera un efecto hipnótico. —Era muy consciente de la reacción que producía en todo aquel que lo observaba—. Fíjate que, si era bella por fuera, todavía lo era más en su interior.
—Tenéis razón, señor. No he conocido jamás a ninguna mujer de corazón tan noble.
—He sido afortunado en esta vida, Alberto. He podido conocer a las dos mujeres más maravillosas que jamás encontraré, aunque las perdiera demasiado pronto.
Un nudo en la garganta, fruto de un recuerdo demasiado lacerante en su corazón, convirtió las últimas palabras en casi susurros.
Álvaro de Monfort
1
Cuando un niño pierde a sus padres recibe demasiado pronto un revés de la vida. Al morir la madre de Álvaro de Monfort, este se quedó desamparado, pues un lazo afectivo irrepetible lo unía a ella.
Inés Rius educó a su hijo bajo unas normas de conducta que le hacían valorar cada instante de la vida y evitaban que cayera en el error de considerar la riqueza como un óbice para conseguir cualquier cosa, pues ante todo le inculcó ser humilde y agradecer lo que la vida le brindaba.
Lo llevaba a visitar los hospicios y orfanatos a los que su marido, a instancias de ella, donaba importantes sumas en forma de obras de caridad. No eran únicamente donativos lo que proporcionaba la familia Monfort, sino también calor humano, ternura y afecto. Tanto era el amor que esa mujer repartía generosamente que podía llegar a procurarlo de tal forma que sus receptores se sintieran plenos, como si fueran los únicos beneficiarios. Quería que Álvaro se formara como persona, que supiera valorar lo que la vida le ofrecía, que pudiera hacer partícipes a los demás de su suerte, que conociera la felicidad, pero que viera también la cara amarga de la vida personificada en el destino de aquellos otros niños que no tenían nada.
Su marido, Carlos Monfort, le echaba en cara esas visitas cuando veía a través del rostro de Inés todo el dolor ajeno que la dama había absorbido. No quería que se mezclara con la desdicha de aquellas gentes, y menos, que involucrara a Álvaro. Incluso la tachaba de irresponsable ante la posibilidad de contraer una enfermedad. Pero la amaba tanto que cualquier mimo, caricia o argumento de ella lo desarmaba, y, aun estando abatida, siempre tenía un espacio de ternura guardado para él.
2
Con sólo verla una vez, Carlos Monfort quedó prendado de Inés Rius, aunque esa reacción era compartida por buena parte de los hombres que la conocían. Inés había tenido varios pretendientes, todos ellos de su condición social. Su padre, Bernardo Rius, negociante enriquecido con la exportación de vino y aguardiente a las colonias de ultramar, no podía permitir que su hija se emparentara con individuos que no estuvieran a su altura. No había gastado parte de su fortuna con la compra de un título nobiliario que le hizo escalar socialmente para que su hija se desposara entre desiguales. Es por eso por lo que, cuando Carlos Monfort pidió la mano de su hija, quedó encantado ante tal negocio.
Se conocieron en un baile de sociedad. Él estaba pasando unos días en la zona del Penedés, tratando de cerrar una serie de negocios. Lo suyo fue, sin lugar a duda, un negocio redondo, ya que allí Carlos Monfort encontró al amor de su vida: hubiera estado dispuesto a vender todas sus tierras y hasta su propia alma a cambio del amor de esa mujer. Pero no necesitó hacer tal cosa.
La boda se produjo a los tres meses escasos de su primer encuentro. El padre de ella no escatimó en gastos, y a la madre, hija de un soguero, por poco le costó la salud, pues todo aquello le quedaba muy grande. Tanto preparativo la desbordaba.
El vestido de novia fue encargado a una de las casas de costura de más renombre de Barcelona. De seda natural, estaba bordado con hilos de oro y tenía los puños remachados con pequeñas incrustaciones de piedras preciosas que se repartían también por el vestido formando pequeños dibujos. Si bien la belleza natural de Inés se vio realzada el día de su boda, la luz que irradiaba era tan potente que, aun con harapos, hubiera destacado por encima de todos los presentes.
Al año siguiente de casados tuvieron a Álvaro. Era un bebé de rasgos demasiado rotundos. Un pelo negro y espeso enmarcaba una carita redonda, de nariz un tanto respingona y de centelleantes ojos negros, legado de su padre y su abuelo paterno. Las pestañas, tupidas y largas, eran una herencia materna, así como la bien delineada boca. A pesar de que dar el pecho a su propio hijo no era lo apropiado para una mujer de su condición, Inés decidió contra viento y marea amamantar a su pequeño. Ni su marido ni nadie osó contravenir los deseos de aquella mujer frágil en apariencia pero decidida en sus propósitos.
El matrimonio no tuvo más descendencia, a pesar de que Inés siempre había soñado con tener una familia extensa. A los veintiséis años murió. Unas fiebres, adquiridas en una de sus visitas, acabaron con ella.
Su marido quedó completamente desamparado. La luz de su vida se había ido. Con la desaparición de su esposa se recluyó en sus aposentos sin querer ver a nadie, sin probar bocado, con las cortinas corridas, en absoluta oscuridad, a juego con el pozo en el que se había adentrado. Ni las súplicas de su hermana, que se había instalado en la casa, ni las amenazas de su cuñado con abatir la puerta desde el exterior sirvieron para que aquel hombre, de pensamiento cabal y reflexivo, entrara en razón.
Un día, el día en que Carlos Monfort empezó a estar en paz consigo mismo porque se obligó a darse cuenta de que su esposa no le perdonaría jamás esa actitud tan cobarde, salió de su reclusión, ordenó que ventilaran la alcoba, la dejaran tal y como estaba cuando Inés vivía, cambiaran las sábanas con regularidad y pusieran jarrones con flores frescas. Se aseó, comió algo, fue a ver a su hijo y no volvió a entrar nunca más en el lugar donde había sentido una dicha plena en compañía del amor de su vida. Ordenó que le prepararan una de las habitaciones de la zona más fría y húmeda de la casa, a juego con la temperatura que albergaba en su interior.
La relación con Álvaro cambió radicalmente. Lo quería, pero al morir su esposa se le hizo muy doloroso estar con él y demostrarle su afecto. Todo lo que aquel niño hacía o decía, cada gesto, cada palabra, cada risa, le recordaba a su mujer, y se le formaba un nudo en el estómago que le impedía pensar con claridad. Ante esa situación reaccionaba a veces con fingida indiferencia, otras, con desprecio.
3
El joven Álvaro de Monfort, falto del cariño de un padre y huérfano de madre,
