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Los cuentos de Pedro Ugarte se mueven en un terreno reconocible, una tranquilizadora geografía de residencias y avenidas. Pero basta desviar un poco la mirada, dar un solo paso en falso, para adquirir conciencia de los abismos que asoman a los lados. Con menos ironía que en otros libros, pero con la misma ternura clandestina, estos relatos indagan en los motivos habituales del autor: relaciones laborales tormentosas, relaciones sentimentales atormentadas y la aplicación del microscopio a la familia, convertida en un laboratorio literario. "La felicidad es un archipiélago de islas pequeñas, cuyas costas se ven azotadas por un océano oscuro y turbulento", ha dicho el autor en una reciente entrevista. Quizás eso es lo que nos lleva a buscar siempre un lugar mejor. Con una prosa elaborada, llena de observaciones, y desenlaces que alternan la sorpresa y la incertidumbre, "Un lugar mejor" es un nuevo paso en una de las obras más sólidas de la narrativa breve de hoy.
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Seitenzahl: 220
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Pedro Ugarte
Un lugar mejor
Pedro Ugarte Tamayo, Un lugar mejor
Primera edición digital: noviembre de 2024
ISBN epub: 978-84-8393-713-6
© Pedro Ugarte, 2024
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2024
Colección Voces / Literatura 368
Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com
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Editorial Páginas de Espuma
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Correo electrónico: [email protected]
«Tú nos arrojaste a una tierra de chacales,
y nos cubriste de tinieblas».
Sal. 44, 20
ESTACIÓN DE LA MEMORIA
Éramos tan felices
Eres infeliz porque crees que existe
una cosa que se llama ser feliz.
Lorrie Moore
Voy a hablar del periodo más feliz de nuestra vida: cuando a mi padre le diagnosticaron una enfermedad terminal. Esto parece difícil de comprender, pero solo ahora, después de tantos años. Entonces éramos felices y cuando eres feliz no hay tiempo para percibir ciertas contradicciones. Cuando eres feliz, ni siquiera te detienes a pensar y la vida transcurre sin la incomodidad que suscitan las preguntas. Las preguntas, realmente, nada tienen que ver con la curiosidad, ni con el deseo de saber: tienen que ver con el dolor. Creo que, si no hubiera dolor, no existirían las preguntas.
Llegaba septiembre y el curso académico estaba a punto de empezar. Rosa, Daniel y yo experimentamos el deprimente baño de realidad que comporta la llegada del otoño para todos los chicos que deben estudiar. Rosa estaba nerviosa, a las puertas del primer curso de ingeniería. Le habían dicho tantas veces que aquella era una carrera muy difícil que perdió para siempre el buen humor y ya no volvió a ser la misma. En su determinación también influyeron las hirientes palabras de mamá. Cuando Rosa anunció que quería estudiar ingeniería, nuestra madre susurró una frase infernal, una frase que pagaría, con reproches explícitos o rencorosos silencios, durante largos años:
–¿Ingeniería, Rosa? ¿No es esa una carrera demasiado dura para una chica?
Creo que mamá ya se estaba arrepintiendo de formular esa pregunta antes de haberla terminado. Rosa la fulminó con una mirada erizada de puñales. A veces, el mejor estímulo para hacer algo en la vida no es el amor sino la rabia: desde que mi madre dijo semejante estupidez todos estuvimos convencidos de que Rosa acabaría ingeniería con notas inmejorables.
Aquel curso Daniel repetiría primero de bachillerato. Y si mamá casi reprochaba a Rosa que fuera tan buena estudiante, asistía con indulgencia a la vagancia de mi hermano, que no abría un libro en todo el curso, bebía, trasnochaba y había hecho de nuestra casa una fonda donde obtener comida y cama sin malgastar su tiempo con nosotros ni asumir ninguna obligación.
Yo me fijaba en mis hermanos y no sabía a qué carta quedarme. Intuía que la edad traería cosas peores, pero prefería no pensar en ellas. En la escuela procuraba no hacerme notar: hacía bien las sumas y las restas, escribía celosamente los dictados, completaba con cuidado los dibujos.
–Este niño hará algún día cosas grandes –decía entonces mi madre.
Y Rosa bufaba a lo lejos, embarcada en arduos problemas matemáticos, en la dureza de las asignaturas de ciencias o en el rigor de las clases de dibujo, unas clases con dibujos muy distintos a los que hacía yo.
Todo cambió a mediados de noviembre, con el curso avanzado. Cada uno de nosotros afrontaba sus tareas: la ingeniería, el bachillerato, la primaria. Nuestra preocupación se reducía a aprobar o suspender un puñado de asignaturas. Pero en el atardecer de un día oscuro, mientras la luz natural escapaba de casa con temor, como no queriendo ser ni testigo ni cómplice de lo que iba a ocurrir después, mamá nos convocó en el salón. Por alguna razón, decidió no utilizar la luz cenital y dejó la sala sumida en una franca penumbra.
Al fondo, en el sofá de siempre, estaba sentado nuestro padre, con la frente inclinada. Su constante parpadeo asemejaba un aleteo de mariposas. Era un hombre delgado, de formas finas, con algo quebradizo en todos sus movimientos, y una mirada de ojos grises y agónicos.
–Papá y yo tenemos que hablar con vosotros.
Nuestra madre pronunció aquello en voz muy baja. Así y todo, parecía que en cualquier momento sus cuerdas vocales podrían estallar, como esos cables de alta tensión que, si se rompen, propinan un violento latigazo. Me fijé en sus ojos: estaban húmedos. Definitivamente, algo malo pasaba; hasta yo me di cuenta de eso. Mamá, cada vez que me miraba, recomponía con esfuerzo sobrehumano una sonrisa, una sonrisa que se desvanecía si volvía la mirada a mis hermanos mayores.
–Tranquilo, Jorge –me susurró al oído– tranquilo…
Y yo, que hasta entonces había estado muy tranquilo, dejé de estarlo ya.
Comprendí que nos habían convocado para escuchar una declaración. Mamá alisó un papel que antes había arrugado nerviosamente entre sus manos. Leyó para sí misma lo que en él estaba escrito. Después alzó la vista. Explicó que en aquel informe los médicos hablaban sobre la enfermedad de papá, que no había buenas noticias, que le quedaba poco tiempo de vida y que tendríamos que cuidarlo mucho, y quererlo mucho, mientras aún estuviera entre nosotros. Su rostro quería parecerse al granito, pero yo adivinaba el enorme esfuerzo que comporta una eficaz simulación. Cada vez que me miraba componía de nuevo su sonrisa, en la que habitaba una tristeza difícil de ocultar.
–Tenemos que ser valientes –dijo, con una voz sostenida por herramientas frágiles y huidizas, que trabajaban desesperadamente en su interior.
Después de decir eso sorbió, se pasó la mano abierta por la cara, parpadeó varias veces, tragándose las lágrimas que pugnaban por salir. Y nuestro padre, que seguía sentado, alzó la mano para depositarla sobre la cadera de ella, con un movimiento tierno y delicado. Aquel contacto obró como una detonación sentimental. Puertas cerradas bajo llave estallaron en mil pedazos. Mamá empezó a llorar, y sus tres hijos corrimos hacia ella, para enterrarla en abrazos, para acribillarla a besos.
–Hijos, tenéis que ayudar a vuestra madre: esto va a ser muy difícil para todos –dijo él, con una voz emocionada, grave, más profunda que otras veces.
Lo admiré: mi padre había recibido de los médicos la noticia de una muerte inminente y, a pesar de todo, mantenía la compostura con enorme dignidad. Estaba más tranquilo que su esposa y sus tres hijos. Pensé que los que se van, los que saben que se van, no sienten tanta turbación como los que estarán obligados a quedarse.
Nuestro padre se iba, se iría muy pronto, se estaba yendo ya. De algún modo, ya había hecho las maletas. Los minutos que le quedaban eran un ínfimo descuento, ese tiempo inútil que uno nunca sabe cómo llenar, esa porción miserable de los partidos de fútbol ya perdidos pero que, a pesar de todo, se tienen que jugar.
Conocer la noticia fue experimentar una violenta sacudida. Nos rebelamos contra el destino y después se abrió para nosotros un tiempo nuevo, un tiempo mágico e irreal. Nos internamos en un territorio desconocido, lleno de amor y de ebriedad. Rosa se entregó aún con más empeño a sus estudios, pero con el mismo empeño lograba liberar otros momentos para acompañar a papá. Daniel abandonó sus maneras hoscas y enfermizas, y empezó a pasar más tiempo en casa con nosotros.
Los primeros días no dejé de llorar. Por las noches me acostaba sintiendo miedo y frío, un miedo distinto al que me había acosado a lo largo de la infancia, un frío que permanecía aunque hiciera calor. Ya no temía que debajo de mi cama hubiera un monstruo. Era otra cosa. Se trataba de un monstruo de verdad: el monstruo de la muerte, acercándose a mi padre paso a paso.
Acostado, abrazado a algún muñeco (de pronto había vuelto a dormir abrazado a los muñecos, aquellos que me acompañaron cuando era más pequeño) sentía que pesados lagrimones corrían por mi cara. A veces escuchaba al otro lado de la puerta los reproches que se hacían Rosa y mamá: que yo aún era un niño, que no podía entender lo que ocurría, que mejor habría sido ocultarme aquel asunto. Discutían con dureza, pero ya no había remedio. En esas ocasiones, mamá entraba en mi cuarto con sigilo y se acostaba a mi lado. Me abrazaba. Yo sorbía las lágrimas y me tranquilizaba un poco. Y creo que ella también.
–Así, ahora me quedo a dormir contigo, ¿vale?
–Vale.
–Como cuando eras pequeño, ¿sí?
–Sí.
–¿Te da vergüenza?
–No, no me da vergüenza.
–Jorge, no estés triste.
–Estoy triste por papá. Le quiero mucho.
–Yo también, Jorge, yo también le quiero mucho.
Horas después me despertaba con el corazón pacificado. Percibía que el amor de mi familia era tan poderoso que incluso desafiaba a la muerte: el amor había preparado para nosotros, aun en condiciones tan difíciles, un jardín secreto donde florecía, pujante, una planta rara y exótica, pero cuyos frutos se parecían mucho a los que ofrece la verdadera felicidad.
La enfermedad de nuestro padre no era dolorosa, tampoco le imponía infernales noches de vigilia ni problemas de alimentación o de movilidad. No salía a la calle, pero se desplazaba por casa con gestos demorados, lentos; eran gestos aristocráticos de tan imperceptibles. Él procuraba no molestar y no hubo una sola ocasión, si cruzaba la mirada con cualquiera de nosotros, en que no entregara una sonrisa. Discurría por la casa en silencio, visitaba el baño o la cocina. Se preparaba cafés nocturnos y a pesar de ello se sumía más tarde en un sueño reparador, que nunca perturbaba el descanso de los demás.
La generosidad de nuestro padre se hacía presente en las esquinas de las conversaciones, en cualquier recodo de las tareas domésticas. Él depositaba semillas de serenidad por los rincones. Me ayudaba con los deberes; tutelaba el caótico devenir de Daniel, aplicando sobre él leves enmiendas; animaba a Rosa en su ardua carrera de ingeniería. Se había enseñoreado del hogar un ritmo sereno y poderoso que proscribía la tristeza. Papá se estaba muriendo, sí, pero nuestra familia no cedía posiciones ni al miedo ni a la resignación. El mundo había dado muestras de su crueldad, pero nosotros conseguimos convertirlo en algo hermoso.
Aunque el diagnóstico de los médicos había sido terminante, también vaticinaron que la enfermedad, por fortuna, no vendría acompañada por dolores insoportables. Su capacidad física y su lucidez mental se mantendrían prácticamente hasta el final. Mi padre siempre había tenido un sentido del humor agudo y cortés, sensible a las penalidades humanas: en sus comentarios divertidos, en sus manos acariciadoras, uno comprendía que era posible resistirse a las desgracias del mundo, y que teníamos el derecho (y, sobre todo, el poder) de hacer de nuestro hogar un lugar mejor.
A lo largo de la semana, cada uno de nosotros se dedicaba a sus cosas. Con qué empeño hacía yo las cuentas y las redacciones, para no dar ningún disgusto en casa, para que mi padre, antes de morirse, se sintiera orgulloso de mí. Los fines de semana le dedicábamos más tiempo. Queríamos que pudiera disfrutar de sus últimos momentos en compañía de las personas que le amaban.
Nunca olvidaré su pelo aún abundante, cuidadosamente peinado hacia atrás, sus patillas plateadas, sus elegantes batines de seda, el modo pausado que tenía de mover las manos y de dibujar con ellas invisibles pensamientos en el aire. Siempre había sido un hombre muy delgado y ahora esperábamos, con temor, el momento en que la enfermedad llevara su delgadez a un punto extremo, hasta convertirlo en un manojo de huesos, en una sombra ingrávida y ligera. Pero aquello no ocurrió; su estampa de caballero distinguido nunca transigió con esa palidez famélica e insana de los enfermos terminales, cuando ya están mirando la muerte cara a cara. Porque él estaba mirando a la muerte cara a cara, sí, pero hablaba de ella, con ella, sin perder la sonrisa.
Aquellos fines de semana eran domésticos, amables, casi infantiles: pizzas traídas del restaurante de la esquina, visionado de películas estrenadas veinte o treinta años atrás. Nos conjurábamos para hacer de aquellas sesiones familiares una experiencia intensa, prendida de diminutas complicidades. Cenábamos entre risas divertidas y papá, que siempre había sido abstemio, se atrevía ahora a beber algo de vino. La muerte estaba cerca (pensaba él, pensaba yo, pensábamos todos nosotros), pero esa era una buena razón para disfrutar tercamente de la vida, para negarnos a aceptar su suerte, para plantarnos con orgullo frente a ella y defender la trinchera resistente de nuestra felicidad.
Me recuerdo en el salón de casa, con la luz apagada, la televisión convertida en una pantalla mágica que nos transportaba a otros mundos. Veíamos una película de aventuras, de esas que a papá tanto le gustaban, uniendo nuestra suerte a la de un sheriff honrado, obligado a medirse con una partida de forajidos, o a un valeroso comando aliado, perseguido por las fuerzas del III Reich. Él veía las películas desde una posición privilegiada, el sillón orejero, de cómodos reposabrazos y cálida textura; sus pies ya un poco hinchados apoyados sobre un blando escabel. Mi madre, a su lado, veía las películas desde una incómoda silla traída de la cocina, pero sin separar la mano del antebrazo de su marido. Rosa se sentaba en el suelo, apoyada en las piernas de papá, como si fuera la hija más joven y más bella de un autócrata oriental. Daniel ya no se perdía en su cuarto de adolescente, sino que permanecía con nosotros, en un sillón lateral. Con la luz apagada, nos sentíamos en la gruta oscura y hospitalaria de una sala de cine, dispuestos a olvidar las crueldades de la vida y a huir por las carreteras narcóticas e indoloras del sueño y de la imaginación.
Yo me pasaba de pie las dos horas que duraba la película, pero no lo lamentaba: me situaba a espaldas de mi padre, detrás del respaldo del sofá. Veía la película ladeando un poco la cabeza, mientras rodeaba con mis brazos su cuello y apretaba una de mis mejillas contra su nuca. Y él, de vez en cuando, ponía una mano sobre mi muñeca y la acariciaba, enviándome un mensaje de silenciosa y vasta gratitud. Qué triste y qué hermoso era aquello. Cuánta crueldad, pero cuánta misericordia. Cuántas lágrimas bebí en silencio y cuánto amor logró anegar mi corazón. La muerte de mi padre estaba próxima, pero a ella se le superponía la exaltación de sabernos fuertes: una familia indestructible, una familia de verdad.
Pasaron aquellos meses dramáticos y hermosos. El deceso inminente aguardaba como una lúgubre amenaza, pero el coraje con que papá le hacía frente era para nosotros una lección moral. Cada día, la luz del amanecer traía la incertidumbre de una pregunta, y pocos minutos después la euforia de comprobar que él seguía entre nosotros, que se levantaba con buen ánimo, sonriente, apacible, un poco legañoso.
Mamá estaba envejeciendo, como ocurre a menudo con las personas que cuidan a los enfermos y parece que han unido, en virtud de algún juramento secreto, su suerte a la de ellos. Sí, quizás mi madre, una desapacible noche invernal, de madrugada, miró la calle desierta, mientras el granizo azotaba los cristales, y se hizo aquella promesa.
De repente ella comenzó a adelgazar. Lo hizo con una rapidez en la que se adivinaba un maleficio. Un día, después de una catarata de vómitos que infestó de hedor toda la casa, tuvimos que llamar a una ambulancia para que la llevara al hospital. Rosa y Daniel, como hermanos mayores, la acompañaron.
Yo me quedé en casa, junto a nuestro padre moribundo, y repitiendo, desde la ventana, un gesto de despedida, con la palma de la mano abierta, un gesto débil, casi inútil, como el que hacía mi padre, mientras la ambulancia se alejaba a toda la velocidad, en medio del dramático vocear de las sirenas.
Durante la estancia de mamá en el hospital fui a verla pocas veces. Mis hermanos la atendían y yo me ocupaba de nuestro padre, que seguía confinado. Es cierto que ya había pasado algún tiempo desde que el mal le fuera diagnosticado, pero mis hermanos consideraron que lo mejor era que yo me quedara en casa. Más tarde comprendí por qué.
Recuerdo la última vez que vi a mi madre: recuerdo su resollar cansado, en medio de la oscuridad de una habitación que olía a fármacos y mantenía las persianas bajadas. La muerte iba derruyendo su cuerpo de forma dolorosa, metódica y cruel; y había venido acompañada de una persistente fotofobia, aunque aquel odio a la luz era solo un efecto más del tormento que se veía obligada a soportar.
–Mamá… mamá… ¿me oyes? –dijo Rosa, en un susurro–. Jorge, tu pequeño, también ha venido a verte. ¿Mamá? Jorge hoy ha venido a verte…
Ella quizás asintió, o quizás no lo hizo. En todo caso oí un áspero suspiro, un gemido extraído de la más dura tiniebla. Rosa ocultaba el rostro con su larga melena, pero permanecía inclinada sobre la cabeza de mamá, o sobre el lugar, yo adivinaba, donde debía de estar mamá.
–Quiere verte –dijo Rosa–. Mamá dice que quiere verte.
Rosa se levantó y se dirigió hacia el ventanal de la habitación. Palpando, localizó la cinta de la persiana y tiró de ella. Lenta, torpemente, la lama de madera vieja comenzó a desperezarse y entre los listones se filtró algo de luz. En la penumbra, pude ver a mi madre y ella pudo verme a mí.
Un ser momificado, exangüe, aterradoramente vivo, un ser quizás de treinta kilos, yacía encogido sobre una cama de hospital. La cabeza, desnuda de cabello, parecía demasiado grande en comparación con el cuello famélico y delgado. Unas venas azuladas y prominentes recorrían su cuerpo mínimo, que se aferraba a la vida con desesperada obstinación.
–Hijo… –susurró alguien. O algo.
De la parte inferior de aquella cabeza desnuda, que iba perfilando los límites de los huesos de una calavera, una sonrisa doliente y desdentada se elevó a duras penas. Sentí que algo se vaciaba dentro de mí. Fui incapaz de acercarme a ella y besarla, abrazarla, como tantas veces hice con mi padre desde que se había diagnosticado su enfermedad. Aquella noche tuve terribles pesadillas, con una procesión de cadáveres en marcha que susurraban lamentos, mientras transcurrían al lado de mi cama. Hasta mi padre se levantó para recogerme entre sus brazos y permitirme, sin vergüenza, apretarme contra él mientras lloraba.
Mamá murió dos días después.
Con su muerte comprendimos que todo había cambiado, comprendimos que era ella la que nos ataba a la vida, que ella sostenía, gracias a invisibles pero poderosos contrafuertes, la precaria construcción de nuestra casa. Ahora ya no estaba con nosotros, así que comenzó a disiparse la fantástica felicidad en que habíamos vivido. La ebriedad dio paso a una áspera resaca.
La vida perdió todo el sentido. Nuestro padre seguía arrastrándose por una casa que ahora percibía fría e indiferente, cuando no directamente hostil. El paso del tiempo no nos ayudó a restañar la herida. Daniel ya había renunciado a cualquier formación. La vida de mi hermano se convirtió en una sucesión de oficios manuales, que le exigían fuerza física y se saldaban, a fin de mes, en salarios cicateros. Discutía a menudo con jefes y encargados, y no tardaba en despedirse de malas formas, antes de recalar en un nuevo empleo donde las cosas seguían exactamente igual.
Rosa había terminado la carrera de ingeniería con un brillante expediente. Trabajaba en una multinacional, pero la ausencia de nuestra madre cavó en el fondo de su alma un vacío más profundo. A pesar de su juventud alcanzó en poco tiempo un puesto directivo, así que sus jornadas laborales eran inhumanamente largas. Parecía haber renunciado a emprender alguna relación sentimental. Agotada tras un día intenso de trabajo, se pasaba los fines de semana recluida en casa, esquiva, intercambiando con papá palabras aisladas, en el poco tiempo en que ella estaba fuera de su habitación.
Ni el dinero ni el éxito profesional colmaban la vida de Rosa. Quizás es cierto, como pensé hace años, que el rencor puede ser un eficaz acicate para marcarse un objetivo en la vida. Pero el rencor también priva de alegría a la victoria: todo lo que se consigue por su causa siempre viene acompañado de un amargo sabor. Rosa ascendía en la empresa vertiginosamente, pero el rencor permanecía intacto. Una tarde de primavera, nos comunicó su decisión.
–Me han propuesto un ascenso –dijo con la regularidad robótica y helada que desde hacía tiempo tenían sus palabras.
Papá, bienintencionado, ensayó una breve sonrisa, pero no acertó a completarla ante lo que vino después.
–El puesto que me ofrecen está en Londres. He aceptado: me iré dentro de diez días.
Más tarde, cuando ella y yo nos quedamos solos, le pedí alguna explicación.
–¿Te vas así? ¿De pronto? ¿No podías haber avisado con más tiempo?
Nuestra familia se había convertido en un clan de seres huraños, apartadizos, y una nueva ausencia solo acrecentaría el vacío de los demás.
–¿Y papá? ¿Vas a irte sabiendo cómo está papá?
–No te preocupes –resolvió–. Vendré a menudo.
–¿Y si ocurre algo? Está muy enfermo, sabes que en cualquier momento…
–Si ocurre algo, vendré también.
Confundido, me di la vuelta y regresé al salón, donde Daniel y papá estaban jugando una partida de ajedrez. Para ocupar su nuevo puesto, Rosa abandonó el país. Y comprendí entonces que cualquier trabajo, para ella, apenas sería una excusa, porque alejarse de nosotros era lo principal.
El paso del tiempo, en las ciudades, son bares que cambian de nombre, talleres que cierran para siempre, una peluquería sucede a un almacén, una avenida arbolada conquista el territorio que antes ocupaba la estación del tren de cercanías. Las ciudades son puzles compuestos por piezas infinitas. El tiempo borra algunas de ellas y las sustituye por otras. El tiempo, en las ciudades, es amanecer en una calle irreconocible, una calle de la que van arrancando todo lo que sabías sobre ella. Puedes vivir siempre en el mismo lugar, pero el pasado solo habita en la memoria, ahí lo reconstruyes obstinadamente, aunque a medida que pasan los años lo haces de forma cada vez más imperfecta e imprecisa. No importa que seas leal a un territorio: él jamás responde siendo leal a ti.
Y la ciudad mudaba, en una lenta metamorfosis. Las personas mayores morían. Las paradas de autobuses escolares reproducían año tras año la misma algarabía, pero los niños eran distintos. El mundo se organizaba con una engañosa sensación de permanencia dirigida a confundir, o disimular, la implacable pérdida de todo. En esa ciudad, que yo percibía cada vez más fugaz y contingente, solo se mantenía inalterable la imagen de mi padre, su melancólica mirada varada en medio de la realidad.
Después de terminar la carrera abrí mi despacho de abogado. Me especialicé en esos asuntos sórdidos que desangran las familias: separaciones, divorcios, herencias, malos tratos. Vivía del dolor y del rencor de los demás. La administración del dolor, como la del odio, también comporta gastos y consejos.
Daniel no cambió de vida. La muerte de mamá solo agravó su existencia caótica y errante. Seguía desempeñando trabajos miserables, padeciendo capataces y encargados. Eran tantos ya los malos jefes que uno acababa pensando que la culpa no era de ellos sino de la particular visión del mundo que tenía mi hermano. Sus conflictos llegaban a veces al juzgado: delitos de poca monta, demandas laborales, peleas, borracheras.
Todo aquello solo prefiguraba lo que iba a ser en poco tiempo su dramático final: un accidente de carretera, a altas horas de la madrugada; un coche atrozmente incrustado bajo los ejes de un camión; dos personas gravemente heridas y dos personas muertas. Una de ellas, Daniel.
El peor recuerdo de aquellos días fueron las tareas burocráticas que debí sobrellevar: los atestados, las certificaciones, los registros, las funerarias, los tanatorios o el ridículo y costoso cierre de una cuenta bancaria, tan arduo de consumar, apenas hubiera en ella un puñado de euros. Avisé a Rosa para que viniera de Londres, aunque sus exigentes deberes profesionales impidieron que pudiera hacerlo hasta dos días después del trágico accidente. Mientras tanto, veía a mi padre hundirse en la desolación más absoluta: para él, la muerte de su mujer había sido una tragedia, pero la muerte de un hijo violaba las leyes de la biología, torturaba su corazón.
Rosa volvió con ese gesto huraño y displicente que ya había hecho tan suyo. Desde que nuestra madre criticó que estudiara ingeniería una inyección de hiel se aplicó sobre su alma y ya nunca la abandonó. Su carrera profesional era brillante y eso suponía más dinero, más poder, más influencia. Hablar ahora con ella era comprender que vivía en un mundo distinto al nuestro, pero en modo alguno le proporcionaba alegría, ni placer, ni siquiera algo de paz.
En los pocos días que estuvo entre nosotros, Rosa renunció a dormir en casa. Reservó un hotel caro y, aunque pasaba el tiempo charlando con papá, no dejaba que eso la conmoviera. Presiento que cumplía con los deberes familiares llevada de algún imperativo moral, pero sin sentirse unida a nosotros. Para ella solo éramos fantasmas del pasado, sombras que a pesar de todo debía respetar.
Arreglados los papeles por el fallecimiento de Daniel, con la conciencia tranquila por haber visitado y acompañado a nuestro padre, Rosa regresó a Londres, donde innumerables gestiones la esperaban. Durante su estancia en casa hablamos muy poco. Desde que había emigrado no manteníamos un contacto regular. Su vida era un trajín de reuniones de empresa y viajes de trabajo por los cinco continentes. A pesar de lo mucho que viajaba, creo que nunca logró sentirse lo suficientemente lejos de nosotros.
Más tarde, recibí una llamada del consulado en Londres. Una voz grave, transida, respetuosa, notificaba que mi hermana había muerto días antes de una grave infección. Al parecer ni en su agenda ni en sus archivos personales había constancia de un teléfono o un correo que la mantuviera unida a su familia, y ningún colaborador de su trabajo sabía de nosotros como para proporcionar algún contacto. Los compañeros de Rosa nada sabían de su padre o de mí.
El funcionario consular aludió a todo aquello para disculparse por la tardanza en notificar el fallecimiento de mi hermana. También informó de que ella tuvo tiempo de manifestar sus últimas voluntades: la cremación ya se había realizado y un grupo de amigos había dispersado sus cenizas en las aguas del Támesis. En sus disposiciones no hubo, para la familia, ninguna previsión hereditaria, ni siquiera sentimental.
Por alguna razón, todas las familias acaban consumidas en un invisible altar de sacrificios. Las familias se presumen depositarias de afectos compartidos, pero esa no es la única verdad: a menudo, las familias viven para que alguien se sirva de ellas, aunque cueste tiempo llegar a comprenderlo.
