Un amor como pocos - Leónidas Lamborghini - E-Book

Un amor como pocos E-Book

Leónidas Lamborghini

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Beschreibung

Publicada por primera vez por Alfaguara en 1993, agotada e inhallable desde entonces, esta primera novela del poeta Leónidas Lamborghini nos ofrece una entrañable historia de amor ("escrita luego de la lectura de Dafnis y Cloé") entre el Ovejerito y Clotilde. La novela (que en esta reedición cuenta con un trabajo de Carlos Gorriarena en la tapa) tiene el encanto de una fábula pastoril y el particular relato de la iniciación sexual del Ovejerito, que será evocada por Longro, sexagenario escritor, quien a su vez revelará el propio despertar sexual a partir de aquella historia y considerará a la escritura también como una actividad de este orden. Lamborghini despliega con maestría inigualable no sólo la multiplicidad de sus temas con locas variaciones, sino también una poética del poema, la reescritura, el ritmo, la mezcla, la distorsión y la risa.

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Seitenzahl: 100

Veröffentlichungsjahr: 2020

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© Editores Argentinos

[email protected]

www.eeaa.com.ar

 

© Herederos de Leónidas Lamborghini, 2013.

Primera edición eBook, Abril 2016

ISBN 9788869341496

© Bibliotheka Edizioni

Via Val d’Aosta 18, 00141 Roma

tel: +39 06.97998700

[email protected]

www.bibliotheka.it

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial.

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Editores Argentinos

Imagen de tapa: Carlos Gorriarena, Sobre la condición (detalle), acrílico sobre tela, 144 x 144 cm, 2004 (obra reproducida con la autorización de los herederos del autor).

Índice de contenido
Colofón
Frontispicio
el Autor
Dedicación
Proemio
Libro Primero
Libro Segundo
Libro Tercero
Libro Cuarto

LEÓNIDAS LAMBORGHINI

Un amor como pocos

Narrativa Argentina

Leónidas Lamborghini

(Buenos Aires 1927-2009)

Publicó Saboteador arrepentido (1955), Al público (1957), Las patas en las fuentes (1965), La estatua de la libertad (1967), La canción de Buenos Aires (1968), El solicitante descolocado (1971), Partitas (1972), El Riseñor (1975), Episodios (1980), Circus (1986), Verme y 11 reescrituras de Discépolo (1988), Odiseo confinado (Premio Boris Vian, 1992), Un amor como pocos (novela, 1993) Tragedias y parodias I (1994), Comedieta (1995), Las reescrituras (1996), La experienciade la vida (novela, 1996), Perón en Caracas (poema dramático, 1999), El jardín de los poetas (1999), Personaje en penehouse y otros grotescos (1999), Carroña última forma (2001), Mirad hacia Domsaar (2003), Trento (novela, 2003), La risa canalla (2004), Encontrados en la basura.»

A María Angélica

Proemio

Ésta es la historia de un amor patagónico. El idilio entre Clotilde y el Ovejerito. Clotilde trabajaba en el quilombo de Agonia, pequeña ciudad lanar más o menos ignota de aquella más o menos no ignota región. El Ovejerito era un pastorcillo adolescente que cuidaba su hato de ovejas, las que gustaban mucho besarlo. Y él a ellas. Simétricamente. Ambos, Clotilde y el Ovejerito eran asaz competentes en sus respectivas actividades, en las que habían demostrado una capacidad profesional fuera del común pese a su joven edad. Los dos alboreaban los 17 años. Los dos eran atrozmente bellos. Clotilde vivía en el quilombo donde ocupaba un descascarado pero elegante cuartito. El Ovejerito, en una salvaje pero cómoda, confortable, cueva en las afueras del poblado. Pero existían también ciertas asimetrías que no deben dejar de tenerse en cuenta. Ella provenía de la capital del Reino; él, era oriundo del lugar. El era virgen; ella no. Había dejado de serlo hacía una década. El Ovejerito no había pasado más allá del beso; Clotilde, estaba mucho más allá. Este relato se inspira y tiene su fuente en unas cartas de Clotilde. Clotilde murió hace ya tiempo. En cuanto al Ovejerito sólo yo sé dónde se encuentra. Pero por ahora prefiero no revelarlo.

Las ovejas besaban al Ovejerito y él con igual y simétrica devoción, como queda señalado, devolvía sus besos. Así se había ido anudando entre el pastorcillo y las integrantes de su rebaño esa casta relación. En la Patagonia todo es un gran misterio. En realidad, se trata de tres misterios en uno: el misterio del viento, el misterio del vacío y el misterio de las ovejas. Viento que no deja de soplar. Vacío imposible de llenar. Ovejas que siempre quieren besar. De todas las sirvientas que pasaron por mi casa, Clotilde fue la más amada por mí. Clotilde me contaba estas cosas aunque sin relatarme del todo su historia con el Ovejerito. Años después leyendo y releyendo sus cartas pude completarla. Clotilde me contaba que en aquel establecimiento ella había obtenido un señalado suceso recurriendo al artificio de una atractiva piel ovina, negra, puro merino. Yo la escuchaba maravillado aunque, niño aún, debo confesarlo, no entendía muy bien de qué se trataba. Pero ya es sabido cómo el misterio atrae el interés de los niños acreciendo el encanto de los sortilegios que forman parte del mundo en que viven. Ahora, estoy en condiciones de adelantarles que aquella piel ovina fue una pieza clave en la relación amorosa que unió en un momento mágico estas dos vidas. Me atrevo a asegurarles también que por éste y otros detalles no menos singulares, el amor de Clotilde y el Ovejerito fue un amor como pocos. Respecto a este libro, que de esta historia se ocupa, ha sido concebido y realizado en partes, a la manera de otro libro del cual es su reencarnación (o canto paralelo) en el tiempo. En cuanto a lo que se narra en sus páginas, a las peripecias de ese amor, a la plenitud y felicidad alcanzados en ese ápice por sus protagonistas –dos hijos del destino–, no admitáis duda alguna: sería un ultraje a la memoria de Clotilde.

Libro Primero

Al principio, Clotilde recibía al Ovejerito en el quilombo como a un cliente más. La naturaleza de su quehacer, y por qué no admitirlo, la rutina, no le permitían fijar su atención más de la cuenta en ningún cliente en particular fuera de lo acostumbrado y aceptado en el ejercicio de su profesión. Clotilde profesaba con cada cliente parejamente por igual. Pero Cupido reina en todas partes y a ningún amante amar perdona o libra de sus saetas. Y Clotilde fue asaeteada por la curiosidad primero y luego por la pasión amorosa. Clotilde cuenta en sus cartas que tras despertar su curiosidad, curiosidad jocosa, el Ovejerito se convirtió para ella en una morbosa obsesión erótica. Tanto, como para despertarle también y despertarla del sopor de su quizás, en demasía, profesionalizada libido. Diose cuenta, así, como toda criatura humana enamorada o en trance de estarlo, pendiente del menor de los caprichos del sujeto amado, que el Ovejerito gustaba muy especialmente de ella cuando, a su pedido, cubría parte de sus desnudeces –dejando bien al descubierto sus pechos y sus nalgas– con una piel de oveja negra puro merino de su variada colección. Había empezado por observar (ésa fue la precisa observación inicial) que al pastorcillo se le iban los ojos al verla colgada entre las demás, en su ropero. Y fue entonces cuando, adivinando esos deseos fetichinescos del muchachito (Clotilde poseía el don de la adivinación desde muy pequeña), tomó la iniciativa de cubrirse con ella en varios de sus encuentros profesionales con el Ovejerito. Tendida en la cama, pasifaesesca, lo atraía a sus brazos. El Ovejerito, hecho un torito, rápido, no se hacía esperar y sin sacarse las alpargatas de soga, ni las bombachas batarazas, ni la camisa de grueso tartán (no usaba calzoncillos) se le tiraba encima y la cubría de besos: a la piel de oveja y a ella misma. Clotilde, ya en el umbral del enamoramiento, se divertía. Las cosas ocurrían así: el pastorcillo caía sobre Clotilde, hundía su nariz en los negros y lustrosos bucles de la lana merino y como encendido o excitado por algún poderoso estimulante cubría enseguida con pasionales besos a Clotilde. Un beso y otros mil y otros quinientos en catulonesca calentura. Y otros quinientos y otros mil más: no sería exageración asegurar que no quedaba la más minúscula parcela de la epidermis de Clotilde sin recibirlos. El Ovejerito besaba en “trompa” o “piquito” como sus ovejas, cosa que hacía reír a Clotilde de una manera muy especial; su garganta emitía una suerte de gorjeo de felicidad. ¡Besos y sólo eso! El Ovejerito pagaba satisfecho y cuando todavía continuaba el gorjeo de Clotilde, presuroso, se retiraba. Los abismos entre el mundo imaginario y el mundo real no son tan profundos. La visión puede convertirse en una amable o una espantosa realidad. Las ideas son precursoras de los hechos. Hay más posibilidad de que algo que se piensa sea, que un acontecimiento lo esté siendo. El Ovejerito se retiraba muy contento del quilombo y regresaba a la cueva. Allí lo aguardaban sus ovejas. Lo recibían a besos. Pero en esas ocasiones, sabiendo de donde venía, sus besos eran en verdad un tanto menos vehementes. ¿Celaban al Ovejerito? ¿Tenían celos de Clotilde? Conocemos tan imperfectamente el psiquismo animal que no sería serio afirmarlo o negarlo. O tan siquiera esbozar alguna teoría u opinión.

Pero lo que constituía una certeza, lo que estaba fuera de duda, era que Clotilde habíase ido prendando del muchachito y que al sólo verlo bullía su sangre. Cupido había hecho centro en su corazón. Ahora, ella se daba perfecta cuenta de la belleza del Ovejerito, la razonaba hasta quedarse, por instantes, sin razón: cegada. En algunas de sus cartas escritas en algún paréntesis en que la química del amor dejaba en calma, aquietado, el lago de su corazón, decía con una dosis de locura poética aceptable que el Ovejerito “era bello como un sol”; que su tez le recordaba las aceitunas verdes de las que ella era golosa; que sus cabellos renegridos cayendo por sobre su frente en desordenados rulos o tirabuzones eran como resortes de su pasión; que el celeste purísimo de sus ojos le hacía creer en la dicha celestial y le recordaba el manto de la Virgen María tachonado de estrellas, de la que ella era devotísima. Ya en otro registro esbozaba la idea, en otras cartas, de que es precisamente esa belleza inadvertida que ella notó en el Ovejerito, esa belleza capaz de convivir y sobrevivir anónima en la mezcolanza más absurda o burda, esa clase de belleza es la que sostiene al mundo. ¿Quién era o fue, en realidad, Clotilde? Aún hoy me lo pregunto. Aún hoy no he podido meterme del todo en su personaje. ¿Quién sos o fuiste?