Un cuento de fuego - Chris Colfer - E-Book

Un cuento de fuego E-Book

Chris Colfer

0,0

Beschreibung

¡No puedes perderte esta nueva aventura en el mundo de La Tierra de las Historias! EL TIEMPO SE ESTÁ ACABANDO PARA BRYSTAL EVERGREEN… Hace casi un año que hizo un trato con la Muerte: hallar y destruir a la Inmortal a cambio de su propia vida, pero aún no tiene una sola pista de quién es o dónde podría encontrarla. Para empeorar las cosas, algo oscuro y malvado se ha alzado desde las entrañas de la Tierra y, para detener este nuevo peligro, las hadas y las brujas deberán trabajar junto a todos los reinos y territorios, lo que incluye a la Hermandad de los Justos y su Ejército de los Muertos. Pero… ¿por qué un grupo de hechiceros despierta dudas sobre Amarello Hayfield? Y, ¿por qué esta amenaza se siente tan… familiar? ¿PODRÁN HACER ALGO ANTES DE QUE EL MUNDO ARDA?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 435

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.


Ähnliche


EL TIEMPO SE ESTÁ ACABANDO PARA BRYSTAL EVERGREEN…

Hace casi un año que hizo un trato con la Muerte: hallar y destruir a la Inmortal a cambio de su propia vida, pero aún no tiene una sola pista de quién es o dónde podría encontrarla.

Para empeorar las cosas, algo oscuro y malvado se ha alzado desde las entrañas de la Tierra y, para detener este nuevo peligro, las hadas y las brujas deberán trabajar junto a todos los reinos y territorios, lo que incluye a la Hermandad de los Justos y su Ejército de los Muertos.

Pero… ¿por qué un grupo de hechiceros despierta dudas sobre Amarello Hayfield?

Y, ¿por qué esta amenaza se siente tan… familiar?

¿PODRÁN HACER ALGO ANTES DE QUE EL MUNDO ARDA?

Críticas a “Un cuento de magia...”:

“Una fantasía dinámica y fascinante que hará que los lectores se queden despiertos hasta tarde y sueñen en grande” - School Library Journal

“Una aventura completamente satisfactoria” - Publishers Weekly

“Hará felices a los fans de la serie a la vez que atraerá nuevos lectores” - Booklist

Chris Colfer

Ganador del Golden Globe, es actor, reconocido principalmente por su papel como Kurt Hummel en Glee. Colfer fue mencionado en la lista 2011 TIME 100, de la revista Time, que anualmente distingue a las cien personas con mayor influencia en el mundo.

También es autor de La Tierra de las Historias y Más extraño que un fanfiction, ambos publicados por VR YA.

Argentina:

 

facebook.com/VREditorasYA

 

twitter.com/vreditorasya

 

instagram.com/vreditorasya

 

 

 

México:

 

facebook.com/vryamexico

 

twitter.com/vreditorasya

 

instagram.com/vreditorasya

Para todos los “Cuidadores” que luchan por

nuestro planeta y todos sus habitantes. Gracias.

Prólogo

Criaturas de la profundidad

La mujer se despertó al escuchar unas pisadas. Todavía estaba oscuro cuando abrió los ojos y se acercó somnolienta hacia la puerta de su habitación. Sin embargo, el ruido no provenía del pasillo, sino más bien de detrás de un mural colorido en su pared. De inmediato, se sentó en la cama inmensa, ahora completamente despierta. Había una sola persona que conocía la entrada secreta a su habitación y su presencia solo podía significar una cosa.

Un golpe frenético comenzó a sonar desde el otro lado de la pared.

–¿Señora? –la llamó una voz ronca–. ¿Está despierta?

–Sí, entra –respondió la mujer.

La puerta secreta se abrió y un hombre cubierto de tierra se asomó hacia la habitación. Sus ojos hundidos estaban llenos de entusiasmo, pero su cuerpo estaba tenso por el miedo.

–¿Y bien? –preguntó la mujer con impaciencia.

El hombre asintió lentamente, aún sin poder creer las noticias que estaba a punto de darle.

–La encontramos –dijo sin aliento.

La mujer apartó las sábanas hacia un lado y se puso de pie, casi saltando. Se arrojó una bata sobre su camisón, se calzó sus sandalias y se acercó a toda prisa a la puerta secreta. El hombre la escoltó por un corredor oculto que serpenteaba por las paredes de su espaciosa residencia. El corredor los llevó hacia una escalera de acero que descendía en espiral hacia profundidades más allá del sótano.

La dupla descendió a un ritmo ferviente, haciendo que la escalera se sacudiera y crujiera. Una vez abajo, ingresaron a un túnel cavado a mano que se abría paso por la tierra como la raíz vacía de un árbol gigante. Se extendía por kilómetros y kilómetros bajo tierra, alcanzando profundidades que la humanidad nunca estuvo destinada a alcanzar.

El túnel era una hazaña extraordinaria y había tomado siglos construirlo. Si no estuviera sumido en un secretismo absoluto, habría sido considerado una maravilla del mundo. Sin embargo, una vez dentro del túnel, muy pocas veces tenías permitido salir. Las paredes de tierra contenían las tumbas de todas las almas desafortunadas que habían perdido la vida durante su construcción y aquellas que habían amenazado con exponer el proyecto.

El hombre y la mujer descendieron durante horas cada vez más profundo, sin detenerse en ningún momento para descansar. El farol que llevaba el hombre apenas iluminaba el suelo de ese tubo infinito de oscuridad. Cuanto más lejos se aventuraban, más subía la temperatura, lo que generó que su ropa rápidamente quedara empapada por el sudor. Un hedor humeante a tierra quemada impregnaba el aire, haciendo que fuera difícil respirar. La presión también subía tanto que sus oídos se tapaban y sus narices sangraban. Aun así, continuaron, demasiado determinados como para detenerse.

Bum-bum… Bum-bum… Bum-bum…

A ocho kilómetros bajo la superficie, un sonido tenue comenzó a escucharse por delante.

Bum-BUM… Bum-BUM… Bum-BUM…

El sonido se empezó a tornar más fuerte con cada paso que daban. Resonaba a un ritmo consistente, como si estuvieran llegando al corazón latiente de la tierra.

BUM-BUM… BUM-BUM… BUM-BUM…

Eventualmente, vieron una luz brillante que destellaba a un ritmo estrepitoso. A contraluz, la mujer podía discernir la silueta de algunas personas paradas en fila. Sus cuerpos delgados estaban encadenados y llevaban palas y picos en sus manos trémulas. Estos prisioneros convertidos en esclavos eran la última generación de excavadores que el túnel necesitaría, porque acababan de hacer uno de los descubrimientos más grandiosos de la historia.

Los excavadores estaban atónitos. Sin embargo, la mujer se adelantó y admiró el descubrimiento sin temor alguno.

Frente a ellos tenían una puerta doble de sesenta metros de alto y treinta de ancho. La puerta era de hierro y emanaba un resplandor rojo por el calor que provenía del otro lado. Algo muy grande, y muy caliente, intentaba escapar por allí, pero una cadena monstruosa en las rejas se lo impedía. A medida que la puerta se sacudía, las llamas y el magma brotaban entre los barrotes de hierro, ofreciendo una clara imagen del mundo de fuego y caos que se encontraba del otro lado.

–¡Por fin! –exclamó la mujer, sin aliento–. ¡Encontramos la puerta al inframundo!

–¿Señora? –dijo su exhausto y sudado compañero, con un leve temblor nervioso en su voz ronca–. ¿Qué hacemos ahora?

La mujer abrió enormemente los ojos y una sonrisa retorcida apareció en su rostro. Había esperado no solo una sino muchas vidas para este momento.

–Ábranla –ordenó.

Capítulo uno

El Imperio de los Justos

Había pasado casi un año desde el último amanecer del Reino del Sur. Los ciudadanos nunca olvidarían la tarde horrible cuando el Príncipe “Siete” Gallivant marchó con su Ejército de los Muertos Justos por las afueras de la ciudad y atacó Colinas Carruaje por sorpresa. Allí, el príncipe tomó el trono de su fallecido abuelo en el castillo de Champion y se autoproclamó, no el nuevo rey del Reino del Sur, sino el emperador de un nuevo Imperio de los Justos.

Desafortunadamente, ningún ciudadano del Reino del Sur podía hacer algo para detenerlo. El príncipe tenía el derecho legal de cambiar su nuevo reino heredado si así lo deseaba. Pero ni siquiera sus más fieles seguidores pudieron anticipar los horrores que tenía en mente y, pronto, comenzaron a resentir al monstruo que habían ayudado a crear.

La primera ley que promulgó disolvió al ejército del Reino del Sur y lo reemplazó con su Ejército de los Muertos. Su segunda ley despojó a los jueces de todo poder y les dio su lugar a los miembros de su devota Hermandad de los Justos. La tercera ley le garantizó erradicar la constitución del Reino del Sur y crear una nueva que se basara en los principios de la opresiva Doctrina Justa de la Hermandad.

Con las nuevas leyes, todas las escuelas e iglesias quedaron cerradas; lo único que los ciudadanos tenían permitido estudiar o adorar era al emperador mismo. Todos los mercados y tiendas fueron cerrados, ya que ahora la comida y las provisiones eran distribuidas a voluntad del emperador. Todas las criaturas hablantes (duendes, enanos, trolls, goblins y ogros) quedaron exiliadas a sus respectivos territorios y se les prohibió el ingreso al imperio. Las fronteras quedaron permanentemente cerradas y todo intento por comunicarse con el mundo exterior quedó estrictamente prohibido.

El emperador también impuso toques de queda y duras restricciones sociales. Nadie tenía permitido salir luego del anochecer hasta el amanecer, los ciudadanos necesitaban un permiso especial para viajar más allá de sus hogares y era ilegal que las personas se reunieran con cualquiera que fuera ajeno a su familia íntima. Adicionalmente, todas formas de expresión creativa, como el arte, la música y el teatro, fueron prohibidas. La única ropa que los ciudadanos tenían permitido usar en público eran uniformes negros sobrios que el emperador repartía. Era normal que se registraran las residencias privadas en busca de dinero, joyas, armas y otros elementos de valor, y se los llevaran como “donaciones” para el Imperio.

Los soldados muertos del emperador patrullaban las calles día y noche para asegurarse de que se cumplieran las nuevas leyes y los cadáveres andantes no dudaban en dar ejemplos grotescos con la gente que los desobedecía. Por tal motivo, los ciudadanos se quedaban en sus casas para evitar problemas, todo mientras rezaban porque algo, o alguien, los liberara de esta nueva pesadilla.

Sin embargo, la modificación más severa a la constitución fue la ley sobre la magia. El Imperio impuso la pena de muerte a aquellas personas que simplemente empatizaran con la comunidad mágica. El decreto le daba al emperador el derecho absoluto de encarcelar a cualquiera que se sospechara que apoyara a sus enemigos mágicos.

En los meses que siguieron a la sucesión del emperador, el Ejército de los Muertos arrestó a cientos de “simpatizantes de la magia” y los sentenció a la horca sin pruebas ni juicio previo. Lo más extraño de todo fue que, si bien las sentencias eran rápidas, las ejecuciones quedaban en espera. El emperador nunca explicaba qué era lo que estaba esperando, pero se llegó a la conclusión de que mantenía a estas personas con vida por un plan estratégico.

En sus primeras semanas al poder, el emperador demolió la Universidad de Derecho de Colinas Carruaje frente a la plaza central y, en su lugar, construyó un coliseo inmenso. El coliseo era más alto que el resto de los edificios de la capital; tenía suficientes asientos como para albergar a miles de personas y fue construido específicamente con solo dos entradas, lo cual dificultaba mucho la entrada y la salida. El proyecto terminó justo dos semanas antes del primer aniversario del Imperio de los Justos. La noche que finalizó su construcción, el emperador les ordenó a todos los ciudadanos de Colinas Carruaje que asistieran al coliseo para presenciar las ejecuciones retrasadas de los “simpatizantes de la magia”.

La Hermandad de los Justos, vestidos de pies a cabeza con sus uniformes fantasmales de tonos plateados y armados con sus armas destellantes de roca de sangre, llevó a los ciudadanos agotados, hambrientos y rechazados al coliseo. Para cuando llegaron, el emperador ya se encontraba allí, observando todo desde su palco privado en lo más alto de la arena. Irradiaba una luz carmesí por su vestimenta hecha con roca de sangre, tanto su capa, su traje y su corona, la cual se enroscaba alrededor de su rostro como los cuernos de un carnero.

El emperador en ningún momento se dirigió a los ciudadanos que tomaban asiento en el coliseo, ya que solo tenía ojos para las afueras del coliseo. Tenía un par de binoculares presionados con fuerza sobre sus ojos con los cuales inspeccionaba cada rincón del horizonte y cada parche del cielo nocturno.

–Su Grandeza. –El Alto Comandante hizo una reverencia cuando ingresó al palco privado–. Los ciudadanos están sentados y los soldados en posición, señor.

–¿Y los arqueros? –preguntó Siete.

–Ya están ubicados alrededor de todo el coliseo y en cada techo de la capital.

–¿Y las entradas?

–Completamente vigiladas, señor –respondió el Alto Comandante–. Confío en que hemos creado la estructura más segura del mundo.

–¿Lo suficientemente segura para ella, Alto Comandante? –lo presionó Siete.

–Si encuentra una forma de entrar, no logrará salir con vida. –Siete esbozó una sonrisa bajo sus binoculares, pero no los apartó.

–Bien –dijo–. Empecemos.

El Alto Comandante vaciló por un instante.

–Señor, ¿está seguro de que vendrá? Dadas las medidas de seguridad adicionales, sería extremadamente riesgoso que…

–Confíe en mí, Alto Comandante, ¡morderá el anzuelo! –exclamó Siete–. Ahora procedan. Esperé suficiente para este momento.

Con esas palabras, el Alto Comandante volteó hacia el centro del coliseo y, a su señal, dos miembros del clan comenzaron a girar una palanca. Una reja pesada se abrió por detrás de ellos. En ese momento, más miembros del clan aparecieron por la puerta escoltando a cientos de prisioneros desde los calabozos subterráneos. Las manos y pies de los “simpatizantes de la magia” estaban sujetados con cadenas gruesas y apenas podían moverse a medida que los hombres los empujaban hacia el centro de la arena.

Si bien los ciudadanos querían gritar al ver a sus amigos y familiares encadenados, permanecieron lo más silenciosos posible. Aun así, algunos gritos escaparon de sus labios y resonaron por todo el coliseo sepulcral.

–Empiecen con la familia Evergreen –gritó Siete sobre su hombro.

Cinco hombres del clan tomaron a los cinco miembros de la familia Evergreen de la larga línea de prisioneros. El Juez Evergreen y su esposa, sus hijos Brooks y Barrie, y la esposa de Barrie, Penny, fueron arrastrados hacia los escalones de una horca de madera y ubicados en fila detrás de una única soga. Los ciudadanos estaban impresionados por lo estoicos que permanecieron los Evergreen; algunos inclusos parecían entusiasmados de estar allí. La señora Evergreen miraba la soga con una sonrisa grande algo tenebrosa, Penny estaba tan excitada que prácticamente parecía vibrar y Brooks les levantaba el pulgar a todos en el público.

–¡Cómo se atreven a tratarnos como criminales! –gritó el Juez Evergreen–. ¡Por todos los cielos, soy un Juez del Reino del Sur! ¡Dediqué toda mi vida a hacer cumplir la ley!

–No, eras un Juez –gritó Siete–. Y pronto dejarás de existir.

–¿Empezamos con el antiguo Juez, señor? –preguntó el Alto Comandante.

–No, cuelguen al menor primero –indicó Siete–. Si eso no llama la atención del Hada Madrina, nada lo hará.

Los miembros del clan empujaron a Barrie hacia adelante y ajustaron la soga con firmeza alrededor de su cuello.

–¡Ah,qué desgracia! –gritó Penny–. ¡No pu-pu-puedo creer que estoy a punto de presenciar la mu-mu-muerte de mi esposo! ¡Qué mundo cru-cru-cruel!

–No te preocupes, Jenny, ¡digo, Penny! –contestó Barrie, aunque apenas podía hablar con la cuerda sobre su garganta–. Todo esto terminará pronto.

–¡Po-po-por favor muestren piedad! –rogó su esposa.

–Supongo que, de cierto modo, colgarlo es bastante piadoso –comentó Brooks–. Es mucho más rápido que morir quemado, ahogado, crucificado o hervido. Y no es para nada tan desastroso como decapitarlo, empalarlo, arrastrarlo y descuartizarlo, aplastarlo con rocas…

–¡Pss! ¡Brooks! –susurró el Juez Evergreen–. ¡Cállate! ¡No es tu turno de hablar!

–¡Ah, lo siento! –susurró Brooks–. No me di cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.

–¡Bueno, yo estoy de acuerdo con mi hijo! –anunció la señora Evergreen dramáticamente, para asegurarse de que todos en el coliseo pudieran escucharla–. ¿A esto llamas una ejecución pública? ¡Asistí a fiestas mucho más amenazantes! Vamos, Emperador, ¡puede hacerlo mejor! ¡Queremos sangre! ¡Queremos suspenso! ¡Queremos terror absoluto!

La señora Evergreen le lanzó una mirada jubilosa al emperador, como si le estuviera pidiendo que se animara a ordenar una muerte más sangrienta para su hijo. El juez Evergreen tosió y su familia lo miró como si los estuvieran regañando.

–¡Oigan! ¡Sigan el guion! ¡Dejen de desviarse!

–¡No puedes esperar que una madre se quede en silencio en un momento como este! –proclamó la señora Evergreen–. Quiero lo mejor para mi hijo, ¡y eso incluye su ejecución!

El juez Evergreen, resignado, se golpeó la frente con la palma de su mano.

–Si hubiera sabido que se comportaría así, señora Evergreen, ¡nunca le hubiera pedido que fuera mi esposa! –refunfuñó–. ¡Todos cállense! ¡Déjenme hablar a mí de ahora en más!

Los ciudadanos congregados encontraban la discusión de la familia bastante peculiar. Intercambiaban miradas de confusión a lo largo de todo el coliseo; incluso los miembros de la Hermandad de los Justos se rascaban la frente. El emperador, por otro lado, no les prestaba mucha atención. Tenía otras preocupaciones.

–Algo está mal… –murmuró Siete para sí mismo–. Ya debería estar aquí… Su hermano favorito está a segundos de morir y no aparece por ningún lado…

El corazón del emperador estaba latiendo con todas sus fuerzas, lleno de ansiedad. Revisó el horizonte frenéticamente con sus binoculares, preocupado de que estuviera dejando algo de lado.

–¡Cuélguenlo a la cuenta de tres! –exclamó el Alto Comandante desde la horca.

No, esto no está bien… pensó Siete. Ella preferiría morir antes que ver a su familia perecer…

–¡UNO!

Entonces, ¿en dónde está? ¿Por qué no vino a rescatarlos? ¿Qué está esperando?

–¡DOS!

–A menos que… –dijo Siete cuando se le ocurrió la más perturbadora de las ideas–. ¡Ya esté aquí!

–¡TRES!

El emperador volteó hacia la horca. El suelo se abrió justo debajo de los pies de Barrie y su cuerpo cayó directo a través de la plataforma de madera. La multitud gritó horrorizada; sin embargo, el cuello de Barrie Evergreen no se quebró tal como esperaban. En su lugar, empezó a estirarse sin parar como si estuviera hecho de goma hasta que ambos pies se apoyaron sobre el suelo. Todos los ciudadanos a lo largo de la arena gritaron; algunos incluso se desmayaron.

–¡ESE NO ES BARRIE EVERGREEN! –gritó Siete desde su palco.

–¡Mordió el anzuelo! –le dijo el juez Evergreen a su familia–. ¡Es ahora!

De pronto, las cadenas que sujetaban los cuerpos de los Evergreen se evaporaron en el aire. Cada uno de los miembros de la familia se quitaron la piel de sus rostros y el cabello sobre sus cabezas; ¡habían estado usando disfraces encantados todo este tiempo! A medida que se quitaban las pelucas y las máscaras, las verdaderas identidades de las impostoras quedaron reveladas. El juez Evergreen era una muchacha regordeta con plumas blancas sobre su cabeza, la señora Evergreen era una enorme muñeca con ojos de botones y cuerpo de arpillera, Brooks era una planta caminante con la piel cubierta de clorofila y decenas de hojas sobre su cabeza, y Penny tenía alas, ojos saltones y un aguijón como un insecto gigante.

Como si su cráneo estuviera hecho de arcilla, la cabeza de Barrie se escurrió completamente a través del nudo en la soga y, cuando finalmente se quitó el disfraz, resultó ser una muchacha con bigotes y cola de zorrillo.

–¡NOS ENGAÑÓ UN GRUPO DE BRUJAS! –gritó Siete con una voz chillona.

Si eso no fuera suficiente sorpresa para toda la multitud en la arena, los cinco miembros del clan que se encontraban en la horca de inmediato se quitaron sus uniformes plateados y cinco jóvenes tomaron su lugar. El primero era un joven con un traje metálico y dorado con fuego sobre su cabeza y hombros. La segunda era una joven de cabello oscuro y rizado que llevaba una túnica hecha con esmeraldas destellantes. La tercera era una muchacha con una colmena naranja sobre su cabeza y un vestido hecho con parches de panales de abejas. La cuarta era una joven que llevaba un traje de baño color zafiro y con una cabellera que fluía sobre su cuerpo como una cascada continua de agua. Y, por último, la quinta era una hermosa mujer con un traje de saco y pantalones, y una varita de cristal.

–¡ES EL CONSEJO DE LAS HADAS! –gritó Siete–. ¡MÁTENLAS! ¡MÁTENLAS A TODAS!

Los arqueros a lo largo de todo el coliseo apuntaron sus ballestas a las recién llegadas. Brystal Evergreen apuntó su varita a Hilvana, Retoña, Abi y Pip y unas escobas aparecieron en sus manos. Las brujas se subieron a ellas y volaron en círculo alrededor de la arena. Los ciudadanos y los miembros del clan se agacharon y se arrojaron fuera del camino a medida que las brujas volaban por el aire a solo centímetros de sus cabezas. El movimiento era desconcertante para los arqueros, quienes no sabían hacia dónde ni a quién dispararle primero.

–¡TONTOS! ¡NO DEJEN QUE LOS DISTRAIGAN! –gritó Siete–. ¡DISPÁRENLE AL HADA MADRINA! ¡ELLA ES LA PRIORIDAD!

–¡Amarello! ¡Cielene! ¡Denme un poco de vapor! –exclamó Brystal.

Una explosión feroz de fuego erupcionó de las palmas de Amarello y un géiser de agua brotó de los dedos índices de Cielene. El fuego se encontró con el agua y creó una inmensa nube de vapor. Brystal movió su varita y una ráfaga de viento fuerte movió el vapor alrededor de toda la arena, ocultando a las hadas y a los prisioneros de la vista de los arqueros.

–¿POR QUÉ NO ESTÁN DISPARANDO? –gritó Siete.

–¡Señor, los arqueros no pueden ver a quién le disparan! ¡Aún tenemos hombres allí abajo! –le contestó el Alto Comandante.

–¡NO ME IMPORTA QUIÉN SALGA HERIDO! ¡SOLO DISPAREN! –ordenó Siete.

Los arqueros dispararon sus ballestas y las flechas de roca de sangre surcaron el aire hacia el centro del coliseo, apenas errando a Brystal y sus amigas. Los miembros del clan intentaron usar a los prisioneros como escudos humanos. Brystal movió nuevamente su varita y los hombres cobardes salieron despedidos hacia la nube de vapor y giraron alrededor de las hadas como si los hubiera atrapado un tornado poderoso. Los arqueros bajaron sus ballestas, temiendo herir a sus compañeros.

El emperador gritó furioso por la incompetencia de la Hermandad. Avanzó a toda prisa hacia el otro lado del palco y les gritó a los soldados muertos que vigilaban las entradas.

–¡GUARDIAS! ¡VENGAN AQUÍ Y ATAQUEN A LAS PAGANAS! ¡NINGUNA BRUJA O HADA SALDRÁ DE ESTE COLISEO CON VIDA!

–¡Emerelda! ¡Rápido! ¡Quítale las cadenas al resto de los prisioneros! –le ordenó Brystal.

A medida que el Ejército de los Muertos ingresaba a toda prisa al lugar, Emerelda se acercó lo más rápido que pudo a los prisioneros y convirtió sus cadenas en talco que se desintegró en sus manos y pies.

–¡Lucy! ¡Tangerina! ¡Bloqueen las entradas antes de que entren los soldados! –les pidió Brystal.

De inmediato, las hadas se acercaron a toda velocidad a las entradas en los lados opuestos del coliseo. Lucy golpeó el suelo con un puño y una grieta gigante se extendió por el suelo hasta la primera entrada como un rayo, provocando que la puerta se derrumbara antes de que los soldados muertos pudieran atravesarla. Tangerina envió un enjambre de abejas hacia la segunda entrada y estas cubrieron a los soldados de miel, pegándolos al suelo y las paredes. Pronto la entrada quedó cubierta de esqueletos pegajosos.

–¡Las entradas están bloqueadas, pero eso significa que las salidas también! –anunció Lucy–. ¿Cómo vamos a poner a salvo a los prisioneros?

–¡Yo me encargo! –contestó Brystal.

Apuntó su varita hacia los prisioneros y cada uno de ellos quedó rodeado por una burbuja gigante. Para la sorpresa de ellos, las burbujas se elevaron por el aire, llevándolos alto en el cielo nocturno. Una vez que todos los prisioneros salieron flotando del coliseo, Brystal apuntó su varita a Emerelda, Amarello, Tangerina, Cielene, Lucy y a ella misma. Así se unieron a los prisioneros en burbujas propias, mientras que Hilvana, Retoña, Abi y Pip las seguían en sus escobas.

Luego de la partida de las hadas, la nube de vapor en la arena lentamente se desvaneció y los hombres que giraban en el tornado cayeron al suelo. Los ciudadanos celebraron su escape, pero rápidamente se quedaron en silencio al recordar que ese tipo de apoyo era ilegal. El emperador estaba tan furioso de ver a las hadas y a las brujas marcharse volando con sus prisioneros que empezó a echar espuma por la boca.

–¡ALTO COMANDANTE, ALERTE A LOS ARQUEROS EN TODA LA CIUDAD! –ordenó–. ¡SI LAS HADAS SE ESCAPAN, SERVIRÉ SU CABEZA EN UN PLATO!

–¡Sí, señor! –acató el Alto Comandante.

Enseguida, el Alto Comandante sopló un cuerno para dar aviso a todos los arqueros ubicados en los tejados de toda la capital. Los arqueros respondieron rápido, ya que empezaron a disparar cientos de flechas de roca de sangre a los prófugos que sobrevolaban la ciudad. De repente, las burbujas se encontraron inmersas en una lluvia de flechas, lo que provocó que muchas de ellas estallaran y los prisioneros cayeran del cielo. Cada vez que esto ocurría, Brystal movía su varita y restauraba las burbujas, pero no podía mantener el ritmo.

–¡Hilvana! ¡Retoña! ¡Abi! ¡Pip! ¡Ayúdenme a atraparlos! –les pidió Brystal.

Las brujas de inmediato se lanzaron por el aire y atraparon a los prisioneros que caían, solo momentos antes de que se estrellaran contra el suelo. Por desgracia, el ataque incesante de los arqueros no parecía que fuera a detenerse, por lo que las brujas rápidamente se quedaron sin espacio en sus escobas.

–¡SÍ! –celebró Siete mientras observaba cómo estallaban las burbujas–. ¡Nunca lograrán salir de la capital! ¡Caerán como moscas!

–¡Emerelda! –gritó Brystal hacia atrás–. ¡Pide refuerzos!

Emerelda asintió y llevó un pequeño silbato de esmeralda a sus labios. Enseguida, lo sopló con todas sus fuerzas y un tono agudo resonó por todo el cielo.

–¡Señor, mire! –dijo el Alto Comandante–. ¡Algo se acerca a la capital!

El emperador miró a lo lejos y cada gota de alegría que había reunido abandonó su espíritu. Una sombra inmensa negra apareció por el horizonte, moviéndose por el aire como un velo atrapado en el viento. A medida que la sombra se acercaba, el emperador comprendió que no era solo un único objeto, sino miles de ellos moviéndose juntos. Levantó sus binoculares para inspeccionar la nube más de cerca y descubrió ¡una bandada inmensa de grifos que se acercaba a la ciudad!

Las criaturas mágicas volaron entre los edificios de Colinas Carruaje y atacaron a los arqueros a lo largo de toda la capital. Derribaron a los hombres de los techos con movimientos bruscos de sus alas, les quitaron las ballestas de las manos con sus picos y partieron las flechas de roca de sangre con sus garras. Los arqueros quedaron completamente desprotegidos ante las bestias majestuosas y muchos se vieron obligados a abandonar sus puestos. Mientras los grifos atacaban a los miembros del clan, las hadas, las brujas y los prisioneros se alejaron de Colinas Carruaje. Una vez lejos de los arqueros, las criaturas mágicas se unieron a la procesión de burbujas y volaron hacia la seguridad en el horizonte.

–¡NOOOOO! –rugió Siete tan fuerte que toda la ciudad pudo oírlo–. ¿CÓMO ES SIQUIERA POSIBLE? ¡¿CÓMO PUDIERON DEJARLAS ESCAPAR?! ¡OTRA VEZ!

El Alto Comandante tragó saliva y dio un paso cuidadoso hacia atrás.

–Mis más sinceras disculpas, señor –dijo–. ¡Estaba seguro de que nuestro plan funcionaría!

Los binoculares del emperador empezaron a resquebrajarse en sus manos, pero, de pronto, se quedó muy quieto y silencioso. Su ira se vio interrumpida por algo extraño que notó en el cielo.

–Espera un segundo –dijo Siete–. ¿Dónde está el Hada Madrina? ¡Ella y la bruja gorda no están con el resto!

El emperador miró hacia el horizonte una y otra vez, pero Brystal y Lucy habían desaparecido.

–¿Sus órdenes, mi señor? –preguntó el Alto Comandante.

–¡Reúna a los hombres y búsquenlas por toda la ciudad de inmediato! –ordenó Siete–. ¡Todavía siguen aquí!

Las burbujas de Brystal y Lucy descendieron en la plaza central de Colinas Carruaje y estallaron al entrar en contacto con el suelo. Ni bien aterrizaron, Brystal salió corriendo y Lucy la siguió por detrás.

–Bueno, el rescate fue un éxito, ¡pero la actuación estuvo pésima! –se quejó Lucy–. Supongo que fue por tener un elenco de novatos. No hay nada peor en el mundo de los espectáculos que un novato que cree que puede improvisar.

Brystal se detuvo abruptamente y miró a su alrededor como si estuviera perdida. Apenas pudo reconocer la ciudad en la que había crecido. Todos los edificios estaban cubiertos con pancartas plateadas con el rostro del emperador o el símbolo del lobo blanco de la Hermandad de los Justos, todas las puertas y ventanas estaban tapiadas o encadenadas, y todas las estatuas y homenajes a gobernadores pasados habían sido removidas o demolidas. Las calles estaban cubiertas con grandes montañas de cenizas, aunque Brystal no sabía con exactitud qué era lo que habían quemado. Una tenue nube de humo aún flotaba en el aire, haciendo que fuera muy difícil ver más allá de unos pocos metros en cada dirección.

–Brystal, ¿qué sucede? –preguntó Lucy–. ¿Por qué nos detenemos?

–Todo se ve diferente y ya no reconozco los edificios –contestó.

–¿No hay algún mapa por aquí?

–No, pero quizás pueda hacer uno.

Brystal cerró los ojos y visualizó a Colinas Carruaje tal como la recordaba de su infancia. Movió un brazo en un círculo amplio y miles de luces pequeñas brotaron de la punta de su varita, como si estuviera salpicando a las calles con una neblina brillante. Sin embargo, las luces no se quedaron aferradas a los edificios en su estado actual, sino que recrearon la ciudad tal como ella la recordaba. Luego de abrir los ojos y entender dónde estaba, las luces desaparecieron.

–¡La biblioteca está allí! –exclamó–. ¡Sígueme! ¡No tenemos mucho tiempo!

Brystal tomó a Lucy de la mano y la llevó hacia un edificio con un domo de cristal, justo al otro lado de la plaza central. Al igual que el resto de los edificios, la biblioteca estaba cubierta con pancartas plateadas, pero a diferencia de las otras, la escalinata frontal estaba rodeada por una alta cerca de metal. Un letrero en la cerca decía así:

¡ATENCIÓN, SÚBDITOS!

En conformidad con el artículo dos

de la Constitución Justa del Emperador,

este edificio se encuentra oficialmente

cerrado al público.

Se prohíbe el acceso no autorizado.

Los intrusos serán sentenciados a la pena de muerte.

La advertencia le hirvió la sangre a Brystal. Rompió la cerca con su varita y luego Lucy subió a toda prisa por la escalinata. Una vez arriba, derribó la puerta doble de una patada. Apenas entraron al edificio oscuro, Brystal empezó a sentir el estómago revuelto. ¡La biblioteca había sido saqueada hasta quedar irreconocible! Todos los muebles estaban derribados y los sillones cómodos estaban completamente desgarrados. El globo plateado inmenso que alguna vez había lucido majestuoso en el centro de la planta baja ahora estaba destruido sobre la alfombra. Y lo más aterrador de todo era que cada estante de la biblioteca de tres pisos estaba vacío.

–Vaya, parece que alguien se olvidó de devolver los libros –bromeó Lucy.

–No, esto no está bien –dijo Brystal–. ¡Este lugar estaba lleno de libros!

–¿Qué crees que pasó con ellos? –le preguntó Lucy.

–Siete debe haberlos escondido en algún otro lugar. Echemos un vistazo por si dejaron algo atrás.

Brystal y Lucy deambularon por los pasillos de la espaciosa biblioteca como ratas en un laberinto de varios niveles. Desafortunadamente, ni una sola página había sobrevivido a la purga del emperador. Incluso la cámara secreta de los jueces, la que Brystal había descubierto cuando trabajaba allí, estaba completamente vacía. Derrotada, comenzó a caminar junto a una ventana del tercer piso. Sus ojos se posaron sobre la plaza central afuera y fue en ese momento que todo su cuerpo se tensó. De pronto, entendió qué eran todas esas cenizas en las calles.

–Siete no escondió los libros, ¡los quemó! –exclamó Brystal sin poder creerlo.

–Estoy tan confundida –dijo Lucy–. ¿Por qué Siete quemaría un montón de libros?

Brystal suspiró y negó con la cabeza.

–Porque leer fomenta pensar, pensar fomenta las ideas, las ideas fomentan el cambio y nada amenaza más a un tirano que el cambio.

Lucy gruñó y formó puños con ambas manos.

–¡Dios, ODIO a ese sujeto! –exclamó–. ¡Justo cuando estaba pensado que no era posible odiar tanto a alguien, siempre me demuestra lo equivocada que estaba!

–Por suerte, los libros se pueden reemplazar –agregó Brystal–. Bueno… al menos la mayoría.

Lucy tragó saliva.

–¿Crees que también destruyó ese libro con el resto?

–Honestamente, dudo que ese libro estuviera aquí para empezar. Un libro como ese definitivamente me hubiera llamado la atención cuando trabajé aquí y no recuerdo haber visto nada que se asemejara ni remotamente; ni siquiera en la colección privada de los Jueces.

–Pero esta es la única biblioteca que nos faltaba revisar. Si no está aquí, entonces ¿dónde?

Brystal se quedó en silencio mientras pensaba esa misma pregunta. Sin embargo, su pensamiento quedó interrumpido por una extraña luz roja que empezó a destellar a su alrededor. Ambas voltearon y se encontraron cara a cara con el Emperador de los Justos parado en medio del pasillo. Su vestimenta de roca de sangre irradiaba una luz carmesí que cubría a toda la biblioteca oscura, mientras que su ceño fruncido irradiaba odio puro.

–Siete.

Al principio, Brystal estaba agradecida de encontrarse con el emperador. Una parte de ella quería creer que Siete era el joven príncipe elegante que se había arrodillado a sus pies, no este joven peligroso que amenazaba con asesinarla.

–Supongo que tu verdadera familia está sana y salva –dijo Siete con desdén.

–Están sanos y salvo desde hace meses –contestó Brystal.

La boca del emperador se curvó, formando una sonrisa siniestra, pero el odio nunca desapareció de sus ojos.

–Tengo que darte crédito cuando te lo mereces –agregó–. Fue un gran truco el que hicieron en el coliseo. Lamentablemente, esas payasadas serán las últimas.

El emperador chasqueó los dedos y el Alto Comandante de la Hermandad de los Justos apareció a su lado. Los hombres del clan las acorralaron contra una pared al final del pasillo. Brystal estaba desesperada por mover su varita y lanzar a los hombres hacia el otro extremo de la biblioteca, pero sabía que su magia sería inútil contra las armas de roca de sangre. Con sus guardias en posición, el emperador avanzó hacia las muchachas y miró a Brystal a los ojos.

–Dime, Brystal, exactamente, ¿cuántas vidas tienes? –preguntó–. Pensándolo bien, prefiero que sea una sorpresa. Estoy dispuesto a matarte tantas veces como sea necesario.

–Matarme no asegurará tu victoria –le respondió Brystal–. No importa cuántas leyes saques, cuántas mentiras le digas a la gente o cuántos libros quemes; tu final llegará. Tu pueblo es mucho más inteligente y fuerte de lo que crees. Con o sin mí, es solo cuestión de tiempo para que se cansen de tu tiranía y se revelen en tu contra.

–Ahí es donde te equivocas –dijo–. Verás, una resistencia exitosa necesita coraje, necesita inteligencia, incluso resiliencia, y la gente no nace con esas cualidades. No, no, no. La valentía tiene que estar inspirada, la brillantez tiene que ser defendida, la audacia tiene que ser alentada, pero si destruyes todo lo que alimenta a una sociedad, entonces esa sociedad nunca obtendrá las herramientas para destruirte. Y nada desanimará más a mi pueblo que ver ¡la cabeza de la gran Hada Madrina en una estaca!

–¡DESANIMA ESTO, BRONCEADO ANDANTE! –gritó Lucy.

¡FIUUM! Lucy le arrojó el estante más cercano con toda su fuerza y ¡PAM!, cayó directo sobre la cabeza del emperador, aplastándolo contra el suelo. Se quejó y luchó por liberarse, pero el estante era demasiado pesado.

–Así se improvisa –dijo Lucy–. Lo siento, Brystal, no querías seguir hablando con él, ¿verdad?

–Solo estoy celosa de que no se me ocurriera eso antes –contestó Brystal.

–¡NO SE QUEDEN AHÍ PARADOS! ¡MÁTENLAS! –les gritó Siete a sus hombres.

Los miembros del clan arremetieron contra Brystal y Lucy con sus espadas y lanzas en alto. Lucy golpeó el suelo con un puño y abrió una enorme grieta en la alfombra. Esta hizo que todos los estantes del pasillo comenzaran a sacudirse hasta que, uno por uno, cayeron sobre los hombres.

–¡Bien hecho! –le dijo Brystal a Lucy.

–Gracias –le contestó–. Hice lo mismo para escapar de una destilería una vez, ¡pero esa es una historia para otro momento! ¡Larguémonos de aquí!

Brystal y Lucy corrieron a toda prisa por el pasillo, saltando sobre los estantes y los hombres atrapados por debajo. Desafortunadamente, la grieta de Lucy fue mucho más poderosa de lo esperado. A medida que ella y Brystal corrían hacia el próximo pasillo, ¡los estantes comenzaron a caerse a su alrededor!

–¡Lucy, haz que se detenga! –gritó Brystal.

–¡Sabes que no puedo detener nada de lo que inicio! –le contestó Lucy–. ¡Mi magia es como comer comida chatarra!

Sin tiempo para pensar, lo único que las muchachas podían hacer era correr a medida que los estantes caían a sus espaldas por todo el tercer piso ¡como dominós gigantes! Una vez que llegaron a la escalera, los estantes comenzaron a caer por la barandilla. Cayeron hacia los niveles inferiores, provocando un efecto dominó similar en todos los pasillos de la biblioteca. Para cuando Brystal y Lucy llegaron a la planta baja, cada estante de la biblioteca estaba derribado.

Lucy rio nerviosa mientras observaba el desastre.

–Apuesto que estás agradecida de que ya no trabajas aquí –dijo.

Las muchachas huyeron a toda prisa por la salida, pero ni bien alcanzaron la puerta doble, se detuvieron de inmediato; ¡la biblioteca estaba rodeada por el Ejército de los Muertos! ¡Brystal y Lucy estaban atrapadas! Una vez que las vieron, los soldados muertos cargaron contra ellas.

–¡Dios, estos tipos son como cucarachas! ¡Aparecen por todos lados! –exclamó Lucy–. ¿Cómo vamos a pasarlos?

Brystal miró alrededor de la biblioteca en busca de una salida rápida, hasta que sus ojos se posaron sobre el domo de cristal en el techo.

–¡Rápido! ¡Sujétate de mi cintura! –le ordenó.

–¿Por qué? –preguntó Lucy.

–¡Es mi turno de improvisar!

Lucy envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Brystal con todas sus fuerzas. Brystal levantó una mano hacia el techo y una luz brillante brotó de la punta de su varita. La luz envolvió a Brystal y Lucy y, pronto, salieron disparadas por el domo como una estrella fugaz. El domo estalló en mil pedazos y una lluvia de cristal cayó sobre los soldados esqueléticos.

En el tercer piso, el Alto Comandante y la Hermandad de los Justos comenzaron a salir de debajo de los estantes pesados. Una vez que estuvieron libres, los miembros del clan se acercaron a toda prisa al emperador para ayudarlo a levantar el estante sobre su cuerpo.

–Señor, ¿está herido? –preguntó el Alto Comandante.

–¡Estoy bien! –exclamó el emperador mientras se ponía de pie–. ¿Dónde está el Hada Madrina?

–Ella y su cómplice escaparon, señor.

–¡¿Ellas QUÉ?!

Las noticias llenaron al emperador de una ira tremenda. Sujetó al Alto Comandante por los hombros y lo empujó por la ventana más cercana.

–¡El Alto Comandante se ha tomado unas vacaciones! –exclamó Siete y luego señaló al hombre más cercano–. ¡Tú! ¡Tú eres el nuevo Alto Comandante! ¡Si me decepcionas sufrirás el mismo destino! ¿Entendido?

Los ojos del miembro del clan estaban inmensamente abiertos debajo de su máscara plateada y de inmediato hizo una reverencia.

–Estoy a su servicio, señor –dijo con cierto temblor nervioso en su voz.

–Bien –dijo Siete–. Ahora, el Hada Madrina está tramando algo, ¡puedo sentirlo en mis huesos! ¡Tenemos que descubrir qué está planeando!

–¿Qué estaba haciendo en la biblioteca, señor?

–¿No es obvio? –espetó Siete–. Estaba buscando un libro.

–Pero, ¿qué clase de libro, señor?

El emperador miró a través de la ventana rota como si pudiera encontrar la respuesta en la desolada plaza central, pero nada apareció en su mente.

–No lo sé –dijo–. Pero, sea lo que sea, debemos encontrarlo antes que ella.

Capítulo dos

La cuenta regresiva

T ic… Tic… Tic… Tic…

A Brystal siempre le había molestado el sonido del reloj. Ya fuera cuando contaba las horas para escapar de la Escuela para Futuras Esposas y Madres o mientras leía en secreto en la biblioteca de Colinas Carruaje. No creía que un reloj pudiera sonar más ominoso de lo que sonaba. Pero estaba completamente equivocada.

Tic… Tic… Tic… Tic…

Miró hacia el reloj de bolsillo plateado que colgaba de su cintura. A cualquier otra persona, el reloj le hubiera mostrado que faltaban solo unos pocos minutos para el mediodía. Incluso hasta podría haberle resultado insignificante. Pero para Brystal, el sonido sutil era ensordecedor. El reloj no contaba las horas de su día, sino las horas de su vida.

Dos semanas…

Es lo único que te queda…

Para localizar el hechizo antiguo…

Para destruir a la Inmortal…

Y todavía no encontraste nada.

Tic… Tic… Tic… Tic…

Estás en el mismo lugar que hace un año…

Tienes que aceptar la realidad…

Se te acaba el tiempo…

En trece días…

Morirás…

La maldición en su mente rara vez salía a flote en estos días. Se había vuelto tan buena ignorando esos pensamientos perturbadores que apenas los notaba. Incluso cuando captaban su atención, amaba ponerlos en su lugar. Para ella, ya no eran una maldición poderosa, sino una vieja amiga con la que disfrutaba discutir.

Puede que tengas razón…, pensó.

Pero, ¿a quién no le queda poco tiempo?

¿Quién no tiene los días contados?

Saber cuándo terminará mi vida significa que puedo aprovechar de la mejor manera el tiempo que me queda…

Y no desperdiciaré ni un segundo.

Cerró el reloj y lo guardó nuevamente en el bolsillo de su pantalón. Estaba parada frente a la ventana de su oficina en la Academia de Magia, observando las colinas verdes, el océano azul destellante y el castillo dorado que brillaba a su alrededor. Siempre que podía, admiraba el Territorio de las Hadas, ya que sabía que cada momento podría ser el último. Sin embargo, no se permitía quedarse perdida allí por mucho tiempo. Con o sin la muerte por delante, tenía mucho trabajo que hacer.

Afortunadamente, no tenía que lidiar con el peso de encontrar el libro de hechizos y a la Inmortal sola. Por primera vez, en lugar de ocultarles a sus amigas la verdad, se las había confiado. Sabían de su pacto con la Muerte, sabían que solo tenía un año para encontrar a la Inmortal y destruirla con un libro antiguo de hechizos, o su vida terminaría. Y antes de siquiera pedirles que la ayudaran, se pusieron de inmediato a trabajar.

En los últimos once meses y dos semanas, la oficina de Brystal se convirtió en el centro de una profunda investigación. Las hadas cubrieron cada superficie de los muebles de cristal con mapas y registros de bibliotecas, librerías y coleccionistas de libros en todo el mundo. Mientras ellas trabajaban sin descanso para encontrar el antiguo libro de hechizos, las brujas trabajaban diligentemente para identificar a la Inmortal. Todas las paredes de la oficina estaban cubiertas con certificados de nacimiento, certificados de defunción y retratos de mujeres muy viejas.

La biblioteca de Colinas Carruaje era la última que les quedaba por registrar, de modo que las hadas pudieron pasar a contactar librerías y coleccionistas de renombre. A la hora de contactarse con estos lugares, las hadas utilizaron seudónimos para mantener su misión en secreto. Así les solicitaron a los vendedores y coleccionistas cualquier publicación antigua que tuvieran en su posesión. Cada mañana, Horence, el caballero, les llevaba una pesada pila de cartas a la oficina para que pudieran hurgar con esperanza, en busca de una pista.

–¡Acabo de recibir una carta de la librería Ratón de biblioteca en los Altos de Tinzel! –anunció Emerelda–. Parece que la cerraron y la convirtieron en una cafetería. Maldición, es la cuarta del mes. Dicen que donaron los libros al orfanato local, pero ninguno tenía más de una o dos décadas.

–¡El coleccionista de libros de Fuerte Longsworth por fin me respondió! –exclamó Tangerina–. El señor Gibbinson dice que estará muy feliz de mostrarnos su colección de textos antiguos y su colección de mapaches embalsamados. La segunda parte es un poco perturbadora, ¡pero la primera luce prometedora!

–¡Tengo noticias del Reino del Este! –comentó Amarello–. La librería La vieja novelle en Mano de Hierro dice que se especializan en libros antiguos de todo el mundo. ¡Incluso tienen algunos que datan del reinado del Rey Champion I! ¡Deberíamos ir a ver!

Junto con el correo, cada mañana Horence también les llevaba una pila de periódicos de varias ciudades del mundo. Las brujas revisaban los obituarios para ayudarlas a descartar potenciales sospechosas inmortales.

–¡Otra que estira la pata! –proclamó Lucy–. Faradean Fairtucket oficialmente pasó a mejor vida la semana pasada a los ciento doce años. Tuvo cuatro hijos, quince nietos y siete exmaridos muy jóvenes, vaya, vaya, ¡bien hecho, Faradean! Sus últimas palabras fueron “Ah, ahí estás, Dios. Pensé que te habías olvidado de mi”.

–Yo también tengo malas noticias –dijo Pip–. Ester Esterwig falleció a la edad de ciento tres años. Fue sepultada ayer en el cementerio Eterno de los Altos de Tinzel. Dice que murió en paz mientras su esposo dormía; aparentemente Ester tenía insomnio. Maldición, en verdad esperaba que fuera ella.

–Parece que Windella Parkweed también nos abandonó –anunció Retoña–. Falleció solo unos pocos días antes de cumplir ciento cinco años. Windella dejó a sus amados felinos, el Alcalde Bigotes, Minino Bebé, Nievín Guantín, Doctor Boladepelo, Ángeles Patitas y Gruñón Segundo. Se desconoce la causa de muerte porque los gatos se comieron su cadáver.

–Fantástico –dijo Hilvana con una inmensa sonrisa–. ¿Me puedo quedar con eso?

Hilvana cortó el obituario del periódico y lo pegó en un cuaderno en el que coleccionaba obituarios espantosos. Mientras Hilvana guardaba el recorte, Abi sobrevolaba por la oficina y marcaba con una X roja los retratos de Faradean Fairtucket, Ester Esterwig y Windella Parkweed.

–Se-se-se nos acaban las so-so-sospechosas centenarias.

–Supuestas centenarias –la corrigió Hilvana–. No me voy a cansar de repetírselos, no importa lo que digan los periódicos, ¡estos obituarios pueden ser falsos! ¡La única manera de estar seguras es desenterrar a estas mujeres y asegurarnos de que estén realmente muertas!

Pip tragó saliva y levantó la mano.

–Brystal, ¿puedo volver al equipo de búsqueda del libro de hechizos? No me está gustando mucho hacia dónde está yendo todo este asunto de la Inmortal.

–Odio decir esto, pero creo que Hilvana tiene razón –dijo Emerelda–. ¿Quién sabe cuántas veces tuvo que fingir su muerte para no levantar sospechas? Si queremos encontrarla, debemos ser más creativas. No podemos esperar a que la mujer más antigua del mundo entre por esa puerta caminando.

De repente, la puerta se abrió de golpe y la señora Vee entró a la oficina.

–¡Hola, hola, hola! –canturreó la jovial ama de llaves–. ¡Supuse que tendrían hambre así que les preparé un suflé de moras! ¡No van a creerme, pero uno de los prisioneros que rescataron ayer del Imperio de los Justos es un pastelero de renombre mundial! Vaya suerte, ¿no creen? Estuvimos intercambiando recetas toda la mañana. Hilvana, Retoña y Abi, según sus dietas, cubrí sus suflés con patas de arañas para que se sientan como en casa. De todos modos, ¡esta no fue la primera vez que puse un insecto en la comida de alguien! ¡JA-JA!

Cielene abrió los ojos bien grandes y señaló a la ama de llaves con un dedo acusatorio.

–¡Oh, por Dios! ¡La señora Vee es la Inmortal! –anunció–. ¿Por qué no se nos ocurrió antes? ¡Es la persona más vieja que conocemos! ¡Incluso sus bromas son antiguas!

La señora Vee puso los ojos en blanco y dejó la bandeja con los suflés de moras sobre la mesita de café.

–Una vez más, Cielene, me siento halagada de que pienses eso de mí –respondió el ama de llaves–. Pero, si fuera la Inmortal, ¿crees que me vería así?

–¿A qué se refiere, señora Vee? –preguntó Tangerina.

–Supongo que la mejor parte de ser Inmortal es que no envejeces –explicó–. De otro modo, ¿por qué alguien querría vivir por siempre? No querría pasar el resto de mi vida volviéndome cada vez más y más vieja. No me gustan las pasas, ¡mucho menos una frente al espejo! ¡JA-JA!

Las hadas y las brujas se quedaron congeladas y se miraron con un temor compartido.

–¡Claro! –Pip tiró de sus orejas, ansiosa–. ¡Siempre estuvimos buscando a una mujer vieja! ¡Pero la Inmortal podría tener cualquier edad! ¡Eso significa que podría ser cualquiera!

–¡Es co-co-como encontrar una aguja en un pa-pa-pajar! –exclamó Abi–. ¿Có-có-cómo haremos pa-pa-para encontrarla?

–¡Todas cálmense! –dijo Hilvana–. Hay una solución sencilla para todo esto. Solo debemos desenterrar a todas las mujeres. Yo estaré más que agradecida de encargarme de eso.

Las hadas y las brujas deambularon desanimadas por la oficina, quejándose con desesperación. Extrañamente, la única persona a la que más había afectado tal descubrimiento parecía ser la menos afectada. Brystal permaneció sorprendentemente tranquila, como si todo el asunto fuera tan trivial como el pronóstico del clima.

–Tendremos que expandir la búsqueda, eso es todo –dijo encogiéndose de hombros–. Ahora, sigamos buscando el libro de hechizos. Tangerina, quiero que tú y Cielene visiten al coleccionista de libros de Fuerte Longsworth cuanto antes. Traigan todo lo que se parezca a lo que estamos buscando. Amarello, quiero que tú y Emerelda vayan al Reino del Este de inmediato y revisen la librería La vieja novelle. Asegúrense de vestirse como civiles y ocultar su magia; no queremos que se descubra que el Consejo de las Hadas está buscando un libro antiguo.

Emerelda se cruzó de brazos y miró a Brystal con mayor intensidad, como si le estuviera leyendo la mente, y, para la consternación de Brystal, el hada casi siempre lo lograba.

–¿Es solo mi imaginación o te interesa más encontrar el libro de hechizos que a la Inmortal? –preguntó Emerelda.

–En este momento –Brystal suspiró–, creo que si buscamos el libro, aprovecharemos mejor el tiempo.

–Pero necesitamos las dos cosas para salvarte de la Muerte –le recordó Emerelda–. Espero que tu maldición no te esté confundiendo.

–No es la maldición la que habla, te lo aseguro. Solo me quedan dos semanas de vida y quiero ser lo más productiva y práctica posible. Encontrar a la Inmortal solo me salvará a mí, pero encontrar el libro de hechizos salvará a todo el mundo. Ese hechizo es lo suficientemente poderoso como para destruir a la Inmortal, supongo que será igual de efectivo para destruir al Ejército de los Muertos; ¡le pondrá un fin al reino de terror de Siete y la Hermandad de los Justos de una vez por todas! Moriré mucho más alegre si sé que tienen las herramientas necesarias para derrotarlos.

–Es muy noble de tu parte, pero, como dije, todavía faltan dos semanas enteras –le recordó Emerelda–. Incluso aunque tengamos pocas chances de encontrar a la Inmortal, aún debemos intentarlo, de otro modo, nos arrepentiremos toda nuestra vida de no haber hecho lo suficiente para salvarte.

Las hadas y las brujas asintieron al escuchar la explicación de Emerelda. Y Brystal se sintió emocionada por su devoción.

–Está bien –contestó–. No me rendiré.

Lucy se aclaró la garganta.

–¿Puedo agregar mi humilde opinión? Si quieres hacer algo práctico y productivo con tu tiempo, tenemos una fuente de información muy práctica y muy productiva que aún no consultamos –dijo levantando las cejas con impaciencia–. Si hay alguien que sabe cómo encontrar a la Inmortal o el libro de hechizos, esa persona es Madame Weatherberry.

Brystal respiró profundo y bajó la vista hacia el suelo.

–Lo sé, lo sé –dijo–. Es solo que… preguntarle a ella significaría que debo contarle toda la verdad. Y le alegró tanto enterarse de la legalización de la magia que no puedo imaginar lo decepcionada que se sentirá cuando sepa lo del Ejército de los Muertos y mi pacto con la Muerte. Me parece cruel molestarla.

Lucy se llevó ambas manos a la cintura.

–Brystal, está congelada en un bloque de hielo en medio de la nada. Eso no es precisamente una buena vida.

Brystal volteó hacia el globo terráqueo encantado que tenía junto a su escritorio y observó las luces destellantes sobre las Montañas del Norte. Lo que el resto no sabía era que Brystal tenía una razón muy particular para no pedirle ayuda a Madame Weatherberry y no tenía nada que ver con decepcionarla. Desafortunadamente, sabía que había postergado la reunión por demasiado tiempo.

–Tienes razón, debería hablar con ella mientras pueda –concluyó–. Bueno, ya tenemos asignadas nuestras tareas. Amarello y Emerelda viajarán al Reino del Este, Tangerina y Cielene visitarán al coleccionista de libros en Fuerte Longsworth e Hilvana, Retoña, Abi y Pip empezarán a buscar mujeres que se vean demasiado bien para su edad. Mientras tanto, Lucy y yo iremos al norte.