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Escribir sobre Antonio Caballero Holguín es un reto porque junto a su prosa la escritura propia palidece. Y no me refiero al contenido. Al margen de su visión del mundo y de su opinión, con la que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, su estilo es impecable. Su ritmo, magistral. Es elegante, no abusa del lenguaje ni pretende hacer notar su erudición con frases rimbombantes o cursis. Y aunque su mensaje, siempre crítico y profundo, pueda chocar a unos y regocijar a otros, es claro que el verdadero valor del arte está en su capacidad de generar reflexión, cuestionamiento, reacción. Y Antonio tocaba a todos los que le leían.
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Seitenzahl: 160
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© 2022, Editorial Escarabajo S.A.S.
Calle 87A No. 12 – 08 Ap. 501
Bogotá, Colombia.
www.escarabajoeditorial.com
© 2022, Revista Fusión Latina
Madrid, España
Director del proyecto: Eduardo Bechara Navratilova
Editora general: Verónica Durán Castello
Asistente de edición: Mario Aguirre
Diseño de portada: Mario Aguirre
Asistente de diseño de portada: Manuela Córdoba
Diagramación y diseño del interior: Juliana Saray Ramírez
© De los textos: sus autores
© Foto de portada: Jorge Escobar Castello
ISBN: 978-958-53558-9-7
Queda hecho el depósito de ley.
Edición No. 32 en Colombia: Escarabajo Editorial S.A.S. - Revista Fusión Latina, 2022.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida de forma total o parcial, ni registrada o transmitida en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de los autores, autoras, revista o la editorial.
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Nació en 1945 en Bogotá, Colombia, y falleció en 2021 en la misma ciudad. Estudió en el Gimnasio Moderno y realizó un año de Derecho en la Universidad del Rosario. Posteriormente, se trasladó a París donde estudió en el Instituto de Ciencias Políticas y vivió las protestas de mayo de 1968.
A lo largo de su carrera, Caballero se desempeñó como caricaturista, traductor, locutor de radio, periodista y escritor en Francia, Inglaterra, España y Colombia. Trabajó en la edición en castellano de la revista The Economist y en el servicio en español de la BBC mientras residía en Londres. Hizo parte de la Agence France-Presse y fue colaborador del periódico español El País. En 1975 comenzó a trabajar en la revista española Cambio 16.
En Colombia fue jefe de redacción de la revista Alternativa hasta su cierre en 1980 y se desempeñó como caricaturista en el periódico El Tiempo con la serie Cartones. Como columnista escribió para El Espectador desde la década de los 80 y en Semana a partir de los 90 hasta 2020. En ese mismo año se unió al medio digital Los Danieles. Sus columnas de opinión fueron reconocidas tanto por la gama de sus temas como por la mirada crítica al abordar aspectos de la sociedad contemporánea.
Durante su trayectoria fue galardonado con el Premio Simón Bolívar (1994) por sus caricaturas con temáticas políticas y con el premio Periodismo Planeta (1999).
Algunas de sus publicaciones son Sin remedio (1ra edición en 1984, 2da edición en 1996), Reflexioné-Monos (1986), Toros, toreros y públicos (1992), A la sombra de la muerte (1994), Este país (1998), Y Occidente conquistó el mundo: entre el gran pavor del año 1000 y el gran terror del año 2000 (2000), Comer o no comer y otras notas de cocina (2014), El oficio de opinar (2016), Historia de Colombia y sus oligarquías (2018).
Nota de la editora (Verónica Durán Castello)
Nota de la editorial (Eduardo Bechara Navratilova)
Prólogos
La fe de Caballero (Piedad Bonnett)
Antonio Caballero y el sentido de la historia (Juan Esteban Constaín)
Caballero hasta el último día (Santiago Gamboa)
Habrá que acostumbrarse (Juan Gabriel Vásquez)
Migración
Volver a volver
La globalización
Expulsión humanitaria
Como una guerra
Desde Ulises a Simbad
El ejemplo de Malta
La legión extranjera
La tierra de Babel
Libre comercio
La prescripción
Comer lejos de casa
España
El nombre de España
Nuestra lengua, la pobre
El regreso de Dios
Comer cerdo
Allá y acá
Comer en español
Los premios
Europa
Babel
Le chic de los inmigrantes
Perdón a la francesa
Lo de Francia
Costumbres
América
De la libertad al miedo
El flautista de Hamelin
El traje nuevo del emperador
La narcogallina
Mercancía humana
La guerra perdida
Paquete chileno
Escribir sobre Antonio Caballero Holguín es un reto porque junto a su prosa la escritura propia palidece. Y no me refiero al contenido. Al margen de su visión del mundo y de su opinión, con la que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, su estilo es impecable. Su ritmo, magistral. Es elegante, no abusa del lenguaje ni pretende hacer notar su erudición con frases rimbombantes o cursis.
Y aunque su mensaje, siempre crítico y profundo, pueda chocar a unos y regocijar a otros, es claro que el verdadero valor del arte está en su capacidad de generar reflexión, cuestionamiento, reacción. Y Antonio tocaba a todos los que le leían.
Movía las emociones, cuestionaba verdades consideradas absolutas por unos y por otros. Su labor no consistía en tomar partido, sino en cuestionar, mirar más allá del bosque, mirar donde nadie mira y saber ver. Su rol era complejo porque normalmente no nos gusta que nos hagan ver más allá y nos incomoden con frases rotundas, cuestionen nuestra sociedad o a nuestros líderes. Pero él lo llevaba en las venas y no podía hacer otra cosa, habría significado traicionarse: Antonio era auténtico e irrepetible, fiel a sí mismo.
Podría, con su talento, haberse dedicado cómodamente a escribir novelas fáciles o ser crítico de arte, o ilustrar libros; hubiese sido más sencilla su existencia. Pero no, algo muy íntimo en su interior le marcaba su destino: señalar cómo era de trágica la historia de la humanidad, el abuso del poder, la hipocresía, el desconocimiento.
Era un visionario. Su inteligencia y su conocimiento de la historia y del pensamiento le permitían adelantarse a los acontecimientos, y recordarle al lector qué se estaba repitiendo, cuál personaje hacía de Judas, cuál interpretaba a Homero, cuál iba de redentor…
La historia se repite, Caballero lo tenía claro y esto lo convertía a ojos de los lectores en un pesimista… pero no, amaba la vida, creía en la amistad y en el amor, pero desconfiaba de la capacidad del ser humano de aprender de sus errores milenarios.
Distinguía las cortinas de humo y ponía el foco en la zona gris. Cosechó de esta forma tanto admiración como animadversión. Suscitó respeto y desprecio. Y esto significa que hizo bien su trabajo, esa compleja labor de no tragar entero e intentar poner nombre al lado oscuro del sistema, con aciertos y desaciertos: los más grandes generan controversia, no son complacientes ni neutros, son amados y odiados a la vez.
Este ha querido ser un homenaje a su arte, el de escritor y el de dibujante. Se han reunido 30 textos suyos que escribió a partir de 2006 y hasta el 2009 para la revista gratuita Fusión Latina y para la Asociación Fusionarte dirigida a los inmigrantes latinoamericanos en España. Hemos invitado a participar en este número especial a destacados escritores como Juan Esteban Constaín, Juan Gabriel Vásquez, Piedad Bonnett y Santiago Gamboa. Agradecemos de corazón su generosidad.
La participación de Antonio Caballero como columnista en esta revista muestra otra faceta suya: su permanente interés por los grandes temas de la humanidad como lo es la migración.
Su genialidad le llevó a escribir en algunos de los medios de comunicación más destacados del mundo (BBC, The Economist), de España (la revista española Cambio 16 y el diario español El País) y de Colombia (revista Semana, El Tiempo, El Espectador), e incluso a incursionar en medios digitales como Los Danieles donde escribió hasta el día de su muerte. Pero también quiso participar en otros medios más pequeños y que lo llevaron a escribir e indagar sobre temas como la migración, una condición que conocía muy bien porque, aunque él no fuera un migrante al uso, desde pequeño se movió por el mundo y vivió fuera de su país de origen varias décadas. A veces por decisión propia, otras no. Fue primero hijo de expatriado, luego inmigrante, luego exiliado y, después, ya con doble nacionalidad colombiana y española, pudo vivir meses allí y meses aquí, como diría él.
“Yo mismo, por ejemplo, que soy colombiano y he vivido en España media vida, y paso muchos meses del año aquí y otros muchos allá, ahora no soy nada de todo eso: ni emigrante, ni inmigrante, ni desterrado, ni transterrado, ni huido. ¿Qué soy entonces? Tal vez tenga que decirlo en inglés: un commuter, como el que va y viene en un bus o en tren de su casa al trabajo. Para ciertos cantes del flamenco se inventó una expresión que me conviene: “de ida y vuelta”, soy un migrante de ida y vuelta”.
Se llame como se llame, Caballero sintió la nostalgia de estar lejos de su tierra, conocía muy bien la saudade; o lo que los gallegos llaman morriña. El ser y no ser de aquí o de allí. O el eterno retorno o como él lo llamó: el volver a volver. Esto sin lugar a dudas determina a un artista.
Este es un homenaje para ti, Antonio, y para tu familia. Nunca dejaré de extrañar al amigo y al mentor.
VERÓNICA DURÁN CASTELLO
Directora Revista Fusión Latina
Como un poeta, así podemos ver a Antonio Caballero. Se paraba en el margen, observaba el centro y sin contemplación lanzaba un latigazo. Esa crítica era la puerta a un mejor universo en su mirada, en su cuerpo, en su corazón. Sin casarse con nadie, libre ante el horizonte de los pájaros negros, voló como un agente sin fronteras. Sin la mesura de los políticos ni la desfachatez de los deslenguados, siempre tuvo la palabra justa, el concepto necesario, la metáfora apropiada para significar una de aquellas tragedias que derrotan al territorio de Colombia; debilitan al tejido como sociedad y terminan deshaciendo el amor por los huesos.
Con Sin remedio escribió lo opuesto al realismo mágico que te quieren vender a cada rato para ocultar la realidad. Es la cara oscura del otro lado de la moneda. Una suerte de “loco del pueblo” como esos tan brillantes que nadie entiende, que están adelantados a su época, solo con el tiempo son reconocidos por haber brillado en un momento de confusión. Raúl Gómez Jattin, Gustavo Álvarez Gardeazábal, el mismo Fernando Vallejo le son afines en su forma de ver al mundo: son capaces de percibir el centelleo en la piel de las personas, la acidez en las raíces que fundan sus árboles.
El humor siempre les es amigo. En él encuentran al aliado, al confidente, al personaje que encara la carcajada con una sutil tranquilidad, su vértigo, el cuestionamiento que lleva el rostro del niño, su inocencia y también la mordacidad de una realidad que grita a voces: “Tragedia”.
Son enemigos de la fantasía, los frutos rojos, de la felicidad pintada en las películas de Walt Disney, de aquellas grandes mentiras que las religiones quieren vender: el brillo en el ojo del príncipe, la sonrisa en los labios de la futura princesa, la horma perfecta en el zapato donde cupo el pie.
Personajes como Caballero son el vino mejor guardado de un territorio, la fruta misma, la fermentación y la propia resaca tras la intoxicación del sistema. Como lo dice el psiquiatra colombiano Ignacio Vergara: “El loco y el bufón son dos arquetipos de la última etapa del desarrollo humano. Su función es ser “iconoclastas”; esto es, destructores de mitos en la sociedad y en la vida personal. Su capacidad de ver “que el rey va desnudo” hace que a veces tengan vidas muy controvertidas socialmente y melancólicas porque son temidos y al mismo tiempo se les rinde pleitesía, ya que su capacidad crítica les da poder. Sin embargo, siempre, para ser buenos locos o buenos bufones, tienen que mantenerse en el borde de la mesa del poder, ya que si se marginan completamente, no van a ser escuchados y pierden su poder de ser sal de la tierra o levadura en la masa”.
Románticos, por ser los niños desterrados del paraíso que les pintaron en la infancia; tristes, por su capacidad de analizar los comportamientos de los humanos; sabios, por racionalizar al mundo como filósofos. Caminan las calles con la mirada del adolescente que vio a su hermano asesinar a un ruiseñor con una cartuchera. Por eso quieren matar la ilusión que aún reverbera en quienes insisten en exaltar a la especie ―desconociendo sus actitudes más abyectas―, aplaudir a los políticos, sentirse cómodos entre los comportamientos adquiridos de sus sociedades, el statu quo, aquel relieve cultural cincelado en el ADN de los individuos víctimas de aquella triada que conforma el poder máximo: Estado, iglesia y ejército.
Son los contradictores de aquel refrán que indica: “A donde fueres, haz lo que vieres”; dado que no se quieren amoldar a ninguna sociedad, a ninguna forma de pensar que limite su capacidad de ser librepensadores, agentes propios, dueños de sí mismos en cada una de sus decisiones. Cada uno de sus comportamientos alejados de las normativas sociales que no los representan, no los limitan y a las que no abalan por saberlas impuestas, llenas de hipocresía, alejadas de la verdadera naturaleza del ser humano: animal, salvaje, lleno de contradicciones entre sus tristes congéneres, individuos que representan un todo vuelto sopa de alimañas con alas de murciélago, cola de escorpión, colmillos de tarántula, patas de cien pies y anillos de cascabel.
“Las sociedades tienden a enquistarse y descomponerse, a quedar atrapadas en sus mitos tóxicos. El iconoclasta tiene la capacidad de poner el dedo en la llaga señalando esos mitos. Cumple la función de las células fagocíticas en el organismo”, indica Ignacio Vergara, al referirse al asesino de leyendas, al crítico de la vulgaridad; ese poeta al que todos le huyen para no caer entre uno de sus versos.
Estos “locos del pueblo” terminan siendo aquel hermano adolescente que perturba al menor, se pone la máscara del brujo en Halloween y les revela a los niños cómo se gestaron en la punta del espermatozoide que venció la corriente y penetró al óvulo. Jamás se andan con aspavientos, mucho menos con actitudes maniqueas. Para ellos, el verdadero lugar es el territorio del gris, en donde los humanos son en verdad humanos, seres con todas sus bellezas y fealdades contrapuestas en medio de las artes, la exaltación del espíritu y sus instintos más abyectos, más perversos, más cargados de cianuro.
Antonio Caballero fue el “loco de mostrar” de una generación de personas que poco a poco nos van abandonando. Integra una lista mínima de individuos preocupados por nuestra naturaleza, personajes que tienen el don de expresarse con la palabra, la imagen, el símil bajo la uña, la caricatura entre los ojos y el verso que reconstruye el sonido del río. Deja una huella que otros iconoclastas habrán de seguir para irse convirtiendo en los críticos de lo nauseabundo, el baile entre el fango que reverbera: voceros de la estética que nos salva.
EDUARDO BECHARA NAVRATILOVA
Director Escarabajo Editorial
Antonio Caballero fue un escéptico y también un pesimista, aunque, como dijo Chantal Maillard en una entrevista reciente, tal y como está la situación del planeta, ser pesimista hoy es ser realista. Esta doble condición se combinaba en él no solo con una inteligencia excepcional, sino con el manejo de una palabra precisa y punzante, un talento innato para el dibujo, y un interés por la política, la historia, el arte y la literatura. De estos talentos e intereses se valió para escapar del nihilismo o la parálisis a los que puede conducir la duda sistemática y la desconfianza en un sistema corrupto, y para convertirse en el crítico que fue, capaz de hundir como pocos su escalpelo impiadoso en las entrañas de la realidad de su tiempo. Su oficio fue su única fe.
Caballero, como aquel otro, el andante de la triste figura, dedicó su vida laboral a luchar contra molinos de viento, a sabiendas de que, como escribió en su artículo “El oficio de la prensa”, “la crítica, en política (…) suele ser estéril”. Esa lúcida y amarga conciencia en alguien que perseveró, precisamente, en la crítica política, lo habría convertido en una figura trágica y hasta patética, como el mismo Don Quijote, de no ser porque se ganó el respeto de todos sus lectores por su consistencia, su poder argumentativo y su valiente independencia. Y porque, lejos de usar un tono trascendental, echaba mano del humor negro, de la sátira, la ironía, la hipérbole, para denunciar y señalar. “La ironía y el humor son la gran invención del espíritu moderno”, escribe Octavio Paz en su ensayo sobre la ambigüedad de la novela. Porque ellos desacralizan, y, sobre todo, porque son instrumento fundamental del espíritu crítico en que se funda la modernidad. Caballero, que encarnó bien ese espíritu, sometía toda aparente verdad a un escrutinio implacable, a veces, pasionalmente, sin intentar equilibrios, pero con una elegancia innata que hizo que jamás cayera en el insulto banal y resentido en el que sí incurrieron algunos de sus detractores.
A una realidad como la colombiana, reiterativa en sus vicios y horrores, en la que a menudo tenemos una sensación de eterno retorno, Antonio Caballero se aproximaba también de forma reiterativa, pero sin aburrir jamás, porque su prosa desconocía el lugar común, y fascinaba en sí misma. Nadie escapó al filo de su mirada: ni los poderosos locales o internacionales, ni la mediocre casta política, ni la gente de su propio entorno, el de su privilegiada clase social, a la que diseccionó en Sin remedio y en sus caricaturas. Tal vez las únicas concesiones que hizo, con una arbitrariedad que también era suya, fue a ciertos amigos a los que acolitó sus pesadeces, precisamente en aras de la amistad. Para terminar, diría que Antonio Caballero fue un intelectual, en el verdadero sentido de esa palabra injustamente desprestigiada. Un hombre curioso, culto, que investigaba con rigor apasionado por la lengua, firme en sus convicciones, ajeno a las modas y a la sensiblería, y, sobre todo, ferozmente independiente. Un espíritu libre, mundano, laico, que supo oponerse al país anacrónico, conservador y prejuicioso en el que le tocó vivir.
PIEDAD BONNETT
