Un hombre de ley - Judith Stacy - E-Book
SONDERANGEBOT

Un hombre de ley E-Book

Judith Stacy

0,0
3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Qué tenían en común el robo a una diligencia, una antigua diosa del amor y las Montañas Rocosas? El sheriff Spence Harding sabía que el eje central de todos los conflictos que estaban surgiendo era Maggie Peyton, potencial ladrona de museos y poseedora de las piernas más bellas de Colorado. Pero Spence sabía también que debía olvidarse de la bella licenciada universitaria porque sólo le causaría problemas. La primera vez que Maggie vio a Spence Harding él estaba en el suelo y su diligencia estaba siendo asaltada. Desde entonces las cosas no habían mejorado. El sheriff estaba empeñado en que ella no andaba metida en nada bueno y se había convertido en su sombra... día y noche.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 299

Veröffentlichungsjahr: 2014

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2004 Dorothy Howell

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Un hombre de ley, n.º 337 - junio 2014

Título original: Maggie and the Law

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4352-3

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Uno

Colorado, 1889

Los hombres eran muy diferentes cuando una estaba tumbada en el suelo, de espaldas.

Al menos, aquel hombre.

Maggie Peyton miró la cara que se cernía sobre ella. Sus ojos oscuros y penetrantes la taladraban. Tenía la boca torcida en un gesto de fiereza. De la nariz le salía una respiración caliente.

Maggie tenía la espalda aplastada contra el suelo. Las rodillas del hombre clavadas en los muslos. Y él, con sus largos dedos, la tenía agarrada por los hombros.

Asombrada, Maggie no podía hacer otra cosa más que mirarlo.

Durante las dos horas anteriores que habían pasado en la diligencia, él había ido sentado enfrente de su asiento, con las piernas estiradas rudamente, ocupando todo el espacio, pero medio tumbado y con el sombrero inclinado sobre la cara, dormitando. Aparentemente inofensivo. Ellos eran los dos únicos pasajeros, y él apenas le había dirigido la palabra, salvo para presentarse.

De repente, hacía un instante, aquel tal Spence Harding se había incorporado de un salto, la había agarrado, la había tirado al suelo y se había echado sobre ella. Y Maggie se había quedado demasiado anonadada como para pensar o moverse. Sin embargo, en aquel momento...

—¡Suélteme! —le escupió Maggie. Dirigió la palma de la mano contra su oído y le abofeteó con fuerza. Él echó la cabeza hacia atrás y aflojó las manos.

Maggie se retorció para alejarse de él, dándole patadas en los muslos, e intentó ponerse de pie. Él la agarró de nuevo y volvió a tumbarla en el suelo con facilidad.

Ella soltó un grito. Ciegamente, comenzó a golpearlo, en la cara, en los hombros y en el pecho.

—¡Quieta! —dijo él, mientras le agarraba las manos—. La diligencia...

—¡Suélteme!

—¡Cállese!

Maggie pensó frenéticamente. No había nadie más en el vehículo. Nadie podía ayudarla, excepto el conductor que iba al pescante. Pero, ¿podría oír sus gritos por encima del ruido de los cascos de los caballos, los crujidos del coche y el soplido del viento?

El pánico la abrumó, y comenzó a dar patadas salvajes, furiosas.

—Señorita... ¡quieta! ¡Ay!

Spence hizo un gesto de dolor. Puso la pierna sobre las de Maggie para inmovilizarla y le tapó la boca con la mano.

A Maggie le latía el corazón alocadamente. Se retorció, desesperada por liberarse, pero él la tenía bien sujeta. Estaba indefensa, totalmente a su merced. Notó que se le subía la bilis a la garganta. Aquél era su peor miedo. Cuando había tomado la decisión de marcharse de Nueva York y hacer aquel viaje hacia el oeste, completamente sola, su seguridad personal había sido lo que más la había preocupado. Pero nunca se habría esperado aquello.

Maggie tragó saliva mientras miraba a Spence Harding. Bajo el ala del sombrero, tenía el ceño fruncido, la mandíbula tensa y los labios apretados.

Aquel hombre era un animal. Una bestia. Y muy grande. Ella se había dado cuenta en cuanto habían subido al coche, aquella tarde, en Keaton. Tenía los hombros y los brazos enormes. Las piernas largas. Las manos muy grandes.

Iba a violarla y a asesinarla, y después tiraría su cuerpo de la diligencia en marcha. Nadie sabría de ella nunca más. Su padre esperaría y se preocuparía, y se preguntaría qué le había sucedido a su única hija.

Maggie gimió de terror cuando el hombre se inclinó hacia ella. Cerró los ojos con fuerza, mientras la mente le gritaba de repulsión.

Él movió la pierna contra las suyas. Maggie abrió los ojos de repente. No. No podía dejar que sucediera aquello. No había llegado tan lejos, con una misión tan importante, como para dejar que todo terminara de aquella forma.

Maggie se retorció con fuerza, sacó los dientes y le mordió la mano.

Spence la retiró como si hubiera recibido un latigazo.

—Dios, desgraciada....

Maggie luchó por zafarse, subirse al asiento, escapar. Sin embargo, aquellas dos enormes manos la agarraron por las caderas y volvieron a sentarla con fuerza en el suelo. Spence la miró con los ojos ardiendo.

—Quédese en el suelo, antes de que le metan un tiro en esa estúpida cabeza suya. Van a asaltar la diligencia.

Maggie se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Unos forajidos nos están persiguiendo para robar la diligencia —le dijo. Se sacó la pistola del cinturón y se puso de rodillas para arrastrarse hasta la ventana—. Quédese en el suelo.

Ella se dio cuenta, entonces, de que la diligencia iba a gran velocidad, y de que se tambaleaba y botaba mucho más de lo normal.

—¿Y no ha podido decírmelo? —le preguntó Maggie. Había dejado de estar asustada, pero estaba furiosa—. ¿Es que ha creído que yo no iba a entenderlo? ¿Que no iba a asimilar el concepto? ¿Que…

—¡Por Dios, cállese! —dijo él, mirándola—. ¡Y échese al suelo!

—¿Y por qué no se tira usted al suelo?

Él se levantó un poco para mirar por la ventana, y después volvió a agacharse.

—Ya me han abofeteado, pateado y mordido. Creo que voy a ver qué tal me va con esos pistoleros.

Se volvió hacia la ventana de nuevo y subió la pistola para apuntar. Maggie se puso de rodillas y estiró el cuello para ver qué ocurría.

A poca distancia de la diligencia galopaban unos hombres que iban a alcanzar el vehículo en segundos. Era todo un espectáculo. Maggie se quedó observando, hipnotizada por el movimiento de los caballos, los guardapolvos y los sombreros de los hombres y sus armas preparadas para disparar.

Nunca había visto nada semejante. Ni siquiera una vez, en todos los viajes que había hecho alrededor del mundo, hasta los rincones más remotos del mundo. Ojalá su padre pudiera ver aquello también.

Se oyó un disparo, y Spence devolvió el tiro. Después se agachó y, al darse cuenta de que estaba mirando desde detrás de él, tiró de ella hacia el suelo.

—¿Qué demonios le ocurre, señora? ¡Quédese en el suelo!

Sonaron más disparos, y Maggie supuso que el conductor de la diligencia estaba devolviendo el fuego a los forajidos. Una bala atravesó la puerta del coche y dejó un agujero de astillas en la madera. Maggie jadeó y se tumbó en el suelo, y Spence la protegió con su cuerpo.

—Nos están… nos están disparando de verdad… —susurró—. ¿Van a matarnos?

—No, si puedo evitarlo —respondió él, apretando la mandíbula.

Spence intentó incorporarse, pero Maggie lo agarró por la camisa y tiró de él. En aquel momento, un montón de imágenes de su vida junto a su padre le cruzaron por la cabeza. Horas interminables de estudio en las bibliotecas, en los museos, cientos de conferencias… caminatas hacia pequeñas aldeas, pueblos remotos, ruinas ancestrales…

—No puedo morir —le dijo ella con la voz quejumbrosa—. Ni siquiera he vivido todavía.

Spence la agarró por las muñecas.

—Mire, señorita…

—No me he casado —continuó Maggie—, no he tenido hijos, ¡ni siquiera he conocido a ningún hombre!

—Me encantaría complacerte, cariño, pero todo eso lleva un poco más de tiempo del que tengo ahora —Spence hizo que le soltara las solapas de la camisa y volvió a acercarse a la ventana.

Maggie se levantó, ruborizada al entender el significado de aquella respuesta.

—¿Acaso ha pensado que yo quería… aquí mismo, en la diligencia?

Spence soltó un juramento y después disparó por la ventana. Los forajidos dispararon también. Él se agachó, subió un poco la cabeza y volvió a disparar. Después se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el asiento.

—Ya están al lado del coche —dijo Spence, recargando rápidamente la pistola.

La diligencia aminoró la marcha, y Maggie levantó la cabeza del suelo.

—¿De verdad es buena idea detenerse ahora?

Él le lanzó una mirada rápida.

—Usted no es de por aquí, ¿verdad?

—No. En realidad, soy de…

Fuera de la diligencia sonó otro disparo. Maggie bajó la cabeza de nuevo. De repente, se detuvieron bruscamente, y cuando volvió a mirar, Maggie vio a Spence apuntando a uno de los forajidos a través de la ventanilla. Sin embargo, no disparó, puesto que el otro también le estaba apuntando a él con un rifle.

—Dame ese revólver y sal de ahí —le dijo el bandido.

Spence lo miró durante unos segundos, y después miró tras él y vio a otro hombre.

Maggie tragó saliva. Estaban rodeados, y su situación era desesperada. No tenían ninguna oportunidad. Sin embargo, pasaron otros segundos tensos hasta que Spence tiró la pistola por la ventanilla y se puso de pie.

Se inclinó y ayudó a Maggie a levantarse, tomándola por los brazos. Ella notó que tenía los músculos entumecidos. No sabía si se sostendría en pie.

Spence se acercó a ella y le dijo en voz muy baja:

—Haga todo lo que le pidan. Deles todo lo que quieran —entonces, frunció el ceño—. Y mantenga la boca cerrada.

Maggie se quedó tras él para bajar de la diligencia, con el corazón acelerado y las rodillas temblando. Él la levantó en brazos y la dejó en el suelo.

Dios Santo, aquel hombre era muy alto. Maggie no veía por encima de su hombro. Era ancho, fuerte y robusto, como un muro protector formidable que se erigía ante ella.

Observó a los forajidos mientras llevaban a cabo su tarea. Tenían las caras endurecidas, castigadas por el sol y el viento. Llevaban la ropa polvorienta y desarreglada. Si no hubieran sido ladrones, perfectamente habrían podido ser mineros o granjeros. ¿Cuál habría sido la causa de que aquellos hombres normales hubieran seguido el camino de la delincuencia?

Mientras uno de ellos, el jefe, supuso Maggie, permanecía a caballo ante ellos, apuntándoles con su rifle, otros dos subieron a la diligencia.

—El conductor está muerto —dijo uno de ellos.

A Maggie le dio un vuelco el estómago. ¿Muerto? ¿Aquel hombre estaba muerto? Comenzó a recitar mentalmente una oración.

De repente, Maggie oyó que otro profería una imprecación tan vil que ella no entendió algunas de las palabras.

—No hay caja fuerte.

El hombre que permanecía a caballo soltó otro juramento, y después sacudió la cabeza.

—Nos llevaremos los caballos —dijo, y después movió el rifle hacia Maggie y Spence—. Mirad a ver qué llevan encima.

Los dos hombres saltaron al suelo. El más grande de los dos comenzó a desatar a los caballos de la diligencia, y el otro se acercó a Spence.

—Vacíe su cartera —le dijo.

Spence se sacó la cartera del bolsillo de atrás y le entregó un puñado de billetes. Entonces, el forajido se volvió hacia Maggie. Ella se dio cuenta de que era muy joven, casi un imberbe. No era mucho más alto que ella misma, y estaba muy delgado. Maggie creyó que tendría mucho menos de sus veintidós años.

Tan joven, y su vida ya había tomado aquel giro tan desesperado. Maggie lo miró fijamente. Oh, si su padre estuviera allí para ver aquellas cosas...

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

Él se quedó asombrado.

—¿Perdón?

—Que cómo te llamas —repitió Maggie.

—Henry —respondió el chico, y se movió, incómodo—. Tiene que darme su dinero, señora.

—¿Cuántos años tienes?

—¿Eh?

—Te he preguntado que cuántos años tienes.

Spence se volvió hacia ella y la atravesó con la mirada.

—Cállese —le siseó.

El chico miró al jinete, y después a Maggie de nuevo.

—Mire, señora, tiene que...

—¿Quince? ¿Dieciséis? —le preguntó Maggie, mientras lo miraba de arriba abajo—. ¿Dónde está tu madre?

Spence la miró como si se hubiera vuelto loca.

—Mi madre está muerta —respondió Henry, y le dirigió una mirada furtiva al jefe de la banda—. Y ahora, si me da su dinero...

—¿Tu madre ha muerto, y esto es lo que tú has decidido hacer con tu vida? —Maggie agitó la cabeza, intentando comprenderlo. Después, abrió los brazos—. ¿Cuál es el motivo de que hagas semejantes cosas? ¿Te parece emocionante? ¿Es que no eres buen estudiante? ¿No tienes educación? ¿Cuál fue el punto de inflexión para ti?

El chico se volvió hacia Spence.

—¿Está mal de la cabeza, o algo así?

—¿Qué demonios está pasando? —preguntó de repente el jefe de la banda, acercándose a caballo.

—Está como un cencerro —respondió Spence, y tomó a Maggie por el brazo—. Dale el dinero al chico —le ordenó, y después continuó explicando—: Es mi cuñada, y la llevo al asilo de Henderson. Está muy mal.

—¿Qué? —dijo ella, indignada—. ¿Cómo se atreve a sugerir que yo estoy...

—A mí no me parece que esté mal. Al contrario, me parece que está pero que muy bien.

—¡Por supuesto que no estoy loca!

—Cálmate, hermanita. Es lo mejor.

Ella se apartó de él.

—¿De qué está hablando?

—¡Cállese! —dijo el jefe de los forajidos—. ¡Átalos, y vámonos de aquí!

Henry agarró una cuerda de las alforjas de su caballo y le ató a Spence las manos a la espalda. Después se volvió hacia Maggie.

—Lo siento, señora, pero tengo que atarla. Y antes tendrá que darme su dinero.

Maggie notó que Spence le clavaba la mirada. Ella no le hizo caso.

—Mi bolso está en la diligencia.

Henry se puso a su espalda y le tomó las manos. Maggie tuvo que apretar los labios al sentir al aspereza de la cuerda raspándole la piel. Observó desesperada cómo el chico subía a la diligencia y bajaba con su bolso.

—Disculpa —le dijo—. Si no te importa, ¿podrías dejarme algo de dinero?

—Por Dios Santo... —murmuró Spence.

Henry miró el bolso.

—No creo que me esté permitido, señora.

—Bueno, pues al menos déjame el bolso.

—No sé...

—¿Por qué tienes que llevártelo? —le preguntó Maggie—. ¿Como trofeo? ¿Como recuerdo? ¿Acaso te sientes obligado a tomar todo lo que puedas como modo de... digamos... llenar el vacío que te causa no tener más a tu madre?

Henry frunció el ceño, después sacudió la cabeza y miró a Spence comprensivamente.

—Buena suerte...

—¡Espera! —gritó Maggie, mientras el chico continuaba andando—. Si pudieras decirme...

—¡Cállate! —rugió Spence.

Maggie apretó los labios y lo miró con los ojos entrecerrados. Después levantó la barbilla y volvió la cabeza.

Los forajidos montaron y se marcharon con los caballos de la diligencia y con todo el dinero que Maggie poseía en el mundo.

Y no sólo eso. La habían dejado allí, sola en el bosque, a kilómetros de cualquier lugar civilizado, en compañía de aquel espantoso Spence Harding.

A Maggie se le cayó el alma a los pies. Y además, se arrepintió de no haber prestado más atención a los ladrones. Debería haber estudiado su técnica. Después de todo, ella no era diferente de aquellos hombres.

Ella había viajado desde Nueva York a Marlow, Colorado, con el único propósito de llevar a cabo el acto más osado que la humanidad hubiera conocido.

Dos

El ruido de los cascos de los caballos desapareció en la distancia. Las hojas de los árboles se movían con la brisa de la tarde, y los pájaros cantaban suavemente.

Maggie se quedó de pie junto a la diligencia, empequeñecida por los árboles, el terreno, el hombre que estaba a su lado... y la situación en la que se encontraba.

Eran unas circunstancias difíciles, ciertamente. E incómodas. Pero... no insuperables. Maggie tomó aire e irguió los hombros. Ella había llegado a pie a pueblos muy lejanos, y en situaciones mucho peores que aquélla, desde que tenía cinco años y su madre había muerto. Había quedado al cuidado de su padre, un hombre que, guiado por la consecución de sus objetivos científicos había recorrido todo el mundo, con su hija de la mano.

Maggie miró a Spence Harding. Tenía una expresión decidida en el semblante, mientras forcejeaba con las cuerdas para intentar aflojarlas. Ya tenía la carne de las muñecas enrojecida y magullada.

Después de unos cuantos minutos, se rindió y la miró, siguiendo las líneas de su cuerpo desde la cintura hasta el bajo de su vestido.

—¿No tiene nada bajo las faldas?

Ella notó un incómodo calor en las mejillas al notar aquella mirada desvergonzada. Se alejó de él.

—Nada de lo que usted tenga que preocuparse.

Spence soltó un gruñido.

—Me refiero a un cuchillo. Muchas mujeres llevan un cuchillo atado a la pierna.

—¿De veras? —preguntó Maggie, con los ojos muy abiertos.

—Sí. Para protegerse.

—Oh, Dios mío... —¿mujeres armadas? Maggie deseó que su padre estuviera allí para oír aquello. Se quedaría fascinado—. ¿Sabe? Hay una tribu en Sudamérica cuyas mujeres, normalmente...

—Mire, señora, ¿tiene un cuchillo, sí o no?

—No —respondió Maggie.

Spence se alejó. Se apoyó en una esquina de la diligencia y frotó las cuerdas contra el borde. Maggie comenzó a forcejear también con sus propias ataduras, pero al poco tiempo se rindió. La cuerda estaba demasiado apretada. No tenía que desollarse las muñecas para averiguarlo.

Dejó escapar una exhalación de mal humor. Lo menos que podría haber hecho Henry era dejarle la cuerda un poco floja. ¿Acaso no había consideración por un miembro del sexo femenino en aquellos bosques de Colorado? ¿Por qué?, se preguntó. ¿Porque todas las mujeres llevaban cuchillos atados a las piernas? En otras culturas...

—Vuélvase.

Aquella orden de Spence hizo que ella lo mirara de nuevo. Él había dejado de frotar la cuerda contra la diligencia y se había colocado detrás de Maggie.

—Tenemos que intentar desatarnos las cuerdas —le dijo.

Entonces, se pusieron de espaldas el uno contra el otro. No encajaban bien. Spence era mucho más alto y tenía los brazos más largos. Además, el miriñaque de Maggie estorbaba.

Él tiró de la cuerda de un lado a otro, y mientras trabajaba afanosamente con el nudo, le rozaba a Maggie la piel con los dedos, sin darse cuenta. Siguió intentándolo decididamente, pero no sirvió de nada.

—Maldita sea —masculló—. Inténtelo usted.

—Si usted no ha podido desatar mi nudo, yo no podré desatar el suyo.

—¿Quiere intentarlo? —le pidió él.

A Maggie habían empezado a dolerle los brazos. Estaba dispuesta a probar cualquier cosa. Rebuscó tras ella para encontrar las manos de Spence, y se les entrelazaron los dedos durante un momento. Después encontró el nudo y luchó por aflojarlo, pero no lo consiguió.

—No sirve de nada —dijo ella por fin, alejándose unos pasos de él.

Se quedaron mirándose el uno al otro. Su situación era cada vez más difícil, y Maggie sintió desesperanza.

Miró hacia la zona de bosque, preguntándose si en algún lugar habría alguien que pudiera ayudarlos. Aquello no le pareció probable. Durante las horas que habían estado en la diligencia, no había pasado nadie junto a ellos. Ni una carreta, ni un carruaje, ni un jinete. Ni siquiera había visto una casa.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.

Spence volvió a gruñir.

—Tengo un cuchillo.

Ella levantó la cabeza de golpe.

—¿Un cuchillo? ¿Por qué no lo ha dicho al principio? Ya podríamos...

—Porque está en mi bolsillo.

Maggie se quedó helada. Sin quererlo, la vista cayó a los pies de Spence. Unas botas gastadas y polvorientas. Pantalones negros. Camisa blanca. Chaleco oscuro.

Ella tragó saliva.

—¿En el bolsillo de su camisa, quizá?

—En el de los pantalones.

Ella lo miró de nuevo, pero rápidamente apartó la vista.

—¿En el bolsillo trasero, quizá?

—En el delantero.

Maggie dejó escapar un suave gemido y echó a correr.

—Mire, señora —le dijo Spence, caminando a toda prisa tras ella—. Sólo tiene que meter la mano y...

Ella se dio la vuelta para encararlo.

—Para su información, señor Harding, soy muy especial en cuanto al lugar donde pongo las manos.

—¿De veras? Muy bien, pues tendrá suerte si las conserva. Le resultará muy difícil defenderse de un puma o de un oso. Por no mencionar...

—¡Oh, está bien! —Maggie movió los hombros para intentar mitigar un poco la tensión y tomó aire. Él tenía razón, por supuesto. A cada minuto que pasaba, le dolían más los brazos, y comenzaba a tener dormidos los dedos. Atados de aquella manera, además, eran presa fácil para cualquier animal que pudiera aparecer.

—Mire, cariño —le dijo Spence, suavizando el tono de voz ligeramente—. Tan sólo deslice la mano...

—Magdelen —dijo ella. Se había presentado aquella mañana, cuando habían subido a la diligencia, pero era evidente que a él se le había olvidado su nombre—. Me llamo Magdelen. Magdelen Peyton. Mis amigos me llaman Maggie.

Él soltó un bufido.

—Muy bien. Pues después de esto, señorita Peyton, seremos amigos, en cierta forma.

—Oh, está bien. Vamos a terminar de una vez.

Maggie se acercó a él y comenzó a buscar delicadamente, con la mano izquierda, la abertura de uno de los bolsillos delanteros del pantalón de Spence. Notó que el calor le subía por el brazo, devorándola por completo. Nunca, en toda su vida, había tocado a un hombre en ningún lugar remotamente cercano a aquél. Un brazo, sí. Un hombro, una vez. Pero nunca jamás se había aventurado a ningún sitio cercano...

—¿Va a tardar todo el día? —le preguntó él.

A Maggie le ardió la cara. Dios Santo, ¿acaso se creía que ella estaba alargando aquello deliberadamente? ¿Qué clase de mujer pensaba que era?

Se alejó de él corriendo, y Spence la persiguió y se chocó con ella por la espalda. Otra nueva ola de calor le recorrió el cuerpo a Maggie.

—¡Meta la mano ahí de una vez! —ladró él.

Maggie metió la mano en el bolsillo. Spence llevaba los pantalones ajustados, y el bolsillo era estrecho y profundo. Ella empujó hacia abajo, más y más, hasta que las ataduras de las muñecas detuvieron su progreso. Y aun así, todavía no estaba al fondo. Empujó más.

—Espere un minuto... —farfulló Spence.

—Creo que tengo algo.

—Espere...

—Deje de moverse —insistió ella.

—Déjelo...

—¡Sí, lo noto! —exclamó ella.

—No...

—Es más grande de lo que creía, ¡pero lo tengo!

—¡Eso no es mi cuchillo!

Maggie gritó. Tiró de la mano para sacarla del bolsillo, pero se le enganchó en la tela. Ella se retorció, emitiendo pequeños gemidos de sufrimiento, hasta que consiguió liberarse, por fin. Tenía la cara congestionada. Le quemaba la mano. Todo le quemaba.

Mortificada, miró a Spence. Él tenía los ojos entrecerrados, y la mandíbula apretada. Le salía aire caliente en forma de bufidos por la nariz. Le estaba lanzando a Maggie puñales con la mirada.

—Lo... lo siento —susurró Maggie, con el corazón acelerado—. No sabía que eso era... es decir, que era su...

Spence se dio la vuelta. Caminó hacia la sombra de la diligencia y se quedó allí, de espaldas a ella.

A Maggie le daba vueltas la cabeza. No había sentido tanta vergüenza en toda su vida. ¿Cómo iba a mirar a aquel hombre a la cara, después de aquello?

Pero, si no lo miraba, ¿cómo iban a solucionar aquella situación?

—¿Señor Harding? —lo llamó, caminando tras él.

Él la miró por encima del hombro, con una cara de mal humor que hizo que Maggie se quedara petrificada en el sitio.

—Deme un minuto.

Ella volvió a ruborizarse, se dio la vuelta y lo dejó tranquilo.

Parecía que necesitaba más de un minuto, pensó Maggie mientras esperaba a la sombra de un altísimo árbol. No supo cuánto tiempo pasó hasta que por fin oyó que él se acercaba.

—Debe de estar en el otro bolsillo —le dijo Spence, con la voz tensa.

—No creerá que voy a...

—¿Se le ocurre una idea mejor? —le preguntó él, inclinándose hacia ella.

—Bueno, no —admitió Maggie.

—Entonces, vamos —le ordenó él. Se puso de lado y le ofreció el bolsillo izquierdo—. Cuanto antes terminemos, mejor.

Maggie tomó aire y volvió a meter la mano en el bolsillo. Cautelosamente, empujó hacia abajo, y en aquella ocasión, tocó algo de metal.

—Creo que lo tengo —dijo.

—No lo suelte.

Ella cerró los dedos alrededor del cuchillo y lo sacó.

—Démelo —le dijo Spence.

Ella le pasó el cuchillo. Notó que los dedos de Spence le rozaban los suyos mientras él trabajaba a su espalda, y después notó cómo cortaba la cuerda y los brazos le quedaban libres.

Se sintió completamente aliviada. Se frotó las muñecas y se volvió a tomar el cuchillo de manos de Spence. Después le cortó las ataduras a él también.

Él se guardó el cuchillo y caminó hacia la diligencia. Maggie se apresuró a seguirlo. Spence subió al pescante. Desde el suelo, veía al conductor desplomado. Spence lo incorporó y lo observó durante unos momentos. Después volvió a bajar al suelo.

—Está muerto —dijo. Sacudió la cabeza y masculló una maldición—. Esos idiotas. Deberían haber sabido que no llevábamos dinero en el coche, si tampoco llevábamos un hombre armado.

Spence miró a su alrededor. Parecía como si estuviera intentando orientarse y decidir qué harían.

—¿No deberíamos acampar? —le preguntó Maggie—. Marlow está a varias horas, ¿verdad? ¿No enviarán a alguien a buscarnos cuando vean que la diligencia no llega a tiempo?

—Sí enviarán a alguien. Quizá mañana, si tienen hombres disponibles. El hecho de que la diligencia se retrase no es algo extraño. Después de la tormenta que hubo hace unos días, es posible que piensen que el puente se ha hundido. No sé cuándo mandarán a alguien. Lo mejor será que echemos a andar.

—¿Andar? —Maggie hizo un gesto hacia la diligencia—. ¿No estaríamos más seguros aquí? Tenemos refugio, está en la carretera, y el grupo de rescate nos encontrará más fácilmente.

Spence la miró.

—¿Sabe quién nos encontrará fácilmente? Esos forajidos. No voy a arriesgarme a que nos encuentren aquí si vuelven.

—¿Volver? Se han llevado todo lo que había de valor. ¿Por qué iban a volver?

—Por usted.

—Oh —dijo ella, y se le abrieron mucho los ojos—. ¡Oh!

Maggie se puso en acción.

—Tomaré las provisiones que hay en el coche, y mis cosas.

Rápidamente, tomó las mantas de la diligencia, sus dos bolsas de viaje, una que pensó que sería la de Spence, la bolsa de comida que se había comprado en la segunda parada del coche, la que había visto comprar a Spence, la cantimplora y la comida del conductor. Puso todo aquello a la sombra de un árbol, intentando evitar mirar a Spence mientras él envolvía el cuerpo del conductor con una lona y lo colocaba dentro del vehículo.

—¿No deberíamos enterrarlo? —le preguntó Maggie, cuando él terminó y se acercó. Se dio cuenta de que había encontrado su pistola y se la había colocado en el cinturón.

Spence sacudió la cabeza.

—Los jinetes de Marlow lo encontrarán cuando vengan y lo llevarán a casa para enterrarlo adecuadamente. ¿Qué ha encontrado?

Ella señaló las provisiones.

—Agua, comida, mantas y nuestras maletas.

Spence se agachó y comenzó a rebuscar entre las cosas.

—Nos llevaremos la comida, el agua y las mantas.

—¿Y nuestras cosas?

Él se levantó.

—Ellos las recogerán y nos las llevarán a la ciudad, cuando lleven al conductor.

—No.

Maggie se rebeló. No podía dejar sus cosas allí. ¿Y si alguien las robaba? Ya había perdido todo el dinero que tenía, y no soportaba la idea de perder el resto de sus posesiones también.

—Es un camino muy largo —dijo Spence—. Llevarnos todo esto sólo serviría para retrasarnos.

—No voy a dejarlo aquí.

Él la miró, irritado, y levantó una de sus bolsas.

—Esto pesa una tonelada. ¿Qué demonios lleva aquí?

Ella se encogió de hombros.

—Libros.

—¡Libros! —Spence dejó caer la bolsa.

—No quiero abandonarlos. ¿Y si me los roban?

—Créame, nadie va a robar libros.

Maggie sacudió la cabeza.

—No estoy dispuesta a dejarlos aquí. No puedo.

—Pues yo no voy a recorrer kilómetros y kilómetros de campo con una bolsa llena de libros.

Ella levantó la barbilla.

—No creo que le haya pedido que me los lleve.

Se dio la vuelta, volvió a la diligencia y tomó una cuerda de la parte de atrás. Para su sorpresa, aquel maletero contenía muchos objetos de utilidad. Se acercó a Spence con la cuerda y le tendió la palma de la mano.

—¿Me deja su cuchillo, por favor?

Él la observó durante unos instantes. Después se sacó el cuchillo del bolsillo y se lo dio. Ella midió dos trozos de cuerda iguales, los cortó y los ató a las asas de las bolsas, para formar una especie de correas. Se las puso a los hombros y se cruzó las cuerdas por el pecho. Después, se volvió hacia él.

—¿Cree que podrá usted llevar la comida, el agua y las mantas, señor Harding, o también tendré que llevarlo yo?

Spence la miró de muy mal humor, pero tomó las provisiones del suelo. Se ató las bolsas de comida al cinturón de la pistola, y después usó lo que quedaba de cuerda para atar las mantas y ponérselas a la espalda, con la cantimplora.

Maggie alzó la nariz.

—Intente seguir mi paso, señor Harding —le dijo, mientras echaba a andar a buen ritmo.

—¿Señorita Peyton?

Molesta, Maggie se volvió y lo miró.

—Marlow está por allí —dijo él, señalándole la dirección opuesta.

—Oh —dijo ella. Negándose a admitir la vergüenza que se le había subido a las mejillas, replicó—: Estaba buscando algún atajo.

—Mmm.

Maggie irguió los hombros y pasó por delante de Spence, camino de Marlow.

Tres

Aquella estúpida mujer…

Spence miró hacia atrás y vio a Maggie en la carretera, tras él. Se había ido quedando más y más rezagada, por insistir en llevar las dos bolsas de viaje, una de ellas cargada de libros.

Era una obstinada cabezota. Spence se dio la vuelta y continuó andando.

Aunque estaba empezando a atardecer, todavía hacía mucho calor. Spence tenía la ropa empapada de sudor. Y sabía que Maggie tendría aún más calor, con toda aquella ropa que llevaban las mujeres y además, acarreando dos maletas, una de ellas llena de libros.

Sin embargo, ella no se había quejado. No había emitido ni un gemido. Ni siquiera le había pedido que la esperara.

Aquello le había sorprendido. Y también su reacción cuando se habían marchado de la diligencia. No había perdido el tiempo a la hora de recoger las provisiones y sus cosas. Lo había hecho todo rápidamente.

Spence sintió un cosquilleo inesperado, aunque no desagradable, al recordar cómo la había visto subirse a la diligencia: el vestido y la combinación volando, ella inclinándose, y después agarrándose la falda para bajar de nuevo.

El cosquilleo que sentía en la bragueta del pantalón se hizo más intenso, y Spence apretó los dientes. ¿Cómo demonios iba a caminar hasta Marlow si aquello continuaba pasándole?

¿Y cómo iba a protegerlos a los dos?

Se detuvo y se volvió, obligándose a pensar en la situación en la que se encontraban. Había aprendido hacía mucho tiempo, de la forma más dura, lo caro que costaba bajar la guardia, distraerse. No estaba dispuesto a dejar que ninguna otra mujer pagara sus errores.

Maggie caminaba cada vez más despacio. El moño se le había deshecho y los mechones de pelo le colgaban por los hombros. El sombrero estaba a punto de caérsele de la cabeza.

Ya no se parecía a la dama elegante y aseada que se había subido a la diligencia aquella mañana en Keaton. De hecho, estaba hecha un desastre. Las cuerdas de las bolsas que se había colgado de los hombros se le cruzaban en el torso y le marcaban los pechos, redondos y generosos.

Spence miró hacia delante, notando cómo empeoraba el dolor que sentía entre las piernas. ¿Qué demonios le ocurría? Después de todo lo que les había ocurrido aquel día, los disparos y el robo, ¿cómo era posible que aquello le estuviera pasando a él?

Probablemente, porque la mujer que lo seguía le había metido la mano en el bolsillo, y él había estado a punto de caerse de rodillas. Si ella hubiera tardado unos segundos más...

Spence gruñó entre dientes al recordar lo único que nunca había podido quitarse de la cabeza.

Ellen.

Había ocurrido tres años antes, pero parecía que había ocurrido el día anterior.

—Demonios... —Spence caminó hacia el lugar donde Maggie se había detenido y estaba forcejeando con las bolsas—. Esto no es un paseo por el campo, señorita Peyton. Estamos en un país peligroso. El hecho de que usted lleve esas bolsas sólo sirve para ralentizar la marcha y ponernos en peligro.

Ella lo miró con arrogancia.

—No creo que le haya pedido que me espere. Deme la mitad de las provisiones y una manta, y puede irse adonde quiera —le dijo Maggie, con la voz entrecortada por el esfuerzo de seguir caminando.

Spence se negó en redondo a hacer aquello. ¿Dejarla sola? ¿Allí? ¿En mitad de ninguna parte?

—Realmente, usted está loca —le dijo.

Ella se detuvo bruscamente. A Spence le dio un vuelco el estómago cuando vio que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Maldición, aquello era lo que necesitaba. Una mujer llorona, cuando lo que deberían estar haciendo era andar a toda velocidad para ponerse a salvo en la ciudad.

—No tenemos tiempo para estas tonterías. Estamos en mitad del campo —le gritó—. Sólo Dios sabe qué animales salvajes, o qué forajidos, estarán siguiéndonos. Tenemos que...

Ella emitió un suave gemido, y por las mejillas le cayeron dos grandes lágrimas.

Spence exhaló un suspiro de frustración.

—Mire, señorita Peyton...

Maggie pasó por delante de él y comenzó a caminar de nuevo, mucho más deprisa que antes.

Spence soltó otra maldición. Sí, estaba andando de nuevo, pero a aquel ritmo, se desmayaría. Salió caminando tras ella.

—Está bien, mire, déjeme llevarle las bolsas durante un rato —le dijo, tirando de las cuerdas que le cruzaban los hombros.

—¡No! —Maggie se dio la vuelta hacia él—. No me fío de usted. Las tiraría por un barranco, o algo así.

—No sea cabezota —le dijo Spence—. Déjeme que se las lleve y así podrá...

—¡No!

Maggie se dio la vuelta bruscamente para zafarse de sus manos, pero el peso de las maletas girando con ella fue demasiado. El tacón se le enganchó con una piedra y cayó de espaldas, cuan larga era, en mitad de la carretera.

Spence se quedó mirándola, hacia abajo. Ella estaba inmóvil, con los ojos cerrados, con los brazos extendidos a ambos lados del cuerpo, con el sombrerito colgándole de una oreja. Él miró hacia arriba, y después a ambos lados del camino. Ya era suficientemente malo que estuvieran expuestos de aquella manera, a kilómetros de la ciudad. Pero además, la mujer que iba con él era un ser indefenso, presa fácil para cualquiera que pudiera acercarse. A Spence se le puso la carne de gallina al pensarlo.

—¿Señorita Peyton?

—Ya lo ha conseguido —dijo ella, sin abrir los ojos—. Ahora ya no seré capaz de levantarme de nuevo.

Spence se agachó y la tomó por debajo de los brazos. Después las arrastró, a ella y a sus maletas, fuera del camino, hacia la hierba que crecía a la sombra del árbol más cercano. Le quitó las bolsas de la espalda, dejó también en el suelo las cosas que él llevaba y se dejó caer a su lado.

Después se quitó el sombrero y le ofreció la cantimplora.

—Tenga. Beba.

Pasaron unos cuantos segundos. Maggie no se movió. Spence le levantó la cabeza y le echó unas gotas de agua en los labios. Ella abrió los ojos, se incorporó y le quitó la cantimplora. Cuando terminó de beber, volvió a tumbarse sobre la hierba y cerró los ojos de nuevo.