Tu amigo invisible 2 - Santiago L. Speranza - E-Book

Tu amigo invisible 2 E-Book

Santiago L. Speranza

0,0

Beschreibung

Damián Barrios vive hundido en un pozo sin salida desde el enfrentamiento con TAI.   Hasta que le llega una carta. Y, con ella, la oportunidad de remediar los errores que lo atormentan.   La amenaza es clara.   Las sombras, cada vez más oscuras.   El objetivo, uno solo: atrapar a TAI, cueste lo que cueste.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 339

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



www.editorialelateneo.com.ar

/editorialelateneo

@editorialelateneo

Todos merecían morir.

Todos merecían sufrir.

Ya no había nadie digno de clemencia.

Para papá y mamá, que me enseñaron a tener sueños y siempre me dejaron volar.

Playlist

1.

Dance with the Devil Breaking Benjamin

2.

The Game Poets of the Fall

3.

On My OwnAshes Remain

4.

The Kill (Bury Me) Thirty Seconds To Mars

5.

I Don’t CareFall Out Boy

6.

GasolineMåneskin

7.

Everybody HurtsR.E.M.

8.

Down with the FallenStarset

9.

FugitivoRobleis

10.

PainkillerThree Days Grace

11.

Carnivore Starset

12.

Cuánto me dueleMorat

13.

HearingSleeping At Last

14.

Locking Up the SunPoets of the Fall

15.

DaylightDavid Kushner

16.

Angel Theory of a Deadman

17.

Fools Troye Sivan

18.

We Don’t Have to DanceAndy Black

19.

Ciudad de pobres corazonesFito Páez

20.

Antes de perderteDuki

21.

Dream OnAerosmith

22.

In the EndBlack Veil Brides

23.

My BloodEllie Goulding

24.

Wings Birdy

25.

Burn David Kushner

26.

This Is WarThirty Seconds To Mars

27.

Forever Labrinth

28.

ArcadeDuncan Lawrence

29.

Echo (acoustic)Alexander Stewart

30.

Saturn Sleeping At Last

31.

I Miss the MiseryHalestorm

32.

this is me tryingTaylor Swift

33.

Chasing ShadowsAlex Warren

34.

My DemonsStarset

35.

The FearThe Score

36.

RenegadesOne OK Rock

37.

CenturiesFall Out Boy

38.

Angel by the Wings Sia

39.

Fix YouColdplay

40.

Miserable ManDavid Kushner

41.

Save MePoets of the Fall

42.

Everybody CriesRita Wilson

43.

GraveyardHalsey

44.

Killer QueenQueen

45.

All Things EndHozier

46.

Heroes Peter Gabriel

47.

With or Without YouU2

48.

Popular MonsterFalling In Reverse

49.

Zombie Bad Wolves

50.

Run to YouOcie Elliot

51.

Voices In My HeadFalling In Reverse

52.

Elastic HeartWritten by Wolves

CAPÍTULO 1

Resurrección

Dance with the DevilBreaking Benjamin

Damián Barrios no creía en la resurrección. Nunca había sido un hombre creyente, así que le fue fácil responderse cuando se preguntó si alguien era capaz de resurgir de sus propias cenizas o de caminar entre los muertos. Para él eran cosas que se veían solo en las películas o en uno de esos capítulos tan complicados de la Biblia.

Pero por más que todos sus instintos le rogaran coherencia, Barrios creía que Julián era capaz de volver de ultratumba con tal de seguir destruyendo lo que se cruzara en su camino. Era en lo único que podía pensar. Incluso si su muerte se había consumado en una sucia y oscura calle de la Argentina, su resurrección todavía era posible, una resurrección cruda y despiadada.

El renacimiento de un monstruo, que si era recibido y acogido por las manos erróneas, podía dar rienda suelta a un psicópata que no tenía límites ni reproches. Un monstruo que Barrios no supo ni pudo controlar y que derribó cada capa de estabilidad que le quedaba para dejarlo sin nada.

Estaba vacío.

—¿Otra copa? —preguntó el bartender, quien, acostumbrado a la rutinaria presencia de Damián en el bar porteño, trataba de sacarle provecho a su condición de alcohólico.

El exdetective asintió con la fuerza que encontró e hizo lo único que sabía hacer desde que lo despidieron de la policía: beber whisky hasta olvidarse de la miserable persona que era. A veces, si tomaba lo suficiente, la voz de Mariano se cansaba y se callaba en su cabeza. La de Belén le hablaba por lo general tímida y se perdía con la del resto. La de Sebas, al revés: retumbaba en la mente de Barrios con sus gritos, como si el eco que lo atormentaba le recordara los últimos segundos de vida del adolescente.

Damián lograba su cometido cuando perdía la conciencia y dejaba de recordar a todos aquellos a los que no había podido salvar: su esposa, por supuesto, y la decena de chicos que habían muerto por su ineficacia y su estupidez. Sus jefes nunca se lo perdonarían. Los padres de los hijos que TAI había arrebatado nunca se lo perdonarían. La sociedad entera nunca se lo perdonaría.

Él nunca se lo perdonaría. Cada día que se levantaba por la mañana deseaba que el comandante del Grupo Halcón no lo hubiera salvado del padre de Julián. Deseaba que esa bala le hubiese atravesado el cráneo con toda la elegancia y la piedad que ahora su vida no tenía. Pero la suerte del exdetective se había acabado hacía rato, ya no tenía a nadie a quién rogarle el regalo de la muerte.

Barrios metió una de sus manos en el bolsillo y sacó su billetera del jean. Al abrirla, la foto de su difunta esposa se le apareció detrás del plástico en el que hacía años la había guardado. Un recuerdo de su luna de miel en las playas de México, los dos sonriéndole a un loro que se había parado sobre el hombro del exdetective. Damián no pudo evitar emocionarse con la pequeña imagen, y se imaginó lo que sería tener la posibilidad de volver a estar en sus brazos, por más que fuera un gran y enorme anhelo que nunca podría cumplir. ¿Qué pensaría Julieta de él ahora? Seguramente ella lo odiaría y despreciaría, como había hecho todo su círculo social después de su muerte, y toda la estación de policía después de que TAI se le escapara.

La cabeza estaba empezando a pesarle, así que debía apurarse si quería volver a su departamento manejando y poder dormir en su cama. Pagó con lo poco que tenía y se levantó de la barra para salir del bar, pero, en el momento en que se movió de su asiento, sintió el contacto de una mano en su espalda baja que lo obligó a sentarse otra vez. La mano no lo agarró con fuerza ni le llamó su atención con brusquedad. Por el contrario, había cierta sutileza en la forma en la que había decidido tocarlo.

Era la mano de un niño, que ahora escondía ambos brazos detrás de su espalda.

—¿Qué querés, nene? —Barrios había perdido parte de sus modales, ya no era el hombre respetado que muchos habían conocido en el pasado.

El chico sonrió con ingenuidad y reveló por primera vez lo que ocultaba tras su pequeño cuerpo: un sobre blanco e impoluto, que ahora era depositado en las manos del exdetective.

—¿Q-quién te dio es-esto? —balbuceó, su mente, rebosante de dudas, su cuerpo, de hielo.

—Me regaló un chocolate —contestó el niño con una nueva sonrisa infantil antes de irse sin ninguna otra explicación, ignorando la pregunta que le habían hecho.

Damián no tuvo que abrirlo para saber quién era el autor de la carta. Su cuerpo se encargó de decírselo: sus piernas, débiles; sus manos, en un temblequeo constante; su corazón, latiendo tan fuerte que temía que se saliera de su pecho.

Destrozó el sobre de un tironeo brusco. Estaba enojado, pero tenía miedo. Sentía adrenalina, pero también estaba paralizado. Las emociones contradictorias convivían en él en completo caos. Supo que cuando leyera el contenido de la carta no habría vuelta atrás, pero lo hizo de todos modos:

Hay que volver a los inicios para comenzar de nuevo.

Leyó cada palabra una por una, varias veces, como si así pudiera cambiarle el significado. Para cuando bajó la vista y se encontró con la firma de Julián, un escalofrío recorrió su cuerpo. La sigla no estaba escrita con la misma lapicera azul que el resto. Por el contrario, “TAI” estaba resaltado en un rojo que ningún resaltador, lápiz ni fibra podían copiar.

Un rojo escrito con sangre.

El exdetective no tuvo más que remedio que seguir bajando y encontrarse con la posdata que confirmaba sus sospechas:

PD: Nachito me ayudó a firmar. ¿No es un amor? Le hice un cortecito nada más, ¡no sabés lo que te extraña! Dice que espera verte pronto.

Barrios dejó caer la carta sobre la barra. Su mirada se perdió en el horizonte de las botellas de alcohol que estaban presentadas frente a él en el bar. Empezó a barajar sus opciones, pero rápidamente se dio cuenta de que no tenía ninguna. ¿Qué iba a hacer? ¿Llevarle la carta a sus excompañeros (de los cuales ni siquiera sabía quién podía ser corrupto o no) y decirles que debían volver a buscar a Julián? Nadie le creería. Su reputación hacía rato que se había manchado. Nadie querría escucharlo, no después de que un país entero lo culpara por haber dejado escapar al asesino nacional más buscado.

Su única opción era seguirle el juego. Un juego que, como Damián bien entendía, se había tornado personal. ¿Por qué, si no, elegirlo a él por sobre los millones de personas con las que TAI podía divertirse? Había un elemento de venganza, y Barrios lo sabía. Barrios mismo, de haber tenido los recursos, habría hecho lo imposible por hallar a Julián y lastimarlo.

—Hijo de puta —susurró antes de salir despedido del bar con esa sumatoria de emociones tan conflictivas que lo habían embargado, en la que ahora reinaba un profundo enojo.

Quería ahorcar a ese chico con sus propias manos. Eso lo tenía claro. Damián, junto a muchas otras cosas, había perdido su sentido de la justicia cuando su estabilidad emocional comenzó a caer en picada. No había blanco y negro en sus pensamientos, solo negro, negro y más negro. Sin embargo, la invitación de Julián, de una forma retorcida, le había dado algo que no creía ser capaz de volver a encontrar: un propósito.

Esta vez no se le escaparía. Podía tratar de salvar a Nacho y a Estefi, y limpiar una minúscula parte de su conciencia en el proceso. Podía dejar de sentirse el peor inútil del mundo.

El destino le estaba dando una segunda oportunidad que él no iba a dejar pasar. Así que iría hasta el fin del mundo con tal de encontrarse con Julián y darle fin a lo que habían comenzado.

Cuando llegó hasta su viejo y sucio auto después de caminar un par de cuadras, ya sabía adónde tenía que dirigirse. Los tres vasos de whisky, en este caso, le habían aguzado sus sentidos detectivescos.

—En los “inicios” te voy a recontra cagar a trompadas, sorete —le dijo a la nada misma cuando encendió el motor y empezó a maniobrar el volante. Solo había un lugar al que TAI podía estar refiriéndose: el ahora abandonado colegio Alfonsina Storni.

Recorrió los kilómetros hasta la escuela en el mismo silencio que se había acostumbrado a viajar: un silencio crudo, que le recordaba su eterna soledad. Cuando llegó hasta la entrada, no tuvo mejor idea que estacionar en la línea amarilla y arriesgarse a que le pusieran una multa por dejar el auto donde no debía. Pero no le importó. Por supuesto que no le importó. Lo único por lo que en verdad decidió movilizarse se encontraba en algún lugar de esa escuela desierta.

Deseaba que Julián lo estuviera esperando adentro. Barrios sentía tanto odio, tanto dolor reprimido, que no confiaba en sus propios impulsos. Sabía que hasta podía convertirse en un monstruo. No tenía nada que perder.

Se metió al Alfonsina Storni por un hueco de la reja que había sido cortada. Atravesó la entrada y por un segundo visualizó cuando esa escuela estaba llena de vida. Ahora la alegría de la juventud era reemplazada por persianas caídas y pasto sin cortar. Para cuando pasó la puerta y se enfrentó al largo pasillo por el que tantas veces había caminado, el recuerdo de las tragedias lo acechó al ritmo de las voces de los chicos, que incrementaban sus gritos agónicos a cada paso que se atrevía a dar:

“Me prometiste que me ibas a proteger, forro”, le decía Pedro.

“¿Por qué dejaste que me prendieran fuego? ¿No ves que mamá me necesitaba?”, le recriminó Ramiro.

“Te tendría que haber disparado a vos en vez de a Julián”, lo atacó Diego.

Avanzó por las aulas tratando de ignorar las súplicas y los insultos que venían de sus propios fantasmas. La tarea le resultaba imposible. Cada vez que se acercaba un poquito más al salón de tercer año, los ruidos eran más ensordecedores. Los chicos nunca se callarían, lo perseguirían hasta que Damián diera su último aliento.

Sin embargo, cuando puso un pie dentro del aula en la que tantas veces había estado, el bullicio fue reemplazado por un silencio absoluto. Era como una especie de respeto consensuado entre los que ya no estaban, que anunciaba que alguien se estaba metiendo en un lugar sagrado, aquel espacio en donde todos habían estado juntos antes de que sus cuerpos empezaran a desvanecerse ante la muerte.

No era un silencio que pudiera dejar a nadie tranquilo.

Barrios rebuscó desesperado por cada rincón, esperando encontrarse con algún indicio de Nacho, Estefi o, mejor aún, de Julián. Pero ni secuestrador ni víctimas parecían haberse acercado a la escena, lo que lo dejó tan decepcionado que tuvo que apoyar su peso sobre una de las sillas para poder mantenerse de pie. Si TAI no pensaba presentarse en carne y hueso, ¿a qué estaba jugando?

Damián no tuvo otra opción más que acercarse hasta el centro del aula, donde un proyector se sostenía en dirección al pizarrón sobre uno de los bancos. A su lado, un pequeño papel escrito con la misma lapicera azul que había visto en la carta que le dio el niño:

Bienvenido, Damián. Dale play a tu próximo infierno.

Damián ahora no fue capaz de soportar su peso y se desplomó en una de las sillas. No quiso preguntarse quién había sido el dueño de ese asiento en el pasado. Solo quería escuchar lo que Julián tenía para decir y salir de ese lugar que tanto lo atormentaba lo antes posible.

Cuando le dio play, la silueta oscura y misteriosa de un chico con un buzo rojo se presentó frente a él. Para cualquier mortal, reconocer a la persona del otro lado de la pantalla habría sido imposible, pero Damián no era cualquier mortal. Damián sabía quién era exactamente el que le hablaba a través de ese modificador de voz.

El amigo invisible al que no había podido vencer.

¡Damián! Capo. Ídolo. Figura. ¿Cómo estás? O debería decir... ¿Cómo están tus botellitas de whisky? Qué tiempos, eh. Me gusta que, a pesar de la inflación, vos no dejes de darte tus gustos.

Lamento decepcionarte. Imagino que esperabas encontrarme en el aula… quizás apuñalarme por la espalda para que por fin te saliera una bien. ¡Retriste que no sea así!

Pero bueno, vamos a lo importante: sigo teniendo aNacho y a Estefi. Están bastante bien, pero me estoy cansando un poco de ellos… y ya me dieron ganas de complicarlas cosas un poquito.

Vos podés salvarlos. ¡Ay, qué lindo sería! Pero también podés ser el responsable de su muerte. Ambos sabemos que no podés cargar con la culpa de dos muertes más en tu larga lista, así que por eso estuve diseñando algunos nuevos… “jueguitos” para que te diviertas.

Si ganás, felicitaciones. Te voy a esperar acá, en casita, con un mate y medialunas para que puedas liberarlos ynosotros tengamos una linda última conversación de amigos.Pero si perdés, si fallás, si te morís antes de lo que te toca morirte, si hablás con la policía o empezás a hacer cagadas…, los chicos van a sufrir y después se van a morir. Los voy a ir rebanando, dedito por dedito, y te los voy a poner en la comida para que te los comas.

¿Estás dispuesto a sufrir para salvarlos o, mejor todavía,para darte el gusto de encontrarme? Yo creo que sí, porque no te queda nada en este mundo de mierda. Solo la sensación de culpa y de venganza. Me necesitás, boludín,como yo te necesito a vos. Vos arruinaste mis planes, hiciste que mataran a papá y que capturaran a mi vieja. ¿Y sabés qué le pasó a ella? La hicieron concha cuando fue presa. Por tu culpa soy un huérfano, así que ahora te toca pagar. ¿No es maravilloso mi plan? Estoy seguro de que vos habrías hecho lo mismo en mi lugar. Si es que te digo, somos mucho más parecidos de lo que creés.

Así que, ¿qué decís? ¿Volvemos a jugar a mi juego?

Ponete la cámara que te dejo como regalo, no te la saques. Descargate una aplicación en el celular, te dejé un papelito con el instructivo. Ahí vas a recibir algunos mensajitos míos cuando te estés portando mal. Y después, empezá a rezar. Vas a necesitar de la ayuda hasta de los Power Rangers para no querer tirarte de un cuarto piso cuando empieces a jugar. Acá está tu primer desafío:

“Aquella experta del cuerpo y la naturaleza reposa en un espacio lleno de almas en pena, el lugar más cercano a la escuela donde lo perdiste todo. La clave está en su pecho, ¡eso es un hecho!".

Gracias por inspirarme tanto. Gracias a vos, TAI está más vivo que nunca. Porque TAI nunca muere.

Hasta pronto, Damiancito.

Barrios detuvo la reproducción. No quería escuchar la voz del asesino más de lo que necesitaba. Reconocía lo nervioso que estaba. Volver a meterse en su juego era peligrosísimo. Si lo hacía, ¿podría recuperarse algún día?

Pero Julián Márquez ya lo había destruido a tal punto que no había razones para estar nervioso. Si el asesino quería recoger sus esparcidas piezas y convertirlas en polvo, Barrios lo haría con tal de ponerle fin a esta guerra.

No hay nada más peligroso que una persona rota. Damián lo sabía, así que tomó la cámara que Julián le había dejado y salió del aula con los gritos de los chicos a sus espaldas, que habían reemplazado el silencio por un pedido de clemencia, un pedido de justicia.

Entendió que era el único que podía salvarlos, y lo haría… o caería en el intento.

CAPÍTULO 2

Trauma

The GamePoets of the Fall

Los sobrevivientes de tercer año del Alfonsina Storni no se sentían afortunados. Por el contrario, a veces deseaban haber corrido la misma suerte que Mariano, que Ramiro, que Belén y que tantos otros. Fantaseaban con que todas las dudas, los miedos, las preocupaciones y las inseguridades fueran borradas de su memoria. Una vida bajo tierra, en el cielo o incluso en el infierno. Muertos, para no tener que seguir recordando.

Las consecuencias del Juicio habían sido catastróficas para los chicos. El consuelo que tenían, por más pequeño que se sintiera, era resguardarse en la presencia de los únicos que podían entender lo que habían vivido.

Porque nadie más lo hacía.

—¿Cómo te sentís con tus nuevos compañeros?

—Bien.

—¿Te sentís adaptado al grupo?

—Sí.

—¿Pensaste si querés volver al atletismo?

—No voy a volver.

La psicopedagoga anotó en su libreta con desgano, parecía que llenar casilleros de una planilla no la entretenía. Lucas odiaba tener que sentarse con ella y perder su tiempo respondiendo preguntas insensatas. Sabía que Gonzalo y Darío pensaban lo mismo. Jazmín siempre trataba de defenderla, y por más de que eso les hiciera hervir la sangre, los chicos no la juzgaban. Era Jazmín, al fin y al cabo.

—¿Cómo estás con tu psicóloga? ¿La seguís viendo todas las semanas?

—Sí.

La psicopedagoga se sacó los anteojos y miró a Lucas con cansancio.

—No me dijiste cómo estás con ella.

Lucas esquivó el contacto visual lo mejor que pudo. Después de que TAI apuñalara a Sebas, Julián lo había mirado a los ojos a él, regocijándose con su dolor. Lucas supo en ese momento que nunca más podría confiar en la mirada de nadie.

—Bien. No sé qué querés que te diga.

—Que me cuentes algo, Lucas. Yo te quiero ayudar. ¿Me vas a dejar ayudarte algún día?

Negó con la cabeza. Era la única respuesta posible. No había nadie que pudiera ayudarlo.

—¿Ya terminamos? —preguntó; quería irse de esa oficina lo antes posible.

La psicopedagoga cerró su libreta y le hizo una seña de aprobación.

—Nos vemos la semana que viene.

Lucas salió y sin despedirse de ella. Le había hecho perder la mayor parte del recreo largo de la mañana. Cerró de un portazo y se fue al pasillo. Un pasillo lleno de chicos y chicas a los que despreciaba. Todos tan concentrados en la próxima previa o en si su crush les había reaccionado a una historia en Instagram. “Qué pelotudos que son”, pensaba Lucas. Con lo que había vivido se sentía mucho más allá de esas cosas de adolescentes con las que ahora no se identificaba.

Había perdido de vista a Gonzalo y a Darío. Era probable que estuvieran juntos, pero no sabía dónde. Vio a Jazmín hablar con algunas de las chicas de su curso, cerca del baño, pero no se acercó a formar parte de esa conversación. Admiraba cómo Jazmín podía actuar como si nada hubiese pasado. Él no tenía ese poder.

Suspiró derrotado y se fue solo hasta el aula.

Entró y no había nadie ahí. Avanzó hasta el fondo con los hombros caídos, como si las piernas le pesaran. Ese era su nuevo caminar, su nueva forma de lidiar con la mierda que le había quedado de vida, la vida que Julián le había arrebatado.

Cuando llegó a su banco, la piel se le erizó ante su descubrimiento.

—No puede ser —susurró para sí mismo, sosteniendo un pequeño sobre blanco.

Las manos le empezaron a temblar. Quería sentir odio, pero lo único de lo que se llenó fue de miedo. Detrás de él, vio que Gonzalo y Darío habían llegado al aula, seguidos de Jazmín. Cuando los otros tres vieron lo que Lucas sostenía, sus rostros se horrorizaron.

Abrió el papel y leyó su contenido con la voz titubeante:

Mis queridos amigos:

Qué maravilla volver a comunicarnos. Nueva escuela, ¿eh? No será el Alfonsina Storni, pero espero que el Manuel Belgrano los esté tratando con el mismo cariño que los traté yo. ¡Les tocó un gran prócer!

Hoy vengo a invitarlos a un nuevo juego que sé que los va a hacer muy felices: ¡uno en el que pueden salvar a Nachito y a Estefi! Es reeeee simple lo que tienen que hacer…

¡NO DEJEN QUE EL DAMIANCITO BARRIOS SE MUERA!

Si se muere, se mueren los chicos. ¡Así que arriba las palmas y a no cagarla, muchachos! Mientras yo me pueda seguir divirtiendo con el detective, todo genial. Así que denme una mano y yo después les suelto a nuestros amiguitos. ¿No es un plan maravilloso? ¡Y mientras tanto, yo disfruto de seguir compartiendo aventuras con ustedes!

Pero ojo: no se metan más de lo que tienen que meterse. Siempre se pueden dar vuelta las cosas y… ¡puf! De repente son ustedes los que están en peligro.

Vayan a las diez de la noche a la dirección que les dejé al final de este mensajito. Encuentren a Damián. Él va a saber qué hacer.

¡Cuídense un montonazo! Y que no decaiga.

Los quiere,

TAI

Lucas sintió una fuerte punzada en el corazón, una angustia que lo dirigió a esos momentos del pasado que lo perseguían en cada una de sus pesadillas. Jazmín, Gonzalo y Darío, quienes observaban cómo el rostro de su amigo se tornaba pálido, se adueñaron de la carta en un instante.

—No —dijo Darío, alejándose unos pasos en un intento por ganar espacio.

—¿No qué? —contestó Gonza, tratando de reconocer los pensamientos de Darío. Se había vuelto bastante bueno para eso en el último tiempo.

—No puedo…, no puedo volver a hacerlo —admitió, su voz desfigurada por los nervios—. No puedo volver a ser parte de esto, no puedo volver a jugar con él. No, no. No puedo.

—No digas pelotudeces, ¿querés? —le respondió Lucas, tenso, sonando más agresivo de lo que le hubiera gustado. Estaba tratando de procesar lo que acababa de leer.

—Calmate, man. No te pongas así —se apuró a decir Gonza, que no soportaba en lo que se había convertido Lucas después de la tragedia.

Nunca más volverían a ser los que habían sido.

—¡¿Cómo querés que me ponga?! ¡Mirá lo que es nuestra vida, chabón! ¡No vamos a estar tranquilos nunca! —se violentó Lucas, que no lograba mantener sus emociones bajo control.

—Bueno, pero pará. No se puede ni hablar cuando estás así —le respondió Gonza, encogiéndose de hombros.

—¿Así cómo? —Lucas empezó a caminar en dirección a su compañero. Enojado. Frustrado. Fuera de sí.

—Infumable —susurró Gonza dándole la espalda, tratando de acercarse a Darío para evitar una pelea.

—¿Qué dijiste, la concha de tu madre?

Lucas se apuró a voltear a Gonzalo para golpearlo en la cara. Sus brazos tensos, sus puños apretados, cargando el golpe que dejaría salir toda su ira.

—¡Basta! —La voz de Jazmín aquietó los impulsos de su compañero. Ella nunca gritaba, a menos que fuera estrictamente necesario—. ¿Se piensan que así van a resolver las cosas?

Lucas supo que tenía razón. Retrocedió varios pasos, casi avergonzado por esa faceta impulsiva que se le había desarrollado, y se fue en silencio hasta la ventana.

Gonzalo prefirió ignorar el episodio y concentrarse en quien de verdad le preocupaba ahora mismo. Sabía lo que estaba pasando por la mente de Darío: todos los escenarios en los que las cosas podían salir mal, todas las dudas que lo carcomían. Él era el único que podía calmarlo. Así que, dejando de lado sus propios miedos, lo sentó con delicadeza en su banco y le puso las manos en los hombros. Un detalle mínimo, pero que le recordaba algo esencial: “Sigo acá, no me voy a ir a ningún lado”.

Jazmín, siempre atenta, no solo vio los movimientos del dúo, sino también cómo Lucas había empezado a transpirar. Con la cabeza gacha, negaba, derrotado. Estaba tan asustado como los otros dos, solo que su cuerpo lo expresaba de una forma distinta.

Dejó que las emociones se aquietaran y el mensaje tomara forma en las mentes y corazones del resto del grupo. Después, las palabras salieron de su boca con la gracia, calma y elegancia que solo ella podía alcanzar en un momento de tanto estrés:

—Hoy a la noche vamos a ir a la dirección que nos dejó Julián —decretó. No estaba haciendo una pregunta. Les estaba diciendo lo que iba a pasar.

Los tres chicos se miraron entre sí y luego la observaron, sorprendidos.

—Pero, Jaz…

—Hoy a la noche vamos a ir a la dirección que nos dejó Julián —repitió, su voz igual de pacífica, pero con un tono que les recordó que estaba hablando muy en serio.

Darío quería llorar. No era capaz de controlar el vendaval de terror que crecía en su interior. El solo pensar en Julián, en lo que les había hecho, en los que había matado… lo destrozaba.

—No quiero, Jaz. No quiero. ¡Por favor, nos va a matar a todos! No lo hagamos, por favor… —Sus palabras se arrastraban entre sollozos, no había caricia de Gonzalo que pudiera tranquilizarlo.

Jazmín se acercó hasta a él y se puso de rodillas para quedar cara a cara con Darío.

—Yo tampoco quiero, pero tenemos que hacerlo. No por nosotros, no por Julián. Vos sabes por quiénes.

Se levantó, asegurándose de que Gonzalo, Lucas y Darío la estuvieran observando al pronunciar su siguiente frase:

—Por Nacho y por Estefi. Hay que salvarlos. Ellos lo harían por nosotros.

El timbre sonó y el resto del curso volvió al aula, sin darles tiempo a contestar. Varios fueron testigos de los rostros demolidos de los sobrevivientes de TAI cuando la siguiente clase se dignó a comenzar, pero ninguno fue capaz de acercarse y preguntarles cómo estaban.

Ellos cuatro habían superado un infierno, un infierno del que nadie quería ser parte; menos aún ahora, que había sido reanudado.

Esta vez lo sentían más cruel. Más personal. Más peligroso. Un infierno al que no podían renunciar, si querían salvar a sus amigos de una muerte segura.

CAPÍTULO 3

Cementerio

On My OwnAshes Remain

—Gon, ¿y si nos vamos? ¿Y si agarramos todo y nos vamos? —preguntó Darío, que miraba a su amigo meter cosas en la mochila como si estuviera preparándose para la guerra.

—¿Adónde querés ir, Dari? No tenemos un peso y somos menores, ¿hasta dónde pensás que podemos llegar?

—No sé, pero, bueno, capaz si…

Gonzalo dejó lo que estaba haciendo y se volteó para observarlo con ojos de hielo:

—No. Ya escuchaste a Jaz. Además, no podemos arriesgarnos. —Se acercó a Darío, que sostenía sus ganas de llorar por quinta vez en el día, y lo miró por un segundo—. No quiero que te pase nada.

Gonzalo apoyó su mano sobre la mejilla fría de Darío y la dejó ahí un rato, dejando que el calor entibiara su rostro. El contacto con él enternecía a Darío, que solo quería arrastrar al rubio hacia su cama y abrazarlo hasta que ambos se quedaran dormidos; pero, para su mala suerte, lo único que Gonzalo tenía para darle eran señales confusas.

—Vamos, no podemos llegar tarde —decretó Gonzalo, se había puesto incómodo al quitar su mano y notar lo que acababa de hacer, esos impulsos que lo llevaban a darle cariño a su amigo sin saber por qué.

Darío no tuvo otra opción más que asentir y seguirlo afuera de su habitación. Entre morir a manos de Julián, pero con Gonzalo a su lado, o escapar lejos del peligro, pero vivir solo, Darío prefería toda la vida quedarse en compañía de la persona que amaba. Así que no insistió más.

Los chicos se escabulleron de la casa de Gonzalo por una salida lateral, asegurándose de que sus padres no se enteraran de su partida. Mientras pensaran que ellos seguían en la habitación, estaban a salvo. Se subieron al subte que tantas veces habían tomado y se bajaron en la misma estación que cuando iban al Alfonsina Storni. Caminaron por las calles de Buenos Aires y llegaron a la esquina de la dirección que TAI les había dejado, sin mucho diálogo de por medio. Cada vez que tenían un “momento” juntos, luego les tomaba cierto tiempo superar la tensión que habían alimentado.

Esperaron a Jazmín y a Lucas cinco minutos, sentados en las escalinatas de un restaurante cerrado. Podían ver las sillas apiladas en una esquina. No era tan tarde, pero había oscurecido hacía rato y la mayoría de los transeúntes ya se habían resguardado en sus casas. El cementerio los observaba, oscuro, a unos metros. Ambos trataban de evitar mirar en esa dirección. Odiaban cómo los hacía sentir ese lugar. Cuando empezaron a pensar que no acudirían, la figura de sus dos compañeros los sorprendió: habían ido juntos.

—Hola —dijo Lucas saludando a Darío y a Gonzalo con un choque de puños muy breve. Todavía se sentía avergonzado por lo que había hecho esa mañana en la escuela.

Jazmín optó por darles un beso en la mejilla a los dos. Ella, entre los cuatro, sentía que era la que debía hacerse cargo del grupo. Los problemas que estaban atravesando eran evidentes, así que, para tratar de alivianar su carga, volvió a tomar el liderazgo, como lo había hecho más temprano:

—Esperemos acá. —Miró la hora, eran casi las diez—. Seguro que Damián está por llegar.

Los chicos le hicieron caso a su compañera y se ocultaron detrás de las paredes del restaurante. La aventura no los emocionaba ni les resultaba divertida. Por el contrario, lo único que querían era volver a la pequeña normalidad a la que se habían acostumbrado en esos meses de silencio de Julián. Pero ¿a quién iban a engañar? Estaban a punto de meterse en un cementerio, de noche, siguiendo las pistas del asesino que les había arrebatado su adolescencia.

Querían que fuera mentira, que fuera solo una pequeña y estúpida broma, pero cuando vieron a Damián acechar la entrada del cementerio y emprender viaje hacia su interior, los chicos supieron lo muy en serio que TAI estaba hablando.

Todos se miraron entre sí. El exdetective traía, con su presencia, un montón de recuerdos traumáticos del pasado. Las veces que se había aparecido en la escuela. El momento en el que llegó tarde y Diego se suicidó. Las promesas. La declaración en la televisión. Todas y cada una de las memorias dolían, no había ninguna que les trajera un poquito de esperanza.

No les quedaba otra opción que aceptar su realidad: TAI había vuelto a formar un plan y ellos eran parte de sus malévolas estrategias una vez más.

Lucas corrió tras Damián, fue el primero en reaccionar. El resto lo siguió detrás, no tenían tiempo para debatir.

—¡Damián! —Lucas, con sus piernas de excorredor, fue el primero en tocar su espalda. Barrios, sorprendido por el llamado, giró y le apuntó con un arma.

Los chicos se congelaron en sus lugares como si su vida dependiera de ello. No estaban equivocados. Por el rostro de Damián y la manera en la que sostenía el arma, casi de forma tambaleante, los chicos sentían que, si se movían un pelo, los llenaría de balas.

—¡Te mato, quedate ahí o te mato! —Barrios observó al chico, vio la cadenita de plata que colgaba de su cuello… y reaccionó—. ¿L-Lucas? ¿Qué hacés acá?

Cuando Damián bajó el arma y vio que el resto del grupo se acercaba a paso dubitativo, con las manos al frente como pidiéndole “no nos mates”, se dio cuenta de su error. Pero eso no ayudó a que se calmara.

—Julián nos dijo que viniéramos. Él…, bueno, quiere que te… ayudemos —arrastró las palabras Gonzalo, no estaba seguro de la salud mental de Damián.

—¿Ayudarme? No, no, no…, nadie puede ayudarme, ¡nadie tendría que ayudarme! Ustedes…, ¡ustedes tendrían que estar preparándose para ir a la escuela mañana!

Lucas retrocedió a pasos seguros hasta quedar en línea con sus amigos. El olor a alcohol y la manera en la que Damián revoleaba los brazos con desdén lo ponían muy nervioso. No se parecía en absoluto a la persona que había tratado de protegerlos cuando estaban en el Alfonsina Storni.

Jazmín dio un paso al frente para que su voz calma dominara los pensamientos de Barrios. Cuando lo hizo, notó una pequeña cámara en la campera del hombre. Se preguntó si Julián los estaría observando y regocijándose ahora mismo.

—Damián… ¿Puedo llamarte Damián?

Él asintió. Sus brazos temblaban, aún con la pistola reposando en su mano derecha.

—Si estás acá, es porque querés ayudar a los chicos, ¿no? —Barrios volvió a asentir, no le dijo la parte de que también quería matar a Julián—. A Nacho y a Estefi, me imagino.

Damián asintió de nuevo, pero esta vez algo hizo clic dentro de su cabeza. Que Jazmín mencionara los nombres de sus compañeros hacía que todo se volviera más real. Le recordaba el objetivo que lo había llevado hasta el cementerio, por encima de cualquier influencia que el alcohol pudiera tener sobre él en ese momento.

—Por eso tenemos que calmarnos. Para ayudarlos, ¿me entendés? —Jazmín le susurraba con voz pacífica, se acercaba a pasitos cortos—. Y, para ayudarlos, tenés que guardar el arma.

En algún lugar de la mente ocupada por el trauma, las palabras de Jaz tuvieron sentido para Damián. Una partecita muy pequeña de él todavía estaba dispuesta a luchar contra la locura. Así que cedió y guardó la pistola en su pantalón. Los otros tres adolescentes exhalaron como si hubieran contenido la respiración desde que Jazmín había empezado a acercarse.

—¿Qué le pasa? —le preguntó Darío, en un susurro, a los otros dos.

—No sé.

—Está hecho mierda.

Jazmín se volteó a mirarlos y les dijo con los ojos que se callaran. El exdetective, de todas formas, ya había escuchado las palabras de los jóvenes y no los culpaba. Su apariencia debía de ser penosa.

—¿Adónde tenemos que ir, Damián? —preguntó Jazmín, voz de la conciencia, tratando de acelerar las cosas y salir de ese cementerio cuanto antes.

Barrios sacó un papel arrugado del bolsillo de su pantalón y se lo entregó. Después de reproducir el video de Julián, había anotado todas las cosas que recordó del mensaje; entre ellas, la pista. Jazmín leyó línea por línea. Luego, se la pasó a los chicos, para que estuvieran al tanto de lo que estaba en juego. Damián se había alejado de ellos mientras leían, lo habían perdido de vista.

Los cuatro se observaron en silencio. Sintieron que estaban perdidos. Con Barrios así, ¿cómo harían para ayudarlo a sobrevivir? ¿Cómo harían para llegar hasta sus amigos si apenas podía estar de pie?

—Bueno, a ver… Hay que resolver esto, ¿no? Si no, no nos vamos más de acá —dijo Lucas, tratando de darle sentido a la adivinanza del final. La leía una y otra vez sin parar, pero no entendía: “Aquella experta del cuerpo y la naturaleza reposa en un espacio lleno de almas en pena, el espacio más cercano a la escuela donde lo perdiste todo. La clave está en su pecho, ¡eso es un hecho!”.

—Un espacio lleno de almas en pena… calculo que ya llegamos. —Gonza señaló el cementerio, como indicando algo obvio—. ¿Pero la clave está en su pecho? ¿Qué pecho? ¿Vamos a tener que desenterrar una tumba? Me muero.

Al verbalizarlo, el resto cayó en la cuenta de que la posibilidad era más que válida. Sus rostros se transformaron. Por primera vez, Jazmín sintió que ni su calma era suficiente para llevar adelante lo que fuera que tuvieran que hacer.

—La clave puede ser otra cosa, no sé, capaz es más metafórico… Tipo, el pecho de una lápida, y se está refiriendo como al “centro” —trató de darle sentido Jaz, pero los chicos no estaban convencidos.

—Ni en pedo es solo una lápida. ¡Es Julián! ¡Julián! —Lucas estaba gritando, el resto le pidió con un ademán que bajara la voz—. Si hizo todo esto es para que la pasemos lo más para el orto que se pueda, así que no creo que sea tan fácil, seguro que…

La voz de Damián retumbó en la oscuridad de la noche. Se había tomado el minuto que necesitaba para volver a ser una persona por lo menos coherente.

—Hay que desenterrar el cuerpo de Marta Toledo, la que era su profesora de Salud y Adolescencia —dijo interrumpiéndolos, mientras les indicaba que lo siguieran con una pala en mano—. Vengan, es por acá.

Barrios peleaba activamente con sus propios demonios. Trataba de callar las voces de los chicos que lo carcomían, mientras batallaba con el alcohol que tenía en sangre, pero su deseo de ayudar a los rehenes y encontrar a Julián era genuino. Por eso, mientras ellos discutían, fue a encontrar la lápida de Marta. La adivinanza le había resultado fácil de resolver.

Trató de decir lo justo y necesario, principalmente por la vergüenza que sentía por su arrebato inicial. Les había apuntado como si Lucas, Gonzalo, Jazmín y Darío no hubieran tenido suficiente ya como para estar aguantando sus miserias.

Los adolescentes lo acompañaron en silencio, con los nervios de punta, hasta que llegaron a una lápida que claramente había sido desenterrada no mucho tiempo atrás. Vieron el nombre de la profesora Toledo y sintieron un escalofrío.

Ese lugar les helaba el alma.

—¿Y ahora? —preguntó Gonzalo; no veía ninguna señal de los juegos de Julián en la lápida misma.

—Ahora hay que cavar.

Damián, durante su ausencia, había forzado la cerradura del cuarto de mantenimiento y tomado una pala para poder comenzar con su labor, siguiendo lo que creía que eran las órdenes de Julián. Los chicos observaban horrorizados, se preguntaban si eran capaces de seguir estando allí. Pasaron los minutos y Lucas no lo soportó más.

—¿De dónde sacaste la pala? —preguntó.

—Del cuarto de mantenimiento. Está por allá —señaló—. Lo dejé abierto.

Lucas fue el único con el valor suficiente para mover sus pies del suelo e ir corriendo por otra pala. Le parecía más desesperante quedarse mirando, prefería ayudar a Damián y salir de allí cuanto antes.

Al cabo de dos minutos, no volvió con una sola pala, sino con cuatro.

—Vamos, ayúdenme también —dijo repartiéndoselas a cada uno.

Hubo dudas en el grupo. Por supuesto que hubo dudas. Ya se sentían lo suficientemente cómplices al presenciar cómo desenterraban un cuerpo, pero ahora se habían puesto manos a la obra. Lo que estaban haciendo estaba a otro nivel.

Cuando Barrios llegó al féretro y se dispuso a abrirlo, supo que de esa acción no habría vuelta atrás. Hubo un silencio grupal que fue difícil de interpretar.