U.S. Marines - Tomo 8 - Semper Fi - Arria Romano - E-Book

U.S. Marines - Tomo 8 - Semper Fi E-Book

Romano Arria

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Beschreibung

Resistirá su amor a los numerosos obstáculos que se interponen en su camino?

John, el apuesto piloto, y June, la intrépida policía, disfrutan ahora de la felicidad de estar casados. Su amor está en su punto álgido y ningún fantasma parece amenazarlo. Salvo que el trabajo de June no está exento de consecuencias, y la pareja se ve de pronto enfrentada a una tragedia cuando la hermana gemela de June es atacada por su enemiga. La agente inicia entonces una cruzada vengativa, aun a riesgo de traicionar sus propios principios. Pero no está sola, porque John y sus hermanos de armas la acompañan con su apoyo contundente en esta operación de alto riesgo, para lo mejor… y lo peor.

Como es habitual en esta célebre saga, Semper Fi, el octavo tomo de esta serie que combina peligro y sensualidad, cierra por todo lo alto las aventuras de los cuatro marines tan queridos por el público.

SOBRE LA AUTORA

Arria Romano es autora de novelas románticas contemporáneas e históricas. Su misión: ofrecer a sus lectores esperanza y amor a través de sus historias y personajes.

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portada

Página de título

Dedicatoria

A F-D-A. R, mi consejero militar particular <3

1

Savannah, Georgia 27 de mayo de 2013

En este día de primavera bendita, cuando el agua de los ríos relucía bajo los rayos de un sol cegador, semejante a un diamante girando en los cielos azules, cuando los pájaros trinaban en las ramas de los majestuosos robles de la región para expresar su alegría y cuando las flores perfumaban el aire dulce y marino con sus fragancias embriagadoras, John y June se disponían a unirse en matrimonio.

—No me lo creo, chicos, después de la ceremonia, ¡los cuatro estaremos casados! —bromeó Keir mientras sacudía su chaqueta negra de ceremonia, en la que se habían quedado pegadas unas pequeñas pelusas blancas—. ¿Y sabéis qué? ¡Scarlett me ha anunciado esta mañana que está embarazada de nuestro cuarto hijo! No sé cómo lo hace para quedarse embarazada tan rápido después de cada embarazo.

Lex, vestido de la misma manera que su amigo, esbozó una sonrisa burlona y dijo:

—Te recuerdo que no eres ajeno a eso, Dalglish.

—¡Eso ya lo sé! Pero su fertilidad me impresiona. Cada año, se queda embarazada. No sé cómo lo vamos a hacer, la casa empieza a quedarse pequeña para todos.

—Si te sirve de consuelo, Scarlett le confesó a Livia ayer que dejaría de tener hijos después del cuarto —intervino Hudson mientras ajustaba su gorra, con una sonrisa traviesa en los labios.

—¡Aleluya! —exclamó Keir, levantando las manos al cielo en señal de oración, antes de darse cuenta de algo—. Espera, ¿sabías lo del embarazo antes que yo?

Ante el repentino ceño fruncido de su compañero, Hudson puso su mejor cara de inocente y se defendió:

—No, solo intercepté su conversación, ellas no saben que también estoy al tanto.

—¿Por qué no me lo dijiste? Si lo hubiera sabido ayer, me habría ahorrado el infarto de esta mañana. ¡Sabes que ahora tengo el corazón delicado!

—Porque no me correspondía a mí decírtelo, Dalglish.

Keir asintió, más o menos conforme con su excusa, y continuó con un tono teatral mientras miraba a sus tres hermanos de armas uno por uno:

—Sabéis, adoro a mi mujer y a mis hijos, pero no podría asumir mi paternidad más allá de cuatro.

Sus tres compañeros rieron, y John, el apuesto novio, se acercó a él para darle una palmada en el hombro derecho, con aire compasivo.

—Reza para que no esté esperando gemelos entonces.

—¡Señor! Gemelos, no podría con eso… Por cierto, ­Arlington, deberías ser tú quien tema la llegada de un par de bebés, porque he oído que los gemelos tienen más ­probabilidades de tener gemelos a su vez. Y si no me equivoco, tu querida June está en ese caso…

—No te falta razón. Pero, para serte sincero, me haría ilusión.

Keir sacudió la cabeza de un lado a otro, exasperado por la inocencia de su amigo en ese asunto.

—Eres un masoquista, Arlington, ya verás lo difícil que es un bebé que no duerme por las noches, que está con los dientes, que se pone enfermo después de pillar no sé qué virus, que se cuela en la cama matrimonial por capricho, que ­monopoliza a su madre alejándola del padre… ¡y dos al mismo tiempo! Créeme, sé de lo que hablo.

—Oh, sí, tú eres el especialista en la materia, Dalglish.

Los cuatro amigos iban a continuar cuando un delicado carraspeo resonó detrás de ellos para llamar su atención. Al instante, Livia apareció en su campo de visión, muy elegante con su vestido de ceremonia rosa pálido, que le llegaba a las rodillas formando una hermosa corola de tul. El corsé de su vestido estaba confeccionado en satén brillante, de un rosa más oscuro que las enaguas, y realzaba su pecho de manera sensual, prolongándose en unas mangas abullonadas, casi transparentes y tan ligeras como las alas de una mariposa. Llevaba un moño alto adornado con una corona de pequeñas flores rosas, igual que su hija de cuatro años, Luna. La pequeña sostenía la mano de su madre y admiraba con sus ojos color miosotis a los cuatro marines. Estos la encontraron adorable con su vestido de cortejo rosa peonía, de tul, y sus sedosos rizos negros.

—Caballeros, debemos subir al barco antes de que llegue June —dijo la inglesa con tono de maestra de escuela.

Asintieron, y Hudson se acercó a su hija, levantándola en brazos y llenándola de besos en las mejillas y el cuello. Su risa cristalina los envolvió por completo y se perdió entre los cantos de los pájaros cercanos.

—Tienes razón, Livia.

Con el buen humor impregnando el ambiente, John se apresuró a cruzar la pasarela que conducía al Queen Georgia, seguido de sus tres hermanos de armas, sus esposas y sus pequeños. Deseoso de celebrar su boda a lo grande, John había alquilado en exclusiva el magnífico barco de ruedas de paletas donde él y June se habían besado por primera vez, menos de un año antes, y como romántico empedernido, había decidido mantener en secreto el lugar de la ceremonia para que fuera una sorpresa para ella.

—Me parece precioso casarse en el agua… —suspiró ­Scarlett, admirando las guirnaldas de flores y luces colgadas de los mástiles del gran barco.

La hermosa pelirroja estaba en la cuarta y última cubierta del navío, tan elegante como Livia con un vestido similar al suyo, de color verde salvia, con un escote escandalosamente vertiginoso sobre sus curvas más generosas. También llevaba un moño alto, coronado con flores rosas, y estaba colgada del brazo de su marido como una joven debutante, mientras este observaba desde su posición a los invitados subir a bordo. Todos habían hecho un gran esfuerzo con su vestimenta para celebrar las nupcias de la intrépida pareja.

—Oh, Keir, ¿tienes los anillos? —se preocupó de repente Scarlett.

Preso del pánico durante unos segundos, el capitán con cicatriz rebuscó en los bolsillos de su chaqueta de ceremonia militar, en busca de los preciados anillos, y suspiró aliviado al sentir el estuche contra su mano derecha.

—Sí, los tengo.

—Espero que Phoebe se despierte a tiempo para lanzar los pétalos de rosa al suelo —intervino alegremente Xenia al llegar detrás de ellos, con la menor de los Dalglish dormida en sus brazos.

La bella rusa se había unido al juego de las damas de honor vistiéndose con el mismo modelo de vestido que sus amigas, pero esta vez en un tono bicolor, donde la mezcla de malva y melocotón era tan audaz como sublime. Encarnaba la ­sensualidad eslava en todo su esplendor.

De hecho, las tres esposas de los marines eran tan hermosas que los demás invitados no podían evitar observarlas de arriba abajo, con una chispa de admiración y envidia en los ojos. Pero no eran las únicas que atraían la atención, ya que sus maridos eran igualmente atractivos y seductores. Esto era casi embarazoso para Hudson, quien intentaba desesperadamente escapar de la conversación que le imponía una atractiva cuarentona con uniforme de ceremonia policial. Esta última se había presentado como la superior jerárquica de June y había puesto sus ojos en el comandante en cuanto lo vio subir a bordo.

—Livia, creo que tu marido está siendo cortejado. Y por las miradas que te lanza, necesita que vayas a rescatarlo —le susurró maliciosamente Lex al oído de la inglesa.

Sin borrar su sonrisa divertida, ella observó a su esposo desde lejos y respondió:

—Creo que mi marido es mayorcito y sabe salir por sí mismo de este tipo de situaciones.

—¡Qué cruel eres!

Lex acompañó su acusación con una pequeña risa cómplice, y luego volvió a posar su mirada en la elegante figura de John, apoyado en la barandilla del barco, con los ojos fijos en tierra firme, esperando la llegada de su prometida. Siempre era un poco desconcertante ver a uno de sus hermanos de armas a punto de casarse, ellos que en su día fueron solteros ­empedernidos, temerosos de cualquier atadura o de la mera idea de formar un hogar. Pero hoy, tras años de errancia ­sentimental y dudas, cada uno estaba felizmente unido a una mujer ­maravillosa y amorosa.

—¡Oh, mirad, June por fin llega! —exclamó de repente Scarlett, y todos los invitados ya presentes se agolparon en la barandilla para ver acercarse a la novia y a su hermana gemela.

Si la calesa y el coche de lujo habían interesado en algún momento a May, el doble glamuroso y muy imaginativo de June (que se había encargado de la organización de la boda junto a John, Xenia y Livia), finalmente había optado para la llegada de la novia por un sidecar vintage, de excelente factura, con la carrocería verde botella. Por supuesto, esta última no conducía, sino que estaba instalada en el «carruaje» fijado a la derecha del vehículo, con un delicado velo blanco cayendo sobre su rostro, frente a sus ojos, y cosido a la gran diadema de terciopelo marfil que se erguía en su cabeza como una tiara.

—Entonces, monito, ¿cómo te sientes? —preguntó May tras apagar el motor de la motocicleta, con una sonrisa tan amplia y radiante que parecía reflejar la luz del sol primaveral y cegar a quienes la miraban.

—¡Tengo náuseas por tu forma de conducir este cacharro, May! ¿Sabes que podría ponerte una multa por exceso grave de velocidad? —observó June mientras intentaba salir de su asiento, aunque su ajustado atuendo de novia y sus tacones le restringían un poco los movimientos.

Se volvió a sentar, con la respiración entrecortada.

—Dicho por la policía que persiguió un coche a más de 250 km/h.

—Era por trabajo, así que no es comparable.

—Di más bien que te sientes un poco mareada porque estás nerviosa por volverte a casar y porque tu prometido acaba de darte una sorpresa monumental con este barco… Sinceramente, me impresionó su elección.

May seguía siendo tan traviesa en sus réplicas y ­expresiones, y eso era lo que normalmente encantaba a sus interlocutores. Tras bajar de la motocicleta, la rodeó para ayudar a su hermana a salir de su pequeño asiento, y cuando esta se irguió por completo, su alegría se multiplicó al redescubrir su belleza. Para esta segunda boda, June había optado por un traje de novia marfil, confeccionado en satén Duchesse y adornado con encantadores botones de nácar en su chaqueta y mangas. Este atuendo elegantísimo y moderno daba a su porte una enorme prestancia y resaltaba la armonía de su cuerpo escultural, que las pasarelas habrían codiciado en otra vida. Un cinturón marfil con hebilla dorada marcaba su cintura fina, su pantalón fluido alargaba sus interminables piernas ocultando un poco la belleza de sus zapatos del mismo tejido, mientras que una camisa de encaje crudo y muselina transparente cubría con delicadeza su cuello y pecho bajo su chaqueta medio abierta.

No hacía falta abrir un diccionario para leer la definición de «belleza», porque June era su encarnación misma.

—No te lo digo lo suficiente, mi dulce niña, pero estás preciosa —confesó May, dividida entre la admiración y la emoción.

Era la segunda vez que casaba a su hermana y la emoción seguía siendo igual de profunda, quizá más, tras el largo duelo que había precedido este feliz acontecimiento.

—Eres mi orgullo, June.

La joven novia esbozó una sonrisa de agradecimiento y apretó la mano de su doble, igualmente hermosa y radiante en este día de felicidad. Siguiendo los deseos de su hermana, esta última también había optado por un traje ajustado, confeccionado en metros de seda y satén amarillo mostaza. El escote de su chaqueta era menos atrevido que el de June, pero su pantalón le moldeaba igual de bien las caderas, mientras que sus zapatos marrones realzaban aún más su curvatura. Si los colores de sus atuendos las diferenciaban, sus peinados también contribuían, ya que May llevaba un moño francés adornado con una rosa amarilla en contraste con las ondas sueltas de su hermana.

La policía admiró a su gemela a su vez y le confesó:

—Tú eres mi orgullo, May. Siempre serás la más hermosa.

—Oh, no, nadie supera a la novia el día de su boda.

Con una última sonrisa cómplice, las gemelas se tomaron de la mano y avanzaron hacia el embarcadero que conducía al majestuoso barco decorado. El corazón de June latía tan fuerte que podría haber superado las percusiones de un tambor de guerra. Había que decir que el lugar de la recepción había sido transformado en un palacio flotante, solo para celebrar su boda con John.

—Dios mío, tengo la sensación de estar subiendo al barco de Cleopatra…

Su corazón dio un nuevo vuelco cuando finalmente divisó a su prometido entre la multitud de invitados.

¿Cómo se puede permitir que un hombre sea tan guapo?

Ciertamente, no era la primera vez que lo veía con su uniforme de ceremonia militar, pero hoy, la luz del sol parecía rodearlo con un brillo especial, más luminoso, más hipnótico.

¿De verdad me está esperando a mí?

—June, tu marido está tan embelesado con tu belleza que va a caerse por la borda —bromeó May, adelantándose ­alegremente por la pasarela del barco.

Ovaciones de alegría recibieron la entrada de la futura novia, mientras su prometido apartaba suavemente a las personas a su paso para bajar corriendo las escaleras que lo separaban de ella. De hecho, fue el primero en llegar al segundo puente del barco y la esperó con una gran sonrisa, aunque un poco sin aliento por su rápida carrera. Sin embargo, su encanto no se veía ­afectado, al contrario.

Cuando ella llegó a su vez, el tiempo se detuvo y nada más pareció importarles, como si las nubes densas de un sueño se hubieran congregado a su alrededor para aislarlos del mundo exterior. En ese paréntesis de éxtasis, los futuros esposos se intercambiaron una sonrisa cómplice, sin pronunciar palabra, mientras admiraban sus respectivos atuendos.

Al igual que sus hermanos de armas, John vestía su ­emblemática chaqueta negra de los marines, con un cinturón en la cintura, al que un fino ceñidor estaba abrochado pasando por el hombro derecho para cruzar la espalda y el pecho en diagonal. Esto le daba un estilo ajustado y sofisticado, tanto como las cintas militares, las insignias y las medallas. El sable que llevaba en el costado izquierdo subrayaba su prestancia, mientras que el pantalón blanco inmaculado, cuyo tono evocaba el de su gorra, rompía el conjunto con armonía.

En cuanto a June, era difícil describirla, porque el marine se sentía de repente sin palabras, tan divina le parecía. Solo sentía su corazón latir como un loco, sus ojos humedecerse y su garganta cerrarse sobre declaraciones mudas.

Tras un largo silencio, John recuperó un poco la compostura y, sobre todo, el uso de la palabra. Se acercó lentamente a June, hipnotizado por su mirada de leona tras el velo blanco, y tomó su mano derecha con ternura.

—Estás sublime, sargento Garner.

La emoción del militar la conmovió y divirtió a partes iguales.

—Tú tampoco estás nada mal, coronel Arlington.

—¿Lista para sellar tu destino al mío hasta que la muerte nos separe? —preguntó él con más seguridad.

—Por supuesto.

—Si me permites un consejo, John, date prisa en llevarla ante el oficiante antes de que decida huir saltando por la borda —no pudo evitar añadir May, burlona.

Y con una risa a tres voces, el trío subió las escaleras hasta la última cubierta del barco, donde debía celebrarse la ceremonia.

2

Un magnífico arco de flores rojas, blancas y azules adornaba la cubierta del gran barco, que ahora surcaba el río Savannah, bañado por los rayos de un sol resplandeciente. Un pequeño sendero delimitado por hileras de flores marcaba el camino que recorrerían John y June para unirse al general Arlington, encargado de oficiar la ceremonia con su impecable uniforme de gala blanco. Los cien invitados ya estaban sentados en las sillas decoradas con globos blancos, dispuestas a ambos lados del sendero floral. Entre ellos se encontraban los compañeros de la policía y los del marine, de modo que la mitad de los asistentes vestía uniforme de gala: azul oscuro para las fuerzas del orden y negro y blanco para los militares.

De pie frente al arco, junto a Lex, Keir y Miguel, Hudson se adelantó ligeramente para cantar a capela una de las canciones de amor favoritas de los futuros esposos, Unchained Melody. Su voz aterciopelada, tan grave como cálida, y su pasión por la música lo habían convertido en un excelente cantante, al que sus amigos y compañeros solían recurrir para animar una velada o celebrar un evento.

Todos los presentes, empezando por su esposa, quedaron hechizados por las hermosas palabras que entonaba, extremadamente sensuales en su voz:

Woah, my love, my darling,

I’ve hungered for your touch,

A long, lonely time,

And time goes by so slowly,

And time can do so much,

Are you still mine?

I need your love,

I need your love,

God speed your love to me.

Lonely rivers flow,

To the sea, to the sea,

To the open arms of the sea, yeah,

Lonely rivers sigh,

Wait for me, wait for me,

I’ll be coming home, wait for me.

Desafiando las tradiciones, June y John habían decidido aparecer juntos, de la mano, precedidos por los hijos de sus amigos, disfrazados de angelitos y encargados de abrir el camino de los novios esparciendo pétalos de rosa en el suelo.

Un coro de exclamaciones maravilladas y una lluvia de flashes saludaron la adorable procesión nupcial. Esta puesta en escena había sido idea de May y Xenia, por supuesto. Entre la gemela fantasiosa y la exbailarina estrella, acostumbrada a espectáculos mágicos, la conexión fue inmediata al hablar del matrimonio. Así que encargaron en Amazon unas encantadoras alas de ángel, hechas de plumas de ganso blancas, para adornar los ya adorables atuendos de los niños. Si Bruce, el rubito de cuatro años, estaba muy mono con su esmoquin en miniatura azul celeste y sus alas blancas, su rostro era serio y solemne, como el de los marines en pleno desfile. Su padre lo había entrenado mucho para esta misión, y por eso abría la marcha nupcial con seriedad, llevando a Luna de la mano. Aunque ella también se tomaba su papel muy en serio, Juliette y Phoebe, de tres y dos años respectivamente, se peleaban por los últimos pétalos del cesto, mordiéndose las manos, las mejillas y los brazos.

Incapaz de soportar más los ataques de su hermana menor, Juliette se enfadó aún más y acabó empujándola hacia un lado, haciéndola caer al suelo. Aunque acostumbrada a las peleas, la más pequeña hizo una mueca, su barbilla tembló y estalló en llanto.

—¡Oh, Juliette! —exclamó John, soltando la mano de su prometida para recoger a la pequeña Phoebe, que lloraba desconsolada, justo cuando Hudson terminaba de cantar—. Sé buena con tu hermana, ¿quieres?

La pequeña escena infantil dejó a los asistentes ­sorprendidos, aunque divertidos, y mientras Bruce detenía la marcha para fulminar con la mirada a sus hermanas pequeñas, ­sinceramente exasperado por su comportamiento, John y June relajaron el ambiente con una carcajada. Su diversión contagió de ­inmediato a los demás adultos, incluso a Keir y Scarlett, que ya no tenían por qué avergonzarse de las travesuras de sus hijos.

Muy sensible al encanto de su tío del alma, Juliette asintió con la cabeza antes de volverse hacia la policía, con el rostro lleno de incomprensión.

—Tía June, ¿por qué no puedo ser yo la novia? No me gusta lanzar flores, prefiero tener tu papel…

Su carita de pelirroja caprichosa y el tono quejumbroso de su voz cristalina fueron tan encantadores que todos se echaron a reír aún más.

Sentada más lejos, en el lugar de las damas de honor, ­Scarlett negó con la cabeza con aire resignado y susurró a Livia:

—De todos nuestros hijos, esta es la más descarada. Voy a buscarla ahora mismo, no importa si no llega al final del cortejo.

—No creo que sea necesario, June tiene la situación bajo control.

En efecto, la novia se había inclinado hacia la niña para tomarla en brazos y decirle con un tono tranquilizador:

—Vamos a jugar las dos a ser la novia, ¿de acuerdo?

La luz del día pareció salir de los ojos verdes de Juliette de lo mucho que le gustó la idea.

—¡Qué guay! ¡Tío John también será mi novio!

—Claro que sí, cariño.

—¡Siempre quieres ser la protagonista, Juliette! —no pudo evitar gruñir Bruce, cuya corona dorada de príncipe caía torcida sobre su cabello rubio y corto.

El niño recibió en respuesta una lengua sacada de forma insolente por parte de la pequeña pelirroja y, para contener su enfado, recolocó bruscamente su accesorio dorado en la cima de su cabeza.

—¡Menuda peste!

—Vamos, niños, no os peleéis —los calmó John mientras abrazaba a Phoebe, el querubín de dos años que lo miraba con ojos llenos de amor, antes de llenarle la mejilla de besos babosos.

June lo notó y no pudo evitar decirle a su marido, con una sonrisa traviesa en sus labios rojos:

—Vaya, mi amor, tienes un éxito arrollador. Todas las chicas quieren casarse contigo.

—¡Sí! —gritó Phoebe en señal de aprobación, recibiendo a cambio una caricia tierna en la mejilla.

Luego, con una sonrisa cómplice y una mirada de ánimo para Bruce y Luna, los dos novios continuaron avanzando hacia el arco floral, cada uno llevando en brazos a una pequeña pelirroja. Un poco más lejos, Keir y Scarlett quisieron unirse a ellos para descargarles de sus encantadores fardos, pero John y June lo impidieron con un gesto de la mano, sinceramente deseosos de mantener a los niños con ellos. Esto subrayaba la ternura del momento.

—¡Qué buena compañía! —exclamó el general Arlington con tono jovial cuando los novios y sus angelitos llegaron finalmente ante él.

El septuagenario sostenía en sus manos una hoja de papel rosa viejo donde su discurso de oficiante había sido cuidadosamente escrito por él y los tres hermanos de armas de su hijo adoptivo. Sin duda, las frases estarían salpicadas de humor.

—Queridos amigos, os agradezco a todos por estar aquí, en este hermoso día primaveral, para celebrar la unión de John, mi amish favorito, y June, la policía más guapa de Savannah —comenzó el general, travieso.

Risitas se elevaron entre los invitados, mientras los dos protagonistas intercambiaban una sonrisa de complicidad. John sentía un escalofrío recorrerle cada vez que su mirada se posaba en la mujer de su vida. La había visto así de hermosa antes, evidentemente siempre lo deslumbraba, ya fuera con el uniforme de policía, ropa de calle, pijama, liguero o incluso desnuda… pero con ese vestido de novia tan moderno y sofisticado, inmersa en ese halo de luz radiante que intensificaba el verde y las motas marrones de sus ojos maquillados tras el velo blanco, la carnosidad de sus labios rubí, la gracia de su cuello de cisne y el óvalo perfecto de su rostro, le parecía de otro mundo. Era como si el cielo de Georgia se hubiera abierto en dos para depositarla allí, frente a él, como un ángel sentado en una nube rosada y perfumada de lirios.

—Mi corazón va a explotar de lo hermosa que estás —leyó June en los labios de su marido, y se sonrojó de placer.

—El mío también —respondió ella de la misma manera muda.

La joven nunca habría pensado en volver a ponerse un vestido de novia, y sin embargo, allí estaba, esperando la ­bendición nupcial frente a ese arco floral, con el amor de su nueva vida a su lado. Por supuesto, John nunca reemplazaría a Keith en su corazón, ese difunto marido al que nunca dejaría de amar a pesar de la insondable frontera que los separaba ­mientras ella viviera. Sin embargo, el piloto había sabido conquistar su amor y sublimarla con su luz con una pasión inexplorada, de tal manera que la antigua June ya no existía. Aquella que antes se dejaba envenenar por los fantasmas del pasado había dado paso a una mujer feliz, serena y enamorada. El peso de los recuerdos infelices había sido eliminado como quien se despoja de una vieja piel, gracias a su marido y sus nuevos amigos, especialmente Lex y Xenia, quienes la ayudaban regularmente a purificar su mente con terapias esotéricas.

Hoy se sentía curada, en paz consigo misma.

—Quisiera ir al grano y no perderme en grandes frases líricas, porque sé de vuestra impaciencia por casaros —continuó el general con una sonrisa pícara dirigida a la pareja—. Pero mi discurso no sería interesante si no hablara un poco de ­vosotros dos…

El septuagenario dirigió ahora su mirada a la asamblea de invitados.

—Veréis, amigos, cuando conocí a John hace veinte años, vi en él una luz increíble que me conmovió de inmediato. En esa época, me consideraba huérfano, porque ya no tenía familia, ni esposa, ni hijo… John acababa de dejar la comunidad amish para vivir el sueño que siempre había tenido: convertirse en piloto. Era tan joven cuando lo conocí, pero rebosaba una determinación y una voluntad que pocos hombres poseen… ¡y he conocido a muchos hombres! Pero además de ser ambicioso, emanaba de él una sinceridad y una candidez conmovedoras. Supe desde la primera mirada que John era el hijo que había estado buscando durante tanto tiempo.

El general se detuvo un momento, de repente invadido por una ola de emoción que reprimió con un breve silencio, ­mientras John lo miraba con un afecto teñido de admiración.

—Mi hijo, además, se convirtió más tarde en el hermano que sus tres mejores amigos siempre desearon tener.

El general dirigió de nuevo sus ojos azules hacia John y dijo:

—Para agradecerte por existir, estos tres pillos me pidieron que leyera este poema, redactado por ellos mismos.

De inmediato, el novio observó a sus tres compañeros por encima del hombro y vio sus guiños y juegos de cejas ­maliciosos.

¿Qué me habrán preparado?

Intrigados, los dos enamorados volvieron a mirar a su oficiante para escucharlo proclamar con tono de orador griego:

De las llanuras de Pensilvania a los pantanos del sur,

John de cabellos blancos, con un regaliz en la boca,

Corría aventuras, alimentaba su soledad,

Sabiendo que esa vida llevaba al fracaso.

El soltero empedernido, con estilo de dandi,

Más enamorado de sus coches que de las chicas,

Pensaba que nunca se enamoraría,

Hasta la noche en que June lo detuvo.

Ahora, el amor lo tiene atrapado en sus redes,

La intrépida policía lo ha puesto bajo arresto,

Con una condena a cadena perpetua,

Oficializada por los lazos de su unión.

Una salva de aplausos y comentarios divertidos estallaron alrededor de los novios mientras ellos reían observando a los tres bromistas. Hudson, Keir y Lex habían pasado la víspera redactando ese poema humorístico, dudando sobre las palabras, discutiendo sobre las rimas y concluyendo con los consejos de sus esposas.

—Sois unos genios, chicos —dijo John girándose hacia ellos—. Estoy impresionado por vuestros talentos poéticos.

—Y eso que contuvimos a Lex —replicó Keir, burlón—. Era como si Púshkin lo hubiera poseído durante toda la redacción.

Mientras June y las personas cercanas se divertían con este intercambio, el capitán marcado recibió un codazo en las costillas por parte del instructor militar, como para imponerle un pequeño y bienvenido silencio para continuar con la ceremonia.

—Ahora quiero hablaros de June, mi nuera —retomó el general con seriedad, cuando el silencio volvió a la asamblea—. En mi vida, pocas veces he conocido a una mujer tan valiente, decidida y… temeraria. Es increíble cómo sabe manejar las armas y representar el orden sin renunciar a una pizca de feminidad. En serio, nunca he visto a una mujer tan atractiva con un uniforme.

Al final de su frase, el anciano le dedicó a su nuera un guiño pícaro, a lo que ella respondió con un beso al aire.

—La fuerza, la solidez, pero también la sensibilidad de June la convierten en una mujer formidable. Estoy orgulloso de darle la bienvenida a mi familia al casarse con mi hijo.

La policía sintió que sus ojos se humedecían, pero la presencia de su máscara de pestañas la obligó a contener las lágrimas, aunque se suponía que era resistente al agua. ­Evidentemente, sentía la mirada atenta y amenazante de su hermana gemela en su espalda, que vigilaba cualquier lágrima que pudiera arruinar su trabajo de maquillaje.

—Tía June, ¿por qué es tan largala boda? —preguntó Juliette suspirando ruidosamente en sus brazos, lo que provocó más risas, especialmente la de su padre.

Sin embargo, la niña recibió una mirada de advertencia de Scarlett, sentada a tres metros detrás, quien la habría recogido en su regazo si la novia no hubiera insistido en mantenerla con ella.

John extendió el brazo hacia Juliette para acariciarle la mejilla, mientras la pequeña Phoebe seguía acurrucada contra él. Esta última incluso había apoyado su cabeza en su cuello, con los ojos parpadeando de sueño.