Trío - Johanna Hedman - E-Book

Trío E-Book

Johanna Hedman

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Beschreibung

Un debut deslumbrante que aborda la última década como si fuera una época pasada. Visiones distintas del amor y la clase social confluyen en un trío amistoso. Mundos distintos confluyen en el trío amistoso y sentimental que da título al deslumbrante debut de Johanna Hedman: Thora pertenece a la vieja élite social de Estocolmo, August estudia Publicidad pese a sus inquietudes artísticas, y Hugo es un joven de origen humilde que acaba de mudarse a la capital. Thora y August han sido inseparables desde la infancia y ahora son amantes ocasionales, pero su relación empieza a zozobrar cuando Hugo aparece en sus vidas. Éste, a su vez, siente una mezcla de fascinación y perplejidad ante los privilegios de un medio social cuyos códigos desconoce. A lo largo de dos años inolvidables, los tres compartirán una amistad plena de intensidad y erotismo, de fiestas en casas de amigos, conversaciones interminables en bares y paseos en bicicleta durante las noches de verano. Sin embargo, visiones contrapuestas del amor, la clase social y la identidad amenazan con romper el frágil equilibrio del trío, que se sostiene sobre una red de silencios, gestos y anhelos a medio formular. Narrada entre Estocolmo, París, Berlín y Nueva York, Trío plasma con gran elegancia y sutileza psicológica el sentimiento de alienación y la sed de afecto que conforman aquellos años de juventud que algún día recordaremos con una aguda conciencia de la irreversibilidad del tiempo. La crítica ha dicho... «Trío carece de la pose cínica imperante en tantas historias de amor ambientadas en grandes urbes y escritas por jóvenes autores. Aborda emociones sutiles pero profundas, no tediosas citas de Tinder.»Arbetarbladet «Un debut contundente. Hedman describe a sus personajes con sensibilidad y precisión, pero lo que da dinamismo a la novela es el modo en que logra convertir nuestro presente en un objeto de memoria.»Tidningen VI «Deslumbrador debut literario.»Anna Carreras, Diari ARA «Me ha gustado muchísimo. Me ha hecho llorar.»Isabel Coixet «Un llamativo bautismo literario donde traza con precisión los ángulos del amor, mira de frente a ese totum revolutum al que llamamos juventud, y ofrece un retrato punzante y entretenido de la clase alta sueca.»Zenda

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Seitenzahl: 476

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Portada

Trío

Trío

johanna hedman

Traducción de Gemma Pecharromán Miguel

Título original: Trion

© Johanna Hedman

First published by Norstedts, Sweden, in 2021

Published by agreement with Norstedts Agency

and Casanovas & Lynch Literary Agency

© de la traducción: Gemma Pecharromán, 2021

© de esta edición: Gatopardo ediciones S.L.U., 2022

Rambla de Catalunya, 131, 1º-1ª

08008 Barcelona (España)

[email protected]

www.gatopardoediciones.es

Primera edición: marzo de 2022

Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó

Imagen de la cubierta:Marcin Maciejowski, Uncover (Dorota) (2008),

óleo sobre lienzo, cortesía del artista y de la Anthony Wilkinson Gallery

Imagen de la solapa: © Elvira Glänte

eISBN: 978-84-124869-1-9

Impreso en España

Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley,

la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

Portada

Presentación

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

Thora

Hugo

TERCERA PARTE

Johanna Hedman

Otros títulos publicados en Gatopardo

PRIMERA PARTE

Frances llama un día a finales de abril y le pregunta si puede pasarse por ahí la próxima semana. Lo dice así —pasarse por ahí— como si se tratara de pasar a tomar un café por la tarde, a pesar de que se encuentran cada uno a un lado del Atlántico. Habla agitada y él casi puede imaginársela: las mejillas enrojecidas, el pelo alborotado por el viento, probablemente con una cazadora vaquera demasiado fina. Ha encontrado billetes baratos a Nueva York y recalca que es un vuelo directo, como si él debiera felicitarla por el hallazgo. No la ha visto desde hace mucho tiempo y le dice que será bienvenida, por supuesto. Le pregunta si quiere quedarse a dormir en su casa, pero Frances contesta que se va a alojar en casa de unos amigos. Se hace un silencio. Él comprende que ella no ha llamado solo para quedar a tomar un café.

—Hay una cosa de la que me gustaría hablar contigo —di­ce ella.

—¿Ah, sí? —pregunta él—. ¿De qué?

—De mi madre.

—Frances —dice él, pero no continúa, espera que ella repare en la pesada pronunciación de su nombre.

—Lo sé, lo sé —contesta ella—. Por eso no quiero hablarlo por teléfono.

Puede oír por el tono de voz que ella levanta la mano y la separa un poco del cuerpo, como si estuviera agarrando en el aire algo invisible. Siempre se ha preguntado si ese es un gesto que aprendió de niña en las escuelas privadas de Francia, parece demasiado afectado para haber sido inspirado por el temperamento frío de Estocolmo.

—¿Se está muriendo? —pregunta con sarcasmo.

—No.

—¿Enferma?

—No.

—Pues ya está —corta él—. Te recibiré con mucho gusto cuando estés aquí, pero no quiero hablar de Thora.

—Estoy preocupada por ella.

—Probablemente no querrá que hables conmigo de ella.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Aunque Frances no puede verlo, él niega con la cabeza. El ordenador está encendido encima del escritorio, pero la pantalla se ha apagado. Toca el panel táctil con el dedo, aparece un documento vacío y lo mira unos segundos antes de bajar la pantalla.

—Tú la conoces —dice Frances.

—La conocí.

Oye la respiración de Frances y el ruido del tráfico al fondo. Intenta imaginársela en algún lugar del centro de Estocolmo, pero ya no está seguro de si esos lugares existen o si no son más que una amalgama de recuerdos de una ciudad bajo una extraña luz azul, como en las antiguas postales.

—No vendrás aquí para eso, ¿verdad? —pregunta él.

—No —responde ella.

—¿Estás enfadada conmigo ahora?

—No cruzo el Atlántico para hablar contigo de mi madre.

—Está bien.

—¿Todavía quieres verme?

—Sí, claro que sí.

—Nunca se sabe.

No le gusta que ella diga eso, pero no protesta.

—Llámame cuando estés aquí —dice él antes de colgar.

Han pasado varios años desde que Frances llamó a su puerta por primera vez. Él abrió y Frances dijo:

—Hola.

Y luego:

—Creo que tú conociste a mi papá.

Él no preguntó quién era su padre. No hacía falta. La dejó entrar.

Frances era estudiante de intercambio ese año. Al principio se alojó en casa de unos primos de Thora, luego se mudó a una residencia de estudiantes en el Upper West Side. Le contó que no conocía a nadie en Nueva York excepto a los primos de Thora. Estaba sola.

Él se acostumbró a la presencia de Frances en su vida. Por las tardes, ella tomaba el metro hasta su casa y se sentaba en la sala de estar o en la cocina y estudiaba hasta la noche. Le dijo que se concentraba mejor en su casa que en la residencia de estudiantes. Él le dio una llave de su apartamento. Le gustaba llegar a casa después del trabajo y encontrarla en el sofá o en la mesa de la cocina rodeada de libros de texto, cuadernos y rotuladores. Por la noche solía pagarle el taxi de vuelta a la residencia. Los domingos la invitaba a cenar en un restaurante y entonces ella engullía como si no hubiera probado un plato de comida de verdad en toda la semana. La joven le hacía preguntas sobre August y él trataba de responderlas lo mejor que podía, pero hacía muchos años que no hablaba de August y tenía la sensación de que sus respuestas no eran tan exhaustivas como Frances esperaba. No se atrevía a preguntar nada acerca de Thora. Por lo que Frances dijo de pasada entendió que estaba casada con un francés con el que tenía dos hijos. Seguía viviendo en Estocolmo.

Presentó a Frances a sus amigos y la invitaba a casa cuando organizaba cenas. Cuando le hacían preguntas sobre Frances, él solía responder honestamente que era hija de unos viejos amigos de su época de estudiante, pero no dio más detalles y ellos quedaron satisfechos con la escueta respuesta. Sus amigos eran de fuera, algunos de ellos de otros países, y no tenían por costumbre preguntarse unos a otros por su vida anterior. En esa época, él vivía en un pequeño apartamento donde el tablero de la mesa se asentaba sobre unas patas desvencijadas, lo cual hacía que cada comida se convirtiera en un acto de equilibrismo, pero a sus amigos les gustaba reunirse en su casa porque el lugar era un punto de encuentro donde confluían las diferentes líneas de metro de todos ellos. Al final de la noche solían trepar desde las ventanas hasta la escale­ra de incendios para fumar mientras hablaban, divertidos, de mudarse a algún lugar donde los edificios parecieran menos casas de cartón a punto de derrumbarse. Él prohibió a sus amigos que invitaran a Frances a fumar maría o cigarrillos. A ella le gustaba sentarse a un extremo de la mesa y escuchar los chismes de los amigos acerca de sus compañeros y jefes. Cuando él la miraba desde el otro lado de la mesa, a veces le daba un vuelco el corazón, era como girar un caleidoscopio con imágenes que recordaba, hasta que las figuras se fusionaban y él se topaba con la continuación de algo que creía que había dejado atrás hacía años.

Cuando terminó el curso escolar de Frances, él la ayudó a dejar la residencia de estudiantes. La llevó al aeropuerto, con el maletero lleno a rebosar, y ella volvió de nuevo a Europa. Él pensó entonces que todo volvería a la normalidad, algo que de alguna manera también ocurrió, aunque la chica dejó tras de sí un nuevo tipo de silencio en el apartamento.

Frances trabaja ahora de periodista, aunque se ven muy pocas veces. Ella lo llama con frecuencia para hablarle de los artículos que va a escribir, de los que quiere escribir y de los que no consigue publicar. Cuando escribe en sueco, a veces le lee párrafos enteros y al terminar, le pregunta: ¿Está bien escrito? ¿Se puede decir así en sueco? Le resulta gracioso que se lo pregunte esta niña trilingüe, que cambia de idioma con una facilidad pasmosa, más o menos como si se quitara la ropa a toda velocidad, se pusiera el nuevo jersey del revés y no se diera cuenta hasta no haber salido por la puerta. Él le suele responder que no es la persona adecuada a la que debe preguntar, que ella es una de las pocas personas con las que él aún habla sueco. Si ella, aun así, insiste, él intenta decir la frase en silencio, para sí mismo, tratando de detectar si hay errores, aunque ya no pueda percibir instintivamente fallos en el uso de las preposiciones o errores de sentido. Responder a las preguntas de Frances es como tratar de recuperar la movilidad en una mano entumecida. Nunca le da a entender lo incómodo que se siente.

Una vez, de camino al trabajo vio a Thora. O al menos pensó que era ella la que estaba en el metro, en el andén contrario: abrigo rojo, cabello suelto, absorta mirando en el móvil, con una mano apoyada en el bolso colgado del hombro. Con el rabillo del ojo vio que se movían ratas gordas y grises por las vías del metro mientras intentaba verla mejor entre las traviesas que separaban los andenes del metro. ¿Era ella? Comen­zó a tener sudores fríos, el corazón se le aceleró en el pecho, pero el resto del cuerpo se le quedó paralizado. Se le había olvidado cómo se podía sentir o, mejor dicho, si se podía sentir algo.

No era ella.

Era ella.

Estuvo esperando a que ella levantara la vista, solo necesitaba vislumbrar su rostro para estar seguro. Luego, un convoy entró estruendosamente en la estación y cuando arrancó de nuevo la mujer del abrigo rojo ya no estaba. Durante los días que siguieron la buscó entre la multitud, en el ajetreo de las horas punta, levantaba la mirada por encima de las cabezas tratando de encontrar un ápice de algo rojo, algo que hiciera que su corazón palpitase. Pero no volvió a verla.

Por la calle puede pasar al lado de la gente y captar fragmentos de conversaciones en sueco y, durante unos segundos, llegar a preguntarse qué idioma es, antes de darse cuenta de que es su idioma. Algunas veces se sienta en bares y restaurantes junto a personas que hablan en sueco y los escucha en silencio con gesto impasible. Todo el mundo da por hecho que es norteamericano, y él piensa que, después de todo, nunca ha estado a la altura del estereotipo de un escandinavo. A veces ocurre que cuando los estadounidenses descubren de dónde es, arrugan la nariz como si fuera a aparecer algo claramente nórdico con tan solo abrir y cerrar los ojos. Entonces él suele añadir que su abuela paterna era americana, y, por alguna razón, esa información suscita un «ajá», como si esa ascendencia viniera a confirmar algún tipo de carencia en él.

Frances le envía un mensaje cuando llega a Nueva York y quedan en verse durante el fin de semana. Están al final del semestre de primavera y él ya no tiene clases ni seminarios, pero los estudiantes llaman de vez en cuando o aparecen en la puerta de su despacho para hacer preguntas sobre el examen y las calificaciones. El viernes por la tarde, siguiendo la tradición, se organiza la fiesta de fin de curso en la que el personal del departamento y todos los estudiantes se reúnen en un edificio de ladrillos rojos cerca de Washington Square Park. Oficialmente solo beben té y café, pero casi todos están ya colocados o ligeramente borrachos al comienzo de la velada. Él está sentado en las escaleras de la entrada, rodeado de estudiantes y colegas. Alguien le acaricia el brazo, no ve de quién es la mano, ni le importa. Piensa que si extendiera las manos, sus palmas tocarían algún material invisible que lo separa de los demás.

Durante la madrugada del sábado, le despierta la tensión muscular en los hombros que lo mantiene despierto durante varias horas. Conoce bien ese dolor, siempre se comporta de la misma manera: comienza como un hormigueo en el hombro derecho que se va intensificando, se extiende al hombro izquierdo y se irradia hacia arriba a lo largo del cuello hasta las mandíbulas, donde el dolor penetra con mayor intensidad hacia dentro. Al final se levanta de la cama y va a la cocina a preparar un té. Mientras hierve el agua, se tumba en el suelo y mira al techo. No se toma el té, sino que se sirve un vaso de whisky y se da una ducha. Dirige el chorro de agua caliente al punto de dolor en el hombro derecho mientras abre la boca lanzando gritos silenciosos. Luego se tumba en la cama, desnudo y mojado, y no sabe si finalmente se queda dormido de puro agotamiento. Cuando se despierta por la mañana, todo es como de costumbre, como si el campo de batalla del cuerpo se estuviera limpiando temporalmente, barriendo de nuevo los rastros que ha dejado, y haciendo como si no hubiera pasado nada.

En la encimera de la cocina, la taza de té reposa intacta.

Una noche Thora le susurró al oído un fragmento de un poema de Seidel. Ella se quejó de que no podía conciliar el sueño y él le dijo que recitara algo, cualquier cosa. No pensó que ella se iba a tomar en serio el reto y permaneció en silencio durante mucho tiempo, tanto que él pensó que finalmente se había quedado dormida, pero luego se volvió hacia él, y entonces llegaron las palabras, cálidas y húmedas, contra su piel… Eran unos versos que le había oído repetir varias veces antes, como una canción que tenía en la mente desde que se compró la colección de poemas en una librería de París: «I read my way across / The awe I wrote / That you are reading now. / I can’t believe that you are there / Except you are».1 Qué extraño que el inglés pudiera sonar tan hermoso. En los labios de una chica de la clase alta de Estocolmo.

El sábado por la tarde, Frances llama a la puerta de su casa. Fuera hace calor y la joven entra en el pasillo con aire acondicionado con la cara reluciente de sudor.

—¡Es increíble que pueda hacer tanto calor aquí! —exclama mientras se quita los zapatos—. No me digas que te quedas en la ciudad durante el verano.

—No si puedo evitarlo.

—Mis amigos dicen que es terrible aquí entonces.

—Es terrible.

Se miran el uno al otro. Frances es más alta que su madre y no tiene que ponerse de puntillas para abrazarlo. Entran en la cocina que está unida a la sala de estar formando una L alrededor del largo y estrecho vestíbulo. La joven comenta que había una gotera en el techo del andén del metro de la estación de Greenpoint. Él le sirve un vaso de agua con cubitos de hielo. Mientras pone la cafetera, ella desaparece en la sala de estar y le pregunta si vive solo.

—La mayor parte del tiempo —responde él.

—¿No es demasiado grande?

—Probablemente. Me lo alquila la universidad.

—Debes de tener un salario muy alto para poder vivir así —dice Frances cuando vuelve a la cocina.

—¿Necesitas dinero?

—¿Qué? No.

—Creía que los estudiantes recién licenciados siempre ne­cesitaban dinero.

—No necesito tu dinero. —Frances se sienta a la mesa de la cocina, entrelaza las manos y las apoya sobre la mesa—. Sé que piensas que soy una niña mimada.

—No es para tanto —dice él, y añade con una sonrisa—:Podrías haber acabado realmente mal.

Cuando piensa en Thora y Frances, las ve como protegidas por una fina red que amortigua cada caída. Por lo general, los hilos son invisibles, pero a veces brillan en forma de problemas o errores que, en cualquier caso, nunca llegarán a rozarlas. Eso siempre ha sido una provocación para él, al mismo tiempo que desea que permanezcan seguras, arropadas por una capa de dinero que les permite ser libres.

Frances le habla del viaje a Nueva York —largo e incómodo—, del apartamento en Greenpoint donde viven sus amigos, ajado pero agradable, de sus hermanos pequeños: uno está estudiando en París y se acaba de enamorar, el otro vive en Estocolmo y es actor de teatro. No habla de su madre, él espera que lo haga, piensa irritado que es mejor acabar con ello de una vez porque sabe que Frances empezará a hablar de Thora, como si su negativa anterior careciera de validez porque fue transmitida por teléfono, y quizá pueda persuadirlo ahora hablando cara a cara, él sabe que ella razona así. Pero Frances no dice nada de su madre. Habla, en cambio, de su mudanza a Copenhague, de cómo es Copenhague en comparación con Estocolmo, enumera diligentemente las palabras danesas que ha aprendido, como si estuviera colocando en fila pequeños tesoros hallados durante una excursión.

Luego lo mira seria por encima del borde de la taza de café y le pregunta:

—¿No piensas volver nunca a Estocolmo?

—No lo creo.

—Pero es tu casa.

—Ya no.

—¿Entonces piensas quedarte aquí?

Él sonríe ante el ceño fruncido que se dibuja en la frente de Frances. Podría decir que él nunca ha amado Estocolmo como Thora y August, pero sabe que ella también siente mucho apego a su ciudad natal. Se tomaría su relación ambivalente con Estocolmo como un insulto personal, así que se encoge de hombros por toda respuesta, como si el tema no le interesara.

—Seducido por the Big Apple—dice ella—. Creía que estabas por encima de esos clichés.

—No, eres tú quien lo está —dice él—. ¿Le has dicho a Thora que vienes a verme?

—Sí.

—¿Habla alguna vez de mí?

—Directamente, no.

—¿Pero?

—Pero nada: ella no habla de ti.

Consigue contenerse antes de preguntarle si Thora todavía piensa en él. ¿Cómo podría saberlo Frances?

La última vez que vio a Thora en Estocolmo fue en un café cerca del parque Vasaparken, donde los árboles acababan de florecer. Se ha repetido tantas veces la conversación que esa escena está plegada en su interior y en cualquier momento puede desplegarla, como un panorama estático sobre el que deja que se deslice su mirada sin saber qué es lo que busca.

Estaban sentados cada uno a un lado de una mesita destartalada, él tomaba café y ella comía una ensalada. A posteriori pensó que probablemente fue una elección estratégica por su parte; podía concentrarse en la comida, cortar con cuidado las verduras y las hojas de lechuga en trozos pequeños, masticar despacio, secarse las comisuras de los labios con la servilleta. Las pocas veces que miró hacia arriba, su mirada se deslizó sobre el rostro de él como si no hubiera nada a lo que aferrarse. Con todo, él permaneció sentado frente a ella intentando en vano encontrar su mirada. Observó las pestañas bajadas contra la piel pecosa, los lóbulos de las orejas con pequeños pendientes de oro, la raya en el medio, muy recta. Todo a su alrededor parecía desmoronarse, desplomarse. El café pasaba parpadeando en vertical, desde el techo hasta el suelo, igual que las franjas horizontales del paisaje que se ven desde las ventanillas del tren.

—Dime qué quieres que diga —dijo al fin.

—No puede ser. No funciona así —contestó ella.

En inglés, se reinventó a sí mismo de nuevo. Desmontó un yo que estaba demasiado maltrecho por todo lo que él no podía controlar y montó un nuevo yo en el que el inglés impersonal no podía penetrar. No sentía el mundo tan apremiante en inglés. No hay una relación directa entre los sentimientos y las palabras inglesas que los nombran, solo rodeos.

Cuando Frances estuvo estudiando en Nueva York, él aún no había empezado a trabajar en la universidad. Todavía trabajaba para la gran organización internacional y se pasaba la jornada laboral metido en una cabina gris, en una oficina cuyo techo bajo solo quedaba parcialmente compensado con la vista de los rascacielos. Le contó a Frances que llevaban horas de negociaciones por una sola palabra, de negociaciones presupuestarias y recortes, pero Frances no escuchaba, o sencillamente no quería oírlo. No era receptiva a las descripciones de la realidad que sugerían que la vida adulta consistía más en repeticiones y rutinas, conformadas por una extraña mezcla de estrés y aburrimiento, y menos en emoción y aventura. Suponía que ella no se había perdido la ocasión de informar a sus compañeros de que conocía a alguien que trabajaba en la sede de la ONU. Le explicó que él no podía conseguirle un puesto en prácticas y se lo repitió una vez más cuando le preguntó si podía dejarla entrar y mostrarle el interior.

—Todo el mundo puede entrar —le dijo—. Solo tiene que reservar la entrada.

—Pero la cosa cambia si conoces a alguien —contestó ella.

Pensó que Frances era demasiado joven para comprender de una manera tan brusca la diferencia entre los distintos tipos de acceso. Luego pensó en los clubes privados a los que su abuelo materno la llevaba cuando la visitaba, en las casas con suelos de mármol y porteros donde vivían los compañeros de estudios de Frances, en su forma de hablar de las ciudades europeas como si el mundo fuera un barrio frondoso. Así que no protestó, porque Frances tenía razón; había una diferencia, la cosa cambiaba.

Una mañana se colocó con Frances, los turistas y las clases de escolares en la cola que se formaba todos los días junto a la alta valla y los mástiles con las banderas. Mostró su documento de identidad y su tarjeta de acceso a los guardias y esperó a que Frances pasara el control de seguridad. Lo recuerda como un día soleado de otoño, y fue un mal día para deshinchar el optimismo de Frances. La joven estaba radiante cuando pasaron a través de las puertas giratorias, y sujetaba las correas de la mochila, como una versión prolongada de una colegiala con uniforme. Él le mostró las comisiones, las pinturas y esculturas que más le gustaban, la pequeña cafetería sin ventanas de la planta baja donde los diplomáticos mantenían conversaciones discretas, los lujosos salones decorados por los ricos países petroleros, el bar del segundo piso donde la gente con tarjeta de acceso se reunía los viernes por la tarde y bebía vino en la terraza. Era un mundo con el que Frances estaba familiarizada, por lo que no se comportaba como alguien que espera que un guardia de seguridad la puede sacar de allí en cualquier momento. Cuando ella bromeó con los ascensoristas y saltó al tejo sobre el suelo de baldosas en un pasillo vacío, él comprendió que Frances pertenecía al mundo de Thora, no al de August, a pesar de que sus zapatos gastados, su mochila y sus vaqueros dieran la apariencia de otra cosa. Se parecía a August, pero hablaba y se movía como Thora. Eso resultaba desconcertante.

Dan un paseo. En la calle todos se mueven lentamente, como si el calor convirtiera el aire en un objeto físico que hay que empujar para poder avanzar. La humedad presiona la piel y se adhiere como una película brillante, lo cual le hace pensar en los protectores de plástico en las pantallas de los nuevos dispositivos electrónicos, y se frota un brazo como si buscara la pestaña para quitar la humedad. Desde las iglesias que bordean las avenidas sale en tropel gente acicalada que parpadea, como si estuviera mareada, bajo el fuerte sol en las calles, donde hay terrazas abiertas al aire libre, junto al tráfico.

Frances le pregunta si quiere ir a un museo. Él tiene trabajos que corregir, pero ya sabe que no podrá concentrarse en ellos y dice que sí. Toman el metro en Union Square y pasean unas manzanas hasta llegar al museo. Las escaleras están llenas de turistas que posan frente al edificio. Se ha remangado las mangas de la camisa y lleva la chaqueta en el brazo. En el vestíbulo, Frances toma un mapa y lo examina al detalle mientras hacen cola para pagar la entrada. La mujer de la caja pregunta si quieren comprar entradas para la gran exposición conmemorativa con motivo de la pandemia.

—Se inauguró en el vigésimo aniversario —aclara la mujer haciendo un gesto hacia las cajas con mascarillas que hay en el mostrador—. Todos los que la visiten tienen que llevarlas puestas.

Parece tener la misma edad que Frances; probablemente demasiado joven para recordarlo. Él responde inmediatamente que no, consciente de repente del silencio compacto de Frances, que está detrás de él.

Mientras suben las escaleras, lejos de los visitantes que llevan mascarillas con el logotipo del museo, Frances sostiene el mapa delante de ella como si los guiara por una ciudad desconocida. Se encamina directamente al ala norteamericana, cruzan varias salas y pasillos hasta que se detiene frente a unos retratos de Sargent y allí se queda parada, en silencio. Él la observa mientras ella permanece de pie, cruzada de brazos, con las manos en los codos, como si el retrato mantuviera una conversación a la que no sabe si puede unirse.

—Mamá dice que a papá le encantaban estos cuadros —dice ella—. Mira.

Él mira, pero no dice nada. Le parece que puede sentir el calor primaveral afuera, como un animal que resopla golpeando la cabeza contra el edificio.

Frances le lanza una mirada.

—¿Te gustan?

Él reconoce el retrato de la mujer pálida con un vestido negro. August tenía un póster de ese cuadro en su apartamento de estudiante. Una gota de sudor se desliza por su cuello. Le gustaría poder deshacerse de la chaqueta, ¿por qué se la ha traído?

—Demasiado tradicional —contesta.

—¿Tradicional?

Él sonríe y camina hacia la sala contigua. Cuando se da la vuelta la mira a través de la puerta; ella ha vuelto a estudiar los retratos.

Luego pasean por el parque. La vegetación crepita y los rascacielos se elevan detrás de los árboles como cordilleras artificiales con cumbres de cristal que reflejan la luz del sol. En el estanque redondo cerca de la Quinta Avenida, los niños juegan con veleros realizados a escala.

Tras caminar un rato en silencio, Frances le pregunta:

—¿Dirías que eres feliz?

—Frances, por favor.

—¿Qué?

Él niega con la cabeza.

—No puedes preguntar algo así sin más.

—¿Por qué no?

—¿Eres tú feliz?

Frances levanta la mano para cubrirse el rostro mientras lo mira.

—A veces lo soy.

Cuando consiguió su primer trabajo en una oficina donde era obligatorio llevar traje, pensaba, todas las mañanas, con cierta ironía que se estaba disfrazando. Era un juego por el pan de cada día en el que todos debían participar. Convertirse en adulto es venderse, pero mientras no haya nadie que comprenda la ironía de esa participación, resulta más fácil mantener algún tipo de respeto hacia uno mismo. Que él sepa, ya no tiene a nadie a su alrededor que comprenda esa ironía, y sospecha que ahora se comunica en una longitud de onda a la que nadie más es receptivo. Sabe que por fuera se ha fusionado con la chaqueta y la corbata, no hay espacio por donde pueda penetrar la ironía, y da la imagen incierta de un hombre de mediana edad medianamente satisfecho. Se pregunta si los estudiantes lo miran y ven a un hipócrita, ¿tal vez? Thora y August se hubieran reído de ello.

Al principio no le gustó Nueva York. No le había disgustado del todo, pero no entendía por qué la gente volvía a Europa con una mirada chispeante, como si hubiera quedado deslumbrada por una luz brillante. Solo era una ciudad. Con casas altas, calles anchas y un metro anticuado. Luego, por las tardes, comenzó a dar largos paseos. Le gustaba caminar sin rumbo fijo, dando vueltas por los barrios hasta darse cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Cenaba en pequeños restaurantes a los que rara vez volvía porque había olvidado cómo había llegado hasta allí. No miraba ningún mapa y de madrugada paraba un taxi. Por los números de las calles, comprendía que tardaría horas en volver a casa caminando. Con los pies doloridos, se hundía profundamente en el asiento trasero del taxi mientras pasaban anuncios publicitarios por la pantalla del televisor colocada en el asiento delantero. Apoyaba la cabeza contra la ventanilla, miraba a la gente, las tiendas, los restaurantes, las cafeterías, las obras, los parques y las paradas de autobús, y entonces le invadía una extraña sensación de sosiego, una especie de cansancio y saturación de impresiones que le hacían sentirse fundido, como si la frontera entre él y la ciudad se hubiera diluido temporalmente. No era nadie y era todo al mismo tiempo. Esas noches siempre dormía profundamente.

Van a una cafetería en la avenida Amsterdam, cerca del parque. Él se pone en la cola y pide café y bollos mientras Frances se apresura a ocupar una mesa vacía en el interior del local. Le hace una señal con la mano cuando él ha pagado.

—Solía venir aquí todo el tiempo cuando estaba estudiando —dice.

—Lo sé —dice él, y le recuerda que solía llevar bollos para el café en cajitas de cartón cuando iba a estudiar a su casa antes de algún examen; hojaldres crujientes que al menor toque se desmigajaban, y cuyas migas quedaban atrapadas entre las tablas del suelo y atraían a los ratones por la noche.

El café está caliente, quema en la boca. Él lo bebe despacio mientras Frances come. Tan pronto como el plato de postre está vacío, lo aparta, junta las manos sobre la mesa y lo mira seriamente, como si todo lo que habían hecho durante el día fuera algo con lo que tenían que acabar de una vez.

—Estoy preocupada por mi madre —dice.

—¿Sí?

—Ha empezado a deshacerse de cosas. Piensa vender el piso de Lärkstaden.

—¿Dónde va a vivir entonces?

—No lo sé. No cuenta lo que está planeando. Vi el anuncio en una inmobiliaria por casualidad, de lo contrario ni siquiera me habría enterado de que iba a venderlo. Mi madre adora ese piso.

—A lo mejor piensa que es demasiado grande.

—Pero ¿no te parece extraño que decida vender la casa de su infancia?

—No lo sé. —Piensa en cómo era estar de pie en el pasillo que atravesaba el piso y ver la luz del sol que se filtraba en formas rectangulares a través de las puertas, las franjas en sombras y el sol en el parqué de espiga—. Tal vez.

—Solo dice que quiere ser libre.—Frances pronuncia la última palabra como si la idea de la libertad en un adulto le pareciera risible, ridícula, de manera que el deseo de libertad en un joven no tiene por qué serlo.

—Si crees que yo puedo evitar que la venda…

—No. No lo creo. Solo pensé que deberías saberlo.

Lo mira con insistencia como si todavía esperara una intervención decisiva por su parte. Él la mira con dulzura. Se pregunta por qué cree la joven que los negocios inmobiliarios de Thora sean algo que le incumba a él, pero no hace la pregunta en voz alta. Le parece como estar hablando de una persona mítica que alguna vez pudo existir pero que ahora carece de contornos. Él ya no puede imaginar la vida cotidiana de Thora: qué desayuna, cómo se viste, qué piensa antes de quedarse dormida. En alguna ocasión puede tener una idea de lo que hubiera opinado ella de alguien o de algo, pero esto suele ser en ocasiones absolutamente triviales, como cuando tiene una reunión con algún colega y lo único que se le ocurre es que Thora notaría el corte demasiado holgado de los pantalones del colega, que la camisa es demasiado larga y los zapa­tos demasiado informales para una oficina.

—Dice que ya no la necesitamos, porque ahora somos adultos y tenemos nuestras propias vidas. A veces temo que desaparezca —continúa Frances—. Que se largue.

—Como hice yo —dice él al entender lo implícito en su abrupto final.

—Sí —dice ella—. Como tú.

Él pasa la mano por la mesa, haciendo un montoncito con las migas. Evita la mirada de Frances.

—Me gustaría haber conocido a papá.

—Es normal que lo desees —dice tratando de sonar suave, pero se da cuenta de que la formulación se vuelve involuntariamente dura en sueco, indolente, de una manera que en su cabeza la respuesta no suena en inglés.

Frances cambia de postura y se endereza, como para adaptarse al cambio de forma y de rumbo que va tomando la conversación.

—Puede resultar difícil hablar contigo, ¿lo sabías? —pregunta.

—No.

—Se te da bien hablar de cosas triviales, como a todos aquí, pero también puedes ser algo reservado cuando intento hablarte de cosas que importan.

—¿Reservado?

—Sí, entonces te ocultas.

—El hecho de que tú quieras hablar de algo conmigo no significa que yo lo quiera —contesta él.

Frances le mira a los ojos desde el otro lado de la mesa y él piensa que es como si lo estuviera mirando desde un lugar lejano, y no sabe si es ella quien se está alejando de él o si es él quien se está alejando de ella.

—Solo soy una pálida copia de ellos, ¿verdad? —pregunta.

—Me los recuerdas.

—Cuando me miras, los ves a ellos.

—También te veo a ti, Frances.

—¿La quieres?

Se da cuenta de que actualmente Frances es la única persona que podría hacerle esa pregunta. A nadie más se le ocurriría la idea de hablar del amor con él más que como un concepto teórico. «Love is a social construct», dijo una vez uno de sus estudiantes durante un seminario, y por un instante sopesa utilizar esa definición.

—Los quiero a los dos —dice en cambio, sin saber qué tiempo verbal usar.

Frances parece sorprendida, tal vez no esperaba esa respuesta. Se relaja y él se siente extrañamente satisfecho, como si la hubiera convencido. Permanecen un rato en silencio, él come su cruasán mientras Frances busca algo en su bolso. Saca una libreta y un bolígrafo, arranca una hoja y, con la tapa del bolígrafo entre los labios, escribe algo apoyándose en la rodilla. Luego guarda de nuevo la libreta y el bolígrafo en el bolso y se vuelve de nuevo hacia él.

—Nunca es demasiado tarde —dice deslizando la nota hacia él, animándolo.

Él mira el número de teléfono, reconoce el código de Suecia. Puede que sea lo más infantil que le haya oído decir en su vida, pero recoge la nota sin protestar.

—¿Nos vamos?

Él asiente.

Después de andar unas pocas manzanas, se separan en un cruce. Él quiere seguir paseando, ella ha quedado con unos amigos en la otra parte de la ciudad. La ve cruzar la calle, a través del vaho de las arquetas del alcantarillado, y desaparecer al bajar las escaleras del metro. La nota que le ha entregado le quema en el bolsillo.

Cuando llega a casa y abre la puerta, piensa que Frances está sentada en el suelo de la sala de estar, inclinada sobre libros de texto y cuadernos. El tiempo es la cuarta dimensión. Pero Frances no está en la sala de estar, como tampoco Thora está en el estudio escribiendo un trabajo ni August está sentado a la mesa de la cocina tomando café. El apartamento está vacío y oscuro. Va de habitación en habitación encendiendo las lámparas del techo. Saca la nota y la coloca en la mesa de la cocina. Las sillas donde Frances y él estuvieron sentados ese mismo día todavía están descolocadas, como si acabaran de levantarse de allí. Da la vuelta a la nota y vuelve a leer el número de teléfono de Thora. Coge el ordenador y se sienta a escribir, tal vez a ella, no está seguro. Cuando termina, despunta el alba detrás de las cisternas de agua de los tejados. Será otro día de calor.

1. Poema «Invisible Dark Matter» de Frederick Seidel, de su obra The Cosmos Trilogy. (N. de la T.)

SEGUNDA PARTE

Hugo

La primera vez que vi juntos a Thora y August fue en una cena en la casa de los padres de Thora. Había oído mencionar el nombre de August antes, de pasada, pero no nos conocíamos, y mis conversaciones con Thora se habían limitado a breves intercambios de palabras. Cuando estaba en la misma habitación que Thora, ella solía ignorarme o mirarme como si estuviera tratando de ahuyentarme con la mirada, y cuando me miraba de esa manera, yo me quedaba más tiempo del necesario. Durante la cena, noté que las manos de Thora y August se buscaban. No supe por qué esos gestos discretos me impresionaron, quizá por el contraste entre su facilidad para hablar con los demás alrededor de la mesa y la fragilidad que revelaban las caricias en sus manos. Cuando miré por encima de la mesa, me encontré con la mirada de August y me sentí tan violento como si hubiera alargado el brazo y hubiera volcado las botellas de vino. August sonrió. Cuando miró hacia otro lado, evitó el contacto visual sin esfuerzo. Yo permanecí sentado mirándolo con los ojos doloridos, como cuando miras al sol durante demasiado tiempo.

Después de esa vez, empecé a ver a Thora y a August en Estocolmo: en el césped fuera de la Biblioteca Nacional, en las terrazas de las cafeterías del barrio de Södermalm, en la cola de la discoteca bajo el puente Skanstullsbron. Siempre estaban a una distancia lo suficientemente alejada como para que yo no me sintiera obligado a saludar. No estaba seguro de si Thora me devolvería el saludo y no quería arriesgarme a hacer el ridículo delante de ellos. Una semana después de la cena, August me envió una solicitud de amistad en Facebook, algo que me sorprendió y me azoró al mismo tiempo. Me pregunté si por equivocación le había dado un me gusta a alguna foto de August o de Thora y revisé mi historial de navegación para asegurarme de no haber dejado rastros tan torpes. Thora nunca me envió una solicitud de amistad, pero también curioseé su perfil. Habían seleccionado cuidadosamente las fotos de sus perfiles, pero ninguno de ellos las actualizaba con demasiada frecuencia. Acepté la petición de August y miré la pantalla como si fuera a ocurrir algo, algo que fuera a reestructurar mi existencia. No pasó nada. Vi que August y yo teníamos varios amigos comunes y me pregunté si August sería de ese tipo de personas que añadía indiscriminadamente a todas las personas que conocía. Por alguna razón, fue una idea decepcionante.

Un día los vi en el cruce entre las calles Sveavägen y Odengatan. El autobús estaba parado en un semáforo en rojo y cuando miré por la ventanilla vi a Thora y a August ante un establecimiento de comida rápida. Thora estaba de pie buscando algo en el bolsillo de la chaqueta mientras August hablaba y gesticulaba como si intentara convencerla de alguna cosa. Al final, Thora sacó unas gafas de sol, pero no se las puso, las sostuvo en la mano y miró divertida a August. August dejó de hablar, como si se hubiera quedado en mitad de una frase, se inclinó y la besó en la frente antes de quitarse la visera y ponérsela a ella en la cabeza. Entonces sopló una ráfaga de viento y ella levantó la mano para sujetar la visera. Cuando el semáforo se puso en verde, Thora miró hacia la calle, reía sujetando la visera con una mano y apartándose con la otra el cabello que con el viento le tapaba la cara, y por un instante miró directamente a través de la ventanilla del autobús. No estaba seguro de que me hubiera reconocido, pero en medio de las risas frunció el entrecejo. Resistí el impulso de agacharme. Unos segundos después, el autobús había avanzado y permanecí rígido en mi asiento con la desagradable sensación de haber sido sorprendido observando algo que pertenecía a la intimidad.

Llevaba unas semanas viviendo en casa de Aron y Laura, los padres de Thora, cuando aparecieron publicadas en todos los grandes periódicos de la mañana y de la tarde reseñas del libro sobre el Grupo Stiller. Aquel interés irritó tanto a los miem­bros de la familia que se reunieron varios días seguidos para discutir los artículos y arremeter contra los periodistas que habían escrito sobre ellos. Era pleno verano y pensé que nada parecía tener importancia. Karla, la madre de Laura, y los hermanos de Laura vagaban por el piso durante el fin de semana, y a mí me costaba mucho distinguirlos. Entraban temprano en el vestíbulo, sin llamar a la puerta, se quitaban los zapatos y continuaban hacia la sala de estar: el centro de deliberaciones de la familia. Yo no entendía por qué habían elegido la casa de Aron y de Laura como punto de encuentro, porque los anfitriones eran los menos afectados por la publicación del libro. A diferencia de sus familiares, tenían poco que decir y no tomaban capturas de pantalla de párrafos de artículos para poder leérselos en voz alta a los demás. A veces observé miradas entre ellos, como si intercambiaran mensajes secretos cuyo contenido solo ellos sabían.

Yo solía tomar mi café de la mañana en el balcón que estaba al lado de la sala de estar, y tanto Aron como Laura insistieron en que siguiera haciéndolo durante el fin de semana. Me pregunté si aprovechaban mi presencia para marcar distancia con el revuelo que se había formado, pero, si este era el caso, no pude decidir por quién lo hacían: ¿por mí o por la familia?

Durante esos días, la cafetera pitaba incesantemente en la cocina y las tazas se amontonaban unas encima de otras mientras la leche se agriaba en las pequeñas jarritas porque nadie se molestaba en ponerlas en el frigorífico. Los periódicos estaban esparcidos por las mesas y cuando llegaba la tarde se doblaban y se convertían en abanicos o literalmente en mazos en las conversaciones. A Jacob Stiller, en particular, le gustaba dar un golpe en la mesa del comedor con un periódico enrollado para subrayar sus declaraciones; un gesto deliberadamente torpe que hacía que sus hermanos pusieran los ojos en blanco.

Por la mañana, cuando bebía mi café, Aron solía sentarse a mi lado con el brazo en la barandilla y los dedos al aire, como si tratara de agarrar algo al viento. Las copas de los árboles se alzaban como capas verdes en las calles de Lärkstaden. Si hubiéramos estirado el brazo desde la barandilla del balcón, podríamos haber acariciado las hojas con la punta de los dedos.

Aron me explicó que los dos hermanos mayores de Laura, Jacob y Charlotte, ocupaban cargos en las empresas y fundaciones que pertenecían al grupo, mientras que ni Laura ni Philip, los hermanos menores, desempeñaban cargos forma­les en el ámbito empresarial de la familia. Laura era profesora de Historia del Arte y Philip el redactor jefe de una revista.

—Puentes con la vida cultural —dijo Aron.

Le pregunté si Laura y Philip poseían acciones en el grupo y Aron me sonrió con ironía, como si yo hubiera hecho la pregunta para fastidiar.

Los hermanos de Laura me saludaron de pasada, pero Karla se tomó la molestia de darme la mano. Me preguntó brevemente mi nombre, edad y ocupación. Luego me preguntó si hablaba alemán —yo me acababa de mudar de Berlín a Estocolmo para estudiar en la universidad—, y cuando le dije que sí asintió con una especie de aprobación.

Los hermanos ocupaban siempre los mismos lugares en la sala de estar y pensé que parecía como si estuvieran posando para un extraño retrato. Jacob y Charlotte se sentaban uno frente al otro, cada uno en su sofá, Philip estaba de pie apoyado en las estanterías y Laura se sentaba en el sillón al lado del de Aron con las piernas cruzadas delante de ella. Karla era la única que no tenía un lugar definido; se detenía junto a la repisa de la chimenea, daba vueltas de un lado a otro alrededor de los distintos sofás, se sentaba para poco después volver a ponerse de pie. Los hermanos miraban a veces a Karla como para endosarle el rumbo de la conversación, pero ella apenas se fijaba en ello.

Después de los artículos publicados el primer día, reparé en que la familia Stiller, en realidad, disfrutaba al verse envuelta en una crisis prefabricada, en medio del ambiente indolente del mes de julio que adormecía las calles de Estocolmo con cálida placidez.

—A lo que tenemos que dedicarnos es a controlar los daños que pueden habernos causado.

—Jacob, tú has asistido a unos cuantos cursos de gestión.

—No podemos mostrarnos débiles.

—No dicen casi nada nuevo. Es una recopilación de información estratégicamente empaquetada que ha estado disponible durante décadas.

—La gran pregunta es si vamos a dejar que nos entrevisten.

—No. Nosotros no somos una familia mediática.

—Pero ahora lo somos, ¿no? Los medios hablan de nosotros.

—Déjalos que hablen denosotros. Pero nosotros no hablamos conellos.

—¿Entonces no vamos a hacer nada?

—Si no nos pronunciamos, corremos el riesgo de que se nos acuse de pertenecer a las élites alejadas de la realidad.

—¿Y acaso no es así? —preguntó Philip.

—En cualquier caso, no es algo que los ciudadanos suecos tengan que saber —dijo Charlotte.

—Cada vez está más claro que toda la agitación se basa en especulaciones entretejidas que han dado lugar a este montaje —Jacob hizo un gesto amplio con las manos—, a este escándalo exagerado, pero completamente manipulado. Que además es viejo.

—¿Viejo? —dijo Philip soltando una carcajada—. Solo han pasado tres años desde que empezasteis a coquetear con dictadores.

La palabra elegida hizo que Jacob y Charlotte se estremecieran. Miraron a su hermano pequeño con gesto de fría compasión, como si hubiera dicho una estupidez de la que él mismo no era consciente. Philip miró a Aron y a Laura como si buscara apoyo.

—No fue hace mucho —dijo Laura.

Jacob se aclaró la garganta.

—Es la falta de noticias. Los medios optan por sacar esto ahora porque no saben qué escribir en pleno verano.

Guardó en silencio unos segundos y durante la pausa escénica repartió sonrisas entre todos los asistentes.

—Los periodistas se ceban con las tragedias ajenas. En eso podremos estar todos de acuerdo.

—Seguramente no hay que ir tan lejos para presentar al tercer poder del Estado como nuestro enemigo —dijo Karla, pero con una sonrisa dirigida a Jacob.

Si salía para ir a algún sitio, podía detenerme en la puerta y mirarlos, y entonces me encontraba con la mirada de Aron a través del murmullo de voces. Aron tenía los ojos oscuros y hundidos, y la montura de las gafas seguía la forma de las cejas. Cuando sonreía, mostraba las arrugas alrededor de los ojos, una pequeña red de líneas, y las cejas se alzaban por encima de la montura, realzando su sonrisa. Era como si me estuviera animando a reírme del revuelo. No me reí, pero asentí antes de darme la vuelta y salir a la escalera. Desde las ventanas que daban al patio interior, la luz caía a raudales por la escalera de mármol.

Cuando los primos de Thora vinieron más tarde, saludaron primero a Karla, luego a Aron y a los hermanos de sus padres antes de reunirse en la cocina. Allí se apiñaron alrededor de la mesa y tomaron fruta y galletas que mojaban en el café. Parecía un reflejo a menor escala de la escena de la sala de estar, y las voces de tono elevado de los primos, como las de sus padres, resonaban por los pasillos, lo cual hacía que yo pudiera escuchar fragmentos de su conversación.

—Creo que están exagerando.

—Yo estoy con la abuela.

—Tú siempre estás de acuerdo con la abuela.

—Es nuestro apellido el que está en juego.

—¿Qué opinan realmente Aron y Laura? No dicen casi nada.

—¿Quién sabe? —dijo Thora—. No sé más que vosotros.

Los primos se callaron cuando me vieron. Thora estaba sentada con las piernas flexionadas y la barbilla apoyada en las rodillas, mientras hacía girar el móvil entre los dedos. La pantalla negra reflejaba la luz que entraba desde las altas ventanas y los reflejos del sol bailaban sobre su rostro inexpresivo.

—Es uno de los huéspedes de mis padres —explicó Thora con voz molesta a sus primos, que siguieron hablando mientras yo ponía mi taza de café en el lavavajillas.

Nadie dijo nada cuando salí de allí.

Aron y Laura tenían huéspedes desde hacía varios años. Por lo general, estudiantes o profesores jóvenes que tenían dificultades para encontrar alojamiento en Estocolmo y que se ponían en contacto con ellos a través de amigos, colegas o conocidos. A mí me ofrecieron una habitación porque Aron y mis padres se conocían desde su época de estudiantes en Lund. Mi madre me había dado el número de móvil de Aron cuando le hablé de mis planes de mudarme a Estocolmo.

En la habitación contigua a la mía vivía un joven estudiante de doctorado que se llamaba Tigran, y la primera vez que nos vimos me contó que en principio odiaba todo el arte abstracto. Tigran trató de averiguar cuáles eran mis opiniones sobre el panorama artístico en Berlín y cuando le dije que no tenía una opinión formada al respecto, pareció relajarse y comenzó a hablarme de su tesis sobre el simbolismo en las artes visuales. Los días laborales, Tigran se iba a escribir a la Biblioteca Nacional, pero los domingos, cuando la biblioteca estaba cerrada, daba largos paseos por las bahías de Riddarfjärden y Årstaviken, y a veces yo lo acompañaba. Por las noches, él solía poner a Sidney Bechet o Janis Joplin, y cuando «Summertime» o «Me and Bobby McGee» atravesaba la pared entre nuestras habitaciones, me invadía una extraña calma, pero nunca le dije a Tigran lo mucho que me gustaba la música que él escuchaba.

Me habían dado un dormitorio cerca de la cocina al que se accedía por una modesta entrada que antes utilizaba el personal de servicio. Tigran y yo compartíamos un pequeño baño en el pasillo. Nuestras habitaciones estaban aisladas del resto del piso, lo que facilitaba las entradas y salidas sin que llamáramos la atención. Mi habitación estaba amueblada de forma sencilla: una cama, un armario, un escritorio y un lavabo con un espejo. En cuanto coloqué mi pequeña colección de libros en el escritorio, me sentí como en casa. Compré sábanas y toallas, también algunas cajas de almacenamiento que metí debajo de la cama donde mi maleta negra yacía como un enorme pulmón perforado. Pensé que era agradable no tener que comprar muebles, no quería tener más cosas de las necesarias, y me encantaba la idea de poder meter sin problemas todo lo que tenía en una maleta.

Las opiniones de Tigran sobre el arte abstracto hacían que discutiera a menudo con la tercera inquilina, Vera, que era artista. Vera pintaba «arte abstracto», algo que me contó la primera vez que nos vimos, levantando las manos y trazando las comillas en el aire, con la mirada fija en Tigran, que meneó la cabeza y miró hacia el techo. A diferencia de Tigran y yo, Vera no vivía en la casa de Aron y Laura, sino que acudía a pintar en un ático que se había convertido en estudio. Solo si perdía el último metro de vuelta a casa, se quedaba a dormir en un sofá que había junto a la puerta del estudio.

Vera y Tigran habían sido alumnos de Laura. Tigran era estudiante de doctorado en el departamento de Laura, y Vera había tenido a Laura como supervisora unos años antes, cuando escribió su tesis de licenciatura. A pesar de sus diferentes puntos de vista sobre lo que era arte bueno o malo, Vera y Tigran podían intercambiar miradas o referirse a alguna conferencia compartida que hacía que el otro asintiera de entusiasmo. Me contaron que cada vez que conocían a alguien que había estudiado Historia del Arte en Estocolmo, el nombre de Laura salía a relucir. Cuando le pregunté por qué Laura se había vuelto tan popular, Tigran me miró como preguntándose si estábamos hablando de dos personas diferentes. Pero solo me respondió escuetamente:

—Es buena.

Laura confirmó mis prejuicios sobre cómo se vestía la gente acomodada de Estocolmo. Siempre iba bien vestida, con pantalones de traje, blusas blancas, sencillos vestidos camiseros, y encarnaba todo lo que a mi círculo de amistades de Berlín le encantaba despreciar: la burguesía del norte de Europa con sus sutiles expresiones de opulencia. Aun así, había una especie de intensidad serena en los ojos de Laura que, combinada con su voz grave y ligeramente ronca, hizo que yo pudiera intuir su magnetismo como profesora. Era agradable, pero no gastaba palabras innecesariamente, y había algo reservado en su forma de mirarme que hacía que me sintiera observado con el fin de detectar mis debilidades y poder hacerse una idea de mí. Eso no me gustaba porque yo mismo no tenía ni idea de cómo llegar a comprenderla a ella. Al mismo tiempo, me preguntaba qué pensaba ella de mí.

Pasado un tiempo, me di cuenta de que Laura rara vez sonreía para que los demás se sintieran cómodos. No utilizaba sonrisas para llenar silencios ni para reafirmar a la persona con la que estaba hablando. Lo comprendí la primera vez que vi su rostro abrirse en una sonrisa sincera y la oí estallar en carcajadas. Uno quería estar cerca de esa sonrisa y de esas carcajadas, y, sobre todo, quería ser el motivo, y pensé que era eso lo que Vera y Tigran buscaban cuando estaban con ella.

Thora era la única hija de Aron y Laura. Había estado viviendo en París poco más de un año y había regresado a Estocolmo la semana después de que yo me mudara al piso de Lärkstaden. Aron dijo que iba a empezar la carrera de derecho en la universidad. Aunque Tigran nunca había conocido a Thora, cuando hablaba de su regreso a Estocolmo surgía una especie de ensoñación en su mirada, quizá porque creyó que iba a encontrar en ella una mezcla de lo mejor de Aron y Laura, pero Thora no había estado a la altura de sus expectativas. Llegó del aeropuerto una mañana temprano, a principios de julio. Cuando Tigran y yo nos despertamos, el vestíbulo estaba lleno de maletas, y la pequeña familia se hallaba reunida en la sala de estar. Cuando Thora se dio la vuelta para mirarnos, un gesto en su semblante puso en evidencia que nos consideraba unos intrusos. Se levantó y nos saludó, se disculpó por haber dejado las maletas en medio del paso y preguntó si nos había despertado, pero yo tuve la impresión de que nos habría ignorado si sus padres no hubieran estado allí también. Me miró sin verme, indiferente, igual que miraban sus familiares.

Poco tiempo después, Tigran constató:

—No es como Laura.

Sin embargo, hizo varios intentos para acercarse a ella, llamaba a la puerta de su dormitorio y le preguntaba si quería comer con nosotros, pero ella siempre decía que no sin dar explicaciones. Eso molestaba a Tigran, que regresaba a la cocina decepcionado, porque ni siquiera se tomaba la molestia de mentir y decir que no tenía hambre. Así que dejó de intentar conocerla mejor.

Yo tampoco tenía mucho contacto con Thora. A veces nos cruzábamos en el pasillo. Ella no me sonreía ni me saludaba, me miraba como si fuéramos dos extraños en un tren de cercanías abarrotado. Casi nunca hablábamos.

A veces, Vera nos invitaba a Tigran y a mí a su estudio, y nos reunimos allí una vez semanas después de que Thora hubiera regresado a Estocolmo. Vera ya conocía a Thora y a August, los había tratado en varias ocasiones. Le caía bien August, pero no tragaba a Thora.

—Es extraño, ¿no? Que alguien con unos padres como Aron y Laura sea así.

—¿Y cómo es? —pregunté.

—¿Aún no lo has notado? Es una malcriada. Una pija.

—Supongo que serán Aron y Laura quienes la malcriaron —dije yo.

—Seguro que es un rasgo propio de familia —añadió Tigran—. Las familias de Östermalm son así, no hay que darle más vueltas.

Vera se echó a reír:

—¿Las familias de Östermalm?

Tigran hizo un gesto vehemente con la mano.

—La clase alta.