Un encuentro pasajero - Donna Kauffman - E-Book

Un encuentro pasajero E-Book

Donna Kauffman

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Beschreibung

Aunque no era habitual en ella, Nathalie Holcomb había pasado una noche de sexo ardiente con un impresionante desconocido. Se suponía que era un encuentro pasajero, pero la puritana Natalie estaba decidida a jugar de acuerdo con las reglas y a conseguir más de aquello que su cuerpo le estaba pidiendo a gritos... Era posible que Jake Lannister viviera en otra ciudad, pero después de aquella increíble noche con Natalie no podía irse sin más. Cuando la lujuria de Jake se convirtió en algo diferente, se enfrentó a un problema nuevo para él. ¿Iba a seguir su camino según sus principios, sin hacer caso de lo que estaba sintiendo, o ...?

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Donna Jean

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un encuentro pasajero, n.º 128 - septiembre 2018

Título original: Her Secret Thrill

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-906-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

1

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Epílogo

Si te ha gustado este libro…

1

 

 

 

 

 

—¿Dónde se habrá metido Liza?

Natalie Holcomb forzó una sonrisa para despedir a otro grupo de los sofisticados y selectos invitados de Liza, que salían de la suite de lujo. Cerró la puerta a su espalda, desesperada por quitarse aquellos terribles zapatos de tacón de aguja y meterse en la gigantesca bañera que la esperaba en su cuarto de baño privado.

No podía negar que Liza sabía organizar una fiesta. El Hotel Maxi era el más nuevo y flamante de todo Nueva York y Liza había reservado toda la suite del ático para su última fiesta. Ella podía permitírselo. O, mejor dicho, sus invitados.

Con veintinueve años, Liza era una de las relaciones públicas más solicitadas de la ciudad. Y la fiesta de aquella noche estaba dedicada a la estrella masculina de la serie televisiva más sexy de todas: Steam. Era la fiesta adecuada para ver a Conrad Jones, y para que lo vieran todos los demás. Ni el rostro ni el cuerpo, perfectamente operados, del actor le parecían nada del otro mundo a Natalie; pero al fin y al cabo, dada su ignorancia de aquel extraño universo… ¿qué sabía ella?

—¿Dónde está Liza?

Al escuchar aquella voz, se giró en redondo esbozando su habitual sonrisa de perfecta anfitriona.

—No sé dónde se encuentra en este momento —respondió, dirigiéndose a la elegante pareja que le había preguntado—. Pero me aseguraré de despedirlos de su parte cuando la encuentre…

La pareja se retiró con un gesto de indiferencia, como si se hubieran dado cuenta de que Natalie no era nadie y, por consiguiente, no quisieran seguir gastando su preciado tiempo con ella. Por suerte, a Natalie no podía importarle lo que pensara aquella gente. El encanto y el glamour eran el trabajo de Liza y el suyo era el derecho empresarial. Se sonrió, pensando que en realidad no era tanta la diferencia: en ambos mundos merodeaban los tiburones. Y Liza era capaz de nadar al lado de los más atractivos…

Habían compartido habitación en la universidad durante cuatro semestres, antes de que Liza decidiera trasladarse a la Gran Manzana para conquistar su sueño. Desde entonces habían pasado seis años. Natalie miró a su alrededor y no pudo menos que esbozar una sonrisa de aprobación. Las dos se las habían arreglado muy bien. Probablemente había sido aquella carrera hacia el éxito lo que las había mantenido unidas a pesar de la agitada vida que cada una llevaba. Natalie vivía en Nueva York pero viajaba por todo el país. Liza residía en Los Ángeles, pero también viajaba mucho. La única razón por la que Natalie se encontraba esa noche en aquel hotel era porque las dos habían coincidido en la misma ciudad, debido a sus respectivas obligaciones laborales, y eso era algo que raras veces ocurría. Había aceptado quedarse con Liza en la suite, y ayudarla en sus labores de anfitriona, con la esperanza de que pudieran pasar después algún tiempo juntas… Un objetivo en el que no había tenido mucho éxito, pensó con un suspiro al ver que eran pocos los invitados que aún quedaban en la suite. Pero su amiga Liza era así. Muy particular.

 

 

Una hora y cerca de unas veinte despedidas después, Natalie pudo al fin suspirar a gusto, apoyando la espalda contra las grandes puertas dobles de la suite. «Por fin», musitó. Liza seguía sin aparecer. Conociéndola, imaginó que Conrad la habría convencido de que lo acompañara a alguna otra fiesta. Su amiga era una esclava de su carrera de relaciones públicas, pero a la vez la adoraba. Por supuesto, pensó Natalie con una sonrisa, Liza probablemente le habría dejado pensar a Conrad que era él quien llevaba la iniciativa, cuando generalmente sucedía todo lo contrario.

Sacudiendo la cabeza se dirigió hacia la cocina, recogiendo de camino unos cuantos vasos vacíos. A las dos de la madrugada había despedido al servicio de camareros, y eran casi las tres. A primera hora de la mañana un equipo de limpieza se encargaría de dejar la suite como nueva, así que simplemente dejaría aquellos vasos en el fregadero y se iría a tomar un buen baño…

—Perdón.

Sobresaltada, se volvió rápidamente. Aquella voz profunda pertenecía a un hombre alto, de cabello rubio oscuro y ojos azules de mirada risueña, que rápidamente logró sujetarle dos copas antes de que se le cayeran al suelo.

Por suerte, Natalie se las arregló para no dejar caer las otras tres, que logró dejar sobre el mostrador, intactas.

—Lo siento. No quería asustarla.

—Yo… yo creía que estaba sola —pronunció, con el corazón en la garganta. Habría querido desviar la mirada, recuperar la compostura, pero había algo en la impresión del hombre, que se lo impedía—. Permítame, er… esto es, yo… —se interrumpió, avergonzada de sus balbuceos. Aquella noche había visto a muchos hombres guapos, pero aquel era… real. Aspirando profundamente, volvió a lucir su sonrisa de perfecta anfitriona—. Lo acompañaré hasta la puerta.

Y dio un paso hacia delante, obviamente esperando que la siguiera. No lo hizo. De repente sintió un estremecimiento, no de miedo, sino de aguda conciencia de encontrarse sola en aquella suite con un desconocido. Un desconocido que debía de medir por lo menos uno noventa de estatura.

—Por aquí, por favor —insistió.

En aquel momento le estaba transmitiendo con la mirada un mensaje muy claro: que no estaba para juegos. Era una mirada que había tenido ocasión de practicar en el internado. Los chicos, sobre todo cuando pertenecían a familias adineradas, solían pensar que solo se requería tener una bonita sonrisa y una nutrida cuenta bancaria para que cualquier chica se tumbara agradecida en la cama más próxima y se abriera de piernas. Y esos chicos, ricos o pobres, habían aprendido rápidamente que Natalie Holcomb, de los Holcomb de Connecticut, no era una mujer fácilmente impresionable.

Aquella mirada se había convertido en un reflejo automático para ella. No le importaba la reputación de «princesa de hielo» que se había ganado con ella: de hecho, se sentía orgullosa. Al final de cada jornada, podía decirse con la conciencia tranquila que todo lo que había conseguido había sido a costa de trabajar duro y sin necesidad de abrirse de piernas.

Mirándolo a los ojos, le indicó la puerta. El desconocido, sin embargo, se limitó a sonreírle. Absolutamente imperturbable a la mirada de hielo.

—Mi chaqueta. La tengo en la otra habitación.

Natalie se negó a ruborizarse: eso no era propio de los Holcombs. De su padre había aprendido a aparentar una helada calma. Por consiguiente, aquel brillo que veía en los ojos del desconocido no ejercía el menor efecto sobre ella. Era inútil.

—Lo esperaré en la puerta, entonces —repuso, haciendo gala de sus impecables modales.

—No necesita molestarse. Sé dónde está la salida —y pasó de largo frente a ella.

Por un instante sintió el calor que emanaba de su cuerpo. Evidentemente, si se sentía tan afectada por aquel hombre era debido al cansancio. Estaba más exhausta de lo que había pensado en un principio.

—Vaya. Me temo que tengo un problema.

Nuevamente se sobresaltó al escuchar su voz. Lo maldijo en silencio. Dos veces. Se volvió.

—¿Qué problema?

Se lo había preguntado con mayor brusquedad de lo que había pretendido, casi con grosería. Se recordó que debía mantener siempre la calma. Estaba muy cansada, eran más de las tres de la mañana, pero aun así no podía negar que aquel hombre la inquietaba, la alteraba… ¿Qué era lo que tenía? Fuerte y musculoso sí era, desde luego. Y duro. Sí, ese era el adjetivo que mejor lo describía, ahora que pensaba sobre ello. Con aquellos vaqueros negros y aquel suéter amarillo que delineaba todos sus…

Cielo santo, ¡si se lo estaba comiendo con los ojos sin darse cuenta! Alzó rápidamente la mirada hasta su rostro. Él la miró con una expresión conocedora, demasiado satisfecha.

—¿Qué problema? —repitió, deseando que se marchara de una vez. Al diablo con la educación. Había encontrado su chaqueta, así que no era ese el problema. Aquella chaqueta destacaba aún más la anchura de sus hombros. Quienquiera que lo hubiera asesorado en su imagen, lo había hecho bien.

Liza le había contado decenas de historias sobre directores de castingque habían descubierto a chicos en los lugares más inverosímiles y que, con un preparador personal, buenos asesores y un dentista a su entera disposición, habían acabado convertidos en estrellas de moda. Probablemente aquel tipo habría sido mecánico. O un trabajador de la construcción.

—Mi cartera. Se la dejé a Con para que pagara al conductor de la limusina —explicó por fin, encogiéndose de hombros, y sonrió—. No llevaba nada de efectivo.

—¿Con? ¿Se refiere a Conrad Jones? —balbuceó, impresionada por la familiaridad con que se había referido al actor.

—Nos criamos juntos. En Lamont, Wyoming.

—Espere que vaya a buscar mi bolso. Le prestaré algo para…

—No necesito el dinero —se apresuró a interrumpirla—. Es solo que…

Justo en aquel instante se escuchó una sucesión de golpes sordos al final del pasillo, seguida por los gritos de alguien:

—¡Dios mío, sí! ¡Así, así!

Aquella voz era sospechosamente parecida a la de Liza.

—¿Qué es eso?

Natalie se disponía a dirigirse hacia el pasillo, con actitud decidida, cuando el desconocido la detuvo de un brazo.

—No creo que quiera…

No llegó a terminar la frase porque enseguida resonó otro grito, procedente de la habitación del fondo. Al contrario que el otro, este era muy masculino:

—Oooooh, sí, sí. ¡Me voy, cariño, me voy!

Era la voz de Conrad. Natalie se quedó helada de estupor cuando un gruñido increíblemente gutural y primitivo siguió a aquella declaración… acompañada de rápidos grititos de inefable placer. Los de Liza.

Bueno, ya estaba claro, pensó Natalie. Al menos ahora sabía dónde se había metido su amiga. Se ruborizó hasta la raíz del cabello.

—Lo siento —pronunció el desconocido a su espalda.

—Supongo que, después de todo, no estaba sola —se volvió para mirarlo. Intentó adoptar un tono ligero y despreocupado, pero no le salió.

—Ya —tuvo la delicadeza de aparentar una cierta incomodidad—. Escuche, creo que bajaré al primer piso para ver si el bar del hotel sigue aún abierto. Me alojo en casa de Con y no dispongo de llave propia, así que no tengo adónde ir… —añadió, a modo de explicación. Hasta que al fin ya no pudo más y sonrió abiertamente. Resultaba obvio que se moría de ganas—. Vaya, qué embarazoso es todo esto, ¿no le parece?

Y así, al escuchar aquel comentario, Natalie se echó a reír. Lo cual era un problema ya que, una vez que empezaba, no podía parar. El desconocido no tardó en unírsele, y poco después reían a carcajada limpia apoyados en la pared del pasillo.

—Er… —logró pronunciar, una vez que se hubo dominado—, creo que será mejor que le diga a Con que lo estaré esperando en el vestíbulo. Bueno, quizá sea mejor que le deje una nota. Cuando haya terminado, claro.

—¿Pero y si…? ¿Tan seguro está usted de que él se marchará? ¿Y si se queda… toda la noche aquí?

—Si tuviera mi cartera conmigo no tendría problema en alquilar una habitación en el hotel, pero así…

A pesar de su anterior inquietud, Natalie sintió en aquel momento un sincero aprecio por aquel hombre. Sus respectivos amigos los habían colocado a los dos en una situación increíblemente incómoda. Y lo menos que podía hacer era ponerle término de la manera más rápida y elegante posible.

—Sé que preferiría arreglárselas solo, pero sinceramente le digo que estaría encantada de reservarle una habitación. Ya me la abonará cuando, er… pueda recuperar su cartera —estuvo a punto de soltar otra carcajada, pero se contuvo. Estaba tan cansada que no podía confiar en sí misma. Sería mejor que le consiguiera cuanto antes una habitación para poder acostarse pronto y olvidar todo aquel episodio.

No le dio opción a que se negara. Pasó de largo a su lado y se dirigió a su dormitorio, donde había dejado el bolso en un cajón de la cómoda.

—De verdad, no tiene usted por qué… —protestó el desconocido, siguiéndola por el pasillo…

Justo entonces los golpes empezaron de nuevo. Natalie se detuvo, girando en redondo.

—¡Oh, por el amor de Dios! —miró hacia la habitación del fondo: el cuadro que estaba al lado de la puerta había empezado a inclinarse. Los embates continuaban. Y acompañados de gemidos—. Parece mentira… —musitó.

—Disculpe, pero no sé su nombre.

—¿Perdón? —inquirió, sorprendida.

—¿Cómo se llama?

Tardó un momento en asimilar su pregunta. Le resultaba imposible pensar con aquella especie de maratón sexual desarrollándose en la habitación contigua.

—Natalie —respondió con tono ausente, intentando no escuchar los continuos gruñidos.

—Yo me llamo Jake. Escuche, ¿qué le parecería si saliéramos de aquí y nos tomáramos una buena taza de café? ¿En el bar del hotel o donde sea?

Lo miró como si se hubiera vuelto loco de repente. ¿Qué estaba diciendo? ¿Le estaba pidiendo que saliera con él?

—Usted no tiene dinero.

—De acuerdo —sonrió, tímido. Entonces me dejaré invitar.

—¿Puedo invitarlo a un café pero no reservarle una habitación? La verdad es que me cuesta entender su lógica —a cada instante, aquella conversación le parecía más extraña.

De repente el desconocido se acercó más a ella, y Natalie se encontró absolutamente cautivada por sus ojos azules. Por lo menos aquellos ojos eran lo único que podía distraerla de los gritos de éxtasis que seguían resonando en el pasillo…

—Por cierto, ¿qué tipo de vitaminas tomarán esos dos? —bromeó él.

Sonrió. Fue su sonrisa lo que obró el milagro. O quizá el escandaloso orgasmo de Liza: Natalie no estaba segura. Lo único que sabía era que de repente no se sentía capaz de continuar en aquella suite ni un segundo más.

—Vamos —la urgió nuevamente Jake—. Salgamos de aquí y dejémoslos solos. Tal vez a ellos no les importe, pero a mi sí.

En aquel preciso instante, Natalie no pudo hallar objeción alguna a aquella argumentación. Entró en su habitación, recogió el bolso y se dirigió hacia la puerta, sin volverse para asegurarse siquiera de que la seguía. Lo invitaría a café e intentaría convencerlo de que le dejara reservarle una habitación; esperaba que, para entonces, Liza y Con hubieran quedado satisfechos… y ella pudiera finalmente acostarse y dormir hasta mediodía.

Animada por aquel plan, pulsó el botón de llamada del ascensor. Justo cuando salía Jake, escucharon el grito de Liza:

—¡Sí, sí, justo ahí!

Entraron a la vez en el ascensor, evitando mirarse. Empezó el descenso hasta el vestíbulo.

Ambos se miraron. Y nuevamente estallaron en una carcajada que duró los ochenta y ocho pisos del edificio.

2

 

 

 

 

 

Natalie lucía un top dorado, que le había prestado Liza, sobre unos pantalones negros de seda. Solamente había cedido a los ruegos de su amiga y se había puesto tan elegante porque sabía que se pasaría toda la noche en el hotel, sin salir a la calle. Pues bien, en ese momento estaba en la calle. Y con aquellos pantalones tan ajustados que parecían una segunda piel y aquel top sin espalda, que solo podía llevarse sin sostén, se sentía ciertamente incómoda.

Se hallaban en un café de los que abrían toda la noche, muy cerca del hotel, cuyo bar estaba cerrado a esa hora. Por suerte, Jake pasó de largo ante la barra y le señaló una apartada mesa, en una esquina del local. Allí su vestimenta no llamaría tanto la atención.

Le rozó levemente la espalda desnuda con la mano mientras la invitaba a sentarse. Por algún motivo, aquel simple contacto tuvo el efecto de una terrible descarga eléctrica. Ruborizada y aturdida por su propia reacción, abrió instantáneamente la carta del menú y se refugió detrás de ella, aun sabiendo que no pediría más que una taza de café. No quería que él descubriera que los pezones se le habían endurecido perceptiblemente, destacando con nitidez en el top dorado.

Seguramente había sido la incómoda y violenta situación que acababa de padecer en el hotel lo que la había hecho reaccionar así. Por muy embarazoso que hubiera sido, no podía negar que también había sido un tanto… bueno, excitante.

—Café solo, por favor —le pidió a la camarera, en un murmullo.

¿Por qué volvía a recaer en lo mismo? Ahora que había escapado a aquella escena de desenfreno sexual… ¿acaso la estaba reviviendo mentalmente?

—Café con leche —pronunció Jake, sonriendo a la camarera—. Leche de la de verdad, si es que tiene.

—Claro que sí, cariño —le sonrió a su vez la mujer, que pareció animarse de repente.

Cuando se hubo marchado, Natalie arqueó las cejas con expresión asombrada.

—Vaya, yo creía que las camareras de Nueva York tenían prohibido sonreír. ¿No habrá violado un código ético o así?

—Supongo que son los efectos del encanto de Wyoming, que me legó mi madre… —repuso mientras se quitaba la chaqueta.

Era indudable que lo tenía. Y de sobra. Natalie podía seguir diciéndose que todo se debía a lo avanzado de la hora y a su evidente fatiga, pero aquello tenía poco sentido, así que finalmente decidió relajarse y dejarse llevar. Al día siguiente su vida volvería a la normalidad. Y, desde luego, le diría unas cuantas palabras a Liza…

Pero, por el momento, mantendría una ligera conversación a las cuatro de la mañana con un hombre increíblemente guapo. Y quizá incluso llegara a disfrutar de la experiencia.

—Entonces… ¿desde cuándo conoces a Liza? —le preguntó él, tuteándola de repente.

—Desde que estudiábamos juntas Derecho. Liza lo dejó. Yo no.

—¿Cuál era vuestra especialidad?

—Derecho Empresarial. Una materia muy aburrida —adoraba su trabajo, pero no quería hablar de sí misma. Quería hablar de él—. ¿A qué te dedicas en Wyoming?

—Trabajo para un rancho de ganado.

—¿De veras? —Natalie no pudo disimular su sorpresa. Era un vaquero. Debió haberlo adivinado. Definitivamente daba el tipo físico del vaquero, más que el de un tipo de ciudad.

—En el rancho de mi familia —explicó— yo hago la cuarta generación. Pero paso más tiempo volando de un sitio para otro que en el rancho.

—¿Llevar un rancho exige viajar tanto?

—Es más una corporación empresarial que un rancho. Yo llevo la parte comercial. Vendemos nuestra producción por todo el mundo.

—Vaya. Nunca imaginé que las vacas tuvieran tanta demanda.

—Las de nuestra raza sí. Los Lannister llevamos vendiendo ganado desde tiempos inmemoriales —explicó, sonriendo.

Alzó su taza de café y Natalie se dedicó a contemplar sus manos. Eran grandes, de dedos fuertes. Manos de trabajador. Un eco de los gritos de Liza y Conrad le atravesó como un rayo la mente, y no pudo evitar imaginarse aquellas manos deslizándose por…

—¿Es la primera vez que Liza descarga en ti sus obligaciones de anfitriona?

—Oh, no —bajó la mirada a su taza—. Lo que pasa es que imaginaba que tarde o temprano terminaría saliendo del hotel… y me equivoqué. A mí no me importa ayudarla. Sé que esta fiesta era muy importante para ella —cambiando de tema, añadió—: Antes dijiste que conocías a Conrad desde que erais niños. Supongo que estarás muy orgulloso de su éxito.

—Me alegro de que haya encontrado algo que le guste. Su familia está muy contenta, allá en Wyoming, disfrutando de la fama de su hijo… —sonrió—. Aunque a veces pasan cierta vergüenza con algún episodio de su serie. ¿La has visto?

—No, solo la conozco por referencias de Liza. Pero es un tanto atrevida, ¿no?

—Exacto: ese es el adjetivo que mejor la define. Pero los padres de Con lo llevan bien. Y, además, esta no es nuestra ciudad. Tengo que admitir, sin embargo, que la serie es bastante más… subida de tono de lo que había pensado. Sobre todo dada la hora de emisión, casi al mediodía.

—Deduzco por tus palabras que no eres un apasionado de las telenovelas.

—No —reconoció, riendo—. Hasta la CNN te escandaliza cuando viajas tanto y ves tan poca televisión como yo.

Natalie también se echó a reír, pero no pudo evitar imaginárselo en aquellas habitaciones de hotel, viendo a aquellas parejas de telenovela en la pantalla del televisor, relajándose, haciendo… Se aclaró la garganta.

—Antes… solía ver algunas de esas series. Cuando estaba estudiando. De hecho, me aficioné a ellas por Liza. Siempre la ha entusiasmado el mundo de la televisión, del espectáculo… No me sorprende que haya terminado trabajando ahí. Me alegro muchísimo por ella.

—Está claro que eres una gran amiga suya.

—Sí —sonrió—. Aunque no sé si lo seguiré siendo después de la conversación que mañana pienso tener con ella…

—¿Qué vas a decirle? —arqueó las cejas.

—Bueno, en primer lugar que no me ha gustado nada que me colocara en una posición tan incómoda. No me refiero al hecho de tener que hacer de anfitriona, ya que eso no me importa. ¿Y si hubiera habido más gente en la suite cuando Conrad y ella se pusieron a…? Ya sabes a lo que me refiero.

—Eso habría sido muy interesante —un brillo burlón asomó a sus ojos—. Quizá el ambiente se habría distendido bastante más…

Natalie se lo quedó mirando con la boca abierta. ¿Qué estaba sugiriendo? ¿Una orgía? Pero como si le hubiese leído el pensamiento, Jake añadió:

—Bueno, tendrás que admitir que era un grupo un tanto peculiar. Todo el mundo estaba pendiente de lo que estaban hablando los demás, y de los diseñadores de los vestidos que llevaban. Nunca en toda mi vida había visto a tanta gente obsesionada consigo misma. Y no me refiero a tu amiga. Ella no es así en absoluto.

Natalie soltó un suspiro de alivio, relajada.

—No, no lo es, pero estoy de acuerdo en todo lo que has dicho. Deberías conocer a la gente de mi empresa… ¡esos sí que están obsesionados con ellos mismos! Siempre hablando de auditorías, consejos de administración, inmobiliarias… Y los únicos diseñadores de los que hablan son los que diseñan sus propias casas —de repente se echó a reír.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió, negando con la cabeza. Pero no podía dejar de sonreír—. De acuerdo, te lo diré: me estaba imaginando a Liza repitiendo lo que ha estado haciendo hace un momento en una de las fiestas de mi empresa —alzó los ojos al cielo—. ¡Seguro que no habría logrado distender el ambiente!

—Supongo que te mueves en un mundo bastante rígido y formal, ¿no?

—En apariencia, desde luego que sí. Pero lo que pasa entre bastidores es distinto. Completamente.

—Lo mismo sucede con la gente en general.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que por muy libre que sea el espíritu de gente como Liza o Con, o por muy previsible que sea la rutina que mueve a los ejecutivos de tu empresa, en el fondo todos están determinados por el sexo. O por su naturaleza sexual, digamos. El ejecutivo formal puede que no llegue a hacer nunca lo que Con y Liza han hecho, pero eso no quiere decir que no fantasee con ello. O que no anhele ser lo bastante atrevido como para hacerlo.

—No creo que toda la gente sea así. Algunas personas se sentirían aparentemente mortificadas ante un hecho semejante, y por dentro también.

—¿Tú, por ejemplo? —le preguntó, mirándola por encima del borde de su taza.

Natalie se tensó de inmediato.

—¿Perdón?

Pero su intento de darle opción a que corrigiera la pregunta no tuvo éxito.

—Te he preguntado por tu reacción. Indudablemente te mostraste tan incómoda como yo. Quiero decir que era una situación muy embarazosa: eso es innegable. A lo que hay que añadir el hecho de que no nos conocíamos —bajó la taza—. Pero, aparte de la incomodidad de tener que estar hablando con un desconocido mientras los escuchabas… ¿te quedaste realmente…horrorizada por lo que estaban haciendo allí? —se inclinó hacia ella, desafiándola con su expresión—. Por ejemplo: si hubieras estado sola… ¿qué habrías hecho?

—Habría entrado en mi dormitorio, habría cerrado la puerta y abierto el grifo de la bañera para no oír nada. Creo en el derecho de la gente a la intimidad.

—De acuerdo. Simplemente habrías rehuido la situación.

Natalie reflexionó por un momento, y después asintió con la cabeza.

—Ya estás en la bañera. Responde sinceramente: ¿no se te habría ocurrido pensar en ellos? ¿En lo que acababas de oír?

—Probablemente, ya que me resultaría muy difícil ignorarlo. Quiero decir que… no es algo que ocurra todos los días.

—Así que te pones a pensar sobre ello. ¿Y te sientes horrorizada? ¿O excitada?

No le gustaba el rumbo que estaba tomando aquello, pero la pregunta no pudo menos que intrigarla. Principalmente porque estaba descubriendo algo sobre sí misma que la sorprendía. Y dado que aquella era una conversación inofensiva, no veía ningún mal en compartir aquel descubrimiento.

—Tal vez me sentiría excitada. No como por puro voyeurismo: eso es algo que me resulta completamente ajeno. Sin embargo creo que, en un sentido genérico, sí que pensaría en el sexo.

Aquella respuesta había sonado fría e impersonal, tal y como había pretendido. No importaba que el roce del top contra los pezones la estuviera volviendo loca de deseo en aquel preciso momento. Él no tenía por qué saberlo. Aunque, viendo aquel brillo burlón en sus ojos, estaba comenzando a tener sus dudas.

—¿Lo ves? A todos nos pasa lo mismo —concluyó Jake—. En general, quiero decir. Cada uno tiene sus fantasías. A ti no te gusta el voyeurismo, pero otras cosas te hacen reaccionar. Nos pasa a todos. Por muy formales y remilgados que aparentemos ser, todos estamos gobernados por nuestra naturaleza sexual, ¿no te parece?

—No, si no tienes en cuenta todo lo demás que rige nuestros actos.

—Pero sí estarás de acuerdo conmigo en que la gente que finge no sentirse atraída por el sexo en realidad se está engañando a sí misma, ¿verdad?

—Tal vez.

—No pareces muy convencida —sonrió.

—Creo que hay mucha gente que, más que negar su propia sexualidad y sus necesidades, simplemente las ignora —era una buena definición de sí misma, pero no estaba dispuesta a hacerle esa confesión—. Las personas pueden tener otras prioridades aparte del sexo —esbozó una irónica sonrisa—. Bueno, al menos las mujeres sí que pueden.

—Tocado —alzó las manos, admitiendo la ofensiva que le había lanzado—. Reconozco que los hombres están algo más obsesionados que las mujeres con el sexo. Y hablo en general.

—Vaya, en eso estoy totalmente de acuerdo contigo.

Sonriendo, Jake apuró el resto de su café.

—¿Sabes? Para ser una mujer que se siente tan cómoda con su propia sexualidad, pareces conocer muy bien a la gente a la que le ocurre exactamente lo contrario.

Se quedó sinceramente sorprendida por aquella observación.

—¿Qué te hace pensar que yo soy me siento tan cómoda, como tú mismo has dicho… con mi propia sexualidad?

—La ropa que llevas, por ejemplo. Sé que no debería juzgarte por tu apariencia, pero aparte de eso sé muy poco de ti. Lo que sí sé es que esa ropa no encaja con una personalidad tímida. O con una mujer que no se siente completamente a gusto con el hecho de serlo.

Natalie no esbozó ninguna mueca de desagrado, ni de incomodidad. Pero se moría de ganas. Aunque, en cierta forma, aquella descripción… le gustaba.