4,99 €
¿Alguna vez te preguntaste qué escribió Leticia en esa carta de "Final de juego", el cuento de Cortázar? ¿Tenés ganas de leer una historia de amor puro que te conecte a vos también con esa pureza? Algo tan simple como cerrar los ojos y oler un jazmín en un patio de barrio. En estas páginas, ese estilo sensible te llevará por un recorrido de emociones, aromas y colores, las cosas simples y a la vez profundas de la vida que nos animan a seguir. Imaginate que subís a un tren, como el famoso tren fantasma que algunos conocimos en la infancia, pero en lugar de monstruos, arañas y oscuridad, podés ver un ramillete de historias de vida que te seducen y te invitan a despertar en vos la magia de sentir y estar vivo.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 114
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Arte de tapa: Carmen Aztibia (Tunisia, acrílico 50 x 70).
Fotografía de la obra de arte de tapa: Rocío Plaza.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Barros, Marisa Marta
Tu corazón los siente / Marisa Marta Barros. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
116 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-930-8
1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Barros, Marisa Marta
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Agradezco a todos los que me ayudaron a concretar este libro que alguna vez soñé despierta. A ustedes, porque lo van a leer y, entonces, se animan a recorrer este sueño, y a mí, porque siempre me exijo mucho y me palmeo poco en el hombro.
Agradezco también especialmente a Carmen Aztibia por permitirme plasmar su obra de arte en la tapa y contratapa de este libro y a Rocío Plaza por fotografiar esta obra.
Estas historias son cortas, las escribí así, compactas y sin mucho desarrollo para que ustedes las sigan imaginando.
Prólogo
Charles Baudelaire decía: “Hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del tiempo, hay que emborracharse sin tregua, pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto”1. Y así fue como los Embriagados de poesía —Julio Oviedo, Fabián Urquiza, Antonio de Bernardin y yo— dejamos por un rato nuestras profesiones y nos dedicamos a compartir textos propios, emociones literarias, sin miradas altaneras, con muchas risas y la alegría de animarnos juntos, cada uno en su individualidad.
Hoy, después de postergar mucho este momento, edito mi primer libro y quiero que ellos tres me den la mano para escribir este prólogo, con el mismo corazón que late siempre en sus textos.
Uno camina por barrios desconocidos. Esto es Núñez, aquí es Belgrano, estoy por Palermo y siento una satisfacción interior. Entonces, llega Marisa Barros con sus cuentos o relatos poéticos con descripciones de los mismos lugares por donde uno pasó, y vasta para darse cuenta de que uno no ha visto ni el ochenta por ciento de las cosas. Tener una obra de Marisa es la oportunidad de viajar cien veces a los mismos lugares que nuestra vista no ha captado. Sencilla, profunda, con una maravillosa sensibilidad en cada manifestación, y el viaje… el viaje más importante de todo ser humano, el viaje interior superlativo.
Al lector: Cierra los ojos, respira profundo y lánzate a las letras de este libro, nunca te arrepentirás.
Julio Oviedo
Para el lector apasionado, las letras de estos cuentos van a ser como un tren sin frenos que circula por el ramal de los sueños. Un tren que nació en la cabecera de Palermo, donde las formaciones hechas de rimas, versos y sonatas pisotean eje tras eje el reglamento interno, con el noble objetivo de llevar este ejemplar hacia su destino final: la estación de la conciencia humana.
Fabián Urquiza
Marisa es mi amiga, con esa aparición inesperada y maravillosa con que surgen los amigos. Ella es suave como el amor, camina de puntillas entre las veredas, recorre las paredes y las plantas, como llega al corazón. Pero también es decidida, extremadamente decidida, y blande la dulce espada de la justicia sin temor. ¿Cuál es el resultado de tal combinación? Sugiero que es la compasión, que es esa superación de la maldad en vista de la reparación que los humanos podemos lograr, y la belleza, que es la manera que tenemos de seguir vivos y de transmitir la vida a quienes nos rodean. De tal modo que quienes lean estas páginas —no tengo duda— saldrán fortalecidos con esas características que nuestra autora tiene la grandeza de compartir.
Gracias, Marisa, por vos podemos ser un poco mejores y transitar la existencia con un sentido más profundo y real, embriagados de luz y de esperanza.
Antonio De Bernardin
Tu corazón lo siente
Haiku
Sale el sol,
se oculta, vuelve y
tu corazón lo siente.
Amor en flor
Era más blanda que el agua, que el agua blanda… Sonaba la radio cuando pasé por la verdulería. Imaginé un baile de otros tiempos.
Un club de barrio donde iba toda la familia a divertirse; se sentaban en mesas largas que compartían padres, hijos, amigos y vecinos.
Las madres no perdían de vista a sus hijas; los muchachos se acicalaban sin que se notara porque ellos eran machos; los padres contaban historias de fútbol, chistes y noticias necrológicas del barrio. Los más chicos corrían entre las mesas, espiando a los de “pantalón largo” que se besaban con sus novias a escondidas. Las jovencitas se empolvaban la nariz en el baño y reían revoleando los ojos para un costado.
Entre la muchedumbre apareció él, algo lo hacía destacarse del resto, o eso creía ella porque él no era del barrio. La miró a los ojos y la invitó a bailar, le hizo chistes y ella se reía intentando disimular que no había entendido unas cuantas picardías, pero se le encendían las mejillas, coloradas de la vergüenza. Cuando pasaba el sofocón, se atrevía a mirarlo. De fondo se escuchaba… era más blanda que el agua…
La miró otra vez, sí, esa mujer ablandaría su corazón como el agua de aquel tango.
Duraznos de marzo
Sacaron el perro, la última vuelta del día. Tenían que hacer un poco de tiempo para volver a casa, por eso recorrieron otras calles, esas del barrio que ella camina cada tanto.
Iban frenando a los tirones porque el perro olfateaba un árbol y no tenía intenciones de moverse, como el que estaba enfrente de la verdulería. Así que ella se puso a escuchar la conversación entre José, el verdulero, y una clienta. La mujer le pedía algo de frutas:
—¿Qué tal esos duraznos? —preguntó.
El verdulero le dijo:
—Umm… no, mejor estos. Son los que usan para hacer los duraznos en almíbar, te van a gustar.
La mujer lo miró aliviada, no tenía que elegir ni decidirse por nada. Ese muchacho lo hacía por ella, y era buena onda, todos lo querían en el barrio, siempre predispuesto para el otro, y no solo para ganar dinero, sabía ver a las personas que habitaban en sus clientes y ellos eran conscientes de eso. Así que, si él les sugería algo, no lo dudaban. Aunque una vez había cometido un acto de venganza.
Vino a comprarle Cacho, ese hombre del barrio que todos detestaban, eran conocidas las palizas que le daba a Alicia, su mujer, y ella disimulaba con capas de maquillaje, también la despreciaba en público. Ese día que apareció Cacho en la verdulería le dijo a José, sin saludar, con el entrecejo fruncido en una zanja de odio y grasa:
—Che, dame tomates buenos para salsa. Hoy viene a comer mi jefe, le debo favores y necesito quedar bien. ¿Me escuchaste?
José respiró profundo, se calló, lo pensó varias veces, no era su estilo fallar a los clientes para sacarse de encima mercadería, pero recordó la cara de Alicia la última vez que había ido a comprar al local, se escondía bajando la cabeza o detrás de la pila de cajones de manzana para ocultar las manchas y la inflamación de la cara. Los ojos húmedos, con lágrimas clavadas que no se movían, depositadas sobre el párpado inferior, se iban acumulando y caían cada tanto, pero nadie se iba a dar cuenta, pensaba Alicia, porque ella enseguida se secaba la piel con el dorso de la mano y a otra cosa.
Así que José se convenció de que era justo hacerlo, le dio a Cacho esos tomates pasados que tenían buen aspecto. Solo alguien con experiencia y sensibilidad se daría cuenta de que estaban en mal estado. Le cobró y se quedó parado detrás del mostrador con una sonrisa, se imaginaba la cara de furia contenida de Cacho cuando sentados a la mesa, con su jefe y la esposa, hicieran cara de asco por el gusto a podrido de los tomates. Casi seguro que ocurriría eso porque Cacho no se detenía a probar la comida, para qué, era una pérdida de tiempo y las pocas veces que lo había intentado terminaba con la lengua quemada.
Ellos dos y el perro siguieron caminando. Ella le dijo a él:
—¡Qué buena onda tiene José!, y me gustan las frutas que tiene, voy a venir a comprarle.
La semana siguiente fue a la verdulería, pidió varias cosas y dejó el pedido de los duraznos para el final. En el cantero de la puerta conversaban un muchacho y un señor, cada tanto le decían algo a José. Todo parecía muy familiar, el tiempo se detenía para esas personas que podían hablar de temas sin importancia una mañana de sábado, en el barrio.
Entonces ella le preguntó:
—¿Están buenos los duraznos?
—Sí, tengo los duraznos de marzo. Son los que usan para hacer los duraznos en almíbar.
—Bueno, dame un kilo.
Pagó y se fue, los iba a probar después de la comida del mediodía. Se los ofreció a Juan Pablo, que siempre quería frutas y de las buenas, y le contó toda la historia.
Ella empezó a pelar el durazno con desconfianza y él le dijo:
—Ummm… suena muy durito cuando lo vas pelando.
Ella había pensado lo mismo. Cada uno probó, él con azúcar y ella solo. Después del primer bocado sonrieron porque era tal cual al sabor de los de lata.
El otoño trae colores opacos, hojas que caen, piel seca y días más cortos, pero también los duraznos de marzo.
¿Por qué los monos decidieron callar para siempre?
En esa comunidad de chimpancés vivía un monito joven que había nacido mudo.
Todos los demás monos hablaban hasta por los codos y producto de ese parloteo incesante había bastante discordia entre ellos, dimes y diretes, rencores, envidias, ofensas, entre otras cosas.
Un día, Tor, el jefe de la manada de monos, se puso a pensar por qué Toto, el monito mudo, siempre estaba sonriente, activo, era el primero en ponerse a trabajar cuando se asignaban tareas, con una placidez angelical cuando dormía y siempre en óptimas condiciones de salud.
A Tor se le ocurrió hacer un experimento para demostrar una idea que se le había ocurrido, pero prefirió no contárselo a nadie hasta que no hubiera comprobado el resultado fehaciente de su plan.
A la mañana del día siguiente, Tor se colgó un cartel del cuello que decía: Me duele mucho la garganta, por hoy no voy a hablar. Todos lo miraron extrañados, pero respetaron su silencio forzado.
A medida que transcurría el día, Tor se sentía cada vez con más fuerzas, alegre, saltaba hasta ramas que nunca antes había llegado, pudo tomar una siesta y relajarse en paz. La comida la saboreaba a ritmo lento y descubría intensidades de sabores no percibidas hasta entonces.
Cuando veía a sus compañeros hablar, al principio sentía ganas de opinar como si su mensaje fuera imprescindible, pero iba disfrutando más y más a medida que se callaba y se permitía escuchar a los otros. Nunca los había escuchado así, compenetrado en las palabras y los gestos de los otros cuando hablaban. Y era un alivio no sentirse obligado a pensar todo el tiempo qué iba a decir después él o cómo lo haría.
Cuando iba cayendo la tarde de ese primer día, Tor ya había comprobado su teoría: “Hablar aleja a los monos de su esencia y genera desequilibrio”.
Fue así, con ese convencimiento, que al día siguiente convocó a toda la manada. Les contó su teoría y el resultado de la prueba con la que había comprobado sus sospechas.
Se produjo un silencio absoluto entre todos los presentes y solo se escuchó un fuerte aplauso, el de un solo mono, Toto, que reía de oreja a oreja con ojos chispeantes.
De batones y casimires
Ella se había desgastado las manos sobre la tabla de madera para lavar la ropa, así como se desgastaban sus sueños. Esas ondulaciones de la tabla, acompañaban cada día los vaivenes de su ánimo.
El batón de flores chiquitas y fondo azul, ajustado con una cinta fina de la misma tela, le ceñía la cintura, desdibujada por el tiempo en su cuerpo recto como una heladera.
Aquella noche de luna llena, tantos años atrás, ella no lucía un batón, se había puesto un vestido verde esmeralda con lunares chiquitos color blanco, ceñido al tronco y la cintura, una campana plato que se abría y cerraba cuando daba vueltas en la pista de baile, tomada del hombro de él, que la conducía sin titubear. Esa noche hablaron poco, se miraron mucho, iban regulando la presión de las manos con cada emoción, coincidían, impulsados por los valses o I wish upon a star. Él sabía qué significaba la letra de esa canción y le pidió en secreto a una estrella que ella no se fuera nunca de su lado. Ella soñaba lo mismo. Sin conocer esas palabras en inglés, sabía de flores, los malvones eran su especialidad, podía distinguir a las novias enamoradas de las que no lo estaban cuando iba con sus hermanos a la iglesia del barrio, los sábados y veía todos los casamientos de la noche, miraba los ojos de las novias y se daba cuenta. También sabía coser vestidos con vuelo, mucho vuelo.
El amor se les fue entregando sin prejuicios, se mostraba dulce y jugoso como una fruta carnosa de estación, pero un día los abofeteó en la cara con ese desenlace que no habían imaginado.
Ella no pudo evadir su destino de batón de barrio y él, el suyo, de casimir inglés.
Hoy, un día como tantos, muy lejos de aquellos tiempos, muy lejos el uno del otro, ella friega en la tabla y lo recuerda, él fuma la pipa y la desea. Los dos cierran los ojos, al mismo tiempo y piden a la misma estrella que los guíe a un momento, aunque sea solo uno que los encuentre juntos. Quizás el último…
Con gusto a mandarina
