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Neil Logan había sido el centro de su existencia desde que eran niños. No era precisamente un tipo normal. ¿Cuántos millonarios elegían defender la justicia? Pero claro, él nunca había sido como los demás. Katie Jonas estaba atravesando un momento algo difícil desde que la habían dejado abandonada en el altar y a punto de ser madre... ¡Y las cosas no hacían más que complicarse! Fue entonces cuando Neil le pidió que se casara con él... por el bien del niño. Katie estaba hecha un lío porque, desde que había descubierto en lo que se había convertido su alma gemela de la infancia, creía que no podría conformarse con menos. Un policía millonario, una futura madre y un acuerdo muy especial.
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Seitenzahl: 154
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Charlotte Hughes
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un amante protector, n.º 1191 - enero 2016
Título original: Millionaire Cop & Mom-to-Be
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8048-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Estaba durmiendo debajo del vestido de novia, una montaña de satén y miriñaques y una cola de tres metros. Neil Logan sacudió la cabeza.
–Muy bien, Katie. Sal de ahí debajo o entro a buscarte.
El vestido pareció cobrar vida propia, moviéndose arriba y abajo mientras la mujer salía de él. Una melena rubia apareció, rodeando una cara soñolienta. Katie vio entonces al hombre vestido con vaqueros e hizo una mueca.
–Oh, cielos, es Satán. Vete.
–Uno...
–Esfúmate, Logan.
–... dos, tres –Logan tiró de sus muñecas.
Katie murmuró un taco mientras intentaba soltarse, pero no valió de nada.
–¡Estate quieto, Neil!
Él arqueó una ceja al observar su atuendo... sujetador y braguitas de encaje que mostraban un trasero perfecto. Y tuvo que tragar saliva. ¿Dónde estaba la niña que sus padres habían llevado a casa cuando su madre murió? La niña con aparato en los dientes y rodillas huesudas había desaparecido.
–Buen trasero, señorita Jones.
Lanzando un grito, Katie se tapó con el vestido.
–¿Quién te crees que eres entrando en mi dormitorio sin llamar? –exclamó, indignada–. ¡Eres un... un...!
–¿Pervertido? ¿Un demonio? –sonrió él, cruzándose de brazos–. Lo que me gustaría saber es qué ha sido de las camisas de franela y las zapatillas de peluche que solías usar.
Era mucho más alto que ella, un metro ochenta y cinco de hombre, con una sonrisa que, según una amiga suya, podría derretir a cualquiera. Y Katie sospechaba que solía usarla a menudo.
–¿Cómo has entrado en mi casa? –le espetó.
–He sacado la llave del tiesto. Muy original, Katie. Es la gente como tú la que me mantiene en el puesto. Llamé antes al timbre, pero no lo oíste.
–Y en tu cabezota no entra que una no quiera ser molestada, ¿no?
–Tú y tu lengua viperina, enana –rio Neil.
–No empieces conmigo que no estoy de humor. Y no me llames enana. Ya no soy una niña. Tengo veintinueve años, casi treinta.
Estaba de muy mal genio, pero ¿qué podía esperarse después del drama que había tenido que vivir? Le dijo a todo el mundo que quería estar sola, pero el teléfono no dejaba de sonar. Y era muy típico de Neil entrar en su habitación como si lo hiciera todos los días. E intentar ver lo que no debía ver, ya de paso.
Algunas cosas no cambian nunca. Seguía siendo un fresco.
–¡Fuera! –gritó, señalando la puerta.
Neil observó su larga melena color miel y sus ojos, de un verde esmeralda.
–Katie, Katie, Katie. ¿Es esa forma de hablarle al hombre que ha venido a rescatarte?
–No necesito que me rescate nadie. Soy perfectamente capaz de cuidarme solita.
–¿Te has mirado al espejo? Estás despeinada, se te ha corrido el rímel y tienes los ojos hinchados. Estás más demacrada que algunas de las mujeres con las que he salido.
–Pues debo estar horrorosa entonces.
Neil soltó una risita.
–Y has arrugado el vestido de novia que, sin duda, cuesta la mitad de mi herencia. Espero poder usarlo como manta cuando tengo que vivir en el coche.
Katie no estaba de humor para bromas, pero eso era lo que Neil hacía siempre que se metía en algún lío. Como heredero de una dinastía editorial, la idea de acabar viviendo en un coche era completamente absurda, por supuesto.
Sin embargo, al ver el vestido, Katie estuvo a punto de lanzar un grito. Lo había diseñado personalmente la madre de Neil, un vestido hecho para una reina. La fotografía había salido en la revista Bride y en la columna de sociedad del Atlanta Journal.
Y, en aquel momento, era una bola arrugada tras la que Katie intentaba esconderse.
–No tienes que esconderte de mí, cariño. La ropa interior de encaje no me excita. Mis gustos son más... eclécticos.
Katie podía imaginarlo.
–Jo, pues cómo lo siento, pero es que no quedaban sujetadores de cuero y cadenas.
Neil sonrió de nuevo. Aquel hombre no tenía vergüenza. Era siete años mayor que ella, pero nadie lo diría. La madre naturaleza había sido generosa con Neil Logan. Alto, musculoso, con unas atractivas arruguitas alrededor de los ojos que su piel bronceada escondía bien... Pelo negro y sombra oscura de barba que le daba un aire ligeramente amenazador muy atractivo para las mujeres. Y tenía muchas admiradoras. Katie era una cría cuando se coló por él, pero Neil no se dio cuenta.
–¿Te gusta lo que ves, enana?
Ella se puso colorada. Neil pensaba que ninguna mujer, incluida ella, podía quitarle los ojos de encima. Se lo tenía muy creído. Desde luego, era guapísimo, pero a Katie le gustaban más... pulidos.
–Iba a preguntar si habías perdido la maquinilla de afeitar.
–Me afeité para tu boda. Pero me ha crecido.
–Será cosa de la testosterona.
–Me sobra, cariño. Además, no puedo tener un aspecto demasiado fino. Estoy trabajando.
–¿De qué lado de la ley estás en este momento?
–Del lado de los buenos.
No lo parecía con aquellos vaqueros gastados y la camisa vieja. Al contrario que su padre, que llevaba trajes de Armani, maletín de Gucci y compraba un Mercedes nuevo cada año. Padre e hijo no se habían entendido nunca. Neil fue educado para dirigir la empresa familiar, pero él no mostraba ningún interés. En lugar de eso se hizo policía. Y muy bueno, porque llegó a detective antes de los treinta años.
–Quiero estar sola –murmuró Katie.
–Sí, claro, para llorar como una magdalena. Si lo hubiera sabido, habría traído una botella de vino barato.
Una lágrima rodó por el rostro de Katie. Aún no había podido superar el dolor y la humillación que sintió cuando Drew no se presentó en la iglesia. Aún recordaba la cara de pena de sus damas de honor, la tristeza en los ojos de la madre de Neil.
Aquel abandono le recordó otro tiempo, cuando su madre murió y ella quedó sola en el mundo, sin un solo pariente. La pobre Katie Jones, decían todos. Pero entonces ella no quiso darle pena a nadie y tampoco quería dársela en aquel momento.
–No pienso llorar, solo estoy intentando decidir qué debo hacer. He vendido mi casa y mis cosas están en un guardamuebles. No tengo dónde ir.
–Mira, niña, no es el fin del mundo. Si yo te dijera cuántas veces me han dejado...
–Por favor. A ti no te han dejado nunca. Eres tú el que no quiere saber nada de relaciones serias porque no te interesa el compromiso.
–Me dejó Marcie Henderson en el instituto.
–Yo estaba enamorada de Drew.
–No era suficientemente bueno para ti. Creo que al final se dio cuenta, por eso no apareció en la iglesia.
–Te equivocas, Neil. Drew es una buena persona, con un gran futuro por delante –Katie no sabía por qué estaba defendiendo a aquel canalla, pero no pensaba reconocer que había estado a punto de casarse con un fracasado–. Es un hombre decente y cariñoso y...
–Y ahora mismo está tomando un zumo de piña con otra mujer en Jamaica.
Ella lo miró, atónita.
–No te creo.
–Cree lo que quieras.
–¿Cómo lo sabes?
–Me pagan para estar informado. Tu prometido ha usado los billetes y la reserva de hotel que mis padres os regalaron... pero no se ha ido solo.
Katie lo miró, perpleja y enfurecida.
–¿Quién es ella?
–No tengo los detalles. Además, ¿eso qué más da?
Sospechaba que Neil lo sabía perfectamente, pero no se lo diría.
–Gracias... por nada.
–Tienes que olvidarlo, niña. Quizá es hora de reconocer que el amor no es tan importante.
–¿Y tú qué sabes de amor?
–Yo lo sé todo sobre el amor. He visto lo que pasa cuando las cosas no salen bien.
Katie imaginaba que habría visto suficiente violencia doméstica en su trabajo como para dudar de la intemporalidad del amor.
–¿Y cuando sale bien? Tus padres llevan cuarenta años casados y siguen tan enamorados como al principio. Te has endurecido, Neil. Automáticamente piensas que todo el mundo esconde algo. Yo prefiero pensar que la gente es buena y decente. Cuando esperas lo mejor de los demás, sueles recibirlo.
Neil inclinó la cabeza a un lado.
–¿Drew es bueno y decente? ¿Y tu padre, que abandonó a tu madre en cuanto supo que estaba embarazada? –al ver el gesto de Katie, deseó retirar aquello–. Perdona, siento haberlo dicho.
Pero era demasiado tarde. La fría mirada de los ojos verdes le decía que había ido demasiado lejos.
–Gracias por ponerme en mi sitio.
Neil dejó escapar un suspiro de frustración.
–He dicho que lo siento. Maldita sea, Katie, siempre consigues sacar lo peor de mí. No sé por qué me he molestado en venir.
–¿Por qué lo has hecho?
–Porque me han enviado mis padres. Están muy preocupados por ti.
–Los he llamado dos veces –se defendió ella–. Les dije que necesitaba estar sola un tiempo. Tengo que acostumbrarme a la idea y no quiero que June y Richard estén pendientes de mí. Además, estarán avergonzados... todos esos regalos, el banquete, los invitados presenciando mi mortificación cuando no apareció el novio... Nunca podré compensar a tus padres por todo lo que han hecho por mí.
–Tú no has hecho nada malo, Katie. Y lo único que mis padres sienten ahora mismo es alivio porque no te has casado con ese canalla.
El vestido de novia se había deslizado por su hombro y Neil distinguió, bajo el sujetador de encaje, uno de sus pezones. No debería mirar, pero ¿cómo iba a evitarlo?
–¿Por qué hace tanto frío aquí?
–Cortaron la calefacción ayer. No pensaba volver porque los nuevos propietarios llegan mañana... –Katie se cubrió la cara con las manos–. Mi vida es un desastre. Casi toda mi ropa está en la nueva casa. La que Drew y yo íbamos a compartir después de la boda –añadió, con los ojos llenos de lágrimas–. El resto está en maletas, en el coche de Drew. A menos que su novia haya decidido arrebatármelas, junto con mi prometido.
–Mis fuentes no dicen que Drew haya subido al avión a punta de pistola –replicó Neil. Katie lo fulminó con la mirada–. Las cosas podrían estar peor. Podrías haber vendido la librería, como Drew quería. Podrías haber invertido el dinero en una de sus estafas.
–¿Cómo sabes eso?
Ellos no compartían confidencias. Solo veía a Neil en vacaciones o en los cumpleaños. Entraba y salía de su vida, sin hacerle ni caso. Katie lo toleraba simplemente. Su madre siempre buscaba disculpas para él, pero a ninguna de las dos le hizo gracia que no apareciese en su fiesta de compromiso.
–Como te he dicho, tengo mis fuentes –suspiró Neil. No quería decirle que fue su madre quien le pidió que investigase al tipo. Drew Hastings no tenía antecedentes, pero eso no significaba que fuera trigo limpio.
–Yo nunca vendería la librería. Ni por Drew ni por nadie.
Era cierto. Había comprado la librería con el dinero del seguro de vida de su madre. Y durante dos años trabajó en ella siete días a la semana para no perder un solo cliente.
El trabajo dio su fruto. Cinco años después compró el edificio entero e instaló una pequeña cafetería junto a sus queridos libros, donde famosos autores acudían para firmar ejemplares.
Y entonces Drew Hastings apareció en su vida. Había sido amor a primera vista y seis meses después estaban prometidos. Todos sus sueños se habían hecho realidad. Por fin tendría su propia familia.
O eso pensó.
–¿Estás bien? –le preguntó Neil.
Katie estaba decidida a no llorar más.
–Mira, sé que tengo que darle las gracias a mucha gente, pero... en este momento no quiero ver a nadie.
–Tienes que ir a casa, Katie –dijo él en voz baja.
Era el tono que usaba con los niños que sufrían abusos, el que usaba cuando se llevaban a sus padres esposados. Por mucho que lo intentase, el dolor de esos niños siempre le llegaba al corazón.
Katie negó con la cabeza.
–Tu madre estaría todo el día pendiente de mí. Me llevaría a tomar el té, a comer con sus amigas... sencillamente, no puedo hacerlo.
–¿No puedes quedarte en casa de alguna amiga?
–Eso sería peor. Intentarían presentarme a alguien y, en este momento, es lo último que me apetece.
–No puedes quedarte aquí, Katie.
–Puedo ir a un hotel.
–Mala idea.
–¿Tienes alguna mejor?
Neil dejó escapar un suspiro. Estaba trabajando en un caso de violación que se había convertido en algo personal cuando la última víctima resultó ser una anciana. No le gustaba involucrarse emocionalmente en los casos porque eso nublaba su juicio, pero a veces...
Su compañero y él consiguieron detener al violador la noche anterior y habían estado interrogándolo hasta las cinco de la mañana. Cuando volvió a casa, al amanecer, iba dispuesto a dormir doce horas, pero su madre lo llamó para hablar de Katie.
–Ven a casa –dijo, conteniendo un bostezo.
Lo había dicho sin pensar. La fatiga, probablemente. Lo último que necesitaba en su vida era una mujer con el corazón roto, una que se le metía en la piel, además. Pero sabía que Katie se moriría antes de pedirle ayuda a nadie.
–¿A tu casa? ¿Estás loco? –exclamó ella.
Debía estarlo.
–¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo mi casa?
–No lo sé. No me has invitado nunca.
–Pues te invito ahora. Mira, no tengo ganas de discutir –dijo Neil entonces–. Mi madre me ha pedido que te lleve a casa, así que o vas allí o te vienes a la mía.
–¿Por qué no me dejan vivir tranquila?
Parecía tan triste que Neil se regañó a sí mismo. Katie acababa de perder a su prometido, que la había dejado plantada ante el altar delante de cientos de invitados. Era lógico que estuviese destrozada.
Por fin, tomó su mano. Era una mano muy pequeña. Sin embargo, su fuerza lo sorprendía. Seguía recordando el día que sus padres le informaron que iría a vivir a su casa. Sabía que no había sido fácil para Katie, pero allí estaba, con la cabeza bien levantada, como si estuviera haciéndole un favor a la familia por irse a vivir con ellos.
June y Richard Logan no lo pensaron dos veces. La madre de Katie, que había trabajado en la casa durante más de una década, salvó la vida de Neil cuando, a los tres años, estuvo a punto de ahogarse en la piscina. Que lo sacara del agua a toda prisa, a pesar de no saber nadar, y le hiciera la respiración boca a boca salvó su vida.
Sus padres nunca olvidaron aquello. Cuando Sara Jones dio a luz sin estar casada, no solo le ofrecieron ayuda económica, también quisieron ser los padrinos de la niña.
Y, casi treinta años después, Neil tenía que razonar con ella.
–No estás sola, Katie. Hay gente a la que le importas mucho.
Ella miró su mano, tan fuerte, tan morena. Neil Logan nunca le había mostrado cariño y se sentía incómoda. Pero, al mismo tiempo, experimentaba una extraña sensación, se sentía protegida. Y algo más. ¿Era lo que la gente llamaba magnetismo sexual? ¿Lo que atraía a tantas mujeres?
Confusa, apartó la mano.
–Toma una decisión, enana. ¿Dónde quieres ir?
Katie estaba dándole vueltas a la cabeza, pero no tenía muchas opciones.
–Tú y yo bajo el mismo techo no aguantaríamos ni veinticuatro horas.
Neil sospechaba que tenía razón.
–Estás en un apuro y yo te ofrezco mi ayuda. Así de sencillo.
–Pero seré un estorbo. ¿Y si decides invitar a alguna chica?
–Intentaré ser discreto si tú prometes no ser desagradable.
–No me hace ninguna gracia ese comentario.
–¿Lo ves? Ya empezamos. Vístete y vámonos de aquí. Podemos pelearnos por el camino. Te va a encantar Bruno, por cierto.
–¿Bruno? ¿Vives con un matón italiano?
–No, es mi perro. Le encantan las mujeres y el queso –sonrió Neil–. Venga, vámonos.
–Pero...
–Mira, Katie, yo tengo una vida y no pienso pasarla viéndote llorar.
–Pero no tengo ropa.
–¿No tienes nada?
–Solo esto –contestó ella, señalando el vestido de novia–. Ni ropa, ni dinero, ni nada.
–¿Cómo pagaste al taxista al salir de la iglesia?
–No le pagué. Cuando le conté lo que me había pasado no quiso cobrarme.
–¿Y no tienes un abrigo o una chaqueta por ahí?
–Nada, ni siquiera una toalla.
Neil miró el vestido de novia, pasándose una mano por el pelo.
–Ponte el vestido y vámonos de aquí. Tengo que dormir un rato.
–Sí, genial –exclamó ella, levantándose. Había olvidado que estaba en ropa interior–. Genial, lo que me faltaba. Que todos los vecinos me vean salir de aquí vestida de novia.
Neil no podía hablar. Estaba demasiado ocupado mirando. Su cuerpo reaccionó inmediatamente. Desde luego, la pequeña Katie era lo más bonito que había visto nunca. Y la habitación, que estaba helada un momento antes, pareció incendiarse.
–¿Neil? –lo llamó ella mientras intentaba encontrar la cremallera del vestido.
–¿Eh?
Le había salido la voz estrangulada. Katie volvió la cabeza y se puso colorada al ver cómo la estaba mirando.
Le parecía más grande que nunca. Como cuando tenía trece años y se creía locamente enamorada de él. Se dio cuenta entonces de que estaba conteniendo el aliento.
Aquello no podía ser, no podía ser. Neil era casi un hermano para ella y, además, supuestamente estaba enamorada de otro hombre. Sin duda seguía sintiéndose herida por el rechazo. Era la única excusa para aquellos sentimientos... para aquella ridícula excitación.
Pero debía olvidarse del asunto. A Neil le gustaban las mujeres, evidentemente. El único problema era que no podía comprometerse con nadie.
–¿Puedes ayudarme con el vestido?
–Ah, sí. Claro.
