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En el mundo del capitalismo tardío, voraz e inclemente, la felicidad se impone como una meta alcanzable. En ese sentido, se instalan varios imperativos: ahuyentar el dolor, espantar el sufrimiento, alejar la pena por todos los medios posibles (comenzando por negar esas sensaciones y emociones), imponerse pensamientos "positivos", enfatizar la alegría y esconder la tristeza. En suma, se trata de evitar el ejercicio de pensar. El resultado, paradójicamente, es una población cada vez más infeliz y solitaria. Pero ¿existe, entonces, la felicidad? Sí, pero no es la que nos venden como un espejismo de diversión ilusoria. La verdadera felicidad no es sensual, sino emocional y espiritual. La verdadera felicidad proviene de sumergirse en la aguas existenciales, de no rehuir las preguntas de la vida, de entablar un vínculo significativo con los otros y de abrazar por momentos una soledad transitoria y necesaria. En La soledad de los felices, Sergio Sinay diagnostica con precisión el malestar de la existencia contemporánea y ofrece un camino de reflexiones y lecturas para salir del ostracismo autoinfligido.
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Seitenzahl: 111
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Sergio Sinay
Sinay, Sergio
La soledad de los felices / Sergio Sinay. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2024.Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-556-999-1
1. Ensayo Sociológico. I. Título.
CDD 301.01
©2024, Sergio Sinay
©2024, RCP S.A.
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previo del editor y/o autor.
Diseño de tapa e interior: Cerúleo | diseño
Ilustración de tapa: Teté Cirigliano
Digitalización: Proyecto 451
Para Marilen, por tanta amorosa felicidad compartida.
Para Oliverio y Vera, soles que me iluminan.
Para Iván y Camila, que encendieron los soles.
La felicidad no puede ser obtenida queriendo ser feliz. Tiene que aparecer como consecuencia no buscada de perseguir una meta mayor que uno mismo.
Viktor Frankl
Que no te engañen: el imperativo de “disfrutar” es omnipresente, pero el placer y la felicidad están casi totalmente ausentes.
Nina Power
En el núcleo más recóndito de toda soledad hay un profundo y poderoso anhelo de unión con el yo perdido.
Brendan Behan
Estamos todos muy juntos, pero estamos muriendo de soledad.
Albert Schweitzer
La felicidad no existe.
No existe lo que nos venden como felicidad: un estado de ánimo regido por la satisfacción inmediata e irrestricta de los deseos. La incitación para tenerlo todo y tenerlo en el instante. Pedirlo ya, tenerlo ya. Eliminar la espera, el proceso. Llegar sin viajar. Borrar el dolor, tanto físico como psíquico. “El dolor para, vos no”, reza la publicidad de un analgésico. Nos ofrecen una vida como la que describía Aldous Huxley (1894-1963), biólogo y escritor inglés, en Un mundo feliz, novela visionaria que escribió en cuatro meses y publicó durante 1932. Y muchas personas, demasiadas, compran esa vida. El mundo que describe Huxley es una suerte de gigantesca cápsula esterilizada dentro de la cual los bebés son fecundados de acuerdo con diseños genéticos que impiden malformaciones o enfermedades, el sexo es obligatorio, la monogamia no existe, las orgías son imperativas, negarse a participar en ellas equivale a convertirse en sospechoso. Las emociones o sentimientos están adormecidos o directamente eliminados con el fin de garantizar la paz y la tranquilidad.
En ese mundo, la población está dividida en castas cuyos integrantes nacen predeterminados desde probetas supervisadas por los controladores (la casta superior, también conocida como Alpha), y quienes pertenecen a los estratos sociales más bajos se encargan de las tareas de mantenimiento (“servicios imprescindibles” se los llama en la novela) que conservan todo en perfecto y equilibrado funcionamiento en ese cosmos artificial, en el que ciencia y tecnología remplazan a la religión, con idéntico o mayor dogmatismo del que esta suele presentar. De hecho, el dios que allí se adora es Henry Ford, a quien se glorifica por haber creado en 1908, año que se conmemora como clave, las líneas de montaje y el trabajo automatizado que garantizan la producción necesaria para satisfacer el consumo masivo.
Es precisamente el consumismo la actividad central en ese mundo distópico, en el que los lazos familiares y de amistad, tanto como las relaciones íntimas, están prohibidos o cuestionados. Para impedir que se cuelen dudas o se filtre cualquier tipo de insatisfacción, todos los habitantes de esta sociedad reciben o tienen a mano una sustancia llamada soma, especie de psicotrópico que anula todo rastro de ansiedad, inquietud, miedo o incluso amor, y que los mantiene, o los devuelve, a un estado de “felicidad” hipnótica, alejados de lo que cierto personaje de la obra describe como una montaña rusa de angustia, en la que las emociones, los sentimientos o el dolor del vacío existencial pugnan por emerger. El soma conduce al estado denominado hipnopedia intensiva, en el que, según afirma Lenina, una de las protagonistas del relato, “todo el mundo es feliz ahora”.
Fuera de esa especie de monumental barrio cerrado o ciudad amurallada o país blindado que es el “mundo feliz”, existen en el planeta, según describe Huxley, seres humanos que viven en otras condiciones, que sufren y gozan las alternativas de la vida tal como es, con sus alegrías y tristezas, amores y desamores, esperanzas y dolores, posibilidades e imposibilidades, logros y carencias. Las castas del “mundo feliz” consideran como “salvajes” casi prehumanos a quienes habitan esas regiones. Los integrantes de las castas altas suelen elegir aquellos territorios para sus vacaciones, como si experimentaran safaris de turismo aventura. Es un modo de incrementar su sensación de privilegio, aunque para algunos pocos la experiencia despierta dudas y cuestionamientos. El germen de una rebelión. Por debajo de la felicidad artificial está siempre presente y amenazante, y corre como el rumor de un río subterráneo, su opuesto complementario: la infelicidad, el vacío de sentido, la angustia existencial. Como advierte repetidamente Viktor Frankl (1905-1997), el médico y pensador austriaco padre de la logoterapia y autor de una obra fundamental como El hombre en busca de sentido, aunque intentemos eludirla o acallarla hay una pregunta que la vida nos plantea una y otra vez a los humanos, y lo hace a través de circunstancias y situaciones de diferente intensidad. Esa pregunta es: ¿para qué estás aquí? Y de ella se desprenden otras, muy relacionadas. ¿Cuál será la huella de tu existencia que dejarás en este mundo? ¿En quién o en qué la dejarás? ¿De qué manera habrás mejorado un poco el mundo una vez que te ausentes?
Nos reencontraremos con estos interrogantes en el curso de estas páginas.
Hemos venido a la vida a responder, decía Frankl. A responderle a la vida. Y la respuesta válida no es verbal. Se traduce en actitudes, en acciones, en cómo vivimos nuestros valores y construimos nuestros vínculos. En la manera en que nuestra condición de hacedores nos permite mejorar el mundo y servir a otros. Nuestra vida es finita. La conciencia de esa finitud, por mucho que la amordacemos o la anestesiemos, nos atraviesa. No podemos eliminarla, así como tampoco podemos borrar nuestra sombra. Y es en virtud de la finitud que debemos responder, hacernos cargo de nuestra propia existencia y de que esta despliegue su sentido en el amor que hemos brindado y en los valores que hemos honrado. Como advierte el escritor y emprendedor suizo Jonas Salzgeber en El pequeño libro del estoicismo (fruto de sus estudios y vivencias relacionados con esa filosofía), si solo nos dedicamos a lo que nos divierte, a lo que nos hace sentir bien y nos preserva, al menos ilusoriamente, de los inevitables dilemas de la existencia, terminaremos dedicando nuestra vida a ver series en Netflix, a comer pizzas, helados y todo lo que podamos pedir por delivery y a ahogarnos en cerveza, fernet, vodka, además de huir de la realidad sumergiéndonos en las redes sociales y la virtualidad.(1) Salzgeber lo dice de una manera más sintética, pero me permito llevar su idea a las últimas consecuencias para ilustrar los parches más comunes y extendidos con los que se procura hoy negar la finitud y cloroformizar la angustia existencial. Si alguien se siente retratado, no debería culpar al mensajero.
Regresemos, mientras tanto, a Huxley e invitemos además a George Orwell (1903-1950), cuyo nombre verdadero era Eric Arthur Blair. Periodista, ensayista y novelista, además de combatiente republicano en la guerra civil española, fue autor de dos novelas fundamentales para comprender el siglo veinte: Rebelión en la granja y 1984. Aunque nacieron de su comprometida denuncia del estalinismo, ocurrió con ellas lo que sucede con las grandes obras en el arte. Vieron más allá de su momento y se proyectaron universalmente a los tiempos siguientes. La primera puede leerse hoy como una cruda descripción de la manipulación y la hipocresía con las que los populismos captan voluntades, prometen futuros irreales e imponen presentes de falsa igualdad y brutal autoritarismo. La segunda, 1984, conecta con nuestro tema y se puede considerar como la versión oscura del mundo “feliz” de Huxley.
En Oceanía, la sociedad imaginaria que describe Orwell, hay también un gobierno central que rige, controla, dirige, determina y orienta la vida de las personas. Pero no existen allí apelaciones ni invitaciones a la felicidad. Tampoco existe el soma, todo es más directo y brutal. La vigilancia sobre cada vida a través de seguimientos y cámaras ocultas y visibles no reconoce límites, las cámaras están incluso en los hogares, no hay espacio ni para el pensamiento ni para el menor movimiento autónomo y se supone que el país está en una guerra interminable contra un enemigo invisible (pero necesario y ficticio, como ocurre en todos los populismos y totalitarismos) al que se culpa de todas las carencias y todos los males. El Gran Hermano es la autoridad suprema, nadie lo ve en persona, solo se lo conoce por imágenes, que podrían estar creadas por Inteligencia Artificial, aunque esta no existía en 1948, cuando Orwell escribió la novela. La sociedad está estandarizada y automatizada, las vidas transcurren en una patética opacidad, siempre iguales y desprovistas de toda idea de porvenir. También aquí, como en Huxley, por detrás de lo que aparentemente está bajo control hierve a fuego lento en muchos habitantes una angustia sorda y constante, hecha de preguntas sofocadas y de necesidades reprimidas, todas de orden existencial.
Más allá de consideraciones específicas, referidas a la política en Orwell y a la ciencia y la técnica en Huxley, lo que subyace en lo profundo en ambas sociedades es la angustia ante el vacío, ante la sinrazón de una existencia que navega a la deriva una vez extirpado de cada existencia aquello que nos hace humanos: el sentido, la trascendencia y la espiritualidad. Necesidades que no son consideradas bajo la luz religiosa, sino como pertenecientes a un orden superior, que va más allá de lo meramente biológico o psíquico. Necesidades que en cada persona se expresan de un modo particular y único, como es cada vida, pero que en todas las vidas está presente. Cuanto más despiertas y cerca de la conciencia se encuentran esas necesidades, y cuanto más se las atiende, más perceptibles son los momentos de auténtica felicidad (la cual exploraremos más adelante en estas páginas). Cuanto más reprimidas sean (por propia voluntad, que es lo peor, o por injerencia externa), más angustiantes resultan.
En Huxley el desasosiego, la angustia y el vacío se encubren con la máscara de la felicidad artificial, eso que hoy podría llamarse “pensamiento positivo”, y que consiste en negar la existencia del dolor, del sufrimiento, de la frustración, en escapar de ellos por puertas falsas e ilusorias. En Orwell, a su vez, no hay siquiera posibilidad de pensar en felicidad, una palabra así no cabe en la “neo lengua”, el idioma impuesto por el régimen totalitario para reducir el vocabulario de la población y orientarlo en una dirección única y predeterminada. Reducir el vocabulario no solo empobrece el lenguaje, sino principalmente el pensamiento. El Ingsoc, partido único y gobernante en 1984, elimina, a través de la “neo lengua”, los sinónimos, de manera que solo hay un vocablo para cada cosa. Y trastoca significados o los reduce. No está permitida la interpretación de las palabras, estas pueden decir una sola cosa y, además, deben estar libres de contenido político o de lo que el Gran Hermano considera como tal. Aun así es el propio régimen el que desfigura los significados. En la sociedad imaginada por Orwell, aunque bastante cercana a diversas realidades, el Ministerio de la Verdad produce incesantemente las noticias falsas que consume la población, el de la Paz conduce la guerra, el del Amor mantiene el orden, persigue, tortura y elimina a los opositores y el de la Abundancia administra la escasez y la pobreza. La “neo lengua” incluye la palabra doblepensar para referirse a algo prohibido, como es albergar en la mente dos pensamientos contradictorios. Paracrimen define otra experiencia prohibida: pensar en contra del régimen. Vidapropia define otro fenómeno a eliminar, como es la introspección, pensar en uno mismo. La “neo lengua”, categoría nacida en la novela 1984, ha cobrado y cobra diferentes formas en la realidad actual y se detecta en las jergas políticas, científicas, literarias, tecnológicas, en el así llamado lenguaje inclusivo (que es, en realidad, controlador y excluyente, según analicé con detención en mi libro La ira de los varones)(2), en las declaraciones políticamente correctas y en todos los usos del lenguaje destinados a limitar y torcer la realidad y concentrar poder en quienes imponen y manipulan el habla.
Existe hoy una “neo lengua” vinculada a la felicidad que impone de diversas maneras formulaciones como “tenelo ya”, “no te lo pierdas”, “pedilo ahora”, “buena onda”, “divertidísimo” (aplicado a eventos, espectáculos, personas, libros, películas, etcétera), “disfrutalo”, “lo querés, lo tenés”, “ilimitado”, “no esperes más”, “vení a gozar”, “date el gusto” e innumerables maneras de incitar a una vida que se deslice por la superficie de la existencia evitando o clausurando todo lo que se encuentre por debajo de la epidermis emocional, psíquica y espiritual. Esa “neo lengua” se ha naturalizado, sus vocablos tienen, como en la de Orwell, un único y restringido significado y quienes lo cuestionan, oponiéndole palabras o actitudes, son considerados réprobos, amargados, “mala onda” y merecen el destierro social.
