Txalaparta - Agustín Pery - E-Book

Txalaparta E-Book

Agustín Pery

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Beschreibung

¿A qué huele la niebla en esta novela? A maldad. A maldad pura y dura. Un policía nacional euskaldún —cualidad muy apreciada, por escasa, en el Ministerio del Interior— conocido con el sobrenombre de Txalaparta —por el ritmo y la contundencia con la que golpea a los detenidos—; su hijo, un adolescente militante abertzale; y una madre a la que entre ambos han hecho de su vida un infierno son los protagonistas de esta novela ambientada en la Navarra de los años noventa del siglo pasado. Esta precuela de Moscas —ese magnífico thriller que con tanta precisión diseccionó la corrupción en Mallorca— supura un humor negro desbocado. Su ritmo endiablado, las situaciones más que inquietantes que plantea y la maestría narrativa con la que se resuelven convierten Txalaparta en una novela que no podrás soltar de las manos. Txalaparta no se puede leer con las anteojeras de la política porque no atiende al maniqueísmo de buenos y malos: algunos son verdugos, pero todos son víctimas. Y unos y otros respiran una atmósfera, la del terrorismo de eta que lo envuelve todo con su niebla espesa, asfixiante.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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AGUSTÍN PERY RIERA (Cádiz, 1971) estudió Ciencias de la Información. Durante veintitrés años trabajó en el periódico El Mundo donde ocupó diferentes puestos. En 2007 fue nombrado director de El Mundo/El Día de Baleares, desde donde, en 2013, destapó junto a su equipo varios de los escándalos de corrupción política más relevantes en la historia de Mallorca. Fruto de esas experiencias es Moscas, su primera novela. Con Txalaparta vuelve a dar vida a Iñaki Altoaguirre, un policía nacional navarro fajado en la lucha antiterrorista. Un personaje lleno de aristas, duro, inteligente, amoral, cruel, frío y tan respetado como temido dentro y fuera de las comisarías.

En la actualidad, Agustín Pery vive en Madrid y es director adjunto de ABC.

Txalaparta

AGUSTÍN PERY

Txalaparta

 

 

 

Pepitas de calabaza s. l.Apartado de correos n.0 4026080 Logroño (La Rioja, Spain)[email protected]

© Agustín Pery Riera© De la presente edición, Pepitas ed.

Diseño de cubierta: Rodrigo SánchezFotos de portada: José María Presas

ISBN: 978-84-18998-61-4Producción del ePub: booqlab

Primera edición, marzo 2023

 

 

 

Para Teresa, responsable de mis aciertos, inocente de todos mis errores.

 

 

 

«Cuando se busca tanto el modo de hacerse temer se encuentra siempre primero el de hacerse odiar».

Montesquieu

OCUPA SU LUGAR. El mismo cada día, siempre a la misma hora. Hace tiempo que se ahorra el «¿qué hay?, ¿todo bien?» al entrar. ¿Para qué? Ni a ella le importa ni mucho menos al mesonero. Total, un cortado y un agua con gas no merecen que ni uno ni otra se tomen la molestia.

Cada uno de los paisanos tiene su sitio. Edurne junto a la máquina. En una mesa pegada a la ventana. La carraca de la tragaperras no le molesta. Ya no. Antes, cuando tomó la decisión de pasar allí todas las putas tardes, sí. Necesitaba observar, escudriñar la plaza, comprobar cada día los gestos del chaval. Debe de estar peor. Ya no se quita la capucha, no deja de mirar al suelo y aspira la chusta del canuto como si fuera el último. Pero no lo es. Fuma como un autómata. Uno tras otro. Se está hundiendo. Edurne lo nota. Que es su madre y son muchos años.

Podría describir cada pintada de la plaza. El muro gris ha desaparecido para dejar paso al arte borroka con ínfulas de spin-off de Belfast. Encapuchados lanzando cócteles como un David de la independencia contra el Goliat opresor; proclamas tan rotundas como hiperbólicas comparten lienzo de cemento junto a «Nerea es una zorra». Escrito, claro, en castellano. Que Nerea es una guarra que dejó a Rubén por Mitxel sin ni siquiera decírselo a la cara debe saberlo todo dios, euskaldún o no.

Dentro nada, cuatro fritos revenidos que piden desesperadamente ser liberados de la cochambrosa vitrina de la barra por algún comando tan jodidamente hambriento como incauto. Tampoco será hoy. Los cuatro abuelos juegan al mus, se toman su pacharán y exigirán su tonelada de cacahuetes, gratis obviamente. No tienen tasado el tiempo pero sí el gasto de sus tardes de órdagos, pasas y envidos. Es lo que tiene tener una pensión muy corta y todo el tiempo del mundo. Hay que administrarse el aburrimiento.

Quien no lo hace es Herminio. Clink, clink. Vuelve a pedir cambios. Cinco euros más en monedas. Hoy tendrá que ser. La máquina, teoriza, está caliente. Gira la manivela. Bingo, una orgía de sonidos estridentes acompaña el Niágara de calderilla. Si Herminio fuera economista en vez de prejubilado de la cadena de montaje del Polo en Landaben, se le borraría esa sonrisa de satisfacción que parece decir «¿lo veis?, os lo dije, capullos». Los veinte euros de hoy que recoge con una sonrisa de Gollum quedan muy lejos de los doscientos que pierde cada mes. Si además escuchara a sus hijos, reconocería que está enganchado y alcoholizado. Pero Herminio solo atiende a las cerezas y piñas de su ruidosa compañera y nadie en el bar tiene el menor interés en escucharle a él, que Herminio siempre fue el ludópata gilipollas, en la fábrica y fuera de ella.

Llueve. Como casi siempre. Para cuando amaine, ella ya no estará. Un par de horas. Jarrear, lo que se dice jarrear, serán un par de horas. La cuadrilla buscará refugio para las penúltimas caladas bajo los soportales de la plaza y luego para casa, que es miércoles. No para estudiar, sí para soltar «no tengo hambre, me voy a la cama». Ni buenas noches. Para qué. Ser educado le da pereza y Edurne es su madre. Si el magro con tomate se queda frío, que lo vuelva a intentar mañana, qué hostias. Los porros dan mucha gusa pero el chaval ya se ha aliviado el vacío del estómago con un bocata de lomo en casa de Ibai. Mejor llenarse el buche antes que tener que sentarse con la mustia de su madre, ver su careto doliente de ama rota por dentro y por fuera, de esposa abandonada. Si le hubieras echado cojones antes, si te hubieras querido más en vez de arrastrarte. Eso piensa, fumado como está. Lo malo es que también es lo mismo que le taladra el cerebro las pocas veces que va sereno. En su cuarto suena a tope Su Ta Gar. Las paredes son de papel y se oye todo. Edurne no entrará para pedirle que baje la música. La puerta de esa habitación se cerró para ella hace años.

Querido Iñaki

Saldrá del bar sin haber escrito la carta. Vuelta a la casilla de salida. No, querido no. Dejó de serlo hace una eternidad. Mucho antes incluso de marcharse de casa.

Estimado Iñaki

Pues tampoco. Con él ya no guarda ni las formas reservadas al oficinista. Iñaki, a secas. Llegar al formalismo minimalista le costó diez cafés y el mismo número de Bezoyas con gas. Diez días. Porque Edurne no pide nada más. Ni el sueldo se lo permite ni los pintxos del Chato dan como para arriesgarse.

Antes sí, cuando Iñaki la paseaba del brazo, era parada obligada en la ruta dominical. El Chato no se llama en realidad el Chato. El mote se lo pusieron a Paco Cepeda, natural de Murcia, mesonero y antes conductor de la Villabesa y antes mal estudiante en el instituto de la calle San Fermín y, en el Cretácico, hijo único de emigrantes a quien le hubiera gustado llamarse Asier, apellidarse por ejemplo Iturralde y, sobre todo, no acabar todas las frases en ico. Pero se quedó en el Chato porque además de ser de Totana y bautizado Francisco, medía uno sesenta y dos. Paco Cepeda perdió a sus padres demasiado pronto, pero no tanto como para que no tuvieran tiempo de dejarle en herencia un pisito de setenta metros cuadrados y una bajera de sesenta en la Txantrea. A su nivel, dio un pelotazo. La Txantrea, no sabe por qué, pasó de cutre, sucia y decrépita a cool y trendy. Total, que una pareja gay supermolona se enamoró tanto del piso que pagó por él tres veces más de lo que de verdad valía, y otra de lesbianas aflojó una talegada por las cuatro paredes mohosas a pie de calle y meados con la misión irrenunciable de que las jóvenes indies de Señoras de Nuestro Coño tuvieran un local de ensayo.

El Chato aparcó definitivamente el autobús, se despidió de las coñas hirientes de los niñatos («qué, ¿llevas zancos para los pedales?»), se fue a la República Dominicana y volvió moreno y con Jessica Marlene del brazo. A su reina la puso a currar en el bar. La cosa iba bien. La clientela testosterónica y bravía entraba a chafardear con la exótica y tremenda mulata. «¿Qué te pongo, mi amol?». «Ponerme, ponerme, me pones cachondo». Ellos se daban codazos de complicidad neandertal, ella sonreía por fuera, se descojonaba de esos pobres patanes por dentro y Paco callaba mientras la caja engordaba. Porque además de sus curvas de escándalo, la Jessi cocinaba con esmero y mimo. Hasta pasaba de las broncas de Cepeda por renovar cada tan poco el aceite de la freidora. Buena mano para los fritos de huevo, una tortilla apenas cuajadita y las tapitas de chilindrón donde no mojar pan estaba tipificado como delito. Los hombres no renunciaban a ver a la mulata ni sus mujeres al tigre y al frito de huevo, así que se formó de manera natural una hermandad de féminas con Jessi. Los domingos en El Tremendo —así, tan a lo grande como gigante era el sarcasmo, registró Cepeda su bar en el Ayuntamiento de Burlada— eran las mujeres las que pedían en la barra para reírse con Jessi de sus patéticos maridos. «Míralos, qué pena dan. Estos no nos aguantan un polvo, conque a ti, con esas caderas… alguno igual acabaría clavado por el lumbago». Y se reían de la poca gracia de aquellos tipos grises que reservaban en sus agendas repletas de tardes de mus, pelota y poteo, la mañana del domingo para salir con la parienta mientras los niños se subían a los columpios o jugaban al pilla-pilla en la plaza cuadrada, aportalada, grisácea, pintarrajeada, horrenda y deprimente como el patio de una prisión. Lo que era.

Iñaki y ella salían con su chaval. Parecían felices. Moderadamente. Ni más ni menos que los demás. El problema es que los Altolaguirre, señor y señora, no se parecían en nada al resto. Ella igual sí; chica de caserío, morena, espigada, de facciones agradables que, superada la etapa en la que todas las jóvenes navarras se empeñan en cortarse el pelo a dentelladas y enfundarse en un chándal, había empezado a trabajar como administrativa en el Ayuntamiento y se sacudía dignamente esa tendencia al feísmo estético de las del norte. Él no; Iñaki, fuerte, apuesto, alto, de brazos nervudos, nariz aguileña, tez ligeramente sonrojada y manos de pelotari, de apariencia tan aborigen, era un cipayo, un madero de la Nacional. Mala cosa en la Navarra de finales de los noventa. El problema que tarde o temprano les jodería la vida.

Edurne intentó brevemente lidiar con la anomalía de ser una euskaldún matrimoniada con un txakurra. Fabulaba con que pronto los trasladarían al sur y allí serían felices. Ella currando entre andaluces salaos y él deteniendo narcos en el Estrecho. Pero era eso, un sueño. Porque a Iñaki, el de la mano suelta y los cojones de acero, lo necesitaban arriba. Primero de infiltrado, luego dando hostias en los calabozos, luego... lo que se terciara.

Al final, entre semana el único que entraba y salía del pisito de Burlada era él. Nunca de uniforme pero siempre armado. La mirada desafiante, sin cuadrilla ni potes, sin cines que dejaran su nuca al descubierto, sin cenas románticas rodeados de miradas de desprecio, sin misas, sin paseos ni tampoco juegos con el chaval. Buen padre tampoco era Iñaki. Al principio, muy al principio, Edurne creyó que sí. Pensó, cándida, que cuando naciera el crío —grandote, sonrojadito, ojos vivos y nariz como la de su aita— Iñaki se derretiría, aceleraría la petición de un destino lejos de esas calles donde te podía meter un tiro cualquier antiguo compañero del pueblo y que, con lo listo que era su hombre, pronto estarían él de comisario y ella de secretaria de la Administración. Hasta tendría una empleada doméstica como las señoras bien de Carlos III.

Ahora que ha empezado la carta no puede evitar maldecirse. Rumiar lo estúpida que fue. Ella que siempre se creyó independiente. Que en el pueblo se lo decían a sus padres. «Hay que ver qué guapa y qué lista os ha salido la Edurne. Qué buena pareja hacen». Tonta, que eres medio boba. ¿Acaso no notaste que para Iñaki eras solo un trofeo? La novia viuda de Eneko que acabó consolándose en los tentáculos, maldita estúpida, de Iñaki. Todo porque el que hasta ese día reinaba en el gallinero no soportó las bofetadas que le dio el madero delante de toda la cuadrilla. «Anda, llámame txakurra otra vez, que están todos mirándote, chavalote». Él como un guiñapo, colgando del brazo del policía de vaqueros ajustados, botas de cowboy y pelo cepillo. Ellas gimoteando, musitando «déjalo ya, por favor». Ellos tiritando, sin atreverse a intervenir, acojonados. Iñaki, no. Iñaki miraba la somanta de guantazos fascinado. Fue su epifanía. Ese día, con Eneko meándose en los pantalones y los cachorros de la kale borroka convertidos en asustados gatitos, supo que a él le pagarían por dar palizas a los enekos de turno, que lo suyo sería agigantarse amenazante mientras el resto se hacían pequeños. Y tirarse a la guapa del pueblo. Eso también. Después de enterrar a Eneko, aprovechó para consolar a la Edurne llorosa y arrepentida, culpable como todos de haberse reído del amigo bravucón, de darle la espalda en la plaza, ni mirarle en la ikastola, tratarlo como el mierda que fue desde ese maldito día en que decidió ser un gudari impostado con aquel policía a la puerta del cine de Pamplona. El funeral se la puso dura a Iñaki y esa misma noche le dio lo suyo. Edurne repetía «Iñaki, no, pobre Eneko, era mi novio, ay sus padres, con lo majos que son, ahora que van a hacer con la carnicería, para, por favor». E Iñaki, a lo suyo, empujando con la rudeza de la posesión, montando a la jaca y a cada tímida negativa, más berraco, pensando que a quien se estaba follando en realidad era a la novia buenorra del poli «vamos, échale huevos, chaval, llámame txakurra otra vez».

Edurne le tendría que haber mandado a la mierda ese día. Ahora le maldice mientras emborrona otra cuartilla.

Iñaki,

Te escribo porque…

Qué pasa, ¿tiene que tener una razón o qué? Le gustaría poner «porque me sale del coño» pero no puede. Hay algo que todavía la ata a ese cabrón, que la mantiene temerosa, dócil, lidiando con un orgullo que no acaba de llegar y una vergüenza que nunca termina de irse. Pero tiene que lograrlo. Es eso o perderse del todo. Está rota por dentro y hace mucho que se nota por fuera. En El Tremendo ya nadie la mira, nadie se le acerca y todos saben que es la esposa abandonada de un poli de mierda y la madre despreciada de Ekin, el seguro futuro gudari, llamado a recuperar, si el hachís, la Play y las litronas le dejan tiempo, el orgullo perdido de los Altolaguirre del Baztán y hacer honor al nombre de bautismo que le pusieron por empeño del Iñaki. El párroco se resistió todo lo que pudo.

—Iñaki, hombre, que Ekin no es un nombre. ¿Pero cómo le vas a llamar Tesón?

—Se hará y punto. Ekin Altolaguirre. ¿O me vas a tocar los cojones? Tú quieres mojarle y yo que se llame Ekin, pues todos contentos.

Edurne ya solo baja a Pamplona a sacar del calabozo al chaval. Todavía hay algún compañero de Iñaki que se apiada de ella en la comisaría. Probablemente porque le tengan tanto miedo como ella. Y aún la destroza más ver sus caras entre la pena y el desprecio. Se da cuenta, lo siente, podría reproducir con fidelidad de amanuense lo que están diciendo. Justo ahora, allí, otra vez. Como casi todos los fines de semana. «Pero cómo pudo casarse Alto con ella si es una batasuna, coño. Mirad como lleva al chaval, con la oreja taladrada, esas camisetas de euskal presoak y siempre oliendo a gasolina. Es tan gilipollas que siempre le apestan las manos a gasofa cuando le detenemos».

Nunca le ponen la mano encima. Al fin y al cabo es el hijo de Iñaki Altolaguirre. Una leyenda y un cabronazo con el que más vale no tener ni medio lío. Total, son gamberradas de criajo. Por ahora.

Edurne tampoco molesta al padre con las andanzas del hijo. ¿Para qué? Hace demasiado ya que para él su familia borroka es un lastre. Hubo un tiempo que ya casi no recuerda en el que creyó que sí, que podrían salir de ese ambiente viciado de señalados, de apestados, «mira, por ahí van esos dos, qué putos desgraciados...» Volver donde el Chato, tomarse un último pintxo y contarle a todos que han ascendido a Iñaki y le destinan al Estrecho a cazar a los narcos. Pero no fue así. Iñaki le dijo que ya no la quería, ¿la quiso alguna vez?, que el caserío le daba arcadas y que lo de tener a Ekin fue empecinamiento de ella, un querer retenerlo, atarlo con una cadena de papillas y pañales. Eso es lo que más le dolió, porque era cierto. Fue ella, pánfila, la que se empeñó en quedarse embarazada porque creyó que le ablandaría, le retendría en casa, cogería el miedo o la prudencia necesaria para darse cuenta de que cualquier día podría dejar viuda y huérfano y eso no podía ser.

En realidad, Edurne se cayó del caballo el mismo día del parto. Iñaki no estuvo. Cosas de antiterrorismo, nunca se sabe cuándo te van a activar, a quién tienes que detener ni dónde. No, no estuvo. Lloró como una magdalena. El día más feliz de su vida y no estaba. A los tres días, con su suegro metiendo el cuco del niño en la casa y sus padres pidiendo que se dieran prisa por si aparecía el padre, ella entró en el piso con Ekin berreando, pidiendo teta y cagado hasta las cejas. Sola, dando de mamar a un niño sano que le recordaba a su marido. Demasiado. Oyó la puerta. Al fin. Instintivamente se atusó el pelo. ¿Está guapa? ¿Se le nota mucho que está hinchada? Con el tipazo que tenía. «Hola, Iñaki, aquí tienes a tu hijo». «Voy, me ducho y voy, que llevo tres días de aquí para allá por la muga y huelo a cerdo». No lo cogió. Con la toalla anudada alrededor de su tableta marcada, el pelo húmedo, poniendo el suelo perdido como siempre, Iñaki los miró. «¿Qué tal mama?, ¿agarra teta o no?» Ni un «¿necesitas algo?», ni un beso, «¿bajo a por pañales?». Nada. «Me voy a sobar, estoy reventado» ¿Y ella, qué? Diez horas de parto, los fórceps, la matrona repitiendo «dale, cariño, empuja, que ya asoma...». Y Ekin no asomaba. Lloró de alivio, lloró de felicidad cuando tras cuatro horas al fin se lo pusieron en el regazo. Lloró de rabia porque Iñaki no estaba. Mucha rabia, toda, joder, que eso no se remonta, que a partir de ahí, donde debió haber alegría solo quedó desgarro.

Sin Iñaki, Edurne se volcó en Ekin. Sería su mejor obra, una amacho como fue la suya antes de que empezara con el madero. Amantísima, cariñosa, siempre pendiente, juntos los dos. Madre e hijo. Ahora que ya sabe que nunca serán tres.

Cuando Iñaki se marchó, sintió hasta alivio. Cree, solo cree, que hacía mucho tiempo que le había dejado de querer. ¿Cuándo? No sabe. No fue porque dejara de acariciarla, porque nunca hubo ni mimos, ni guiños, ni manos entrelazadas ni abrazos. Tampoco en el primer cumpleaños que no pasó a su lado. Porque antes fue el del crío, y antes el aniversario, y antes... Las tutorías sola, «señora, no es que su hijo vaya con malas compañías, es que él es la mala compañía»; sola a la pediatra «el chico está sano, es solo un constipado»; sola al pueblo para que el abuelo viera a su nieto.

Volvía del caserío con un sentimiento de culpa. Porque allí, entre los reproches de su suegro encontraba cierto consuelo. Podía sonar extraño pero aquel viejo tenía el valor para despreciar a su hijo con la entereza que le faltaba a ella para mandar a tomar por culo a su marido. Además allí, con el aitona, Ekin era feliz. Ahí sí que sonreía. Ella los dejaba a solas y bajaba a donde sus padres.

—Hija, ¿cómo estás?

—Hola, ama, ¿qué tal el aita?

—En la huerta, ¿dónde va a estar? Como nunca avisas. A Ekin no nos lo traes, claro. Ya lo has dejado con el cabrón de Asier, ¿no? Los Altolaguirre siempre igual, por encima, y al resto que nos den, ¿quieres una cocacola, hija?

Así, el mismo reproche, mecánico, sin altibajos en la voz, sin ni siquiera mirarla mientras empana el lomo.

—Mamá, no empieces, bastante duro tiene que ser para el hombre, viudo, con la Izaskun y los otros nietos en Cádiz y sin hablarse con Iñaki.

—Edurne, ¿de qué quieres que hable con su hijo, si es policía y anda dando matarile a nuestra gente? Si el otro día se llevó al de la Itxaso, ni a la pescadería me atreví a ir, pobrecita, porque yo qué le digo, que mi yerno es un mal bicho, que no nos hablamos con él, que a ti te trata como...

—¿A Paulo, el de la Itxaso? —desvía la conversación, la misma desde hace más de diez años.

—Sí hija, sí. Un horror. Que si es de un comando de apoyo, que tenía que vigilar un zulo de los gudaris, que el chaval solo hacía eso y se lo han llevado detenido, pobrecito, veinte añitos que tiene y esa cara de niño. La Itxaso, destrozada. Pero mira, al menos tiene algo de lo que enorgullecerse.

Eso le dolió. Como si la atravesaran con un hierro candente. Entre la misma cantinela de todos los domingos, su madre era capaz siempre de añadir otro saetazo. Ahí, emboscado, rumiado durante toda la semana, una más sorteando las preguntas hirientes en misa de las cotorras del valle.

—Qué, ¿cómo va la Edurne? De Iñaki no sabe nada, ¿no? Pues chica, casi mejor, total, así no tiene que ir con la cabeza gacha.

—Oye, que mi hija ni cabeza gacha ni nada. Ella culpa no tiene, se casó muy enamorada pero qué iba a saber...

Pero sí sabía, sí. Eso es lo que la mata. Que ella lo tuvo claro desde el principio. Pero se dejó llevar. Primero porque Iñaki era el más duro, correoso y bien plantado del valle. Todas le deseaban y ella sola le tenía. Luego, pues porque a su manera, él no la trataba mal. Al menos igual que su aita a su ama, con ese cariño tan poco expresivo de arriba. Un tú ya me dices y yo hago. Con un día para estar con la novia, alguna cena en cuadrilla, ellos a un lado y ellas al otro, pero junticos al menos. De eso tampoco tuvo mucho. Porque Iñaki se fue a la Academia de Policía en Ávila con el desprecio de su padre y la indignación de la cuadrilla, convertidos en traidores y sospechosos por culpa de Iñaki, el de los Altolaguirre.

Espera a que oscurezca. Mejor así. Si van a cotillear que se jodan y sea al menos desde la rendija. Se ahorra el epa, el agur y todos esos hipócritas convencionalismos. Cruza por delante del ayuntamiento, pegadita al muro de la iglesia y enfila la cuesta hacia el caserío de Asier Altolaguirre. Los ve en la puerta: abuelo y nieto. Cigarro en mano, de risas. Está mal iluminado. El Ayuntamiento no arregla la farola para que se joda el padre por los pecados del hijo y Asier no se va a humillar y poner bombillas, «como si esto fuera un puticlub, la hostia».

Cree ver una caricia. Envidia a su suegro. Tan hosco, tan frío, tan seco, de pocas palabras y los escasos gestos de cariño se los reserva a un mocetón cuajado de granos, perforado de nariz a oreja, que farfulla más que habla. Lo que daría ella por una caricia de Ekin. Una sola. En la mejilla, si se puede soñar.

—Ekin, nos vamos, que mañana tienes ikastola. Dale un beso a tu abuelo. Agur, Asier. Si puedo nos acercamos el domingo.

—Tú haz lo que te dé la gana, yo vendré fijo.

—Ekin, cariño, ¿a qué viene esto ahora? Venga, vamos.

El chaval se pone la capucha. Se monta en el coche, dobla las rodillas, se ajusta los cascos y piensa que eso viene a que no tiene padre y no quiere tenerlo, el suyo es un cabrón y su madre una blanda que se dejó vacilar por un madero. Que no se tendría que haber quedado preñada, que él la ve todos los días mirándole tras la cristalera del bar, con la cara de pietá, sin decirle nada, como para darle pena. ¿Y él qué?, él sí que lo tiene jodido. En la cuadrilla nadie se atreve a bromear porque los forra a hostias, pero ellas tampoco se le acercan. Las latinas si eso. El chaval es tan apuesto como su padre y tiene los ojos verdes de su madre, pero lo que quiere no es a una inmigrante. Lo que quiere es a la Nerea y eso no puede ser porque es Ekin Altolaguirre, hijo de Iñaki Altolaguirre, el madero.

Iñaki,

Te escribo porque tu padre ya no anda bien. La Izaskun y el marido apenas vienen a verlo. Ya sabes que tu hermana y Fermín están en Cádiz y claro...

Arruga el folio. Qué hace contándole lo de Izaskun. Es idiota. Si a Iñaki su hermana y su cuñado le importan lo mismo que su mujer y su hijo: nada. Cuándo fue la última vez que, juntos, como la familia que formalmente eran, se les vio pasear, reír. Ekin no tuvo parque, ni pelota, ni pedaleos por el monte. No con su padre. Edurne creyó que era por protegerlo. «¿Qué quieres, que un día vea cómo descerrajan un tiro a su padre, ahí, delante de él? No, Edurne, ese gusto no se lo voy a dar a esos mierdas». Y lo entendió. Lo respetó. Acató. Lo de siempre. Como lo de ir a donde el Chato de su brazo algún domingo. Porque en eso sí que Alto era como todos, también le ponía cachondo la Jessi. «¿Qué pasa, que en el bar si puedo ver cómo te matan o qué?». Ahora cree que igual hasta hubiera sido mejor. Una viuda con pensión. Lejos de Burlada, con su hijo huérfano de verdad, no eso que tenían que era mucho peor, dónde va a parar. No es que deseara la muerte a su marido, lo era, todavía lo era, pero en el alma hace una eternidad que se le hizo callo.

Con Iñaki muerto, alguien se habría apiadado de ellos. Habría tenido cuadrilla de viudas, gente de la AVT, un abrazo, una charla, un café los martes, vacaciones en la playa. Compasión. Porque Edurne y Ekin no daban más que asco, morbo y rechazo. Parió sin marido pero tampoco con amigas cerca. No llegaron flores ni hubo visitas. La cosa se rompió mucho antes. Cuando él se fue a Ávila y ella se quedó allí, en casa de los aitas, con la madre negando con la cabeza mientras preparaba el pisto y el padre refugiándose en la huerta. «Esta cría, la hostia, la putada que nos ha hecho». ¿Y Edurne? Nadie se compadeció de ella ni tan siquiera quiso entenderla. Lo que sufría, lo duro que era ser la hembra de Iñaki.

LA PSICÓLOGA de la comisaría la atendía una vez al mes.

—Hola Edurne, ¿cómo va todo? ¿Mejor?

—Pues no, Elena, no. Iba yo a estar aquí si todo fuera mejor. Todo es una mierda.

—Mujer, tienes que cambiar el chip, no es tan así como tú lo ves, de verdad. Tienes el enfoque distorsionado. Piensa que no estás sola, ni eres la única mujer de policía. Mira, al menos tú estás en tu tierra, con tu gente. Muchas venimos de fuera y hasta tenemos que sacudirnos el deje andaluz y cambiarnos la forma de vestir, Edurne.

Elena era idiota. Cambiar el chip. Focalizar. Nosotras estamos peor porque Almería, Granada o Jaén quedan muy lejos y hay que cruzar Despeñaperros y camuflar el acento. Sí, era imbécil. La listilla de los miércoles que la recibía en una salita de la comisaría con una mesa despejada, libre de papeles, el ordenador encendido para jugar a los marcianitos mientras suelta sus monsergas, con ese tono monocorde, lineal, como quien recita de memoria la tabla de multiplicar. «Se necesitan cuarenta y siete músculos para enfadarse y solo trece para sonreír». Los ridículos monigotes descojonados en escorzo en un estúpido cartelito colgado justo detrás de la melena morena de Elena. Pues nada Edurne, sonríe, que Elena está mucho peor que tú, mujer. Que ellas tampoco se hacen a esta Pamplona partida en dos, de opusinos o borrokas, de cruz o molotov, de misa o ekintza. Y disfruta de poder ver a unos padres que te rechazan, unas amigas que te dan la espalda, un suegro que te ignora, una cuñada que se fue, un marido al que no ves y un hijo que no entiende nada.

Edurne lo intentó. Sin mucha fe pero con todo el esfuerzo. Hasta quiso conocer a las andaluzas. Mujeres, creyó, como ella pero con un soniquete muy gracioso. Hizo caso a la psicóloga de las frases hechas y fue al café de la tahona justo al lado del colegio. «Hola soy Edurne. La mujer de Iñaki Altolaguirre. Elena me dijo que estaríais aquí». La miraron como un entomólogo observa a un nuevo escarabajo, auscultando su melena corta, el bolso-saco, las zapatillas planas, el jersey ancho, el anillo plateado del pulgar. Ninguna se levantó. Ninguna la besó. La jefa de la manada la miró, removió el café, mordió la pasta y con la boca llena le lanzó el perdigón.

—Sabemos quién eres. La de aquí. Porque tu marido y tú sois los dos de aquí, ¿no?

A Edurne no le da tiempo a contestar. Lo hace otra, que no come porque solo mira la hora y mueve nerviosa la cabeza, como si toda la tahona estuviera mirándolas.

—Son de Maya, del mismo pueblo abertzale. Juan ha estado por allí unas cuantas veces y me dijo que es de lo peor. Una jaula muy bonita con unos pájaros muy feos.

—Mira, como Sevilla, hija.

Todas rieron la gracia de la jerezana a la de Triana. Todas menos Edurne, a la que acababan de llamar pajarraco, y que seguía de pie porque ninguna le había ofrecido asiento. Pero lo intentó mientras, por dentro, solo esperaba que pronto tuvieran el culo como un portaviones, los hijos maricones y unos cuernos como los de un ciervo por haberla humillado, por hacerla sentir como una mierda, porque su pueblo es precioso y no está lleno de yonquis y gitanos como los de abajo, y sí de gudaris. Las brujas de Salem. Así las vio. Como aquella obra que devoró porque pensó que las hechiceras del otro lado del charco se parecían mucho a las de Zugarramurdi.

Edurne lee mucho. Nada de novelitas de autoayuda ni de cómo educar a un hijo ni gilipolleces de esas. Ella lee porque es su terapia, su forma de ir tirando para adelante. Un café, la luz de la lámpara y el sofá que le regalaron sus padres. No necesita más para soñar que es la heroína alcahueta de Jane Eyre, la joven enamorada de Orgullo y prejuicio, o una bruja tan mala como las que tiene delante.

—Bueno, encantada. Otro día os veo y charlamos.

—Sí, claro, que ahora vamos con prisa —le dicen como un coro de gallináceas mientras devoran bollería congelada y zumos de bote, y siguen sin moverse ni mirarla, sin ofrecerle la silla vacía que ocupan con una mochila espantosa de Dragon ball.

Su error fue decírselo a Iñaki. Ya de noche, con la rabia amansada, secadas las lágrimas y el crío dormido en el cuarto. «¿Y qué querías, Edurne? Arratsalde on, zer moduz zaude, eseri gurekin eta kontaiguzu nola izango den hurrengo atentatua [Buenas tardes, cómo estás, siéntate con nosotros y cuéntanos cómo va a ser el próximo atentado]. Joder, Edurne. Más tonta y no naces, que no son de aquí, no quieren estar aquí y te ven como una vascorra de mierda que lleva un hierro en el bolso, cojones».

—¿Y qué soy, Iñaki, qué somos? Yo no puedo más. Estoy muy sola. Ni a ti te tengo.

—¿Ahora te vas a poner a llorar? Venga, otra escenita a lo Pimpinela. Yo te lo explico otra vez, chica. Igual a la enésima te enteras de una puta vez. Eres la mujer de un policía nacional nacido y criado en el Baztán. Eso es lo que eres y a ti nadie te engañó. Ya lo sabías. No se puede querer entender a todo el mundo ni pretender que te quiera todo el mundo. Ni hace falta, coño. Que las follen.

—Pero es que a nosotros no nos quiere nadie, Iñaki. Podías pedir destino fuera, así no me sentiría una leprosa y Ekin tendría amigos.

—Pues por ahora no va a ser. Que los polis euskaldunes no abundan y hacemos mucha falta, cotizo al alza. Venga, arrea. ¿Eso te dijo, una jaula muy bonita...? Pues tiene gracia la jodida, se lo voy a decir al marido, que es medio bobo.

Alto tampoco se lo dijo a Raúl. No porque no le hiciera gracia vacilar a sus compañeros de destino, sino porque ellos le tenían una mezcla de respeto, miedo y rechazo. Además, no era cosa de tentar a la suerte y que la emboscada de los etarras te pillara solo, sin ningún compañero cubriéndote la retaguardia. Todos tenían una diana en la nuca pero, coño, el navarro debía ser el mayor trofeo de la banda. De que lo era no había ninguna duda y sí muchas pruebas. Los informes de antiterrorismo advirtiendo de que aparecía en los papeles incautados a ETA se acumulaban en el despacho del jefe superior. «Alto, tienes que mirar los bajos del coche, igual sería bueno que cambiaras la ruta de vuelta a casa, he pedido a Madrid contravigilancia para ti, pero me dicen que no tienen gente...». Mucho repetir que tuviera cuidado, pero nada de sacarlo de allí. La labor de Alto era eso que los de la capital consideraban «prioritario en la lucha contra el terrorismo armado». Iñaki nunca lo pidió ni lo pediría. Al fin y al cabo, lo que a Edurne la estaba vaciando por dentro a él le llenaba. No lo de ser un héroe ni servir a España, eso se la sudaba. Era la sensación de poder, real, mensurable, en las caras de aquellos barbudos de espaldas anchas, con la mirada desafiante y agreste que ante su careto se volvían tan poca cosa. Si los más recios en vez de mirarle a los ojos lo hicieran al paquete verían que se le ponía dura. Un subidón en toda regla. Era la heroína de Alto, lo que le mantenía enganchado como un yonqui. Buscaba en los temblores ajenos su dosis. Toda la ceremonia que había practicado con tantos guerreros de aspecto feroz y alma de arcilla; el recelo cuando les hablaba en euskera con ese deje afrancesado, tan de la muga, mientras se esforzaban en recordar si por casualidad no habrían coincidido de chavales con él en algún concierto o bailado ska en las txosnas. La cara de sorpresa primero, de odio después, de miedo al rato y casi al final de su actuación, de terror. Iñaki siempre se los llevaba al monte. En la comisaría todo era más oficial, un engorro porque tenía que lidiar con «el abogado payaso de hb, la zorra de Amnistía Internacional y el cansino de Asuntos Internos, que además de licenciado universitario era medio gilipollas». Eso decía siempre, «unos mediahostia peores que los etarras. Estos viven de ellos y no saben ni pegar un tiro». Sí. Mucho mejor sacarlos de la comisaría —de la zona de confort, decía— para darles un garbeo por el monte, les acojonaba mucho más, siempre pensando que el navarro acabaría tirando de pistola y después el cadáver por un barranco de la Foz de Lumbier, «nada, se revolvió e intentó escapar». Pero no, tampoco era cosa de rellenar papeles y arriesgarse a un expediente para que «luego tengamos que aguantar una manifa de guarros, plumillas de lírica épica en Egin, el puto funeral con aurreskus, txalapartas, serpientes enroscadas en el hacha, fotos de gudaris enarboladas por viejas maceradas en su rabia y cuervos con sotana y txapela en el alma dando un sermón embadurnado en política». Total, al final solo era un paseo. Charlar del caserío de los padres, el cole de los hijos, el taller del hermano y de cómo le iba a mandar a cuatro drogatas a follarse a la Patirke.

—Payaso, tu zorra no está buena pero estos van ciegos de jaco y pastillas, se la suda tirarse a una cabra o a tu mujer, total tiene la misma barba de chivo. Lo tuyo no tiene mérito, qué hostias de Euskal Herria y mierdas de esas. A ti lo que te pasa es que te daba un asco de cojones levantarte por la mañana con tu mujer balando al lado.

Y otra colleja. Nada de puñetazos ni de patear al mierda ese. Solo un par de guantazos. Duelen menos pero humillan más. Que todas las marcas sean en su orgullo y su dignidad.