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Cuando escuchas el nombre de Tutankamón… ¿qué te viene a la mente? ¿Su máscara funeraria, su tumba, sus tesoros? Con esta novela conocerás la vida del faraón niño y las hazañas que le convirtieron en leyenda. Descubrirás cómo a sus nueve años pasa a ser faraón del Antiguo Egipto, cómo restaura la religión politeísta con Amón como dios principal. Sus batallas, su matrimonio, sus hijas, los misterios que rodearon su muerte y todos los detalles de los 5.398 objetos enterrados junto a él en la KV62 del Valle de los Reyes, que permanecieron ocultos hasta noviembre de 1922.
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Tutankamón, faraón nacido para ser leyenda
Edgar Ochoa García
isbn: 978-84-19445-00-1
1ª edición, febrero de 2022.
ilustración: María Nazareth Tribiño
imagen: Pixabay
diseñador gráfico de la imagen: David Gálvez Rodenas
segunda imagen: Edgar Ochoa García
prólogo: Egipto Historia Viva S.L.
corrección: Anderson Castro Valero y Silvia Cacchione
portada: Steven Fergusson
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro
con fines comerciales sin el permiso de los autores
y de la Editorial Autografía.
Para el desarrollo completo de esta novela, en la cual me he ceñido a la historia verdadera del faraón Tutankamón, hay muchas personas que me han ayudado en todo momento. Le doy las gracias en especial a Rubén Villalobos, un gran amigo que siempre ha estado dispuesto a ofrecerme datos históricos. También a mi amiga Alba Espejo, con su canal de YouTube, Egiptomania, quien también me ha proporcionado información histórica y me ha dado su opinión. A la egiptóloga Maribel Pérez, que ha aprobado mis teorías sobre ciertos momentos de la vida del faraón que se desconocen, junto a su marido arqueoastrónomo Eduardo López. Y una especial mención al egiptólogo Chris Naunton por aportar interesantes datos para el transcurso de la novela.
También quiero agradecer a todas aquellas personas que han visto durante todo este tiempo cómo ha ido creciendo la novela desde las primeras páginas: Isela Valencia, Lorena Bartolomé, Thairinne Reyes, Adrián Gallana, Inma Segovia, Alex Fierro y Reyna Arias. Y en especial a toda la comunidad de Rubén Villalobos y de Egiptomania por querer tener un ejemplar en sus manos.
Y, por último, a la propia figura histórica de Tutankamón, un faraón que ha trascendido en la historia tras el descubrimiento de su tumba, y que desde pequeño despertó en mí gran interés por su reinado. Para los antiguos egipcios lo más importante era ser recordados y vivir eternamente y, gracias a esta novela, el nombre de Tutankamón seguirá siendo recordado.
Esta es una obra basada en los hechos reales de la vida del faraón Tutankamón, nacido en el año 1334 antes de Cristo, en la época de Amarna, cuando gobernaba su padre Amenofis IV, Akenatón, junto a su gran esposa real, la reina Nefertiti. Pasó a ser rey entorno a los 9 años, gobernó sobre el Alto y Bajo Kemet, hoy en día conocido como Egipto. Reinó por alrededor de 10 años, en la época del Imperio Nuevo, durante la dinastía XVIII, y fue enterrado aproximadamente a la edad de 19 años, en el Valle de los Reyes, donde lo encontró Howard Carter más de tres milenios después, el 4 de noviembre de 1922, en la que denominaron “KV62”.
He pasado los últimos cuatro años estudiando a profundidad la vida del faraón y desarrollando diversas investigaciones para lograr desentrañar el misterio que envuelve su figura. Conocemos poco de Tutankamón debido a que sus sucesores lo eliminaron casi en su totalidad de la historia. Gracias a esta laguna, intervengo como escritor desarrollando las teorías más aceptadas, e incluso algunas propias, por ejemplo, la muerte del rey.
En la novela también aparecen datos históricos contrastados sobre el día a día de aquellos tiempos, como la jerarquía social, las tradiciones, festividades, culto a los diferentes dioses, comidas, proceso de momificación y entierro.
El 4 de noviembre de 1922, el joven Tutankatón, imagen viva de Atón, posteriormente rebautizado como Tutankamón, imagen viva de Amón, por el trémulo momento político, religioso y sociocultural en que tuvo lugar su corta vida de apenas 19 años y su breve reinado de 9 años, demonizado y olvidado tras ser sometido a la damnatio memoriae por sus contemporáneos,se convierte en el más célebre, famoso y popular soberano del más grande imperio de todo el mundo antiguo.
Tras un arduo trabajo de más de cuatro años de investigación y recopilación de datos que envuelven esta convulsa etapa de la XVIII dinastía, el autor, con un cuidado rigor que confiere a esta obra una historicidad –en demasiadas ocasiones caída en desuso en el género literario de la novela histórica– y una exquisita aportación poética, logra que el lector se embriague aspirando los aromas del incienso y los perfumes de la flor de loto. Sentirá la suave textura del lino y se apasionará con un inflamado amor de juventud. Incluso, vivirá en carne propia el terror que despiertan las intrigas y conspiraciones que se produjeron en contra del faraón niño.
Una obra que no debe faltar en la biblioteca de ningún amante de la novela histórica del extraordinario Egipto faraónico, porque Egipto continúa siendo historia viva.
“Año 3.367 del 1º mes de la estación de Shemu, Pa-en khonsu, día 30 bajo el reinado del señor del alto y del bajo Egipto Neb-Kheperw-Ra (Tutankamón).
Dador de vida eterna para siempre, Rey del alto y bajo Egipto Neb-Kheperw-Ra (Tutankamón), Faraón nacido para ser leyenda.”
—¡Oh, Atón! Tú, todopoderoso disco solar... A ti acudo como un súbdito más para pedirte ayuda. Mi mujer y yo no podemos concebir un hijo varón... heredero al trono de Egipto... Nuestras hijas mueren... Por favor, Atón, ayúdame y bendíceme con un hijo.
Así, el faraón Akenatón, de cara larga, nariz pronunciada, ojos rasgados y caderas anchas, suplicaba de rodillas al dios Atón desde lo alto de una de las montañas a las que solía ir a solas todas las mañanas y atardeceres para realizar sus rezos. Desde allí, aquella mañana del 1343 a.C. contemplaba cómo el sol surgía por el este, bañando toda la ciudad de Amarna con sus calurosos rayos. Se sentía desesperado por no tener descendencia, ya que de las seis hijas que había tenido solo dos quedaban con vida. No quería que la dinastía XVIII acabara con él, sobre todo después de haber logrado grandes avances para Egipto.
Akenatón permaneció unos minutos más en soledad, y cuando el sol había ascendido hasta lo más alto, bajó de la montaña para dirigirse a la ciudad, hacia el amurallado templo dedicado a Atón para volver a suplicar por un hijo varón. Recorrió los caminos de piedra caliza, rodeados de vegetación, hasta que llegó al templo donde le estaba esperando Ramose, su visir cuyo puesto era el de mayor jerarquía social, directamente por debajo del faraón. Este le informó que continuaban las revueltas provocadas por la decisión de Akenatón de eliminar el culto a todos los dioses y dejar solo la adoración monoteísta a Atón. El faraón escuchó distraídamente, y sin darle importancia se apresuró en entrar al templo.
Más tarde, Akenatón acudió a la necrópolis de los nobles para estar al tanto de la situación política, y además observó las obras que se estaban llevando a cabo en los templos. Una vez terminada su labor rutinaria, regresó a palacio. En el interior de este paseó por los jardines interiores abiertos al sol, y tras haber meditado un largo rato, decidió ir a sus aposentos donde le estaba esperando su gran esposa real, Nefertiti.
—¿Has oído los problemas que hay al norte? –preguntó Nefertiti–. Creo que deberías ir un día para calmar los problemas, si no va a haber una guerra civil...
—No tengo la mente para pensar en esos problemas ahora. Hoy he vuelto a hablar con Atón, pero no he obtenido respuesta positiva... No sé cuándo vamos a tener un hijo.
—Nos vendrá pronto, amado esposo –dijo Nefertiti abrazando a Akenatón cuando este se sentó en un sillón.
Akenatón siguió sumido en su pesadumbre por la situación familiar. Nefertiti, en cambio, decidió colocarse su corona y salir a dar instrucciones militares de cómo resolver las trifulcas que habían surgido. Nefertiti era considerada la mujer más bella del reino egipcio, y además a ella le gustaban las tácticas militares, que practicaba jugando mucho al senet.
Al día siguiente, Akenatón y Nefertiti salieron juntos a media mañana de palacio. Observaron una vez más los altos muros blancos con estatuas y la infinidad de columnas que rodeaban las puertas. Se dirigieron a la parte comercial de la ciudad, para dar un paseo y observar cómo iban los proyectos del faraón. Nefertiti quiso parar en el taller de Tutmose, el escultor real que hacía las figuras que desearan los faraones.
—Saludos, altezas, me postro ante sus pies –dijo Tutmose al ver entrar a los faraones a su taller–. Ya casi termino su encargo, suma reina.
Cuando los faraones ya se habían asentado en el palacio real y la ciudad de Amarna empezó a funcionar como capital, Nefertiti había mandado hacer un busto para ella. Este había sido realizado y pintado a mano, sobre piedra caliza y posteriormente recubierto de yeso. Se apreciaba la cara de la reina, junto con la corona real serpenteada por una cobra, simbolizando la diosa Uadyet, y además se le apreciaba un collar de estilo usej. La escultura era de una belleza astronómica, había conseguido reproducir la cara de la reina al ciento por ciento, con todo lujo de detalles; sin embargo, aún no estaba terminado el ojo derecho.
—Disculpe, suma reina –dijo Tutmose, enseñándole el busto de cincuenta centímetros de altura–, los cristales de roca se me han terminado y no he tenido tiempo para conseguir más y así terminar el otro ojo. Discúlpeme.
—Este encargo lo pedimos hace muchas lunas, Tutmose –dijo Akenatón–. ¿Por qué te lleva tanto tiempo?
—Sumo rey... hago las piezas solo, y yo mismo debo procurarme los materiales que ustedes gusten... Hay veces que me resulta difícil hacerlo todo.
—Está bien. A este busto solo le falta un detalle, quédatelo y que le sirva a aprendices como método a seguir. Necesitamos muchas esculturas para que se nos recuerde, y si para un solo busto se tarda tanto... no nos recordará nadie.
—Pero... yo no tengo empleados, alteza...
—Hay muchos niños por aquí... –dijo Akenatón mientras observaba por una ventana el exterior–. Que te ayuden ellos. Enséñales bien y que realicen las esculturas que mi esposa real precise. Dejemos el busto aquí –dijo Akenatón mientras colocaba la pieza sobre una estantería–, y ponte a reclutar.
Tutmose aceptó la sugerencia de Akenatón, y de inmediato empezó a pensar donde podría ir para conseguir la mano de obra que necesitaba.
Akenatón salió del taller y se subió, junto a Nefertiti, a la cuadriga. Pusieron rumbo hacia orillas del río Nilo, seguidos de los guardias reales que iban detrás de ellos. El lugar estaba totalmente recubierto de palmeras y otros árboles; también abundaban los animales salvajes, a los que los guardias les disparaban flechas para cazarlos. Ya en el río, encontraron a muchos campesinos navegando y pescando sobre las barcas fabricadas en madera y largos troncos. Muchos de estos, al ver llegar a los faraones, les ofrecían parte o casi todo lo que habían conseguido pescar en aquella mañana.
Akenatón y Nefertiti dieron un apacible paseo por aquellas orillas; sin embargo, él no dejaba de mirar hacia el sol.
—Esa rabia que tienes contra los pequeños varones, deberías quitártela, querido. Puede que esa sea la razón por la cual no podemos concebir un hijo... Bastantes niños murieron en la construcción de nuestra ciudad.
—Cargo en mis espaldas un gran pesar, amada esposa mía... –dijo Akenatón mirando hacia el río–. Todos pueden tener varones, menos yo... ¿A quién le dejaré este gran imperio?
—Puedes contar conmigo, y si no, con una de tus hijas. Ankhesenpatón estará preparada, y yo la guiaré.
Akenatón estaba feliz con sus dos hijas que habían conseguido vivir, pero no las veía capaces de dirigir a Egipto.
—Ankhesenpatón se parece tanto a ti... tiene tu misma cara. Pero... no la concibo dirigiendo ejércitos ni batallando... Necesito un varón. Se lo estoy pidiendo a Atón todos los días desde que murió nuestra última hija.
En ese momento, llegó Ramose y fue al encuentro de Akenatón, para darle noticias sobre las revueltas que ya habían sido solucionadas gracias a las indicaciones de Nefertiti. Después de escuchar las noticias que había traído el visir, decidieron retomar camino a palacio.
Al terminar de asearse, Nefertiti encontró nervioso a Akenatón, quien no paraba de andar en círculos por toda la habitación. Una vez que el sol empezó a descender y toda la iluminación diurna empezó a convertirse en tonos rojizos oscuros, salió de palacio para dirigirse a la montaña donde siempre hacía sus rezos al gran disco solar, Atón. Mientras tanto, Nefertiti se quedó jugando con sus hijas y los gatos que paseaban por el dormitorio.
Cuando la noche hizo su acto de presencia por las tierras egipcias, Akenatón regresó a palacio. Su visir comenzó a darle las noticias que habían acontecido en su ausencia. Se encontraban discutiendo los acontecimientos, cuando llegó Horemheb, el jefe de las tropas. Este era un hombre alto, joven, musculoso y de raza oscura.
—Todo el ejército está a sus órdenes, gran Akenatón –dijo Horemheb saludando de una forma militar–. Hemos entrenado, y tenemos bien protegida todas las fronteras del reino, especialmente su palacio.
—Gran trabajo, general. Puede retirarse y descansar, mañana quiero que entrenen a los caballos.
—A sus órdenes –se despidió Horemheb.
—¿Me acompañas? –preguntó Akenatón a su visir–. Quisiera conversar unos minutos mientras camino por el palacio, hoy que la luna está tan hermosa.
Akenatón y Ramose anduvieron por todo el jardín del palacio. El visir le dio su opinión: no estaba de acuerdo con lo que había sugerido Nefertiti sobre los niños varones.
—¿Y si pruebas con una concubina o esposa real? Quizás Nefertiti está maldecida por Atón y he ahí por qué no te da un varón... Ella quiere las riendas del imperio.
Akenatón no era partidario de tener ningún hijo que no fuera con Nefertiti. Se despidió de su visir y se fue a los aposentos reales. Allí la reina ya estaba dormida, y las dos niñas en unas camas más pequeñas. Akenatón salió a la terraza, respiró aire puro profundamente y regresó para dormir.
Unas semanas más tardes, Akenatón se reunió con todos sus ministros y sumos sacerdotes para saber la situación por las que estaba pasando el imperio; Nefertiti también le acompañaba e incluso intervenía en algunos aspectos. Después de la reunión, tuvo lugar un banquete con todos los invitados del farón, había panes, vino y todo tipo de aves cocinadas. Cuando terminaron, cada uno volvió a sus puestos de trabajo mientras que Nefertiti fue al encuentro de sus niñas. Akenatón salió de palacio para dirigirse a la montaña, antes de que el sol cayera hasta el día siguiente. Cuando estaba casi en el filo del pico de la montaña, se arrodilló, elevó sus brazos hacia el cielo y alzó la voz:
—¡Oh, Atón! Tú, que estás en lo más alto de los cielos... y que con tus rayos generas la vida en todas sus formas. Te alzas por el horizonte, y creas belleza... Tú, que conquistas todo a tu paso, y haces que tus rayos bañen todo mi reino. Y tú, que cuando desapareces... todo el mundo entra en un gran pesar, lleno de oscuridad, como si la misma muerte se tratara. Cuando renaces por el levante... expulsas todas estas malas vibraciones. A ti, gran disco solar, dotador de vida... te comunico mi pesar. Ansío un varón en mi descendencia. Dame tu gracia, y concédemelo. De ser así... llevará tu nombre y conquistaremos el mundo entero bajo tu nombre... impondremos tu culto a todos los pueblos enemigos que nos rodean. Serás el sumo Dios. Y cuando yo muera... quiero ser enterrado allá donde caiga el último rayo el día de mi muerte. ¡Oh Atón! ¡Te lo suplico! Soy tu fiel siervo...
Akenatón bajó sus brazos y miró hacia el suelo; estaba apenado de no obtener respuesta y sentía que todo lo que había hecho en su vida no valía de nada si no tenía un heredero que disfrutara de todo lo que él había logrado. Cuando alzó su mirada de nuevo hacia el cielo, pudo ver un extraño fenómeno en el sol. Estaba iluminando de una forma más brillante de lo normal una zona del propio palacio. Akenatón se levantó y observó hacia dónde se dirigían los rayos del sol. Luego, se giró y volvió a admirar el sol.
—¿Eres tú, Atón? Dame una señal de qué debo hacer.
Akenatón volvió a dirigir su mirada hacia el palacio. A los pocos segundos, vio un destello de luz que provenía del jardín interior. Fue el último rayo de sol, después de ese destello desapareció. El faraón descendió la montaña a toda prisa y fue corriendo hacia donde había visto el destello. Dentro del enorme jardín del palacio estaba la joven Kiya, regando las plantas que tenían.
—Hola, Kiya, ¿has estado aquí cuando Atón se despedía del mundo?
—Sí, Akenatón. He estado aquí todo el tiempo.
Akenatón se sentó y miró a Kiya. Él había pedido una señal de si era la voluntad de Atón y justo hubo un destello de las joyas que llevaba Kiya en su cuerpo. Esta era familiar de Akenatón y vivía en palacio. Estaba pensando en si ella le podía dar el ansiado varón que estaba pidiendo a Atón por activa y por pasiva.
—¿Te encuentras bien? –le preguntó Kiya.
Akenatón asintió y se levantó. Se dirigió hacia el interior del palacio en búsqueda de su visir. Lo estuvo buscando por todas las salas, hasta que finalmente lo pudo localizar en la sala mística. Después de encontrarlo, fueron a caminar juntos por la sala hipóstila, conocida por sus grandes columnas. Akenatón le relató todo lo acontecido, y el visir hizo llamar a un sacerdote real para que tuviera una mejor asesoría.
—Si Atón te ha dado esa señal, intenta tener un varón con Kiya... Vuestro hijo sería de sangre real –dijo Ramose–. De todas formas, esperemos al sacerdote.
Cuando este llegó, estuvo reflexionando durante una decena de minutos en silencio, sin pronunciar palabra.
—Es una señal de Atón, sumo rey, no hay duda –dijo el sacerdote–. Hazlo, ya que esa es la voluntad del gran disco solar.
Se apreció una sonrisa en la alargada cara de Akenatón; se despidió de ellos y fue hacia los aposentos reales. De camino allí, se detuvo un momento a observar los nuevos jeroglíficos que había encargado a sus escribas reales, repletos de oraciones dedicadas al dios Atón.
A los pocos días, Nefertiti salió junto con sus hijas, la mayor Meritatón y Ankhesenpatón, la pequeña. Cuando Akenatón vio desde su terraza que partían en una de las cuadrigas reales junto con toda la escolta real, salió de sus aposentos en búsqueda de Kiya. Esta se encontraba en los baños, lavándose todo el cuerpo. Akenatón la observó un momento desde la puerta, pero decidió esperarla fuera hasta que terminara de bañarse. A los pocos minutos, esta salió del baño con su túnica blanca y con el pelo mojado que le caía hasta los hombros.
—Buen día, rey –dijo Kiya.
—Kiya... debemos hablar por la gracia de Atón.
—¿Qué ha pasado? Vamos por allí que es un sitio más tranquilo.
Akenatón y Kiya fueron hacia un jardín interior, más pequeño que el principal, pero por allí no solía ir nadie. Kiya se sentó en una silla, mientras Akenatón se quedó de pie, recibiendo todos los rayos del sol sobre él.
—Atón me ha hecho una revelación... Es muy importante, así que debemos hacer su voluntad –reflexionó y Kiya lo miraba extrañada–. Tú vas a ser quien me proporcione un hijo varón, así lo quiere Atón. Además, tendría nuestra sangre real, proveniente de varias generaciones atrás... Llegará a ser faraón del alto y bajo Egipto, el mayor imperio de todos los tiempos... Es la voluntad y el deseo de Atón.
Kiya se quedó sin habla tras oír la propuesta de Akenatón, le sorprendía tal desespero por tener un hijo varón a toda costa, pues siempre estaba unido y muy enamorado de Nefertiti. Sin embargo, reflexionó rápidamente y vio una oportunidad para ascender en la jerarquía.
—Yo te puedo dar los hijos varones que necesites... no he estado nunca encinta. Seguro que dentro de mi vientre podrá gestarse un varón –dijo Kiya y Akenatón tuvo una sonrisa radiante–. Pero... no voy a ser una concubina cualquiera... Si quieres un hijo varón, yo te lo doy, pero seré una esposa real. Cuando organices la ceremonia, te proporcionaré el heredero.
—Si me das un varón... que así sea.
Akenatón salió del jardín y fue en busca de los sacerdotes para organizar la ceremonia. Luego de recibir la orden del faraón, los sacerdotes se dirigieron al templo de Atón para tener todo preparado. Pusieron todo tipo de inciensos recubriendo la gran mayoría del templo, trajeron los mejores vinos. También los escribas y los pintores se dispusieron a inmortalizar la nueva unión. Una vez que los preparativos acabaron, Akenatón se vistió de gala y cogió su cayado y su flagelo, dos artilugios que simbolizaban la autoridad del faraón y la fertilidad.
Cuando Akenatón llegó al templo, todo estaba listo y Kiya ya estaba preparada. El sumo sacerdote y Ramose empezaron la ceremonia de casamiento. Así, Kiya fue proclamada esposa real de Akenatón.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? –dijo Nefertiti entrando al templo.
—Mi amada gran esposa real –dijo Akenatón caminando hacia ella–. Estoy haciendo la voluntad de Atón para poder tener un heredero varón al trono y de sangre divina y real. De tu vientre solo salen hembras... Esto es por el bien del Imperio Egipcio.
—Yo le daré un varón –dijo Kiya agarrándose de Akenatón, con un tono desafiante hacia Nefertiti.
Kiya nunca vio con buenos ojos a Nefertiti, que era considerada la más hermosa del reino, y sin embargo a ella nadie la consideraba aun teniendo sangre real en sus venas.
—Espero que sepas bien lo que haces, Akenatón –dijo Nefertiti–. Y tú... aunque le des un varón, yo sigo siendo la gran esposa real, y jamás me quitarás el puesto –replicó con saña y despreciando a Kiya.
Nefertiti abandonó el templo, y Akenatón continuó con la ceremonia. Kiya estaba feliz, debido a que había conseguido tener un puesto mayor en la sociedad tras ser una esposa real, aunque fuera una esposa secundaria. Los escribas ya habían redactado toda la ceremonia, y ya era oficial su casamiento.
Después del banquete, Akenatón mandó llegar su orden al taller de Tutmose para que se le realizaran bustos de Kiya. Este después continuó su paseo por palacio, había mucho movimiento debido a que le estaban preparando una habitación mejor a Kiya, acorde a su nuevo estatus. Akenatón entró en su habitación donde estaba Nefertiti esperándole.
—Tú quieres un varón... me parece perfecto. Pero como me intente quitar mi título... voy a tener problemas con ella. Y si se queda encinta, pero te da una hembra... deshaces todo la locura esta.
—Descansemos mejor, ¿no te parece? –comentó evitando todo comentario de la reina.
A Nefertiti se la notaba muy tensa y celosa. Parecía que su marido ya no quería estar junto a ella porque no era capaz de engendrar un hijo. Akenatón volvió a explicar que lo hacía por el bien del reino. Ambos se durmieron para no seguir la discusión delante de las niñas.
Pasado unos días, cuando los sacerdotes y los médicos dieron su visto bueno a Akenatón con respecto a los estudios que habían hecho sobre Kiya, llegó el momento de intentar que quedara embarazada. Akenatón mandó a preparar una habitación en lo más alto del palacio, allí habían colocado una cama junto con varios litros de vino e incienso. Antes de que amaneciera cuando todo aún estaba oscuro, Akenatón y Kiya fueron al lecho improvisado. El faraón quería engendrarlo con los primeros rayos de sol, porque era cuando el disco solar aparecía quitando todo lo malo de la noche y sus primeros rayos eran los más fuertes y los que dotaban de vida.
Ambos se desnudaron y empezaron a yacer juntos, mientras el sol hacía su aparición por el este iluminando toda Amarna. Desde aquel lecho, se podía ver la ciudad en su plenitud, rodeada por las montañas y la inmensa vegetación, mientras que al fondo se podía observar el curso del río Nilo. Era una mañana preciosa aquella, un día perfecto para Akenatón.
Unas horas después, el faraón y su nueva esposa descendieron de lo alto del palacio, mientras los sirvientes desmontaban todo lo que habían improvisado siguiendo las directrices de Akenatón. Cuando estaban dentro del palacio, Nefertiti acababa de llegar de estar en las cuadrigas.
—Espero que le des rápido ese tan ansiado varón, y así se le pasa la tontería que tiene Akenatón –dijo Nefertiti a Kiya–. En cuanto se lo des... se olvidará de ti y no serás nadie para él.
—O quizás sea al revés, querida... Si yo le doy un varón, tú no sirves para nada entonces, además de que todas vuestras hijas se mueren –replicó desafiante–. Con suerte te viven dos todavía.
—Ya veremos quién sale de este palacio como la escoria que es –dijo Nefertiti para sí misma mientras se dirigía hacia su dormitorio con temperamento.
En el camino se encontró con Ay, un familiar de Nefertiti de avanzada edad, quien no estaba al tanto de lo que había sucedido con Akenatón y Kiya. Nefertiti le puso al corriente de todo y a Ay no pareció hacerle mucha gracia el comportamiento que estaba teniendo Akenatón. Mientras charlaban, el faraón entró en la habitación y ambos se quedaron callados.
—Mi gran amigo Ay, qué honor tenerte por aquí en un día tan agraciado como es hoy.
—El gusto es mío, sumo rey –contestó Ay–. Ha llegado a mis oídos que tienes una nueva esposa real, con la que quieres concebir un hijo varón. ¿Qué va a pasar ahora con mi querida Nefertiti?
—Es la voluntad de Atón, querido Ay. El hijo varón que necesito, será mi sucesor. Nefertiti es mi gran esposa real, y tiene tanto poder como yo. Eso no lo va a cambiar nada, ni nadie; tanto su estatus como el amor que mi corazón siente por ella. No soy nadie sin Nefertiti.
De este modo, Akenatón volvió a demostrar su pasión y amor hacia Nefertiti, con quien ha dirigido Egipto desde que ascendió al trono después de su padre Amenhotep III. Pero la ansia y la necesidad de un hijo habían podido con él, y de esa forma se lo expresó a Ay. Este no quedó del todo convencido al escuchar las razones de Akenatón, pero dio su visto bueno y salió de los aposentos reales. Nefertiti, celosa, intentó convencer a Akenatón de intentar concebir otro hijo, pero este se negó, para no enfadar a Atón.
Habían pasado ya dos meses. Un día, Akenatón estaba reunido con su consejo militar escuchando las tácticas militares impuestas por Horemheb, cuando un trabajador de palacio, interrumpió la reunión y le pidió al faraón que le acompañara. Este fue detrás del joven, seguido de Horemheb y de Ramose. Llegaron a la habitación donde se encontraba Kiya con el médico real.
—Su esposa, está encinta. Mis felicitaciones, sumo rey.
—Segunda esposa –replicó Nefertiti desde una esquina de la habitación.
Akenatón irradiaba felicidad, y lo festejó con el visir. Nefertiti, en cambio, no podía ocultar su enfado. Insistía en indicar al médico que Kiya no podría estar el día entero acostada en sus aposentos ya que debía cumplir con sus labores de palacio. Esperaba a que Akenatón confirmara lo que ella decía, pero este estaba demasiado feliz como para escuchar sus réplicas.
Cuando Akenatón salió de aquella habitación, lleno de emoción, convocó a todo el personal de esclavos que tenía a su servicio para que empezaran a preparar los aposentos del futuro príncipe. Entretanto, los sacerdotes de Atón bendecían el vientre de Kiya y los escribas redactaban la gran noticia para que todo el pueblo egipcio se enterara.
Ocho meses después, el sol iluminaba todo Amarna en ese día del año 1342 a.C. Akenatón viajaba en cuadriga junto a Nefertiti para supervisar que todas las obras marcharan en orden. Cuando se habían detenido a recoger la comida que le obsequiaban varios aldeanos, un militar acudió a caballo a toda prisa hasta donde estaban ellos.
—¡Sumo rey! –exclamó el militar– Tengo noticias de palacio. Su esposa Kiya está de parto. Los médicos están junto a ella, he venido tan rápido como he podido, alteza.
—Oh, Atón –dijo Akenatón observando al cielo–, gracias por tu bendición. Pongamos de inmediato rumbo al palacio.
El militar y el personal de servicio se pusieron a enderezar a los caballos, que estaban pastando, y a cargar lo que les habían dado. Una vez listo, Akenatón y Nefertiti se pusieron en marcha. Cuando por fin llegaron, en la puerta esperaba Ramose para darle las noticias sobre cómo estaba evolucionando la situación. Akenatón lo escuchó y fue corriendo a los aposentos donde se encontraba Kiya. Esta se encontraba en una cama, pálida y con cara de sufrimiento. El médico estaba junto a ella.
—Tiene muchos dolores, alteza, le he dado unas hierbas medicinales para que se calme.
—Haga lo que tenga que hacer, infórmeme de cómo avanza mi esposa. Estaré en la sala de rezo.
Akenatón salió de allí y fue a rezar a Atón para que todo saliera bien y poder ver, al fin, un hijo varón. Nefertiti le acompañó, aunque prefería ocuparse de otras labores. Ambos permanecieron dentro de esa sala tan plena de humo de incienso que parecían atravesados por la niebla. Al cabo de unas horas, Ramose entró en la sala con evidente nerviosismo.
—Alteza, vaya a los aposentos de Kiya. El médico pide su presencia.
Akenatón, acompañado de Nefertiti, fue a donde le requerían. Cuando iban por el pasillo que los llevaba a la habitación, se encontró a personal de palacio sentado en el suelo apoyado sobre los muros. Había telas blancas con grandes manchas rojas esparcidas por todo el pasillo, especialmente delante de la puerta de la habitación.
—¿Qué ha pasado? –exclamó Nefertiti llevándose las manos a la boca.
Akenatón le dio la mano a Nefertiti, la apretaba con fuerza e incluso le temblaban las piernas. El faraón cogió una de las telas manchadas, y la olió.
—Esto es sangre.
Ambos se miraron con asombro; se podía apreciar el miedo y la angustia en sus pupilas. De repente, oyeron un llanto de un bebé proveniente de la habitación. Akenatón abrió la puerta de inmediato y entró. Vio más telas manchadas por todos lados, barreños de agua roja colocados en el suelo, y en el fondo una mujer, llamada Maya, cargando un bebé.
—Es un varón, mi alteza.
Akenatón cayó de rodillas al suelo, miró al cielo y se lo agradeció a Atón. El médico salió de detrás de unas cortinas con cara apenada.
—Faraón... Ha tenido un varón. Pero... su esposa, Kiya... Perdió mucha sangre, no pudimos impedirlo, después empezó a temblar y a subirle demasiado la temperatura. No ha sobrevivido.
Akenatón se echó a llorar, Nefertiti se apenó también; Maya, junto a ellos, sostenía al pequeño.
—Y su hijo, el príncipe... no ha nacido sano... No le doy más que unos días de vida. Y si logra sobrevivir... tendrá una vida difícil. No podrá andar, tiene problemas óseos en los pies, y uno de ellos es equinovaro.
Tras oír aquella noticia, Akenatón entró en cólera, se sintió traicionado por Atón. Pero por otra parte, al fin había conseguido concebir un varón. Dijo a Nefertiti que intentaría que saliera adelante, no iba a permitir que muriera como sus hijas. Maya dejó al bebe en los brazos de Akenatón. Este le miró emocionado y el recién nacido le agarró un dedo con su diminuta mano.
—Has sido bendecido por el dios Atón... Bienvenido al mundo, mi ansiado hijo. Eres el príncipe de Egipto, y futuro faraón. Llevarás el nombre del dios que ha permitido que nazcas, te llamarás: Tutankatón, viva imagen de Atón.
Akenatón devolvió el bebé a Maya y se acercó a la cama real donde estaba Kiya muerta; se sentía muy apenado. La mujer que había satisfecho su deseo más profundo, no iba a poder disfrutar del pequeño varón.
Los escribas estaban junto a ellos redactando ya todo lo acontecido, incluso Akenatón mandó a que se esculpiera en relieve lo sucedido; estos dibujaban a Akenatón y Nefertiti inclinados, dando muestras de una gran tristeza, y a Kiya encerrada en un sarcófago. Mientras tanto, los embalsamadores reales estaban preparando el cuerpo de Kiya para su momificación, aplicándole todas las sales, y su posterior entierro en uno de los templos del palacio en la misma Amarna siguiendo la orden del faraón.
Cuando Akenatón terminó de dictar a sus escribas, abandonó la habitación junto con Nefertiti. Pese a la tristeza que le supuso la pérdida de Kiya, el faraón quiso dar un paseo sobre su cuadriga, tirada por dos caballos blancos, por toda la ciudad para expresar su alegría de haber tenido al fin un varón. Nefertiti le acompañó junto con la guardia real, que iba detrás de ellos anunciando el acontecimiento. La feliz noticia había corrido muy rápido y toda la ciudad ya estaba al tanto. Akenatón y Nefertiti comenzaron a recorrer las avenidas centrales que salían desde palacio, situado en el centro de Amarna, y a medida que avanzaban recibían las alabanzas al faraón y al dios Atón. Cuando llegaron a la zona donde residían los campesinos en sus casas pequeñas, muchos de ellos les ofrecieron objetos para el recién nacido, como ropas y algunos muebles que habían fabricado los carpinteros.
Una vez que emprendieron el regreso al palacio, Akenatón le dijo a Nefertiti:
—Mi amada gran esposa real, tú que eres la más bella de todas las mujeres que hay en toda la superficie terrestre que Atón recorre con sus rayos milagrosos, quiero que cuides y eduques al gran heredero.
Nefertiti no estaba de acuerdo con aquella petición de Akenatón, y en seguida le manifestó su rechazo.
—Amado esposo... tengo muchas labores que hacer, y además ese varón no es mío. Una lástima que su madre no aguantara un sencillo parto, no como yo que aguanté seis. Mi vientre sí está bendecido, al igual que mi salud.
—Sé que tienes demasiadas tareas bajo tu responsabilidad, pero el heredero necesita una buena instrucción.
—Yo no pienso cuidar de él, es tu vástago... no el mío. Búscale una nodriza.
La conversación terminó cuando la cuadriga avanzaba por una calle recta, ancha y larga, que finalizaba en la puerta del palacio, pasando por varias columnas y paredes repletas de jeroglíficos de Akenatón.
Todos los sacerdotes tenían preparada ya una ceremonia en honor al nuevo miembro de la familia real. Podía percibirse el inconfundible aroma del incienso recorriendo toda la sala principal del palacio; también estaban ofreciendo oraciones a Atón y algunos sacrificios para el futuro rey. Incluso, habían permitido a los ciudadanos acercarse para observar las estatuas y las figuras de los templos, pues solo permitían este hecho en ocasiones especiales.
—Su hijo ya tiene consigo su “Ka” –dijo un sacerdote refiriéndose a la fuerza de su espíritu, y de gran importancia en el alma; solo los faraones podían nacer con este componente divino, el resto de los mortales lo conseguían en el viaje al más allá después de su muerte.
—Alabado sea Atón. Que toda su gracia, sabiduría y fuerza recaiga sobre el joven Tutankatón –dijo Akenatón.
Cuando la ceremonia llegó a su fin, todos salieron de la sala de adoración, Akenatón llevaba consigo al pequeño bebé y le seguía la que había sido designada su nodriza: Maya. Entretanto, Nefertiti se dirigió al gran comedor para dar la orden a los sirvientes de que le prepararan algo para comer. Mientras esperaba, alcanzó a ver en el otro extremo del salón al jefe de los médicos, el que había asistido el parto de Kiya. Nefertiti quería informarse sobre el estado de salud del recién nacido. Se acercó al médico y le preguntó; sin embargo, este no le dio muchas esperanzas a la reina. Le recordó que había nacido muy pequeño, con poco peso y además con el pie equinovaro, algo muy rechazado por la sociedad. Incluso le dijo que no le daba más de una semana de vida.
Nefertiti se despidió del médico y se dirigió a su dormitorio. En el camino, se encontró con Ramose.
—Hola visir, necesito hacerte una pregunta.
—Claro, suma reina, ¿en qué puedo satisfacerla?
—Los médicos no le dan mucha esperanza de vida al nuevo hijo del rey. Si este muere, ¿qué pasaría con el trono?
—Las leyes en ese aspecto son claras, mi reina. El heredero al trono debe ser un varón descendiente del rey con su esposa real. En este caso, usted no ha engendrado ningún varón... así que subiría al trono el hijo del rey con una esposa menor, o sea Tutankatón. Ahora... si este muere y no hay más varones... el rey decidirá quién le sustituya. Normalmente escogerá un militar, alguien con amplia experiencia del terreno, conocedor de las antiguas leyes.
—Pero... ¿y mis hijas? –preguntó Nefertiti inquieta–. Están muy bien preparadas, o incluso yo podría gobernar este reino.
—Difícil, señora... La única reina que sucedió al faraón convirtiéndose en la figura más alta de Egipto, fue Hatshepsut, casi cien años atrás –dijo Ramose haciendo referencia a la historia antigua–. No obstante, conociendo al faraón... si su vástago muere... buscará otro, no tengo la menor duda de ello.
Luego de estas palabras, el visir abandonó el pasillo donde estaba conversando con la reina, y esta entró a sus aposentos reales iluminados por numerosas antorchas. Allí, en una cama, estaba sentado Akenatón con el bebe cargado en sus brazos, observando cómo el sol se iba poniendo por el oeste. Las princesas entraron también en la habitación para poder ver al recién nacido. Estaban impresionadas, pues era la primera vez que veían un varón tan pequeño. Ankhesenpatón tenía ganas de tenerlo en sus brazos, y el rey se lo permitió.
—Mira, madre –dijo la niña–, tengo al futuro rey conmigo –exclamó llena de júbilo.
Nefertiti sonrió a la pequeña, y se fue a la sala de ducha situada en la misma habitación real. Allí intentó relajarse con un baño de agua caliente, que los sirvientes habían preparado, aunque escuchaba de fondo los llantos del príncipe. El bebe se calmó una vez que Akenatón hizo llamar a la nodriza y esta se lo llevó. Cuando Nefertiti salió del sanitario, su esposo estaba admirando todas las ropas de lino que le había obsequiado el pueblo. También se percató de que había un escriba en la sala, pero no era un escriba real sino un aprendiz de la profesión; estaba redactando todo lo que solicitaba el faraón para su heredero, refiriéndose a todo tipo de joyas, colgantes y demás. Después de haber anotado todo, el escriba principiante salió de la habitación a toda prisa. Akenatón pidió al responsable de su vestimenta que limpiara y guardara su traje, y este se echó a dormir después de un día agotador. Una vez que su esposo cayó rendido en la cama real, Nefertiti salió y fue hasta la habitación donde se encontraba Maya con el bebé. Tenía interés en saber cómo avanzaba el niño. Para su sorpresa, la nodriza le comentó que lo notaba fuerte y sano. Cuando por fin se dispuso a regresar a sus aposentos, se encontró con Ay.
—Nefertiti, ¿cómo vas por aquí a estas horas? –le preguntó.
—Quería saber sobre el estado del hijo de Akenatón, pues los médicos no le dan más de una semana de vida. Su nodriza, en cambio, dice que puede sobrevivir.
—Buena noticia –respondió este, complacido y decidido a seguir su camino.
—¡Ay! –exclamó Nefertiti–. Te quería pedir un consejo –dijo y Ay se detuvo–. Akenatón quiere que yo sea quien eduque al joven príncipe, que le enseñe toda la historia, instrucciones militares, política... Yo estoy ocupada con asuntos del reino, y con mis hijas... ¿Qué debo hacer?
—Estate a tus cosas Nefertiti, cuando sea más mayor ese joven... yo le puedo enseñar, como te enseñé a ti. Además, con mi avanzada edad... tengo mucha más experiencia.
Ay había enseñado a Nefertiti desde pequeña, era muy buen dialogante y político de la época. Por otra parte, conocía bien todas las revueltas que se sucedieron desde que Akenatón había ascendido al trono y realizado toda su revolución sobre Atón.
Nefertiti se quedó más tranquila y regresó a sus aposentos.
Meses más tarde, el joven príncipe seguía con vida. Su nodriza había hecho una gran labor en sacarle de ese peso tan bajo con el que había nacido. Akenatón estaba de lo más feliz al saber que su hijo estaba sano. Por otra parte, los médicos reales trataban el pie equinovaro del pequeño cosiéndole unas tablillas, para intentar que el pie creciera en la posición correcta.
Akenatón, cada vez más, se había alejado de su vida de dirigente del gran imperio, pues estaba dedicado al cuidado de sus hijos. Por entonces, quien tomaba las decisiones era Nefertiti. Las revueltas habían disminuido, al igual que algunos ataques de los defensores politeístas que había en la ciudad de Amarna. Al mismo tiempo, los impuestos habían subido, también el deben –una unidad que servía para darle valor a los objetos– y los tributos al rey eran mayores. Los campesinos debían ofrecer mucha más cantidad de todo lo que sembraban, al igual que la cantidad de animales de compañía o para su ingesta. Debido a esto, muchas personas se buscaban la vida de la peor forma posible. Con frecuencia, los guardias reales provenientes del Valle de los Reyes traían noticias de saqueos perpetrados a las tumbas reales de anteriores faraones. Horemheb había sido muy claro con los saqueadores: estos serían torturados y ejecutados en presencia de todo el pueblo para que su familia sintiera vergüenza y quedaran mal ante los ojos de Atón por el resto de su vida mortal.
Una tarde, mientras Akenatón paseaba por el templo de Atón, con el techo descubierto para que los rayos del sol penetraran por todas aquellas paredes de piedra caliza, Nefertiti hizo su aparición, tras haber dejado aparcada la cuadriga delante del templo.
—¡Esposo! –exclamó al entrar al templo–. La partida de caza ha salido a la perfección, venerado sea Atón. Contamos con muchas piezas de carne, e innumerables pieles para vestimenta. Hemos conseguido ahuyentar a los hipopótamos del río y que se fueran lejos de las orillas del reino.
—Oh, gran noticia. Lo festejaremos esta noche con un gran banquete familiar. Antes de que te marches... –detuvo a Nefertiti que ya se apresuraba a salir del templo– ¿Qué se sabe de los enemigos del norte?
—Todos esos temas ya están bajo control, querido.
Nefertiti abandonó de inmediato el templo, portando su corona real. Al regresar, en uno de los jardines interiores encontró a Ay con las dos princesas enseñándoles temas de palacio. Nefertiti se alegró de ver a sus hijas tan contentas, aunque no dejó de llamarle la atención la particular pose en la que estaba sentada Ankhesenpatón. Al acercarse, vio que la niña cargaba en sus brazos al príncipe. Sin duda, su hija había cogido mucho cariño al pequeño. Nefertiti decidió alejarse y dejar que Ay continuara su clase.
Habían transcurrido cinco años y el joven príncipe ya era un niño. El heredero al trono egipcio pasaba gran parte de la jornada dentro del palacio y de los templos de Atón. Los médicos le atendían todos los días para tratar su problema en los pies. Habían podido corregirlo un poco, aunque aún se le notaba. El pequeño compartía su tiempo libre con su nodriza, con Ay y con su hermanastra Ankhesenpatón. Su padre, Akenatón, siempre estaba concentrado en sus labores religiosas dedicadas a Atón, y casi no estaba con él; por su parte, Nefertiti vivía dedicada a temas políticos y militares.
El joven príncipe conocía de memoria el palacio, pues pasaba el día correteando por él. Si bien la pasaba bien, sentía muchas ganas de salir, recorrer todas las grandes avenidas que salían desde el palacio y ver la ciudad entera. Sin embargo, Akenatón no le daba permiso a que abandonara el palacio, pues los médicos decían que no era bueno que saliera y además –debido a su condición– para que nadie se burlara de él. Para compensar, Ankhesenpatón, que sí podía recorrer libremente toda la ciudad acompañada de algún militar, siempre le traía todo lo que él quería. Una tarde, Tutankatón se lamentaba con su hermanastra por esta imposibilidad de salir y en ese preciso momento cruzó el jardín el general Horemheb, que tenía buena relación con el príncipe.
—¡General! –exclamó Ankhesenpatón–. Tengo que hablar contigo, ¿puedes acercarte?
—A sus órdenes –dijo cuadrándose delante de los príncipes–. ¿Qué necesita?
—Ansiamos poder salir fuera, sobre todo por Tutankatón... Nunca ha traspasado los límites del palacio, ni de los templos internos que hay aquí... Déjeme que vayamos juntos y le enseñe toda la ciudad.
Al escuchar estas palabras, el príncipe se puso de pie, caminó lento y un poco torcido hasta su hermanastra y la abrazó, sin dejar de mirar al general.
—No sé qué dirían los reyes... El joven príncipe es delicado de salud, no debe salir. Aquí tiene todo lo que necesita, y no quiero meterme en problemas.
—Por favor, Horemheb... Mi madre no sabrá nada de esto, y el rey nunca está pendiente de nosotros.
—General, por favor... –suplicó Tutankatón–. Solo quiero salir, ver los puestos de los artesanos, sentir el agua del Nilo por mis tobillos, acariciar las palmeras... Nada de eso es malo para mi salud.
El general miró a Tutankatón con pena; tampoco le parecía mala idea que saliera de palacio, no le pasaría nada malo por eso. Observó a su alrededor por si había miradas indiscretas cerca de allí, pero estaban solos. Finalmente, Horemheb accedió.
—Está bien, príncipes. Pero solo un rato, los acompañará un escolta.
Los dos niños salieron corriendo del jardín locos de felicidad. El joven príncipe se calzó unas sandalias altas que habían fabricado para él. Cuando estaba preparado, fueron hacia la puerta y allí les estaba esperando el oficial. Tutankatón se metió en una cesta de mimbre, para que nadie le viera salir del palacio, y Ankhesenpatón subió al carruaje.
Las altas puertas del palacio se abrieron. El carruaje comenzó a recorrer todo el pasillo central surcado por blancas y altas columnas. El oficial condujo el carro hacia las orillas del río, pasando por todas casetas de los ganaderos. Allí aparcó el vehículo, y el joven príncipe salió de su escondite. El oficial llenó unas cuantas vasijas con agua y regresó al palacio.
Los dos menores caminaron extasiados entre la afrodisíaca vegetación, donde en medio de un contraste de colores predominaban las palmeras. Se desplegaba ante ellos el paisaje entero: las calles de piedra, el desierto a lo lejos, el sonido del agua que recorría el caudaloso río repleto de barcas con pescadores lanzando arpones. Era la primera vez que el pequeño Tutankatón podía ver la naturaleza en toda su majestuosidad, fuera de las paredes del palacio real.
—Jamás imaginé tales paisajes con semejante divina belleza –dijo el príncipe entusiasmado.
—Yo te enseñaré todo, ven por aquí.
Ankhesenpatón se acercó a la orilla del río, allí era donde más brisa llegaba y atenuaba el intenso calor de ese clima seco, con el sol ardiendo en lo alto del firmamento. Se quitó las sandalias y se metió en el agua, hasta que le cubrió las rodillas. Tutankatón, un poco inhibido, observaba cómo su hermanastra se divertía. Esta al percatarse del apuro de su medio hermano, comenzó a arrojarle agua hasta tal punto que lo dejó empapado.
—¡Ven! –gritó–. No te va a pasar nada, estoy yo para protegerte de cualquier mal. Descálzate.
Tutankatón se empezó a quitar las sandalias, apoyado en una palmera. Ankhesenpatón fue a su encuentro y le ofreció su brazo para que se agarrara de él. Así, los dos juntos se metieron en el agua. Estaba más fría de lo que el joven príncipe estaba acostumbrado por sus baños. Miró hacia abajo y pudo ver los peces que nadaban por las cristalinas aguas, incluso pasaban entre sus delicadas piernas. Se sentía muy feliz de estar allí junto a Ankhesenpatón.
Después de unos minutos caminando dentro de las aguas del río, salieron a secarse bajo los rayos del sol. Una vez secos, se animaron a adentrarse por las áreas campesinas. Allí había animales de corral, grandes vacas y toros, perros que corrían por toda la aldea. Algunos comerciantes se dieron cuenta de que eran los príncipes y les ofrecieron unos panes recién hechos. Al pequeño nunca le había sabido ningún manjar de los que había degustado a lo largo de su vida en el palacio tan rico como ese. E incluso le convidaron unas galletas con forma triangular, que se hacían con chufa molida, aceite, miel, dátiles deshuesados y se pasaban por fuego. Este manjar era muy solicitado por los faraones.
Al cabo de una hora, regresaron a la ribera del río, que resultó ser el sitio favorito de Tutankatón. Se sentaron al filo de la orilla y empezaron a hablar sobre temas de sus clases de historia egipcia, y también sobre su padre. Por los alrededores, había más niños de la misma edad de ellos; de pronto uno salió corriendo aterrorizado y todos se quedaron mirando. Ankhesenpatón tenía el oído puesto ya que las palmeras le tapaban lo que sucedía. Una madre se acercó y de inmediato se oyeron sus gritos:
—¡Todos fuera! ¡Corred!
De repente, entre los arbustos y las palmeras, se escuchó el icónico sonido de las fauces de un gigantesco reptil. Era nada menos que el rey de los ríos, un enorme cocodrilo. Ankhesenpatón y Tutankatón se levantaron y se alejaron lo más rápido que pudieron de aquel lugar. Los gritos de todos los presentes se escuchaban por toda la ciudad de Amarna. La guardia real, que estaba patrullando, fue al lugar de los hechos. Afortunadamente, portaban grandes arcos con flechas.
Ankhesenpatón se detuvo detrás de una casa, pero para su sorpresa el joven príncipe no venía detrás de ella. Se asustó y empezó a llamarlo a gritos, pero no había señal del niño. Entonces, corrió deshaciendo sus pasos en búsqueda del pequeño, para cuando oyó a los guardias decir que no habían visto ningún cocodrilo.
Entretanto, Tutankatón había salido corriendo detrás de Ankhesenpatón, pero al ser más lento que ella, terminó por perderla de vista. Buscó huir por otro camino, pero este era más virgen y repleto de piedras. Por su falta de experiencia andando y corriendo por esos suelos, tropezó y se cayó. El impacto le produjo dolor en las piernas, e incluso se había levantado la piel en los brazos.
—¡Ayuda! –gritó Tutankatón.
En el momento en que intentó levantarse, vio al cocodrilo cerca de él. Se le quedaron los ojos como platos. El terror se mezcló con el intenso dolor y el temblor de sus piernas. El cocodrilo se acercaba a él muy sigilosamente. De repente, Tutankatón vio cómo un formidable pedrusco caía en la cabeza del animal. Y entonces Ankhesenpatón surgió de entre la vegetación.
—¡Vamos, no voy a permitir que te pase nada! –dijo agitada.
Agarró al niño, lo cogió en brazos y salió corriendo del lugar.
Cuando se habían alejado lo suficiente del río, y entrado en la ciudad, encontraron un carruaje de la guardia real con oficiales.
—¿Príncipes? ¿Fuera del palacio? –preguntó extrañado el oficial–. Suban, los llevaré a sus aposentos y daré parte a los faraones.
