Un falso compromiso - Krista Thoren - E-Book

Un falso compromiso E-Book

Krista Thoren

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Beschreibung

¡Se habían prometido y ni siquiera salían juntos! Al menos, no en un sentido romántico. Brianna necesitaba un novio para quitarse de encima a su entrometida hermana. Y a Grant no le importaba ayudar a una amiga, aunque significara aparentar ser su prometido con el fin de satisfacer a sus respectivas familias. Pero Brianna desconocía que su falso novio tenía sus propios planes... que eran casarse con ella.

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Seitenzahl: 179

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Krista H. Turner

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un falso compromiso, JULIA 988 - abril 2023

Título original: THE ACCIDENTAL FIANCE

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo

Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411418201

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Capítulo 1

 

 

 

 

 

BRIANNA Tully lanzó un rollo de tela sobre la mesa de corte. Aterrizó justo cuando la puerta de la tienda se abrió y sonó la campanilla.

La joven alzó la vista y vio a un hombre alto y atractivo vestido con un traje. Debía estar perdido.

—Hola. ¿En qué puedo ayudarte?

—Lo que importa es en qué puedo ayudarte yo —con paso largo se acercó a ella, esbozozando una leve sonrisa, y sus ojos grises se iluminaron tras la descarada evaluación—. Soy Grant.

Felicidades, quiso decir Brianna. Lo analizó. Reconocía que era atrevido. Y atractivo. Esa sonrisa y esos ojos de seductor no pegaban con su traje conservador, aunque probablemente no era el único hombre de negocios que a la hora de la comida se dedicaba a tratar de conquistar a mujeres.

Sin embargo, se había equivocado de lugar. Estaba a punto de decirle a dónde podía irse cuando la puerta volvió a abrirse. Entonces lo miró con expresión distante.

—Gracias, pero no necesito que me ayudes en nada —elevó la voz—. En seguida estoy con usted, señora Sikes.

—¿No? —frunció el ceño—. Stephanie dijo…

—Debí imaginarlo —gimió Brianna. Maldita sea. ¿Cuándo iba a dejar su hermana de buscarle una pareja?

—¿Me estás diciendo que no sabías nada de esto? —parecía desconcertado.

—¿Parezco tan desesperada?

—Como profesional, aseveraría que tu situación es bastante desesperada, sí —comentó tras inspeccionar la tienda y mirarla.

¿Profesional? ¿Le pagaban por eso? Oh, Dios, ¿qué había hecho Stephanie? No parecía un gigoló, o como se llamaran ahora. Pero, eso debía ser, ¿no?

—No pongas esa expresión tan horrorizada —rió—. No habrá problemas para arreglarlo. Nada demasiado sofisticado, lo prometo. Un mínimo de aparatos.

Cadenas de hierro para mantenerla prisionera en las sombras.

Brianna abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Miró a la señora Sikes, que por fortuna aún seguía echando un vistazo. Sacudió la cabeza. Tenía que conseguir que se largara.

—Te hace falta algo de protección, ¿sabes? —añadió él con expresión intensa. Se frotó la barbilla—. Y una cámara de vídeo. Imprescindible.

¿Una cámara? Brianna cerró los ojos. Volvió a abrirlos. Ese tipo se iba a ir de inmediato.

—No —mantuvo un tono firme e impersonal al dirigirse hacia la puerta, dejando que la siguiera—. Mira, no tengo tiempo para esto. Debo atender un comercio.

—No tienes que hacer nada —garantizó—. Déjamelo a mí. Me arreglo muy bien solo.

Ella lo miró fijamente. Tuvo la sensación de que había perdido el hilo de la conversación. Respiró hondo.

—Aclaremos la situación, Stephanie te envió…

—Correcto —asintió—. Para instalar un sistema de seguridad.

 

 

Grant vio que el rubor invadía las mejillas de Brianna. En persona estaba incluso mucho mejor que en foto. Era como un hada de pelo rojo. Una excéntrica que llevaba gafas de sol sobre sus rizos un día nevado de marzo. Era evidente que la fascinación que le provocaba la turbaba. Pero sus enormes ojos azules no dejaban de mirarlo y sintió el impacto como un profundo golpe en el estómago.

Ella regresó a la caja registradora y arregló unos papeles. Luego alzó la vista, se aclaró la garganta y se echó atrás unos mechones de su increíble cabello. Nunca antes había visto tantas tonalidades de color en el pelo de nadie. No es que se dedicara a mirar a las mujeres, pero ésta tenía un carisma que invitaba a una segunda inspección. Y más. Estar en su tienda un par de horas iba a ser un placer.

—Sobre el sistema… —comenzó.

—Sí, bueno —ella sacudió la cabeza—, fue un… un error.

—¿Un error? ¿Qué fue un error?

—Todo el asunto —titubeó, incómoda—. Stephanie no debió enviarte.

Grant miró a su alrededor una vez más. La tienda, situada en un edificio del siglo XIX que en el pasado había servido como residencia particular, era coqueta y encantadora. Pero no estaba bien protegida. ¿Y ella era incapaz de ver la necesidad que tenía de su servicio? ¿A quién trataba de engañar?

—La cuestión —añadió con un nuevo carraspeo— es que… yo… hmmm ya tengo un sistema de seguridad.

—¿Qué? ¿Un perro grande y una escoba?

—Mira —estuvo a punto de sonreír, pero sólo a punto—, Grant…

—Addison. ¿No te mencionó Stephanie que soy hermano de Liz?

—No —alzó la vista—. Mi hermana no mencionó nada —eso explicaba la confusión—. Pareces muy distinto de las fotos que hay en el apartamento de Stephanie y Liz —su voz sonó con un leve tono acusador.

—Lo siento —sonrió—. Imagino que se debe a la falta de bigote y barba —vio que la mirada de ella se demoraba en su mandíbula afeitada. No pudo hallar nada en su expresión que sugiriera aprobación y se sintió irritado por buscarla.

—Sigues sin parecerte mucho a Liz —se encogió de hombros.

Justo en ese momento una mujer de mediana edad se acercó con un rollo de tela y le evitó a Grant tener que pensar en una respuesta.

—Hola, señora Sikes. ¿Se ha decidido por la dupioni? Bien —Brianna giró varias veces el rollo sobre la mesa, enderezó y alisó la cascada azul y luego la cortó a velocidad impresionante—. ¿No cree que tiene más cuerpo que las otras sedas? Además, ya verá cómo la textura mejorará mucho su vestido —Grant esperó mientras finalizaba la venta. Por último, la mujer se dirigió hacia la puerta—. Que lo pase bien —la despidió.

—¿Ciento cincuenta dólares? —comentó cuando la puerta se cerró y frunció los labios en un silbido silencioso.

Ella atravesó la estancia y guardó el rollo cuidadosamente entre distintos colores del mismo material.

—Con impuestos, sí.

—¿Por unos pocos metros de tela? —se había equivocado de profesión.

—Es un tejido de gran calidad, la mejor seda que tengo… y es importada —regresó a la mesa—. Aquí, en The Silver Lining, intentamos darle al cliente las mejores telas a los precios más razonables posibles —de repente sonrió—. Bueno, ¿qué te parece? ¿Demasiado pomposo? Es que mañana por la mañana me entrevistarán para la revista Indianapolis Living. Dijeron que era para un artículo sobre decoración del hogar, con un énfasis en el buen gusto y la sofisticación.

Grant se perdió las últimas palabras. Tenía una sonrisa asombrosa, luminosa y caprichosa al mismo tiempo. Se le formó un hoyuelo en una mejilla. Pero se desvaneció demasiado pronto. Sí, iba a disfrutar trabajando allí y observando esa sonrisa. Por no mencionar las traviesas curvas de debajo del pequeño vestido verde que lucía.

—Aunque no creo que estén interesados en detalles como esos, ¿no?

—¿Detalles? —algo se le había escapado.

—Hmmm, tienes razón —frunció el ceño—, quizá esa no sea la mejor palabra. Después de todo, un nombre importa más que lo que imaginamos, ¿verdad? —le clavó sus intensos ojos azules—. Me llevó mucho tiempo pensar en The Silver Lining. Creo que esa nota de optimismo es importante, ¿no te parece?

—Probablemente crucial —pagar más de treinta dólares por un metro de tela era una locura.

—Sí —esbozó una sonrisa deslumbrante—, tuve suerte con The Silver Lining. Para serte sincera, no se me ocurre un nombre más idóneo.

—¿Qué te parece El Vellocino de Oro? —musitó Grant.

—¿Qué?

—Nada. Hablemos de tu sistema de seguridad.

—No importa —apartó la mirada—. Olvídalo.

—Tu hermana fue muy precisa acerca de lo que necesitabas.

—No lo dudo.

—Y estoy de acuerdo con ella. Sólo en el escaparate tienes una fortuna. Lino irlandés, encaje, antigüedades diversas, según Stephanie.

—Es mi escaparate del Día de San Patricio.

—Y es precioso.

—Gracias.

—En especial para alguien con buen ojo y dedos inquietos.

—¿De verdad lo crees? —dio la impresión de meditarlo, y volvió a asentir—. Estoy de acuerdo. No me cabe duda de que fue el escaparate lo que llamó la atención de Indianapolis Living.

—Brianna…

—Este lugar tiene unos cerrojos robustos —añadió, demostrándole que había entendido lo que quería decir. Los ojos se le iluminaron con expresión divertida. Se estaba riendo de él. Grant captó una fragancia ligera y sugerente cuando pasó a su lado para ir a arreglar los patrones y las sillas. Era de movimientos rápidos, suaves y eficientes. La tela ondeante de su vestido osciló en sus caderas y pechos en una serie de movimientos inspiradores que hicieron que deseara pasar las manos por todo su cuerpo. Tenía pechos plenos, redondos y perfectos—. Satisfacción garantizada.

—¿Qué?

—Eso es lo que me dijo el cerrajero. Me puso los mejores del mercado.

—Tonterías —dijo tras recuperar la serenidad—. Esos cerrojos no detendrían a un ladrón motivado; además, romper una luna en plena noche es cosa de niños. Créeme, te hace falta una alarma. Sonora. Le prometí a tu hermana que me ocuparía de ello —y pensaba cumplir su promesa.

—Esos sistemas son caros.

—Bueno, como se suponía que debía comunicarte Stephanie, éste no te costará ni un centavo. Es el modo en que les devuelvo el favor que me hicieron las dos al ayudarme a buscar casa el mes pasado cuando me vine a Indianápolis. Te lo instalaré en un abrir y cerrar de ojos.

—Pensé que te dedicabas a la seguridad de las grandes empresas. Por lo menos, eso es lo que me dijo Liz.

La puerta se abrió para dejar pasar a otra clienta, así que Grant se sentó ante la mesa de los patrones, listo para esperar.

—Sí, eso es lo que hacía en Boston. Pero prefiero la variedad, y ahora me dedico a la consultoría. La mayor parte de mi trabajo es con ordenadores, con lo que disfruto mucho.

—Hmmm —sonó como un sonido dudoso.

Grant le dedicó lo que según su hermana era su sonrisa más encantadora.

—Pero no creo que aquí nos haga falta algo tan complicado. Le he echado un rápido vistazo al, eh, territorio, y hoy dedicaremos un poco más de tiempo a hablar de tus necesidades. Confío en que podré ocuparme de ellas.

Ya estaba deseándolo.

 

 

Brianna cerró la puerta detrás de la clienta y se preguntó cómo iba a deshacerse del tipo alto, atractivo y de pelo oscuro sentado a la mesa de los patrones.

El hermano de Liz. Grant.

La última vez que lo había mirado por el rabillo del ojo, miraba un libro de patrones con excesivo entusiasmo. Seguro que era la sección de bañadores. Le sorprendió que incluso alzara la vista al cerrarse la puerta. Y sin duda ahora esperaba que se acercara para poder hablar de un sistema de seguridad que no le hacía falta ni quería.

Un sistema que no era el motivo por el que lo había enviado Stephanie.

Peor aún, esos ojos grises y sexys hicieron que deseara estar en el mercado.

Era típico de su hermana ponerla en una situación semejante. Brianna ya había dejado brutalmente claro cuáles eran sus sentimientos, pero Stephanie le daba un nuevo sentido a la palabra obstinada.

—Mira —dijo al sentarse frente a él—, lamento que mi hermana te hiciera perder el tiempo de esta manera, en especial cuando es evidente que hoy tenías otras cosas que hacer —nunca antes la había estimulado un traje gris. La situación no le gustaba.

—La reunión que tenía ya ha terminado —la sonrisa que esbozó le marcó unas arrugas en las mejillas—. He sacado tiempo para trabajar en tu sistema de seguridad. Es mi objetivo de esta semana.

Ojos cálidos y sexys. Sonrisa de pecado. Pelo que hacía que desearas mesárselo con los dedos. Bastaba para conseguir que una mujer adulta llorara. O estrangulara a su hermana.

—¿Tu objetivo?

—Lo he convertido en una prioridad —asintió.

La expresión seria que puso hizo que Brianna deseara reír, pero el pobre intentaba hacerle lo que él creía que era un favor, así que se contuvo. Resultaba irónico, pensó, que no pudiera escapar de la gente cuya vida se orientaba hacia los objetivos.

—Bueno, en cualquier caso, Stephanie no debió enviarte, porque le he dicho en muchas ocasiones que no necesito un hom… hmmm, un sistema de seguridad.

—No lo necesitas —fue una afirmación. Vio que se pasaba el dedo por la barbilla.

—Correcto. Estoy satisfecha con lo que tengo —y era verdad. Catorce años de citas eran suficientes para la más pintada. Ya lo había dejado, y la vida había sido maravillosamente normal todo el invierno. También razonable. Justa. Se acabó eso de dar mucho más que lo que recibía.

—Bueno, pues yo no —le dijo—. Quiero decir que yo no estoy satisfecho. Y no olvides que soy el experto. Además, todo te saldrá gratis, ¿qué tienes que perder?

Su cordura, pensó; siempre y cuando ya no fuera demasiado tarde.

—No me gustan las lucecitas que parpadean, ni tener que apretar innumerables teclas y soportar diversos blips y bips.

—No eres una tecnófoba, ¿verdad? —se adelantó y la escrutó.

—No, no lo soy.

—Perfecto.

—Sólo pienso que los ordenadores y esas cosas dan más problemas que soluciones. ¿Sabes una cosa? Si hubiera un corte eléctrico en esta calle, The Silver Lining sería la única tienda que podría seguir funcionando. Es probable que yo sea la única persona que sepa calcular los impuestos que hay que cobrar.

—Lo que me quieres decir —volvió a reclinarse en la silla— es que rehúsas la alta tecnología por elección personal y no porque estés… eh…

—¿Tecnológicamente intimidada? —sugirió ella. Él sonrió —. ¿Electrónicamente lisiada? —la risa que emitió le provocó un escalofrío—. Buscabas la frase políticamente correcta, ¿no?

—No —sus ojos de un gris acerado la taladraron—. Prefiero el enfoque directo —Brianna sintió que el pulso se le aceleraba—. Voy a hacer lo que dije que haría —continuó—, que es instalarte un excelente sistema industrial de seguridad, con alarma y cámara. Lo último, sin campanas ni silbatos.

—Pero…

—Vas a dejar que lo haga porque ambos conocemos a nuestras respectivas hermanas, y por ello sabemos que no tenemos ni una oportunidad de contradecirlas a menos que presentemos un frente común…

—Cierto. ¿Por qué no vamos a presentarlo ahora mismo?

—Porque no hay ninguno —explicó con el tono razonable que podría emplearse con un niño—. No tenemos ningún frente común que presentar, ya que no estamos de acuerdo con tu situación de seguridad.

Brianna lo miró pensativa. Al quitarse la barba, a pesar de lo bien cuidada que la tenía en la foto, había aumentado su atractivo, pero Grant parecía de nuevo demasiado serio. Y también sonaba muy soso. Costaba creer que fuera hermano de Liz. ¿Había perdido su sentido del humor junto con el vello facial? Necesitaba relajarse un poco. No había pensado en ponerlo al tanto de la situación, pero, qué demonios, merecía conocerla.

—De acuerdo —apoyó las manos en la mesa—. ¿Y si te dijera que tu presencia aquí no tiene nada que ver con la seguridad de la tienda y que se debe a la determinación de Stephanie de proporcionarles primos a sus futuros hijos?

—¿Primos? —Grant parpadeó. Ella vio que había perdido su expresión demasiado seria, pero la mezcla de curiosidad y fascinación la puso nerviosa.

—Sí. Hijos para mí… después de que consiga casarme —sintió que se ruborizaba. Resultaba tan incómodo. Pero no podía dejar que Grant perdiera su tiempo cuando todo era un ardid de Stephanie, y posiblemente también de Liz. Después de todo, ahora que él estaba divorciado, era probable que su hermana tuviera ideas para emparejarlo. En ese caso, merecía conocerlo todo.

—Stephanie ni siquiera está casada —frunció el ceño.

—Cierto. Pero ella y David llevan juntos desde la última glaciación, por lo que considera que hace falta que me ayude. Y —añadió al verlo sonreír— Liz se casa el verano próximo, ¿no? Puede que albergue planes similares para ti.

—Ah —borró la sonrisa de la cara—. Qué hermanas más inteligentes tenemos.

—Exacto. Y tú te pusiste en sus manos al venir a Indianápolis. Será mejor que te andes con cuidado, o antes de que te des cuenta, ¡zas! —chasqueó los dedos en su cara. Él parpadeó—. Sí, quedarás atrapado en la trampa del matrimonio —siempre había pensado que ese era el miedo definitivo del varón. Brianna se inclinó hacia él y lo lamentó de inmediato al sentir un cosquilleo en la espalda. Volvió a reclinarse—. Considérate advertido —se sentía extraña, casi febril. Un poco mareada. Debía ser hora de comer.

—Advertencia aceptada —alzó una mano—. Gracias. Pero voy a hacer lo que prometí. Empezaré a trabajar en tu sistema de seguridad mañana por la tarde.

—Nada de campanas ni silbatos, ¿eh? —suspiró.

Era una capitulación, y ambos lo sabían. El rostro de él mostró satisfacción. Ella contestó sus preguntas sobre los cerrojos de la tienda y lo observó buscar posibles sitios para la cámara, aunque sólo prestaba atención a medias a la discusión. La otra mitad se centraba en la ineludible verdad.

No había tenido ni una sola posibilidad. En cuanto le echó un buen vistazo, comenzó a deslizarse por esa pendiente larga y resbaladiza. Y ni siquiera lo había planeado ella. Cayó en la trampa de una experta. Stephanie iba a pagar por ello.

La puerta se abrió y oyó la voz jovial de su ayudante.

—Cuidado. Elliott tiene una nueva tarta de queso —entonces vio a Grant de pie ante el mostrador—. Hola.

Brianna los presentó y notó la sonrisa resplandeciente que esbozó su ayudante y cómo se mesó su impecable pelo oscuro. Elaine Morris estaba casada y tenía dos hijas en la secundaria, pero, según ella, se tomaba un interés estético en los hombres.

—¿Un sistema de seguridad? —volvió a sonreír—. Fantástico. Pensé que nunca íbamos a poner uno.

—¿Qué tipo de tarta de queso? —preguntó, cambiando de tema. Daba la impresión de que el último experimento de Elliott iba a ser el único asunto luminoso del día.

—Con chocolate y avellanas.

Brianna enroscó un mechón de pelo mientras pensaba en esa combinación particular. Tenía posibilidades.

—¿Quién es Elliott? —preguntó Grant.

—Elliott Wakefield. Es propietario del Upper Crust, dos portales más allá —explicó Elaine—. Sandwiches de gourmet y tartas. Sus errores son mejores que las obras maestras de los demás. He ganado un kilo desde que abrió su local, y sólo de probar. Con esa tarta estarás sola, pequeña.

—Enclenque.

—Cría tú a dos hijas adolescentes y entonces llámame enclenque.

—Le encanta ir de martir de la rutina adolescente —le dijo a Grant, acercándose a ellos.

Él rió, y a ella le molestó lo atractivo que le resultó el sonido. Profundo y pleno.

—Ve con cuidado o me saldré con la mía con ese árbol —Elaine señaló hacia la caja, donde la reciente adquisición de Brianna se alzaba en una maceta decorativa. Apenas medía treinta centímetros.

—Lo vi antes —Grant giró la cabeza—. Muy realista.

—Porque es de verdad —indicó Elaine—. Se trata de un ciprés en miniatura.

—¿Un bonsai? ¿Dónde lo compraste?

—Fue un regalo —contestó Brianna—. Lo tendría en casa si pudiera evitar que Sócrates lo utilizara como poste para afilar las uñas y lugar para sus necesidades al mismo tiempo. Por eso estoy obligada a tenerlo aquí y defenderlo de Elaine.

—Te veo débil, amiga mía. ¿Por qué no vas a visitar a Elliott?

Brianna suspiró. De repente se dio cuenta de que tenía las energías bajas. Había perdido demasiadas batallas. Necesitaba chocolate.

—De acuerdo —un vistazo al escaparate le mostró que el sol se reflejaba en la nieve—. En cuanto encuentre mis gafas de sol —musitó, hurgando en el bolso—. ¿Dónde podrán estar?

—En tu cabeza —indicó Elaine.

—Sí —alzó una mano—. Cierto. Gracias.

—Es una buena idea comer —dijo Grant—. Te acompañaré —Brianna lo miró fijamente. No estaba preparada para eso. ¿Por qué no quería almorzar con él? Grant sonrió—. Debemos repasar un poco el papeleo.

Ella asintió. Después de hablar unos segundos con Elaine sobre lo que había que hacer, recogió el bolso y se dirigió a la puerta.

 

 

Con el sandwich de pollo al curry a medias, Brianna se dio cuenta de que Grant apenas había dado unos mordiscos a su propio bocadillo. En su mayor parte la observaba.

—¿Qué sucede? —preguntó—. ¿Tengo salsa en la barbilla o un fragmento de pimiento verde entre los dientes?

—No. Jamás vi a alguien tragar comida con tanta elegancia. Debe ser por tu tamaño.

—¿Mi tamaño? —frunció el ceño—. ¿Qué le pasa?

—Resulta difícil ser torpe si eres pequeño.

—¿Cómo lo sabes? —él era un gigante de casi un metro noventa—. De hecho, tropiezo al menos una vez a la semana. Las escaleras son un desafío especial. Mala percepción de la profundidad —a juzgar por su sonrisa, no le creyó—. Quiero hacerte una pregunta —Grant asintió—. ¿Por qué necesitamos el papeleo?

—Todos los acuerdos, sin importar su naturaleza, deberían plasmarse por escrito. Así se elimina cualquier posibilidad de malentendidos.

—¿Malentendidos? —tragó el último bocado.

—Sí. Ya sabes, como cuando las partes en cuestión terminan en desacuerdo por uno o dos puntos cruciales —sacó una hoja del bolsillo—. Quieres firmar aquí.