Un Cana - Sergio Sinay - E-Book

Un Cana E-Book

Sergio Sinay

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Sergio Sinay regresa al género negro después de más de diez años. Con Un cana, vuelve al territorio que lo consagró en los años ochenta: el de la novela policial dura, de lenguaje sucio, realismo descarnado y personajes que se mueven en esa frontera donde la justicia oficial se apaga y la otra, la que nace de la noche, se enciende. En una esquina de San Telmo, entre la penumbra y el olor a pizza fría, aparece Joaquín Barraza. Ex inspector de la Policía Federal, rengo desde que una bala se le incrustó en la cadera, Barraza dejó atrás a los jueces y se dedica a impartir, por encargo, una justicia con pólvora. Callado, atento, se convierte en confesor de otros hombres rotos como él. Entre ellos, Martín Lastra, un policía que planea un golpe sangriento y cuyo relato dispara la acción de esta historia breve y cargada de balas. Un cana es un viaje tras otro al lado irredento de la sociedad: infames que se enorgullecen de su infamia, ingratos que se jactan de serlo, y una misteriosa "honestidad de la noche" que solo puede nacer entre sombras, vino y pólvora. Del autor de Ni un dólar partido por la mitad, Sombras de Broadway y Noruega te mata, llega una novela que confirma lo inevitable: Sergio Sinay nunca dejó de escuchar el murmullo del crimen ni de mirar a los ángeles caídos que habitan la madrugada.

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Seitenzahl: 135

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Un

cana

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Sergio Sinay

Prólogo de Javier Sinay

Sinay, Sergio

Un cana / Sergio Sinay ; Prólogo de Javier Sinay. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Hugo Benjamín, 2025.

Libro digital, Amazon Kindle

ISBN ISBN 978-631-6548-44-3

1. Novelas Policiales. I. Sinay, Javier, prolog. II. Título.

CDD A860

©2025, Sergio Sinay

©2025, Hugo Benjamín Levin

Publicado bajo el sello Hugo Benjamín®

Riglos 108, 2.° A, C1424, CABA

Foto de interior y contratapa: Archivo del autor

Coordinación editorial: Dana Babic

Diseño de colección: Alessandrini & Salzman

Diagramación: Millón de teclas

1.ª edición: junio de 2025

ISBN 978-631-6548-41-2

Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Impreso en la Argentina.

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

La honestidad de la noche

La pizzería que está en la esquina de Estados Unidos y Defensa, en San Telmo, no apaga las luces hasta poco antes del amanecer. A su manera, ese lugar es un purgatorio. Entre las sombras de la noche hay mentiras y trampas —y purgatorios como este. Suele comer ahí un hombre que renguea y que no habla mucho de sí mismo; prefiere escuchar a los demás. Se llama Barraza. Joaquín Barraza. Tuvo que retirarse de la Policía Federal por un balazo que se alojó en su cadera cuando un delincuente le disparó desde el piso. Ese delincuente fue uno de los dos hombres a los que Barraza mató al rechazar un asalto, una mala noche, y si fue hace mucho tiempo o hace poco tiempo depende de quién cuente la historia. Barraza había alcanzado la jerarquía de inspector. Ahora trabaja por las suyas. No cree en los jueces; sí cree en la justicia. De hecho, su extraña ocupación es hacer, en favor de algún desesperado que le paga, justicia con pólvora.

Entre las sombras de la noche los ingratos se jactan de ser ingratos y los infames, de ser infames. Las sombras de la noche son el rencor y la advertencia. Sí, pero hay que decir que entre ellas también germina una honestidad diferente a la que se deja ver bajo el sol: una honestidad que puede alcanzar una dimensión espiritual profunda. Es la dimensión que a veces expresan los hombres construidos con arcilla ordinaria. Se ve en sus rostros que carecen de geometría y a veces incluso de simetría: rostros de delincuentes, rostros de policías y quizás también rostros de taxistas.

Es esa honestidad misteriosa, y no la honestidad sencilla del día, la que atraviesa el relato que Barraza escucha de boca del policía Martín Lastra en Un cana, esta novela de pocas páginas y de muchas balas con la que Sergio Sinay retoma su historia con el género negro después de más de diez años (Noruega te mata apareció en 2014).

La historia de Sergio Sinay con el género negro es, creo, una historia de amor. Antes escribió Ni un dólar partido por la mitad, Sombras de Broadway, Dale campeón, Es peligroso escribir de noche, Morir en offside y Noruega te mata, en ese orden. Se hizo un lugar en la robusta generación de autores argentinos de noir nacida a mediados de los ochenta. Su estilo realista y su lenguaje descaradamente sucio han sido sus armas.

Soy un especialista en la obra de Sergio Sinay. Yo leí sus primeras novelas antes de terminar la escuela primaria (incluso Es peligroso escribir de noche, quizás la más noir, cargada de erotismo y amenaza). Las leí antes de saber que había algo que se llamaba “género negro”. Porque Sergio Sinay, además de todo lo que dije, es mi tío. De sus comentarios en los almuerzos familiares de los domingos aprendí, por ejemplo, que Humphrey Bogart fue Sam Spade —el detective de Dashiell Hammett— o que lo que Ed McBain hacía muy bien no era tanto resolver el asesinato que había que resolver en una novela, sino crear un mundo verosímil, de varias capas, para sus personajes.

Por otro lado, Sergio Sinay —a quien yo llamaría mi tío Sergio— viene escribiendo una obra múltiple y diversa en torno a los vínculos de las personas (cuestiones de pareja, psicología del varón, lazos entre padres e hijos, tendencias en nuestra cultura, etcétera) y, por supuesto, hoy es mejor conocido por libros como Ser padres es cosa de hombres (1998) y La sociedad de hijos huérfanos (2007). Pero, puedo asegurarlo, Sergio Sinay, el autor de novelas de género negro, nunca se fue. Las pausas que hizo respecto al crimen no han sido despedidas y, por lo tanto, Un cana, no es un regreso que nadie aguardara, sino un acto natural de este autor que ha seguido atento a los peores de la sociedad, a sus ángeles caídos y a los que terminan siendo honestos a las dos de la madrugada —a veces esa honestidad baja con el vino o la ginebra.

Su regreso es vertiginoso desde la primera línea de esta novela: “Policía sí, pelotudo no”. Eso es lo que dice Lastra cuando comienza a contarle a Barraza un sangriento plan maestro con el que piensa recibir, como pago, miles de dólares. Barraza escucha, desconfía, recuerda su propia experiencia dentro de la policía. Vuelve a la noche en la que recibió el balazo que lo tiene rengueando: se encontraba cenando en un restaurante de Scalabrini Ortiz y Paraguay, y no estaba listo para gatillar sino para otro tipo de acción. Una mujer lo acompañaba, no era su esposa. Había poca gente en el lugar cuando los dos delincuentes entraron a los gritos con sus pistolas en alto. Barraza sacó la suya. ¡Alto, policía!, la señal de largada. ¿Ellos dispararon primero? La gente se echó debajo de las mesas y todo se descontroló. “Barraza de pie, firme, cambiando bala por bala”, escribe Sergio Sinay. Luego de matar a esos dos tipos y de quedar él mismo echado en el piso bañado en su propia sangre, Barraza terminó en una ambulancia. Pasó dos meses internado en el hospital Churruca —el de la policía—, que es otro purgatorio. De la mujer que lo acompañaba no sabemos nada. Pero sí sabemos que entonces su esposa dejó de ser su esposa, y que de cualquier modo el divorcio hubiera llegado tarde o temprano.

La conversación entre Barraza y Lastra se prolonga a lo largo de una noche. Es una de las tres o cuatro escenas que tiene esta novela acelerada, desafiante y por momentos cruel.

Justamente, la gran virtud de Sergio Sinay, el autor de novela negra, es que todos los libros en los que ha escrito sobre vínculos, en los que observa a los seres humanos con compasión, no tienen el vértigo ni la crueldad ni la sed de justicia que hay en Un cana o en cualquiera de sus historias de crimen. En ellas hay un viaje tras otro al lado irredento de la sociedad. Sergio Sinay, aquel autor honesto cuyos libros reflexivos vemos entre los más vendidos, sabe sacar a pasear también a su otro yo: este autor que no le teme a la mugre ni a las venganzas, y que conoce desde siempre la honestidad de la noche.

O, al menos, desde la página uno.

Javier Sinay

Para Marilen, con más amor aún, si eso fuera posible.

Para mis amados nietos Oliverio y Vera, con la esperanza de que vivan en un mundo mejor.

Para Iván y Camila, anclados en mi corazón

Y para Hugo Levin, un duro tierno, por las andanzas editoriales compartidas a lo largo de los años.

Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.

Jorge Luis Borges, El Aleph

La conversación

1

Policía sí, pelotudo no.

Para pelotudo ya estuvo mi viejo. Nueve años comisario en Las Gaviotas y jamás arañó una moneda. Antes de eso recorrió todo el escalafón, paso por paso. Sin apuro, sin agachadas, mientras otros lo pasaban por la banquina. Y se retiró invicto. Había entrado por vocación de servicio, como le gustaba decir, y nunca se torció. Un pelotudo. ¿Qué se llevó a cambio? Un homenaje. Hace dos años le pusieron su nombre a una placita, cerca del barrio de los pescadores. Él murió hace tres, como sabés, así que ni se enteró. Y fuera de eso, nada. La misma casa en la que vivió desde que nos mudamos. Digo nos mudamos, pero cuando lo destinaron desde Bahía Blanca, y él y la vieja se fueron a vivir allá, ni yo ni mis hermanos existíamos. Manuel, el mayor, nació al año de eso, Graciela vino un año y medio después. Yo llegué ocho años más tarde, justo antes de que bajaran la persiana.

Será por eso que salí distinto. Distinto de ellos, digo. Manuel es médico, Graciela maestra. Son buena gente, medio pelotudos también, como el viejo. Creen en lo que hacen, y lo hacen bien. Manuel quiere a sus pacientes, además de curarlos los ayuda, los orienta, los escucha. Igual que un cura en el confesionario. Igualito. Y la verdad es que no salió cura de pedo. Cuando se muera seguro que le ponen una placa en el hospital. La placa va a durar hasta que se la afanen para fundirla y vender el bronce. Y eso será todo. Yo le muestro la cantidad de tordos que arreglan con los laboratorios, que piratean, que chorean y venden anfetas y otras cosas, que inventan operaciones para desplumar a boludos que se dejan cuerear, pero él dice que lo suyo no va por ahí, que cuando se recibió hizo un juramento y lo va a cumplir hasta que se muera. Que no es rico, pero que duerme en paz y puede mirar a su mujer y a sus hijos a la cara.

Y Graciela es otra pelotuda. Ama a sus alumnos, eso dice. Que los ama. Siempre los apaña. No hay que abandonarlos, dice. Hay futuro y potencial en esos chicos, dice, y dice que ella para algo está ahí. Para ayudarlos. Les hace de madre. Yo le digo que son todos atorrantes, pichones de criminales, hijos de malas entrañas, turros, cagadores. Los ves. Les chupa un huevo la escuela, son ignorantes, burros, vagos. A veces ella va a la casa de los chabones, a hablar con los padres. Algunos ni le abren la puerta, le dicen que no los venga a joder, que para eso está la escuela. Y ella los justifica. Que no tuvieron educación, que hacen lo que pueden, que bastante tienen con sus laburos, o que no tienen laburo. Cuando se jubile, si no se muere antes, le van a poner su nombre a un aula. Mi hermano y mi hermana. Ahí los tenés. Dos pelotudos, como el viejo. Se contentan con poco, con sus familias, con sus hijitos. Tengo siete sobrinos. Tres de ella y cuatro de Manuel.

Y después estoy yo, que salí al viejo, pero distinto. Cana, como él, sí. Pero siempre me pasé por el orto eso de proteger y servir. Yo protejo mis huevos y sirvo a los que están por arriba de mí y me abren alguna puerta o me habilitan en alguna transa. Con un tira decente en la familia basta y sobra. Lo mío es distinto. Creo que me metí en la fuerza para que el viejo me diera bola. A ver si con eso conseguía una mirada, una palmada, algo. Pero no. Lo único que ganaba eran cachetazos, cuando la vieja le batía alguna de mis cagadas. Eran muchas, no te voy a mentir. Con mis hermanos era diferente. No es que con ellos fuera cariñoso y esas boludeces, pero era diferente. Como si una hija maestra y un hijo doctor le dieran lustre. Qué sé yo, como si de una ortiga hubieran nacido una rosa y un jazmín. Yo me sentía como maleza. Yuyo. Mala hierba. Me imagino que cuando llegué el viejo ya estaba cansado, o que me tuvieron sin querer. Un polvo perdido. Entré como un intruso. De garrón. Para colmo, cuando salí de la Falcón creí que él iba a estar orgulloso. Pero no. Me dijo que había esperado otra cosa. Le hubiera gustado que yo fuera abogado, o contador. Cualquier otra cosa. Que él ya estaba adentro y que iba a seguir hasta el final. Pero que no era fácil, que algo de toda la mierda siempre te salpica. Había visto demasiada suciedad, me dijo. Y la cosa empeoraba. Y no iba a mejorar, porque cuando la cosa se pudre nada para. Y vos no podés tener una policía limpia en una sociedad sucia. Eso decía el viejo. Tenía razón. Pero al pedo. Ese no era el mejor lugar para tener razón. Si total ya estaba adentro, para qué jugarla de santo. Un pelotudo. Nunca mordió algo. O por lo menos algo importante. Si él no estaba orgulloso de mí, yo tampoco estaba orgulloso de él. Porque yo también estaba adentro, pero no para que cuando me tocara salir le pusieran mi nombre a una placita y chau. No. Ya te digo: policía sí, pelotudo no.

Ni mi casa en Longchamps, ni la de verano en Gesell, ni el campito en Carlos Casares, ni la 4x4, ni el Be eme, ni la Toyota de mi mujer, ni los departamentos en alquiler en Caballito, ni el colegio de los pibes, salen ni salieron del sueldo, no te lo tengo que explicar a vos. No jodamos. Cada tanto Asuntos Internos olfatea, pero es para la gilada, cierran rápido y no pasa nada. Además, tengo las espaldas bien cubiertas. Y los que me cubren corren diez veces más peligro que yo. Así que nada. Son tipos pesados, pesados, y están bien atornillados al piso.

Te cuento todo esto porque vos sabés bien de lo que hablo, vos conociste al viejo y me conocés de pibe, aunque hace años que no nos vemos. Sé que no te considerás el juez de nadie. Pero sobre todo te lo cuento porque no sos ortiba. Así que escuchame. Escuchá todo lo que te voy a decir, porque es groso.

2

Están en San Telmo. En la pizzería favorita de Barraza. La única que, según él, todavía hace la fugazzetta rellena alta y cuadrada, como Dios manda. Un local viejo, en una esquina, que da pelea a los boliches para turistas o para pendejos que se creen inventores del mundo. Son las ocho de la noche de un miércoles. Comienzo del otoño. Joaquín Barraza está retirado. Llegó a inspector y se jubiló a su pesar, cuando una bala le atravesó la cadera y algún órgano. Salvó la vida después de una internación larga en el Churruca, pero nunca volvió a caminar de manera normal. Renguea. Le pasó cuando tenía cuarenta y siete años y aspiraba a algo más. Tenía cuerda para un buen rato, pero le dieron las hurras. Lo que consiguió a cambio fue una jubilación anticipada y especial y una medalla.