Un gesto simple - Karla Marrufo - E-Book

Un gesto simple E-Book

Karla Marrufo

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Beschreibung

Quién no ha temido perder la memoria o la cordura, quién no ha puesto en duda su lugar en este mundo, quién no ha llegado a creer que su destino se encuentra en un sitio muy lejano al que nunca habrá de llegar, quién no se ha enfrentado a los estragos del paso del tiempo sobre los cuerpos? Los personajes que habitan estas historias encarnan las mismas interrogantes y una circunstancia que los hace particulares: un hombre que escucha hablar a los gatos, una mujer que va perdiendo la memoria al mismo tiempo que imagina estarse convirtiendo en un pollo, un escritor suicida empeñado en escribir cartas que no envía, una mujer casada con un hombre que se metamorfosea en lágrima en momentos de crisis, un hombre que cada viernes se deja un obsequio a la puerta como un signo de comunión con una vecina a la que solo ha presentido; entre otros varios sujetos cuyas vidas se encuentran en un momento crucial. Las historias aquí reunidas se distinguen también por representar los matices de la enfermedad, la vejez o la desmemoria, y transformarlos en esperanza o desencuentro, en olvido insistente o en manía, en el gesto simple de quien, en medio de la más absoluta soledad, no ha dejado de creer que ahí afuera queda todavía alguien a quien llamar y de quien recibir una respuesta o las claves de su destino.

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Seitenzahl: 145

Veröffentlichungsjahr: 2024

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un gesto simple

karla marrufo

UNIVERSIDAD VERACRUZANA

Martín Gerardo Aguilar Sánchez

Rector

Juan Ortiz Escamilla

Secretario Académico

Lizbeth Margarita Viveros Cancino

Secretaria de Administración y Finanzas

Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora

Secretaria de Desarrollo Institucional

Agustín del Moral Tejeda

Director Editorial

 

Primera edición, 13 de marzo de 2024

D. R. © Universidad Veracruzana

Dirección Editorial

Nogueira núm. 7, Centro, CP 91000

Xalapa, Veracruz, México

Tels. 228 818 59 80; 228 818 13 88

[email protected]

https://www.uv.mx/editorial

ISBN electrónico: 978-607-8969-21-0

Cuidado editorial: Víctor Hugo Ocaña Hernández

Maquetación e ilustración de forros: Enriqueta del Rosario López Andrade

Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva

 

Se dice que hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.

Juan Carlos Onetti

 

La elocuencia de los gatos

Para Silvia y su felina elocuencia

El primero en recibirme en la cuadra fue un gato negro regordete, de patas cortas y que, sin embargo, llevaba un gesto de distinción en el caminar. Sus palabras fueron precisas, como pronunciadas con la punta fina de una garra recién afilada. Su tono de voz repercutió en mí de una manera inquietante que me hizo recordar en un segundo mis años tortuosos de infancia, de burlas al por mayor y horas inclementes de terapia en las que terminé por admitir que no, que no escuchaba hablar a los gatos y que todo había sido un artilugio para llamar la atención de mis padres, un intento desesperado por evitar que se divorciaran. Caso típico, habrán dicho, y qué más da. Yo seguí escuchando la elocuencia de los gatos como en una sesión de hipnosis donde la verdad se revelaba lúcida, refinada y llena de sentido.

Los empecé a buscar a escondidas, pues su compañía me infundía una seguridad imposible de hallar en otras partes. Con el tiempo me acostumbré a sus voces, a sus susurros, a su sintaxis a veces cautivadoramente enrevesada y a sus bromas, a ese sentido del humor que nunca he intuido siquiera en un ser humano. Me acostumbré a sus voces, sí, pero también a la forzada soledad a la que esta condición me orillaba. He llegado a creer que lo hice para no ceder ante esas miradas incrédulas que cada vez me cercaban más y más; o quizá solo para obligarme a acallar esa voz interna que, desde que tengo memoria, me ha reprochado no haber sido más firme en mis creencias, no haber tenido más determinación en mis convicciones, no haberme sabido agenciar un lugar en este mundo.

La voz de Óscar, pues así lo llamé desde ese primer día, me vino a recordar por qué estaba aquí, en esta casa nueva y con el firme propósito de empezar de cero. Su mirada se hizo indulgente en un instante muy breve y, antes de que yo atinara a sugerir la leve inclinación de mi cuerpo para que mi mano se posara en su lomo, Óscar ya se encontraba en el muro que delimita las casas y luego en el techo y luego en ninguna parte visible. Volví la mirada al interior y me sedujo la forma en que la luz de la tarde caía, filtrándose por entre la fina gasa de la cortina y se posaba sobre las cosas de la estancia. Entonces solo había un sinfín de cajas de cartón desperdigadas sin ninguna disposición de orden por los sujetos de la mudanza, pero aun así, la luz se asentaba sobre ellas con la serenidad de un silencio muy claro que antecede la revelación de una verdad trascendental. La visita inesperada de Óscar y sus palabras, que yo interpreté como de bienvenida, me hicieron reafirmarme en el propósito que me había llevado a mudarme una vez más y a pensar que tal vez ese escenario, esa luz sobre las cajas, eran la señal indiscutible de que iba a lograr el objetivo que me había traído a este sitio: hacerme de un espacio propio y definir de una vez por todas quién era yo, más allá de un ser triste y solitario que escucha hablar a los gatos.

Había decidido llevarme las cosas con calma y aprovechar las dos semanas de vacaciones de las que aún disponía para desempacar, pintar un par de paredes, conocer el barrio de a poco y quizá, si lograba dominar la ansiedad, entablar conversación con algún vecino. Me hacían ilusión ese aire de libertad que otorga el ser un perfecto desconocido en un sitio nuevo, así como la posibilidad de ofrecer un rostro distinto al de ese otro yo que no había hecho sino arruinar sus relaciones y su vida. Desperté del encanto al escuchar un violento revoloteo que hizo crujir unas ramas del naranjo del patio trasero, aunado a un trinar de dolor o de venganza, no lo sé, y a un maullido desgarrador. Miré con azoro el final de la escena desde la ventana del cuarto: un gato amarillo, demasiado grande para ser solo un gato, terminaba de triturar entre sus dientes el cuerpo de un ave irreconocible ya. De su hocico goteaba una sangre muy roja que fue trazando un caminito certero a la orilla de mi jardín. El gato se desplazó por encima del muro llevando su presa con orgullo y, justo a punto de desaparecer, giró la cabeza hacia la ventana, aplastando sobre mí una mirada llena de malicia. No dijo nada.

Aquel episodio del gato amarillo me dejó una sensación de desasosiego que tardó varios días en diluirse. Me obligué a no llamarle al doctor Fajardo, a respetar mi propio plan de independizarme paulatinamente de la terapia y los medicamentos. Me concentré en la casa, en la disposición de los espacios, en observar a lo largo del día cómo se mueve la luz en cada resquicio y en hacer de esa contemplación un mapa para situarme en mi nuevo hogar y en mí mismo. Por las tardes salía a recorrer las calles del barrio, procurando reconocer comercios y servicios cercanos, parques, cafés, y mirando de reojo la vida de mi propia calle con la esperanza de encontrar algún patrón en las dinámicas de convivio, algún rostro más o menos amigable con quien intercambiar un primer saludo. Sin embargo, solo lograba percibir un cierto aire de hostilidad en las casas contiguas a la mía, miradas de suspicacia, murmullos, llantos sofocados detrás las persianas, muros muy altos custodiando los jardines, protectores de hierro, candados, cadenas. Asimilé la idea, a costa de mucho esfuerzo, de que no se trataba de algo personal y así me lo repetía cada tarde antes de salir de casa para la caminata habitual.

Si bien no solía haber vecinos en las calles, lo que sí encontraba a montones eran gatos, de todos tipos y tamaños, algunos con la pinta de ser caseros y otros en franca condición de desamparo. Entre ellos se paseaba Óscar con su andar distinguido, como si esa distinción estuviera asumida y legitimada por todos, no porque hicieran comentarios particulares respecto a él, sino por ese modo de cederle un espacio al caminar, de situarlo en un sitio implícitamente privilegiado. La ausencia del contacto con los vecinos pronto fue compensada por las voces de los gatos y por esa forma en que me permitían, a una cierta distancia, escuchar sus disertaciones y sus bromas, sus impresiones más desdeñosas sobre los habitantes de la calle.

Las dos semanas de vacaciones se me fueron con la velocidad de un tiempo de fiesta. Y es que esa disposición mía para empezar de nuevo me llegaba llena de un impulso de renovación que no había conocido antes. Pronto tuve que hacerme de horarios fijos de trabajo por las mañanas y de una rutina que me permitiera liberarme alrededor de las 5 de la tarde para salir a caminar. Coloqué el escritorio y el área de trabajo en el dormitorio, atendiendo a mi manía de mirar por la ventana y hallar un paisaje pequeño e ingenuo de plantas que me ayudara a reposar la vista y la mente. A veces, en los breves lapsos de descanso, con la mirada perdida en el naranjo, el gato amarillo se me aparecía como la visión de un fruto desmesurado y amargo dispuesto a clavar en mí su mirada cítrica. Me di cuenta de que era el único gato con el que coincidía que se guardaba para mí un silencio de piedra y una mirada tal vez demasiado amenazante. Óscar insinuaba que no debía darle importancia, que no era nada personal; así que lo dejaba estar en el naranjo, bajar a beber agua del cuenco que había dispuesto en el patio e incluso, a veces, le dejaba un puñado de croquetas dispersas en el muro que solo se comía cuando yo no estaba mirando.

Aunque el periodo de lluvias prometía desatarse cualquier día, continué con mi plan de caminatas diarias y con mi afán de contactar con algún vecino. Cuando ese día por fin llegó, no solo se precipitaron las aguas de un cielo inclemente que se ha contenido por demasiado tiempo, sino también una especie de nefasto encantamiento que a partir de entonces vino a oscurecer los días de la calle y, desde luego, mis días interiores. Era un sábado de mayo y el bochorno de la canícula se negaba a dar tregua aun al atardecer. Salí con una camisa ligera y zapatos deportivos, me encaminé hacia la avenida con la esperanza de llegar al parque de los laureles y volver trotando un par de kilómetros. Apenas empezaba a calentar cuando, detrás de una estela discreta, las nubes de tormenta estallaron en un relámpago y un trueno que sentí crujir en mis pulmones con un miedo, yo lo sé, irracional. Empecé la carrera de vuelta a casa, pero la lluvia se hizo una cascada brutal que me impedía ver el camino. Mal que bien, logré resguardarme bajo el breve techo de la casa 21 hasta que el portón automático se abrió de súbito como invitándome a entrar a la cochera. Me aclaré la vista y pronto me encontré con la mirada de una mujer algo mayor sonriendo con indulgencia y así, desde lejos, me hizo saber que me ubicaba como el vecino nuevo. A pesar de la agitación en mi pecho y mi respiración entrecortada, logré contener la ansiedad, recordé a pie juntillas las palabras del doctor Fajardo y me aclaré la voz para dar el siguiente paso.

Las tardes de lluvia se sucedían de manera intermitente y más o menos atinaba a sortearlas para no suspender mis caminatas ni la charla trivial que, desde aquella primera lluvia, entablaba con Miriam, la mujer de la casa 21, cada tarde de regreso a casa. Gracias a ella pude conocer un poco mejor las dinámicas de la calle a través de un chat de vecinos donde se compartían avisos, quejas, ventas y situaciones sospechosas. La relación que era impensable a título personal entre los habitantes de una casa y otra, en el chat de vecinos adquiría una dimensión cordial y una cierta dosis de realidad que para mí eran suficientes. Había algo tranquilizador en esa amabilidad de hojaldre tan solo imaginable en el recuadro de una pantalla digital que hacía que yo me sintiera parte de algo, limitado, restringido y pequeño, pero algo. Aunque decidí silenciar por periodo de un año las notificaciones, todas las noches me asomaba al chat en busca de novedades, y si bien nunca participaba activamente de las conversaciones siempre las leía con avidez.

Por fin empecé a sentir que estaba habituándome a una paz que nunca creí posible albergar en mi interior. La rutina me servía para afianzar esos pasos en una nueva vida que poco a poco se iba liberando de ataques de pánico y ansiedad, de antidepresivos y pensamientos suicidas, de insondables temporadas en el abismo más oscuro de lo que yo era y no alcanzaba a nombrar ni a apaciguar con mi adicción al alcohol. Era como si las lluvias previas al verano hubieran empezado a diluir toda esa decadencia, toda esa oscuridad. Y tal vez ese fue mi error, creer en la victoria antes de tiempo.

La plenitud de mi nuevo estadio fue solo la tensa calma previa a la tormenta que se desató a principios de junio cuando, después de una breve charla con Miriam, entré a casa y sentí un golpe contundente en la boca del estómago. Era un olor a muerte y podredumbre, un olor tan familiar que me dolía reconocerlo en esta nueva etapa de mi vida. Lo seguí hasta el patio trasero, en la esquina del arriate donde se forma un triángulo de sombra. Se me hacía imposible inhalar y exhalar para tranquilizarme, el olor se me metía en la memoria desgarrando los velos que yo me había empeñado en echar encima a todos esos recuerdos de gatos con quienes según yo había forjado una amistad y que invariablemente habían terminado atropellados, envenenados, descuartizados por los perros. Encendí la luz del celular para tener una imagen de la escena y ver si podía deshacerme de la peste esa misma noche, pero fue en vano. El cuerpo apenas identificable del gato amarillo había reventado, y en su vientre parecían hervir cientos de gusanos blancos, pequeños, ávidos de alimento. Cómo no lo vi antes. No sé cómo llegué a la cocina y ahí, en el suelo, temblando, sin poder respirar y con el rostro hinchado de llanto, supe que mis planes, mi vida, mi tranquilidad no eran menos falibles, menos frágiles, que aquel cuerpo que alguna vez se me impuso con su aire de malicia y ahora se reducía a un montón de pelos, huesos y vísceras irreconocibles.

A la mañana siguiente, y resintiendo los estragos del exceso de alcohol y de somníferos, la voz de Óscar vibró en el jardín con una nota de duelo. Dijo poca cosa y yo lo escuché con la neblina de un sueño demasiado turbio. Dudé si la escena de la noche previa había sido real o no, hasta que el olor acentuado por el sol del amanecer me devolvió a la realidad. Vacié una bolsa de cal sobre los restos de pelaje amarillo que empezaba a hacerse uno con la tierra y me encerré a trabajar con la cortina cerrada el resto del día, sin contar las horas ni comer, procurando evitar que el pensamiento se alejara hacia cualquier sitio que no fuera el trabajo. De lejos me llegaban los ruidos de la calle: los pleitos del matrimonio de la 57, los berridos del niñito insoportable de la 32, el canto desafinado en la 45, la voz simiesca del de la 30 al teléfono. Tenía los nervios de punta y la paciencia a punto de reventar. Quizá era momento de agendar una cita con el doctor Fajardo, de asentar el episodio de pánico de la noche anterior y de subir las dosis del nuevo medicamento. Tomé el celular para mirar la hora y decidirme de una vez a la cita o a la resistencia; sin embargo, un breve mensaje de Miriam me hizo olvidar la decisión recién tomada. Abrí el chat de vecinos y leí con angustia los mensajes acumulados: ya son demasiados gatos en la calle, quiénes son los dueños, ya estoy harto, han roto ya tres veces el asiento de mi moto, no dejan de mear y cagar en mi jardín, no logro conciliar el sueño con sus gritos de apareamiento, destrozan las bolsas y desperdigan la basura por la calle, son una plaga. Hay que hacer algo.

Me limité a enviar un mensaje de gratitud a Miriam, le hice saber que me inquietaba un poco aquel malestar generalizado en la calle y esa contundencia al señalar que había que hacer algo. Apenas caí en cuenta de todo lo que esta última frase podía implicar, salí a la cochera en busca de Óscar. La cabeza me daba vueltas, no lo había pensado, cómo habrá muerto el gato amarillo, por qué no lo vi antes. Estaría envenenado. Dónde demonios se había metido Óscar. Salí a la calle, mientras las luces del atardecer se iban apagando entre los nimbos, y sentí una tensión ya no solo entre los vecinos sino también entre los gatos. Los percibía vigilantes, a resguardo, como sombras furtivas y a la defensa. No quería llamar más atención de la debida, así que con la mirada intenté comunicarme con ellos, decirles que solo necesitaba saber si Óscar se encontraba bien, si ellos tenían idea de lo que estaba pasando. Murmullos apenas inteligibles obtuve por respuesta y un recelo que nunca me había prodigado un gato. El malestar se asentó en mí como en otros tiempos, tenía que aceptarlo. Me alejé de casa, buscando a discreción, susurrando el nombre del gato que para ese momento significaba lo más en mi vida. No sé cuánto tiempo estuve así, caminando en ese trance que no distingue el miedo de la incertidumbre.

De regreso a mi calle me detuvo en seco un par de ojos rojísimos y sonreí imaginando ver a Óscar, caminé hacia él esperando escuchar su voz, pero solo llegó un rechinar de llantas y un auto que escapó a toda velocidad dejando inerme el cuerpo felino ahora vuelto un trapo. Nadie más atestiguó la escena o quizá sí detrás de alguna ventana. Corrí y descubrí con alivio que no, que no era él. Dejé que el filo de mis nervios se calmase, me apreté el estómago para reunir el valor de colocar el cuerpecito en una pequeña zanja improvisada en el arriate, lo cubrí con tierra y con cal, y me fui a dormir con el sueño forzado del alcohol y los ansiolíticos. En mi sueño de aquella noche desfilaron los gatos de la calle, los gatos de mi infancia, los gatos de mi vida entera y entablaron una guerra encarnizada contra los vecinos. La violencia del enfrentamiento me despertó de súbito poco antes del amanecer. Abrí los ojos sin saber qué había sido real y qué no, mientras en mi cabeza daba vueltas un único pensamiento: cómo, por qué arrebatar la vida de un ser que proclama por todas partes, con todo su cuerpo, con su mirada penetrante, la libertad más genuina que se pueda concebir. Quise ser un gato. Al final de cuentas su lenguaje ha sido el único con el que he podido comunicarme en todos estos años, y solo con ellos he forjado lo más cercano a eso que llaman una amistad verdadera.