Tú vivirás mejor que yo - Ramón Martínez Piqueres - E-Book

Tú vivirás mejor que yo E-Book

Ramón Martínez Piqueres

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Beschreibung

Son las siete y diez de la mañana del 17 de noviembre de 2025, el Dr. Martín está a pocos minutos de finalizar una guardia tranquila en el servicio de urgencias del hospital de Alicante. Pero, en un instante, esa aparente tranquilidad salta por los aires, se acaba de producir un atentado terrorista en la estación de trenes de la ciudad. Entre las víctimas de este atentado un niño de apenas once años, Javier. Así comienza este trepidante relato donde, desde Alicante a Salamanca, pasando por el imaginario pueblo de Rabudo, el autor traza un recorrido por el pasado más reciente de España, por su presente y por un futuro titubeante cargado de tensión. Tú vivirás mejor que yo, una frase repleta de sentimientos que cualquier madre o padre ha pensado o pronunciado alguna vez y que marcó, marca y marcará la vida de Paola, Ramiro, José Martín y muchos de los protagonistas de esta historia. Tras un pasado, que ahora sabemos cierto, qué nos deparará 2025…

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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tú vivirás mejor que yo

Ramón Martínez Piqueres

© Tú vivirás mejor que yo

© Ramón Martínez Piqueres

ISBN ebook: 978-84-18411-62-5

Editado por Tregolam (España)

© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid

Calle Colegiata, 6, bajo - 28012 - Madrid

[email protected]

Todos los derechos reservados. All rights reserved.

Imágen de portada: © Shutterstock

Diseño de portada: © Tregolam

1ª edición: 2021

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o

parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni

su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico,

mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por

escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos

puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Este libro va dedicado a mis hijos.

Ellos han sido mi motor en los momentos más duros.

Y es a ellos y a todos los hijos a los que se les ha de decir:

“Tú vivirás mejor que yo”.

Y luego, hacer lo posible para que así sea.

«Ser libre no es sólo deshacerse de las cadenas de uno, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás».

Nelson Mandela

«El nacionalismo es creer que el hombre desciende de distintos monos».

Juame Perich

«Sólo el egoísmo tiene patria. ¡La fraternidad no la tiene!»

Alphonse Marie Louis de Lamartine

AGRADECIMIENTOS

Mi primer pensamiento, a la hora de agradecer las colaboraciones que he tenido en este libro, es para aquellas personas que en él se verán reflejadas y sin las cuales la ficción no se hubiera convertido en realidad. Por eso, muchas gracias a todas ellas. Y también a quienes, por cualquier motivo, no pudieron brindarme su colaboración.

Quiero agradecer, en no menor medida, a mi compañera de viaje en el día a día, Maite, sin la que, mucho me temo, esto no hubiera salido adelante.

Por supuesto, a mi padre, que me ha proporcionado datos históricos de primera mano. Y a mi madre que, sin ya estar aquí, ha sido mi mayor fuente de inspiración.

También quiero agradecer, sobremanera, la colaboración que me brindó, nada más solicitársela, a la que fue mi institutriz en las labores legislativas y que a buen seguro no hace falta que la nombre, porque ella sabe quién es. Sin duda, si Rabudo existiera trabajaría en el área de Cultura y Patrimonio Histórico.

Y en esa misma línea, también quiero hacer extensivo este agradecimiento a esa «Personita», con mayúsculas, que es la que haría, día a día, desde hace muchísimos años, que la alcaldía de ese ficticio Rabudo, fuera del color que fuera, funcionara.

Desde luego, quiero agradecer a los osados prologuistas, D. Jesús Navarro Alberola y Jordi Davó Moltó, que se han atrevido a estampar su firma delante de este manuscrito, ¡esos son atributos y no los del «del caballo del Espartero»!

Mi admiración más profunda hacia ellos.

Y, por último, pero no menos importante, quiero transmitir mi agradecimiento a todos aquellos que se pongan «manos a la obra» y vayan pasando páginas.

Muchas gracias a todos.

PRÓLOGO

Como muchos de los que se acerquen a este prólogo, conocí a Ramón Martínez en su etapa pública. Sin embargo, bastante de lo que sé de él me ha llegado a través de mi amado hermano Toni, que compartió con Ramón pupitres del Dehón, olor a borrador y muchas misas entre Solas y Soletas.

Venía a casa a jugar. Lo recuerdo muy formal, serio, con una mirada más profunda de la que corresponde a un chaval de diez años. Perdí el contacto cuando se marchó a estudiar a Salamanca. Al volver a verlo, ya era doctor y concejal. Sin embargo, me hacía gracia ver exactamente al mismo niño de rodillas peladas que jugaba desaforado con Toni, pero ahora con corbata y manejando poder político. Era la misma mirada, con el mismo trato exquisito, razonador y conciliador, sobre todo con los contrarios a sus ideas. Todos ellos guardan un gran recuerdo de su trato personal, con un nivel de estima, creo, muy superior a sus correligionarios ideológicos. En esto es gemelo a mi gran amigo y presidente de la Diputación, Carlos Monzón. ¿O quizá será Mazón…?

En esta novela que empieza en unas páginas y que ya deberían estar leyendo, porque los prólogos no son más que un impedimento para el disfrute verdadero, el pasado, el presente y el futuro se dan cita, se entretejen y se confunden en una madeja que empieza a rodar con la tensión que provoca el estallido de una bomba en la estación de AVE de Alicante. Es lunes, ١٧ de noviembre de ٢٠٢٥, y el atentado deja seis muertos y decenas de heridos. Enseguida, el narrador, en tercera persona, traslada el foco de atención al médico de urgencias José Martín Piquet —cualquier parecido con el doctor Ramón Martínez Piqueres es fortuito—, que tiene que arremangarse y recibir a los heridos. Entre ellos, un pequeño de once años, Javier, con el que el doctor Martín se encariña, quizá porque le recuerda, por la edad, a su propio hijo.

Pero, como todos, el propio Martín fue alguna vez un crío de esa edad, que se abría al mundo y que lo observaba desde su propia perspectiva. En la novela, que oscila entre el pasado y el presente, las vivencias del padre de José Martín, Ramiro, abarcan desde la muerte de Franco hasta nuestro presente. Prácticamente, se terminó de escribir ayer. Y lo interesante de esa parte del relato es lo que se narra, próximo a todos nosotros, pues el pasado de José, que vemos mientras seguimos la pista de Ramiro y su esposa, se sitúa en la ciudad ficticia de Rabudo, que ninguno de nosotros tendrá problemas en reconocer. El padre, que por circunstancias termina trabajando como asesor y corredor de seguros, entra en política y sus recuerdos son también los nuestros como noveldenses. Los nombres de los personajes son muy reconocibles —Juan Crespín, Luis Gámez, Alonso Carrascosa, Mario Beltrán, Milagros Navarro…—, mezclados con otros reales de la política nacional. Los sucesos, desde el asalto al Congreso el 23F, hasta las distintas legislaturas del ayuntamiento, pasando por acontecimientos nacionales que a todos nos conmovieron, como la violencia de ETA, son bien reales, aunque en muchos casos explicados desde el punto de vista del doctor Martín, trasunto de Ramón Martínez. Los espacios, para quienes nos movemos por nuestra querida Novelda, tampoco dejan lugar a dudas: el bar «Stop», el «Bowling Bar», el «Kalifa»… Guiños del autor a los lugares por donde se movió en su época de concejal; guiños, sin ir más lejos, a los bares en general. Como se dice en la novela: «Si uno quería enterarse de las noticias, había sitios mejores que la tele; y los bares siempre, en esta bendita España, habían sido uno de ellos».

Ese filosofar de los bares, uno de los deportes patrios que todos dominamos, salpica la trama de reflexiones sobre la política pasada, presente y futura, y aquí Ramón Martínez presagia un mañana próximo donde las peleas políticas pasan del Congreso y el plató a las calles, perdido ya por completo ese espíritu con el que fuimos bendecidos durante la Transición.

Otro de los aciertos de esta novela es, sin duda, la descripción de los procesos médicos, los entresijos del día a día de la labor de un médico de urgencias, las noches en vela, los conflictos familiares, las amistades de pasillo… Y, ante todo, los recuerdos de juventud. Solo por el capítulo XV, cuando la historia se traslada a Salamanca para una reunión de antiguos compañeros de universidad, vale la pena leer este libro. Esas páginas, cargadas de emoción sincera, de la que es difícil no contagiarse, son la mejor tarjeta de presentación para esta nueva faceta de Ramón Martínez.

Tú vivirás mejor que yo es el mensaje que todos deseamos para nuestros hijos. Esperemos que sea así. Quizá si todos pensáramos igual lo que se cuenta en las próximas páginas jamás ocurrirá. Entonces, la única verdad será la que habla desde el corazón a cada frase, a cada capítulo.

Una historia que empieza en breve, ambientada en un futuro que, esperemos, no llegue nunca a hacerse realidad.

Jesús Navarro Alberola

Director general de Carmencita Alimentación

PRÒLEG

En este llibre falta un passatge. Els el contaré en primera persona. Havia quedat jo a dinar amb dos dels personatges que apareixen en la novel·la. L’un era un vell amic. A l’altre, no l’havia tractat mai en persona, però supose que aquella trobada devia ser molt important per a ell, perquè els polítics professionals sempre van acompanyats a les grans cites. Entre el seguici del diputat hi havia un senyor seriós però afable, distant en la ideologia però pròxim en la manera de raonar i enraonar. Parlava de política amb l’ardor i la serenitat d’un centurió llicenciat, un estrateg abatut més pel foc amic que pels embats de l’adversari. No li faltava humor, ironia i autocrítica. Em va caure bé, els altres també.

Ja deuen imaginar que la nova amistat responia al nom de Ramón Martínez Piqueres, un senyor que vivia la política, però no de la política. No ho necessitava perquè era, i és, metge per la Universitat de Salamanca. I ací tenen la seua primera incursió en la literatura. Tú vivirás mejor que yo és la història de José Martín Piquet, un metge valencià format a Salamanca, bon professional, polític escaldat, pare de dos fills, acèrrim madridiste, reputat gurmet... Des del primer capítol el José de la ficció es pareix tant al Ramón de la ciència, que u no sap si devora una novel·la o una autobiografia servida en format trompe-l’oiel.

No queda ahí la cosa. El llibre que tenen a les mans és també un manual de la història recent d’Espanya i un assaig, la literatura de les idees. Les vides de Ramiro i Paola, pares del doctor Martín, són també en molts aspectes les dels nostres pares i les dels xiquets que vam ser: les eleccions, els canvis, el progressos, les esperances i les pors, una quotidianitat que compartíem i unes excepcionalitats, dramàtiques o joioses, que no hem oblidat, però ara recordem amb més intensitat i tendresa gràcies al doctor Martínez. En cada reflexió, en cada diàleg va, en boca dels personatges o en la veu omniscient del narrador, el pensament de l’autor. Podríem extraure fragments d’esta novel·la i encaixar-los perfectament en una revista d’opinió, en una miscel·lània sobre història o sociologia.

Però no ens enganyem: Tú vivirás mejor que yo és una novel·la. Hi ha alegries, ambicions, amics, amor, baixesa, enemics, grandeses, intrigues, lleialtat, passions, penes, traïcions... I molts més elements que continuaria citant per ordre alfabètic, perquè no vull prioritzar-ne cap. El present de l’obra és el nostre futur pròxim. Un futur dibuixat de manera plausible, però en un marc distòpic igualment versemblant i, consegüentment, esfereïdor. El desenllaç, pel que fa al gran context de la història, podrà paréixer-nos lògic o utòpic. Només el temps dirà si la Providència ha obsequiat Ramón Martínez amb el do d’albirar el futur o no. Tant fa que esta obra acabe en auguri o ucronia, el que tots busquem en la bona literatura és el gust de llegir, vibrar, patir i somriure, i ací tenim una bona ració de tot això.

Acabe. Deia Joan Fuster que “els llibres no supleixen la vida, però la vida tampoc supleix els llibres”. Ací tenim un llibre que parla de la vida, de la vida que hem viscut com a col·lectivitat, de moltes vides, que identifiquem amb facilitat darrere del nom estrafet que tímidament vol amagar-les, i de la vida real o imaginada d’un home real i imaginatiu, un home tranquil —com el Sean Thornton de John Ford— i un home feliç, en el sentit etimològic d’este adjectiu tan cobejat. Qui és feliç és fecund i dona fruit, i ací en teniu un que es titula Tú vivirás mejor que yo. Disfrutar-lo a mos redó és quasi una prescripció facultativa.

Jordi Davó i Moltó

Professor associat de la Universitat d´Alacant

INTRODUCCIÓN

Esta es la historia de dos personajes ficticios, originarios de un municipio irreal, en la real provincia de Alicante y en el «Real» país que es España, hoy en día.

Y todo lo demás es accesorio, aunque pudiera ser fundamental.

No vale la pena caer en la tentación de pensar que «cualquier parecido con realidad es mera coincidencia» o que «la realidad siempre supera a la ficción». Como alguien dijo, «no se puede escribir nada, sin tener en cuenta la realidad; por muy ficción que parezca».

Simplemente, piensen lo que quieran pensar mientras leen. Y al final del libro, si llegan a él, saquen sus conclusiones.

Las historias se escriben para ser leídas y solo cuando son leídas, cobran vida: la que cada lector quiere darle a la historia.

Lo que algunos consideran novela, otros, ensayo ficción y otros, un relato «sin más», es precisamente eso: cualquiera cosa de las tres cosas. De todos modos, a partir de estas líneas, si se atreven a ir más allá, entrarán en un mundo real lleno de fantasía; toda la que hay escrita y toda la que cada uno lea.

Hay páginas de este libro que son, indefectiblemente, reales. Hay otras que también son, inexcusablemente, interpretables. Esas últimas son las que se encuentran en nuestras manos para ser descifradas; las que hacen grande o no a este relato.

Sobre todo, mientras lean esta obra, hagan eso, leer, disfrutar y lo más importante, intentar meterse en cualquiera de los papeles que en ella se ofrecen.

España, en los últimos años, nunca ha sido un lugar tranquilo, pero nunca ha sido, tampoco, un lugar caótico.

Queda por descubrir qué pasará en los próximos años.

CAPÍTULO I

Al Dr. Martín no le gustaba ir a dormir al pequeño cubículo creado para tal uso, en la primera planta del hospital. Él prefería aprovechar el remanso que propiciaban las últimas horas de la madrugada en el office adjunto al mostrador de admisión de urgencias, en la planta baja para, ante la escasa afluencia de colegas que a esas horas había en el lugar, recostarse, a veces acostarse literalmente, en uno de los tresillos dispuestos en la salita y dejar que el sueño viniera a visitarlo aprovechando que la fatiga ya se había instalado en él.

Llevaba años realizando el mismo ritual con las lógicas variaciones de protocolo que un servicio de urgencias garantiza día tras día. «¡No es precisamente rutinario un día a día en urgencias!», exclamaba con frecuencia el Dr. Martín. Sin embargo, a José, tras veinticinco años en el servicio, más de mil guardias, más de treinta mil horas de urgencias y aproximadamente doce mil de refuerzos, ya casi todo le parecía rutinario, cotidiano, repetido, protocolizado. Entre los compañeros, más aún los más jóvenes, se había hecho famoso por sus frases, sus coletillas; y entre ellas estaba aquella de «nunca se sabe qué puede ocurrir en una guardia y siempre se ha de estar preparado para eso que no se sabe». Gozaba, evidentemente, de cierta preeminencia entre los miembros del servicio. Por otra parte, se la había ganado a pulso, a base de horas y de saber estar en cada situación y, ante todo, a base de comer, tragar y digerir cualquier tipo de sapos y culebras en el trabajo.

El 17 de noviembre de 2025, lunes, estaba transcurriendo dentro de los parámetros que podían ser considerados como normales en el servicio de urgencias. Eran ya las siete y diez de la mañana y había conseguido conciliar el sueño bajo la atenta mirada de las presentadoras de las noticias matinales de Antena3. José estaba en uno de esos escasos momentos, a lo largo de una guardia, en que cualquier profesional sanitario podía disfrutar del verdadero descanso físico y mental. Esa fase del sueño en la que todos se pueden refugiar horas a lo largo de la noche y que en el caso de algunas profesiones solo se alcanzan algunos minutos por guardia.

Como quien sale o entra en un duermevela, de manera entre imaginada o constatada, oyó gritos, jaleo. Sobresaltado, se incorporó sentándose en el tresillo. Miró hacia la puerta de la estancia. Allí, de pie, con la cara descompuesta, estaba el celador encargado del mostrador de admisión. Señalaba con una mano hacia afuera y con la otra al doctor sin ser capaz de articular las palabras como consecuencia de la respiración entrecortada que se había instalado en el bedel. Había llegado corriendo desde algún lugar del hospital. No era extraño que a esas horas de la mañana y a, escasamente, una hora de finalizar la guardia, se relajasen las actitudes y se tomaran licencias en forma de cafés y corrillos entre compañeros en la cafetería recién abierta o en los pasillos adyacentes a la sala de espera de urgencias; por lo que nadie consideraría insólito que se encontrara en cualquier sitio y no en el propio de trabajo.

José tardó unos segundos en el trasiego del sueño a la vigilia completa. Una vez completado ese viaje, sin mediar palabra con el celador, el uno por no poder hablar y el otro por no querer, se dirigió raudo hacia afuera de la habitación. Una vez traspasado el mostrador de urgencias empezó a ver un poco más movimiento del habitual en la sala de espera a esas horas de la mañana de un lunes cualquiera. Siguió avanzando sin pararse a hablar con nadie hasta que llegó a la zona de ingreso del hospital. Cruzó la puerta y se encontró con Belinda, todavía vestida de calle. Esta lo cogió por los hombros y lo apartó de la zona de paso de las camillas y sillas de ruedas, y llevándolo a un recoveco del pasillo le dijo:

—Prepárate para alargar la guardia, mi niño. —Antes de que el Dr. Martín pudiera articular palabra, Belinda siguió—: Acaban de anunciar hace tres minutos, a través del 112, que ha habido una explosión en la zona noble de la estación del AVE. Hasta el instante no se ha hablado de víctimas, pero se sabe que había decenas de personas en el hall previo al andén del AVE a Madrid de las 7:15. La buenaventura ha querido que la gran mayoría de personas que viajaban a Madrid ya estuvieran embarcadas y las que llegaron en el de las 6:45 habían desalojado la zona. Pero, así y todo, se presume que los heridos pueden ser varias decenas.

José escuchaba atentamente mientras iba procesando y planeando sus inmediatas acciones. La experiencia le había enseñado a escuchar los motivos de la urgencia al tiempo que buscaba la solución. De hecho, esa cualidad le había otorgado parte de la fama mencionada y le había proporcionado, a lo largo de los años, el «honor» de tener que coordinar varios dispositivos especiales de urgencias y emergencias sanitarias, tanto en su hospital como en otros lares.

Lo primero que pasó por su mente fue la disposición de la estación de trenes de Alicante, los accesos por si fuera preciso desplazar medios de transporte sanitario; pensó en la afluencia habitual a esas horas, en los servicios sanitarios y de seguridad que habría en ese instante en el lugar. Conocía bien esas dependencias, no en vano él había tomado ese AVE en multitud de ocasiones. Siguió su rápido análisis a la vez que miraba su reloj.

—Las siete y veinte —se dijo a sí mismo. Si el aviso se había dado hacía cinco minutos, no tardarían más de diez o quince minutos en llegar los primeros heridos.

«Salvo que los accesos de entrada o salida a la estación estén bloqueados. ¡Oh, Dios!», razonó alarmado.

Y seguía organizando mentalmente sus futuras acciones en base a lo que había conseguido procesar de la información recibida, Belinda lo sacó de su ensimismamiento.

—Tienes que organizar el dispositivo de recepción de heridos. Aquí, en la zona de hospitalización, ya está el director y yo me quedo con él. Te envío a una compañera para que se encargue de la coordinación de enfermería. Vuelves a estar al mando de las urgencias, gran jefe —ironizó mientras se alejaba, despojándose de la chaqueta de cuero.

Sin perder ni un segundo, el Dr. Martín se dirigió hacia las dependencias del servicio de urgencias. En el trayecto, en uno de los pasillos, un televisor en lo alto continuaba albergando a las presentadoras de las noticias matinales. Pero en esta ocasión la atención de José sí se centró en el aparato.

«Según ha podido saber esta redacción, al menos cinco muertos y más de cincuenta heridos, según las primeras noticias, se contabilizan tras la explosión de lo que parece ser un artefacto explosivo en la estación de trenes de Alicante. Se desconocen más datos en relación con el suceso».

Relataba una de las dos presentadoras con rostro contrariado y con evidente malestar por la escasa información de la que disponía para continuar informando.

—¡Mierda! —exclamó José en voz alta. «Otra vez», reflexionó.

Sus elucubraciones fueron vertiginosamente dirigidas al terrorismo islámico que estaba azotando toda Europa mes sí y mes también. Y, aunque hacía tiempo que las organizaciones terroristas yihadistas parecían no tener capacidad para organizar un atentado de tal magnitud, todo le hacía pensar que aquello era un atentado y que la autoría era esa.

Cuando el Dr. Martín volvió a la sala de espera de urgencias, el panorama era totalmente distintito al que él había abandonado hacía apenas unos minutos. «Dios mío». Y tuvo tiempo para poco más antes de ponerse manos a la obra.

Ante él yacían pacientes por el suelo, rudimentarios vendajes y apósitos intentaban taponar heridas sin apenas conseguirlo, la sangre los empapaba, rebosaba y lo manchaba todo. Las escasas butacas de la sala estaban todas ocupadas por pacientes y algunos improvisados y voluntariosos acompañantes. De pie estaban los que aún se podían sostener, no con mejor aspecto, pero sí con mayor vigor en apariencia. La sangre ya no era algo accidental en aquel lugar, ahora parecía un elemento más del decorado de paredes, suelo, sillones… Y junto a aquel escenario dantesco, cual banda sonora, de fondo, alaridos, quejas, solicitudes de atención, bramidos, llantos, preguntas, gente buscando a gente, niños con su «mamá» en la boca, madres llorando el nombre de sus vástagos. El caos.

Con mucha dificultad, el Dr. Martín consiguió llegar al fondo de la sala donde se encontraban las consultas y los boxes de atención urgente. La agitación, la improvisación, el nerviosismo y la urgencia se respiraban en el ambiente y se evidenciaba en el ir y venir desordenado del personal que intentaba dar abasto para atender aquella avalancha de heridos. Antes de ponerse al frente del contingente, José vio, en una de las camillas, a un niño prácticamente vendado de pies a cuello, con heridas en la cara que le desfiguraban el rostro al tiempo que se percibía que respiraba con dificultad. Se acercó a la camilla y comprobó que no tendría más de once o doce años, trece a lo sumo. Las heridas del rostro desfiguraban una cara angelical. Su pelo castaño, convertido en mechas de brea por la sangre ennegrecida que lo empapaba, le confería un aspecto macabro. Con ojos de color azul etéreo que difícilmente se intuía por tenerlos prácticamente cerrados y empapados en lágrimas; lágrimas de dolor, de incomprensión y de miedo. Sus mejillas, ahora cercenadas por heridas con restos de cristal en ellas, sugerían los mofletes rosados y deseados por cualquier abuela para pellizcarlos. Sus finos labios describían una curva de concavidad inferior, característica de la tristeza, y de ellos brotaba un hilo de voz llamando a mamá. Su cuerpecito apenas se podía ver debajo de tanta venda empapada en sangre. Era la imagen del dolor, de la crueldad, del miedo, de la soledad.

Nunca el Dr. Martín se había mostrado tan impresionado en su vida, más allá de la impresión implícita en su día a día, como en aquel momento: al espectáculo se unía el sentimiento de rabia e impotencia que sentía al pensar en la causa de todo eso. Se sentía abatido, desolado, como si le hubieran arrancado el corazón tras abrirle el tórax violentamente y le hubieran dicho que, a pesar de todo, tenía que seguir viviendo; con el dolor y sin corazón. Su cara describía la desolación y su lenguaje corporal recitaba la rendición. De sus ojos comenzaban a brotar dos lágrimas cuando una mano sobre su hombro le comentó:

—Doctor, lo necesitamos, esta gente lo necesita.

Cual bálsamo de fierabrás para las heridas del alma, esas palabras lo devolvieron a la realidad, a su realidad: había que organizar aquel servicio, había que atender aquella urgencia, debía prestar atención a los pacientes. Ese era su cometido y, como siempre, tenía que ponerse manos a la obra.

Giró en redondo sobre sí mismo trescientos sesenta grados, cual faro marítimo en mitad del océano, y tras la inspección visual dio inicio.

—Pedro, desde la puerta hasta aquí quiero un triaje y derivación de pacientes más graves a las unidades especializadas que se determine, ¡ya! Lucía, contacta con hospitalización y diles que empezamos a derivar inmediatamente. Este niño es el primero —dijo mientras señala al pequeño de la camilla—, prioridad absoluta. Marta —prosiguió—, inventario de material y necesidades, y envía a Antonio a por todo lo que necesitemos; antes de cinco minutos quiero que aquí no falte ni limonada si fuera precisa. Pepe, conmigo al box uno.

El Dr. Martín y su colega Pepe, el Dr. Andreu, comenzaron con una paciente que presentaba heridas inciso-contusas en ambas piernas y una fractura abierta en el antebrazo izquierdo que sangraba profusamente al tiempo que enfermería se afanaba por coartar. Tras canalizar a la paciente y realizar los primeros auxilios precisos para que la mujer no corriera ningún riesgo vital, se ordenó su traslado a radiología para valorar con mayor precisión el alcance de sus heridas y posterior tratamiento pormenorizado de las mismas.

Tras esa paciente fue el turno de una anciana, de alrededor de setenta años, con signos clínicos evidentes de fractura de cadera y heridas múltiples en ambas piernas y brazos. Luego llegó el instante de atender a una joven que tenía la cara llena de cristales incrustados en la piel, produciendo heridas que apenas sangraban, pero que desfiguraban su rostro hasta hacerlo picassiano, así como quemaduras de distinta consideración en tronco y miembros superiores.

Y así, durante horas, el Dr. Martín y sus colegas se afanaron por ir resolviendo de manera urgente todo aquel panorama de dolor, sufrimiento, rabia y otras muchas más sensaciones que se vivían en el ambiente. Derivaciones, traslados, intervenciones in situ… Poco a poco, lo que a primera hora de la mañana era un caos descontrolado, se había convertido en un caos controlado, asumible, casi como lo cotidiano en el servicio.

—Antonio, llama a Belinda y dile que quiero a todos los especialistas en plantilla disponibles; y disponible son «todos», y lo quiero para ayer. ¡Vamos! —sentenció el Dr. Martín, dirigiéndose al celador.

Dejó a cargo del operativo al Dr. Andreu y a la enfermera que, para la ocasión, le había enviado Belinda. Y, tras hablar con la Dra. Buforn, compañera habitual del servicio, para encomendarle algunos pacientes concretos, volvió a salir de la sala de urgencias en dirección al área de hospitalización.

«Según nos informan medios oficiales, los hechos acontecidos en la estación de trenes de Alicante en la mañana de hoy, a las 7:05, y que han causado más de cincuenta heridos y al menos cuatro muertos, se han debido a la explosión de un artefacto, sin que, hasta ahora, se haya dado información sobre la composición del mismo ni sobre la autoría, lo que hasta ahora apunta, ha sido un atentado». Las noticias seguían siendo confusas.

La televisión era, por el instante, el único enlace con el exterior del hospital con el que podía contar José. Desde el 112, a través del Centro de Información y Coordinación de Urgencias, únicamente se obtenía información sobre traslados urgentes desde el lugar, sobre datos de heridos, sobre requerimientos de servicios ordinarios, etc.

«Está claro. Estos cabritos de la yihad la han vuelto a liar»,pensó el Dr. Martín, que nunca había tenido muy claro el qué, el cómo ni el porqué de la yihad. Sabía que venía a ser lo que él conoció de ETA, pero en internacional y musulmán: una banda de sanguinarios terroristas bajo unos lemas que solo utilizaban para justificar lo injustificable.

Cuando el Dr. Martín llegó a la zona de hospitalización urgente a la primera que pudo ver, yendo de un sitio a otro y dando órdenes precisas a todo aquel que pudiera encontrar a su paso, fue de nuevo a Belinda.

Belinda era la enfermera jefa del servicio de hospitalización urgente. No hacía mucho tiempo que ostentaba esa función, apenas un par de años. Antes estuvo doce años en el servicio de urgencias, codo con codo con el Dr. Martín. Llegó a Alicante desde Salamanca, donde estudió la diplomatura en Enfermería y se especializó como matrona. Después estuvo trabajando seis años en el servicio de ginecología de una clínica privada, allá por tierras charras. Fue su carácter dinámico, inquieto más bien y, sobre todo, su insaciabilidad en materia académica y laboral lo que la llevó hasta Alicante en busca de nuevas emociones profesionales. Una vez allí entró en contacto con viejos amigos de la Universidad, quienes a su vez tenían íntimo contacto con las urgencias levantinas. No tardó, una vez instalada en Alicante, en adquirir la formación precisa para poder optar al servicio. Aunque el principal requisito era tener ganas de trabajar por la noche y los días festivos; y Belinda lo tenía. No era mujer que permitiera que la trataran o miraran como una «mujer florero» en ninguna de las facetas de su vida, por eso no tardó en convertirse en una gran profesional de la urgencia sanitaria.

Aunque ya hacía dos años que no coincidía más que de modo esporádico con el personal de urgencias, por cuestiones de horario y calendario, Belinda seguía teniendo devoción profesional por José y por el servicio de urgencias. Y en ese orden. Las malas lenguas decían que por José sentía algo más que devoción. Esas mismas malas lenguas afirmaban que se había marchado del servicio de urgencias precisamente por eso, para no, como diría un mesetario, «mezclar churras con merinas». Lo cierto es que, mientras trabajaron juntos, formaron un equipo de trabajo digno de mención en la profesión e incluso de envidias por otros «ansiosos» por hacer méritos en el servicio.

Belinda era una gran profesional y también una gran mujer.

A sus cuarenta y ocho tenía una presencia física que podría ser perfectamente envidiada por cualquier mozuela de escasos treinta. Castaña, teñida de negro, con media melena, cara con finos pómulos, pero resaltados, labios finos, pero carnosos, nariz redondeada, pero proporcionada, ojos marrones, pero vivarachos, pestañas cual abanicos, pero sin exageración, cejas delineadas, pero de forma natural, frente lisa, pero sin bótox. Y el cuerpo, digno de mención lo proporcionado del mismo. No era exuberante en alguna de sus medidas, pero ninguna pasaba desapercibida por su realce. Y a modo de halo, recubriendo lo descrito, vistiéndolo, la elegancia. Esa elegancia natural que se tiene o no se tiene; esa que le permitiría acudir ataviada con un chándal a la gala de los Nobel y pasar desapercibida entre tanto glamur.

Se le conocía un novio hacía años, pero desde entonces no se recordaba en los mentideros del hospital varón alguno en la vida de la enfermera jefa. Nunca estuvo casada y no se le recordaba compromiso formal.

Amiga de sus amigos y de los no tanto, no dudaba en echar una mano a cualquiera que se lo pidiera. En este aspecto llegaba incluso, como muchas veces le recordó José, a ser o parecer tonta; «pero era su carácter», acababa concluyendo el Dr. Martín. Así y todo, también tenía su pronto; el Dr. Martín lo conocía bien. Y es que, solo siendo afable al tiempo que temperamental, se puede desarrollar una función como la que ella había estado desarrollando desde que a los veintiocho añitos le dieron su título de enfermera comadrona.

—Belinda —llamó el Dr. Martín dirigiéndose a la enfermera—, la cosa en urgencias se controla poco a poco. He ordenado que deriven todo lo derivable y que los distintos especialistas acudan hoy al hospital sin ningún tipo de justificación o excusa.

—Ya me han informado —señaló en voz baja Belinda mientras dirigía una cálida sonrisa al doctor—. Deberías marcharte ya a casa.

—¡Estás loca! —espetó el doctor a la enfermera.

—Ya sabía que te ibas a poner así y decir algo parecido. Pero, José —comentó Belinda con ternura—, la cosa empieza a estar controlada y esto ya es cosa de los «curritos», lo importante, la coordinación del momento explosivo está hecha. No seas lo que siempre has sido, cabezón. Llevas ya casi treinta horas al pie del cañón; deja que los que estamos más frescos nos ocupemos. Luego, si quieres, después de comer, vuelve. ¡O mejor mañana! —exclamó la amiga del doctor con aire de sapiencia maternal.

Eran casi las dos de la tarde y el Dr. Martín sabía que Belinda tenía razón, aunque se resistía a abandonar el hospital, a dejar a la gente allí, sin él. Como si los dejara desamparados; aun cuando sabía que eso no era así. Allí había profesionales de grandísimo nivel, capaces de manejar situaciones como esa e incluso peores. Él siempre se había sentido mal cuando tenía que abandonar una situación de emergencia por muy obvios que fueran los motivos que lo obligaran a abandonar la escena.

—Un par de cosillas… —se dispuso a preguntar cabizbajo y con aire queda—, ¿qué se sabe de un chiquillo que he enviado a hospitalización hace un par de horas aproximadamente?

Iba a responder Belinda cuando, sin dejarle opción, se anticipó el bueno del doctor.

—¿Qué se sabe de los cabrones que han causado todo esto?

Ahora, el silencio se instauró entre la enfermera y el médico. Fueron escasos cuatro, cinco segundos, pero tensos, muy tensos. Finalmente…

—El chaval está mal —aclaró con resignación la enfermera Botero—. Está en UCI. No está sedado aún, pero sus heridas y, por encima del resto, sus traumatismos torácico y craneal preocupan.

—¿Y de esos cabrones…? —intempestivamente, cortando la explicación de Belinda, cuestionó José—. ¿Se sabe quién o quiénes han sido? ¿Qué querían? ¿Qué hostias esperaban haciendo esto?

Antes de que Belinda pudiera replicar a la segunda cuestión, el Dr. Martín se apoyó con las manos en la pared y sobre estas puso su cabeza. No se podía distinguir qué parte de rabia, cuál de dolor, cuál de miedo y cuánta de indignación había en ese gesto. Belinda puso una mano en su coronilla y con un suave movimiento acarició el pelo hasta la nuca.

—No te tortures por lo que no puedes evitar. Me lo dijiste tú haces muchos años —recordó la enfermera, al tiempo que, con la otra mano, le daba palmadas comprensivas en uno de sus hombros—. José, ahora es ocasión de estar más sereno y frío que nunca. También lo aprendí de ti —expresó con cierta resignación Belinda—. ¡Parezco un repetidor de tus mejores jugadas! —enfatizó la broma intentando restar dramatismo.

Esas últimas palabras arrancaron a José de la pared y le dibujaron una suave sonrisa en la cara. La agarró con sus manos por los hombros, la acercó a su cara y le dio un beso en cada una de sus rosadas mejillas.

—Tienes razón, Belinda —asintió mientras la miraba tiernamente—. Hay que hacer las cosas que se deben de hacer para que las cosas salgan bien. Te veré después, pero por favor, mantenme informado de todo. Dudo que pueda dormir.

—Sabes que lo haré. Siempre lo he hecho —aseguró suavemente y lo despidió con la mirada—. Te veo luego.

Eran ya las dos y media. José se dirigía hacia los vestuarios cuando vio, al pasar por la cafetería de pacientes, en la tableta de uno de ellos, la imagen de un joven presentador por encima de un subtitular de última hora que rezaba: «Hay sospechas fundadas de la motivación política del atentado de Alicante».

—¡Lo sabía! —murmuró airado—. No se cansarán hasta provocar un altercado internacional.

CAPÍTULO II

Se despertó sobresaltado, sin saber muy bien dónde estaba ni qué hora era. Comprobó con sorpresa que se encontraba en su sofá, el del salón de su casa, con la televisión y la luz de la lámpara de mesa accesoria encendidas. Cogió el móvil para ver la hora y comprobó, envuelto en la sorpresa todavía, que eran las tres de la mañana. Sin abandonar por completo su asombro, se sentó e intentó recomponer los pasos que le habían llevado a aquella situación. No le fue difícil ir atando cabos. Había llegado a casa el día anterior tras haber comido en la cafetería del hospital y pasar por el supermercado para proveerse de lo preciso para subsistir. Había hecho su tabla de ejercicios diarios y tras la ducha se había sentado en el sofá con intención de repasar unos artículos médicos que le habían llegado por correo ordinario —seguía recibiendo multitud de suscripciones a través del formato tradicional—. Y ahí en la lectura, entre interesante y cansina, de la documentación científica, había caído en los brazos de la fatiga acumulada. Ahora ya, sentado en aquel sofá, relativamente despierto, creía recordar que la última vez que vio la hora en su móvil eran las nueve de la noche.

—Ahora va a ser difícil de narices volver a dormirse —farfulló José, entrando de manera plena en la vigilia—. Al menos mañana no tengo que ir a trabajar.

Fue al baño y dispuso lo preciso para intentar continuar compartiendo cuestiones con Morfeo, pero esta vez ya en un lugar al uso: la cama. Fue imposible. No llevaba más de cinco minutos acostado cuando, a su cabeza, vino de golpe y a cámara rápida, toda la guardia del día anterior: el atentado, la sangre, el caos, el trajín, el dolor, el horror…

—¡El niño! —dijo en voz alta, mientras se incorporaba en la cama.

No podía quitarse de la cabeza aquel niño. Únicamente fue capaz de olvidarlo el tiempo en que el cansancio lo tuvo secuestrado hacía apenas un rato. Veía constantemente su carita ajada por las heridas, su cuerpo frágil, la pena y el miedo que destilaba. Recordaba el cuerpecito envuelto completamente en vendas teñidas de rojo. Resonaban en su cabeza sus tenues lamentos y su lastimoso llamar a mamá.

No era capaz de concretar la edad de la criatura, pero todo le hacía pensar que tendría alrededor de diez u once años. Esa edad volvía más familiar su presencia. No en vano, su hijo pequeño tenía doce años.

José tenía dos hijos, niño y niña. La mayor, Davinia, de diecisiete años, y el pequeño, Iván, de doce, cumplidos en junio. Hacía días que no los veía; casi tres semanas. La imagen de aquella crueldad se los trajo a la memoria de modo intenso, añorante, casi angustioso.

José se había separado de su mujer once años atrás y desde entonces su rutina «familiar» se amoldaba al régimen de visitas impuestas por un juez. Aunque al principio la situación fue difícil con la madre de las criaturas —como por otra parte es habitual en los divorcios—, con el paso del tiempo, tanto él como su exmujer habían entendido de la importancia, por el bien de los críos, de normalizar la relación de separación, hacerla adulta, lógica, racional. Poco a poco, sin que fuera una relación especialmente afectiva, Loreto —así se llamaba su exmujer— y él habían conseguido mantenerse unidos por sus hijos, intentando ser ambos participes de la crianza de los niños. Y, con los altibajos propios de quienes se respetan, pero al tiempo no olvidan lo acontecido, las cosas iban relativamente bien en el día a día de los niños y en su relación mutua. Pero claro, como todo en esta vida, la tranquilidad no podía ser absoluta ni durar eternamente y el tiempo se encargó de crear nuevos problemas. Porque, con lo que nunca se cuenta cuando se planea la crianza de unos niños, es que acaban creciendo, siendo prepúberes, adolescentes, etc. Y eso había traído quebrantos con los que José no había contado.

Davinia ya llevaba tiempo un tanto rebelde, más pendiente de «sus» cosas que de las visitas a papá, de los caprichos propios de su edad, de sus primeros escarceos con el amor, con la pasión, con la vida…, en resumen, con su despertar al recién inaugurado mundo que tenía ante ella. Pero ni eso había conseguido, más que por un pequeño espacio de tiempo, que José no estuviera constantemente pendiente de los que él siempre había llamado, de manera cariñosa, sus «gremlings»; ella e Iván. Que ese estar pendiente se hubiera convertido en dependencia, en preocupación continua, en devoción por sus hijos, por supuesto que estuviera dispuesto a hacer las concesiones oportunas a aquella mujer en ciernes para que todo siguiera bien.

Davinia llevaba desde mayo sin pasar más que medios días en casa de José, y hacía ya casi dos meses que no había vuelto a verla; eso sí, procuraban establecer contacto telefónico cada tres o cuatro días, aunque Davinia no siempre estaba por la labor. En cambio, Iván seguía viniendo de forma regular cada dos semanas, aunque en esta ocasión, por problemas laborales y acordado con la madre, el plazo se fuera a prorrogar algo más.

En aquel mismo instante los echó de menos intensamente, sobre todo a Iván. Hubiera querido reír con él, jugar, dejar que lo machacara a chistes malos —a Iván le encantaba contar chistes—, sorprenderse con su facilidad de palabra, quedarse embobado por ese nuevo lenguaje que iba adquiriendo y que lo acercaba de modo gracioso a esa fase que hay entre la infancia y lo prepuberal, a la etapa a la que tanto miedo le tenía José. Hubiera querido tenerlo ahí para estrujarlo contra su pecho y sentirlo parte suya al tiempo que, sin que el crío lo viera, llorar de impotencia sintiendo su frágil cuerpo y rememorando el del niño del hospital. Pero no, no estaba allí; y eso lo sumió, aún más, en esa sensación de desamparo y desasosiego que lo había invadido desde que vio a aquel crío en la camilla de urgencias y que ahora se había visto reagudizada al despertarse, ya hacía un buen rato.

Volvió a tumbarse y permaneció en la cama intentando conciliar el sueño, pero fue imposible.

José se sentó, de nuevo, en el borde de la cama y volvió a mirar su teléfono móvil, las 4:30.

«Creo que hoy ya he dormido todo lo que tenía que dormir —meditó resignado—. Así que es hora de ponerse en marcha».

Tras haber realizado los ejercicios reglamentados por él mismo para cada día, ducharse, afeitarse y puesto una bata de estar por casa por encima de la ropa interior, se disponía a sentarse en la mesa del despacho cuando oyó vibrar el teléfono móvil. Era la vibración característica de su WhatsApp.

—¿Quién será a estas horas? —se cuestionó en voz alta mientras se dirigía a la mesilla de noche donde todavía permanecía el aparatito.

«Cuando puedas pon las noticias en la tele o en la radio. O si tienes Twitter, léelo; aunque dudo que tengas». Era el texto del mensaje que le acababa de enviar Belinda. Pensó en contestarle para averiguar qué quería que viera en las noticias, pero concluyó que sería más rápido poner directamente la televisión y no enredarse en una de esas cadenas eternas del «Whats» que tanto odiaba.

«…Repetimos: según últimas informaciones que han llegado a nuestra redacción, tal como ya informábamos en la tarde de ayer, la autoría del atentado perpetrado en la estación de trenes de Alicante ha sido reivindicada por el grupo de ultraizquierda, “El poder del pueblo”. Este grupo, hasta la fecha, era conocido por las revueltas callejeras protagonizadas en ocasiones anteriores en distintas capitales del país y por lo escraches llevados a cabo contra personalidades del mundo empresarial y político español…». La presentadora de los informativos de la cadena de 24 horas en La 1 explicaba los pormenores de las últimas noticias relacionadas con el atentado del día anterior.

Casi sin poder reaccionar, con la boca entreabierta, entre sorprendido, aterrado y sobrecogido, atendía sin pestañear.

«…si bien está todo pendiente de confirmación, al parecer, una llamada anónima realizada a las seis de la tarde de ayer a las oficinas de la agencia de noticias EFE asumía la autoría de los hechos en nombre del mencionado grupo activista de izquierda. Hasta ahora no se conocían actividades terroristas por parte de esta organización. Si bien es de todos conocida su intensa implicación como grupo activista en movilizaciones sociales.

Según fuentes policiales, la investigación permanece abierta y contempla varias líneas de actuación sin que, de momento, se haya concluido nada más al respecto de la autoría o de los autores; más allá de la reivindicación mencionada a través de una llamada anónima, cuyo origen se sigue investigando…».

José seguía sin salir de su ensimismamiento. Se quedó ahí, frente a la televisión, mirando fijamente, como quien no pierde ripio de la emisión. Ojiplático. Era evidente que no estaba pendiente de la televisión, tan solo su cuerpo se hallaba frente a la misma. Él estaba en otro lado, pensando, perplejo.

La situación política en España desde hacía unos años se había complicado bastante. En el año 2015 había irrumpido, en esa escena política, la extrema izquierda, que no aparecía de manera significativa desde el año 2000. Y eso había modificado notablemente la forma de ver, de interpretar y de analizar el escenario político por parte de los españoles de a pie; y también de los que iban en coches oficiales.

De modo casi sorprendente para todos, esa izquierda se vio aupada como tercera fuerza del país y con capacidad de establecer vetos, plantear cuestiones legislativas y, lo más importante, de ser considerada como una opción, por parte de la ciudadanía, lejos de las alternativas tradicionales. Junto a esa nueva forma de interpretar la política patria, los partidos habituales se desangraban poco a poco a consecuencia del descontento que se había ido instalando en la población como resultado del «buenismo» político, el lenguaje políticamente correcto y el hartazgo popular del «Lo cambiaremos todo» para que al final, gobernara quien gobernara, «todo quedara igual».

Y en esas, al pairo de la nueva situación, también había surgido una nueva opción, más moderada, más centrada y también ampliamente reclamada de forma tácita por la ciudadanía; sobre todo por aquella que seguía estando descontenta con el establishment, pero que tampoco quería optar por actitudes extremistas que atemorizaba a muchos por sus discursos y su intención de asaltar las instituciones e incluso «asaltar los cielos», como de hecho, había llegado a manifestar alguno de sus líderes de ese, ya antiguo, año 2015.

Por si a ese nuevo escenario instaurado hacía escasos años le faltaba algo, más recientemente aún, apenas cinco o seis años, había aparecido en escena una formación de extrema derecha que venía a ser la imagen especular de la recién estrenada extrema izquierda. Todo estaba tensionado el ambiente de manera notable, afectando a los políticos, las instituciones y, más aún, estaba indignando a la sociedad que veía como día a día la situación de enfrentamiento político y social iba aumentando. Hacía apenas dos semanas, en las últimas elecciones generales del pasado 2 de noviembre, la ultraderecha había conseguido una representación de cincuenta y cinco de los trescientos cincuenta diputados que conformaban la Cámara Baja. Mucho más allá de lo que podría considerarse una representación testimonial. No en vano, se había convertido en la llave para la formación de gobierno.

Y en ello estaban la derecha moderada —noventa diputados—, el «nouvel centro» —catorce diputados— y la extrema derecha, a punto de llegar a un acuerdo para la proclamación de un gobierno de coalición, a falta de pactos con formaciones minoritarias en la Cámara. Formaciones que, desde siempre, pero ahora más, acababan siendo determinantes a la hora de formar gobiernos en el país.

Desde antes de las elecciones de este 2025, el ambiente político era irrespirable. Y con el anuncio del más que probable acuerdo de «las derechas», así se referían al posible pacto entre esos tres partidos, los representantes de izquierdas, la cosa había empeorado. El «y tú más» se había convertido en el «padre nuestro» de cada día. La tensión se había trasladado irremediablemente a la sociedad que andaba revolucionada. La juventud a través de las redes sociales y en universidades, los más mayores en los bares y lugares de trabajo y la tercera edad en los parques y residencias, se habían instalado en el enfrentamiento. La reinstauración de los tan conocidos bandos se había vuelto a establecer. La nueva España, la del siglo XXI, se empezaba a parecer más a la España de siempre, a esa España que parecía no haber acabado de desaparecer nunca. Era casi obvio que, en este bendito país, el conflicto social era como parte de su ADN. Afloraba, a pesar de todo lo logrado, la vieja España, la rancia. Esa España olvidada hacía cincuenta años, esa España que todo el mundo quería olvidar pero que nadie olvidaba. ¡Ni siquiera los que no la habían conocido!

Las movilizaciones callejeras a favor de unos y otros era lo cotidiano desde hacía meses y, tras las elecciones, habían experimentado un repunte. Los escraches, tan habituales diez años atrás, se retomaron como arma política de la extrema izquierda que no dudaba en realizarlos contra cualquiera que pensara que iba en contra del interés de «el pueblo», objeto, motivo y «santa sanctórum» de su retahíla programática. Los asaltos a instituciones y organismo privados o públicos, que comenzaba siendo pacíficos y acababan siempre con la intervención de los antidisturbios, se producían semana sí, semana también.

Las manifestaciones públicas en lugares «calientes» había sido la estrategia que la extrema derecha adoptó para sus reivindicaciones. Y claro, tan calientes no eran algunos lugares que, la situación acaba quemando y se acababan produciendo disturbios en las calles. Estos, los ultraderechistas, habían fijado el epicentro de su ser, de su ideario en medidas proteccionistas, defensoras de lo patrio y con un claro olor autárquico utópico y arcaico que chocaba, a las claras, con el sentimiento de globalización mundial y más concretamente con el de la Europa unida y aglutinadora de las distintas sensibilidades de los Estados que la conformaban. En una época de crisis económica, donde había campado a sus anchas el deterioro económico, la precariedad laboral y la falta de trabajo, el discurso xenófobo de esa derecha rancia había calado entre parte de la población que se creía perjudicada por los migrantes venidos del norte de África y el este de Europa, sobre todo.

Eran tiempos —ya hacía tiempo que eran tiempos de ello— de llegadas masivas de migrantes subsaharianos quienes llegaban por cualquier medio a las costas españolas, huyendo de la devastación económica, social y bélica que imperaba en sus países de origen, con la esperanza de alcanzar una tierra próspera que les permitiese subsistir, al menos. Cada día llegaban decenas de ellos, en ocasiones centenares, a bordo de pateras, cayucos, balsas neumáticas, etc.

Y con estos mimbres, el tono de los discursos políticos de todos, no solo de los extremos, se recrudecía cada vez más. Se había pasado de la defensa de lo propio a la crítica de lo ajeno, de lo constructivo a lo destructivo, del discurso político genuino a la arenga reaccionaria. Se buscaba cualquier excusa para argumentar contra lo que fuera, con tal de ganar o recuperar espacio político.

Y lo peor era que todo el mundo participaba de aquella crispación de una manera u otra, aun cuando todo el mundo veía que ese viaje de confrontación no podía traer nada bueno y que era necesario frenar la escalada de violencia verbal y de baja moralidad. A pesar de ello, nadie de los que podía ponerle freno se lo había puesto ni parecía querer ponérselo.

La situación tenía que traer consecuencias, pero nadie, o casi nadie, había previsto que se llegase a un escenario como el que ahora, embelesado, anonadado, incrédulo, estaba contemplando José en la pantalla de su televisor, mientras en su cabeza se había instalado una pregunta: «¿Cómo hemos podido llegar a esto?».

Las formaciones políticas, a lo largo de los últimos años, se habían renovado mucho, intentando subsanar errores de un pasado muy reciente, pero, así y todo, lejos de mejorar, la crispación se había enconado hasta extremos impensables hacía apenas veinte años atrás. Los nuevos o remozados liderazgos no habían aportado más estabilidad de la que se perdió en primera década del siglo XXI y principios de la segunda. Salvo el presidente en funciones, que seguía al frente de una izquierda moderada, o ya no tanto, el resto de los líderes de las distintas formaciones, lo eran de nuevo cuño. Intentando aparcar errores del pasado reciente, los Casado, Arrimadas, Rivera, Iglesias y otros tantos de formaciones minoritarias, habían dado paso a otra generación que, se suponía, venía a por la regeneración política.

Por desgracia, y de momento, nada más lejos de la realidad.

La periodista seguía aportando datos en relación con la autoría del atentado, con las características del artefacto, con los daños causados, con el número de heridos y muertos…

Mientras tanto, el Dr. Martín se levantó y se dirigió, con su teléfono móvil pegado a la oreja, hacia la habitación. Antes de que pudiera llegar al dormitorio, del otro lado de la línea contestó una voz femenina.

—Pero ¿tú has visto qué hora es? —inquirió de forma abrupta Loreto—. ¡Estas no son horas de llamar! ¡Los niños todavía están durmiendo!

Aquella última frase relajó el ánimo tenso del buen doctor. Al fin y al cabo, lo que pretendía con la llamada era obtener esa tranquilidad que se busca cuando algo pasa y no lo podemos controlar; llamamos a quien primero se nos ocurre para que eso nos sirva de consuelo o sosiego. Y el simple hecho de haber oído «los niños aún están durmiendo» le había aportado la recompensa buscada, ralentizándole el corazón que hasta ese instante le iba a más de ciento veinte pulsaciones por minuto. Realmente, no tenía por qué preocuparse de sus hijos, era del todo imposible que estuvieran en la estación de tren el día anterior. Pero el bueno de José sintió la necesidad de constatar una evidencia.

—Ayer hubo un atentado en Alicante —José cortó la airada respuesta de Loreto—. ¿Te habías enterado?

—Pues claro que me he enterado —respondió más pausada—. ¿Y para decirme eso me despiertas a las seis y media de la mañana?

José respiró hondo un segundo y prosiguió justificando la hora de su llamada y la importancia de esta.

—¿Tu pareja no estaba metida en política? Pues adviértele que el atentado lo ha reivindicado la extrema izquierda. Lo acaban de decir en el telediario. Y él, por lo que yo sé, no va de ese palo.

Hubo un silencio de unos segundos y…

—Pero él no es ningún cargo relevante —indicó Loreto—, no es más que un mero simpatizante. Además, salvo su círculo de amistades, dudo que nadie sepa de sus querencias políticas. No creo que esto pueda afectarnos en nada. Además, sabes que locos hay en todos los bandos.

—Loreto, esto pinta mal y me preocupa —la voz de José adquirió un tono profundo— que los niños…

No pudo continuar, su exmujer le interrumpió en seco.

—¡No metas a los niños en esto! ¿Qué tienen que ver tus hijos en un atentado que ha ocurrido azarosamente en Alicante? ¡Por favor! ¡Pareces mi madre!, que cada vez que sale una noticia de algún jaleo internacional en el telediario, aunque sea en Burundi, me llama para saber si estamos bien. Nada tiene que ver que mi pareja simpatice con una u otra postura política para que los niños estén bien. ¿Acaso no has militado tú en política? ¿Acaso no simpatizas con unos? ¡Pues eso! ¿Te he llamado yo para decirte que no pongas en peligro a los niños? ¡Por Dios!

—Únicamente pretendía advertirte —José continuó sin reparar en las frases que le había espetado la madre de las criaturas—, que las cosas en política se están poniendo negras. De todos modos, si te digo la verdad, lo único que pretendía es… ¡Bueno, da igual! Tenlo en cuenta, ¿vale? Dales un beso a los niños y ya pasaré el viernes a por ellos.

Sin dar tiempo a más, José separó el auricular de su oreja, apretó el botón rojo y, cabizbajo, abrió el armario, sacó su ropa del interior con intención de vestirse y se sentó en el borde de la cama. Ya se había puesto la camisa y con una pierna dentro de una pernera del pantalón, sin llegar a levantar la otra del suelo, se volvió a quedar ensimismado pensando en lo que había oído en el noticiario.

Se le pasaba por la cabeza cómo había prejuzgado quién podría haber sido el autor. Se arrepentía de haber tenido y sentido aquellos prejuicios. Sintió vergüenza —le sacudió el recuerdo de algo similar que le aconteció al Gobierno de turno en el famoso 11-M—, al tiempo que la sensación de ira se iba adueñando de él.

—Pero ¿cómo se ha podido llegar hasta aquí? Los muy cabrones —murmuraba con el ceño fruncido—, han dejado inutilizada gran parte de la estación, han conseguido que se tenga que cancelar la mayor parte de la actividad ferroviaria de la ciudad, han metido el miedo en el cuerpo a todo el mundo y lo peor —ahora un gesto de rabia tapaba su rostro—, han matado a seis personas, han herido a más de cincuenta y todo para reivindicar que «la extrema derecha quiere apoderarse del Estado del pueblo y no lo vamos a consentir. El pueblo y sus derechos, lo primero». Al parecer, según había informado la periodista, esa era la reivindicación esgrimida.

»¡Pero si los estáis matando! No los estáis salvando.

»¡HIJOS DE PUTA! —gritó de manera involuntaria y colérica en la soledad de su dormitorio. Cayó hacia atrás, con los pantalones a medio poner, los brazos en cruz, con parte de la camisa pendiente de abotonar y con los ojos cerrados en un gesto de angustia.

Ahora, dos lágrimas se escapan por los laterales de sus párpados apretados y que, con un recorrido simétrico, recorrían su cara hasta mojar las sábanas de la todavía desecha cama.

Allí, en la cama, más que tumbado, hundido, permaneció durante unos minutos mientras, de fondo, se oía el murmurar de la presentadora de las noticias que seguía destripando el asunto del atentado. Pasaba de dar datos imprecisos a recordar la presunta autoría; luego volvía a dar cifras y cuantía de los daños. Parecía inmersa en un bucle macabro y terrible del que parecía no tener intención de salir.

Esta impotencia y desasosiego no eran de extrañar en el buen doctor ante una circunstancia como la que se había dado. El padre de José, como él, ejerció en política en el pasado —como maliciosamente le había recordado su exmujer— y de su padre había aprendido que «en política las cosas se han de hacer por y para el pueblo, pero no poniendo de excusa al mismo para hacer barbaridades». Y su padre conocía bien de lo que hablaba. No en vano, tuvo que ver cómo, tras la guerra civil española, su padre, el abuelo de José, sufrió prisión a manos de uno de los bandos por ser defensor del otro y, finalmente, acabó muriendo como consecuencia del encarcelamiento. Aquello le había enseñado lo innecesario y gratuito de esa muerte, de la guerra; y así se lo trasmitió a su hijo. Le había enseñado a respetar a los demás, a no juzgar sin escuchar, a entender que, si alguien creía que su idea era la mejor, el otro tenía derecho a pensar lo mismo de la suya. Y, sobre todo, a comprender que la muerte de una persona, cualquiera, a manos de otra por la defensa de unas ideas nunca lleva a nada bueno y nunca tiene justificación alguna. «Las ideas se rebaten con ideas, no a cañonazos», le había dicho en muchas ocasiones. José pudo comprobar, mientras su padre desarrolló labores políticas, que esta forma de entender la política no era tan solo una teoría. Fue lo que el bueno de su padre hizo durante toda su etapa como político municipal, intentar llevarla a cabo.

José Martín también tuvo un breve paso por la política, pero su andanza por la escena del «arte de gobernar» se saldó con más pena que gloria. A él, inmolándose, le gustaba decir: «De menudo paquete se ha librado la política y ha cargado con él la medicina en su chepa».