Tú, yo y lo nuestro - Anne Garber - E-Book
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Tú, yo y lo nuestro E-Book

Anne Garber

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Beschreibung

Todo comenzó con esa maldita nota: "Tú quieres lo que yo necesito" Madison no puede imaginar cómo va a cambiar su suerte cuando se topa con Brayden Blair, cuyo nombre es sinónimo de dinero, poder e influencias, uno de los solteros más codiciados del país y protagonista de sus fantasías mas íntimas. En ese encuentro y bajo un contrato de confidencialidad, Brayden le hace una sorprendente propuesta que ella en un principio rechaza. Sin embargo, es incapaz de negarse por mucho tiempo; el poder de seducción de ese hombre la cautiva por completo. El deseo irresistible que sienten el uno hacia el otro se convertirá en algo más profundo, pero una terrible amenaza lo puede trastocar todo. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 327

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2020 Ana Bernal García

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tú, yo y lo nuestro, n.º 262 - marzo 2020

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-331-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

 

Si alguien piensa que su vida es una mierda que se consuele conmigo porque la mía es aún peor. Seguro que más de una ha conocido algún que otro cabrón a lo largo de su vida, pero yo tuve la inmensa suerte de conocer al mismísimo rey de todos ellos. Desconocía en qué momento había soltado los últimos hilos de cordura y sensatez, pero sabía que lo había hecho. Las señales estaban ahí, sin embargo, algo mucho más fuerte que yo las había ignorado. Sus palabras siguen resonando en mi cabeza: «Madison, luchar contra mí es una batalla perdida». Cada puñetera sílaba que pronunció antes de dar media vuelta y desaparecer de mi vista en su lujoso coche me está desgarrando y matando poco a poco. No puedo dejar de golpear mi frente contra la mesa, voy contando los golpes y este es el número catorce, a este paso acabaré con un chichón del tamaño de una pelota de golf.

—Si lo que te propones es romperte la cabeza, así no lo conseguirás, prueba mejor contra la pared—. La ácida burla de mi abuela se coló por mis oídos mientras dejaba junto a mí la tercera taza de té; sabía que lo siguiente que me ofrecería sería ese whisky que ella misma fábrica y sabe a demonios.

Levanté la cabeza de la mesa y la escena que se exhibía ante mis ojos era la que esperaba después de haberles soltado la bomba. Había desvelado la identidad del hombre al que nos teníamos que enfrentar. Mi abuela Audrey se balanceaba en su mecedora mientras le daba pequeños sorbos a su botellita de zumo, como ella llama a su whisky casero con unas gotas de naranja. El doctor le dijo que sería mejor que dejara de fumar y de beber, pero se podría haber ahorrado el discurso: a Audrey Prescott nadie le decía lo que tenía que hacer, y mucho menos un medicucho de tres al cuarto, como ella le llama. «Yo lo enterraré», suele decir. «Y me tomaré un whisky con hielo sentada sobre su lápida». Una asidua jugadora de póquer que sigue luchando por conseguir la partida perfecta que, según ella, nos cambiaría la vida. Aunque, mientras tanto, mantiene cierta tendencia a apropiarse de lo que no es suyo cuando las cosas se nos ponen feas, es decir, compensa sus malas rachas con su arte para robar en los grandes almacenes y estafar a los que subestiman a una tierna anciana. La miro con ternura y suspiro, siempre ha estado con nosotras y, para hacer honor a la verdad, ha sido ella quien nos ha criado, una responsabilidad que le cayó encima por la mala cabeza de mamá. Siempre se ha hecho cargo de todo; su matrimonio ha sido bastante desastroso, pero nunca abandonó a mi abuelo, a pesar de que siempre dijo de él que no era un marido, sino una maldita piedra colgada a su cuello. Aunque, a decir verdad, la comparación no era la mejor, pues las piedras no se emborrachan. Mi madre, en cambio, decía que eran dos viejos murciélagos que se habían acostumbrado a estar colgados boca abajo, juntos en la misma cueva. Y, según las dos, tuvo la mejor muerte que un tipo como él podía tener. Al abuelo Joe lo mató lo que más amaba: lo atropelló un camión de cervezas y lo dejó tieso. Caminando de un lado a otro por nuestro pequeño salón está Dorothy, mi hermana mayor, a la que solemos llamar por su diminutivo, Dody. Dody es frívola, un poco egocéntrica e inmadura; esto último la hace bastante vulnerable e inestable. Su único objetivo en la vida consiste en convertirse en una famosa actriz, pero mientras tanto trabaja conmigo en una tintorería de uno de los barrios más selectos de la ciudad donde vivimos, Los Ángeles. Tras ella, y retrepada en el sofá trasteando con su móvil, está Kelly, mi hermana pequeña; hace dos días fue su decimotercer cumpleaños, una preadolescente con un coeficiente intelectual superior a la media y una criatura insociable, apática y desagradable. Sé que tengo una familia un tanto peculiar, pero eso no significa que para mí no sea la mejor del mundo. Y ahí estamos las cuatro, devanándonos los sesos para encontrar la mejor forma de salir de esta pesadilla.

—¿Alguien va a decir algo? —preguntó la abuela.

—Aquí no se trata de decir, sino de hacer. Propongo que nos fuguemos, vámonos bien lejos, donde ese cabrón no pueda encontrarnos —respondió mi hermana mayor.

—¡Una excelente idea, Dody! —ironizó Kelly sin apartar la vista de su móvil—. El tarro de la abuela está vacío, lo que significa que no tenemos un puto céntimo. Antes de que pongamos un pie fuera del país nos acribillarán a tiros.

—La abuela puede conseguir la cantidad que necesitamos. ¿A que sí? —Dody se detuvo delante de ella—. Uno de tus paseos por Rodeo Drive, unas cuantas carteras y listo. —Ambas se sonrieron con complicidad y lo peor de todo es que lo que decía era la absoluta verdad.

Miré a mi abuela a la espera de que se negara, que hubieran servido de algo todas mis charlas con ella sobre lo que hacía; sin embargo, mi esperanza se desinfló como un globo pinchado cuando la vi asentir con la cabeza. Iba a volver a hacer de las suyas y, aunque tenía que admitir que se le daba bastante bien, me dieron ganas de pegarme un tiro. Pedirle a mi abuela que no fuese tan irresponsable era como pedirle a cualquier otra persona que parase de respirar durante diez minutos.

—Hablaré con Lionel, por lo visto tiene un chisme que descifra el número secreto de algunas tarjetas. Solo tenemos que planificar todo bien y estará hecho —vaticinó con los ojos brillantes de emoción.

Oír el nombre de Lionel me provocaba taquicardias; no por nada, en el fondo era un buen chico, solo que eligió el mal camino. Se licenció en Bellas Artes, quería ser pintor, hacer grandes obras y con ellas pasar a la historia; pero la cosa no le salió bien y acabó siendo un falsificador y un ladrón. Aunque en sus comienzos no se le dio tan bien como a la abuela, puesto que la cárcel se estaba convirtiendo en su residencia oficial, para él era como entrar en una puerta giratoria. Daba igual las vueltas que diera, una, dos, incluso diez, siempre acababa escupido hacia la parte de dentro.

—¿¡Queréis dejar de decir locuras!? —grité llevándome las manos a la cabeza desesperada—. Robar no es la solución, solo nos faltaba que enchironasen a la abuela o a alguna de nosotras.

—¡Dios no lo permitiría! A esta vieja nadie la meterá en la cárcel —sentenció mi abuela con su dichosa frase de siempre, bastante cómica, por cierto, pues utilizaba su edad solo cuando le convenía.

—Sí, abuela, sigue creyendo en esa deidad que tanto te perdona, pero un juez no lo hará —apostilló Kelly—, hasta ahora tus delitos han sido menores, es decir, el valor de lo que has robado no ha superado los novecientos cincuenta dólares, pero necesitamos mucho más que esa cantidad y sería enfrentarte a una condena por hurto mayor, que se castiga con un año en la cárcel del condado o dieciséis meses en una prisión estatal. Y deja ese absurdo pensamiento que tienes de que una mujer de tu edad se libraría, irías de cabeza, abuelita. Y eso significaría darle la partida ganada a ese malnacido.

Me enorgullecía cada vez que mi hermana pequeña sacaba a relucir su intelecto, ya que en el colegio, lamentablemente, lo escondía. De nada sirvieron mis conversaciones con ella ni las consultas con ese psicólogo que la trató durante un tiempo, todo fue inútil.

—Entonces, estamos en sus manos, ¿no es así? —empezó a gritar histérica mi hermana Dody ganándose que mi abuela le soltara una colleja antes de pasarle su botellita.

A pesar de que mi hermana era más de ginebra, en ese momento debió de pensar que, a falta de pan, buenas eran tortas; la tomó entre sus manos como si fuera el Santo Grial y le dio un largo trago. Yo me quedé mirándola con la esperanza de que la tranquilizara y no le reventase la garganta.

—Maddie, ¿vas a permitirle que se salga con la suya? —arremetió mi abuela antes de darle un empujón a Dody y recuperar su bebida.

Noté que comenzaba ese familiar picor en mi cuero cabelludo y deseé con todas mis fuerzas arrancármelo con las uñas; era como una especie de alergia que me atacaba cuando la desesperación y el miedo se adueñaban de mi. Me fui hacia mi hermana pequeña que seguía con esa inquietante tranquilidad; era algo muy característico de ella, tenía unos nervios de acero que yo envidiaba.

—Kelly, tú eres la mente privilegiada, piensa en algo, y rápido.

Me miró con sus enormes ojos castaños y trasteó algo en su móvil; enseguida comenzó a sonar una música que me dejó paralizada en el acto y un sudor frío se abrió paso entre mis poros, en mis manos, en mi nuca, hasta ponerme la piel de gallina. Era la canción favorita de él: A King Is Born.

—Ahora le encuentro sentido a ese inconsciente tarareo tuyo, un cabrón que tiene hasta su puñetero himno, ¿no es así, hermanita?

Asentí resignada, tenía toda la razón.

—Nos enfrentamos a alguien que tiene demasiado poder. No se detendrá ante nada, Maddie. Negocia con él, no hay otra salida.

Cinco años, pienso. Han pasado cinco años desde el día que lo conocí; y exactamente cuatro años y nueve meses desde que desapareció de mi vida. Y todo comenzó… con esa maldita nota.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

 

Había llegado ese día tan importante para mí; después de dos años ahorrando hasta el último céntimo de los que podía disponer, tenía mi primera cita en el centro de fertilización. Quería ser madre. Este era mi gran sueño, tan respetable como cualquier otro; había quien soñaba con una exitosa carrera profesional, el mío en cambio era formar mi propia familia. Sin embargo, la suerte nunca había estado de mi lado, así que, con veintinueve años y una larga lista de capullos cabrones a mi espalda, tomé esta decisión: sería madre soltera, algo nada descabellado con mis antecedentes, que indicaban claramente que, si continuaba así, acabaría como mi madre. Una mujer bastante enamoradiza que solo conoció a hombres que no le convenían y ellos siempre acababan abandonándola a su suerte en el momento en que se quedaba embarazada. Una romántica empedernida, quizás su sueño fue encontrar su príncipe azul y solo conoció a sapos. Tuvo cuatro hijos de diferentes hombres, tres chicas contándome a mí y un chico, mi hermano Jasper, un apasionado de los coches, y eso fue lo que lo mató. Otro que también se apropiaba de lo que no era suyo, había robado un coche, aunque la abuela siempre lo defendió alegando que fue una travesura y que solo lo tomó prestado. Murió en la persecución policial. Jasper solo tenía catorce años cuando esto sucedió. A excepción de mi hermana Kelly, el resto nunca hemos sabido quién era nuestro padre.

Mientras atravesaba el vestíbulo, miré a mi alrededor boquiabierta y con los ojos como platos. Toda la sala de espera estaba repleta de gente. ¿Todas estas mujeres venían a lo mismo que yo? Estaba tan nerviosa que apenas oí a la recepcionista cuando me llamó. Giré la cabeza hacia ella y le sonreí.

—Madison Prescott. Tengo una cita con la doctora Hamilton —le dije.

La recepcionista curvó los labios de forma educada.

—De acuerdo, déjeme mirar… Muy bien, aquí está. Acompáñeme.

La seguí con el mismo entusiasmo de una niña a punto de ver a Papá Noel. Abrió la puerta. Esa mujer de mediana edad que me recibió con una encantadora sonrisa era la encargada de convertir mi sueño en realidad.

Veinte minutos más tarde salía de la consulta de la doctora Hamilton sintiéndome la persona más desdichada del planeta: mi sueño era imposible de realizar y todo por culpa del maldito dinero. A pesar de que tenía dos empleos y disponía de unos ingresos lo bastante aceptables como para encargarme de mantener a mi bebé, la cantidad que tenía que desembolsar escapaba de mis posibilidades.

Aguanté estoicamente mi recorrido por el vestíbulo de ese centro de fertilización hasta que estuve en la calle y vi quién me estaba esperando; me derrumbé y sin mediar palabra me abalancé a sus brazos y rompí a llorar. Siempre he necesitado los abrazos de mi abuela para que me consolara.

—Tranquila, cariño —susurró mientras me frotaba la espalda en círculos con la mano.

—Estoy dando todo un espectáculo, y gratis —le dije al ver las caras de compasión de los transeúntes que pasaban por nuestro lado.

—Y me estás poniendo perdida de mocos mi chaqueta nueva —se quejó con su habitual acidez apartándome de ella—. Esto sí que es una tragedia, Maddie. —Aunque su humor era igual de ácido, consiguió sacarme una sonrisa, siempre lo utilizaba para desdramatizar cualquier problema—. Vamos a tomar un café. —Señaló una cafetería que se encontraba justo enfrente.

Tiró de mi mano, cruzamos la calzada y entramos en el local. No estaba muy concurrido. Dos chicos, armados cada uno con un portátil, tomaban café sentados el uno frente al otro en una mesa pequeña. Junto a ellos, un hombre con bermudas y camiseta discutía con alguien por teléfono. Frente al mostrador esperaba una pareja con un carrito de bebé. Mi abuela se detuvo un instante para pedirle los cafés al camarero y seguimos caminando hasta el fondo. Nos sentamos en una mesa contigua a otra en la que había un hombre parapetado tras un periódico.

Antes de que mi abuela se sentara me detuve a repasarla, hoy era uno de esos días en los que decidía quitarse años; llevaba colocada una de sus muchas pelucas, había elegido la media melena en color castaño cobrizo y se había enfundado en unos vaqueros pitillo. Así era ella, mostraba su edad según le convenía; cuando quería parecer una tierna anciana solo tenía que dejar su pelo natural al descubierto, ponerse las gafas viejas que utilizaba mi abuelo y vestirse con esa ropa antigua que guardaba en el trastero.

—¿Y bien? Espero que ese llanto haya sido de alegría.

—La única alegría ha sido saber que estoy en pleno periodo fértil.

—¡Genial! —aplaudió emocionada mientras los brazaletes de su antebrazo derecho tintineaban como campanillas. Hasta que advirtió el sentido de la frase y sus manos se detuvieron:

—Espera, ¿la única?

Asentí varias veces y tragué saliva, me resultaba duro aceptar que mi sueño se iba por el retrete, pero antes o después tendría que aceptar mi derrota.

—No puedo, es demasiado caro; y aunque me lo financiaran no podría pagarlo, las cuotas son altísimas.

Mi abuela cerró los ojos y luego alzó la mirada al techo. De pronto pareció que se le ocurría algo. Volvió a mirarme enarcando las cejas.

—Está ese dinero que tenemos guardado.

Me tensé al oírla, ese dinero era la única y exigua herencia que mi madre dejó; lo había conseguido con la venta de su casa y estaba prohibido tocarlo.

—Y así seguirá, las tres acordamos que estaría destinado para la universidad de Kelly.

Mi abuela soltó un bufido exagerado y la reprendí con la mirada. Me daba igual cómo se pusiera, aunque fuese a mi favor. Kelly tenía una mente brillante y sería la única de la familia que iría a la universidad. No sabía si lo que teníamos sería suficiente, pero, de no ser así, había hecho el firme propósito de deslomarme a trabajar para conseguirlo.

—Aún falta para eso —alegó mientras desenvolvía con parsimonia la chocolatina que acompañaba el café.

—Eso mismo dijiste cuando cogiste el dinero de las pasadas navidades. ¿Y qué ocurrió? Llegaron y no teníamos para comprar su regalo.

Mi abuela me miró a los ojos; ya había dejado de saborear su chocolatina, se la había tragado de golpe.

—Te equivocas, tuvo su ordenador.

Puso su mirada de corderito inocente y desplegó su candorosa sonrisa, tan tierna que cualquiera que la viese pensaría que en su vida había roto un plato.

—¡Quince días, abuela! Ese fue el tiempo que lo tuvo porque ese era el tiempo que tenías para poder devolverlo y recuperar el dinero; dinero que cogiste del alquiler —le recordé su fechoría, aunque a ella eso le daba igual, su expresión de ingenuidad mutó a la de burla y supe al instante que contenía la risa.

—¿Sabes? Te pones muy fea cuando refunfuñas tanto, solo quiero ayudarte.

Me mordí el labio y negué con la cabeza.

—Tengo que olvidarme.

—Estoy de acuerdo, olvídate de que te metan un tubo por ahí abajo. Siempre podrás tener un hijo con alguien. Hace mucho tiempo que no pasas un rato divertido con un hombre y te hace mucha falta, cariño. —Me guiñó el ojo con picardía.

—¡Abuela! ¿Quieres bajar la voz? —Le señalé con la cabeza a la persona que seguía escondida tras el periódico y ella se echó a reír—. No creo que a nadie le interese mi vida sexual.

Como tampoco me interesaba la suya, fue lo que pensé. Mi abuela seguía siendo sexualmente activa, aunque mi cabeza se negaba a imaginarla en esa situación. Quien pensara que mi abuela era la típica que te haría tortitas los domingos, no podía estar más equivocado.

—Tengo muy claro lo que quiero y no es un padre para mi hijo.

Hablaba mi mala experiencia con los hombres, había conocido a muchos, pero siempre me las arreglaba para elegir a los menos apropiados. Había salido con manipuladores, estafadores, mujeriegos, ludópatas y hasta con algunos que tenían otras relaciones de las que no me decían nada, como aquel chico de Seattle; yo solo le serví de entretenimiento mientras su prometida preparaba su boda. Todo un elenco de cabrones de lo más variopinto.

Ella asintió con la cabeza, frunciendo las cejas con gesto de concentración.

—Y si algún día te preguntara quién es su padre, ¿qué le dirías?

Sabía que esta pregunta le preocupaba, sobre todo porque, tanto mis hermanos como yo, siempre se la hacíamos de pequeños y no sabía la respuesta. Mi abuela nunca conoció personalmente a ninguno de nuestros padres, así que nos contaba cualquier historia que se le ocurría en ese momento hasta que fuimos lo bastante mayores para enfrentarnos a la verdad.

—Ese tema lo hablaría cuando tuviese edad para entenderlo.

—Y seguro que le encantará saber que su padre estaba dentro de un bote en el congelador, justo al lado del paquete de guisantes.

Se empezó a partir de risa, sin embargo, a mí no me hizo ni pizca de gracia; el humor de mi abuela a veces me resultaba demasiado ácido. Acto seguido, haciendo un movimiento dramático con las manos para abarcar su barriga, añadió:

—Me voy al aseo, esta faja me está matando, voy a quemarla.

Miré a mi abuela con expresión malhumorada, pero la animé.

—Adelante, no te cortes.

—Igual tienes suerte y no lo pregunta —aventuró al ponerse en pie.

—La suerte nunca ha estado de mi lado —respondí mientras dirigía mi mirada hacia la pareja que minutos antes estaba en la barra con su bebé en el carrito y ahora lo sostenía su madre entre sus brazos.

—La suerte acaba de llamar a tu puerta —escuché que alguien decía a mi lado.

Esa voz grave, acariciadora y ligeramente risueña me obligó a desviar la atención de aquel bebé para centrarla en el hombre que estaba en la mesa de al lado. En cuanto lo miré intenté no ser descarada, pero fue imposible. Mi corazón ya estaba dando esa especie de voltereta que siempre daba cuando veía alguna imagen suya en alguna revista y ahora lo tenía frente a mí, en carne y hueso. En realidad no encontraba la palabra adecuada para calificar a un hombre como él. Atractivo, arrollador, elegante, fascinante, oscuramente erótico… podría seguir hasta agotar los mejores adjetivos calificativos, pero todos ellos podían resumirse en impactante. Su cara poseía una excelente armonía. Sus facciones marcadas, suavizadas por los hoyuelos que aparecían en sus mejillas al sonreír, le daban cierto aire travieso. Su pelo oscuro lo llevaba un poco alborotado; los ojos, por su parte, de ese azul intenso que te recordaba al océano, le chispeaban cuando sonreía perfeccionando esas facciones ya insuperables. Iba cuidadosamente afeitado y llevaba un elegante traje gris oscuro sin corbata que le daba un aire entre sexy e imprevisible pero, sobre todo, seductor.

Seguí sin poder articular palabra mientras manteníamos el contacto visual porque me resultaba imposible apartar la mirada. Parpadeé tratando de romper aquel aturdimiento y en ese momento él se levanto y desapareció de mi vista.

—Gilipollas —fue lo primero que me dije en silencio cuando desapareció de mi campo de visión. Y mis manos se fueron a mi pecho en un intento de que mi corazón dejará de aporrearlo.

—Señorita, esto es para usted. El señor de la barra me ha pedido que se lo entregara —me dijo el camarero; sus palabras y su expresión risueña tardaron unos instantes en llegar a mi cerebro, los que él aprovechó para dejar sobre la mesa un papel perfectamente doblado antes de marcharse. Mis manos se fueron directas hacia él.

«Tú quieres lo que yo necesito. Wolfstar: dieciséis treinta».

Me quedé boquiabierta y miré hacia donde el camarero me había indicado; casi me atraganté con mi propia saliva cuando vi que el único hombre que había en la barra. ¡Era él! Me quedé mirando fijamente esa nota durante unos segundos, digiriendo cada palabra e intentando encontrarle el sentido. Había estado todo el tiempo a mi lado y era evidente que había oído mi conversación. Me mordí el labio inferior y volví mi mirada hacia él, hacia ese hombre que, si hubiera otros a su alrededor, se alzaría sobre todos ellos con su metro noventa de estatura. Estaba de perfil, trasteando con su móvil. ¡Dios, era igual de guapo que de frente! Desvié la vista cuando miró hacia mí, pero algo me impulsaba a volver a él. Y no era solo aquella sorprendente belleza masculina lo que me llamaba la atención, sino, sobre todo, lo que me hacía sentir; esa incontrolable atracción, como si emitiera un silencioso reclamo al que yo, instintivamente, estaba predispuesta a responder.

Mi abuela regresó a mi lado justo unos minutos después de que guardara esa nota en mi bolso; no sabía por qué, pero no quería decirle nada sobre lo que había ocurrido. Ella siguió parloteando, pero en mi cabeza solo había cabida para lo que estaba escrito en esa nota. Unos minutos después, pasó por nuestro lado dejándola boquiabierta, nos saludó con una ligera inclinación de cabeza acompañada de una arrebatadora sonrisa y desapareció en un impresionante Bentley Mulsanne de color negro que le estaba esperando.

—Pero… ¿Tú has visto quién es? —alcanzó a decir mi abuela cuando consiguió articular palabra, ella también lo había reconocido.

—Brayden Blair, su nombre es sinónimo de dinero, poder e influencias, con tan solo treinta años ya es un mito en el mundo del vino. Es nieto de uno de los viticultores más importantes del país y uno de los solteros más codiciados; su carrera profesional acapara la atención mediática, pero también sus juergas, sus jugosos y escandalosos chismes de la prensa amarilla. Aunque también dicen que es muy celoso de su intimidad, lo que me hace pensar que solo muestra en público a las mujeres que no le interesan en absoluto, esas que solo se folla y les regala un minuto de popularidad.

Levantó la vista del interior de su bolso gigantesco de color rojo brillante y recubierto de relucientes tachuelas metálicas, en el que había estado rebuscando hasta ese momento su monedero.

—Ya veo que lo tienes bien estudiado y, por la sonrisa que te ha dedicado, le has gustado. Maddie, tu suerte ha cambiado.

—Eso me han dicho.

—¿Quién?

Tenía claro que no se lo iba a decir y tampoco le soltaría alguna mentira, eso quedaba descartado porque, o bien mi abuela tenía poderes para leer mi mente o yo mentía fatal, daba igual lo que fuese, pero el resultado era que siempre me pillaba. Así que lo mejor era una buena retirada,

—¡Uf, que tarde! tengo que irme, abuela —le dije mirando la hora en mi móvil—. Es mi día libre y tengo que hacer un montón de recados.

—Deberías salir esta noche, llama a esas amigas tan juerguistas que tienes —se echó a reír—, igual, con un poco de suerte, te diviertes. ¡Ah, no! Seguro que lo consigues, tu suerte ha cambiado.

Le arrugué el ceño, mi querida abuela se estaba burlando de mí y de mis amigas, aunque, para ser honesta, de ellas siempre lo hacía. Según ella, el que fueran responsables, discretas y no se desmelenasen era sinónimo de aburridas.

—Le prometí a Kelly que la llevaría al cine. Ven con nosotras.

—No puedo, Charlie ha organizado una partida y bastante prometedora, son un grupo de aficionados.

Charlie Derrik era un viejo amigo de la familia y su asiduo compañero en sus trabajitos, como ella solía llamar a estafar al póquer a pardillos que subestiman a una tierna anciana; mi abuela es toda una maestra en el arte del engaño. La mismísima reina.

Dejé a mi abuela en la parada del autobús y me fui caminando sin ningún rumbo fijo, el rostro de Brayden seguía parpadeando en mi mente al igual que lo que había escrito en esa nota. Con esas palabras en mi cabeza, una sensación de determinación sustituyó la desesperanza que se había adueñado de mí durante toda la mañana y sentí como si tuviera que seguir un camino, como si viera muy, muy claro lo que tenía que hacer. Y eso fue lo que hice.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

 

Un par de horas más tarde me personaba en Wolfstar, un afterwork de los más concurridos de la ciudad. Me quedé durante unos minutos embelesada con la decoración. Era una excelente combinación vintage e industrial. Todos los que habían terminado su jornada laboral ya se encontraban disfrutando de un cóctel y una buena charla delante de las mesas bajas de estilo shabby chic que estaban repartidas por todo el local, y sentados en unos confortables y mullidos sofás de respaldo alto en capitoné que competían en comodidad con los sillones Chester. Habían conseguido el escenario perfecto para darle una atmosfera cálida y acogedora. El suelo de madera desgastada, las vigas de hormigón en el techo y las paredes de ladrillo adornadas con fotografías en blanco y negro, completaban ese estilo tan ecléctico y atemporal.

Mis ojos recorrieron el local con calma, pero no había ni rastro de Brayden. Mis nervios se me habían concentrado en la barriga y aplastaban mi vejiga, así que me fui directa a buscar los aseos. Vi a unas chicas que se iban por un pasillo situado a la izquierda y tomé su camino. Comprobé que había acertado cuando vi en relieve una graciosa muñequita en dorado envejecido en una de las puertas. Salí del cubículo y al mirarme en el espejo hice una mueca. No era uno de esos días en los que me podía sentir orgullosa de mi aspecto. Mis ojos color avellana o verde dorado, como siempre los describía mi abuela, parecían tristes, les faltaba su chispa habitual. Mi melena larga y oscura que llevaba recogida en un moño bajo me daba un aire demasiado serio y ya no quedaba casi rastro del leve maquillaje que me había puesto por la mañana; aun así, sonreí a mi imagen en el espejo antes de salir.

A pesar de estar el local bastante concurrido lo ubiqué gracias a su estatura en un extremo de la barra; estaba rodeado de un enjambre de chicas que parecían recién salidas de una revista de moda luchando entre ellas por captar su atención. Yo no era nada parecida a ese tipo de mujeres. Ellas no vestían ropa de segunda mano de la temporada anterior. Me quedé unos segundos observándolo, sin conseguir apartar los ojos de ese rostro sublime, de ese porte altanero y seductor. Se comportaba con una seguridad que, si bien podría parecer arrogante en algunos hombres, en él resultaba sensual. Todas se echaron a reír con ganas con lo que fuera que Brayden les estuviese contando y la que estaba a su lado deslizó el brazo alrededor de su cintura, apoyándose contra él como si, de no hacerlo, fuera a caerse de bruces contra el suelo. Tenía a todas las féminas de ese círculo cautivadas y, para ser sincera, no me sorprendía. Brayden tenía el aspecto, el encanto… todo lo necesario para seducir.

—Hombres así de turbadores deberían estar prohibidos —pensé.

Ya no llevaba el traje de esa mañana, sino un jersey azul marino con el cuello en pico que se tensaba sobre su fibroso y musculoso pecho y unos vaqueros. Yo, en cambio, continuaba con la misma ropa: una blusa blanca sin mangas y una falda de vuelo en color caldero.

Aproveché un momento en que se apartó de su sofisticadas fans y me acerqué hasta él; le vi fruncir el ceño, pero al instante reemplazó ese gesto por un lento y concienzudo escrutinio que me puso la piel de gallina. Ahí estaba yo, temblándome las piernas e incapaz de apartar la mirada; y cuando iba a espetarle si estaba satisfecho con lo que veía, alguien chocó contra mi espalda, lanzándome hacia delante.

Brayden me agarró por la cintura y me levantó en vilo directamente hasta su pecho. A pesar de la ropa que nos separaba, notaba aquellos bíceps como piedras, aquel abdomen musculoso en contacto con mi cuerpo. Sus ojos, que momentos antes mostraban un tono azul turquesa, ahora centelleaban con intensidad y el impacto de aquella mirada me recorrió de un modo electrizante, la energía entre nosotros era palpable… Pero no podía estar en lo cierto, tenía que estar malinterpretando por completo la situación porque me sentía abrumada. Además de estar paralizada por la impresión del contacto con su macizo cuerpo, lo estaba por su olor, tan deliciosamente divino que debería estar prohibido para un ser humano. Notaba un cosquilleo en el vientre y sentía cómo mis mejillas ardían; agradecí que el tono moreno de mi tez no lo hiciera tan evidente. Me separé de él e intenté como pude disimular mi nerviosismo, pero poco ayudaba que sus ojos no se apartaran de mí.

—No eres muy puntual, chica de la cafetería —dijo señalando un enorme reloj antiguo colgado en una de las paredes, solo pasaban diez minutos de la hora.

Procuré no exteriorizar mi alegría cuando comprendí que su ceño fruncido se debía a mi retraso. ¿Habría pensado en algún momento que yo no aparecería?

—Madison Prescott. —Le extendí mi mano con la intención de presentarme como es debido.

Me la estrechó y sentí como si me acabaran de propinar una descarga eléctrica de alto voltaje.

—Brayden Blair, un placer conocerte. —Una expresión jocosa cruzó su cara, era evidente que tenía muy claro que yo sí sabía quién era él—. Has despertado mi curiosidad y has acaparado mi atención. Ambas sensaciones muy difíciles de conseguir de mí.

Su petulancia podría resultar irritante, sin embargo, al decirlo con ese tono de voz grave, tan malditamente caliente y esa sonrisa rompedora iluminando su rostro, lo primero que pensé fue… ¡Qué demonios, él se lo puede permitir!

—Ven conmigo —añadió con mi mano aún en su poder; tiró suavemente de mí y se abrió paso entre la gente o, mejor dicho, la gente se iba apartando ante su presencia.

Ir cogida de su mano multiplicaba mi estado de nervios y, para empeorarlo, se había añadido la intriga. ¿Qué curiosidad e interés tendría hacia mí? Me moría por saberlo. Fuimos por un pasillo revestido de madera envejecida y llegamos casi al final, tecleó una numeración sobre un dispositivo de seguridad que había a la derecha y se abrió automáticamente una puerta; en ese momento me di cuenta de que Brayden era el propietario del local. Me cedió el paso y entramos en un despacho enorme. Mantenía el mismo estilo industrial. El hierro, el cuero y la madera sin tratar predominaban en toda la decoración.

—Por favor, toma asiento. —Señaló con la mano dos sillones de cuero marrón oscuro y entre ellos una mesa baja de madera natural con el armazón metálico—. ¿Te apetece algo de beber?

Lo cierto era que sí, tenía la boca tan seca como si hubiese estado masticando arena.

—Un poco de agua, gracias.

Caminó hacia un mueble bar que ocupaba toda una pared y sacó una botella pequeña de agua y una cerveza de una nevera integrada. Dejó el vaso sobre la mesa, sirvió un poco de agua y tuve que reprimir el impulso de lanzarme en picado a por ella; Brayden tomó asiento en el que había frente a mí y se recostó contra el respaldo.

—Eres una chica joven y recurres a una inseminación artificial, ¿por qué? —preguntó con tanta naturalidad que me costó un poco procesarla.

Una leve humillación por lo que él había podido escuchar me hizo enderezar la espalda.

—¿No te han enseñado que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas? —arremetí con dureza.

Guardó silencio durante un instante, pero vi un brillo inquisitivo en sus ojos al que acompañaba una sonrisa que daba a su cara un aire de malicia.

—Deberías agradecer mi mala educación, ella te ha traído hasta aquí. ¿Y bien? —Ladeó ligeramente la cabeza como si estuviera examinando algo curioso.

Tenía muy claro que no iba a abrirme en canal ante él y contarle el motivo por el que no quería un padre. Me supuso un esfuerzo enorme, pero lo miré a los ojos con serenidad, decidida a recuperar al menos un mínimo de control.

—Quiero a mi bebé solo para mí.

Mi respuesta debió de parecerle convincente porque volvió a sonreír, pero esta vez lo hizo de una forma afable y satisfecha.

—Perfecto, seré tu donante anónimo.

El impacto de esas palabras, aparte de petrificada, me dejó indefensa y confusa. No estaba del todo segura de que me agradara tal sensación, o tal vez lo que pasaba era que me gustaba demasiado; de una forma u otra empecé a encontrarle sentido a todo. Quizás tenía razón y mi suerte sí había cambiado. Alto, estilizado y fuerte. Pelo oscuro y ojos azules, guapo a rabiar y muy, muy sexy. Este tipo lo tenía todo, pero aun así me costaba creer que todo esto fuera verdad.

—¿Hablas en serio?

—Siempre lo hago, Madison.

No sé qué me excitó más, si el saber que podía cumplir mi sueño de ser madre o cómo pronunció mi nombre. Sin embargo, las palabras que estaban escritas en su nota se abrieron paso en mi mente… «Tu quieres lo que yo necesito».

—¿Por qué quieres hacerlo? ¿Por qué lo necesitas?

Me siguió observando y al final tuve que desviar la mirada. De ninguna manera podía competir con el nivel de intensidad o con lo que demonios fuera eso que llegaba hasta mí. Se puso en pie y fue hacia su escritorio.

—Si quieres que te lo explique, firma este documento.

Dejó sobre la mesa una carpeta y un bolígrafo.

—¿Qué tipo de documento es? —le pregunté sin atreverme a abrirla.

—Un contrato de confidencialidad.

No me extrañó en absoluto que me exigiera firmar ese documento, tratándose de quién se trataba. Y, para qué mentir, me comía la curiosidad. Abrí con cuidado la carpeta y saqué el documento.

—Soy toda oídos —le dije al estampar mi firma.

Volvió a tomar asiento y a pesar de que el ritmo de mi corazón seguía acelerado intenté mantenerme concentrada y atenta a todo lo que me pudiese contar.

—Mi abuelo me ha exigido que tenga un hijo; al principio pensé que se le había ido la cabeza o que todo era un capricho absurdo y se le pasaría. —Hizo una pausa y observé conmovida cómo se reflejaba el dolor en un rostro tan bello, un dolor que le había infringido un miembro de su propia familia, era una sensación demasiado conocida para mí; sin embargo, desapareció con la misma rapidez con la que había aparecido y lo sustituyó por ferocidad y dureza—. Pero no, el viejo no desiste. Por lo tanto, si quiero heredar su parte del patrimonio familiar con el que me haría con todo el control de las empresas, esta es la única condición que me ha impuesto. No consentiré que pase a otras manos que no sean las mías, nunca lucho para quedarme a medias, lo quiero todo.

Arqueé las cejas y me tragué mi exclamación cuando acabó, permitiéndome analizar durante un minuto lo que había dicho. Era algo increíble, no entendía cómo su abuelo le chantajeaba de ese modo después de todo lo que le había demostrado. Lo único que conocía sobre él era lo que había leído en las revistas. Y en ese momento recordé algunas pinceladas de esa información. Su padre había fallecido a causa de un cáncer y, tras su muerte, el imperio Blair se tambaleó. Unos decían que a causa de la depresión en la que se sumió su abuelo por la horrible pérdida de su único hijo y otros, en cambio, lo achacaban a que el padre de Brayden nunca se ocupó de dirigir bien sus negocios; lo tachaban de juerguista y mujeriego. Brayden, con tan solo diecisiete años, aparte de estudiar, trabajó muy duro junto a su abuelo y volvieron a colocar sus empresas en el lugar que les correspondía. Aunque también era sabido que, al igual que su padre, Brayden hacía su santa voluntad; sus fiestas eran sonadas por un derroche que pocos mortales se podían permitir, así como por su extensa lista de conquistas y porque era un hombre tan ambicioso como caprichoso. ¿Sería este tipo de vida desenfrenada lo que indujo a su abuelo a ponerle esta condición? ¿Pensaría que un hijo era la responsabilidad que Brayden necesitaba? Esas preguntas se quedaron flotando en mi cabeza, porque lo que ganaba más fuerza era que me parecía demasiado increíble que me lo estuviese proponiendo a mí. Mujeres dispuestas a darle un hijo las tendría a cientos.