Un Golpe De Suerte - María Acosta - E-Book

Un Golpe De Suerte E-Book

María Acosta

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Beschreibung

Elvira está harta de su marido, no se puede divorciar e intentará acabar con su vida por todos los medios. ¿Lo conseguirá?



Das E-Book Un Golpe De Suerte wird angeboten von Tektime und wurde mit folgenden Begriffen kategorisiert:
divorcio;humor negro;venenos

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Seitenzahl: 321

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Un golpe de suerte

                 María Acosta

Un golpe de suerte

María Acosta Díaz

©María Acosta Díaz

Primera edición: mayo 2024

Ilustraciones portada: CIker en pixabay

Depósito legal: C -5327– 2001

facebook: www.facebook.com/escritoraTraductora Instagram: www.instagram.com/donatella_daaosta Twitter (X): @mariaacostadiaz email: [email protected]

Índice

Sobre este libro

El vuelo del moscardón

Física recreativa

Dinámica de fluidos

En el laboratorio

Química orgánica

Un golpe de suerte

Sobre este libro

Un golpe de suerte fue escrito en el año 1998, no fue hasta el 2001 que conseguí acabarlo y registrarlo y han tenido que pasar más de veinte años hasta que viera la luz. Variados motivos, tanto profesionales como personales, no han permitido que fuera publicado con anterioridad.                                                                  

Algunas expresiones han quedado trasnochadas, ya no se utilizan, pero las he conservado porque eran la forma de expresarse de aquella época. Otras palabras están o bien en gallego o bien en el argot que utilizaba entonces para hablar con mis amigos. Las he mantenido por dos razones: dar verosimilitud al texto y al personaje de Elvira y porque en Galicia nuestra forma de hablar en castellano es esa, mezclar palabras en gallego, que tienen una connotación muy personal para los habitantes de esta tierra, y para que así se puedan apreciar las distintas formas de hablar la misma lengua en las distintas autonomías que conforman este país.

Al final de cada capítulo, cuando es necesario, he escrito una nota. Las palabras van en cursiva y con un asterisco a su lado.

Se han cambiado los nombres de las poblaciones en castellano por aquellas en gallego y se han mantenido las de los lugares como el Hospital Juan Canalejo, porque así se llamaba en aquella época.

El vuelo del moscardón

¡Cómo lo odiaba! Ahora, después de diez años de casados, se había dado cuenta de los verdaderos sentimientos que la embargaban: deseaba verlo muerto. Otras mujeres hubieran buscado excusas un poco coherentes y se hubieran separado: que la había obligado a cometer una serie de actos contrarios a su moral y ética, o que le pegaba, o que él era impotente o infiel. Aunque no le importaba mentir al resto de la gente, siempre había sido honesta consigo misma, lo que hacía siempre tenía una explicación y era consecuencia de una serie de acontecimientos que, aunque ilógicos a ojos de los extraños, eran perfectamente válidos para ella. Simplemente, lo detestaba y ansiaba matarlo, nada de divorcios ni de separaciones, la meta que perseguía era su destrucción física, algo puramente accidental, preparado por ella pero que no lo pareciese: el sueño de todo asesino que no desea ser apresado.

Se había puesto la minifalda vaquera y las medias rojas, de vez en cuando le gustaba sentirse intensamente femenina y provocar el deseo en él, sin embargo esto le ocurría cada vez con menos frecuencia; estaba a punto de volver del trabajo, era su cumpleaños e iban a cenar fuera, luego unas copas... en fin, lo corriente y normal en una pareja. Oyó el sonido de la llave al girar en la cerradura. ¡Maldita sea! Había olvidado limpiarse los zapatos.

—Espera un momento, cariño, no tardaré –le dijo mientras se introducía en el cuarto de baño; menos mal que había comprado aquel producto que te sacaba de un apuro en un momento, una especie de cepillo con el betún incorporado.

Mientras repasaba minuciosamente con él los gastados pero cómodos zapatos de tacón comenzó a rememorar el primer intento para acabar con la vida del hombre al que había prometido ante el altar, y más de mil invitados, obedecer y respetar todos los días de su vida.

Había sido una penosa jornada de trabajo, para colmo la regla se le había adelantado y había manchado, menos mal que poco, los recién comprados pantalones vaqueros de marca; al llegar a casa, ya demasiado tarde para nada, había recordado que no quedaba apenas leche en la nevera; harta de todo encendió el calentador y decidió darse un baño de espuma. Mientras estaba flotando relajada y arropada por un intenso olor a tomillo se le pasó por la cabeza la idea: ya no lo amaba. No sabía cómo ni cuándo había ocurrido, pero el caso es que sentía que no tenía nada que ver con Federico, no lo deseaba, ni siquiera lo apreciaba. Es más, ansiaba verlo muerto.

—¿Te falta mucho? –preguntó Federico, sacándola de su ensoñación.

—Salgo enseguida –respondió ella.

¡Que fastidio de hombre! Fueron las mismas palabras que pronunció en voz alta aquella vez en la bañera. Estuvo toda la noche imaginando un sistema para deshacerse de él; puede que su mente trabajase mientras dormía pues cuando despertó surgió la brillante y genial idea. Él aún permanecería en la cama algo más de una hora, no le ocurría como a ella que debía trasladarse a su lugar de trabajo con bastante anticipación pues se hallaba muy distante del domicilio conyugal. Antes de salir de casa dejaría el gas abierto, cuando él fuera a encender la luz de la cocina... ¡Boom! Todo saltaría por los aires, incluido Federico, claro está.

—¿Ocurre algo mi vida? Vamos a llegar tarde al restaurante.

—Ya voy, ya voy!

—Estás preciosa, Elvira –dijo Federico dándole un beso en la mejilla en cuanto ella abrió la puerta. Era una de las cosas que más le fastidiaba, el besito en un lado de la cara como si picotease grano o algo parecido; pero ella sonrió, él no debía sospechar lo que pasaba por su mente de ninguna manera. Siempre andaba en la inopia, era más fácil de engañar que un niño de cinco años.

Comprobó que el gas estuviera bien cerrado, las luces apagadas, los aparatos eléctricos desenchufados; quería mucho a Elvira pero era muy descuidada en algunos aspectos, pensaba Federico mientras echaba todos los cerrojos a la puerta, siete en total. Aún recordaba como hace casi dos años había dejado abierto el gas de la cocina, afortunadamente la ventana no estaba cerrada y no ocurrió nada. Con los años, la pobre, se volvía cada vez más distraída. Recordaba que en su época de novios olvidaba frecuentemente de la hora a que habían quedado o  si ese día iban a ir al cine o al teatro.

El ascensor estaba estropeado, menuda lata tener que bajar nueve pisos andando, pensó Elvira.

Le resultó estimulante aquel día en el colegio: no por los nuevos estudiantes la gran mayoría; ni por encontrarse el aula totalmente reformada con una cómoda y giratoria silla para ella en la mesa desde donde controlaba al agotador alumnado de quince años; sólo de pensar que cuando llegara a casa él estaría hecho pedacitos le puso de buen humor para el resto de la jornada. Ni siquiera la aburrida reunión de profesores que siempre tenían al iniciar el curso logró cambiar su estado de ánimo; no prestó demasiada atención, se puso a recordar lo alegre que se había sentido por la mañana después de enfundarse la bata para prepararse el desayuno. Haber encontrado la solución a sus problemas mientras dormía le había abierto el apetito y se hizo un desayuno a la inglesa (huevos con beicon, zumo de naranja, tostadas con mermelada y cereales con un gran tazón de café con leche) en contra de lo que acostumbraba. Hasta el primer cigarrillo del día le supo a gloria bendita. Luego se vistió con sumo esmero y se maquilló como si fuera a una cita, nadie diría que le esperaba una aburrida y estresante jornada laboral en un colegio de monjas. Cualquiera pensaría que iba al encuentro de su novio o amante, aun siendo una hora bastante improcedente para ello. Pero la gente ¡es tan rara!

—...no sé si me gusta o no que ese restaurante se haya puesto de moda , por una parte tiene sus ventajas pues así se puede estar seguro de que la comida será espléndida y los ingredientes que utilicen de calidad excepcional, pero, por otro lado, se ponen insoportables con lo de las reservas: eso de que la pierdas por llegar diez minutos más tarde de la hora convenida es un despotismo que nadie de los que utilizamos sus servicios deberíamos consentir. ¿No te parece, querida?

¡Se le había ido el santo al cielo! Casi habían llegado al portal y ella se había distraído con sus recuerdos de aquel primer intento por deshacerse de Federico. Él no dio muestras de haberse percatado de que hacía un buen rato que ella había desconectado con lo que le estaba diciendo. Este hombre no se enteraba nunca de nada, parecía vivir en un planeta distinto del que ella habitaba. Aún no había anochecido del todo, al noroeste de la Península Ibérica era normal que así ocurriese. Todavía no había finalizado el mes de agosto y la temperatura nocturna era muy agradable. Incluso pensó que, con aquellas medias, por muy finas que fueran, iba a pasar un poco de calor.

Esperaron en el portal a que pasara un taxi, Federico dijo que no cogería el coche, Elvira imaginaba que tenía pensado emborracharse y su marido era tan prudente conduciendo que, aunque sólo fuera a beber un vaso de vino, evitaba usar aquella maravilla de BMW descapotable que se había comprado dos meses atrás cuando le tocó la Primitiva. No comprendía aquel gasto estúpido, cuando iba al trabajo siempre llevaba el Renault 4 y el otro apenas lo había sacado media docena de veces del garaje desde que lo adquirió. Le fastidiaba que a ella no se lo dejara utilizar. Tenía que ir al colegio en autobús cuando le hubiera gustado fardar delante de sus compañeros de máquina potente y moderna: era realmente divino, con sus asientos de cuero mullidos y el equipo cuadrofónico, el precioso color azul grisáceo de la carrocería y la suave dirección. No había manera; se lo había prohibido terminantemente, y aunque Federico la mayoría de las veces gozaba de un humor excelente (era paciente con todas sus rarezas, le daba todos los caprichos que a ella se le ocurría pedir, y llevaba con resignación cristiana el que no fuera más que una mediana cocinera; es decir, poseía todas las cualidades por las que podía considerársele un marido fuera de lo común, lo cual a ella le exasperaba porque muchas veces le hubiera gustado tener una buena trifulca con él) se ponía como un basilisco en todo lo concerniente a su elegante deportivo.

Recordó cómo la semana anterior le habían entregado el coche y ella lo cogió aprovechando el viaje que tuvo que hacer su marido a Zamora para visitar a su hermana; pensaba que no iba a enterarse de nada, total, iba con una amiga al cine y recorrerían unos pocos kilómetros entre ir y volver a sus respectivos hogares y tomar alguna copa después de la película. Pero tuvo la mala pata de no aparcarlo correctamente y unos chavales que llevaban un pedo*  bastante considerable sufrieron un encontronazo con el BMW y le destrozaron el intermitente izquierdo. Cuando él regresó el automóvil se encontraba todavía en el taller porque habían tenido que pedir el repuesto a Vigo y los distribuidores se retrasaban siempre con los pedidos. Por una parte le regocijó comprobar que también Federico era capaz de arrebatos de mal humor, pero por otra se llevó tal susto al descubrir aquella faceta inédita en su cónyuge que nunca más volvería a ocurrírsele hacer otra faena semejante.

—Entra Elvira –dijo Federico, abriendo la puerta del taxi que por poco no para debido a que la farola del portal estaba estropeada y, posiblemente, tardó en darse cuenta de su presencia.

Ella sabía conducir, había sacado el carné cuando todavía eran novios, pero nunca había tenido la oportunidad de comprarse un coche; su padre le había propuesto cederle el suyo, pero el Dyane 6 color vino no era todo lo elegante que ella deseaba, sus gustos en general eran sencillos pero en cuestión de coches era una auténtica esnob: lo que en verdad le hubiera gustado poseer era uno de esos Morgan descapotables hechos a mano, como el que había visto en Zürich en el viaje de fin de carrera, era una maravilla. De ahí para abajo, no le interesaba ninguno, aunque de vez en cuando, para no olvidar sus conocimientos al volante, pedía prestada cualquier carraca a un conocido o amigo, incluso a su padre, que conservaba el Dyane 6.

El taxi paró, el Centro* estaba a rebosar de gente: en la calle, en los bares, en las pizzerías, en los restaurantes, en las cafeterías, en las creperías, por todas partes había gente; no era de extrañas, hacía una temperatura excelente, era viernes y, además, la gran mayoría estaba de vacaciones. Se dirigieron a la playa, le encantaba escuchar el rumor de la olas, el paseo marítimo estaba precioso, todo iluminado, las terrazas de los soportales estaban a tope, música y risas por todas partes. Era todavía demasiado temprano para las discusiones de borrachos. La playa* también estaba a rebosar. De pronto recordó que por la noche habría un concierto totalmente gratuito, por eso no cabía un alfiler en la arena; incluso le hubiera gustado asistir pero era el cumpleaños de Federico y esa noche mandaba él.

Su marido era bastante clásico en sus gustos, así que había escogido uno de los restaurantes del paseo marítimo con el propósito de disfrutar de una estupenda comida italiana, como era un día especial beberían vino italiano. Luego quería ir a una de esas cafeterías que habían abierto últimamente en la Estrecha de San Andrés. Era todo lo que le había anticipado, no tenía ni la más remota idea de dónde quería acabar la noche. A Elvira le gustaba la cocina italiana pero no la consideraba una elección acertada para la celebración de un cumpleaños, en fin, tendría que conformarse. A él realmente le chiflaban los restaurantes de mesas cubiertas con manteles rojos y blancos, el aroma del orégano y de la mozzarella; a ella a veces le llegaban a repugnar esos olores aunque se guardaba mucho de manifestarlo abiertamente. Él se puso a pedir y ella a reflexionar acerca de lo que había pasado ese día ya tan lejano.

¡Menuda sorpresa se llevó cuando regresó a casa y en vez de encontrarse un lugar medio destrozado por una explosión y al marido muerto, halló a éste tan campante sentado en un sillón leyendo la prensa deportiva! Se había entretenido tanto con el desayuno que olvidó cerrar la ventana de la cocina y el poco gas que quedaba en la bombona se disipó en el aire. Cuando Federico se levantó y puso a calentar su café con leche se encontró con que ya no había ni pizca de gas. Lo que más la jorobó* de todo aquel asunto fue la actitud de su esposo: tan tranquilo, tan suave, no enfadándose por nada; y lo de llamarle cabecita loca por haberse olvidado de cerrar uno de los fuegos la había encrespado, pero ni una recriminación, ni un reproche, por su descuido.

La velada fue bastante aburrida aunque ella intentó disimularlo; cenaron, luego fueron al dichoso café, allí se encontraron con unos amigos de Federico, que eran a la vez compañeros de oficina, y mientras su marido se dedicaba a poner verde a sus jefes ella se aburría como una ostra oyendo las memeces que soltaban las mujeres y novias de ellos. Mujeres insulsas que sólo saben hablar de trapitos y del último grito en maquillaje o de operaciones de cirugía plástica.

¡Pensar que había sido tan minuciosa para nada! Había comprobado que no faltara gas en la bombona, había apagado la luz antes de abrir el fuego, hasta bajó a oscuras la escalera para que nadie la reconociera, para luego dejarse abierta la ventana. ¡Qué desastre! Aunque estuvo bastantes días disgustada porque todo le había salido mal, se consoló pensando que, al fin y al cabo, era la primera vez que intentaba algo parecido y que hubiera sido muy raro que le hubiera salido bien a la primera. Pero la próxima vez lo planearía mejor, estaba segura, lograría deshacerse de él. El sonido de la puerta del lavabo de señoras la sacó de su ensoñación.

—¡Caray! –dijo mirando el reloj-, he estado aquí más de quince minutos, menos mal que los hombres están acostumbrados a que las mujeres tardemos un mundo cuando nos metemos en el tocador.

—Los tenemos bien enseñados –replicó una mujer regordeta que acababa de entrar –¿De qué otro modo podríamos hablar mal de ellos sin que se dieran cuenta?

Se rió, se miró una última vez al espejo y salió. Llevaba dos años intentando liquidarle y no había manera. Ahora podía considerar que estaba recargando las pilas, pero se había propuesto que antes de su cumpleaños, lo más tardar, lograría su propósito. Cuando regresó con todos aquellos pelmas se dio cuenta de que nada había cambiado en el ambiente, seguía siendo tan anodino y vulgar como hacía quince minutos. ¡Qué fastidio de gente! ¡Menuda celebración! ¿En qué estaría pensando Federico? ¿No se percataba de lo aburrida que estaba ella? Regresó a la reunión con una copa y tuvo que contenerse para no montar el número bebiéndosela de un trago. Menos mal que su esposo notó su estado de ánimo y le hizo señas dándole a entender que pronto se irían. Al cabo de diez minutos ya estaban fuera del local.

—Siento haberme entretenido tanto con ellos, querida; perdóname por no ser un poco más considerado contigo. ¿Te apetecería dar un paseo por la Ciudad Vieja? Hace una noche espléndida y dejaré que escojas el sitio a donde vayamos.

Ella asintió, le encantaba aquella zona llena de casas de piedra y el sonido de sus zapatos de tacón en los viejos adoquines, menos mal que no eran muy altos y podría caminar medianamente cómoda por las estrechas y empinadas callejuelas. Necesitaba alegrar un poco su espíritu, después de todo era un día de fiesta y deseaba acabar la velada lo más satisfecha posible. Aunque sabía que el sitio al que tenía pensado llevar a Federico no le agradaba mucho, se lo tomaría con resignación porque era muy del gusto de ella. No cogieron ningún taxi. La visión de la plaza de María Pita a la luz de la luna siempre la había emocionado, nunca se cansaba de mirar aquel ayuntamiento tan hermoso, con sus dos cúpulas rojizas y el historiado balcón desde donde se asomaba el alcalde en las ocasiones especiales. Cruzaron la plaza por todo el centro y se quedaron un momento ensimismados mirando el monumento a María Pita que habían instalado hacía pocos meses. La gente de Coruña tiene mucho sentido del humor y a las pocas horas de haber sido colocada la estatua en el sitio elegido al efecto, en la ciudad ya habían rebautizado a la plaza con el nombre de Plaza de la Droga porque allí se encontraba la heroína. Un chiste malo, pero que muestra el carácter de los habitantes de Coruña.

Luego se dirigieron a uno de los arcos de acceso a la parte antigua, cuyo origen se debe buscar en la época medieval, lo que queda patente por el nombre de sus calles, todas con nombres de antiguos oficios y gremios: Pescadería, Sinagoga, Zapatería, etc. Subieron por la larga escalinata y torcieron a la izquierda, admiraron la casona que se erigía enfrente de la Colegiata, una pequeña y hermosa iglesia perteneciente al románico gallego, lugar obligado de las bodas de postín de la ciudad. Continuaron su camino hasta una callejuela cercana a la misma: allí se encontraba el pub que Elvira había elegido, el Itaca, con su máquina de petaco y su música rock. Estuvieron disfrutando del ambiente poco más de una hora, hasta se lo estaba pasando bien con su marido y por un fugaz instante Elvira pensó desistir de sus planes para matarlo. Pero fue sólo un momento de debilidad, porque Federico hizo otra de las cosas que le sacaban de quicio: una pajarita de papel con una servilleta. No sabía realmente porqué la ponía tan nerviosa esa manía de hacer toda una familia de pajaritas en cuanto tenía un papel en la mano. Quizás porque de esa manera Federico demostraba lo minucioso que podía llegar a ser, algo que ella no había conseguido, al menos no de forma tan constante y rutinaria como le ocurría a su esposo. Se consideraba un auténtico desastre en tales cuestiones manuales y percatarse su superioridad en algunas  cosas que ella nunca lograría llevar a cabo (a no ser de manera bastante mediocre) era algo que la sacaba de sus casillas. Su idea de asesinarle se fue afianzando más a medida que transcurría la velada aunque en su fuero externo pareciera que se lo estaba pasando en grande.

Luego la llevó a uno de esos sitios tranquilos donde únicamente se va a escuchar música, el Jazz Filloa, un pequeñísimo pub cerca de la calle del Orzán, a pocos metros de la playa. A partir de ahí la cosa fue decayendo no tardando Federico en dar muestras de cansancio. Eran las dos de la madrugada, la noche se empezaba a animar pero su marido ya se encontraba derrotado. Acostumbrado a la vida tranquila y a dormirse poco antes de las once de la noche, era para él todo un récord encontrarse despierto a tales horas. Ella hubiera aguantado mucho más pero no había más remedio que irse a casa. Siempre podría ponerse una película en el vídeo o leer un buen rato en la cama. Regresaron cogidos de la mano, como si fueran dos novios, caminando, a pesar del cansancio de Federico. Cuando llegaron él apenas tuvo fuerzas para nada más que quitarse la ropa y ponerse el pijama a rayas, parecía un preso de Alcatraz. En cuanto apoyó la cabeza en la almohada se quedó dormido.

Elvira se dirigió a la cocina, se calentó un poco de leche y se tomó un tazón con mucho azúcar ensopando una buena cantidad de pan. Se le habían pasado las ganas de encender la televisión, se fue a la cama, encendió la lamparilla y se puso a leer. No había manera, no lograba pasar de la quinta línea, había recomenzado la página cinco o seis veces y sus pensamientos derivaban hacia su mala suerte en todos sus intentos de asesinato.

Se puso a recordar el segundo, el sistema estaba muy gastado, lo habían utilizado en muchas películas y novelas policíacas pero resultaba bastante efectivo, además tenía la ventaja de que no sería descubierta por dos razones: una, habitaban en el edificio unos hermanos muy traviesos amigos de las bromas pesadas, que podían muy bien cargar con la culpa; y, dos, ella era la que primero salía a la calle y no sería vista por nadie mientras lo preparaba. Era el tan consabido hilo de nailon cruzando la escalera para que la víctima tropezase y se desnucase.

Se le ocurrió que podría funcionar mientras leía una novela de Agatha Christie a las que era tan aficionada. Esperó pacientemente el día propicio, si, por casualidad, otro de los habitantes de la casa salía antes que ella, podría resultar herido en lugar de Federico, no quería que nadie que no fuese su marido saliese perjudicado. Pasaron todavía un par de semanas...

—¿Qué haces cariño? ¿Estás desvelada? –preguntó soñoliento Federico dándose la vuelta.

—Sí, un poco. Si te molesta la luz, apago enseguida. Estaba leyendo –respondió sobresaltada.

—No, no; tengo un poco de sed, voy a la cocina. ¿Deseas que te traiga unas galletas? –dijo mientras se ponía una fina bata de seda y se calzaba sus babuchas de cuero.

—Déjalo, no te molestes, no quiero nada, date prisa, te vas a resfriar –replicó en un tono meloso que no era habitual, pero como él estaba medio atontado no se dio cuenta de nada.

Federico no tardó en regresar y quedarse otra vez dormido como un lirón. ¡Vaya sueño pesado que tenía! Estaba convencida que si le pusiera una almohada encima para ahogarlo se moriría sin enterarse de nada, pero temía que todo saliera mal: Federico, aunque era una persona eminentemente pacífica, era más fuerte que ella, si se despertaba en ese instante no sólo se salvaría de morir sino que se percataría sus intenciones y no se le presentaría otra ocasión para acabar con su vida. No, tendría que parecer un accidente.

Por enésima vez intentó continuar con la lectura pero era inútil, los recuerdos de su atentado fallido con la cuerda se interponían en su pensamiento. Fue un domingo cuando por fin pudo probar su plan: a él lo había invitado un amigo a ir de pesca, ella debía levantarse pronto porque tenía que corregir unos exámenes, ya que había prometido dar las notas el lunes. Con la excusa de ir a comprar unos churros para el desayuno salió a la calle; estaba convencida de que, siendo un día festivo, ninguno de los vecinos se despertaría tan pronto. A su vuelta dispuso la trampa y entró en casa como si no ocurriera nada. Él estaba en la cocina preparando el café, ya se había vestido y en la puerta tenía apoyados los trastos que iba a llevar. Ella, por su parte, también había aflojado la bombilla de la escalera, no quería que su marido se diera cuenta del engaño hasta que fuera demasiado tarde para reaccionar.

Unas risas en la escalera la distrajeron de sus recuerdos, cada vez se oían más fuerte. Había sido un error cambiar el dormitorio de sitio, la ventana cercana a él, que comunicaba con el descansillo, dejaba pasar todos los ruidos del exterior. Tenían que haberla insonorizado hacía meses pero, como no habían decidido variar la distribución de la casa hasta hace unas semanas, no se habían apresurado a emprender las pertinentes reformas. Donde ahora dormían era antes el cuarto de estar, y los pocos ruidos que producían los vecinos no eran una molestia. Pero, en estos momentos, las carcajadas eran demasiado fuertes como para no irritarla, al fin fue oyéndolas cada vez más bajo y sintió que abrían la puerta del piso de arriba. ¡Vaya, eran los estúpidos del gato! Por su culpa todo se había ido al traste.

Eran los últimos que habían llegado a la casa, eran hermanos, ambos de Santiago, creía que de un pueblo cercano, Cuntis, aunque no estaba muy seguro de ello porque quien la había informado era la cotilla de doña Carmen que vivía en el segundo piso con un par de periquitos y un loro que no sabía hacer otra cosa que cantar cuplés de la Piquer y tangos de Carlos Gardel, y a veces confundía el nombre de las poblaciones. En cualquier caso, de lo que sí la había informado verazmente era de que sus padres tenían bastante dinero como para haberles comprado el piso al que se habían trasladado un mes atrás (según le había contado en su momento) y de que iban a estudiar en la Universidad de A Coruña. Habían venido mucho antes del comienzo de curso para poder amueblar a su gusto el piso y, barruntaba doña Carmen, para empezar a vivir independientemente de la familia aunque todavía a expensas de ella. Antes de que se le hubiera pasado por el magín atentar contra su marido, tal vez tres o cuatro días antes, llegaron los dos muchachos. Al cabo de una semana se empezaron a escuchar maullidos en la escalera: se les había ocurrido recoger un gatito que habían encontrado tirado en un cubo de la basura y como era demasiado pequeño (no de tamaño pero sí de edad) y no podía comer por su cuenta, aún tenían que darle el biberón, se pasaba el día maullando para que le dieran la comida. Una auténtica lata el pobre animalito. También es verdad que el follón sólo duró unos diez días y el bicho dejó de incordiar de manera tan insistente. Era de esa gente que piensa que los animales, aun viviendo en una ciudad, deben tener toda la libertad que se les pueda dar; los gatos son muy listos, muy desconfiados y también muy independientes, así que ellos cogieron y practicaron una abertura en la puerta de la casa para que el animal pudiera entrar y salir cuando le apeteciera. Como ellos vivían en el décimo, y último, piso, su ventana de la escalera estaba situada frente a otra que daba a un patio desde donde se podían ver un montón de tejados, y como el de la casa de al lado estaba apenas a un metro de ella, el gato podía campar a sus anchas por donde le apeteciera, sabiendo que el acceso a su refugio estaba siempre expedito, pues sus amos se cuidaban de que estuviera siempre abierto.

Algunas veces el minino, sintiéndose quizás vago para andar correteando por las alturas, bajaba las escaleras hasta el portal y allí esperaba a que algún vecino entrase o saliese de la casa para darse un paseo por el barrio; había un cubo de basura que le parecía especialmente interesante, el de la pizzería que se encontraba en la esquina, y, aunque en su casa no le faltaba la comida, de vez en cuando rebuscaba en él restos de pizza con anchoas o de otros manjares suculentos.

En ocasiones resultaba un incordio porque, subieras o bajaras la escalera, de repente se te colaba entre las piernas, lo que estuvo a punto de provocar más de un accidente. La culpa de que Elvira fallara esta vez fue del felino, que atendía, cuando le daba la gana, por el original nombre de Zarkov. En cuanto Federico cerró la puerta ella se sintió feliz, se quedó a la expectativa anhelando oír un grito y a continuación el estruendo de alguien cayendo. Y sí escuchó un alarido, pero no era humano. Salió a escape de la casa, el que había tropezado con el hilo era el gato, al cual no le había ocurrido nada. Su marido, al sentir el chillido del animalito, se había parado en seco para comprobar si le había pisado el rabo o le había hecho daño de alguna otra manera, y entonces se percató del sedal puesto de través.

—¡Qué mala idea! –dijo, cuando oyó que se abría la puerta de su vivienda- ¿Te das cuenta, querida? ¡Podría haber sido yo!

—¡La madre que te trajo al mundo! ¡Mira que tienes suerte! –pensó Elvira decepcionada –Habrán sido los chiquillos del piso de abajo.

—Cuando vuelva de pescar voy a hablar con sus padres –replicó él un tanto molesto –es una broma demasiado pesada como para pasarla por alto.

—No te preocupes, ya se lo diré yo –respondió rápidamente. Lo último que deseaba era que su marido descubriera lo erróneo de su pensamiento y empezara a sospechar de ella. –No te molestes, querido, ya quito esa cosa de ahí, alguien más podría hacerse daño.

Él se marchó y ella volvió a la cocina, acabó de desayunar y preparó la mesa del salón para corregir los exámenes. De nuevo sus planes habían fallado, no había contado con el dichoso gato. La próxima vez calcularía al milímetro todas las posibles contingencias.

Llevar un pedo: ir muy borracho

El Centro: Zona de Coruña, compuesta por la Calle Real, Galera, Franja, Olmos, Estrella, Avenida de la Marina, Puertya Real, María Pita y sus aledaños, repleta de bares, tascas y comercios, a donde muchos coruñeses confluyen en las noches del fin de semana

La playa: en este caso se refiere a la playa de Riazor, lugar donde se montan muchos actos lúdicos durante la fiestas de verano en A Coruña.

Le jorobó: le molestó

Física recreativa

Con cada nuevo atentado sus ansias por acabar con su marido iban aumentando, también era cierto que era una novata en estos menesteres, pero no creía conveniente intentar contratar a un profesional, ni siquiera sabría a quién acudir, y el peligro de ser descubierta era demasiado grande. Si quieres que una cosa esté bien hecha debes hacerla tú misma, ese era su lema; aprendería de sus errores, aunque tardara se saldría con la suya y...

Se quedó frita, dormidísima, de tal manera que, cuando se despertó, se dio cuenta de que había descansado de un tirón con la luz encendida. ¿Qué día era? Cuando estaba de vacaciones llegaba a perder la noción del tiempo. Se sentó en la cama y miró el reloj, las siete; apenas había dormido cuatro horas pero se sentía tan en forma como si hubieran sido doce. Federico seguía en el más plácido de los sueños. Volvió a observar el reloj, el despertador estaba puesto a las ocho, las ocho... ¡claro! Hoy iban todo el día de excursión con unos amigos a San Andrés de Teixido. No le apetecía demasiado pero era imposible a estas alturas volverse atrás: la comida estaba comprada, los planes llevaban fraguándose un par de semanas, y a Federico le ilusionaba pasar un día fuera de la ciudad, en contacto con la naturaleza, aunque fuese una naturaleza semidomesticada como la de aquel paraje. Elvira ya había estado en la romería hacía tres o cuatro años, se lo había pasado en grande. Cuando Lorena y Tomás, a los que no veían desde hacía unos meses, se encontraron con ellos un sábado que habían salido a tomar unas tapas antes de ir al cine, les propusieron esta excursión, a ella le pareció una idea fenomenal, Federico enseguida se apuntó también. Así que no había más remedio que ir. No tenía sueño, se levantó, se duchó y preparó el desayuno, sus amigos llegarían a las ocho y media a buscarlos y, mientras que Federico era muy rápido arreglándose, a ella, en vacaciones, le gustaba tomarse el comienzo del día con un poco más de calma. Preparó también una bolsa en donde llevarían los bañadores y un par de toallas por si el día se presentaba lo suficientemente bueno como para ir a bañarse a cualquier playa cercana a San Andrés.

No bien acabó el último sorbo de café escuchó un leve silbido: Federico acababa de despertar. La ponía frenética el buen humor de su marido, no siempre, es verdad, porque algunas veces que ella se levantaba desanimada o no todo lo descansada que debiera, ese silbidito la ponía de buen talante, pero otras, sobre todo si a él le esperaba una dura jornada de trabajo, la sacaba de sus casillas. ¡Podía imaginarse persona más mema! ¡Ponerse contento porque iba a tener que caminar toda una mañana instruyendo a los nuevos vendedores de enciclopedias! Él no trabajaba de representante, era el responsable de las publicaciones didácticas y su trabajo consistía en estar en la oficina revisando artículos y libros o hablando por teléfono con otras editoriales o con los escritores que trabajaban para su empresa, pero decía que le encantaba enseñar a los nuevos, y se daba unas pateadas por toda Galicia de vez en cuando que hubieran cansado al mismo Fraga Iribarne. ¡Menudo idiota!

Al cabo de un rato apareció y le dio el consabido beso en la mejilla. Ya estaba preparado del todo mientras que a Elvira se le había ido el santo al cielo con sus reflexiones y aún estaba en bata.

—Date prisa, palomita —dijo él, mimoso —nuestros amigos están a punto de llegar.

¡Palomita! ¡Menudo cursi estaba hecho! En estos instantes no acertaba a comprender cómo aquella forma de hablar de Federico le había gustado alguna vez: palomita, vida día, querida, cariño, gatita, mi alondra, y otras majaderías se las había dicho a todas horas mientras duró su noviazgo. Estaba tan ciega por él que no se dio cuenta de lo estúpida que resultaba aquella forma de hablar. Es cierto que hubo una época que le halagaba que la tratara de aquella manera, pero no siempre. Incluso desde el principio, sentía una vergüenza mortal cuando a él se le escapaba cualquiera de aquellos apelativos cariñosos en presencia de sus amigos. Esa forma de hablar podía estar bien para la intimidad pero no tenía porque enterarse nadie más.

Corrió al baño a ponerse los vaqueros y la camiseta, luego, del armario de la habitación, cogió unos calcetines deportivos y sus viejas zapatillas. No había terminado de atarse los cordones cuando sonó el portero automático. Seguro que eran ellos, miró el reloj y vio que acababan de dar las ocho y media. Lorena y Tomás tan puntuales como siempre. Bajaron rápidamente. A sus amigos no les gustaba ni un ápice que les hicieran esperar más de lo que era conveniente. No es que se enfadaran, pero ella quería tener un día tranquilo y pasarlo lo mejor posible. Envidiaba aquel matrimonio. Antes de empezar a mantener relaciones con Federico había salido con Tomás una temporada, fue una tonta al dejarlo. A Elvira, en su momento, Tomás le pareció una persona excesivamente formal y ella, en aquella época, era una muchacha muy alegre y algo inconsciente que no comprendía cómo Tomás, un joven de veintitrés años, podía tomarse tan en serio sus estudios. Tanto como para olvidarse de acudir a una cita con ella, que se creía a los veintiuno irresistible y tremendamente deseable. ¡Qué boba había sido al abandonarlo por el palurdo de Federico por muy simpático que pareciera a primera vista!

Afortunadamente el ascensor funcionaba. Habían hecho infinidad de reuniones de propietarios a propósito del tema del ascensor, e incluso alguien había apuntado la posibilidad de instalar uno nuevo, pero no había forma de ponerse de acuerdo: cuando, por fin, el último que se resistía, accedía a seguir el pensamiento de la mayoría, aparecía otro que, de repente, cambiaba de opinión y decía que se lo tenía que pensar mejor.

Lorena y Tomás estaban esperándoles ya con el maletero abierto, metieron en él las bolsas de la playa y la empanada que había cocinado Elvira la noche anterior (una de las pocas cosas en que era una experta), y unas cuantas botellas de refrescos. Sus amigos llevaban bocadillos de chicharrones hechos por la madre de ella. Elvira los había probado y eran una auténtica delicia.

La mañana se presentaba sin una nube aunque, dado lo temprano de la hora, hacía un poco de niebla. A medida que transcurrían los minutos y se acercaban a Ferrol la niebla se fue espesando, iba a ser una pena no poder sacar unas fotos medianamente decentes de los acantilados. Era domingo y el sitio al que iban era muy popular, no en vano lo llamaban La Meca gallega. Todo el mundo sabe que si no se quiere hacer la peregrinación a San Andrés convertido en lagartija o serpiente debe hacerla en vida, dice el refrán: A San Andrés de Teixido, vai de morto quen non vai de vivo. Por eso está prohibido por la tradición matar cualquier clase de reptil que se encuentre uno en el camino; la verdad, aunque sólo fuera por admirar el paisaje que hay alrededor de la ermita y pasear por los pinares cercanos al santuario, ya valdría la pena trasladarse hasta allí.