Un lugar donde esconderse - Ignacio Borel - E-Book

Un lugar donde esconderse E-Book

Ignacio Borel

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Beschreibung

Un lugar donde esconderse, indaga de manera oportuna y trágica en el comportamiento del ser humano. El escondite del que habla Borel, es un espacio íntimo, confuso, lleno de laberintos, del que se nos obliga a salir cuando nos encontramos frente a la realidad, a veces cruda y otras veces menos ofensiva, pero siempre amenazante. Borel consigue crear en cada uno de los relatos ambientes complejos, con personajes que se enfrentan a una especie de sombra, que a ratos cargan como un pesado lastre o se va construyendo a partir de malas decisiones. En definitiva, este es un conjunto de cuentos que conecta con los lectores precisamente por la sincera y profunda fragilidad manifestada en cada uno de ellos, llegando a confesar la única verdad posible, y es que irremediablemente estamos solos en el mundo. Diseño de cubierta: Paloma Cancino.

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Seitenzahl: 111

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2020. Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Un lugar donde esconderse

© Ignacio Borel Castillo Montroni

Inscripción Registro de Propiedad Intelectual Nº 2020-A-1472

ISBN libro impreso 978-956-9352-12-6

ISBN libro digital 978-956-9352-17-1

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida sin la autorización de los editores, quienes permiten las citas con mención de la fuente.

© Bordelibre Ediciones E.I.R.L.

La Serena - Chile

[email protected]

www.bordelibre.cl

985486594 - 988074235

Colección Paso de Agua Negra - Cuentos

Diseño de cubierta: Paloma Cancino

Diagramación digital por Ebooks Patagonia

[email protected]

A mis hermanos Constanza y Nabor

Antes del mar

Para un buceador inexperto la mayor dificultad no radica en contener la respiración, sino en soportar la soledad que se experimenta en el fondo marino. Para muchos principiantes esa es la barrera que les impide continuar. Yo de soledad sé montones, pasé un tiempo escondida y largas temporadas sin hablar. Quizá por eso, ahora que tengo compañía converso sin darle importancia al paso de las horas, aunque hay temas en los que todavía prefiero no profundizar. Por ejemplo, de la doctora Nancy Eichmann es poco lo que he contado. De mi primer día de clases tampoco suelo hablar, no es que haya sucedido algo particularmente malo, nadie me hizo daño, el daño me lo habían causado antes. Recuerdo que una prima de mi mamá me dejó en la entrada «vengo por ti más tarde» y la vi taconear. Un buen rato permanecí ahí, con las manos heladas, hasta que una señora me dio un empujón y me ordenó que me pusiera en una fila que recorría un pasillo donde los gritos retumbaban. Creo que una compañera me miró con compasión, pero a esa edad lo que menos quieres es recibir lástima. Si hacía frío o solamente yo lo sentía, no lo sé, pero experimenté una mezcla difícil de definir. El frío y el vacío se combinaron y sentí nauseas. Nos hicieron ingresar en una sala inmensa, las paredes eran tan altas como las sillas, bebimos leche que en mi caso se atascó en la garganta.

La profesora inició la clase preguntando a qué se dedicaban nuestros padres. En la medida que avanzaba hacia mí, vestida con un delantal celeste y armada con aquel rifle que en cualquier momento se iba a disparar, empecé a sentir que algo (no sabría decir qué) me mordisqueaba por dentro. Sin pensar me levanté y con un enorme bolsón en la espalda decidí arrancar. La profesora, pensando que se trataba de algo muy serio, corrió, me alcanzó en el pasillo que ahora estaba silente, me tomó de un brazo y me obligó a volver a la sala, en la cual mis compañeras me miraron como si tuviera la cara salpicada con sangre.

La prima de mi mamá vino a buscarme acompañada de un hombre de cabello largo. Abordamos un microbus que se internó en la ciudad y nos bajamos cerca de la Plaza de Armas, luego ingresamos en una fuente de soda en la que me sentí segura cuando escuché al hombre mencionar un viaje en el que iban a ayudar a todas las niñas como yo. Hubiera querido quedarme ahí para siempre, en medio de sus palabras y de las agitadas burbujas de la cerveza. Hubiera querido que la prima de mi mamá no lo hiciera callar, para así escucharlo hablar del viaje y de como pensaba ayudarme.

En mi cama, igual que todas las noches, sin poder dormir, volví a pensar en mis padres, y ahora también en mis compañeras de clase intentando adivinar cuales podrían ser huérfanas. Al dormir tuve una pesadilla en la que mi profesora, sin mediar intento de rescate, moría ahogada. Desperté con el canto de un gallo y probé soñar esta vez que le lanzaba un salvavidas. Sin embargo, terminaba mirando como el mar la arrojaba contra unas rocas, transformándola en un punto celeste que después devoraba.

En ocasiones el pasado y sus sensaciones se abren como la tierra en un terremoto y quedas expuesta sobre un socavón que va creciendo. Con los músculos agarrotados miras hacia abajo tratando de mantener el equilibrio, temblando, cargando con el terror de no saber si serás capaz de soportar un segundo más. Eso fue lo que ocurrió cuando la doctora Nancy Eichmann (re)apareció en mi vida. La doctora era una octogenaria y necesitaba de silencio, el anuncio que publicó su hija así lo indicaba.

Le era imposible salir de su departamento que se encumbraba en el undécimo piso, sus enfermedades reunían la fuerza suficiente para agarrarla de los tobillos y anclarla al suelo. Es triste, pero es así, quizá no sea triste, quizá solo sea justo, tal vez algunas enfermedades no sean más que grilletes, la verdad es que yo no sé mucho de justicia ni de condenas, lo que sí sé porque lo presencié, es que Nancy Eichmann avanzaba cuatro pasos y le daban unos ataques de tos a los que respondía con las manos alzadas. Hay días en los que pienso en ella, en su olor tornándose denso, en su forma de tratarme, en sus modales al comer, en los ojos rojos con los que a través de la ventana de su habitación espiaba a la ciudad. Por fortuna la mayor parte del tiempo mi memoria supo esquivarla. Aprendí a no cuestionarme, a vivir el día a día, solo de vez en cuando miraba para atrás con el afán de comprobar que el pasado permanecía ahí, donde tenía que estar, bajo tierra.

Yo no planifiqué nada. Ya había renunciado a las marchas y a las reuniones del Partido. Jamás anduve en búsqueda de una disculpa o de un reconocimiento, menos iba a querer ver sangre, las cosas se me ofrecieron de una manera y las acepté, eso es todo. Crecí intentando forzar la realidad o huyendo de ella, pero un día decidí dejarme llevar y así fue como la posibilidad de una venganza se me posó en la nariz.

A pesar de tener la misma edad con la hija de Nancy Eichmann nos tratamos de usted. De inmediato me dijo que traía apuro, sin soltar su teléfono me preguntó mi nombre y si me acomodaba cama adentro. Le contesté que tenía donde dormir, pero no me escuchó porque se puso a hablar con una persona a la que le pedía lo hiciera por los niños. Nos demoramos treinta segundos en firmar el contrato que no leí y que perdí. Era la primera vez que firmaba uno, en mis otros trabajos el acuerdo había sido de palabra y nunca di problemas, si me pedían que me fuera me iba, así fuese que me hubiera encariñado. No me gustó su forma, me refiero a que era su madre y no un mueble el que estaba dejando a cargo, después entendí que no solo era apuro lo que traía, sino también vergüenza. Al despedirse me alzó el mentón y me detuve en las azulísimas venas de su cuello, por unos segundos nos miramos a los ojos, y así, midiéndome, me advirtió que a su madre no le gustaban los inconvenientes. Pensando sobre qué tipo de inconvenientes se refería, caminé por el Parque Forestal, no encontré a nadie y tras comprar una caja de vino procuré dejar mi mente en blanco, me encerré en mi dormitorio y bebí.

La doctora me abrió la puerta y con lentitud se perdió por el pasillo. Al rato volvió con un lápiz y me pidió que lo sostuviera con el índice y el pulgar. «¿Has robado?», «jamás». «¿Borracha?», «no». «¿Puta?», «¿ah?». «¡¿Puta?!», «no». «¿Comunista?», «tampoco». «Te quedas, pero no metas bulla».

Van a decir que me aproveché de su soledad, que fui mala, que ustedes hubieran actuado de manera muy distinta, sin embargo la desigualdad de condiciones no era más que una apariencia. Nancy Eichmann se la pasaba envuelta en una bata de algodón con una frazada escocesa sobre sus piernas, sentada en un sofá instalado frente a la ventana de su habitación. Yo en cambio era ágil y me quedaban algunas esperanzas, pero lo cierto es que ambas convivíamos con la soledad de una manera similar.

Acepté el trabajo a la espera de que surgiera otro mejor, pero no encontré ni busqué otro y comencé a acostumbrarme al sonido casi inaudible de la aspiradora, al aroma a cigarrillo impregnado en mi cabello y al del cloro en mis manos. Nuestras rutinas eran predecibles, si alguien nos hubiera espiado den por hecho que habría muerto de aburrimiento, antes bien, para nosotras las expectativas calzaban como las piezas de un rompecabezas.

Recuerdo su rostro duro, vigilante, siempre en guardia, persistentemente en la ventana, meditabundo. Los días en que asomaba el sol usaba una gorra de béisbol, y cuando golpeaba el frío una de lana negra. Una vez vi una mosca caminarle por el rostro, lenta y a ratos veloz, con las alitas pegadas a su cuerpo metálico y brilloso, en un instante, tras pensárselo bien, se detuvo frente a su nariz y yo le grité «¡señora Nancy!», pero la doctora no reaccionó y el bicho penetró en la penumbra.

En ocasiones no se conformaba solo con mirar, colocaba una de sus manos en el vidrio y al retirarla una huella de humedad se alojaba en él. No sé por qué aquella huella que demoraba mucho en desaparecer me causaba una sensación extraña. Cuando me atrevía y probaba, la huella que dejaba mi mano era enjuta y se iba igual de rápido que el aleteo de una mosca. Hubo días en los que desde el umbral de la puerta intentaba descubrir que era lo que tanto le atraía, como no lo lograba, me colocaba a su lado, me dedicaba a identificar los puntos por los cuales transitaba y me angustiaba reconocer en mis recorridos los movimientos de un animal desorientado.

Mis labores terminaban al mediodía, pero cuando llegaba esa hora no me quería ir y con su autorización me quedaba en la cocina. Me preparaba café, me acomodaba en una silla plegable y veía telenovelas. El conserje del edificio, transcurrido un mes, sin importarle mi paz, decidió sacarme de la estabilidad que había comenzado a cobijarme.

—Varias veces la he descubierto asomada por la ventana. Le gusta que le dé el sol, está tomando temperatura.

—¿Perdón?

—Para cuando aterrice en el infierno —dijo el conserje y se le dibujó una sonrisa.

—No sea así, si no le ha hecho nada —lo reté.

—Participaba en los interrogatorios... perteneció a la DINA. A una torturadora nadie la quiere cerca —agregó mientras con un paño anaranjado formaba círculos sobre su mesón.

—¿Está seguro? —le pregunté, no sé con qué expresión.

—Seguro —dejó a un lado el paño y me miró—. Su hija la visita tarde mal y nunca, tiene nietos, pero ya no vienen, las empleadas le duran dos días…

—Me refiero a lo de la DINA —lo interrumpí.

—No es un misterio. Apareció en televisión. Todos los vecinos lo saben.

—¿Y qué dicen?

—¿Quiénes?

—Los vecinos.

—Nada. No dicen nada —luego el conserje cambió de tema, pero yo solo veía sus labios.

Todo me pareció confuso, lo que su imagen comenzó a causarme, lo que me dije a mí misma, el dolor de la vuelta atrás, la incredulidad de estar atadas por la guerra. Tuve miedo de lo que podría llegar a ocurrir. Remover el pasado me fracturaba. Nadie disfruta con este tipo de cosas. Muchas imágenes viajaron por mi cabeza y fueron a dar al patio trasero de mi memoria, perdiéndome en laberintos envejecidos que me revolvieron el estómago. Pensar en mi niñez, en los asuntos inconclusos, en lo solitaria que era mi vida, en las cajas de vino acumulándose en mi dormitorio, nada de aquello fue premeditado. Las desgracias llegaron sin aviso, como cuchillos cayendo desde el cielo. Cada vez que pensaba en ella, en sus gestos, en las aletas de su nariz, la boca se me ponía agria y tenía que echarme un dulce a la boca. Primero me negué a volver, sin embargo ya estaba aburrida de arrancar. Traté de olvidarme, prometo que lo intenté, pero no pude. Dediqué muchas noches a especular si sería conveniente y concluí que no era conveniente, pero de todas formas decidí que si tenía la ocasión se lo preguntaría y cuando lo hice me miró como si la hubiera escupido. Aquella mañana, tras desayunar té con leche, como todos los días, Nancy Eichmann salió de su cama a las nueve y media en punto, se sentó en su sofá y se mantuvo ahí hasta que le solté lo que el conserje me había dicho. Se puso de pie, jugó con un cigarrillo y me dijo «presté servicios para la Dirección de Inteligencia Nacional, me ocupaba de la salud de los detenidos, ¿conforme?». Tosiendo botó la primera humareda, yo inhalé parte de ese humo y recordé mi primer día de clases, las miradas de mis compañeras, a mi profesora dando manotazos en el mar, a la gente en la costa utilizando sus manos para cubrirse del sol. Al notar que yo no agregaba nada, me repitió, esta vez más firme, «¿conforme?». Ante mi ataque de silencio me preguntó cómo me había enterado y le contesté que todos los vecinos estaban al tanto.

—No hables con ellos —dijo, como si con eso se solucionara todo.

—No he hablado con nadie, es lo que escuché —dije y quise retirarme.

—Dime una cosa —hizo una pausa en la cual sus pupilas se dilataron y continuó— ¿qué te importa a ti dónde yo haya trabajado?

—…

—¡Mujer, contesta! —reclamó.

Quedé sin aire, clavé mis uñas en el dorso de mis manos y con una voz que me pareció era de otra persona contesté «mis padres…».

—Tus padres… ¿qué?, ¿qué pasa con ellos? ¡Habla, mujer!

—Mis padres… —dije y vacilé, pues sentí que iba a vomitar y tras unos segundos agregué—son detenidos desaparecidos.