Un billete de ida - Didier van Cauwelaert - E-Book

Un billete de ida E-Book

Didier van Cauwelaert

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Aziz es un joven francés huérfano de padres desde muy niño tras un accidente de tráfico, criado por los gitanos en el extrarradio de Marsella. Adoptado por la tribu, pasa allí sin demasiados agobios su existencia subsistiendo a base de hurtos y delitos de poca monta como marroquí provisional con permiso de residencia, lo máximo que ha querido pagar por unos papeles falsos. Detenido en una redada, se ve sometido a una orden de repatriación. Se inicia entonces una divertida peripecia con el desnortado "agregado humanitario" encargado de reinsertarlo en su "país de origen". A través de Marruecos y del Atlas africano se irá anudando una relación entrañable y peculiar que marcará a la postre el destino de ambos.

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Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Didier van Cauwelaert

Un billete de ida

Traducción de Esther Benítez

Índice

Un billete de ida

Créditos

 

Empecé en la vida como niño encontrado por error. Robado con el coche, en realidad. Yo estaba aparcado en un paso de peatones, y durante los años siguientes, cuando me dejaba algo en el plato, Mamita decía que la grúa iba a venir a buscarme. Entonces yo engullía demasiado aprisa y luego lo devolvía todo, pero en cierto sentido era mejor así; con eso me evitaba ganar peso. Era un adoptado, y no me salía del tiesto.

Entre los gitanos, los niños son sagrados. Deben estar lo más gordos posible, cuestión de prestigio; son los reyes de cero a cuatro años. Después, se las apañan. Pero yo me las apañé sin haber sido rey: no me tiraba de tan alto, me pegaba a las paredes, no decía ni mu, era el más flaco. A fuerza de hacerse olvidar, uno lo consigue.

Con frecuencia, de noche, la grúa del depósito municipal venía a coger mi coche mal aparcado para llevárselo al desguace y me trituraba entre la chapa. Afortunadamente, en la caravana de Mamita siempre había un rey que berreaba; eso interrumpía el sueño en el momento en que yo aún estaba vivo, y podía volver a dormirme. Sabía que estaba seguro, bien calentito en medio de aquellos niños gordos cargados de cadenas y medallas que tintineaban en la oscuridad. Y lo valoraba mucho más porque mi suerte, me lo repetían todo el tiempo, se había decidido por un voto en el consejo de ancianos. El del viejo Vasile, el romaní que me había robado sin verme, dormido en mi capazo en el asiento de atrás, entre las compras de Navidad. Había puesto todo su peso en la balanza, frente a los calés que pretendían devolverme. Como no había papeles en la guantera, pensaba que yo era una señal del cielo. No le llevaron la contraria porque era ya muy viejo, por aquel entonces, y según nuestras costumbres los chochos son los que tienen la sabiduría.

El coche era un Ami 6 de raza Citroën, conque me pusieron Ami Six, en recuerdo. Son mis orígenes, qué le vamos a hacer. Con el tiempo, para acabar antes, se convirtió en Aziz. Mamita, que nació romaní en Rumania, donde los nazis la esterilizaron, siempre dijo que fue una mala idea abreviarme así, porque, de pequeño, yo tenía un tipo muy francés (según ella, los nombres destiñen sobre las personas). A mí me da igual. Me gusta ser árabe, porque somos muchos y me dejan en paz. Desde que me las apaño con los radiocasetes de coche, y necesité papeles por si acaso me echaban el guante, tengo también un apellido: Kemal. No sé de dónde habrá salido. Quizás ese año le tocaba a la K.

A veces pensaba en mis padres del principio, que debieron de presentar una denuncia y esperar la petición de rescate sin perder nunca la esperanza, mientras no encontrasen mi cuerpo. Un día, me decía, pondría un anuncio por palabras en Le Provençal: «Niño robado por Navidad dentro de un Ami 6 busca a sus padres. Escribid a Aziz Kemal, furgoneta Renault azul frente a la pizzería Volkswagen Chez Vasile, barrio Vallon-Fleuri, Marsella Norte». Pero siempre lo dejaba para más adelante. Cuando uno ha logrado que casi lo acepte una familia, no es muy partidario de intentar la jugada por segunda vez. Prefería seguir en la duda y conservar el sueño. Como ignoraba de dónde venía, me encantaba estar aquí.

Con frecuencia me imaginaba que era hijo de un delantero del Olympique de Marsella, a quien el dueño de su taller había prestado un Ami 6 mientras le revisaban el Mercedes. Otras veces, era el heredero de los Jabones de Marsella. O el más pequeño de una familia de descargadores del puerto, con un paro a repartir entre doce. Los días de lluvia, me limitaba a decirme que habían encargado otro niño en mi lugar.

Y después, a los dieciocho años, me dijeron la verdad. Otra verdad, más dura o más simple, no lo sé. El viejo Vasile no había robado mi Ami 6; chocó contra él, con el Volkswagen de la pizzería ambulante, mientras el Ami adelantaba en prohibido en la curva de la Frioune. Padres muertos en el acto. Me había sacado de entre los restos antes de que explotaran, y ya está: la continuación la sabía. Vasile nunca se había recuperado; no volvió a tocar un volante ni a encender el horno, y por eso yo siempre había conocido su Volkswagen Combi sobre calzos, cubierto de hiedra, con una Virgen en el horno de cocer las pizzas.

Al principio me emocionó cantidad que todo el barrio hubiera representado una comedia, tanto tiempo, para evitarme una pena –y me mosqueó un poco, también–. Me puse mi camiseta más guapa y me fui muy digno a agradecerle a Vasile haberme salvado la vida y no atropellarme. Sacó un dedo todo arrugado de la manta, y pronunció con voz cavernosa, con los ojos perdidos en el vacío:

–Engendrado y no creado, de la misma naturaleza que el Padre, y por Él todo ha sido hecho.

Debía de ser una adivinanza, y no supe responder. Pero él estaba ya chocho del todo, sólo lo sacaban en las fiestas, y a lo mejor no había respuesta.

Me dio pena por mis padres, claro. Aunque es difícil llorar sin conocer. Y luego me consolé diciéndome que al menos no habían sufrido por mi ausencia. En los meses siguientes, lo que eché de menos, qué gracia, era el anuncio que les escribía en mi cabeza a menudo antes de dormirme, embelleciéndolo, mejorándolo, puliéndolo cada vez más. El anuncio que hubiera guardado siempre en el corazón para dictarlo un día, caso de que... No venía a cuento, ahora. Yo era huérfano de una frase.

Pero, bueno, la vida continuaba. Me encontraba, pues, en Marsella como marroquí provisional, con permiso de residencia pagadero a cada renovación. Puestos a falsificar, bien habrían podido darme la nacionalidad francesa, creo yo, aunque es cierto que no quise pagar lo que pedían. Yo tengo mis principios. El dinero que gano con mis radiocasetes lo entrego en el barrio: sirve para pagar mi infancia, no para engordar a los falsificadores de la calle Panier, en el centro. De todos modos, una raza, para mí, no se compra; es como el color de los ojos o el tiempo que hace, todas esas mandangas que te caen encima sin preguntarte tu opinión. Y, además, si el personal necesita un papel falso para darse cuenta de que soy francés, prefiero seguir siendo árabe. Tengo mi orgullo.

No; el único sitio donde me surge un conflicto es en el campo de fútbol. Allí, por una vez, me siento dividido. Cuando juego con los romanís de Vallon-Fleuri contra los moros de Rocher-Mirabeau tengo la impresión de estar traicionando. Y no sólo soy un traidor sino, al mismo tiempo, un usurpador: sé perfectamente que los gitanos no me consideran uno de los suyos. Un delantero centro payo puede marcar un gol contra su raza y será un buen delantero centro, pero seguirá siendo un payo. De modo que, al final, me hice árbitro.

En las trifulcas entre barrios, la cosa está mejor: por instinto me he alineado siempre del lado de mi familia adoptiva, aunque me duela zurrarles la badana a los de Rocher-Mirabeau. A un hermano de sangre, es normal, se le reconoce cuando sangra. Por eso suelo evitar pegarme, y me toman por un cobarde, pero no tiene la menor importancia mientras la chica a la que quiero no se avergüence de mí delante de los otros (y eso está descartado: uno se esconde).

Lila tiene diecinueve años, como yo. Nos conocimos de niños y ahora hemos de andarnos con ojo, por culpa de mis orígenes. Sus hermanos la destinan a un calé como ellos, uno de pura cepa, Rajko, especialista en Mercedes. Y entonces, cuando Lila y yo nos cruzamos por el barrio, buenos días o buenas tardes, y las miradas se desvían. Pero una vez a la semana ella pilla un cercanías, yo me hago con un scooter, y nos encontramos en la cala de Niolon, que es el sitio más guapo del mundo (en esa época, yo aún no había salido nunca de las Bouches-du-Rhône).

Como su madre, Lila ve la vida del personal en las manos. Todo lo que me ha dicho sobre mí es que mi raya es corta, pero continúa después de cruzarse con otra. Tiene el pelo negro, ojos ardientes, olor a tilo en junio y faldas rojas o azules hasta los tobillos, que vuelan cuando baila; pero no sigo porque, con todo lo que pasó después, me hace demasiado daño recordarla.

Cientos de veces me habló del país de donde viene y que nunca ha conocido, la India: me recitó las ceremonias, las vacas sagradas, las piras floridas donde tiran a la viuda cuando el muerto es de pura cepa (sin que yo la escuchara realmente). Escucho bastante poco, en la vida, salvo en la escuela, y ya no voy a la escuela. Pero desde el día en que hicimos el amor, yo con goma y ella de bruces, para respetarse antes de la boda –su boda–, todo eso ya no existió. Éramos libres y estábamos solos en el mundo y por fin me sentía en casa. Me había dicho «te amo» en su lengua; yo no tengo lengua aparte de la que hablo –no una lengua mía, quiero decir, secreta–, conque no dije nada, pero puse todo el corazón. Pensaba yo que después de su boda ya no habría necesidad de respetarnos, y podríamos amarnos mirándonos a los ojos.

Por la noche, en las veladas, cada cual recuerda sus orígenes, sus tradiciones, los países donde ha echado raíces, se queja del acero inoxidable que aniquiló la gloria de los kalderash, estañadores-caldereros de padres a hijos, enumera entre dos rasgueos de guitarra y tres solos de armónica las persecuciones, los pogromos y los bandos municipales que lo han arrojado, viajero en la cabeza y con la caravana sobre ladrillos, a Vallon-Fleuri, Bouches-du-Rhône. Yo estoy allí y me callo. Asiento por respeto; tengo la cabeza en otro sitio. No me gusta saber de dónde vienen los otros. Está bien no tener historia, aparte del Ami 6, pero me duele ser el único.

De forma que fui feliz cuando iba a la escuela. La felicidad era aprender. Me inventaba otra familia, sólo mía, con los muertos y las cifras que podía cambiar de orden como se me antojara, sumar, combinar, restar, y todo el mundo me entendía. En la pizarra, cuando recitaba las batallas y los ríos, me escuchaban como si se tratase de mi propia historia. Los millones de muertos, las inundaciones y el odio de los hombres se transformaban en buenas notas. La más hermosa de las recompensas, para mí, era aprender el relieve y el clima de un país, y no sólo porque uno venga de él, sino simplemente porque existe. Y era sólo el comienzo: me quedaba la tira de cosas por conocer, tendría para toda la vida.

Pero hube de abandonar la escuela a mitad de sexto, porque en Vallon-Fleuri las bocas inútiles no están bien vistas. A los cinco años uno es «ojalador», vigía a pie; a los siete afana los primeros bolsos; a los once se convierte en «queón», vigía en ciclomotor, y abandona la escuela. Así es la vida.

El señor Giraudy, el profesor de geografía, dijo que le daba pena que me marchase; y eso que no habíamos hablado mucho entre nosotros, aparte de las clases; pero hablar me fastidia, nunca consigo realmente enganchar las palabras (es como los peces que se retuercen cuando los pescas; es mucho más bonito verlos nadar). El señor Giraudy me dijo que la vida estaba mal hecha, y debía de saberlo: tenía cincuenta años. Además, según él, en otros barrios de Marsella había colegios normales, sin grafiteros y sin droga y sin violaciones y sin robos, y yo me merecía algo mejor, porque tenía ganas de aprender. Tenía una pinta muy triste, yo nunca había visto a alguien tan triste, y yo me decía que quizás fuera mejor dejar la escuela si ponía tan triste.

Me deseó buena suerte y me regaló un libro increíble, un atlas de tres kilos que se llamaba Leyendas del mundo. No dije nada por no llorar, porque me habían repetido: «Los árabes son orgullosos», y entonces pensé: «Que el Profeta esté siempre en tu camino»; no era religión de veras, eran cosas oídas, pero lo pensaba de corazón.

El día en que levanté mi primer radiocasete, un Grundig, se lo mandé por correo, un regalo de agradecimiento, con una frase: «De parte de Aziz, 6.º B, por su amabilidad». Me había hecho la promesa de que más tarde, cuando tuviera edad de conducir, le robaría un coche a juego, porque siempre lo había visto en autobús, al señor Giraudy, y luego se me olvidó, y luego ya no tuve tiempo, a causa de la aventura que se me vino encima.

Alrededor del fuego, por las noches, mientras los otros hablaban de Rumania y Turquía y del norte de la India, todos los lugares de donde los habían expulsado, yo me aprendía de memoria las leyendas del mundo, especialmente las de Arabia, ya que ése era mi tipo, y como no estaba seguro del país de donde venía, más valía aprender sus sueños que la realidad de todos los días tal y como la encontraba en las páginas de Le Provençal con las que embalaba mis radiocasetes para venderlos.

Y observaba de reojo, entre las llamas que consumían las cajas de fruta, a Lila, que, sentada al lado de Rajko, su prometido, el especialista en Mercedes, que acompañaba a la guitarra el relato de las persecuciones, evitaba mi mirada. Yo acompañaba mis penas contándome la historia de los amantes de Imilchil: un Aït Brahim locamente enamorado de una Aït Yazza, la tribu enemiga (de sus lágrimas nacieron el lago Isli, lago del Novio, y el lago Tislit, lago de la Novia, página 143 de mi atlas, donde sus familias los ahogaron por separado para evitar su casamiento desigual).

Una tarde de julio, en las rocas de la cala, después de hacer el amor, evoqué en voz baja a Aït Brahim al oído de Lila. Creyó que le hablaba de un colega de los barrios moros y se tiró al agua a buscar erizos.

Cuando bajo a la parte francesa de Marsella para ir a echar una ojeada a los nuevos radiocasetes y controlar los precios, veo las familias de los otros jóvenes y a veces me dan ganas de estar en su lugar. Pero se me pasa. Al cariño que echo un poco de menos en Vallon-Fleuri, lo sustituye la fraternidad de la acción. En eso formo realmente parte del clan: tengo una sonrisa atractiva, manos ágiles y corro a toda pastilla.

Una de nuestras especialidades es el asalto a la italiana (que los italianos llaman asalto a la gitana, pero ellos son minoritarios). Pasamos en ciclomotor, pinchamos una rueda en el semáforo rojo, ayudamos a cambiar la rueda y nos largamos con el coche. La policía, por lo demás, aconseja no detenerse en los semáforos al personal que no tiene otro remedio que cruzar por nuestros barrios. Bien pensado, pero a los que no se paran les embestimos. Salen con su parte amistoso y les apuntamos con un fusco: es una variante, el asalto a la belga. Nos llevamos el coche al barrio, y lo despanzurramos por equipos: el de las piezas del motor, el de las ruedas, el de los faros, el de los accesorios y el de los radiocasetes –yo–. Nos hacemos sobre todo Mercedes y, para no complicarse la vida con las existencias, un tipo como Rajko, por ejemplo, sólo trabaja por encargo. Le decís: «Rajko, necesito una junta de culata del 500 SL», y al día siguiente la tenéis.

Cuando no queda más que el chasis, lo remolcamos hasta la avenida de salida del barrio, para que los servicios municipales nos lo quiten de encima, porque si no los restos se amontonan. Nosotros no nos dedicamos al desguace.

Vallon-Fleuri es nuestro orgullo: hasta hemos plantado flores, para que vayan con el nombre, «valle florido» (así que Mamita tenía razón: con el tiempo, el nombre destiñe sobre la cosa).

También, como Aziz Kemal, tuve a los quince años mi etapa musulmana. Pero lo dejé enseguida: me gustaba demasiado la boca de Lila para quererle poner un velo. Le devolví su Corán a Said, el guarda del barrio de los Ducs, un campeón que conseguía desde hacía un año, con su bate de béisbol, impedir que los camellos entraran en los edificios, y seguí siendo hincha del Olympique.

En Vallon-Fleuri la vida es tranquila y las redadas son raras. Hay que reconocer que si a un policía se le metiera en la cabeza la idea de hacer controles de identidad en los barrios del norte, primero lo acompañarían inmediatamente a la frontera, y después el prefecto le echaría una bronca, porque la medida que éste ha tomado para disminuir la criminalidad es decidir que no existimos. Oficialmente, Marsella Norte se ha convertido en un desierto. Nuestros barrios no vienen en los planos; quedan unos treinta policías titulares para doscientos mil inexistentes, y de pronto nos hemos puesto a protegerlos, como a una especie en vías de extinción.

No es por nada, pero creo que el prefecto, a su estilo, es bastante espabilado: si le caneas a un policía, sabes muy bien que sus jefes no transmitirán nunca la denuncia a un tribunal, a causa de las estadísticas, y entonces te da lástima y, en vez de canearle, te las apañas para montártelo de cierta autodisciplina. Sabiendo que la Brigada de Vigilancia del Sector hace sus rondas en dos equipos de cinco coches, uno desde las doce hasta las diecinueve y otro desde las diecinueve hasta las cuatro de la madrugada, te las apañas para trabajar entre las cuatro y las doce, cuando duermen, y todos tan contentos. Para agradecernos nuestra delicadeza, nos han instalado además un MIN, Mercado de Interés Nacional, adonde vamos a servirnos gratis con nuestros carritos, lo cual nos evita choricear en Leclerc y Casino, reservados para los viejecitos de la zona, que no tienen más remedio que pasar por la caja. A los viejecitos de la zona los respetamos. Sobre todo porque en general hace decenas de años que son dueños de sus pisos, que con nuestra vecindad han perdido tres cuartas partes de su valor.

No; en conjunto, Marsella Norte funciona bastante bien. Y hasta tenemos atracciones de París que pasan por aquí. Comisiones de estudio que proponen soluciones para mejorar nuestra calidad de vida. En cuestión de sol, el año pasado nos mejoraron cantidad en Vallon-Fleuri: desmocharon las viejas torres del barrio de al lado, como si la delincuencia viniera de un número de pisos demasiado grande. En ese plano nosotros no corremos peligro: los gitanos, hasta los adoptivos como yo, no soportan la vertical. No podríamos vivir en una torre. Ni en bloques, por lo demás. Son como torres, pero a lo largo, y tampoco debe de ser muy bueno para la delincuencia; en cuanto un piso queda libre en un bloque, la oficina de las Viviendas Protegidas lo tapia en lugar de alquilarlo otra vez. Resulta menos caro que arreglarlo, supongo.

El día en que la Comisión vino a Vallon-Fleuri todo funcionó de la leche. Fuimos amables, los invitamos a anisete para que se les pasara el trauma, porque venían de los comoranos de la Basse-Robière, donde les habían tirado una nevera por la ventana. Un poco de música, jazz gitano, flamenco, Gipsy Kings, y los nervios se relajaron. Los de la Comisión nos dieron las gracias por el recibimiento. Se llevaron los cestos que los churumbeles les enseñaban, creyendo que eran regalos. Después, declararon en el telediario que los «bohemios» se sentían poco integrados en sus caravanas, y que todas sus dificultades venían de ahí. No entendieron nada, claro. Donde estaba el caserío en ruinas que utilizábamos como taller mecánico nos construyeron unas viviendas unifamiliares.

Estábamos encantados. Les dejamos construir, sin robar el cemento del tajo, porque era para nosotros y nos corría prisa que terminaran. Después de los últimos retoques, regresaron con el prefecto, la tele y el señor de la constructora, para entregarnos oficialmente las llaves: ya no había cerraduras. Tampoco había puertas, por lo demás, ni ventanas, ni fregaderos, ni cagaderos; lo habíamos desmontado todo para revenderlo al menudeo. Quedaban las tejas, que guardábamos para el invierno: los precios serían más altos. Al señor de la constructora se le puso careto de fiambre, despidió a los de la tele, y el prefecto no sabía dónde meterse. Pero estábamos contentos con las casitas, de todas formas, no vayáis a creer: eran bonitas, vistas desde la ventana de las caravanas. Hacían muy medioambiente, decíamos para halagarlos. Repetimos nuestras felicitaciones y, por favor, pasen al bufé.

No bebieron nada en el vino de honor que les habíamos preparado, con productos de los suyos, guindados especialmente en su honor en la tienda de Fauchon, en el aeropuerto de Marignane. Nos quedamos como canelos después de su marcha, con toneladas de huevos en gelatina y de quiches de salmón. Nos forzamos a comer, pero estábamos decepcionados.

Pignol vino para que firmáramos la denuncia, como si fuéramos nuestras propias víctimas. Nos ayudó a terminar el bufé.