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«Me dejé llevar por una fantasía: observando el rostro de un desconocido cualquiera, en la calle, en un café o en un lugar muy concurrido, es posible construir una historia sobre un fragmento de su vida.» «Nació para observar el mundo con asombro», escribe Sait Faik Abasıyanık sobre uno de sus muchos dobles que aparecen en estas historias, «asombrarse sin entender nada. Andar por las calles, ver y no ver lo que hace la gente». Un flâneur incorregible: así era Sait Faik, uno de los más grandes escritores turcos del siglo. Tras estudios irregulares, un puñado de años en Francia, débiles intentos, siempre infructuosos, de resignarse a cualquier profesión, el holgazán ávido de «amar a la gente» no hizo más que sumergirse en la bulliciosa y miserable existencia de los cosmopolitas barrios de Estambul, y observar con avidez, con los ojos siempre un poco brillantes debido al exceso de rakı, no solo a los seres humanos —en particular, le atraen ciertos «chicos de la vida», aunque casi nunca encuentra el valor para acercarse a ellos— sino también a los perros, los pájaros, los peces, el cielo, el mar, los tranvías, las barcazas, los taxis… Aquí es donde, entre tabernas, prostíbulos, pastelerías y pequeños hoteles, deambula y bebe a lo largo de su corta vida, hasta que muere de cirrosis hepática a la edad de cuarenta y ocho años. Sin embargo, este holgazán irreductible se las arregló para seguir su vocación literaria con una tenacidad indomable y trazar en sus historias, pincelada tras pincelada, un fresco lírico y conmovedor de la Estambul de la primera mitad del siglo.
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Seitenzahl: 271
Veröffentlichungsjahr: 2023
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NARRATIVAS GALLO NERO80
Un hombre inútil
Sait Faik Abasiyanik
Traducción del turcoMario Grande
Primera edición: marzo 2023
© Sait Faik Abasıyanık
© 2023 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.
© 2023 de la traducción: Mario Grande
© 2010 del diseño de colección: Raúl Fernández
Diseño de cubierta: Gabriel Regueiro
Maquetación: David Anglès
Conversión a formato digital: Ingrid J. Rodríguez
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por Ace Traductores
ISBN: 978-84-19168-26-9
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
Para esta traducción se han utilizado las ediciones respectivas de Türkiye Iş Bankası Kültür Yayınları, Istanbul, 2012, de las siguientes publicaciones originales:
Semaver (1936): El pañuelo de seda, El samovar, El hombre que había olvidado la ciudad, Noche de bodas.
Sarniç (1939):A quién le importa.
Yağmurlu hava (Bajo la lluvia) fue publicado en el diario Vakit el 3 de junio de 1940.
Lüzumsuz Adam (1948): Un hombre inútil, El hombre de la cervecería.
Mahalle Kanhvesi (1950): El café de barrio, No sé por qué me comporto así, Mi amigo el castañero, Una borrachera, El pescador del Sakarya, A Izmir, El gramófono y la máquina de escribir, El espejo de la playa.
Havada Bulut (1951): El macaron (Kurabiye), La echadora de cartas Matmazel Todori.
Son Kuşlar (1952): Los últimos pájaros, Algún día llegará tu hora, La mujer del nido de golondrina, Un punto en el mapa, Para mis adentros, Madrugada en Sivri, Elegía.
Alemdağ’da Var Bin Yılan (1954): Una historia así, El hombre creado por la soledad, Una historia de dos, No puedo bajar al mercado, Reza el millonario.
Az şekerli (1954): Tres cuitas de quien espera.
La gran fachada de la fábrica de seda resplandecía bajo la luna. La gente pasaba deprisa por delante de la puerta. Andaba yo deambulando por allí, sin rumbo fijo, cuando oí la voz del guarda detrás de mí:
—¿Adónde vas?
—A dar una vuelta —dije.
—¿No vas al acróbata? —Al ver que no respondía añadió—: Todo el mundo va. Nunca ha venido a Bursa nadie igual.
—No me interesa —dije.
Suplicó tanto que me persuadió de que me quedara vigilando la fábrica. Estuve un rato sentado, encendí un pitillo, después anduve canturreando. Hasta que me aburrí. Tengo que hacer algo, dije para mis adentros, conque me levanté, cogí el bastón claveteado que había en la garita del portero y salí a hacer una ronda por la fábrica. Al pasar por la zona de hilatura donde trabajan las chicas sentí pasos. Encendí la linterna de bolsillo. Alumbré alrededor. Vi dos pies descalzos tratando de escapar del halo de luz de la linterna. Eché a correr e impedí que huyera. Entré con el ladrón en la garita del portero. Di la luz amarillenta. ¡Oh, qué pequeño era el ladrón! La mano que apretaba entre las mías era diminuta. Le brillaban los ojos. Me eché a reír, solté una carcajada y le dejé las manos libres. Entonces me atacó con una navaja. Y el sinvergüenza me hirió en el meñique.
Agarré con fuerza al desgraciado. Le registré los bolsillos. Encontré un paquete de tabaco de contrabando, un par de libritos de papel de fumar de la misma procedencia y un pañuelo de seda no muy limpio. Me puse tabaco de contrabando en el dedo herido, rasgué el pañuelo y me vendé la mano. Con el tabaco restante liamos un par de cigarrillos y nos pusimos a charlar.
Tenía quince años. No solía hacer cosas así, ¡cosas de la edad! Alguien cercano había querido un pañuelo de seda, como puedes suponer... ¡su querida y adorada vecina! No tenía dinero para ir a comprarlo al mercado. Tras mucho pensar se le había ocurrido esta solución.
—Pero el taller está en esta parte, ¿qué buscabas tú en la otra punta?
Se rio. Cómo iba a saber él dónde estaba el taller. Tiré de mis cigarrillos, nos dimos fuego el uno al otro y seguimos charlando amigablemente.
Halis era de Bursa, había nacido y se había criado allí. No había bajado a Estambul, en realidad a Mudanya, más que una sola vez en su larga vida (tendríais que haber visto su cara al decirlo).
Yo también había tenido amigos del mismo carácter y manera de ser cuando montábamos en trineo a la luz de la luna en Emir Sultan. Estoy seguro de que su piel se había bronceado en las albercas de Gökdere, era como si oyera su lejano rumor. Sé que había ido tomando color con el paso de las estaciones, como la fruta.
Lo miré, tenía el moreno de las nueces cuando pierden la cáscara verde. En cambio, los dientes blancos y fuertes tenían la blancura de las nueces frescas. Yo sé bien que desde primeros de verano hasta la época de las nueces las manos de los niños de Bursa huelen a ciruela y durazno y que el pecho, entrevisto a través de los botones rotos de sus camisas de rayas, les huele a hojas de avellano. En ese momento el reloj del guarda dio las doce. El acróbata estaría terminando.
—Tengo que escapar —dijo.
Estaba yo con el disgusto de haberle dejado ir sin darle el pañuelo de seda cuando sentí ruido fuera. El guarda entró gruñendo en la garita. Y detrás el ladrón... Esta vez le tiré de las orejas. El guarda le puso las plantas de los pies calientes con una vara de sauce. Era una suerte que no estuviera el patrón. Si no, lo habría denunciado a la policía diciendo: «¡Un niño ladrón a su edad! ¡Señor mío, que vaya a la cárcel, a pensar!».
Lo asustamos mucho, pero no lloró. Tenía los ojos como los niños a punto de llorar, pero los labios no le temblaban ni movió las cejas lo más mínimo. Solo un ligero estremecimiento. Cuando lo soltamos salió volando como una golondrina liberada. Huyó como si atravesara con sus finas alas la luz de la luna y el maizal.
Entonces yo dormía en el compartimiento que hay encima del almacén donde está apilado el género. Qué bonito era. Especialmente en las noches de luna. Justo al lado de mi ventana había una morera. La luz de la luna se filtra por entre las hojas de la morera y se esparce cuarteada por el compartimiento. Solía dejar la ventana levantada en invierno y en verano. Qué vientos tan frescos y particulares soplaban. Como había trabajado en los barcos conocía el olor de los vientos sur, noreste, norte y levante. Cuántos vientos pasaron por encima de mi manta, cada uno de ellos como un sueño maravilloso.
Tengo el sueño muy ligero. Se acercaba la mañana. Llegó un ruido de fuera. Como si hubiera alguien en la morera. Me entró tal miedo que no me moví ni grité. En ese preciso momento apareció una sombra en la ventana. Era él, se coló despacio por la ventana. Cerré los ojos cuando pasó por delante de mí, él revolvió los armarios. Estuvo mucho rato cogiendo cosas. Yo era incapaz de decir nada. La verdad es que ante tamaña osadía no habría podido decir nada aunque se lo hubiera llevado todo. A pesar de que sabía que a la mañana siguiente el patrón me iba a decir: «¡Y tú dormido como un tronco, animal!», me iba a dar una patada en el culo y me iba a despedir.
Sin embargo, se marchó sigilosamente de vacío por la ventana, igual que había entrado. Justo entonces oí el chasquido de una rama. Se habría caído. Cuando bajé había algunas personas reunidas con el guarda. El chico estaba moribundo. El guardia le abrió el puño apretado. De la palma surgió un pañuelo de seda como un manantial. Ya se sabe... eso es lo que hacen los pañuelos de seda buena y pura. Los arrugas y retuerces todo lo que quieras en el puño y en cuanto lo abres surgen de la mano como el agua.
—Han llamado a la oración de la mañana. Levántate, hijo, llegarás tarde al trabajo.
Por fin Ali había encontrado trabajo. Iba a una fábrica desde hacía una semana. Su madre estaba encantada. Habían dado resultado sus plegarias y oraciones. Cuando entró, en presencia de Dios Todopoderoso, en la habitación de su hijo, al principio no se atrevió a despertar al joven alto, fornido y de facciones tan infantiles, sumido en sueños de máquinas, pilas eléctricas, bombillas, manchado de grasa entre el traqueteo de un motor diésel. Ali estaba sudoroso y colorado como recién salido del trabajo.
La chimenea de la fábrica que hay en Halıcıoğlu alzaba la cabeza como un gallo madrugador que mirara el despuntar del alba por la parte de Kağıthane. A punto de cacarear.
Ali acabó despertándose. Abrazó a su madre. Se echó la colcha por encima de la cabeza, como hacía todas las mañanas. La madre le hizo cosquillas en los pies, que sobresalían de la colcha. Cuando caía de espaldas sobre la cama con su hijo, que se había levantado de un salto, riendo a carcajadas como una chica joven, podía considerarse una mujer feliz. ¿No eran vecinos de un barrio con poca gente feliz? ¿Tenían algo más que la madre a su hijo y el hijo a su madre? Pasaron abrazados al comedor. La sala olía a pan tostado. ¡Qué agradable el borboteo del samovar! Ali comparaba el samovar con una fábrica sin sufrimientos, huelgas ni accidentes. De donde solo salían el olor, el vapor y la felicidad de la mañana.
Por las mañanas a Ali le gustaban el samovar y el vendedor de salep que aguardaba delante de la fábrica. Luego los sonidos. Las cornetas de la escuela militar, la sirena de la fábrica que resuena a lo largo y ancho del Cuerno de Oro, que despertaban y adormecían deseos en él. Vamos, que nuestro Ali tenía algo de poeta. Que un electricista en una gran fábrica tenga sensibilidad puede parecer como intentar meter un gran trasatlántico en el Cuerno de Oro, pero es que nosotros, los Ali, Mehmet, Hasan somos así. En el corazón de todos nosotros duerme un león.
Ali besó la mano a su madre. Luego se relamió los labios como si hubiera comido algo dulce. Su madre se rio. Tenía la costumbre de hacerlo cada vez que la besaba. Había albahaca en una maceta del jardincillo de la casa. Ali se marchó oliéndose las manos con unas pocas hojas de albahaca apretadas entre los dedos. La mañana era fresca, había bruma en el Cuerno de Oro. Encontró a sus compañeros en el embarcadero; todos jóvenes vigorosos. Cinco pasaron a Halıçıoğlu.
Ali trabajaba todo el día con gusto, con pasión, con entusiasmo. Solo que sin pretender parecer superior a sus compañeros. Por eso trabajaba con discreción, honestidad, sin darse aires. Había aprendido los trucos del oficio. Solo había un electricista mejor que él en Estambul. Era un alemán. Quería mucho a Ali, le había enseñado secretos y habilidades: el secreto para superar a otras personas tan hábiles como uno está en la destreza, la rapidez, más o menos en el deporte, o sea, en la juventud.
Por las tardes volvía a casa contento y seguro de ser buen colega de sus compañeros, un trabajador de confianza para sus jefes.
Después de abrazar a su madre corrió a juntarse con sus amigos en el café. Jugaron a las cartas. Estuvo mirando entusiasmado una partida de tavla. Después tomó el camino de casa. Su madre estaba terminando la oración de la tarde. Se arrodilló delante de ella como hacía siempre. Dio volteretas sobre la alfombrilla. Le sacó la lengua. Acabó por hacerla reír cuando ella estaba terminando de rezar.
—Ali, eso es pecado —dijo su madre—. ¡No cometas pecados, hijo!
—Dios perdona, madre —dijo él. Y luego preguntó con toda inocencia—: ¿Dios no se ríe?
Después de cenar, Ali se puso a leer una novela de Nat Pinkerton. Su madre le tejía un jersey.
Luego sacaron del armario los jergones que olían a flor de espliego y se acostaron. La madre despertó a Ali al tiempo que se oía la llamada a la oración de la mañana. La sala olía a pan tostado. ¡Qué agradable el borboteo del samovar en la sala que olía a pan tostado! Ali comparaba el samovar con una fábrica sin sufrimientos, huelgas ni accidentes. De donde solo salían el olor, el vapor y la felicidad de la mañana.
La muerte le llegó a la madre de Ali como una invitada, una vecina cubierta con el velo de la oración. Por las mañanas preparaba el té de su hijo, por las noches una cena de dos platos. Pero había sentido una punzada en el corazón; cuando subía deprisa las escaleras por las noches con su cuerpo arrugado oloroso a muselina sentía fatiga, sudores, debilidad.
Una mañana, antes de despertar a Ali, se sintió indispuesta junto al samovar y se derrumbó en la silla de al lado. Y así se quedó.
Esa mañana a Ali le extrañó que su madre no le hubiera despertado y tardó en darse cuenta de que se le hacía tarde. La sirena de la fábrica llegaba a sus oídos en sordina través de las ventanas, como si pasara a través de una esponja. Saltó de la cama. Se detuvo a la puerta del comedor. Contempló a la difunta con las manos sobre la mesa como si estuviera dormida. Creyó que estaba durmiendo. Se acercó muy despacio. La tomó por los hombros. Se estremeció al acercar los labios a sus mejillas que empezaban a enfriarse.
Hagamos lo que hagamos ante la muerte, no nos diferenciamos de un buen actor. Un buen actor, sin más.
La tomó en brazos. La llevó a su cama. La cubrió con la colcha; quería dar calor a aquel cuerpo que había empezado a enfriarse. Se esforzó por transmitir vigor y vitalidad a aquel cuerpo frío. Luego, desfondado, la colocó en el cojín de la esquina. Ese día fue incapaz de llorar por más ganas que tuviera. Le ardían los ojos, pero no vertió una sola lágrima. Se miró en el espejo. Sintiendo un dolor tan profundo, ¿no podía adoptar otra expresión que la de alguien que ha pasado una noche sin dormir?
Ali habría querido quedarse de golpe sin fuerzas, encanecer de golpe, doblarse de golpe por un fuerte dolor en el costado, envejecer ahora hasta los cien años. Luego volvió a mirar a la difunta. No daba ningún miedo. Al contrario, su expresión era igual de tierna, igual de dulce que antes. Cerró con mano firme sus ojos entreabiertos. Salió a la calle. Dio la noticia a la vieja vecina. Los vecinos llegaron en seguida a la casa. Él se dirigió a la fábrica. Una vez en la barca, ya había asimilado la muerte.
Habían dormido juntos, hombro con hombro, bajo la misma colcha. Era como si la muerte se hubiera adueñado apaciblemente de su madre y se hubiera llevado toda su sensibilidad, afecto y dulzura. Solo estaba algo fría. La muerte no era una cosa tan temible como nos creemos. Solo algo más fría, nada más...
Ali estuvo varios días dando vueltas por las habitaciones vacías de la casa. Pasaba las noches sentado a oscuras. Escuchaba a la noche. Pensaba en su madre. Pero no podía llorar.
Una mañana quedaron frente a frente en el comedor. Él, tranquilo y brillante sobre el hule de la mesa del comedor. El sol bañaba el latón amarillo. Ali lo agarró por las asas y lo puso donde no pudiera verlo. Se dejó caer en una silla. Lloró a raudales, como una lluvia silenciosa. Y en la casa ya no borboteó más el samovar.
A partir de entonces entró en la vida de Ali un vendedor de salep.
El invierno es más crudo y brumoso en el Cuerno de Oro que en Estambul. Quienes madrugan para ir a trabajar rompiendo el barro helado de las aceras irregulares, maestros de escuela, tratantes de ganado, carniceros, hacen un alto delante de la fábrica dando la espalda al enorme muro y toman salep espolvoreado con jengibre y canela.
Maestros de escuela, tratantes de ganado, carniceros y a veces estudiantes pobres, sosteniendo la taza con sus preciosas manos protegidas por guantes de lana, las narices congeladas, la cabeza en las huelgas, echando vapor como un samovar de latón dorado, dan la espalda al enorme muro de la fábrica y toman a sorbos salep espolvoreado de sueños.
Hacía mucho que no bajaba a la ciudad. Aquel día, al abrir la puerta del hotel dispuesto a amar a la humanidad, la primera persona que apareció fue el hijo de un panadero. Le miré las mejillas sucias y pálidas y los pies descalzos, no compasivamente sino con amor. De todos modos, ¿no había salido a la puerta del hotel con esa disposición? Me quedé con ganas de abrazarlo y comprarle un par de zapatos de goma en la tienda de la esquina y un pantalón blanco donde el judío de un poco más allá.
—¿Qué miras, señor —dijo—, necesitas un porteador?
—No, mi niño —dije.
Estuve a punto de decirle: «Ven que te compre un pantalón y unos zapatos». Pero al ver su mirada deseché la idea. Era entre doliente y maliciosa, tan escrutadora como si quisiera detectar alguna enfermedad extraña en la mía, llena de amor. Saqué veinticinco kuruş, se los di y eché a andar. Salió corriendo detrás de mí. No le miré a la cara, pero sus manos lo decían todo:
—No te creas tan generoso, ¿vale?
Tomé los veinticinco kuruş. Quise seguir mi camino sin responderle. De pronto se disipó toda mi alegría, hecha añicos con el estrépito de un vaso al romperse.
Recogí con la mirada la alegría caída y hecha añicos a mis pies. Di media vuelta a casa y me metí en mi cuarto.
Cuatro paredes, una ventana, unos cuantos libros en una maleta y una cama de hierro... Sin pensar en ni siquiera leer nada me puse a dar vueltas por el cuarto que era igual que una celda. Cuando me puse a pensar, se fue recomponiendo lo que se había roto dentro de mí, igual que en algunas películas se ensamblan y se recomponen en el acto las piezas rotas de los automóviles. Recobré la alegría. Salí a la calle dispuesto a amar a la humanidad.
Caía la tarde. Me detuve en el estanco de la esquina. El sol daba en las revistas literarias sin vender. Estuve considerando si podía haber algún nexo, alguna relación entre las revistas literarias y la luz del atardecer que daba en el estanco al mismo tiempo.
Di una lira al estanquero. Me pareció que tardaba mucho tiempo en darme el cambio y el paquete de tabaco. Me vi forzado a mirar al estanquero. Estaba meneando la lira delante de mis narices.
—Está cortada de derecha a izquierda, señor mío, no es válida. Si estuviera cortada de arriba abajo podría valer, pero así no.
—¿Cómo que no es válida? Claro que lo es, si no ¿cómo la tengo yo?
—Es la ley, señor.
La ley de protección del dinero. Ya sé que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. No podía quebrantar la ley. Busqué los veinticinco kuruşde antes, no pude dar con ellos y seguí mi camino.
No me convenía sacar otra lira del bolsillo para comprar cigarrillos. Burlar la ley soltando billetes no es solo cosa de abogados, es un derecho de todo ciudadano. Por eso me pareció un gesto inteligente ir con la misma lira a otro estanquero. Después de coger la lira me dio el paquete y, según iba a darme las vueltas, debió de sospechar de mis prisas porque volvió a mirar detenidamente el billete.
—¿Podría darme otra lira, por favor? —dijo con una sonrisa.
—¿Por qué?
—Esta no es válida...
Recuperé la lira sin pedir explicaciones. Recorrí irritado estancos uno tras otro, sin mirar a la cara de los estanqueros con ojos entre estúpidos e intrigados que traslucían todo pensamiento e imaginación. Llegué al convencimiento de que no iba a poder colar el billete. Tenía otra lira nuevecita y sin arrugas en la cartera. Le di vueltas a mi lira verde y muaré, demasiado verde para cambiarla por once céntimos y medio de cigarrillos, pero al final se apoderó de mí el deseo irresistible de fumar. No puedo recordar cómo cambié el dinero y abrí el paquete, cómo me llevé el cigarrillo a los labios y lo encendí, con una avidez semejante a la que sentí la primera vez que me acerqué a una mujer.
El humo azul salía de mis labios como una vena cálida y abultada de la muñeca. Chupando el cigarrillo con el ánimo confuso, como cuando lamo el dedo de mi amado, me sentía de vuelta a mis dieciocho años. El último fragmento de mi alegría hecha añicos volvía a encajar en su sitio impulsado por la propia vida. Estaba contento. De amar a la humanidad, de cazar pájaros amarillos y dorados mezclados en las farolas que iluminan la ciudad, de saludar a uno, de dar una colleja a otro, de tomar entre las manos los finos dedos de otro que va un poco más adelante... Se ríen de mí.
—Ese tipo está loco ¿o qué?
Eran unas chicas alegres. Olían a suburbio por los cuatro costados. El habla y el acento eran correctos. Dos amigas. Tostadas por el sol, chorreaban de sudor, amor y sol dentro de sus vulgares vestidos de verano de mangas cortas. Será que sin darme cuenta yo había sonreído amorosamente a la que primero había dicho «Ese tipo está loco ¿o qué?», y ella no pudo evitarlo. Me dirigió una mirada muy dulce. Me armé de valor y fui tras ellas. Llevaban buen paso. Tuve que apretar para darles alcance. Se volvían a mirarme de vez en cuando y se reían. Yo me sentía lleno de versos de Servet-i-Fünun, capaz de hazañas caballerescas.
¿Qué podría decir? Varias veces me acerqué decidido a las chicas con una frase preparada. Al final la frase no me salía y no decía nada. Entonces me quedaba un poco más atrás maldiciendo mi falta de ingenio. Pero esta vez fueron ellas quienes se detuvieron. Yo iba hecho un puro nervio. Cuando llegara a su altura les diría algo bonito verdaderamente inspirado. ¿Acaso no era yo poeta? Ciertamente, la inspiración vendría en mi ayuda en este momento de angustia. Ya estaba prácticamente a su altura. La inspiración batió las alas. Mi frase estaba en gestación. Era como si mis dientes molieran y prepararan las palabras. De pronto, esta vez la amiga que no había dicho nada me soltó:
—Señor, si sigue viniendo detrás de nosotras tendremos que denunciarle a la policía.
Al momento me rodearon unos niños griegos desnudos, europeos de agua dulce de habla francesa intentaban explicarse unos a otros mi situación y las hermosas señoritas remilgadas me miraban de arriba abajo con ojos como platos.
Di media vuelta, dispuesto a huir.
—Espere, señor. ¿No le da vergüenza importunar a las señoras? Aunque a primera vista parece un caballero, es usted un tipo maleducado —dijo un hombre rico, gordo, trajeado, bien afeitado y encorbatado, un diputado o empresario.
—Oh, déjelo, caballero —dijo una de la chicas—. No hay nada que hacer con hombres así.
Mi alegría llegó al máximo. Como si todos los tornillos estuvieran apretados y las juntas engrasadas.
Me fui imitando el traqueteo de una máquina.
—Tranquilo, muchacho. ¿Qué pasa? —dijo un conductor que pasó a mi lado.
—Estoy muy tranquilo. ¿Qué pasa? Pues que andan diciendo a mis espaldas que estoy borracho.
Claro que estaba borracho. El tiempo, las farolas, la ciudad me emborrachaban. La gente me atraía con la fuerza de un imán. Habría querido abrazar al mundo y a la ciudad sin hipocresía.
Aunque había cumplido los dieciséis años, Ahmet todavía no estaba inscrito en el registro civil. Era moreno tirando a negro, la nariz y la frente estrechas y los cabellos con reflejos azul oscuro. Y vello en las mejillas. Bajo su traje de seda azul marino se adivinaba un cuerpo esbelto y atlético completamente desarrollado.
—¿No te da vergüenza? ¿Por qué no has inscrito al chico en el registro hasta ahora?¿Qué diablos hiciste cuando el censo general? —dijo el funcionario del registro a su padre el día que lo llevó a registrarse.
Cuando el censo general lo habían encerrado en el pajar. Creían que había estallado otra guerra. Que se llevarían al ejército a Ahmet, su único hijo, aunque solo contaba doce años. Luego se calmaron las cosas, pero el caso es que Ahmet no figuraba entre los hijos de la patria turca. Más adelante su padre, Rüstem Ağa, sintió que era necesario arreglarlo.
—¿Tendrá unos veinte años el chico? —dijo el funcionario del registro.
Había que casar al Ahmet de dieciséis años, inscrito en el censo como nacido en 1330 (1952), como si tuviera veintiséis, con una mujer nacida en 1332 (1954).
Era una noche oscura de otoño, llovía a cántaros, el cielo se desplomaba encima del pueblo. Unas pocas personas acompañaban a Ahmet linterna en mano por la plaza cubierta de castañas con corteza. Kara Abdi se retrasó un poco para hablar con Ahmet.
—Ahmet —dijo—, soy tu padrino de boda. Conque escúchame bien. —Luego hizo una pausa—. Cuando te demos con el puño y se cierre la puerta te postrarás dos veces en la alfombrilla, ¿me entiendes?
Seguía lloviendo sin parar. Los haces de luz de las linternas se alejaban formando círculos en el suelo. Caminaban sin fijarse en los charcos. Con los pantalones empapados hasta media pierna.
Unos jóvenes que habían quitado el vaho de las ventanas del café por curiosidad se rieron al ver pasar a Ahmet con su padrino. Los viejos que pensaban en silencio en los impuestos se acercaron a la puerta del café y le hicieron comentarios procaces.
Ahmet, con los nervios, cayó encima de un montón de castañas y se hizo daño. Abdi lo ayudó a levantarse de las castañas y gritó a los de las linternas que iban más deprisa por delante.
—¡Eh, esperad! —Y volviéndose a Ahmet añadió—: El resto ya lo sabes, eres un chico listo, no me hagas hablar.
Ahmet no respondió. Se había hecho daño con las cortezas de las castañas. Murmuró algo entre dientes, imposible saber si era sobre las castañas o alguna pregunta. La caravana de linternas que los acompañaba estaba bajo la influencia de los cuatro o cinco vasos de rakı que habían tomado. Todos ellos hacían comentarios sarcásticos sobre el joven fuerte como un roble, de ojos brillantes y cuerpo de serpiente.
Qué lejos estaba la casa de Gülsüm esta noche. La lluvia arreciaba. Iban casi a la carrera. Cuando llegaron a la casa, las mujeres que estaban dentro se apresuraron a abrir la puerta. Limpiaron al novio, embarrado de arriba abajo. El traje de seda azul había adquirido el color de sus cabellos. El vello negro de las mejillas sentaba mejor mojado a un chico feo como él. Una vez secado, su rostro adquirió el color y el brillo de una manzana.
No miró a su alrededor, sino que se puso a quitarse los pinchos de las cortezas de castaña de las manos. Le dieron café y se lo tomó de un par de tragos, en contra de las advertencias de Abdi. Recordó estremeciéndose el día de su circuncisión hacía cuatro años. Luego lo ayudaron a levantarse. Lo llevaron ante una puerta, lo empujaron dándole con el puño por detrás y se fueron.
Era una habitación de techo bajo. Del techo colgaban ristras de uvas, manzanas, peras y membrillos. Un olor a fruta que hacía perder la cabeza invadía la habitación en penumbra. Pero no parecía oler solo a fruta. Al olor a fruta se sumaba también el olor a muselina fina, vestido de novia y mujer en sazón. Se dirigió a la ventana abierta, la cerró y miró por un momento a la caravana de hombres y mujeres que se alejaban de la casa con sus linternas. Arregló unas flores de papel con cagadas de mosca y la fotografía de un soldado que había sobre la consola. Bajó la lámpara de gas. La mujer esperaba de pie sin moverse. Entonces le llamó la atención la alfombrilla de oración, la enrolló y la tiró a un rincón de la habitación. Se dirigió al espejo y contempló su cara colorada. La mujer se sentó delante de la ventana. Tal como le había dicho Kara Abdi, había un cojín de esquina libre. Kara Abdi le había dicho: «Debes poner a la mujer frente a ti y debes hablarle una hora por lo menos». ¿De qué iba a hablar con una chica que no conocía? Le ardía la cabeza, notaba los nervios de punta sobre cada uno de los huesos. Se miró otra vez la cara en el espejo. Pasó un rato ensimismado en la mecha de la lámpara de gas, como buscando algo, y la apagó con un movimiento de sus gruesas manos. No se veía a la mujer que miraba por la ventana a la oscuridad y la lluvia.
Sin decir nada, Ahmet fue a sentarse en el diván que había enfrente de la mujer. Se cogió la cabeza con manos nerviosas... No podía pensar. Los ruidos del aguacero y del pueblo llegaban amplificados a sus oídos; sin embargo, todos los demás sentidos se habían disparado como ruedas sueltas cada uno por su lado y Ahmet no tenía ni idea de dónde estaba. No es que estuviera trastornado. Si se callaran los perros y escampara podría pensar en varias cosas. Relámpagos fosforescentes iluminaban de azul la habitación. En uno de esos relámpagos Ahmet, que hasta entonces se había figurado que estaba encerrado él solo en una habitación extraña, vio enfrente de él a una mujer con cara de susto. Creyó que aquel relámpago azul tal vez procedía de ella, que había salido del interior de los pantalones anchos de aquella blanca criatura. ¿Le dolían las palmas de las manos por los pinchos de las castañas? ¿O era que esa noche había cenado demasiado y por eso el dolor y la pesadez de estómago? Se le nubló la mirada, se quedó como embotado, su sudor se enfrió. Se acurrucó allí mismo, tiritando como si tuviera malaria.
Al despertarse a la mañana siguiente, encontró a la mujer dormida con los mismos pantalones anchos en el otro lado del diván. Ya había dejado de llover, pero la plaza de enfrente seguía mojada a la luz del alba. Los perros seguían ladrando. Pasaron unas vacas con un son a mojado y a bruma en los cencerros. Vio pasar a los pastores ateridos bajo sus capotes y morrales.
Gülsüm también se despertó. Estaba pálida y sonriente. Los racimos de uvas que colgaban del techo rezumaban a la luz del amanecer que entraba por la ventana. Ahmet tenía sed. Comió un racimo de uvas. Luego se acercó con otro racimo en la mano a la chica, que seguía acostada y pálida, y le puso dos uvas en la boca. Después, sin mediar palabra, posó sus gruesos y húmedos labios en el cuello de la mujer, que empalideció aún más a la luz del día.
Salió el sol y se reflejó en el espejo y en la mirada de ellos dos. Echaron las cortinas.
La casa de arriba, cuando se la mira desde abajo, es verdaderamente una casa ideal. Una de esas casas donde podría vivir un tendero, un comerciante o un petimetre en sus años jóvenes, del mismo modo que podría servir a un profesor jubilado, a un novelista para escribir sus obras o a un político exiliado para pasar sus últimos días. Por delante hay un camino solitario, que parece atravesar las rocas de formas retorcidas, por donde pasean unos pocos enamorados los domingos; los demás días la soledad, que no solo es propia de los caminos, es mayor. En la isla hay unas pocas personas a quienes este camino les gusta, si bien suelen pasear por él sobre todo después del anochecer para contemplar las estrellas, o esa es mi impresión.
