Un instante antes del alba - Ibrahim Alsabagh - E-Book

Un instante antes del alba E-Book

Ibrahim Alsabagh

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Beschreibung

El 22 de diciembre de 2016 los grupos militares que ocupaban el este de la ciudad de Alepo entregaron las armas, pasando a ser considerada como "ciudad segura" tras más de cuatro años de durísimos enfrentamientos entre el ejército y las milicias armadas. Este libro relata lo sucedido a lo largo de los últimos dos años de conflicto en la segunda ciudad más importante de Siria a través de los ojos del padre Ibrahim Alsabagh, fraile franciscano y párroco de la iglesia latina de San Francisco en Alepo, quien a finales de 2014 retornó a su país para poder estar con su gente. A través de sus breves notas, sus relatos, sus reflexiones incisivas --latidos de vida, gemidos y gritos que se vuelven oración-- se narra cómo se vive en Alepo la tragedia de la guerra, pero también cómo se alimenta la esperanza en un futuro y se encuentra sentido a la vida (y la muerte) en una situación en la que la violencia y el mal parecen tener la última palabra. "Nos mandan la muerte y nosotros les devolvemos la vida. Nos lanzan el odio y nosotros ofrecemos a cambio el amor a través de esa caridad que se manifiesta en el perdón y en la oración por su conversión".

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Seitenzahl: 331

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Ibrahim Alsabagh

Un instante antes del alba

Crónicas de guerra y de esperanza desde Alepo

Título original: Un istante prima dell’alba

© Fondazione Terra Santa / Edizioni Terra Santa, Milán, 2017

© Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2017

Traducción: Belén de la Vega

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección 100XUNO, nº 19

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-9055-836-2

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

INTRODUCCIÓN

El 22 de diciembre de 2016 fray Ibrahim Alsabagh, fraile menor y párroco en Alepo, escribe un mensaje a sus amigos y benefactores en Europa: «Después de largas negociaciones entre el ejército y las milicias armadas, los grupos militares han entregado las armas y han dejado la parte este de la ciudad. El ejército ha anunciado que se puede considerar Alepo como ‘ciudad segura’. Nada más llegar la noticia, todas las mezquitas han llamado los fieles a celebrarlo y las iglesias, las que todavía conservan el campanario, han hecho sonar las campanas durante un buen rato. Se ha realizado un sueño…». Son palabras llenas de esperanza: a pocos días de la Navidad, la liberación de la parte este de la ciudad «es el mejor regalo».

Alepo ha entrado ciertamente en una nueva fase. Las esperanzas y las expectativas son muchas, pero las necesidades de la población siguen siendo enormes. Después de seis años de guerra, cientos de miles de muertos (se habla de más de trescientos mil, pero en realidad nadie sabe cuántos son), más de seis millones de refugiados y desplazados, la situación de Siria, y con ella también la de Alepo, es desde luego trágica. Los que han huido de los bombardeos de la parte este de la ciudad viven en la indigencia total.

En este momento todos nos preguntamos: ¿Llegará pronto la paz a Siria? ¿Qué le espera a Alepo? ¿Qué queda de la que fuera una de las ciudades más bonitas y vivas del Medio Oriente? Desde Siria nos llega la invitación a no apartar la atención de la tragedia que está viviendo el país. La ciudad, por el momento, está controlada casi por completo por el ejército sirio, pero todavía existen bolsas de resistencia. Prosiguen los disparos, los bombardeos: «La guerra no ha terminado aún», precisa el padre Ibrahim.

El gobierno de Bashar al-Assad ha prometido intervenir en las áreas productivas para tratar de poner en marcha nuevamente un mínimo de actividad económica para sostenimiento de la población que se ha quedado. Pero el invierno de Alepo (no solo el meteorológico) durará todavía mucho. La ciudad es una aglomeración espectral de casas destruidas y de calles repletas de todo tipo de desechos. Bajo los escombros existen todavía artefactos que no han explotado y que pueden convertirse en trampas mortales.

En el libro que presentamos –en el que se incluye la evolución reciente del conflicto– fray Ibrahim no se preocupa de comprender las estrategias de las Cancillerías o de indagar en las razones geopolíticas del conflicto sirio. Hoy en día los estantes de las librerías están abarrotados de libros que tratan de ofrecer claves de lectura.

En este libro, muy distinto de los que se encuentran en el mercado, fray Ibrahim cuenta cómo se vive en Alepo la tragedia de la guerra, cómo se alimenta la esperanza de un futuro cuando tener esperanza parece una blasfemia. Cómo se encuentra nuevamente el sentido de la vida (y de la muerte) en una situación en donde el mal y la violencia son insensatez en estado puro.

Breves notas, reflexiones incisivas, latidos de vida, gemidos y gritos que se vuelven oración, sufrimientos padecidos en la carne viva de un pueblo que espera el final de una pesadilla, como cuando –un instante antes del alba– se ilumina todo de repente y se anuncia, gloriosa, la luz del día.

UN LLAMAMIENTO DESDE SIRIA

Mons. Georges Abou Khazen

Vicario apostólico de Alepo de los latinos

Es preciso que cese el río de sangre, por una parte y por otra… ¡Aquí el ser humano ya no tiene ningún valor! Pero nosotros creemos en la fuerza de la oración y pedimos que se rece por la paz. Cada vez es más urgente convencer a los que están combatiendo para que hagan callar las armas y se sienten a hablar. La gente que ha permanecido en Alepo, ya sean cristianos o musulmanes, vive en medio del terror. Nos llena de asombro ver cómo la facción de los así llamados «rebeldes», que ahora coincide con el Califato islámico, a pesar de sus proclamas, son al final apoyados por Occidente. No tenemos ni idea de cuántos cristianos se han quedado en la ciudad; los que pueden huyen. Desde luego se han quedado muchos menos de la mitad de los doscientos veinte mil que había antaño… La situación en Alepo es dificilísima, no solo por evidentes motivos de seguridad: desde hace un mes no hay electricidad, solo podemos producirla través de generadores de gasóleo. El combustible es caro y no es fácil de conseguir. El agua potable escasea. A algunos barrios solo llega con camiones frente a los que la gente hace cola con recipientes para aprovisionarse previo pago. Por suerte tenemos pozos en las iglesias, y de este modo también nosotros podemos distribuir agua… Entre tanto, crecen las necesidades de la gente: está el problema de las casas destruidas, y por ello estamos tratando de ayudar a quienes ya no tienen un lugar donde vivir; los precios de los productos están por las nubes, como la inflación. Existe además un número de desempleados cada vez mayor, agravado por el embargo económico. Nosotros, como Iglesia, quisiéramos ayudar a los que no trabajan a sobrevivir, a los pequeños artesanos a encontrar un trabajo… Pero frente al río imparable de sangre, solo pedimos paz… Contamos con vuestras oraciones.

Alepo, septiembre de 2016[1]

CARTAS DESDE ALEPO

enero de 2015-enero de 2017

«POR FIN UNA GRAN ALEGRÍA. HOY HEMOS VUELTO A TENER AGUA…»

(13 de julio de 2015)

La devastación mortal que han traído los bombardeos y la conversación con una madre que ha perdido a sus hijos en la guerra. Pero también la esperanza que procede del reparto de víveres entre los que no tienen ya dinero para comprar nada, o una fiesta con juegos y globos en la parroquia para devolver la sonrisa a los más pequeños, primeras víctimas de la guerra.

En esta primera parte hemos reunido los boletines que el padre Ibrahim Alsabagh envía por Internet a sus amigos italianos para compartir con ellos todo lo que vive día a día en Alepo. El sabor de sus palabras es el del relato en directo, muchas veces privado de comentarios, el del asombro frente a lo que acaba de ver o escuchar, ya sea trágico o alegre. Son las impresiones en caliente de un cristiano que se encuentra en el frente del odio (pero también en el de la esperanza) y trata de dar razón de su propia fe.

El primer boletín data del 26 de enero de 2015, pocas semanas después de su llegada a la ciudad. El padre Ibrahim describe casi con incredulidad la espantosa realidad en la que se ha visto inmerso de golpe. Pero desde el principio cuenta los primeros intentos de dar una respuesta, de reaccionar ante el mal. En cambio, el último boletín data del 5 de enero de 2017, y en él habla por fin de reconstrucción y de futuro en un contexto que sigue siendo crítico.

Además de los boletines, hemos incluido también en esta primera parte algunos artículos firmados por el padre Ibrahim y publicados en el periódico Avvenire (12 de octubre de 2015, 24 de diciembre de 2015), dos artículos publicados en el inserto La puerta abierta del mismo periódico (diciembre de 2015, con ocasión del comienzo del jubileo de la misericordia, 8 de mayo y 9 de octubre de 2016) y una carta a los niños de las parroquias «hermanadas» con la parroquia del padre Ibrahim en Alepo, dedicada a San Francisco.

Advertencia: los textos de esta primera parte estarán introducidos en algunas ocasiones por notas redaccionales que hemos considerado necesario añadir para ayudar al lector a contextualizar los episodios relatados.

A comienzos de 2015, en el primer período de permanencia del padre Ibrahim en Alepo, los rebeldes lanzan una ofensiva contra los barrios en poder del ejército regular sirio ganando terreno. Aumentan los bombardeos también en la zona de la parroquia latina. Sin embargo esto no impide a los frailes continuar con su actividad: desde las bendiciones de las casas a la creación de una sala de estudio para los universitarios.

26 de enero de 2015

He esperado hasta el último momento para ver si podía viajar a Italia como estaba previsto, pero no he podido dejar al otro fraile solo en la parroquia. Por eso os escribo esta carta, en la que trato de contar algunos aspectos de mi misión en Alepo.

Desde Navidad hasta hoy hemos tenido momentos muy difíciles, con lanzamientos de bombas y de bombonas de gas[2] sobre las casas de nuestra zona. El jueves pasado fue atacada y parcialmente destruida una iglesia católica de rito armenio. Los bombardeos esporádicos están destruyendo varias casas con la inevitable consecuencia de muertos y heridos graves.

El invierno en Alepo

En este periodo invernal el frío intenso está condicionando de forma dramática la vida de la gente en Alepo. Ya no hay casi gasóleo y nosotros, para poder atender a la gente, recurrimos a las autoridades civiles, obteniendo pequeñas cantidades de vez en cuando; lo mismo sucede con el gas.

Nuestra gran iglesia de San Francisco está helada, pero los fieles siguen participando en las celebraciones con un valor heroico. El otro fraile y yo estamos enfermos por el frío. El resfriado empeoraba cada vez que bajábamos a la iglesia a celebrar misa y a confesar. Se nos ha pasado después de bastante tiempo.

La asociación de beneficencia

En los últimos tiempos he empezado a realizar algunos cambios en nuestra asociación de beneficencia, una especie de Cáritas parroquial. La renovación consiste en la sustitución del personal, voluntario y remunerado y en la modificación de los criterios para decidir sobre las necesidades efectivas y sobre las formas prácticas de la ayuda. La cantidad necesaria para asistir mensualmente a nuestros pobres crece cada vez más, mientras que las fuentes locales se están agotando debido a la pobreza general. El número de familias y de personas individuales asistidas ha superado las doscientos treinta unidades, pero este número está destinado a aumentar rápidamente con las nuevas llegadas y solicitudes. Después de un atento estudio de las necesidades reales llegamos casi siempre a la conclusión de que debemos conceder la ayuda de forma inmediata.

No estoy satisfecho del todo con nuestra asociación. Es necesario mejorar el nivel organizativo para llegar a atender a un número mayor de personas. Pero lo que hemos hecho desde mi llegada a Alepo hasta hoy no es poco.

La dramática situación económica y social

La situación económica en Siria está empeorando rápidamente. Hace algunos días el Gobierno anunció un aumento del precio del gasóleo de 85 liras sirias a 125 liras sirias, mientras que, con respecto al gas, el precio de la bombona pasa de 1100 liras sirias al precio insostenible de 1500 liras sirias[3]. Lo mismo vale para la gasolina. Como consecuencia, el coste del pan y de todos los alimentos, incluso aquellos de primera necesidad, ha aumentado considerablemente. Algunos sondeos pronostican una caída continua de la lira siria con respecto al dólar: esto implica un aumento de la pobreza. Es necesario, por tanto, que nos preparemos para un escenario cada vez más difícil.

No es difícil imaginar el ambiente de desesperación que se respira entre nuestra gente: ancianos enfermos que sufren el frío más allá de cualquier medida, niños y mujeres con fuertes síntomas de malnutrición, familias que no consiguen ya pagar el alquiler de las casas, personas, sobre todo padres, que no se preocupan ya de cuidarse y esto produce –debido a enfermedades poco importantes descuidadas durante mucho tiempo– un grave daño para la salud, daño que puede llegar incluso a causar la muerte.

Algunos casos concretos

Esta mañana han llegado a la parroquia unos padres que tienen cinco hijos universitarios. Ninguno de los dos consigue encontrar trabajo. La madre me ha susurrado que padece una enfermedad en la vista y que debería someterse a una intervención quirúrgica, pues empieza a tener dificultades para ver, y ha añadido que con los pocos recursos que le han quedado prefiere pagar las tasas universitarias de los hijos, y esto aunque tuviese que quedarse completamente ciega o morir de hambre.

Cada día descubro al menos cuatro casos de necesidad extrema. Hace tiempo vino a verme una mujer anciana y me explicó su situación de enorme pobreza y enfermedad. Luego me enseñó una pistola cargada, y me dijo que estaba preparada para quitarse la vida «de forma digna», en el caso de que ya no fuese capaz de soportar los dolores y la desesperación. En cambio ayer se presentó una viuda con dos hijos que me confesó que desde hacía dos meses no tenía ni gas, ni gasóleo, ni electricidad, tan solo un poco de agua potable. Tuve que coger una bombona de gas del convento que acabábamos de recargar y enviarla enseguida a casa de esa mujer.

Una sala de estudio para los estudiantes universitarios

El 5 de enero ha comenzado en toda Siria el periodo de exámenes universitarios. Hemos puesto en marcha un proyecto de ayuda para ellos y para los que tienen que hacer la selectividad. En sus casas faltan la electricidad y la calefacción. Dado que incluso las bibliotecas que hay en las distintas iglesias de Alepo están cerradas ahora por falta de gasóleo, he decidido abrir una sala de estudio en la parroquia, en los locales de la catequesis. Puede llegar a acoger a sesenta jóvenes. Hemos ordenado y organizado la sala, calentándola con una instalación artesana que consume poco gasóleo, y la hemos abierto para los estudiantes desde las 9 de la mañana a las 8 de la tarde.

En el mismo proyecto se incluye la designación de una pareja de recién casados y de algunas personas sin trabajo como responsables de la acogida. En la actualidad tenemos ochenta estudiantes registrados. Para apuntarse solo pedimos una pequeña cantidad de dinero. En el aula de estudio damos también la posibilidad de beber algo caliente para los que lo necesiten. Ayer, al darnos cuenta de que muchos de los chicos estaban sin comer desde la mañana a la noche, compramos pan y chocolate, ofreciendo de este modo algo de comida a treinta y dos de ellos: ha sido el regalo más bonito que pudiesen imaginar.

Estoy muy contento de este servicio concreto que todavía podemos ofrecer a nuestros jóvenes y deseo que pueda llegar a ser permanente –si la providencia sigue asistiéndonos–: es decir, no solo para el periodo de exámenes sino durante todo el año. Espero además poderles ofrecer cada día algo de comer.

La bendición de las casas

Desde el 13 de enero he empezado a visitar las casas para bendecirlas. Entre nosotros el periodo de la bendición de las casas comienza con la fiesta del Bautismo de Jesús[4]. El primer día he conseguido llegar a seis casas y he conocido a distintas personas, incluso adultas, que no habían recibido el sacramento de la confirmación y a varios ancianos que no salen de casa desde hace años. Muchos me han expresado el deseo y la necesidad de recibir la comunión por lo menos una vez al mes. Gracias a estas visitas he conocido además a muchas familias muy pobres a las que he invitado a venir a nuestra asociación de beneficencia para recibir una ayuda mensual.

Estoy luchando contra el tiempo y las innumerables cosas que hay que hacer para seguir con las bendiciones por lo menos tres veces por semana. No sé si lo conseguiré, debido al trabajo ligado a la acogida de las numerosas personas que me buscan cotidianamente en el despacho parroquial. En cualquier caso, estoy sereno porque creo que estoy consiguiendo no guardarme nada para mí. Doy a mi gente toda mi persona, todas mis energías y recursos. Mi conciencia está tranquila y encuentro consuelo en todo. Trabajo cada día duramente desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche, sin descanso, ni siquiera para dar un breve paseo. El nuestro es un trabajo que requeriría diez personas, mientras que solo somos dos. Pero no hago nada más que lo que hicieron mis padres por mí durante muchos años y estoy feliz de poder donarme yo también como el padre de una familia mucho más numerosa. De hecho siento que el camino para mi santidad pasa a través de la imitación de mis padres en ese servicio fiel que realizaron por mí.

24 de febrero de 2015

Desde mi llegada a Alepo crece cada día el flujo de personas que llaman a nuestra puerta: se trata sobre todo de familias que piden todo tipo de ayuda. Sobre la mesa de mi despacho hay muchos papeles: cada uno es un memorándum de un caso o de un problema que hay que resolver. Entran muchas personas en el despacho: las hay que llegan nerviosas, gritando, llorando, las que se quejan de la Iglesia, a veces incluso ofendiendo a quien les escucha. Todas son acogidas con una sonrisa, con gran calma, y no se les deja marchar sin que lleven paz en el corazón, el consuelo ligado a la Palabra de Dios, algún buen consejo y una ayuda material. Después de estos encuentros rezamos con insistencia para que se manifieste de forma clara la voluntad del Señor, y solo entonces pasamos a la acción, que en general es la mejor posible y cuenta con la convicción de la persona. Con frecuencia me sucede que tengo que llamar varias veces a la misma persona para ver nuevas posibilidades o saber más de su situación haciendo otras preguntas.

¿Acogida o visitas a las familias?

No oculto que en nuestra actividad misionera vivimos una especie de desgarro entre la acogida y la visita a las casas. De hecho, cuando salimos para hacer visitas, surge en nosotros el deseo de no volver más al convento. Nos acordamos de la vida de Jesús, de su misión pública entre la gente en las plazas, rezando, enseñando, curando y alejando a los demonios. El corazón quiere permanecer con Jesús, hacer lo que él hacía. Pero ¿cómo olvidar a esa multitud que cada día, ya desde las primeras luces del alba, acude a llamar a la puerta del convento? También aquí tienen que poder encontrarse con Jesús, que se entrega a sus fieles para escuchar, hablar y guiar. ¿Qué hacer? ¿Salir o permanecer en el convento para recibir a quien llega? A diferencia del mes pasado, en estos días hemos elegido la acogida. Hay un grave motivo que nos limita: las bombas que caen en gran número y de forma imprevista, y de las que por desgracia nadie se libra.

Cómo se desarrolla nuestra jornada

La jornada empieza con la misa a las 7,30 de la mañana. Mientras uno de nosotros celebra, el otro confiesa. Nada más terminar la celebración subimos a la capilla del convento para rezar el oficio de lecturas, las laudes y la hora intermedia. Rezamos con calma, respetando todos los espacios de silencio. Este momento, más que cualquier otro, nos da la fuerza para seguir adelante. Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que esta es la mejor solución para ser capaces de rezar juntos, dado que el trabajo nunca nos deja espacio libre hasta entrada la noche. En cambio las vísperas las rezamos de forma individual. Después de casi una hora de intensa oración en común en la capilla, desayunamos y hablamos sobre las cosas que hay que hacer. A continuación, comienza en el despacho parroquial la carrera para atender los múltiples quehaceres, mientras el timbre empieza a sonar mucho antes del horario establecido para recibir a la gente. A la 1 hacemos un breve descanso para comer. El otro fraile y yo aprovechamos para compartir las distintas situaciones de las personas a las que hemos atendido. Volvemos después al despacho para llevar a cabo las cosas programadas o para algún trabajo que requiera especial concentración.

A las 15,30 se reanudan las visitas, mientras que a las 16,50 vamos a la basílica y nuevamente, mientras un fraile confiesa, el otro celebra la eucaristía. Después retomamos los encuentros, ya sea en el despacho o con los grupos parroquiales. A las 8 de la tarde se cierra también la sala de estudio para los jóvenes. Cuando todos se han marchado y el convento está cerrado, cenamos juntos los dos frailes y nos ponemos al día de nuevo sobre las conversaciones, los problemas y todos los propósitos y las tareas para el día siguiente.

Después de la cena, volvemos a menudo al despacho para abordar algunos imprevistos que no hemos conseguido solucionar durante el día, cuando el silencio ha sido interrumpido por el ruido de las bombas o por los disparos. A final del día, si tenemos agua, quizá incluso caliente, nos damos una ducha, agotados. Después de la oración personal nos confiamos al Espíritu del Señor y finalmente nos vamos a dormir.

Estamos valorando la posibilidad de rezar las vísperas en árabe en la iglesia de San Francisco después de la misa vespertina con los parroquianos que lo deseen. Esperamos ser capaces de hacerlo, para no perder el regalo de celebrar las vísperas con la comunidad.

Aumenta el número de funerales

Este febrero es el mes de la hermana muerte. Hemos asistido a muchos, demasiados funerales, siempre en aumento: son los ancianos enfermos que no resisten el frío y la malnutrición. La mayoría de los difuntos es gente pobre. Un sacerdote me ha confesado que todas estas personas mueren más por la desesperación que por el frío o el hambre: cuando faltan la electricidad, el gasóleo, el agua y el alimento, los pobres pierden las ganas de vivir, se apagan poco a poco sumidos en la angustia.

Cubrir las lagunas de la asistencia que ofrecen las asociaciones que trabajan en nuestra ciudad

Hay muchas familias que viven de alquiler y que ya no son capaces de pagar el alquiler mensual. Viven en situaciones precarias, al límite de la subsistencia. Cuando nos llaman para que las visitemos constatamos personalmente lo grande que es su miseria, sobre todo si tienen muchos niños.

Algunas asociaciones eclesiásticas que ayudan a nuestras familias que viven de alquiler pagando parte de la mensualidad, piden como condición que tengan un contrato legal de alquiler, pero son pocos los propietarios de casas que aceptan hacerlo, con el resultado de que muchas familias necesitadas se quedan sin ayuda. Nosotros tratamos de intervenir como podemos, cubriendo estas lagunas con ayudas concretas.

Además, en la lista de cirugías que cubren estas asociaciones de beneficencia no entran las que son consideradas como no esenciales; pero entre esas operaciones existen algunas que son urgentes y necesarias, como por ejemplo operaciones en los ojos o de tipo dental. También intentamos hacernos cargo de esos casos.

Apoyo a los estudiantes universitarios

Las familias cristianas sirias están dispuestas a hacer sacrificios en la comida o en la salud, pero no renuncian a la educación de los hijos. Los inscriben en escuelas privadas cristianas porque las estatales se hallan en un estado de miseria y degradación total; esto vale tanto para las escuelas primarias y secundarias como para la universidad.

Estamos ayudando a unos cien jóvenes universitarios que asisten a universidades tanto estatales como privadas. La mayor parte de ellos es consciente del riesgo de no poder continuar los estudios por falta de dinero, pero a pesar de ello no disminuye su compromiso y concentración. En este mes hemos ayudado a cada uno de ellos con unos 20 euros por cabeza. La cantidad llega para pagar los gastos mensuales relativos a los viajes diarios de ida y vuelta a la universidad y alguna taza de café. Pero lo que cuenta es que la gente percibe que la Iglesia está presente de forma concreta en la que constituye la preocupación principal de las familias: el futuro de sus hijos. Si pudiésemos pondríamos a su disposición sin duda alguna una contribución mayor para todos nuestros estudiantes universitarios, como apoyo de la Iglesia a la esperanza con respecto al futuro de Siria.

Los bancos exigen el pago de los préstamos hipotecarios

A las dificultades que afrontan las familias y que ya hemos señalado se añade una dificultad de no poca importancia: las cuotas mensuales de las hipotecas que contrataron las familias con los bancos hace años, cuando habían decidido comprar una casa. Desde que comenzó la guerra en el país, muchas familias ya no son capaces de pagar. En estos días se ha hecho pública la obligación de pagar las sumas acumuladas desde hace un año, con la amenaza de un proceso judicial. El epílogo de una sentencia de expropiación y venta de los inmuebles con el consiguiente desalojo es fácilmente previsible. Hay enormes sumas de dinero en juego y algunas familias han empezado a pedirnos ayuda; hemos tratado de responder a unos pocos casos, conscientes de que muchos, por desgracia, se quedarán sin ayuda.

Dificultad con las ayudas alimentarias

Ayer comparé los paquetes de alimentos que distribuimos nosotros con los que ofrecen otras asociaciones: el nuestro es el más pobre. Es necesario añadir alimentos más nutritivos para los niños, como leche y latas de atún.

El aceite, que era un producto bastante corriente en Siria (untado sobre el pan era el alimento del pobre) escasea actualmente y su precio es, por tanto, muy elevado.

Contábamos con el paquete de alimentos de la Media Luna Roja, distribuido por el Gobierno cada cincuenta días[5]. El último reparto ha sido este mes, pero nos han comunicado que, de ahora en adelante, se repartirá cada cuatro u ocho meses. Tenemos que prepararnos también para esto, corriendo nosotros con los gastos.

Comienzo de la cuaresma en la sala de estudio

El final del periodo de exámenes coincide con el comienzo del camino cuaresmal. Después de la misa de las 19,30 he bajado a la sala de estudio de los universitarios para celebrar la eucaristía con algunos de ellos. Al no tener iluminación eléctrica, todo se ha desarrollado a la luz de las velas. Hemos utilizado como altar una mesa de estudio para significar la importancia de ofrecerle al Señor el compromiso de los chavales que cotidianamente se encuentran en esa sala. Hemos recordado y dado las gracias por todos aquellos que han terminado los exámenes y por los que no han podido participar en la celebración.

Algunos días antes del comienzo de la cuaresma he tenido un encuentro con distintos jóvenes que frecuentan la sala, que me han expresado su agradecimiento. Durante la misa del miércoles de ceniza he visto brillar en sus ojos este agradecimiento, que sin duda se dirige al Señor, principio de todo bien. Los frailes solo hemos sido «siervos inútiles» (Lucas 17,10), nada más.

El vía crucis del primer viernes de cuaresma

Como es costumbre también aquí en Alepo, el 20 de febrero hemos celebrado para los fieles de rito latino el vía crucis del viernes de cuaresma en la basílica de San Francisco. Hemos adoptado el mismo texto de Jerusalén, para vivir este momento importante en comunión con nuestros hermanos de la Custodia de Tierra Santa. Al término del vía crucis hemos pedido de corazón por cuantos nos sostienen desde lejos, permitiéndonos continuar nuestra misión en esta ciudad tan devastada.

A mediados de febrero el ejército sirio lanza una ofensiva en el territorio al norte de Alepo, conquistando diversas aldeas. Pero una contraofensiva de los rebeldes pocos días después hace retroceder a las fuerzas gubernamentales. Esto explica también la intensificación de los bombardeos en la zona de Alepo en donde se encuentra la parroquia.

3 de marzo de 2015

La lluvia de bombas continúa sobre Alepo, afectando también a nuestra zona de Azizieh. La gente tiene miedo de venir a la iglesia, y por eso desde hace algunos días el número de fieles ha disminuido de forma considerable. Se ha hablado largamente sobre una tregua, pero todo parece haberse desvanecido; por el contrario, han aumentado los disparos y los proyectiles sobre las zonas habitadas. A pesar de ello tratamos, en la medida de lo posible, de continuar con las reuniones de catequesis, en especial con las de preparación para la primera comunión y la confirmación.

El domingo pasado, durante las misas, rezamos por los muertos, los heridos y las familias cuyas casas han resultado afectadas en los últimos bombardeos. Pero esta oración no debe ser nuestra única respuesta. Invitamos cordialmente a todos los fieles a reaccionar a través de la solidaridad y de la caridad activa yendo a visitar a las personas y las casas afectadas, rezando con los que están oprimidos y tristes o dando todo lo que se pueda para aliviar el sufrimiento. Nosotros, cristianos de Alepo, no deberíamos ser pasivos sino pasar a la acción, ofreciendo nuestra caridad de forma tangible e inmediata. Nunca deberíamos permitir que prevalecieran la duda y la desesperación.

5 de marzo de 2015

Alepo, ciudad devastada

Para describir la realidad de Alepo no bastan las palabras. Es una ciudad destruida, profundamente golpeada.

Un día me dijo un sacerdote, comparando lo que estaba sucediendo en Siria con la guerra civil en El Líbano[6]: «Es verdad que en El Líbano vivíamos bajo los disparos, en plena guerra puerta a puerta, pero seguíamos trabajando, había trabajo. El problema con la guerra siria, sobre todo en Alepo, es que la gente ha perdido el trabajo. La primera devastación ha implicado la destrucción de los recursos de base y de las industrias».

Asistimos a una catástrofe del sistema económico, a un desmoronamiento de toda la sociedad, de un pueblo y una cultura. En medio de este desastre nosotros, como Iglesia, tratamos de ser la red de relaciones que impida que caiga también el hombre. Si Damasco se ha visto afectada fuertemente por la falta de electricidad, la inflación y los bombardeos sobre los edificios, Alepo se ha visto afectada de forma todavía más fuerte, con el añadido de la falta de agua, víveres y trabajo. A pesar de ello, las familias y las personas, al menos la mayoría de ellas, no han perdido todavía el ánimo. Existe una resistencia fuerte que obtiene su verdadera fuerza de la oración, de la fe recta y de la esperanza segura, y esto se verifica bajo los golpes durísimos que reciben las familias cada día, con la muerte de niños y jóvenes, con la emigración de los jóvenes varones y con el goteo constante de la pérdida del trabajo.

Lo que me anima a seguir adelante en mi misión cotidiana –a pesar de todos los signos de muerte a los que asistimos sin parar– son las palabras que Jesús pronunció sobre la hija de Jairo: «No está muerta, está dormida» (Marcos 5,39). «Todavía hay esperanza»: en Alepo, estas palabras se han convertido en la profesión de fe del párroco, de sus parroquianos y de todos los cristianos. Esta es la frase que habita en nuestros corazones y nuestros labios; la pronunciamos incansablemente en lugar de las antiguas profesiones de fe de los primeros cristianos: «Jesús es el Señor» y «Maranatha», «Ven, Señor Jesús».

La misión pública de Jesús que continúa hoy en Siria

En los últimos días la liturgia eucarística nos ha propuesto el relato de Marcos de la misión pública de Jesús. Jesús recorría los caminos de las ciudades predicando el Evangelio, expulsando a los demonios y curando a las personas de cualquier tipo de enfermedad. Pensando en mi experiencia en Alepo –en particular en los casos difíciles que afrontamos cuando acogemos a la gente en la parroquia–, me descubro continuando esta misión pública como creyente y como sacerdote: no solo con las intervenciones de sanación de las enfermedades del cuerpo, psicológicas o espirituales, a través de la Palabra y de los sacramentos, sino también a través de los gestos concretos de caridad pequeños y cotidianos. Como ha dicho el papa Francisco en su mensaje para la cuaresma, la Iglesia es la «mano de Dios», una mano que cura, y yo me siento parte de esta mano tierna que toca las heridas profundas de la humanidad curándolas[7]. Estoy orgulloso de ser parte de la ternura del Señor e instrumento suyo, presencia amorosa del buen Pastor. Cada día experimento esa fuerza de curación que está presente en la Palabra de Dios y en los sacramentos, de modo especial en la eucaristía y en la reconciliación. Finalmente, cada vez soy más consciente de que esta mano, instrumento de ternura, no puede limitarse a instruir reclamando a la santidad: es necesario que llegue incluso a tocar físicamente al leproso antes de curarlo[8].

Visitas en la zona de Midan

El nombre Midan significa en árabe «el campo». Desde que empezó el caos en Alepo, Midan se ha convertido en un campo de batalla en el que se muere con facilidad. En esta zona popular viven muchas familias cristianas de origen armenio. Las tiendas están junto a las casas, construidas muy cerca unas de otras. Las casas son pequeñas y los edificios altos: tienen cinco o seis pisos. Esta zona ha sufrido y sigue sufriendo la peor suerte. Las familias, en su gran mayoría muy pobres y con muchos hijos, no pueden marcharse porque no tienen otro refugio: están encerradas en las casas, a solo cien metros de las milicias armadas, que continuamente lanzan bombonas de gas, morteros y misiles. El ruido de los disparos se oye insistentemente. Las calles solo se pueden transitar corriendo, y con riesgo de la vida por la presencia de francotiradores que apuntan y matan a hombres y mujeres desarmados, obligados a salir en busca de trabajo o para comprar algo de comer.

Dos familias cuyas casas se han visto afectadas y que, a pesar de estar notablemente dañadas, siguen viviendo en ellas, me han pedido ayuda para poder repararlas, al menos de modo parcial. Después de haber realizado algunas verificaciones, les he sugerido que realicen algunas reparaciones limitadas, de modo que puedan seguir viviendo dignamente allí, a pesar del peligro real de ser bombardeados de nuevo.

El día que fui a visitar a estas familias, el padre de la primera me hizo detenerme algunos pasos antes del edificio para explicarme dónde y cómo había caído la bombona de gas que había destruido su balcón, junto a todas las ventanas y puertas. Me miró fijamente y me dijo: «Padre, es una inmensa alegría que vengas a nuestra casa en este momento de gran peligro a pesar de tus muchos compromisos. Mi mujer y yo no tenemos palabras de lo felices que estamos: con esta visita tú nos traes la bendición del Señor».

A la entrada del edificio me enseñó la calle donde murieron dieciocho personas a manos de un francotirador de las milicias armadas que disparaba sobre la gente inerme. Nada más entrar bendije las habitaciones con agua bendita, después rezamos frente a un pequeño icono de la Virgen, frente al que este hombre reza habitualmente con su mujer. Al terminar, temiendo por mi vida a causa de los francotiradores, el hombre, que sabe cómo moverse, me acompañó hasta la segunda casa, sin entrar en ella por respeto a la intimidad de sus ocupantes.

La segunda casa pertenece a un matrimonio. El marido trabajaba como conductor, pero ha perdido el trabajo y le cuesta mucho encontrar algo que hacer; la mujer es ama de casa. El piso está compuesto por una habitación, la cocina y un cuarto muy pequeño en el que se pueden sentar, a duras penas, cuatro personas. Es justamente esta habitación la que se ha visto afectada por los bombardeos estando la pareja en casa. La explosión ha perforado el techo, ha destruido una pared y ha provocado que todos los muebles, bastante pobres, se consumieran en el incendio que se produjo a continuación. Desde ese momento la mujer sufre crisis nerviosas; el marido, a pesar de la fuerte preocupación, nunca ha perdido la sonrisa. Después de rezar con ellos, les he bendecido junto con lo que queda de la casa y he verificado los trabajos de reconstrucción, que ya han comenzado.

El tercer caso tiene que ver con una madre de cinco hijos que se presenta informándome de que el marido ha sido ingresado de urgencia en el hospital porque sufre cirrosis hepática viral. Es ama de casa, el marido últimamente no trabajaba ya y los cinco hijos son demasiado pequeños para trabajar. ¿Cómo pagar el hospital, los tratamientos y el medicamento necesario para curar la enfermedad, que es muy caro? Como parroquia hemos contactado con la clínica en la que está ingresado el hombre y hemos prometido cubrir todos los gastos del ingreso y de las medicinas. Después de darle el alta, el hombre ha vuelto a casa cansado y sin fuerzas; ahora necesita un nuevo tratamiento, pero para recibirlo debe ir a Homs o a Damasco[9].

He ido a visitarles y me he encontrado a toda la familia reunida en una habitación: los hijos como polluelos en torno a su madre y a su padre, que tiene dificultades para respirar. Me han hablado sobre su experiencia con la providencia, que nunca les ha faltado, sobre la esperanza de que la guerra termine pronto y de que la hija mayor, estudiante universitaria, pueda graduarse finalmente y ayudar con su trabajo a toda la familia. Hemos rezado juntos y les he bendecido, asegurándoles que la mano tierna de Dios, que es la Iglesia, siempre estará junto a ellos.

Al volver a la parroquia, mientras reflexionaba sobre el don de estos encuentros, he comprendido que he recorrido un verdadero vía crucis. He entrado profundamente en el misterio del sufrimiento de Jesús, de su muerte y resurrección. Mientras caminaba de una casa a otra en aquella zona tan fuertemente afectada, me parecía estar recorriendo con mis hermanos las estaciones del vía crucis en la ciudad vieja de Jerusalén. Espero que el Señor me dé la fuerza para no dejar nunca de vivir cotidianamente este vía crucis para poder ser signo de su amor.

La mano tierna de Dios

¿Merecía la pena visitar las casas parcialmente destruidas con los hombres, las mujeres, los jóvenes y los niños que las habitan? ¿No habría podido valorar una ayuda desde lejos, sin someterme al riesgo de un encuentro imprevisto con la muerte? Son preguntas que me he planteado una y otra vez como párroco hasta que el mismo Jesús me ha dado la respuesta a través de otra pregunta: ¿Merecía la pena tocar al leproso antes de curarle? Es decir, ¿no era posible curarle sin tocarle? Si se trata de manifestar la ternura del Señor que elimina todas las divisiones entre el hombre y su Dios, el gesto de tocar es el corazón de lo que se puede llamar la liturgia divina de la curación.

La visita a las casas de Midan es el gesto más bonito y más verdadero para testimoniar también hoy que Jesús no se avergüenza de tocar la lepra con tal de manifestar que está presente. No hay cosa más concreta que ese tierno «tocar» de la Iglesia que ayuda a reparar una casa dañada por las bombas o a curar a un padre de familia, condenado además por una grave enfermedad. Estos gestos valen más que las palabras porque tienen la fuerza de sanar nuevamente, más aún, de resucitar de la muerte.