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Cuando se dio cuenta de que todas sus relaciones habían sido tan superficiales como la vida que llevaba en Hollywood, Liza Sanguinetti se prometió ser más selectiva en la elección de sus parejas. Pero cuando aterrizó en Canyon Springs, Nuevo México, y echó un vistazo al guapísimo sheriff, supo que iba a ser un placer romper su promesa... Dylan Jackson, ex agente antivicio, no tenía tiempo para las sofisticadas costumbres de aquella chica de la gran ciudad... o eso creía.
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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Planta 18
28036 Madrid
© 2002 Donna Kauffman
© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Placer íntimo, nº 416 - mayo 2024
Título original: His private pleasure
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788410628427
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
En cuanto vio a aquel espécimen masculino encaramado en el árbol, Liza Sanguinetti supo que olvidarse de su carrera iba a ser más fácil que olvidarse de los hombres.
Aminoró la marcha de su reluciente descapotable azul, ligeramente por debajo del límite de velocidad que marcaba el letrero de bienvenida a Canyon Springs, Nuevo México, población…
—Mucho menos que Los Ángeles —murmuró Liza, pero era definitivamente mayor que muchos de los pueblos por los que había pasado. Canyon Springs parecía un lugar en fiesta, con adornadas fachadas de tiendas a lo largo de la calle principal y pancartas colgadas de las farolas anunciando una celebración inminente.
El pueblo estaba situado al pie de las montañas Black Range, de las cuales, según el folleto que Liza había leído mientras desayunaba en Santa Fe, emanaban los manantiales que fluían entre los cañones.
Todo lo que sabía era que había sido arrastrada hacia la oscura cadena montañosa como si una mano invisible la estuviera guiando. Las vistas eran impresionantes y la dejaron fascinada. Algo extraño, considerando que era una chica de ciudad cuya idea de pasar un fin de semana en la naturaleza se reducía a montar a caballo en un complejo turístico de Palm Springs.
Lo único que quería en esos momentos era tomar un bocado y pasear por las tiendas de antigüedades que había visto anunciadas de camino. Le parecía la mejor manera de pasar la tarde. Esperaba encontrar el perfecto regalo para la nueva casa de Natalie y Jake. Sonrió al imaginarse la cara de Natalie cuando le dijera que había estado buscando antigüedades en las montañas de Nuevo México. No era uno de sus pasatiempos favoritos, pero ése era el propósito de aquel viaje: expandir horizontes.
Pero por el momento lo único que le había llamado la atención había sido el hombre subido al árbol.
—Se me ocurre otra estupenda manera para pasar la tarde en Canyon Springs —se dijo a sí misma, mirándolo descaradamente mientras pasaba al lado del árbol.
De repente oyó una especie de graznido, tan fuerte, que la hizo girar bruscamente y salirse de la carretera. Con una mano sobre el desbocado corazón, salió del coche y se puso la otra mano a modo de visera. Por encima del hombre había un pájaro de aspecto exótico posado en una rama, fuera de su alcance.
Era blanco y grande, con una pluma naranja que le salía de la cabeza. Expandió las alas y volvió a graznar. Lisa se cubrió los oídos para protegerse del estridente sonido y se preguntó cómo aquel hombre podía estar tan cerca del pájaro sin pestañear siquiera.
—Mango es un pájaro bonito —estaba diciendo él con voz suave, aunque Liza pudo ver cómo tensaba la mandíbula y el cuello. Tal vez el pájaro sintió la tensión también, pues arremetió contra los dedos que el hombre le ofrecía, como si fueran algo para comer en vez de un medio para salvarse.
—Mango, Mango bonito… —seguía diciendo él.
Tenía una voz profunda y melódica. ¿Qué cosas conseguiría que una mujer hiciera con esa voz?, se preguntó Liza.
—Vamos, bonito, pájaro bonito.
Otro penetrante graznido estalló en el aire, haciendo que Liza diera un respingo.
—Bonito y ruidoso —murmuró ella.
El pájaro batió las alas, se meció y dio un pequeño salto, en una muestra de fervor animal, pero no se acercó ni un centímetro a la mano extendida de su valiente salvador.
—No creo que usted le interese mucho —gritó Liza.
El hombre bajó la mirada.
«Pero seguro que a mí sí», pensó ella. A pesar de tener el ceño fruncido, el hombre era guapísimo. Su rostro no era perfecto y glamuroso como las bellezas de Hollywood, sino de facciones fuertes y marcadas, habituales en el mundo real. Mmm… aquella tarde se ponía cada vez mejor.
«¡No! Tranquila, tranquila». Habían pasado ocho semanas desde que decidió que estaba harta de los hombres, pero aún seguía estremeciéndose de excitación cuando se encontraba con un ejemplar de los buenos.
No podía distinguir el color de sus ojos, pero sí apreciar todo lo demás. El pelo corto y rubio, la nariz recta, los pómulos marcados y la tensa mandíbula, todo ello sobre unos hombros anchos y un pecho que le hacía justicia a su uniforme marrón. La brillante estrella que llevaba en el bolsillo de la camisa explicaba por qué estaba en lo alto de aquel árbol.
Liza nunca había tenido fantasías con hombres uniformados, pero eso estaba cambiando rápidamente. Que no pudiera hacer nada con él no significaba que no pudiera imaginar la clase de amante que sería.
—¿No son los bomberos los que se dedican a este tipo de cosas? —preguntó, provocada por el ceño fruncido del oficial—. Los he visto cuando entraba en el pueblo —lo recordaba porque los bomberos habían estado lavando los camiones. La espuma y los hombres musculosos con mangueras siempre eran una buena combinación.
Suspiró y se preguntó si habría algún centro en aquel pueblo para ayudarla a soportar su celibato. «Hola, me llamo Liza Sanguinetti y soy adicta al sexo». Seguramente, el primer paso era asumir que tenía un problema. Pero ya estaba trabajando en ello. A su propio ritmo.
—Si quiere, puedo ir a pedirles ayuda —propuso.
—Puedo arreglármelas bien, señorita —dijo el hombre, claramente disgustado por tener público, aunque fuera una sola persona.
Liza no tiró la toalla. Le encantaba cómo había pronunciado la palabra «señorita». Con voz ronca y directa, con aquel tono de autosuficiencia que debían de enseñarles en las academias de policía. Se estremeció ligeramente. Parecía haber reprimido más fantasías uniformadas de las que pensaba.
—Ya lo veo —respondió con una sonrisa—. Todo está bajo control. Seguro que los habitantes de Canyon Springs duermen mejor sabiendo que usted se dedica a protegerlos de pájaros asesinos.
Él la miró fijamente por unos segundos.
—Gracias por su interés. Por favor, tenga cuidado con el tráfico cuando arranque el coche.
Ella miró por encima del hombro. Debía de estar bromeando. Sólo había unos cuantos coches y camiones circulando por la calle principal. Sin duda ese hombre nunca había visto Long Beach Freeway un viernes a las cinco y media.
—Creo que puedo arreglármelas con eso, oficial —dijo muy seria.
—Estoy seguro.
Ella le sonrió. Así que había un hombre de verdad bajo la placa. Y aquel tono tan firme y seguro… ¿Cómo sería en…?
«Basta, Liza». Nada de tontear con un sheriff de pueblo.
Pero ¿acaso no estaba en su odisea personal para descubrir nuevos estilos de vida? Además de apreciar la belleza de las montañas, había aprendido que le gustaban los uniformes. Eso sí que era totalmente nuevo. Tenía veintinueve años, se había pasado los últimos ocho recorriendo el mundo para asegurarse de que sus clientes estuvieran bien atendidos, y nunca había deseado a un hombre con uniforme. Ni azul ni marrón. Así que podía considerar aquel paso como positivo.
Pero cuanto más miraba al árbol, más difícil le resultaba recordar por qué se había impuesto el celibato como regla. Sí, había visto cómo su vieja amiga Natalie se había enamorado locamente ese año, y había permitido estúpidamente que una de sus conquistas se convirtiera, al menos en su mente, en algo más que un amante.
Pero no eran las únicas razones por las que había decidido que el éxito no siempre equivalía a la felicidad. La boda de Natalie y la infidelidad de Conrad simplemente habían sido el impulso para examinar por qué, cuanto más éxito tenía, más vacía se sentía.
Había llegado a ser la mejor consejera de relaciones públicas de la Costa Oeste, y, naturalmente, disfrutaba de la riqueza y las ventajas que su trabajo le ofrecía. Durante un tiempo, había sido muy feliz. Pero en algún momento se había dado cuenta de que, por mucho que le gustara tratar con sus clientes, cuando al final de cada día regresaba a su lujoso ático de Century City se sentía sola. Había sustituido a los amigos por clientes, y una intimidad verdadera por coqueteos con el hombre del momento.
Podría reunir una lista de amantes sin el menor problema, pero ¿y si quería a alguien con quien hablar y compartir algo más que una aventura sexual? Aparte de Natalie, quien vivía a más de cinco mil kilómetros, o así había sido antes de conocer al hombre de sus sueños, no tenía a nadie. De hecho, aparte de su personalidad profesional, ni siquiera estaba segura de quién era la auténtica Liza. De ahí aquella odisea particular… y de ahí el propósito de alejarse de los hombres hasta descubrir cómo podía divertirse sin uno.
Pero… pero si se aseguraba de que sólo fuera un poco de tonteo, un ligero desvío para relajarse un poco… Después de todo, habían pasado dos meses, por amor de Dios, y un vibrador no siempre bastaba. Tenía necesidades que la acuciaban, ¿tan malo era eso? ¿Qué tal una pequeña recompensa por un largo periodo de abstinencia?
Aquella idea le parecía más lógica cuanto más miraba al sheriff de rostro arrebatador. Incluso su ceño fruncido la excitaba. No sabía por qué estaba tan enfadado con ella, que sólo intentaba ayudarlo. Bueno, de acuerdo, tal vez no estuviera ayudándolo precisamente. Pero tampoco le estaba impidiendo cumplir con su trabajo. Y por lo general, a los hombres les encantaba recibir su ayuda. Su carrera profesional se basaba en eso, en persuadir a la clientela masculina precisamente porque comprendía sus necesidades, su orgullo y esa pequeña inseguridad infantil que nunca parecían superar.
Ésa era la parte que más echaba de menos. Que la necesitaran, que la llamaran para solucionar cualquier problema. En realidad, no echaba de menos nada más. Ni las fiestas, ni las giras, ni las inauguraciones, ni las entregas de premios, ni las conferencias de prensa, ni el sexo salvaje y descontrolado con una estrella de Hollywood…. Bueno, tal vez echara un poco de menos eso último. Pero de ningún modo la sensación de vacío que venía después, esos huecos que ninguna satisfacción poscoital podía llenar.
El problema estaba en que no sabía cómo actuar de otra manera. Nunca había tenido que dar más que un pequeño paso para pasar del coqueteo a la cama. Seguramente primero tendría que hacerse amiga de un hombre, encontrar a uno que satisficiera otras necesidades aparte de las sexuales, un hombre con algo más que un esmoquin. Entonces el resto vendría por sí solo, ¿verdad? Pensó en Natalie y tuvo que sonreír. Su mejor amiga había encontrado a su hombre de un modo completamente opuesto. Una relación pura y exclusivamente sexual que había conducido al amor verdadero.
Entonces ¿por qué no le podía pasar lo mismo a ella?
«Porque nunca ha funcionado, Liza. Por eso». Nat sólo había tenido suerte.
Bueno, pues a ella también le gustaría tener suerte, pensó con un suspiro de nostalgia mientras miraba al sheriff, quien intentaba agarrar a su presa.
—¿Muerde?
Mango soltó otro de sus desgarradores graznidos.
—No importa —dijo ella—. ¿Quién necesita el pico para defenderse cuando puede derrotar a sus depredadores ensordeciéndolos?
Oyó el resoplido del sheriff, pero cuando él la miró, su rostro era inexpresivo.
—Estamos muy bien aquí arriba, señorita. Gracias por su interés. Por favor, tenga cuidado con el tráfico cuando arranque el coche —repitió.
Marrones. Estaba segura de que sus ojos eran marrones.
—¿Siempre acude al rescate de sus ciudadanos emplumados?
—¿Siempre rechaza usted una indirecta?
Ella se limitó a sonreír.
—Sólo lo hago cuando se trata de Mango —añadió él con un suspiro.
—¿Es suyo, entonces?
—No, por Dios —exclamó él horrorizado. Se quedó mirando al pájaro, que se había acercado un poco más. Pasaron un par de minutos y no volvió a mirar a Liza.
Era obvio que la estaba ignorando y que quería que se marchara. El problema era que ella no estaba preparada para irse. Era un defecto suyo, aunque a menudo había sido una virtud. Nunca dejaba nada hasta que hubiera acabado con ello. Y mirando cómo se flexionaban los muslos del sheriff mientras se aupaba en el tronco, tuvo que admitir que aún no había acabado con él. De hecho, en aquel momento no deseaba estar en ninguna otra parte más que en la esquina de aquella calle de Canyon Springs.
De repente, Mango arremetió contra el sheriff. Liza soltó un chillido.
—¡Cuidado!
Aquel hombre tal vez no se inmutara ante los graznidos de Mango, pero desde luego no era inmune a sus gritos. Perdió el equilibrio mientras Mango le picoteaba la brillante estrella del bolsillo.
Liza lanzó un grito ahogado al ver cómo se soltaba del tronco y caía, chocándose con una rama inferior. Mango batió las alas sin dejar de graznar mientras el sheriff soltaba un furioso repertorio de maldiciones.
—¿Le enseñaron a despotricar así en la academia de policía? —le preguntó ella.
—No, más bien en Las Vegas.
¿Las Vegas? Mmm… Así que el sheriff de Canyon Springs había trabajado en una gran ciudad, llena de vicios y delitos. No era de extrañar que tuviera esos músculos.
—¿Está seguro de que no quiere que avise a los bomberos y que vengan con una escalera?
—Completamente —respondió él con un gruñido, sin molestarse en mirarla. Estaba concentrado en Mango, que se ocupaba de limpiarse sus magníficas plumas. Parecía tan inocente como un canario—. Es todo un maestro de la fuga.
—Así que es una costumbre, ¿eh? ¿De quién es?
—De mi madre.
—Oh, qué encantador rescatar al pájaro de su madre.
—No hay nada encantador en este pájaro. Ni en mi madre.
Liza pensó en sus propios padres y asintió, comprensiva. No sabía nada de su padre desde que él se casó por quinta vez, varios años atrás, aunque lo más probable era que no hubiese sido la última boda ni mucho menos. Y en cuanto a su madre, sólo se acordaba de ella cuando quería algo, lo cual no era muy a menudo.
—¿Qué clase de pájaro es? —preguntó—. Nunca había visto un loro blanco.
Él la miró por unos segundos y suspiró.
—Es una cacatúa de las Molucas.
—Es precioso.
—Sí, una princesa real. Escuche, tal vez pueda hacerme un favor.
—Claro —dijo ella con una sonrisa. Sabía que acabaría pidiéndoselo.
—¿Qué tal se le da trepar árboles?
La sonrisa de Liza se esfumó.
—¡No me estará pidiendo que me suba a este árbol!
Él se retorció un poco y la miró con una sonrisa. No era una sonrisa amistosa, más bien desafiante. Aun así, bastó para que Liza se estremeciera. Tal vez le gustara aceptar un desafío… o varios. Pero no estaba dispuesta a realizar ejercicio físico de ninguna clase. Para eso estaban los entrenadores… Para sudar con sus clientes mientras ella se arreglaba las uñas y acudía a una comida de negocios.
—No sé escalar —dijo—. En todo caso, socialmente —añadió con una sonrisa descarada—. ¿Por qué no quiere que vaya a avisar a un bombero alto y fornido con una escalera?
—Porque nada le gustaría más a Tucker Greywolf que bajarme de este árbol.
—Ah —así que era cuestión de orgullo. Típico—. ¿Y qué está pensando que haga exactamente si me subo al árbol? —no pensaba hacerlo, pero era buena resolviendo situaciones de crisis.
—Se me ha enganchado el cinturón en una rama, y no puedo alcanzarlo. Si usted pudiera trepar un poco y soltarlo, con eso bastaría.
Sólo estaba a cinco metros de altura. Cualquiera podría trepar un par de metros y alargar el brazo. No debería costarle mucho parar a una persona por la calle para que lo hiciera. Pero cuando Liza se volvió y miró alrededor, la calle parecía desierta. Unos críos pedaleaban en sus bicis y dos mujeres ancianas doblaban una esquina a lo lejos. Nada más. Suspiró y volvió a levantar la mirada.
Él la estaba mirando, expectante.
Liza se miró sus bonitos zapatos de Jimmy Choo. Sus tacones añadían un par de centímetros a su metro sesenta y cinco de estatura.
—No puedo trepar con tacones —dijo.
—Pues quíteselos.
—De verdad que no puedo. Soy una chica de ciudad. De Los Ángeles, por cierto.
—Esto es una ciudad.
Ella se puso las manos en las caderas.
—Una ciudad con un parque de bomberos a dos manzanas de aquí.
—Olvídelo —dijo el sheriff, y siguió agitando fuertemente la rama donde Mango estaba posado, pero el pájaro siguió limpiándose las plumas como si nada, ajeno a los esfuerzos de su rescatador. Entonces el ruido de una tela al romperse rasgó el aire—. ¡Oh, demonios!
—¡Demonios! ¡Demonios! —Mango dio unos saltitos sobre sus garras, bastante alegre por ampliar su vocabulario—. ¡Oh, demonios!
—Magnífico. Esto es lo que faltaba —masculló el sheriff agachando la cabeza.
Liza había abierto los ojos como platos, mirando al pájaro… y el dibujo de caras sonrientes y amarillas que asomaba por el roto de los pantalones marrones. Se concentró en lo primero, aunque con mucho esfuerzo.
—No sabía que Mango hablara. ¿Qué más cosas dice?
—Sólo las cosas que uno nunca querría oír. Oiga, ¿podemos dejar la cháchara… —miró a Mango— por ambas partes y hacer algo con mi cinturón, por favor?
Liza desvió la atención de la cacatúa a los rostros sonrientes. Después de todo, había intentado concentrarse nada más que en Mango, ¿no?
—Bonitos calzoncillos.
—¿Qué…? Ah, eso. Regalo de un amigo. Bueno, más bien fue una broma. Me levanto muy temprano, antes de que salga el sol, y fue lo primero que saqué del cajón. Pero ¿por qué le estoy explicando esto?
Ella se encogió de hombros.
—Eso es lo que pasa por vestirse a oscuras. Personalmente, siempre lo hago con la luz encendida.
Por un breve instante, la mirada del sheriff se concentró en un punto exacto de su anatomía. Era una mirada tan intensa, que Liza pensó que la traspasaría… justo en el lugar donde ella quería que la traspasara.
Pero entonces él suspiró y echó para atrás la cabeza, como si nada hubiera pasado. Aunque a la libido de Liza no le resultaba tan fácil olvidar el momento. Al contrario. Quería que la traspasara. Una vez, y otra, y…
«Tranquilízate», se dijo.
—Por favor, estoy en sus manos —le rogó él—. Pídame lo que sea.
Las cosas que podría pedirle, pensó ella.
—¿Sirven comidas por aquí?
—Estupendo. Una comida. ¿Y ahora podemos…? ¡Oh, demonios!
—¡Demonios! —repitió Mango—. ¡Demonios! ¡Oh, demonios!
Liza ignoró al pájaro y se giró, siguiendo la mirada del sheriff. Desde donde estaba, no podía ver al otro lado de la esquina, así que dio un par de pasos y estiró el cuello. Un pequeño pero curioso contingente iba hacia ellos. Un hombre con uniforme azul, escoltado por dos mujeres idénticas de mediana edad y con el mismo atuendo, y precedido por una mujer alta y delgada con unos shorts, un jersey verde claro y un sombrero de paja. Una larga trenza pelirroja le caía sobre el hombro. Llevaba también un bastón, que resonaba contra la acera de cemento.
—Dios mío, fulmíname —oyó Liza que el sheriff decía sobre su cabeza.
—Greywolf y compañía, supongo.
—Le daré lo que sea si me ayuda a bajar antes de que lleguen.
Liza miró al grupo, que aún estaba a una manzana y media de distancia, y luego a los suplicantes ojos del sheriff. Eran definitivamente marrones, y ella tenía debilidad por los ojos marrones. Bueno, en realidad la tenía por los ojos verdes, pero eso era porque nunca había visto unos ojos como aquéllos.
—Esto va a costarle muy caro, ¿sabe? —dijo, aún barajando sus opciones—. Muy, muy caro.
Entonces él volvió a sonreír. Pero esa vez fue una sonrisa auténtica.
—Oh, estoy seguro de ello.
Liza suspiró y se quitó los zapatos.
Dylan no había creído que aquella mujer fuera a hacerlo. Pero agradecía en silencio haberla provocado. Era imposible resistirse a una morena vivaz. En cuanto bajara de aquel maldito árbol, tal vez pudiera divertirse un poco.
Si no estuviera tan irritado con el pajarraco de su madre, y tan consciente de la inminente confrontación, le habría encantado ver a la señorita Zapatos Caros intentando trepar a un árbol. No bromeaba cuando dijo que no era una escaladora.
—¡Maldita sea! —masculló ella, tras perder la escasa altura que había ganado y volver a caer al suelo.
Dylan tuvo que admitir que admiraba su coraje cuando, en vez de abandonar, la mujer cuadró los hombros y volvió a intentarlo. Llevaba una camiseta aguamarina que se ceñía a sus curvas, y una franja de piel destacaba entre el dobladillo y la cinturilla de sus pantalones blancos de algodón. Unos pantalones que acababan por debajo de la rodilla, dejando a la vista una buena porción de bien contorneada pantorrilla.
Quizá hubiera desarrollado esos músculos por andar con tacones. Vista su poca habilidad atlética, sus curvas tenían que ser innatas.
Dylan puso una mueca cuando las pulseras de la mujer, que llevaba docenas de cadenas plateadas en las muñecas, se rayaron contra el tronco mientras sus esbeltos dedos buscaban un punto de agarre. Mentalmente añadió una sesión de manicura y quizá una visita al joyero como pago por aquel favor.
Otro tirón y otra uña rota. Esa vez ni siquiera lo miró. Se dio la vuelta, echó un vistazo al otro lado de la esquina y luego miró el coche.
—¿Abandona? —le preguntó él, sin poder culparla.
—Por supuesto que no. Siempre acabo lo que empiezo —replicó ella. Corrió descalza hacia la puerta del conductor y se sentó al volante.
—¿Qué va a…? —empezó a preguntar Dylan, pero enseguida se dio cuenta de cuál era su plan. La mujer puso el coche justo debajo del árbol, salió y se aupó al maletero, pegado al tronco.
—Aguante —le dijo.
—Oh, tranquila, no me voy a mover —no podía creer que se estuviera tomando tantas molestias para ayudarlo, pero era muy entretenido observarla.
No le había sorprendido saber que era de Los Ángeles. Podía reconocer a la gente así a un kilómetro de distancia. Normalmente, eran personas que se dirigían hacia Santa Fe o Taos, pero de vez en cuando iban a Sierra County para la Balloon Regatta, o tan sólo para poder decirles a sus amigos que habían estado en un pueblo llamado Truth o Consequences.
Nada de eso explicaba lo que una princesa de la Costa Oeste estaba haciendo encaramada en su coche en el centro de Canyon Springs. Vio cómo intentaba guardar el equilibrio antes de mirarlo. Cielos, qué prometedor resultaba aquel día…
Tal vez descubriera durante el almuerzo qué estaba haciendo allí. Y si tenía suerte, durante el desayuno también.
Sus rizos negros y cortos se agitaron por la brisa, mostrando una frente arrugada mientras ella intentaba alcanzarlo.
Sus uñas estaban pintadas de rojo, igual que sus labios. Y vaya boca… ¿Cómo se le había pasado por alto? Sus ojos eran de un azul tan brillante como la camiseta, pero la boca… Cualquier hombre se pasaría toda la noche fantaseando con unos labios así.
Ella volvió a estirar el brazo y esa vez sus uñas tocaron el algodón que la rasgadura en el pantalón había revelado. Por la respuesta del cuerpo de Dylan, muy bien podría haberlo tocado en…
—Cuidado —espetó cuando ella se aupó y le rozó el cinturón—. Bájese antes de que se caiga —le ordenó.
—Puedo hacerlo. Sólo tengo que… —se aupó con más fuerza y consiguió alcanzar la parte del cinturón que se había enganchado—. ¡Ya lo tengo! —gritó con entusiasmo. Lo soltó, y soltó un chillido al perder el equilibrio y caer en el asiento delantero del descapotable.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Dylan, irguiéndose en la rama y mirando hacia abajo.
Ella no respondió. Pero no porque estuviese herida, sino porque se estaba riendo.
Estaba despatarrada sobre los asientos, con las piernas extendidas sobre el reposacabezas y el salpicadero y los brazos abiertos, como si estuviera invitándolo a unirse a ella.
—No me des ideas —murmuró él, y observó fascinado cómo se sentaba con agilidad y se apartaba los rizos de la cara, para luego comprobarse el maquillaje en el espejo retrovisor. Definitivamente, no era tan patosa como había imaginado—. ¿Seguro que está bien? —le preguntó en voz alta, pensando que a él le haría falta una ducha fría para estarlo… O un paseo con ella por el campo.
—Oh, desde luego, oficial —contestó ella en un tono exageradamente inocente, y lo corroboró con un guiño—. Pero será mejor que baje de ahí antes de que… —apuntó detrás de él.
—Antes tengo que agarrar a la maldita cacatúa —se había olvidado de Mango. Frunció el ceño y levantó la mirada en busca del pájaro. Oyó un aleteo a su espalda y se volvió a tiempo de ver cómo Mango se posaba elegantemente en…—. ¡Cuidado!
Ella se giró y vio a Mango en el asiento trasero del coche.
—¡Mango es un buen chico! —anunció orgullosamente el pájaro. Se balanceó y extendió una garra—. ¿Subes?
Dylan maldijo en voz baja mientras bajaba del árbol.
—Ven aquí, sinvergüenza —dijo acercándose al coche.
Pero Mango no quería saber nada de él. Soltó un graznido y ahuecó las plumas.
—Creo que prefiere a las mujeres —dijo Dylan—. Adelante, ofrézcale el brazo. Se lo está pidiendo, así que no pasará nada.
Liza se echó a reír.
—Sí, claro. Ya me he roto tres uñas. ¿Quiere que pierda también los dedos?
—Él no…
—¡Ahí está mi pequeño!
Dylan se calló al ver a Tucker y a su madre doblando la esquina. No tenía ni idea de dónde estaban las gemelas Millar, Metsy y Betsy, miembros del club de fans de Tucker, pero se alegró de que el grupo se hubiera reducido. Su madre fue hacia él, no precisamente corriendo. Avis Jackson lo hacía todo a su propio ritmo, incluso antes de que una operación en la rodilla la obligara a usar un bastón.
—Ven con mamá, pequeñín.
Dylan no se molestó en extender los brazos, sabiendo que su madre no se refería a él. En vez de eso, se apoyó contra el coche y cruzó los tobillos, ocultando el estado de los pantalones… tanto por delante como por detrás.
—Sano y salvo —dijo, intentando no apretar los dientes mientras su madre le hacía carantoñas a su «pequeñín».
—Tienes que quedarte donde yo te diga, cariño —le estaba diciendo Avis al pájaro.
—Tienes que usar la cerradura que te compré tras la última fuga —le dijo Dylan.
Su madre se limitó a chasquear con la lengua y apretó a Mango contra el pecho.
—No le gusta estar encerrado, ¿verdad, cariño?
—Entonces tienes que cerrar las ven…
Ella se volvió hacia él con el ceño fruncido.
—Cada día estoy más vieja, y me siento oprimida en un sitio cerrado. Necesito sentir que el aire sopla. Y a Mango y a los demás también les gusta la brisa —miró al pájaro con una tierna sonrisa—. ¿Verdad, cariño?
Hacía mucho tiempo que Dylan había desistido de intentar comprender cómo una enorme cacatúa podía ser merecedora de las atenciones de su madre cuando él llevaba treinta años intentando lo mismo sin éxito.
—¿Así que eres nueva en el pueblo?
Dylan desvió la atención hacia el descapotable. Tucker estaba inclinado sobre la puerta del conductor, luciendo la encantadora sonrisa que había perfeccionado en sus años de instituto.
—¿Quién es usted? —le preguntó la mujer a su vez, extendiendo la mano.
—Tucker Greywolf, jefe del cuerpo de bomberos.
—Encantada de conocerlo.
Dylan frunció el ceño al ver cómo ella examinaba a Tucker con la mirada. Y lo frunció aún más cuando Tucker hizo lo mismo, lo cual no pareció importarle a la mujer.
—Habría que quitar el coche de aquí —dijo Dylan mirando a Tucker—. Está sobre una boca de incendios.
—En efecto —dijo Tucker sin perder la sonrisa—. ¿Por qué no lo aparcas allí, junto a LuLu’s? —apuntó hacia el cruce—. Precisamente me dirigía allí para comer. No es gran cosa, pero…
—Ya he almorzado, señor Greywolf, pero gracias por…
—Llámame Tucker.
—Gracias por la invitación, Tucker —dijo ella con una sonrisa—. Quizá en otra ocasión. Mi nombre es Liza.
Liza. Dylan ahogó un gemido. No. Aquello no podía estar sucediendo. Primero fue la llamada de su capitán aquella misma mañana. Luego, jugar a ser George de la Jungla. Y ahora eso. ¿Por qué su nombre tenía que ser Liza? Y eso que había pensado que el día no podía ir peor.
Tanto Tucker como su madre lo miraban en silencio.
—¡Oh, demonios! —dijo Mango.
Su madre gimió y apretó la cabeza de Mango contra su pecho.
—Dylan Benjamin Jackson, dime que no has proferido esa maldición delante de Mango.
Quizá por primera vez en su vida, Dylan estuviera casi agradecido por la interrupción del pájaro.
—Mamá, no es…
—Sabes lo mucho que le gusta repetir todo lo que oye. Si se le ocurre soltar eso durante el bingo, yo…
—Seguro que oye cosas peores en el parque de bomberos. Y no es que…
Su madre lo cortó con una mirada glacial y se volvió hacia Liza.
—Así que tú eres la fulana que impide que mi hijo se case, ¿eh? —dijo antes de que Dylan pudiera abrir la boca.
Liza la miró con ojos muy abiertos.
—¿Cómo ha dicho?
—La stripper de Dylan, de Las Vegas —se volvió hacia él—. Supongo que debería alegrarme. Casi empezaba a creer que estabas ocultando algo. Aunque podrías haberme dicho que eres gay. Soy muy comprensiva.
—¿Qué? —exclamó Dylan, horrorizado—. ¿De dónde has sacado esa idea? —y peor aún, ¿con cuánta gente habría compartido su teoría? Soltó un gemido al recordar cómo días antes todo el mundo se había quedado callado en la peluquería de Pete cuando él entró.
—Tal vez esté un poco desesperada —dijo Avis, alzando la voz para hacerse oír por encima de las carcajadas de Tucker—. Pero quiero tener nietos a los que acunar en mi regazo mientras aún pueda sentarme erguida.
Que él supiera, su madre nunca lo había acunado en su regazo.
—¿Y crees que acostándome con…?
—Silencio —ordenó Avis, y le dedicó una sonrisa forzada a Liza—. Preséntame a tu stripper.
—Yo no soy stripper —protestó Liza, con expresión divertida.
—No —dijo Tucker, aún riéndose—. Es una showgirl, señora Jackson. ¿Lo recuerda? Dylan nos explicó que nunca tenía tiempo para venir de visita debido a sus actuaciones en el Tropicana.
Avis miró a Liza.
—No parece lo bastante alta para ser una showgirl. Pero sí tiene cuerpo para el striptease —se miró su propio pecho—. Vi un programa en el Discovery Channel sobre las showgirls. Siempre pensé que sería divertido ponerse esas borlas y… —miró a Liza muy seria—. ¿Sabes cómo las hacen girar en círculos y…?
