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Un día estupendo: Javier tiene ocho años y está en casa con su hermana mayor. Él pensaba que iba a tener un día tranquilo, cuando su hermana le comunica que tiene que hacer algo muy importante y Javier le tiene que acompañar. Eso tan importante es comprar unas entradas para el concierto de un cantante súper famoso. Javier piensa que va a pasar un día de lo más aburrido. Pero al final el cantante y comprar entradas para el concierto no resulta tan importante en comparación con todo lo que les sucede delante de la taquilla.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es
© Marinella Terziwww.marinellaterzi.com© Ilustraciones de Avi
ISBN: 9788416873807
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.
Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!
Marinella Terzi
¡UN DÍA ESTUPENDO!
Ilustraciones de Avi
Para J. M. Serrat, porque me inspiró este cuento y por todas sus canciones…
-¡Venga, no seas pesado! ¡Levántate de una vez! -Pili tira con fuerza de la pierna de su hermano.
-¡Horror! Pero, ¿qué quieres hacer a estas horas? ¡Déjame dormir un poco más! -Javier vuelve a taparse con la colcha y cierra los ojos con fuerza.
-¡Que no! ¡Tenemos algo muy importante que hacer! ¡Anda, vístete y te lo cuento! El desayuno ya está preparado.
Javier sabe lo tozuda que es su hermana mayor. Así que no hay más que hablar. Se levanta y se mete en el baño.
La familia vive en una casa antigua del centro de la ciudad. Por dentro el piso está reformado completamente y aparecen camas donde menos lo esperas. Es que en casa de Javier hay muy poco espacio y, sin embargo, viven muchas personas. Son nueve, nada más y nada menos: siete hijos y “los pobres padres”, como dicen los vecinos cuando se encuentran a alguno de los hermanos por la escalera.
Javier sabe que con tanta gente y dos sueldos discretos no se puede ser muy rico, pero tampoco cree lo que dicen los vecinos. Para pobre, el del semáforo de la esquina. A ése le salen los dedos gordos por los agujeros de las botas. En cambio, Javier lleva unas hermosas zapatillas deportivas que su madre le compró el otro día.
Lo de las camas está muy bien y es tema de conversación cada vez que vienen visitas.
-¡Cómo habéis aprovechado el espacio! -dicen sorprendidas cuando descubren los misterios que encierran armarios y sofás.
La casa es blanca, blanquísima. Antes era muy oscura y muy triste. Pero un día apareció el padre de Javier con dos enormes botes de pintura y en un fin de semana pintó todas las paredes. Ahora aún huele un poco a pintura, pero está preciosa.
En la casa, aparte de niños y camas, hay plantas, muchas plantas. La madre de Javier las quiere casi tanto como a sus hijos y las alimenta con una regadera de color rojo que llena en el grifo de la cocina.
En los pocos espacios que quedaban libres, el padre de Javier instaló el año pasado unas librerías muy estrechitas pero que llegan hasta el techo y están repletas de libros que guardan mil tesoros. De todas formas, no son suficientes, y hay montones de libros sobre la mesa del cuarto de estar y tras la puerta de la habitación de los mayores y en un cajón bajo la mesa camilla.
Hoy sólo hay dos personas en la casa: Pili, que tiene diecinueve años, y Javier, que ayer cumplió ocho. Los demás hermanos están en el colegio, menos el pequeño, que está en la guardería. Los padres se han ido a trabajar. Pili ha decidido no ir a la facultad porque tiene algo muy importante que hacer, y Javier acaba de pasar el sarampión.
En la cocina, mientras desayunan, Pili sigue sin soltar prenda. Sólo dice:
-Vamos a hacer algo muy especial. Ponte la chaqueta, que nos vamos.
Javier se alegra; hace diez días que no sale a la calle.
Cuando llegan a la avenida, esperan en la parada del autobús. Entonces, Pili suelta una pregunta de sopetón:
-¿Sabes que pasado mañana llega Flick a la ciudad?
Javier no tiene ni idea de quién es Flick. Así, de pronto, le suena a nombre de perro. ¿O a insecticida? Pero Pili continúa hablando y, poco a poco, el niño va haciéndose una idea de quién es el tal Flick.
-No ha actuado nunca en nuestro país, ¿sabes? ¡Y por fin viene! Cantará en el pabellón de deportes el sábado por la noche y hay que conseguir entradas como sea. Por eso hoy no voy a la universidad, porque voy a comprar entradas para ver a Flick.
